Ciriaco María Sancha: cárcel, caridad y comunión.

Ciriaco María Sancha: cárcel, caridad y comunión

Hay figuras de la historia de la Iglesia que parecen haber quedado injustamente relegadas a unas pocas líneas en los manuales. Una de ellas es la del beato Ciriaco María Sancha y Hervás.

Su vida tiene todos los elementos de una gran historia: pobreza familiar, vocación sacerdotal, misión en Cuba, conflicto con el poder político, fidelidad a Roma, cárcel, episcopado, preocupación por los obreros, atención a los sacerdotes necesitados, cardenalato y, finalmente, reconocimiento de la Iglesia mediante su beatificación.

Pero lo verdaderamente interesante no son los cargos que acumuló.

Lo que da unidad a toda su existencia es otra cosa: la caridad y la comunión con la Iglesia.

Ciriaco María Sancha fue uno de esos hombres para quienes la fidelidad a Pedro no era una consigna y la caridad con los pobres no era un discurso.

Cuando fue necesario, ambas cosas le costaron dinero, esfuerzos, incomprensiones y hasta la cárcel.

Un sacerdote nacido entre gente humilde

Ciriaco Sancha y Hervás nació el 18 de junio de 1833 en Quintana del Pidio, en Burgos, dentro de una modesta familia de labradores. Perdió pronto a su madre y después a su hermana mayor. Ingresó en el seminario de Osma y fue ordenado sacerdote en 1858. Completó posteriormente sus estudios teológicos en Salamanca.

Su origen humilde no sería un simple dato biográfico.

La preocupación por quienes carecían de medios aparecerá una y otra vez a lo largo de su ministerio. No como una teoría social aprendida posteriormente, sino casi como una constante vital.

En 1862 marchó a Santiago de Cuba como secretario del arzobispo Primo Calvo y Lope. Allí se encontró con una sociedad profundamente herida y con numerosos pobres y desamparados.

La respuesta de Sancha fue muy característica de él: no limitarse a lamentar el problema, sino crear algo que pudiera sobrevivirle.

En 1869 fundó las Hermanas de los Pobres Inválidos y Niños Pobres, posteriormente conocidas como Hermanas de la Caridad del Cardenal Sancha, destinadas especialmente a la atención de pobres, enfermos, ancianos y niños necesitados.

Esta forma de actuar se repetirá durante toda su vida.

Detectar una necesidad.

Reunir personas.

Crear una obra.

Dar estabilidad a la caridad.

Cuando el poder político quiso gobernar la Iglesia

La gran prueba de aquellos años llegó con el llamado «cisma de Cuba».

Tras quedar vacante la sede de Santiago de Cuba, el Gobierno español presentó a Pedro Llorente y Miguel para ocupar el arzobispado.

Pero Llorente no había recibido de Roma las bulas necesarias para gobernar canónicamente aquella Iglesia.

Este detalle es fundamental.

No se trataba de discutir las cualidades personales de un candidato ni de una disputa entre sensibilidades eclesiales. Se planteaba algo mucho más serio: si el poder civil podía imponer de hecho un gobierno episcopal sin la correspondiente autoridad de la Santa Sede.

El propio Ciriaco Sancha publicaría en Madrid, en 1873, un escrito cuyo título no dejaba lugar a demasiadas dudas:

* Cisma de Cuba, o sea, Gobierno anticanónico de D. Pedro Llorente y Miguel, nombrado por D. Amadeo I arzobispo de Santiago de Cuba*.

El ejemplar se conserva, entre otros lugares, en la colección digital de la Universidad de Harvard.

La autoridad legítima permanecía en manos del vicario capitular José María Orberá y Carrión.

Sancha permaneció junto a él.

Y aquello tuvo consecuencias.

La cárcel por permanecer con Roma

Orberá y Sancha se negaron a reconocer la jurisdicción eclesiástica que Llorente pretendía ejercer sin la correspondiente institución pontificia.

No organizaron una revolución.

No levantaron un partido político.

No decidieron constituirse en una Iglesia paralela.

Hicieron algo mucho más sencillo y, en aquellas circunstancias, mucho más difícil:

obedecer a Roma.

La crisis estuvo muy cerca de desembocar en un verdadero cisma. Las Letras Apostólicas promulgadas por Benedicto XVI con ocasión de la beatificación de Sancha recuerdan expresamente que entre 1872 y 1874 faltó obispo legítimo y que estuvo a punto de producirse la ruptura. Sancha permaneció fiel a las disposiciones de la Sede Apostólica y, precisamente por ello, fue encarcelado.

Sancha y Orberá conocieron distintos lugares de prisión durante aquel conflicto. La historia de aquellos meses tiene algo casi novelesco: interrogatorios, presiones, cárceles, correspondencia y la progresiva división del clero.

Pero debajo de todo aquello había una cuestión extraordinariamente sencilla:

¿quién gobierna la Iglesia?

¿El Estado?

¿El partido que controla el Gobierno?

¿Una mayoría local?

¿Un sacerdote que dispone del respaldo político suficiente?

Para un católico, la respuesta no podía depender de las circunstancias.

La Iglesia posee su propia constitución sacramental y jerárquica. Los obispos no reciben del Estado la potestad de pastorear una Iglesia particular.

Sancha pagó con su libertad haberlo entendido.

Fidelidad a Pedro cuando cuesta algo

Es fácil defender la comunión eclesial cuando coincide exactamente con nuestras preferencias.

La prueba aparece cuando no coincide.

Ciriaco Sancha vivió la comunión con la Sede de Pedro de una manera extraordinariamente concreta. No entendía Roma como una corriente ideológica dentro del catolicismo. Tampoco concebía al Papa como el dirigente de un partido eclesial.

Era el Sucesor de Pedro.

Y eso tenía consecuencias.

Las Letras Apostólicas de su beatificación presentan precisamente su vida como marcada por una profunda unión con el Sucesor de Pedro. Tras resolverse el conflicto cubano, aquella fidelidad fue reconocida también por Pío IX, que lo nombró obispo auxiliar de Toledo. Fue consagrado obispo en 1876.

A partir de entonces comenzó un larguísimo servicio episcopal.

Ávila.

Madrid-Alcalá.

Valencia.

Toledo.

No importa tanto la sucesión de sedes como observar qué hizo en ellas.

Un obispo preocupado por los sacerdotes

Una de sus preocupaciones constantes fue el clero.

En Ávila impulsó el seminario y creó una sección destinada a seminaristas pobres. Su preocupación no se limitaba a que hubiese sacerdotes suficientes. Quería sacerdotes bien formados, espiritualmente sólidos y capaces de vivir con la dignidad correspondiente a su ministerio.

Años después esta sensibilidad daría lugar a una de sus iniciativas más interesantes.

Durante su etapa como arzobispo de Valencia se encontró con sacerdotes que, al llegar a la enfermedad o a la ancianidad, podían encontrarse prácticamente sin recursos.

Hay que situarse en el siglo XIX.

No existía para el clero diocesano un sistema de protección social comparable al actual. Un sacerdote anciano, enfermo o incapacitado podía quedar dependiendo de la ayuda de familiares, de otros sacerdotes o de soluciones improvisadas.

Sancha quiso darle una respuesta estable.

En 1897 promovió el Montepío del Clero Valentino. La documentación histórica sitúa precisamente en junio de aquel año su creación.

La palabra montepío puede resultar hoy extraña. Era, en esencia, una institución de previsión y ayuda mutua.

Los sacerdotes contribuían a un fondo común destinado a ayudar especialmente a aquellos miembros del clero que llegasen a la ancianidad, la enfermedad o una situación de necesidad.

No era simplemente repartir limosnas entre sacerdotes pobres.

Era algo bastante más inteligente.

Sancha quiso que la fraternidad sacerdotal adquiriese también una forma económica y estable: los sacerdotes ayudándose mutuamente para que ninguno quedara abandonado cuando ya no pudiera sostenerse por sí mismo.

Fuentes posteriores describen el Montepío como una mutualidad con reconocimiento civil y canónico cuya finalidad era la atención espiritual y económica de sacerdotes ancianos o enfermos. Más de un siglo después de su creación llegó a contar todavía con centenares de sacerdotes asociados.

La biografía de Sancha relaciona directamente su fundación con la situación de indigencia en la que podían encontrarse algunos sacerdotes y con su deseo de fortalecer entre ellos los vínculos de fraternidad y ayuda.

Es difícil encontrar un ejemplo más concreto de lo que entendía por caridad.

No esperar a que aparezca el sacerdote enfermo.

No improvisar entonces una colecta.

Prever. Organizar. Compartir.

La caridad también necesita instituciones.

El obispo que miró hacia los obreros

La misma mentalidad aplicó Sancha al enorme problema social que estaba apareciendo en la Europa del siglo XIX.

La industrialización había creado nuevas formas de pobreza y explotación. El movimiento obrero crecía y, con él, ideologías que pretendían ofrecer una respuesta completa al problema social apartando a Dios de la sociedad.

León XIII había publicado en 1891 la encíclica Rerum novarum.

Sancha entendió que la respuesta de la Iglesia no podía consistir simplemente en condenar el socialismo mientras se ignoraban las condiciones de vida que facilitaban su expansión.

Había que defender la justicia.

Había que asociar a los trabajadores.

Había que formar.

Había que acompañar.

Impulsó las asociaciones obreras católicas y participó activamente en el movimiento social católico español. En 1894 promovió una enorme peregrinación obrera a Roma con motivo del jubileo episcopal de León XIII, en la que participaron alrededor de 18.000 trabajadores.

Aquí aparece nuevamente su manera de entender el catolicismo.

Ni revolución.

Ni indiferencia.

Doctrina y caridad.

La cuestión social no podía resolverse enfrentando unas clases contra otras, pero tampoco fingiendo que las injusticias no existían.

Eucaristía y acción social

Sancha comprendió además algo que a veces se olvida: la actividad social de la Iglesia pierde su alma cuando se separa de Cristo.

Por eso su preocupación por los obreros convivió con una intensa preocupación eucarística y espiritual.

No veía contradicción entre organizar obras sociales, promover la formación del clero, defender los derechos de la Iglesia y fomentar la adoración a Jesucristo.

Era exactamente al contrario.

Todo brotaba de la misma fe.

Su catolicismo no podía reducirse a espiritualismo desencarnado.

Pero tampoco podía convertirse en activismo social vagamente cristiano.

Primero Cristo. Y precisamente por Cristo, el hombre.

Un cardenal para una España dividida

León XIII lo creó cardenal en 1894 y en 1898 fue nombrado arzobispo de Toledo y primado de España.

Llegaba a la sede primada precisamente en uno de los momentos más delicados de la historia contemporánea española.

Era el año del desastre de 1898.

Pero la crisis nacional no era únicamente política o militar. También los católicos estaban profundamente divididos.

Sancha volvió a colocar en el centro una palabra que ya había marcado su existencia desde Cuba:

unidad.

Trabajó para reforzar la comunión entre los obispos y para evitar que la Iglesia quedase reducida a las luchas de los partidos. La Santa Sede había confiado en él precisamente por su capacidad para promover la unidad de los católicos y del episcopado.

Es significativo.

El sacerdote que había padecido cárcel por evitar un cisma terminó dedicando sus últimos años a combatir otras formas de división dentro de la Iglesia.

Había aprendido muy pronto que la unidad no consiste en que todos piensen exactamente igual.

Consiste en permanecer en la misma Iglesia.

Padre de los pobres

Las grandes dignidades no modificaron demasiado al hombre.

Sancha había conocido la pobreza desde niño y murió sin convertirse en un príncipe rico de la Iglesia.

Las religiosas fundadas por él conservaron el recuerdo de un hombre que encontraba siempre recursos para los demás y muy pocos para sí mismo. Fue conocido con expresiones como «padre de los pobres» y «padre de los obreros».

Pero probablemente su mejor retrato no esté en ninguna de esas expresiones populares.

Lo hizo la propia Iglesia.

Ciriaco María Sancha murió el 25 de febrero de 1909 en Toledo.

Su fama de santidad permaneció.

El proceso informativo comenzó en la archidiócesis de Toledo en 1982. Sus virtudes heroicas fueron reconocidas en 2006 y el 17 de enero de 2009 Benedicto XVI autorizó el decreto relativo al milagro atribuido a su intercesión.

Finalmente, el 18 de octubre de 2009, fue beatificado en Toledo.

Por tanto, no estamos simplemente ante un cardenal interesante del siglo XIX.

Estamos ante un beato de la Iglesia católica.

Su memoria litúrgica se celebra el 25 de febrero. La causa permanece encaminada hacia una futura canonización.

Testigo de Cristo, padre de los pobres y servidor de la unidad

Benedicto XVI dejó en las Letras Apostólicas de la beatificación tres rasgos que permiten resumir toda su existencia.

Sancha fue presentado como testigo infatigable de Cristo, padre de los pobres y servidor de la unidad de la Iglesia.

Difícilmente podría encontrarse una síntesis mejor.

Fue testigo de Cristo porque no convirtió el sacerdocio en una carrera.

Fue padre de los pobres porque la pobreza nunca fue para él un argumento retórico.

Y fue servidor de la unidad porque, cuando la comunión con Roma le costó la cárcel, eligió la cárcel.

Quizá ahí se encuentre también la actualidad de Ciriaco María Sancha.

Vivimos tiempos en los que resulta demasiado fácil interpretar la Iglesia desde categorías políticas.

Unos quieren apropiársela desde la izquierda.

Otros desde la derecha.

Unos condicionan su fidelidad a que Roma diga lo que ellos esperan escuchar.

Otros confunden comunión con ausencia de pensamiento.

Sancha ofrece otro camino.

Ni servilismo ante el poder civil ni rebeldía frente a la Iglesia.

Ni indiferencia ante la pobreza ni utilización ideológica de los pobres.

Ni clericalismo entendido como privilegio ni abandono de los sacerdotes cuando envejecen o enferman.

En Cuba defendió la libertad de la Iglesia.

Con los pobres practicó la caridad.

Con los obreros promovió la justicia social.

Con los sacerdotes creó instrumentos de fraternidad y previsión.

Como obispo buscó la unidad.

Y cuando llegaron las dignidades, continuó viviendo para aquello para lo que había sido ordenado sacerdote.

Los gobiernos que provocaron aquel conflicto cubano desaparecieron.

El pretendido gobierno eclesiástico impuesto sin Roma terminó.

El llamado «cisma de Cuba» quedó reducido a unas páginas de historia.

Pero aquel sacerdote que aceptó la cárcel antes que separarse de la Sede de Pedro acabó siendo cardenal.

Y hoy la Iglesia lo llama beato.

No deja de ser una hermosa forma de poner las cosas en su sitio.

Beato Ciriaco María Sancha y Hervás, padre de los pobres y servidor de la unidad de la Iglesia, ruega por nosotros.

@SacerdosMariae

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