Las virtudes cristianas (XXV): La benignidad, aprender a tratar a los demás como Dios nos trata.

 


Las virtudes cristianas (XXV): La benignidad, aprender a tratar a los demás como Dios nos trata.

Hay personas que hacen el bien, pero resulta difícil acercarse a ellas.

Son correctas.

Cumplen.

Incluso pueden ser generosas.

Pero su manera de hablar, de corregir o de mirar termina produciendo distancia.

Y existen otras personas cuya presencia descansa.

Saben escuchar.

Acogen.

Corrigen cuando es necesario, pero lo hacen sin humillar.

Tienen una palabra oportuna.

Saben descubrir la fragilidad que se esconde detrás de determinados comportamientos.

Uno sale de su presencia sintiéndose un poco más persona.

Esto nos acerca a otro de los frutos del Espíritu Santo:

la benignidad.

El Catecismo la enumera después de la longanimidad.

Es una palabra que utilizamos poco actualmente, pero expresa algo profundamente hermoso.

La benignidad es la bondad que se hace cercana.

Es la disposición interior que nos lleva a mirar al otro con benevolencia y a tratarlo con delicadeza.

Y, sobre todo, es aprender a mirar a las personas como Dios las mira.

1. Dios es benigno.

La benignidad cristiana comienza siempre en Dios.

San Pablo escribe:

«Cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre, nos salvó» (Tit 3,4-5).

La palabra que utiliza el Apóstol habla precisamente de esa bondad amable y cercana de Dios.

Dios quiso acercarse.

El Verbo se hizo carne.

Entró en nuestra historia.

Compartió nuestra humanidad.

Nació como un niño.

Permitió que lo tocaran.

Se sentó a la mesa con pecadores.

Escuchó a quienes nadie escuchaba.

Miró a quienes otros despreciaban.

La benignidad tiene, por tanto, algo profundamente cristológico.

Dios se ha hecho cercano.

2. La manera de tratar también importa.

A veces podemos pensar que basta con tener razón.

Decimos algo verdadero.

Corregimos algo que realmente está mal.

Defendemos una causa justa.

Y pensamos que, puesto que tenemos razón, la manera de hacerlo es secundaria.

Pero no lo es.

Podemos decir una verdad de tal manera que ayude a una persona a levantarse.

Y podemos decir exactamente la misma verdad de una manera que la aplaste.

San Pablo nos invita a vivir:

«realizando la verdad en el amor» (Ef 4,15).

Verdad y caridad tienen que caminar juntas.

La benignidad no elimina la verdad.

Le da un rostro cristiano.

3. Jesús sabía mirar.

Hay algo que aparece continuamente en los Evangelios.

Jesús mira.

Mira al joven rico.

Mira a Pedro.

Mira a Zaqueo.

Mira a la multitud.

Mira a los enfermos.

Y su mirada descubre algo que los demás no siempre son capaces de ver.

Donde otros ven un pecador, Jesús puede ver a alguien llamado a la conversión.

Donde otros ven un publicano, Él ve a Mateo.

Donde otros ven a un jefe de publicanos despreciable, Él ve a Zaqueo.

Donde otros ven una mujer pecadora, Él ve a una hija que puede comenzar de nuevo.

La benignidad comienza muchas veces en la mirada.

Antes de cambiar nuestra manera de hablar quizá tengamos que pedir al Señor que cambie nuestra manera de mirar.

4. Detrás de cada persona hay una historia.

Esto conviene recordarlo con frecuencia.

No sabemos todo lo que lleva dentro la persona que tenemos delante.

No sabemos qué ha vivido.

Qué heridas arrastra.

Qué batalla está librando.

Qué noticia acaba de recibir.

Qué miedo tiene.

Qué culpa lleva escondida.

Qué noche ha pasado.

Qué oración lleva meses haciendo.

Y podemos juzgar toda una vida por un comportamiento que hemos contemplado durante cinco minutos.

La benignidad introduce una pequeña pausa antes del juicio.

Nos recuerda:

«No conozco toda su historia».

Esto no convierte en bueno aquello que está mal.

Pero cambia profundamente nuestra manera de acercarnos a quien se ha equivocado.

5. Corregir sin humillar.

La benignidad adquiere especial importancia cuando tenemos que corregir.

Porque algunas veces hay que hacerlo.

El amor verdadero no permanece indiferente ante el mal.

Los padres corrigen a sus hijos.

Los amigos se advierten.

Los pastores tienen el deber de enseñar.

Todos podemos necesitar alguna vez decir a otra persona una verdad incómoda.

Pero existe una pregunta decisiva:

¿Quiero que esa persona cambie o quiero demostrarle que yo tengo razón?

Las dos cosas pueden parecerse exteriormente.

Interiormente son completamente distintas.

Quien corrige por amor desea salvar al otro.

Por eso busca el momento.

Las palabras.

El tono.

Y, siempre que sea posible, evita humillarlo.

La corrección cristiana quiere levantar.

6. La mansedumbre de una palabra.

Todos sabemos cuánto puede herir una palabra.

Hay frases pronunciadas en unos segundos que una persona recuerda durante años.

Pero también sucede lo contrario.

Una palabra buena puede acompañarnos durante muchísimo tiempo.

«Confío en ti».

«No te preocupes, empezamos otra vez».

«Te perdono».

«Estoy contigo».

«Puedes hacerlo».

«Cuenta conmigo».

Quizá quien las pronunció las olvidó poco después.

Pero nosotros no.

La benignidad comprende el poder que tienen las palabras.

Por eso aprende a utilizarlas para bendecir.

San Pablo exhorta:

«Que vuestra conversación sea siempre agradable, con su pizca de sal» (Col 4,6).

El cristiano debería dejar detrás de sí palabras que ayuden a vivir.

7. Benignidad no significa ingenuidad.

Ser benigno no significa pensar que todo el mundo tiene buenas intenciones.

No significa permitir que otros nos manipulen.

No significa carecer de criterio.

Ni convertir la caridad en debilidad.

Jesús era infinitamente misericordioso y, al mismo tiempo, sabía perfectamente lo que había en el corazón del hombre.

La benignidad cristiana puede ser firme.

Puede decir «no».

Puede establecer límites.

Puede denunciar una injusticia.

Puede apartarse prudentemente de una situación dañina.

Pero incluso cuando debe ser firme, procura no dejar que el odio entre en el corazón.

La firmeza y la caridad pueden convivir.

8. La benignidad en las pequeñas cosas.

Normalmente no tendremos que demostrar esta virtud mediante grandes gestos.

La necesitaremos en casa.

En el trabajo.

En una conversación.

En una cola.

En el tráfico.

En internet.

Cuando alguien nos interrumpe.

Cuando una persona se equivoca.

Cuando recibimos un mensaje inoportuno.

Cuando estamos cansados y alguien necesita hablarnos.

Ahí se juega muchas veces la santidad.

Es fácil ser amable cuando estamos descansados y todo marcha bien.

La benignidad comienza a hacerse virtud cuando seguimos tratando cristianamente a los demás también cuando estamos cansados.

9. También en las redes sociales.

Este punto merece especial atención en nuestro tiempo.

Las redes permiten hablar de una manera que probablemente nunca utilizaríamos teniendo a la otra persona delante.

Una pantalla crea distancia.

Y esa distancia puede hacernos olvidar que detrás de una cuenta existe una persona.

Podemos defender la verdad y perder la caridad.

Podemos ganar una discusión y hacer daño a un alma.

Podemos escribir en treinta segundos algo que nunca habríamos dicho mirándola a los ojos.

La benignidad cristiana debería acompañarnos también cuando escribimos.

Antes de publicar algo podemos preguntarnos:

«¿Diría esto de esta manera si esta persona estuviera sentada delante de mí?»

A veces esa pregunta basta para cambiar completamente una respuesta.

10. Jesús y la mujer sorprendida en adulterio.

Hay una escena del Evangelio que expresa admirablemente esta virtud.

Los escribas y fariseos llevan ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio.

La colocan en medio.

La utilizan para tender una trampa a Jesús.

Jesús guarda silencio.

Se inclina y escribe en el suelo.

Ante la insistencia, se incorpora y dice:

«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra» (Jn 8,7).

Y poco a poco todos se marchan.

Quedan Jesús y la mujer.

Entonces le pregunta:

«Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?» (Jn 8,10).

Ella responde:

«Ninguno, Señor».

Y Jesús dice:

«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8,11).

11. Misericordia y verdad.

Esta escena es extraordinaria porque Jesús mantiene unidas dos cosas que nosotros separamos con facilidad.

Misericordia y verdad.

Dice:

«Tampoco yo te condeno».

Y añade:

«No peques más».

La acoge.

Y la llama a cambiar.

La protege de la humillación.

Y toma en serio su libertad.

No convierte el pecado en algo irrelevante.

Pero tampoco reduce a aquella mujer a su pecado.

Para los acusadores aquella mujer era «la adúltera».

Para Cristo continúa siendo una persona.

Esta es la mirada de la benignidad.

El pecado puede decir algo verdadero sobre lo que una persona ha hecho.

Pero nunca dice toda la verdad sobre quién es esa persona.

Mientras haya vida, existe posibilidad de conversión.

12. Dios nos trata así.

Quizá comprendamos mejor la benignidad cuando pensamos en nuestra propia historia.

¿Cuántas veces podría Dios habernos tratado según nuestros pecados?

¿Cuántas veces hemos prometido algo y hemos vuelto a caer?

¿Cuántas oportunidades hemos desaprovechado?

¿Cuántas gracias hemos recibido casi sin agradecerlas?

Y, sin embargo, Dios continúa llamándonos.

Nos corrige.

Nuestra conciencia nos inquieta.

Su Palabra nos interpela.

Pero después abre nuevamente la puerta de la misericordia.

Especialmente en el sacramento de la Reconciliación.

Nos arrodillamos pecadores.

Y nos levantamos perdonados.

Dios no nos humilla.

Nos devuelve la dignidad.

13. Tratar a los demás como hemos sido tratados.

Aquí encontramos la raíz de la benignidad cristiana.

No se trata simplemente de tener un carácter agradable.

Hay personas naturalmente afables.

Otras son más secas.

La gracia puede trabajar con todos los temperamentos.

La verdadera pregunta es otra:

¿Soy consciente de cómo me ha tratado Dios?

Si recuerdo su paciencia conmigo, seré más paciente.

Si recuerdo cuánto me ha perdonado, me resultará más fácil perdonar.

Si recuerdo cómo me ha levantado, intentaré no aplastar a quien ha caído.

La benignidad nace de la memoria de la misericordia.

14. Pedir el fruto de la benignidad.

También este fruto tenemos que pedirlo.

Espíritu Santo, haz crecer en mí la benignidad.

Dame una mirada limpia sobre los demás.

Que no reduzca a nadie a sus defectos.

Que recuerde que detrás de cada persona existe una historia que solamente Tú conoces completamente.

Enséñame a decir la verdad con caridad.

A corregir sin humillar.

A ser firme sin volverme duro.

A utilizar mis palabras para levantar.

A saber callar cuando una palabra solamente produciría una herida innecesaria.

Que mi manera de tratar a los demás haga un poco más visible tu manera de tratarnos.

Y cuando tenga delante a alguien que ha caído, recuérdame cuántas veces Tú me has levantado a mí.

Quizá la benignidad pueda resumirse en algo muy sencillo:

tratar a cada persona como alguien por quien Cristo ha muerto.

Eso cambia una mirada.

Cambia una conversación.

Cambia una corrección.

Cambia incluso una discusión.

Porque detrás de cada rostro existe una persona amada por Dios.

Y quizá uno de los frutos más hermosos que el Espíritu Santo puede producir en nosotros sea precisamente este:

que después de encontrarse con nosotros, los demás puedan comprender un poco mejor cómo es el corazón de Dios.

@sacerdosmariae

La imagen.

La obra que acompaña este artículo es Cristo y la mujer sorprendida en adulterio, de Rembrandt van Rijn, pintada en 1644.

La escena representa el episodio narrado por san Juan.

En medio de la solemnidad del templo aparece una mujer que ha sido expuesta públicamente.

Los acusadores conocen su pecado.

Cristo también lo conoce.

Pero la mirada de Jesús es completamente distinta.

Los acusadores quieren convertir a aquella mujer en un caso.

Jesús vuelve a verla como una persona.

Ahí encontramos una imagen extraordinaria de la benignidad.

Cristo no necesita negar la verdad para ejercer misericordia. Después de defenderla de quienes estaban dispuestos a apedrearla, le dirá con claridad que abandone el pecado.

Pero primero le devuelve algo que los demás le habían arrebatado:

su dignidad.

Rembrandt utiliza la luz para dirigir nuestra mirada hacia Cristo y hacia la mujer. Alrededor permanece la oscuridad. Es casi una parábola pictórica de lo que está sucediendo.

El pecado queda expuesto a la luz.

Pero esa luz no destruye.

Sana.

Quizá nosotros utilizamos algunas veces la verdad como una piedra.

Cristo la utiliza como una luz.

La piedra golpea desde fuera.

La luz permite ver y comenzar de nuevo.

Por eso esta escena expresa tan bien la benignidad cristiana.

Hay una manera de acercarse al pecador que lo encierra para siempre en aquello que hizo.

Cristo abre una puerta:

«Anda».

Puedes levantarte.

Puedes caminar.

Puedes comenzar otra vez.

Y después:

«No peques más».

La misericordia no elimina la conversión.

La hace posible.

Esta debería ser también nuestra manera de tratar a los demás.

Que nuestras palabras no sean piedras.

Que nuestra verdad tenga luz.

Y que quien haya caído pueda encontrar junto a nosotros una mano que, sin llamar bueno al pecado, le recuerde que todavía puede levantarse.

Pie de foto: Rembrandt van Rijn, Cristo y la mujer sorprendida en adulterio, 1644. Cristo une verdad y misericordia: no reduce a la mujer a su pecado, sino que le devuelve su dignidad y le abre el camino de una vida nueva.

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