San Mateo: levantarse para seguir a Cristo.

San Mateo: levantarse para seguir a Cristo.

La fiesta de san Mateo nos coloca hoy ante una de esas escenas del Evangelio que parecen sencillas y, sin embargo, contienen toda una vida. Jesús pasa. Mateo está sentado al mostrador de los impuestos. Jesús lo mira y pronuncia una sola palabra:

«Sígueme».

Y el Evangelio añade inmediatamente:

«Él se levantó y lo siguió».

En esas pocas palabras está resumida la historia de una vocación. Y también, de alguna manera, la historia de cualquier vida cristiana.

1. Jesús pasa junto a Mateo.

Mateo estaba sentado en su puesto de recaudador. Aquello era su trabajo, su seguridad y probablemente también el lugar donde había construido buena parte de su vida. Los publicanos no gozaban precisamente de buena fama. Recaudaban impuestos para Roma y muchos de ellos se enriquecían aprovechándose de los demás.

Pero Jesús pasa junto a Mateo.

Cristo sabe perfectamente quién tiene delante. Conoce su historia, sus pecados, sus debilidades y las decisiones equivocadas que pueda haber tomado. Y precisamente a ese hombre le dice: «Sígueme».

Dios tiene una sorprendente capacidad para comenzar historias nuevas allí donde nosotros pensamos que todo está ya demasiado complicado.

El Señor no espera a que Mateo tenga su vida completamente arreglada para llamarlo. Lo llama para empezar a arreglarla caminando con Él.

También nosotros hemos sido mirados así por Cristo.

Nuestra vida cristiana comenzó porque Dios tomó la iniciativa. Antes de que nosotros buscáramos al Señor, Él ya nos estaba buscando. Antes de que aprendiéramos a amarle, Él ya nos amaba.

La vocación cristiana nace siempre de una mirada de misericordia.

2. «Él se levantó».

Hay un verbo precioso en este Evangelio: levantarse.

Mateo estaba sentado. Jesús lo llama. Y Mateo se levanta.

Para seguir a Cristo siempre hay algo de lo que debemos levantarnos.

A veces será un pecado que hemos permitido instalarse demasiado cómodamente en nuestra vida. Otras veces será una costumbre, una mediocridad, un resentimiento, una comodidad, una falta de oración o una manera de vivir demasiado centrada en nosotros mismos.

La gracia llama, pero pide una respuesta.

Mateo podría haber escuchado aquella palabra de Jesús y haber seguido haciendo cuentas detrás de su mostrador. Podría haber pensado que ya tendría ocasión de responder otro día. Podría haber pedido tiempo para ordenar sus asuntos.

El Evangelio, en cambio, tiene una maravillosa rapidez:

«Él se levantó y lo siguió».

Hay momentos en que Dios pasa por nuestra vida y conviene no entretener demasiado la respuesta.

Quizá también hoy Cristo está pronunciando para nosotros ese mismo «sígueme». Tal vez llevamos tiempo sabiendo qué debemos cambiar. Sabemos qué conversación tenemos pendiente, qué pecado deberíamos abandonar, qué compromiso deberíamos asumir, qué paso espiritual tendríamos que dar.

San Mateo nos enseña que la fe también consiste en levantarse.

3. De recaudador a apóstol y evangelista.

Hay algo todavía más hermoso.

Aquel hombre sentado ante una mesa cobrando impuestos terminará anunciando el Evangelio de Jesucristo.

La primera lectura nos recuerda que Cristo «ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores».

Cada uno recibe una gracia para la edificación del Cuerpo de Cristo.

Mateo recibió una misión concreta. El hombre que había empleado sus manos para contar monedas terminó empleándolas para transmitir el Evangelio.

Dios no destruye nuestra historia cuando nos llama. La transforma.

El Señor conoce nuestras capacidades, nuestro carácter, nuestra inteligencia, nuestra sensibilidad y hasta nuestras heridas. Y puede servirse de todo ello para su obra.

Por eso nadie puede pensar que no tiene nada que ofrecer a Dios.

San Pablo lo dice con claridad:

«A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo».

Cada cristiano tiene una misión dentro de la Iglesia.

Quizá no sea llamativa. Quizá nadie escriba nunca sobre ella. Pero es necesaria.

Hay personas llamadas a enseñar. Otras a consolar. Otras a cuidar enfermos. Otras a educar hijos. Otras a sostener silenciosamente una familia. Otras a acompañar. Otras a interceder. Otras a servir en tareas que casi nadie ve.

Todos construimos el mismo Cuerpo de Cristo.

4. Una Iglesia sentada a la mesa con los pecadores.

Después de la llamada sucede algo muy significativo.

Jesús termina sentado a la mesa con publicanos y pecadores.

Mateo acaba de encontrarse con Cristo y parece querer compartir inmediatamente ese encuentro con otros.

La escena escandaliza a los fariseos:

«¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».

Y Jesús responde:

«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos».

Cristo se presenta como médico.

Esta imagen es profundamente consoladora porque todos llegamos a Él llevando alguna herida.

La Iglesia es precisamente el lugar donde Cristo continúa ejerciendo esa medicina de la misericordia. En la Palabra de Dios, en la oración, en la Eucaristía y de una manera especialmente hermosa en el sacramento de la Reconciliación, el Señor sigue acercándose a nuestra pobreza.

Necesitamos permitir que Cristo toque nuestras heridas.

Hay pecados que se curan confesándolos. Heridas que comienzan a sanar cuando las ponemos delante del Señor. Esclavitudes que empiezan a romperse cuando dejamos de esconderlas.

Jesús continúa diciendo:

«Misericordia quiero y no sacrificio».

La misericordia es el corazón de Dios inclinado sobre nuestra miseria.

5. «A toda la tierra alcanza su pregón».

El salmo de esta fiesta parece mostrarnos el final del camino de Mateo:

«A toda la tierra alcanza su pregón».

Aquel hombre que un día estaba sentado en un rincón cobrando impuestos terminó convertido en evangelista.

Cristo amplió su vida.

Esto ocurre siempre que alguien responde verdaderamente a la llamada del Señor. La vida empieza a dejar de girar únicamente alrededor de uno mismo y se convierte poco a poco en misión.

También nosotros estamos llamados a anunciar el Evangelio.

Muchas veces no será necesario pronunciar grandes discursos. Bastará una vida coherente. Una palabra de fe pronunciada en el momento oportuno. Una invitación. Una conversación. Una obra de misericordia. Una manera cristiana de afrontar una dificultad.

El mundo sigue necesitando escuchar que Jesucristo vive.

Y probablemente haya personas que solamente podrán descubrirlo a través de algún cristiano que se atreva a vivir de verdad como discípulo suyo.

6. Levantarnos hoy.

San Mateo nos deja hoy una pregunta muy sencilla:

¿De qué mostrador tenemos que levantarnos?

Cada uno conoce el suyo.

Puede ser el mostrador de la comodidad. El del orgullo. El del rencor. El de una vida espiritual descuidada. El de una fe acomodada que hace tiempo dejó de avanzar.

Cristo pasa también hoy.

Nos mira con la misma misericordia con la que miró a Mateo.

Y vuelve a pronunciar aquella palabra:

«Sígueme».

Pidámosle a san Mateo que nos conceda la valentía de responder como él. Que sepamos levantarnos de todo aquello que nos impide caminar detrás del Señor. Que descubramos nuestra misión dentro de la Iglesia. Y que nuestra vida pueda convertirse también en un pequeño Evangelio abierto para quienes nos rodean.

Porque quizá la santidad comience muchas veces exactamente así: Cristo pasa, nos mira, nos llama… y nosotros nos levantamos.

@‌sacerdosmariae


Pie de foto: Hendrick ter Brugghen, La vocación de san Mateo (1621), Centraal Museum, Utrecht. Cristo llama a Mateo en medio de su vida cotidiana: «Sígueme».

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