La tentación de la Iglesia de los puros.
La tentación de la Iglesia de los puros
Del donatismo al purismo católico de las redes sociales
Hay errores que desaparecen de los manuales de teología, pero no necesariamente del corazón humano. Cambian de nombre, de lenguaje y de escenario. A veces incluso se presentan revestidos de ortodoxia. Pero la tentación que los produjo continúa ahí.
Una de esas tentaciones es particularmente antigua: soñar con una Iglesia de puros.
Una Iglesia sin manchas visibles. Sin sacerdotes mediocres. Sin obispos que se equivoquen. Sin celebraciones imperfectas. Sin decisiones discutibles. Sin gestos desafortunados. Sin pecadores, en definitiva.
El problema es que esa Iglesia jamás ha existido.
Existe la Iglesia santa, ciertamente. Lo confesamos en el Credo. Pero su santidad procede de Cristo, que es su Cabeza, del Espíritu Santo que habita en ella, de la Palabra, de los sacramentos y de la gracia que Dios derrama en sus hijos. Y esa Iglesia santa está formada, al mismo tiempo, por hombres necesitados de conversión.
El Concilio Vaticano II lo expresó con una fórmula magnífica: la Iglesia, «abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación», y por eso «avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación». Lumen gentium, 8.
No es una concesión al relativismo moderno. Es la fe católica.
Y quizá convenga recordarlo precisamente ahora.
Cuando el celo se convierte en una espiritualidad de la sospecha
En determinados ambientes católicos se está extendiendo una forma peculiar de vivir la fe.
Todo se observa. Todo se analiza. Todo se graba. Todo se publica.
Un sacerdote mueve las manos unos centímetros más arriba o más abajo. Escándalo.
Un obispo utiliza una expresión desafortunada. Herejía.
En una parroquia aparece algo litúrgicamente impropio. Vídeo, captura, hilo, sentencia y ejecución pública antes de que termine el día.
Una fotografía sacada de contexto, un fragmento de veinte segundos o una frase incompleta bastan algunas veces para establecer quién es católico y quién no, quién conserva la fe y quién la ha traicionado.
Naturalmente, existen abusos litúrgicos. Existen errores doctrinales. Existen comportamientos pastorales que deben corregirse. Y, llegado el caso, existen afirmaciones que pueden ser realmente incompatibles con la fe católica.
No se trata de negarlo.
Mucho menos de defender que «todo vale».
Pero una cosa es corregir un error porque se ama a la Iglesia, y otra muy distinta convertir la búsqueda del error ajeno en la propia manera de vivir dentro de la Iglesia.
Cuando uno necesita encontrar diariamente un nuevo escándalo para confirmar que pertenece al pequeño grupo que todavía «ve las cosas claras», ya no estamos solamente ante una cuestión doctrinal o litúrgica. Estamos ante un problema espiritual.
Y no es nuevo.
Los alumbrados: la tentación de considerarse «perfectos»
En la España del primer tercio del siglo XVI apareció el fenómeno de los llamados alumbrados. Conviene hacer aquí una precisión. Sería históricamente incorrecto afirmar simplemente que determinados puristas actuales «son los nuevos alumbrados». Los fenómenos son diferentes y, en algunos aspectos, prácticamente opuestos.
Pero resulta interesante descubrir un cierto parentesco espiritual.
En torno a algunos círculos alumbrados apareció la idea del dejamiento, entendido como una forma de abandono interior en Dios. Algunos se consideraban especialmente iluminados y llegaban a hablar de los «perfectos», hombres espirituales que habrían alcanzado un grado superior de vida interior. Las sospechas inquisitoriales comenzaron a principios del siglo XVI y los procesos cobraron particular importancia durante la década de 1520.
Los alumbrados podían caer en el desprecio de las mediaciones exteriores porque consideraban haber alcanzado una experiencia interior superior.
El purista contemporáneo puede caer exactamente en el extremo contrario: absolutizar determinadas manifestaciones exteriores hasta convertirlas en el termómetro casi exclusivo de la catolicidad.
Uno dice: «yo poseo la verdadera experiencia interior».
El otro: «yo poseo la manera auténticamente católica de hacer las cosas».
Pero debajo puede esconderse la misma pregunta peligrosa:
¿quién me ha constituido a mí en medida de la fidelidad de todos los demás?
El problema profundo comienza cuando ya no recibimos humildemente la fe de la Iglesia, sino que construimos una especie de tribunal interior desde el cual juzgamos continuamente a la propia Iglesia.
El donatismo: una Iglesia para los incontaminados
Sin embargo, si buscamos un precedente histórico todavía más sugerente, debemos viajar al norte de África de los siglos IV y V.
El donatismo provocó una dolorosísima división entre los cristianos africanos. En aquella controversia entraba en juego, entre otras cuestiones, la relación entre la santidad de la Iglesia y la indignidad de algunos de sus ministros.
San Agustín dedicó enormes esfuerzos a combatir aquella ruptura. La Iglesia tuvo que defender que la eficacia de los sacramentos no depende de que quien los celebra sea personalmente santo. La santidad de Cristo no queda anulada por el pecado del ministro.
Y aquí encontramos algo extraordinariamente actual.
Porque detrás de algunos discursos contemporáneos parece esconderse una eclesiología imposible: si en la Iglesia encontramos pecado, torpeza, abuso o mediocridad, entonces esa Iglesia ya no puede ser verdaderamente la Iglesia.
De ahí se pasa fácilmente a otra conclusión: la verdadera Iglesia estaría reducida a quienes se consideran capaces de identificar perfectamente la corrupción de todos los demás.
Nosotros somos los fieles.
Nosotros conservamos la liturgia.
Nosotros tenemos la doctrina.
Nosotros hemos comprendido lo que está ocurriendo.
Nosotros permanecemos mientras los demás han claudicado.
Es una dinámica espiritualmente peligrosísima.
Porque el paso entre defender la verdad y considerarse miembro de una élite de puros puede ser mucho más corto de lo que imaginamos.
El jansenismo y la tristeza de una religión sin misericordia
Siglos después apareció otro fenómeno distinto: el jansenismo.
Tampoco aquí conviene hacer identificaciones fáciles. El jansenismo fue una controversia teológica compleja, nacida en torno a cuestiones relativas a la gracia, la libertad y la doctrina de Cornelio Jansenio. Pero su influencia produjo en determinados ambientes un conocido rigorismo espiritual y sacramental.
Pío XI llegó a hablar de la «triste y sombría severidad» del jansenismo, mientras que el magisterio posterior ha recordado repetidamente cómo determinados santos respondieron a aquel clima devolviendo a los fieles la confianza en la misericordia de Dios.
También aquí aparece una advertencia para nuestro tiempo.
Se puede defender la moral cristiana de tal manera que nadie perciba ya la belleza de la conversión.
Se puede defender la liturgia de tal manera que desaparezca el misterio que la liturgia celebra.
Se puede defender la doctrina hasta convertir el cristianismo en un examen permanente que todos, excepto nosotros y nuestros amigos, parecen suspender.
Y se puede hablar tanto de los pecados de los demás que terminemos olvidando el único pecado sobre el que tenemos verdadera obligación de trabajar todos los días: el nuestro.
El purismo digital
Las redes sociales han añadido a esta antigua tentación un elemento que nuestros antepasados no conocieron: la recompensa inmediata.
El escándalo produce visitas.
La indignación produce interacciones.
El vídeo titulado «Gravísimo abuso en una Misa» se comparte probablemente más que otro titulado «Hoy miles de sacerdotes han celebrado la Eucaristía con fidelidad».
Una frase dudosa de un sacerdote desconocido puede recorrer medio mundo en unas horas. Y personas que jamás han hablado con él, que desconocen su historia y que ni siquiera saben qué ocurrió antes y después de esos veinte segundos se sienten perfectamente legitimadas para emitir sentencia.
El mecanismo termina siendo perverso.
Primero se busca el error.
Después se publica.
Luego llega el escándalo colectivo.
Finalmente, ese escándalo sirve para demostrar la tesis previa: «¿veis cómo está la Iglesia?».
Y al día siguiente hay que encontrar otro caso.
Se crea así una economía espiritual de la indignación.
La propia identidad comienza a necesitar que las cosas estén mal.
Esto es especialmente grave porque puede disfrazarse de celo apostólico. La persona llega a convencerse de que está prestando un servicio heroico a la Iglesia cuando quizá simplemente está alimentando una audiencia mediante las miserias de sus hermanos.
No todo debe ser publicado.
No toda equivocación merece convertirse en espectáculo.
No todo sacerdote que comete un abuso litúrgico es un hereje.
No toda frase desafortunada demuestra apostasía.
No todo error exige un pelotón de fusilamiento digital.
Y, sobre todo, el pecado de otro cristiano jamás debería producirnos satisfacción por confirmar que nosotros teníamos razón.
La Iglesia santa está llena de pecadores
Aquí está probablemente el error teológico fundamental.
Confundir la santidad de la Iglesia con la impecabilidad de sus miembros.
El Catecismo enseña expresamente que todos los miembros de la Iglesia, incluidos sus ministros, deben reconocerse pecadores y recuerda la parábola evangélica en la que el trigo y la cizaña permanecen mezclados hasta el final de los tiempos.
Basta, además, abrir cualquier libro serio de historia de la Iglesia.
Ha habido papas santos y papas indignos.
Obispos heroicos y obispos mediocres.
Sacerdotes mártires y sacerdotes pecadores.
Comunidades fervorosas y comunidades decadentes.
Reformas maravillosas y épocas de relajación.
Si para creer en la Iglesia necesitamos imaginar que alguna vez existió una época en la que todos los sacerdotes celebraban perfectamente, todos los monasterios eran observantes, todos los obispos eran santos y todos los fieles vivían en gracia de Dios, nuestra fe no se apoya en la Tradición.
Se apoya en una reconstrucción romántica del pasado.
La verdadera Tradición es mucho más hermosa porque es mucho más real.
La Iglesia ha atravesado veinte siglos llevando un tesoro inmenso en vasijas de barro.
Y precisamente eso demuestra que la Iglesia es de Cristo.
Si hubiera dependido exclusivamente de nuestra virtud, probablemente habría desaparecido antes de terminar el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Corregir sí. Despedazar, no
Alguien podría objetar: «Entonces, ¿hay que callarse ante los abusos?».
No.
De ninguna manera.
La corrección fraterna pertenece al Evangelio. La autoridad debe corregir. Los abusos litúrgicos deben ser corregidos. Los errores doctrinales deben ser aclarados. La disciplina de la Iglesia debe ser respetada.
Pero la pregunta cristiana no es únicamente si algo debe corregirse, sino también cómo, quién, cuándo y para qué.
Nuestro Señor dejó un criterio bastante poco compatible con algunos tribunales digitales contemporáneos: «Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas» (Mt 18,15).
A solas.
Qué poco rentable resulta el Evangelio para determinados algoritmos.
San Ignacio de Loyola, al comienzo de los Ejercicios espirituales, estableció además una regla que sería magnífico recuperar en nuestras discusiones eclesiales: todo buen cristiano debe estar más dispuesto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla; y, si no puede salvarla, debe averiguar cómo la entiende y corregirlo con caridad si estuviese equivocado (Ejercicios espirituales, 22).
Obsérvese el orden.
Primero, intentar comprender.
Después, preguntar.
Luego, si es necesario, corregir.
Y corregir con caridad.
Nosotros algunas veces hacemos exactamente lo contrario.
Primero condenamos.
Después publicamos.
Luego movilizamos a nuestros seguidores.
Y quizá, cuando ya hemos destruido la fama de la persona, alguien pregunta qué quiso decir realmente.
Eso podrá ser muchas cosas.
Ignaciano, desde luego, no es.
Defender la Iglesia atacando a la Iglesia
Aquí encontramos la gran paradoja.
Algunas personas dicen actuar así porque aman profundamente a la Iglesia.
Y no dudo de que muchas tengan buena intención.
Pero también se puede hacer daño queriendo hacer el bien.
Se puede defender una iglesia de piedra destrozando las piedras vivas que forman la Iglesia.
Se puede combatir un abuso litúrgico cometiendo abusos contra la caridad.
Se puede denunciar una posible falta contra la comunión provocando una división mucho mayor que la que supuestamente pretendíamos reparar.
Se puede querer proteger a la Esposa de Cristo y terminar hablando constantemente de ella como si fuese una institución podrida de la que únicamente quedase a salvo nuestro pequeño grupo.
Eso no fortalece la fe de los sencillos.
La destruye.
Porque quien escucha todos los días que prácticamente todos los obispos están equivocados, que innumerables sacerdotes son sospechosos, que Roma es sospechosa, que los seminarios son sospechosos, que las parroquias son sospechosas y que solamente unas pocas cuentas de internet han permanecido incontaminadas terminará haciéndose una pregunta bastante razonable:
¿Dónde está entonces la Iglesia que Cristo prometió no abandonar?
No necesitamos menos verdad. Necesitamos más santidad
La respuesta al purismo no consiste en bajar el listón.
No necesitamos menos reverencia en la liturgia. Necesitamos más.
No necesitamos menos fidelidad doctrinal. Necesitamos más.
No necesitamos sacerdotes menos santos. Necesitamos sacerdotes santos.
No necesitamos obispos indiferentes ante los abusos. Necesitamos pastores que gobiernen, enseñen y santifiquen.
Pero necesitamos recordar algo decisivo: la verdadera reforma de la Iglesia siempre ha comenzado por la reforma de uno mismo.
Los santos reformadores no se colocaron fuera de la Iglesia para juzgarla.
La amaron.
Sufrieron por ella.
La corrigieron cuando tuvieron que hacerlo.
Obedecieron.
Rezaron.
Hicieron penitencia.
Y comenzaron convirtiéndose ellos.
La historia de la Iglesia enseña que cada época puede repetir antiguas tentaciones con nombres nuevos. Francisco recordó precisamente que viejas deformaciones espirituales pueden reaparecer bajo formas contemporáneas; Gaudete et exsultate habla de antiguas falsificaciones de la santidad que conservan una sorprendente actualidad.
Por eso conocer la historia no es un lujo para especialistas.
Es una forma de humildad.
Nos permite descubrir que quizá aquello que considerábamos una reacción novedosa y heroica ya apareció muchas veces anteriormente, y que la Iglesia aprendió dolorosamente a reconocer sus peligros.
Una Iglesia que no hemos inventado nosotros
Tal vez todo se reduzca finalmente a esto.
Hay que decidir si queremos amar la Iglesia de Cristo o una Iglesia imaginada por nosotros.
La Iglesia de Cristo tiene arrugas humanas.
Tiene sacerdotes que necesitan confesarse.
Tiene obispos que pueden equivocarse.
Tiene fieles incoherentes.
Nos tiene a nosotros.
Y, sin embargo, sigue siendo la Esposa de Cristo.
Santa y necesitada de purificación.
Divina por su origen y misión, profundamente humana en sus miembros.
Siempre necesitada de reforma y siempre sostenida por una gracia que no hemos inventado nosotros.
Podemos pasar nuestra vida señalando la cizaña del campo.
Incluso podemos llegar a ser extraordinariamente buenos localizándola.
Pero el Señor no nos preguntará cuántas fotografías hicimos de la cizaña.
Nos preguntará qué fruto produjo nuestra vida.
Hace falta discernimiento. Hace falta doctrina. Hace falta fidelidad litúrgica. Hace falta denunciar con prudencia aquello que verdaderamente daña a la Iglesia.
Pero también hace falta humildad.
Caridad.
Paciencia.
Sentido eclesial.
Y algo que quizá las redes sociales están haciendo cada vez más difícil: ser capaces de contemplar una imperfección sin sentir inmediatamente la necesidad de convertirla en espectáculo.
La Iglesia no necesita aficionados profesionales al escándalo.
Necesita santos.
Hombres y mujeres capaces de señalar el mal sin alegrarse de haberlo encontrado; capaces de corregir sin humillar; capaces de defender la verdad sin utilizar las herramientas del padre de la mentira; capaces de amar la Tradición sin inventarse un pasado que nunca existió; capaces, finalmente, de permanecer junto a la Iglesia incluso cuando contemplan las miserias de quienes formamos parte de ella.
Porque la verdadera prueba del amor no consiste en amar una Iglesia perfecta.
Esa Iglesia sería muy fácil de amar.
La verdadera prueba consiste en amar a esta Iglesia: la que Cristo quiso, la que Cristo compró con su sangre, la que confió incomprensiblemente a hombres pecadores y la que, a pesar de nosotros, continúa engendrando santos.
Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos obsesivamente quiénes son los impuros.
Y comenzar de nuevo con la pregunta que todos los grandes reformadores cristianos terminaron haciéndose:
Señor, ¿qué necesitas purificar en mí?
@SacerdosMariae
Imagen
Abraham Bloemaert, La parábola del trigo y la cizaña (1624), Walters Art Museum, Baltimore. Mientras los hombres duermen en primer plano, al fondo el enemigo siembra la cizaña entre el trigo, siguiendo la parábola de Jesús (Mt 13,24-30). La escena recuerda que el bien y el mal conviven misteriosamente en la historia hasta el juicio de Dios, y que no corresponde al hombre apresurarse a separar a unos de otros como si pudiera distinguir infaliblemente a los «puros» de los «impuros». Una imagen especialmente sugerente para reflexionar sobre la tentación, siempre recurrente en la Iglesia, de convertir el celo por la verdad en juicio, rigorismo o superioridad espiritual.
¡Muchas y sinceras GRACIAS!
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