La España catódica

 


La España catódica

Cuando algunos convierten el catolicismo en un polo negativo que rechaza la mirada de Cristo

Hay una España que se considera profundamente católica. Habla constantemente de la tradición cristiana, de la defensa de la fe, de las raíces de Europa y de la civilización occidental. Utiliza crucifijos, imágenes religiosas, advocaciones marianas y referencias a los santos como signos de identidad.

Sin embargo, cuando aparece delante de ella un hombre herido, pobre, extranjero o diferente, no pregunta qué enseña Cristo ni cuál es la doctrina de la Iglesia. Antes de mirarlo, consulta lo que ha dicho su partido.

Es la España catódica.

Una España que conserva parte de la terminología católica, pero que funciona como un polo negativo. Una España que repele al prójimo, clasifica a las personas y termina utilizando el cristianismo como una etiqueta política.

Porque se puede hablar mucho de catolicismo y haber perdido completamente la mirada católica sobre el mundo y sobre sus gentes.

Una mirada sustituida

La mirada católica comienza reconociendo que todo ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. No existen hombres de primera y de segunda categoría. No hay vidas prescindibles ni pueblos inferiores. No hay personas cuya dignidad dependa de su nacionalidad, su utilidad económica, su situación administrativa o su pertenencia cultural.

Cristo no murió solamente por los españoles. Tampoco murió únicamente por los europeos, los occidentales o aquellos que comparten nuestras costumbres.

Cristo murió por todos.

Esta universalidad no es una ocurrencia moderna, una moda progresista ni una concesión al sentimentalismo. Está en el corazón mismo de la fe católica. «Católico» significa universal.

Por eso resulta contradictorio proclamarse católico mientras se contempla el mundo desde un nacionalismo cerrado, desde el miedo al diferente o desde las consignas de una determinada formación política.

Cuando la mirada del partido sustituye a la mirada de Cristo, la fe deja de juzgar la ideología. Es la ideología la que comienza a seleccionar qué partes del Evangelio pueden aceptarse y cuáles deben ser silenciadas.

¿Qué ocurriría si hoy se descubriera América?

Conviene hacer un ejercicio de imaginación.

¿Qué habría ocurrido si América se hubiera descubierto en nuestros días?

¿Cómo habrían reaccionado algunos de quienes hoy se presentan como grandes defensores de la cristiandad?

De repente, se encontrarían ante pueblos desconocidos. Hombres y mujeres de otras razas, lenguas, culturas, religiones y costumbres. Personas que no hablaban español, no conocían nuestras instituciones y no compartían nuestros códigos sociales.

¿Los habrían reconocido inmediatamente como criaturas de Dios?

¿Habrían afirmado que poseían la misma dignidad que cualquier español?

¿O habrían comenzado a llamarlos salvajes, bárbaros, incompatibles, peligrosos o inferiores?

Probablemente habrían exigido controles, expulsiones y medidas ejemplares antes de que un misionero pudiera aprender una sola palabra de sus lenguas.

Y cuando los religiosos hubieran decidido convivir con ellos, conocer sus culturas, atender a sus enfermos y defenderlos frente a los abusos, los habrían llamado «buenistas».

Quizá también los habrían acusado de favorecer una invasión, de traicionar a España o de preocuparse más por los extranjeros que por «los nuestros».

No deja de resultar paradójico. Muchos admiran hoy a los misioneros de hace quinientos años, pero desprecian exactamente la mirada que hizo posible su misión.

El primer misionero asesinado

Imaginemos ahora que uno de aquellos pueblos asesina a un misionero.

¿Qué sucedería?

¿Comprenderían que la misión cristiana siempre ha estado expuesta al rechazo, la persecución y el martirio?

¿Recordarían que el misionero no fue enviado para conquistar, sino para anunciar a Cristo, incluso a riesgo de entregar su vida?

¿Distinguirían entre los responsables del crimen y el conjunto de aquel pueblo?

O, por el contrario, ¿reclamarían una cruzada contra todos ellos?

Es probable que algunos exigieran castigar colectivamente a toda la población. Ya no habría inocentes. Todos serían sospechosos. El asesinato cometido por unos pocos serviría para deshumanizar a todos.

Pero la responsabilidad moral es personal. Esta distinción no procede de una sensibilidad contemporánea. Pertenece a la justicia y a la tradición cristiana.

No se puede condenar a un pueblo entero por el delito de algunos de sus miembros. No se puede convertir el dolor legítimo por una víctima en autorización para odiar indiscriminadamente.

Eso no sería justicia cristiana. Sería venganza revestida de lenguaje religioso.

¿Qué habrían dicho de los defensores de los indígenas?

También habría que preguntarse qué trato habrían recibido quienes defendieran la dignidad de los pueblos descubiertos.

¿Qué dirían hoy de un Antonio de Montesinos denunciando los abusos contra los indígenas?

¿Qué publicarían sobre Bartolomé de las Casas?

¿Los escucharían como voces incómodas que interpelaban la conciencia cristiana de España? ¿O los acusarían de fomentar la leyenda negra, atacar a la patria y ponerse siempre del lado de los enemigos?

Es fácil elogiar a estos hombres cuando pertenecen a los libros de historia. Lo difícil es soportar hoy a quien formula las mismas preguntas.

«¿Estos no son hombres?».

La pregunta de Montesinos continúa siendo profundamente actual.

¿No son hombres quienes llegan a nuestras costas?

¿No son hombres quienes poseen otra lengua, otra raza o una cultura diferente?

¿No son hombres quienes no tienen documentos?

¿No son hombres aquellos entre quienes también existen pecadores, delincuentes y personas violentas, como existen en cualquier sociedad?

Reconocer la dignidad de una persona no significa aprobar todas sus acciones. La Iglesia nunca ha enseñado semejante ingenuidad. La caridad no elimina la justicia, ni la misericordia suprime la prudencia.

Pero ninguna acción criminal puede borrar la condición humana de quien la comete. Mucho menos puede borrar la dignidad de todos aquellos que comparten su procedencia.

El prójimo seleccionado por el partido

El problema de fondo es que algunos ya no dejan que Cristo les revele quién es su prójimo.

Su prójimo es aquel que previamente ha sido aprobado por su ideología.

Defienden con razón al cristiano perseguido, pero desprecian al inmigrante musulmán. Se conmueven ante determinadas víctimas, pero se burlan de otras. Exigen que la Iglesia hable cuando creen que sus palabras beneficiarán a su partido, pero la acusan de hacer política cuando recuerda una parte del Evangelio que les incomoda.

El prójimo se ha convertido en una categoría partidista.

Sin embargo, en la parábola del buen samaritano, Cristo no pregunta quién pertenece a nuestro grupo. Invierte la cuestión: «¿Quién se hizo prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».

El prójimo no es únicamente quien comparte nuestra religión, nuestra nacionalidad o nuestras ideas.

Prójimo es aquel cuya necesidad reclama nuestra responsabilidad.

Esto no significa que los Estados deban renunciar a controlar sus fronteras. Tampoco significa negar los problemas reales relacionados con la inmigración, la seguridad, la integración o la convivencia.

La doctrina católica no obliga a la irresponsabilidad política.

Pero sí prohíbe transformar a las personas en una masa sin rostro. Prohíbe alimentar el odio. Prohíbe atribuir una culpa colectiva. Prohíbe considerar a ciertos seres humanos como material sobrante.

Un Estado puede regular sus fronteras. Un cristiano no puede cerrar su corazón.

Mucha identidad y poca conversión

Quizá el problema sea que resulta más sencillo defender una identidad católica que vivir una conversión católica.

La identidad puede exhibirse. La conversión, en cambio, obliga a cambiar la mirada.

Es fácil proclamar que España es cristiana. Más difícil es dejar que el Evangelio juzgue nuestras pasiones, nuestros miedos y nuestros prejuicios.

Es fácil besar una bandera con una imagen del Sagrado Corazón. Más difícil es rezar sinceramente: «Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo».

Porque pedir un corazón semejante al de Cristo significa aceptar que Él ama también a quienes nosotros no elegiríamos amar.

Significa aprender a distinguir sin despreciar. Corregir sin odiar. Defender la justicia sin negar la misericordia. Proteger el bien común sin convertir al extranjero en un enemigo absoluto.

La mansedumbre cristiana no es debilidad. La caridad no es buenismo. La misericordia no es complicidad con el mal.

Son virtudes exigentes. Mucho más exigentes que el insulto, el desprecio y la consigna fácil.

De católico, poco más que el nombre

Por muy católicos que algunos se consideren, han perdido completamente la mirada católica sobre el mundo y sobre sus gentes.

Podrán conservar símbolos, devociones, vocabulario y recuerdos familiares. Podrán hablar de reconquista, tradición y civilización cristiana. Podrán acudir a procesiones y proclamar públicamente su defensa de la fe.

Pero cuando el ser humano deja de ser contemplado como criatura de Dios, redimida por Cristo y llamada a la salvación, queda muy poco de católico.

Puede quedar folclore.

Puede quedar identidad.

Puede quedar nostalgia.

Puede quedar ideología.

Pero el catolicismo comienza a desaparecer.

No todo el que utiliza el nombre de Cristo mira como Cristo. No todo el que presume de defender la Iglesia acepta que la Iglesia corrija su manera de pensar. No todo el que habla de cristiandad está dispuesto a reconocer como hermano al hombre que no pertenece a su nación, a su cultura o a su partido.

Una cristiandad que necesita deshumanizar al diferente para afirmarse a sí misma no es cristiana.

Es una ideología identitaria que ha tomado prestados símbolos religiosos.

Recuperar la mirada católica

España no necesita una fe utilizada como arma arrojadiza. Necesita cristianos que vuelvan a mirar el mundo con los ojos de Cristo.

Una mirada capaz de reconocer el mal sin negar la dignidad del pecador.

Una mirada que defienda a las víctimas sin convertir pueblos enteros en culpables.

Una mirada que valore la propia patria sin despreciar a las demás.

Una mirada que ame la tradición cristiana y, precisamente por eso, recuerde que la Iglesia es universal.

Una mirada que no pregunte primero de dónde viene una persona, sino qué necesita y qué responsabilidad tenemos ante ella.

La verdadera defensa de la civilización cristiana no consiste en repetir constantemente que somos cristianos.

Consiste en comportarnos como tales.

El prójimo no lo decide un partido.

No lo determina un pasaporte.

No lo establece un algoritmo.

El prójimo nos lo revela Cristo.

Y cuando una supuesta cristiandad deja de reconocerlo, quizá haya llegado el momento de admitir que se ha convertido en otra cosa: una España catódica, cargada negativamente de resentimiento, miedo e ideología, pero cada vez más alejada de la universalidad del Evangelio.

@SacerdosMariae

En la imagen: Fray Bartolomé de las Casas, Félix Parra, 1875. Una cruz que no sirve para excluir, sino para reconocer y defender la dignidad de todo hombre.

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