El don de lágrimas: cuando Dios ablanda el corazón.
El don de lágrimas: cuando Dios ablanda el corazón
Las lágrimas han tenido una historia curiosa. Hubo épocas y ambientes en los que se consideraban un signo de debilidad, una rendición ante las emociones. En otros momentos llegaron a contemplarse como una gracia extraordinaria y hasta como una señal de santidad.
La historia, sin embargo, no fue tan sencilla. No hubo una época en la que la Iglesia condenara oficialmente las lágrimas y otra en la que decidiera canonizarlas. Lo que encontramos es una lenta transformación de la sensibilidad. El cristianismo recibió del mundo antiguo cierta sospecha hacia las pasiones, pero también recibió del Evangelio la imagen de un Dios que no permanece impasible ante el sufrimiento humano.
La desconfianza hacia las emociones
El ideal estoico admiraba al hombre capaz de mantenerse sereno ante el placer y el dolor. Las pasiones podían alterar la razón y hacer perder el dominio de uno mismo. Por eso el sabio debía alcanzar la apatheia, una libertad interior frente a cuanto pudiera perturbarlo.
Algunos cristianos asumieron parte de este lenguaje. También ellos buscaban la libertad respecto de las pasiones desordenadas. Pero la impasibilidad cristiana nunca podía significar frialdad, indiferencia o ausencia de amor.
El Evangelio lo impedía.
Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro: «Jesús se echó a llorar» (Jn 11,35). Lloró también sobre Jerusalén, porque no había reconocido el tiempo de la visita de Dios (cf. Lc 19,41-44). Y la Carta a los Hebreos recuerda que ofreció su oración «con fuerte clamor y lágrimas» (Hb 5,7).
El Hijo de Dios no tuvo un corazón de piedra.
Sus lágrimas no fueron una pérdida del dominio sobre sí mismo. Fueron la manifestación visible de su amor. Cristo no lloró porque amara poco, sino porque amaba perfectamente.
También Pedro lloró después de negar al Señor: «Y, saliendo afuera, lloró amargamente» (Lc 22,62). Aquellas lágrimas no borraron por sí solas su pecado, pero mostraron que su corazón no había muerto. Todavía podía ser alcanzado por la mirada de Cristo.
Las lágrimas del desierto
Los padres y las madres del desierto comprendieron que existían unas lágrimas distintas de la simple tristeza humana. Hablaron de la compunción, del dolor que aparece cuando la verdad de Dios atraviesa las defensas del corazón.
El término griego penthos designaba un luto interior, pero no era un luto desesperado. Nacía al descubrir la propia miseria a la luz de la misericordia divina. Por eso podía contener dolor y alegría al mismo tiempo.
Amma Sinclética comparaba el camino espiritual con el esfuerzo de encender un fuego:
«También nosotros debemos encender el fuego divino en nuestro interior con lágrimas y esfuerzo».
—Amma Sinclética, Apotegmas de los padres y madres del desierto, Sinclética 1.
El humo hace llorar antes de que aparezca la llama. Del mismo modo, el encuentro con Dios puede comenzar mostrando aquello que desearíamos no ver: los pecados, las heridas, los apegos, la propia incoherencia. Pero esas lágrimas preparan el corazón para una alegría más profunda.
De Abba Arsenio se decía que había llorado tanto durante su vida de oración que las lágrimas habían dejado huella sobre su pecho. Al conocer su muerte, Abba Poemen afirmó:
«Verdaderamente eres bienaventurado, Abba Arsenio, porque lloraste por ti mismo en este mundo».
—Abba Poemen, Apotegmas de los padres del desierto, Arsenio 41.
La expresión puede parecernos severa. Sin embargo, no se trata de vivir instalado en la culpabilidad. Llorar por uno mismo significa dejar de justificarlo todo, reconocer la verdad de la propia vida y presentarla humildemente ante Dios.
San Juan Casiano observó además que no todas las lágrimas tienen el mismo origen:
«No toda efusión de lágrimas procede de un mismo sentimiento o de una misma virtud».
—San Juan Casiano, Colaciones, IX, 29.
Casiano distingue las lágrimas nacidas del arrepentimiento, las que brotan del deseo de los bienes eternos, las provocadas por el temor del juicio y las que surgen ante los pecados y sufrimientos de los demás. No todas expresan lo mismo, aunque todas puedan abrir un camino hacia Dios.
Aquí aparece ya una primera forma de discernimiento. No basta con llorar. Hay que preguntarse de dónde proceden las lágrimas y hacia dónde conducen.
De la compunción al don de lágrimas
Durante la Edad Media se extendió la expresión donum lacrimarum, el don de lágrimas. Las lágrimas comenzaron a ser vistas como una oración del cuerpo. Cuando las palabras ya no bastaban, los ojos continuaban rezando.
Se lloraba al meditar la Pasión de Cristo. Se lloraban los pecados propios. Se lloraba por la Iglesia, por los difuntos, por los pobres y por quienes vivían alejados de Dios. También existían lágrimas de gratitud, nacidas de sentirse amado y perdonado sin merecerlo.
Pero la tradición nunca dejó de advertir contra la apariencia. Las lágrimas podían ser verdaderas, pero también podían buscarse por vanidad o confundirse con una sensibilidad puramente natural.
La emoción religiosa no es todavía santidad.
Una persona puede conmoverse durante la oración y continuar tratando mal a quienes tiene cerca. Puede llorar ante una imagen y permanecer indiferente ante el sufrimiento real de su hermano. También puede suceder lo contrario: alguien puede no derramar una sola lágrima y poseer una caridad firme, silenciosa y probada.
La autenticidad de las lágrimas se reconoce por sus frutos.
San Ignacio, maestro del discernimiento de las lágrimas
San Ignacio de Loyola fue un hombre de abundantes lágrimas. La imagen del antiguo soldado, resuelto y práctico, puede ocultar una sensibilidad espiritual extraordinaria.
En su Diario espiritual anotó cuidadosamente lo que experimentaba durante la oración y la celebración de la Eucaristía. En una de sus primeras anotaciones escribió:
«Abundancia de devoción en la misa, con lágrimas, con crecida confianza en Nuestra Señora».
—San Ignacio de Loyola, Diario espiritual, 2 de febrero de 1544.
Ignacio no escribía estas cosas para recrearse en sus sentimientos. Estaba discerniendo una decisión importante sobre la pobreza de la Compañía de Jesús. Observaba las mociones interiores, las lágrimas, la paz y la claridad que acompañaban cada posibilidad.
En otro momento describe una experiencia de «lágrimas y devoción intensísima».
—San Ignacio de Loyola, Diario espiritual, 6 de febrero de 1544.
Sin embargo, Ignacio no convirtió las lágrimas en un oráculo infalible. Las acogía como una posible señal de la acción de Dios, pero las sometía al discernimiento. Sabía que una consolación verdadera debía tener buen principio, buen desarrollo y buen final.
En los Ejercicios espirituales ofrece una de sus definiciones más conocidas de la consolación:
«Cuando lanza lágrimas motivas a amor de su Señor».
—San Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, n. 316.
Ignacio añade que estas lágrimas pueden nacer del dolor de los pecados, de la contemplación de la Pasión de Cristo o de otras realidades ordenadas al servicio y alabanza de Dios.
La expresión decisiva es «motivas a amor».
Las lágrimas verdaderamente espirituales mueven a amar más. Aumentan la fe, la esperanza y la caridad. Hacen a la persona más humilde, más agradecida y más disponible para servir. No la encierran en sí misma.
Por eso san Ignacio tampoco aconseja perseguir las lágrimas. En los Ejercicios se pide «lo que quiero y deseo», pero se recibe del Señor el modo concreto en que Él quiera concederlo. La consolación es gracia, no conquista. Y Dios puede conducir al alma tanto por la abundancia sensible como por una larga sequedad.
Hay fidelidades sin lágrimas que tienen un inmenso valor delante de Dios.
Las lágrimas de compunción
El Catecismo explica que la conversión interior no consiste solamente en sentir tristeza:
«La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno y una conversión a Dios de todo nuestro corazón».
—Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1431.
Las lágrimas pueden acompañar esa conversión, pero no la sustituyen. El dolor cristiano por el pecado no es autocompasión ni desprecio de uno mismo. Es el sufrimiento de quien descubre que ha herido un amor verdadero.
El papa Francisco lo expresó con especial claridad durante la Misa Crismal de 2024:
«Tener lágrimas de compunción es arrepentirse seriamente de haber entristecido a Dios con el pecado».
—Papa Francisco, homilía de la Misa Crismal, 28 de marzo de 2024.
Y añadió que la compunción cambia nuestra forma de mirar: uno deja de ser indulgente consigo mismo e inflexible con los demás, para hacerse exigente consigo mismo y misericordioso con el prójimo.
Esta es una buena piedra de toque. Las lágrimas que proceden de Dios no nos convierten en jueces de los demás. Nos hacen conscientes de nuestra propia pobreza y, precisamente por eso, más capaces de comprender la pobreza ajena.
En otra ocasión, el papa Francisco invitó a pedir a la Virgen el don de llorar «por nuestros pecados y por tantas calamidades que hacen sufrir al pueblo de Dios».
—Papa Francisco, homilía en Santa Marta, 25 de mayo de 2018.
No se trata, por tanto, de llorar solamente por uno mismo. Hay también unas lágrimas de intercesión. Son las lágrimas de quien lleva ante Dios el sufrimiento de los demás, las heridas de la Iglesia y los pecados del mundo.
Un corazón que todavía puede ser herido
Tal vez el verdadero don de lágrimas no consista siempre en llorar físicamente. Puede manifestarse como una conmoción silenciosa, un dolor sereno por los pecados, una gratitud que deja sin palabras o una compasión que impide permanecer indiferente.
Lo contrario del don de lágrimas no es tener los ojos secos. Es tener el corazón endurecido.
Hay personas que no lloran y, sin embargo, poseen una enorme ternura. Hay otras que lloran con facilidad, pero sus lágrimas pasan pronto y no cambian nada. Dios no mide la vida espiritual por la humedad de los ojos.
Lo que importa es que el corazón permanezca vivo.
Por eso se puede pedir el don de lágrimas. No para vivir una experiencia llamativa, sino para no acostumbrarnos al pecado, al dolor del prójimo o a la presencia de Cristo. Pedir lágrimas es pedir que Dios rompa con delicadeza la costra que se forma sobre el alma.
Después, la respuesta podrá llegar de distintas maneras. Quizá aparezca el llanto. Quizá una paz profunda. Quizá no se sienta nada y haya que continuar caminando en una fe desnuda.
Las lágrimas son un don cuando limpian la mirada. Cuando permiten ver con mayor verdad a Dios, al prójimo y a uno mismo. Cuando nos levantan de la oración con un deseo más sincero de amar y servir.
Hay lágrimas que únicamente mojan el rostro.
Y hay otras que, por la gracia de Dios, riegan la tierra del corazón.
@SacerdosMariae
Imagen: Las lágrimas de san Pedro, El Greco, hacia 1580-1589. San Pedro no llora únicamente por haber pecado, sino porque, bajo la mirada de Cristo, comprende cuánto ha sido amado.

DIOS le bendiga. BENDITAS LÁGRIMAS!
ResponderEliminarSanto día.