Las virtudes cristianas (VII): La fortaleza, permanecer cuando sería más fácil huir.
Las virtudes cristianas (VII): La fortaleza, permanecer cuando sería más fácil huir
Hay batallas que se ganan avanzando.
Y hay otras que se ganan simplemente no retrocediendo.
Quizá esta segunda forma de victoria sea menos espectacular.
No produce titulares.
No tiene música épica de fondo.
Nadie suele levantar un monumento a quien, un martes cualquiera, hizo lo que debía hacer aunque estuviera cansado, preocupado y sin ninguna gana.
Sin embargo, buena parte de la vida cristiana se juega precisamente ahí.
En permanecer.
En continuar.
En no abandonar el bien cuando el bien empieza a costar.
Eso es la fortaleza.
La tercera de las virtudes cardinales.
Ser fuerte no significa no tener miedo
Una de las primeras confusiones que conviene desmontar es esta:
la persona fuerte no es aquella que nunca siente miedo.
Esa persona probablemente no existe.
El miedo pertenece a nuestra condición humana. Nos avisa del peligro. Protege nuestra vida. Nos hace medir determinadas decisiones.
El problema aparece cuando el miedo deja de aconsejarnos y comienza a gobernarnos.
Puedo sentir miedo a decir una verdad.
Miedo a perder una amistad.
Miedo a equivocarme.
Miedo a sufrir.
Miedo a quedar mal.
Miedo a comenzar algo.
Miedo a terminarlo.
Miedo al futuro.
Miedo incluso a aquello que los demás puedan pensar de mí.
La fortaleza no necesariamente elimina ninguno de esos miedos.
Hace algo mucho más interesante:
impide que tengan siempre la última palabra.
Cristo también conoció la angustia
El cristianismo no propone como modelo una insensibilidad estoica.
Jesús no llegó a Getsemaní sonriente, como si la pasión que le esperaba fuese una pequeña incomodidad administrativa.
Sintió angustia.
«Mi alma está triste hasta la muerte».
Pidió al Padre que, si era posible, pasara de Él aquel cáliz.
Y, sin embargo, permaneció.
Ahí contemplamos algo esencial.
La fortaleza no consiste en no sentir el peso de aquello que debemos afrontar.
Consiste en que el peso no determine finalmente nuestra fidelidad.
Cristo no venció porque la cruz dejara de doler.
Venció atravesándola.
Hay una fuerza que hace ruido y otra que permanece
Nuestra imaginación suele asociar la fortaleza con la acción.
David frente a Goliat.
Un mártir ante el perseguidor.
Un soldado defendiendo una posición.
Una persona enfrentándose públicamente a una injusticia.
Son imágenes verdaderas.
Pero existe otra fortaleza mucho menos visible.
La de quien cuida durante años a una persona dependiente.
La de quien atraviesa una enfermedad sin dejar que el sufrimiento lo convierta en una persona amarga.
La del matrimonio que trabaja seriamente para reconstruir una relación herida.
La de quien continúa cumpliendo bien su trabajo durante una etapa de agotamiento.
La de quien vuelve a comenzar después de haber fracasado.
La de quien lleva mucho tiempo rezando por algo y aparentemente no recibe respuesta.
No hay aplausos.
A veces ni siquiera hay testigos.
Pero hay fortaleza.
Resistir puede ser más difícil que atacar
Hay algo muy interesante en la tradición clásica cristiana.
Cuando pensamos en la fortaleza podemos imaginar que su acto principal consiste en lanzarse contra el peligro.
Atacar.
Combatir.
Conquistar.
Sin embargo, los maestros de la tradición espiritual comprendieron que muchas veces existe algo todavía más difícil:
resistir.
Atacar permite descargar energía.
Resistir exige soportar durante tiempo una presión sin saber exactamente cuándo terminará.
Un esfuerzo intenso durante cinco minutos puede resultar más fácil que una dificultad moderada durante cinco años.
Por eso hay una fortaleza del instante y otra del tiempo.
Y esta última resulta decisiva en la vida cristiana.
El tiempo pone a prueba muchas virtudes
Es relativamente sencillo hacer algo bueno una vez.
Lo difícil es repetirlo.
Podemos tener un día de extraordinaria paciencia.
Pero ¿qué ocurre cuando convivimos durante diez años con aquello que nos exige paciencia?
Podemos hacer un sacrificio generoso.
Pero ¿qué sucede cuando la entrega deja de producir entusiasmo y empieza a parecer simplemente nuestra vida cotidiana?
Podemos comenzar una oración con enorme fervor.
Pero ¿qué ocurre seis meses después?
El tiempo va quitando a nuestras decisiones la emoción inicial.
Y entonces aparece la verdad.
No porque la emoción fuese falsa.
Sino porque ya no basta.
La fortaleza permite que una decisión buena sobreviva al entusiasmo que la acompañó al principio.
Empezar es relativamente barato
Nos gustan los comienzos.
Nuevo curso.
Nueva agenda.
Nuevo propósito.
Nueva dieta.
Nueva etapa espiritual.
Nuevo proyecto.
El comienzo contiene una especie de promesa.
Todavía no hemos tenido tiempo de cansarnos.
Por eso comenzamos cosas con bastante facilidad.
El problema suele aparecer algunas semanas después.
Cuando descubrimos que aquella vida nueva necesita exactamente lo mismo que la anterior:
constancia.
Entonces entendemos que comenzar no era la parte difícil.
Era continuar.
Y quizá por eso la vida espiritual contiene tantos buenos comienzos y bastantes menos perseverancias.
La santidad necesita personas que terminen cosas
Hay una pequeña virtud escondida dentro de la fortaleza:
terminar.
Terminar un trabajo.
Terminar una responsabilidad.
Terminar aquello que hemos prometido.
No abandonar cada proyecto cuando aparece otro más atractivo.
Vivimos rodeados de novedades.
La novedad produce entusiasmo.
Lo comenzado, en cambio, termina convirtiéndose en obligación.
Y nuestra imaginación descubre inmediatamente cinco cosas nuevas que parecen muchísimo más interesantes.
La fortaleza responde:
«Primero termina».
No siempre hay que terminar absolutamente todo lo comenzado. La prudencia puede indicarnos que un proyecto debe abandonarse.
Pero una cosa es abandonar porque hemos comprendido razonablemente que no debemos continuar.
Y otra muy diferente abandonar simplemente porque hemos dejado de sentir entusiasmo.
También hace falta fortaleza para levantarse
La perseverancia cristiana no significa no caer.
Si eso fuera así, probablemente estaríamos todos bastante perdidos.
Significa levantarse.
A veces nos imaginamos el progreso espiritual como una línea ascendente:
hoy mejor que ayer.
mañana mejor que hoy.
Y después llega una semana en la que parece que hemos regresado dos años atrás.
Una impaciencia.
Una tentación.
Un pecado.
Un defecto que creíamos superado.
Y aparece una voz interior:
«¿Ves? Todo lo anterior no ha servido para nada».
Es mentira.
Una caída no borra todo el camino recorrido.
Pero puede intentar convencernos de que dejemos de caminar.
Por eso una de las mayores expresiones de fortaleza consiste sencillamente en volver a Dios.
Confesarse.
Pedir perdón.
Rectificar.
Y empezar otra vez.
El demonio no necesita siempre que caigamos
A veces basta con que consiga que no nos levantemos.
Una tentación puede perseguir un pecado.
Pero después del pecado puede aparecer una tentación quizá todavía más peligrosa:
el desaliento.
«No cambiarás».
«Siempre eres igual».
«Ya has intentado esto muchas veces».
«No merece la pena volver a empezar».
Esa voz no conduce a la humildad.
La humildad reconoce:
«He caído porque soy débil».
El desaliento añade:
«Por tanto, no tiene sentido seguir luchando».
Son cosas muy distintas.
La fortaleza cristiana sabe que nuestra esperanza última no está en nuestra impecabilidad.
Está en la gracia de Dios.
Por eso puede levantarse una vez más.
Y otra.
Y otra.
No confundir fortaleza con cabezonería
Naturalmente, también podemos equivocarnos en dirección contraria.
Hay personas que nunca rectifican porque han convertido la obstinación en una supuesta virtud.
«Yo cuando tomo una decisión voy hasta el final».
Eso puede sonar heroico.
También puede ser una catástrofe.
Si descubro que me he equivocado, continuar únicamente para demostrar que mantengo mi palabra no es fortaleza.
Es orgullo.
La fortaleza sirve al bien.
No sirve a nuestro amor propio.
A veces la decisión más fuerte que podemos tomar consiste en decir:
«Me equivoqué».
Y cambiar.
Hace falta una considerable fortaleza interior para aceptar públicamente que otra persona tenía razón.
No todo sufrimiento debe soportarse
Existe otra deformación.
Pensar que ser cristiano consiste en aguantarlo absolutamente todo.
No.
La fortaleza no canoniza cualquier sufrimiento.
No obliga a permanecer en una situación injusta cuando podemos y debemos ponerle remedio.
No convierte el abuso en cruz cristiana.
No exige permitir que una persona destruya nuestra dignidad o la de quienes dependen de nosotros.
No significa renunciar a pedir ayuda.
A veces la fortaleza consiste precisamente en marcharse.
Denunciar.
Pedir auxilio.
Poner un límite.
Hablar.
Volvemos a necesitar la prudencia.
La pregunta nunca es simplemente:
«¿Puedo aguantar esto?».
La verdadera pregunta es:
«¿Qué exige aquí el bien?»
Si exige permanecer, fortaleza para permanecer.
Si exige actuar, fortaleza para actuar.
Hay cruces y hay problemas que nosotros fabricamos
Tampoco todo lo desagradable que nos ocurre constituye automáticamente «la cruz que Dios me ha mandado».
A veces sufrimos consecuencias bastante previsibles de decisiones imprudentes.
Y ponemos rápidamente una etiqueta espiritual:
«Es mi cruz».
Puede ser necesario soportar esas consecuencias con fortaleza.
Pero convendría también aprender algo para no volver a fabricarnos la misma cruz el mes siguiente.
La espiritualidad cristiana no consiste en bautizar nuestros errores.
Consiste también en convertirnos.
La fortaleza mira hacia delante.
Pero no debería impedirnos mirar hacia atrás para aprender.
La paciencia es una forma silenciosa de fortaleza
No solemos relacionar inmediatamente paciencia y fuerza.
Sin embargo, están profundamente unidas.
Paciencia significa también capacidad para soportar un mal presente sin permitir que destruya el bien.
Esperar una respuesta.
Soportar una limitación.
Aceptar que otra persona necesita tiempo.
Tolerar nuestras propias imperfecciones mientras seguimos luchando contra ellas.
Esperar los tiempos de Dios.
Nos cuesta muchísimo esperar porque esperar significa aceptar que no controlamos el calendario.
Queremos soluciones.
Y las queremos ahora.
Pero hay problemas que no se resuelven deprisa.
Relaciones que necesitan años.
Heridas que cicatrizan lentamente.
Procesos espirituales que no admiten atajos.
La paciencia es la fortaleza adaptada al reloj de Dios.
El sufrimiento prolongado cambia la batalla
Una dificultad puntual moviliza nuestras fuerzas.
Una dificultad prolongada empieza a desgastarlas.
Al principio recibimos mensajes.
Preguntas.
Ayuda.
Ánimo.
Con el tiempo la situación se normaliza para los demás.
Pero para quien la vive continúa ahí.
Entonces aparece una forma especialmente delicada de fortaleza.
Seguir viviendo sin hacer del sufrimiento nuestra identidad completa.
La persona sufre.
Pero no es solamente su sufrimiento.
Está enferma.
Pero no es únicamente una enfermedad.
Ha perdido algo.
Pero su historia no termina en aquella pérdida.
La fortaleza impide que el dolor colonice absolutamente todos los rincones de nuestra vida.
No niega el dolor.
Le niega el trono.
La fortaleza necesita esperanza
Aquí encontramos algo profundamente cristiano.
¿Por qué resistir?
¿Por qué levantarnos?
¿Por qué seguir haciendo el bien cuando parece no producir frutos?
Si todo terminara en nosotros mismos, la respuesta sería mucho más difícil.
La fortaleza cristiana está sostenida por la esperanza.
Creemos que nuestra vida tiene un destino.
Que el sufrimiento no posee la palabra definitiva.
Que ninguna fidelidad vivida en Dios es inútil.
Que incluso aquello que nadie ve está ante sus ojos.
Que la muerte misma ha dejado de ser un muro absoluto.
Por eso el Catecismo llega a decir que la fortaleza nos dispone incluso a afrontar la muerte y al sacrificio de la propia vida por una causa justa.
No porque el cristiano desprecie la vida.
Precisamente porque conoce un bien mayor que la conservación biológica a cualquier precio.
Los mártires son el extremo luminoso de la fortaleza
La Iglesia ha venerado desde sus comienzos a los mártires.
No porque buscaban morir.
No eran suicidas religiosos.
Amaban la vida.
Pero cuando llegó el momento en que conservarla exigía negar a Cristo, descubrieron que había algo que valía más que seguir respirando.
Eso es fortaleza llevada hasta su extremo.
«Puedes quitarme la vida, pero no puedes obligarme a entregar aquello que pertenece a Dios».
Los perseguidores podían controlar muchas cosas.
La cárcel.
La sentencia.
La espada.
Pero existía un lugar al que no podían entrar sin consentimiento:
la conciencia.
La fortaleza protege precisamente ese espacio interior.
Hay pequeños martirios sin sangre
Naturalmente, la mayoría no tendremos delante un tribunal que nos exija renunciar a la fe.
Pero la fidelidad tiene pequeñas ocasiones diarias.
Callar una opinión cristiana para no parecer extraño.
Disimular nuestras convicciones porque determinado ambiente las considera ridículas.
Aceptar una pequeña deshonestidad porque «todo el mundo lo hace».
Participar en una conversación injusta por miedo a quedar fuera.
Esconder sistemáticamente cualquier signo de nuestra fe por temor a la opinión ajena.
No conviene fabricar enfrentamientos innecesarios.
Eso sería imprudencia.
Pero tampoco podemos convertir el deseo de ser aceptados en criterio supremo de conducta.
A veces ser cristiano cuesta socialmente.
Y quizá en algunos ambientes costará cada vez más.
Habrá que aprender a ser amables sin ser blandos.
Claros sin ser agresivos.
Firmes sin convertirnos en fanáticos.
Eso también es fortaleza.
La ira puede convertirse en fuerza o destruirla
La tradición moral relacionó la fortaleza con nuestra capacidad de reaccionar ante aquello que se opone al bien.
Aquí aparece la ira.
La ira no es automáticamente pecado.
Cristo se indignó.
Existe una reacción legítima ante la injusticia.
El problema está en qué hacemos con esa energía.
La ira puede empujarnos a defender a alguien.
A corregir una injusticia.
A actuar.
O puede gobernarnos y convertirnos precisamente en aquello que pretendíamos combatir.
Insultar.
Humillar.
Vengarnos.
Decir aquello que después lamentaremos.
La fortaleza no significa dejar explotar la ira.
Significa poner esa fuerza al servicio del bien.
Eso requiere dominio.
El que golpea una mesa puede parecer fuerte.
A veces el verdaderamente fuerte es quien consigue no golpearla.
En internet también hace falta fortaleza
Las redes sociales tienen una curiosa capacidad para transformar pequeñas molestias en cruzadas medievales.
Alguien responde.
Nos irritamos.
Escribimos inmediatamente.
La otra persona responde.
Subimos el tono.
Y dos horas después estamos defendiendo el honor de Nicea ante un señor cuyo nombre desconocemos y que probablemente está escribiendo desde el sofá en pijama.
No toda batalla merece ser combatida.
Y no toda provocación merece respuesta.
Hace falta fortaleza para defender la verdad.
Pero también hace falta para no necesitar ganar cada discusión.
A veces cerrar una conversación es dominio propio.
Bloquear puede ser prudencia.
Callar puede ser victoria.
No responder al último comentario no significa necesariamente que nos hemos quedado sin argumentos.
Quizá simplemente nos hemos acordado de que tenemos una vida.
La fortaleza de guardar silencio
Hay momentos en que nos cuesta más callar que hablar.
Sabemos algo.
Tenemos una respuesta magnífica.
Podríamos colocar a alguien en su sitio con una sola frase.
Y decidimos no hacerlo.
No por cobardía.
Por caridad.
Esa renuncia puede exigir bastante fortaleza.
Porque nuestro orgullo queda sin satisfacción.
Nadie sabrá que podríamos haber ganado la discusión.
Quizá incluso parezca que el otro tuvo la última palabra.
La fortaleza no necesita siempre tener la última palabra.
Le basta con haber hecho el bien.
Decir no también necesita fuerza
Muchas personas sufren porque son incapaces de decir no.
No quieren decepcionar.
No quieren parecer egoístas.
No quieren generar conflicto.
Aceptan responsabilidades que no pueden asumir.
Favores que no deberían hacer.
Cargas que terminan repercutiendo en otras obligaciones más importantes.
Después llegan agotamiento y resentimiento.
La fortaleza puede expresarse en una palabra extraordinariamente breve:
no.
No puedo.
No debo.
Esto no me corresponde.
Hasta aquí.
Un límite justo no es falta de caridad.
Puede ser precisamente la condición que permita seguir amando sin terminar destruidos.
El cansancio cambia nuestra percepción
Hay una cosa que cualquiera que intente vivir seriamente conoce:
cuando estamos cansados, muchos problemas parecen mayores.
Una dificultad que por la mañana afrontamos razonablemente puede convertirse a medianoche en el final de la civilización occidental.
Por eso la fortaleza tampoco consiste en despreciar nuestros límites corporales.
Dormir puede ser una decisión moralmente inteligente.
Descansar.
Comer.
Detenernos.
No somos ángeles.
Nuestra voluntad habita en un cuerpo.
Y cuidar razonablemente ese cuerpo puede ser necesario para continuar cumpliendo nuestros deberes.
A veces no necesitamos una conferencia sobre fortaleza.
Necesitamos acostarnos.
La gracia presupone la naturaleza.
Y la naturaleza, de vez en cuando, pide ocho horas.
Fortaleza no significa no pedir ayuda
Existe una autosuficiencia que se disfraza fácilmente de fuerza.
«Yo puedo solo».
«No quiero molestar».
«Ya saldré».
Quizá.
Pero también puede ser orgullo.
La persona verdaderamente fuerte puede reconocer:
«Esto me supera».
Pedir ayuda a un amigo.
A un sacerdote.
A un profesional.
A la familia.
A la comunidad.
La debilidad reconocida no destruye la fortaleza.
Muchas veces permite ejercerla.
Pedro quiso demostrar que seguiría a Cristo aunque todos lo abandonaran.
Horas después negó conocerlo.
Una de las lecciones más dolorosas de su vida fue aprender que su amor era verdadero, pero sus fuerzas no eran ilimitadas.
Después sería mucho más fuerte.
Precisamente porque ya conocía su debilidad.
«Cuando soy débil, entonces soy fuerte»
San Pablo formuló una de esas paradojas cristianas que solo se entienden desde la gracia.
«Cuando soy débil, entonces soy fuerte».
No porque la debilidad sea fuerza.
Sino porque conocer nuestra debilidad nos obliga a dejar de apoyarnos exclusivamente en nosotros.
La fortaleza cristiana no consiste en apretar los dientes hasta convertirnos en héroes autosuficientes.
Consiste también en recibir fuerza.
«El Señor es mi fuerza».
La Iglesia pone esas palabras continuamente en nuestros labios porque sabe que llegará un momento en que las nuestras no bastarán.
Hay días en que nuestra gran oración será simplemente:
«Señor, ayúdame a llegar hasta esta noche».
Y quizá esa oración sea suficiente.
Las grandes fidelidades están hechas de días normales
Vemos a un matrimonio que celebra cincuenta años.
Un sacerdote que ha entregado toda una vida.
Una religiosa anciana después de décadas de consagración.
Una persona que ha cuidado durante años a su familia.
Y contemplamos el resultado como una gran historia de fidelidad.
Pero nadie fue fiel durante cincuenta años de una sola vez.
Fue fiel hoy.
Después mañana.
Y después otro día.
Hubo lunes.
Hubo cansancio.
Hubo temporadas malas.
Hubo momentos de entusiasmo y momentos en los que simplemente había que seguir.
Las grandes fidelidades se construyen acumulando pequeños presentes.
La fortaleza vive siempre en el día de hoy.
No hace falta saber si podremos con todo
Una de las fuentes de angustia consiste en intentar soportar hoy todos los problemas de mañana.
«¿Y si esto dura cinco años?».
«¿Y si empeora?».
«¿Y si dentro de seis meses…?».
No lo sabemos.
Tampoco tenemos hoy la gracia que necesitaremos dentro de seis meses.
Tenemos la de hoy.
La fortaleza cristiana no exige cargar de una sola vez toda nuestra vida.
Cristo dijo:
«A cada día le basta su contrariedad».
Hay una sabiduría enorme ahí.
Hoy tengo que hacer el bien de hoy.
Mañana llegará mañana.
Y Dios seguirá siendo Dios entonces.
Las tentaciones también cansan
Hay luchas espirituales que desaparecen rápidamente.
Otras regresan.
Una y otra vez.
Quizá llegamos a pensar:
«Después de tantos años, ¿todavía estoy luchando con esto?».
Tal vez sí.
Pero existe una diferencia enorme entre tener una tentación y consentirla.
La permanencia de una lucha no significa necesariamente fracaso.
Puede significar precisamente que llevamos años combatiendo.
Algunos santos tuvieron durante muchísimo tiempo determinadas tentaciones.
La santidad no consiste en convertirse en una persona a la que ya no le cuesta nada.
Consiste en amar a Dios en medio de aquello que todavía cuesta.
Las derrotas pueden enseñarnos dónde está nuestra fortaleza
A nadie le gusta fracasar.
Pero el fracaso realiza de vez en cuando un servicio espiritual bastante importante:
rompe ciertas fantasías sobre nosotros mismos.
Pensábamos que éramos pacientes.
Hasta que apareció determinada persona.
Pensábamos que éramos humildes.
Hasta que nos corrigieron.
Pensábamos que confiábamos plenamente en Dios.
Hasta que dejó de salir todo según nuestros planes.
No debemos buscar derrotas.
Pero cuando llegan pueden mostrarnos dónde necesitamos crecer.
La fortaleza comienza muchas veces después de haber descubierto que no éramos tan fuertes como pensábamos.
La Eucaristía, alimento para continuar
La vida cristiana no nos entrega únicamente un conjunto de consejos para resistir.
Nos entrega a Cristo.
La Eucaristía es alimento.
Y el alimento existe porque caminar consume fuerzas.
Acudimos con cansancio.
Con nuestras luchas.
Con fidelidades pequeñas.
Con pecados perdonados.
Con cosas que todavía no hemos conseguido vencer.
Y recibimos a Aquel que llevó su obediencia hasta el final.
La fortaleza cristiana no se fabrica solamente mediante esfuerzo.
Se alimenta sacramentalmente.
Cristo fuerte vive en personas débiles.
Ahí está una buena parte del misterio.
La confesión también es escuela de fortaleza
Hace falta fortaleza para decir:
«He pecado».
Sin adornos.
Sin excusas.
Sin convertir la confesión en una explicación de por qué la culpa era realmente de otras siete personas.
Reconocer nuestra responsabilidad es una forma de valentía.
Y recibir el perdón nos permite continuar.
El confesionario está lleno de personas que vuelven a luchar.
Eso no es fracaso.
Fracaso sería haber decidido que ya no merece la pena regresar.
Mientras una persona vuelve a Dios, la historia continúa abierta.
No sabemos de qué seremos capaces con la gracia
Pedro huyó.
Pedro negó.
Pedro lloró.
Y aquel mismo hombre moriría finalmente por Cristo.
No era otro Pedro.
Era el mismo.
Pero había pasado por Pascua.
Había recibido el Espíritu Santo.
Había aprendido a no confiar únicamente en sus propias fuerzas.
Esto debería llenarnos de esperanza.
No podemos medir aquello de lo que seremos capaces mañana únicamente por aquello de lo que somos capaces hoy.
La gracia puede hacernos crecer.
Puede fortalecernos.
Puede llevarnos a lugares que ahora nos parecen imposibles.
Dios no suele mostrarnos de una vez todo lo que nos pedirá.
Quizá porque saldríamos corriendo.
Nos da gracia para el siguiente paso.
Un pequeño examen sobre la fortaleza
Podemos terminar, como en los artículos anteriores, con algunas preguntas.
¿Qué bien estoy dejando de hacer simplemente porque me cuesta?
¿Hay alguna decisión necesaria que estoy retrasando por miedo?
¿Confundo prudencia con deseo de no complicarme la vida?
¿Abandono fácilmente aquello que comienzo cuando desaparece el entusiasmo?
¿Tengo algo que debería terminar?
¿Estoy soportando una situación que, en realidad, debería intentar cambiar?
¿Hay algún límite que necesito poner?
¿Me cuesta pedir ayuda porque quiero parecer autosuficiente?
Cuando fracaso, ¿vuelvo a comenzar o me entrego al desaliento?
¿Estoy intentando cargar hoy con problemas que todavía no existen?
¿Hay alguna verdad de mi fe que oculto constantemente por miedo al juicio de los demás?
¿Sé callar cuando responder solo serviría para alimentar mi orgullo?
¿Acudo a Dios cuando me faltan fuerzas o intento resolver toda la vida apoyándome únicamente en mí mismo?
Quizá alguna de estas preguntas nos muestre por dónde empezar.
Permanecer
Hay una palabra que resume bastante bien esta virtud.
Permanecer.
Cristo la utiliza continuamente en el Evangelio de san Juan.
«Permaneced en mí».
La vida cristiana tiene algo profundamente estable.
No significa inmovilidad.
Podemos cambiar.
Crecer.
Rectificar.
Comenzar caminos nuevos.
Pero hay un centro en el que debemos permanecer.
En Cristo.
Cuando llega la dificultad.
Cuando desaparece el entusiasmo.
Cuando otros se marchan.
Cuando no entendemos.
Cuando caemos.
Cuando tenemos miedo.
Volver a Él.
Y permanecer.
Quizá al final descubramos que muchas de las grandes victorias de nuestra vida no fueron aquellos días en los que hicimos algo extraordinario.
Fueron aquellos en los que estábamos a punto de abandonar el bien…
y no lo hicimos.
Nadie lo supo.
Nadie aplaudió.
No hubo fotografía.
Pero Dios lo vio.
Y en aquella pequeña fidelidad estaba creciendo una virtud.
La fortaleza.
En el próximo artículo llegaremos a la cuarta virtud cardinal:
la templanza.
Una virtud que a veces parece consistir simplemente en decir «no».
Pero descubriremos algo mucho más hermoso.
La templanza no existe para que disfrutemos menos de la vida.
Existe para que ninguna cosa creada llegue a ser tan importante que termine convirtiéndonos en esclavos.
@sacerdosmariae
Imagen: Giotto di Bondone, La Fortaleza (Fortitudo), 1306, Capilla de los Scrovegni, Padua. Giotto representa la fortaleza como una figura armada y firmemente asentada, protegida por un gran escudo. No aparece huyendo del peligro ni buscando temerariamente el combate: permanece en su puesto. Una magnífica imagen de esta virtud cristiana, capaz de resistir las dificultades y mantenerse firme en la búsqueda del bien.

Gracias, me esta destruyendo en mi persona mundana para volver a formarme como cristiana católica conversa, agradecida con Dios, con Cristo Jesús, con María. Toda situación pasa por algo, para algo, ese fin lo voy a hacer desde la gracia de Dios. Orante en todo momento. Muchas gracias. Dios le guarde y le siga bendiciendo.
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