Leyre, donde un reino aprendió a mirar al cielo
Leyre, donde un reino aprendió a mirar al cielo
San Virila, las santas Nunilo y Alodia y una llamada que todavía resuena entre los montes de Navarra
Hay lugares que conservan la historia y otros que todavía viven de ella. Leyre pertenece a los segundos.
Sus muros no son únicamente el recuerdo venerable de un pasado desaparecido. En ellos continúa resonando la salmodia. La iglesia sigue acogiendo diariamente el sacrificio eucarístico. Las campanas continúan dividiendo la jornada según las horas de Dios. Y una comunidad monástica mantiene encendida la oración en el mismo lugar donde otros monjes rezaban hace más de mil años.
Por eso, para comprender Leyre, no basta contemplar su cripta, admirar la Porta Speciosa o detenerse ante el panteón de los primeros reyes navarros. Hay que escuchar.
Escuchar los salmos.
Escuchar las campanas.
Escuchar el silencio.
Y quizá también preguntarse si, entre todas esas voces, Dios no continúa llamando a algunos hombres a dejarlo todo para buscarle solo a Él.
Leyre fue escuela de fe, lugar de memoria, centro cultural, refugio, panteón y conciencia espiritual de un reino. Pero sigue siendo, ante todo, un monasterio.
La expresión atribuida a Sancho III el Mayor lo resume de una manera difícilmente superable: Leyre era el «centro y corazón de mi Reyno». No una pieza ornamental de Navarra, sino su corazón. No un edificio colocado junto a la historia del reino, sino uno de los lugares donde aquella historia recibió alma.
Y un corazón, mientras late, no pertenece únicamente al pasado.
Antes que un monumento, una comunidad orante
Cuando san Eulogio de Córdoba llegó a Leyre en el año 848, el monasterio ya era una comunidad floreciente. No encontró un establecimiento recién fundado, sino un centro espiritual e intelectual consolidado, presidido por el abad Fortún.
San Eulogio quedó impresionado por aquellos monjes, a los que describió como «varones muy señalados en el temor de Dios». También se interesó por su biblioteca, donde encontró obras que no conocía ni siquiera en la Córdoba de su tiempo.
En pleno siglo IX, por tanto, Leyre no era un rincón aislado e irrelevante. Era lugar de oración, estudio, transmisión del saber y vida espiritual.
A menudo imaginamos los monasterios medievales como lugares apartados del mundo. Y ciertamente lo estaban. Pero precisamente desde esa separación podían servir al mundo de otra manera.
En ellos se copiaban libros, se conservaba la memoria, se formaban hombres, se acogía al peregrino y se sostenía la oración por vivos y difuntos.
Los reyes buscaban el consejo de los abades porque sabían que gobernar requería algo más que fuerza, alianzas y ejércitos. Era necesaria una medida moral. Hacía falta recordar que ningún poder humano es absoluto y que hasta el rey tendría que comparecer un día ante el Rey verdadero.
Leyre ayudó a proporcionar esa conciencia al naciente Reino de Pamplona. Se convirtió en referencia espiritual e intelectual de sus primeras dinastías y en panteón de sus monarcas. Allí recibieron sepultura varios de los primeros reyes. Allí también se retiró Fortún Garcés para terminar su vida como monje después de abandonar el trono.
No deja de ser una imagen extraordinaria: un hombre que había llevado una corona terminando sus días bajo una cogulla.
Antes de ser monumento nacional, Leyre fue monasterio.
Antes de ser emblema político, fue casa de Dios.
Y alterar ese orden sería no entender nada.
Nunilo y Alodia: la fe que no se negocia
La historia de Leyre quedó unida desde muy pronto a las santas Nunilo y Alodia.
Eran dos hermanas cristianas que vivieron bajo dominio musulmán. Según la tradición, eran hijas de padre musulmán y madre cristiana. Al negarse a abandonar la fe recibida, fueron condenadas y decapitadas en el año 851.
No murieron por una cuestión secundaria.
Se les pedía negar a Cristo.
Y se negaron a hacerlo.
Su martirio pertenece a esa larga historia de cristianos que no buscaron el enfrentamiento, pero tampoco aceptaron conservar la vida al precio de traicionar la fe.
Nunilo y Alodia no empuñaron armas. Su resistencia fue mucho más sencilla y, por ello, más radical: permanecieron fieles.
Hacia el año 880, sus reliquias fueron trasladadas a Leyre. El monasterio se convirtió así en custodio de su memoria y en uno de los grandes centros de propagación de su culto.
Durante siglos, los monjes rezaron junto a los restos de aquellas jóvenes mártires.
La presencia de sus reliquias tenía una importancia que quizá hoy nos cuesta comprender. En la mentalidad cristiana las reliquias no eran curiosidades arqueológicas. Eran testimonio de que la santidad había tocado verdaderamente la carne humana.
El cristianismo no salva ideas abstractas.
Dios se hizo carne.
Los mártires confesaron a Cristo con su cuerpo.
Sus sepulcros recordaban que el Evangelio podía ser vivido hasta sus últimas consecuencias.
Por eso resulta tan significativa la unión entre las mártires y el panteón real.
En Leyre descansaban reyes y santas.
Pero el monasterio recordaba silenciosamente quiénes poseían la verdadera corona.
Los reyes habían gobernado durante algunos años. Nunilo y Alodia habían recibido la corona que no se marchita.
Un reino cristiano necesitaba ambas memorias: la de quienes habían construido y defendido la comunidad política y la de quienes recordaban que ninguna comunidad política constituye el Reino definitivo.
San Virila y el tiempo de Dios
La otra gran figura espiritual de Leyre es san Virila, abad del monasterio durante la primera mitad del siglo X.
En torno a su figura nació una de las leyendas más hermosas de la espiritualidad medieval.
Cuenta la tradición que Virila meditaba sobre la eternidad. Le costaba comprender cómo podía el hombre gozar de Dios para siempre sin hastío ni cansancio.
Mientras caminaba por el bosque cercano al monasterio, oyó cantar a un pájaro. Quedó tan absorto en la belleza de aquel canto que perdió la noción del tiempo.
Cuando regresó a Leyre, el portero no lo reconoció. Tampoco él reconocía a aquellos monjes.
Después de consultar los registros del monasterio descubrieron que un abad llamado Virila había desaparecido trescientos años antes.
Lo que para él habían sido unos instantes había ocupado varios siglos.
En el bosque permanece todavía una fuente que recuerda esta tradición.
Naturalmente, nos encontramos ante un relato espiritual transmitido por las crónicas medievales, no ante una página notarial. Pero despacharlo como una ingenua fábula sería perder precisamente aquello que quiere transmitir.
«Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna» (Sal 89,4).
Si la belleza de una criatura podía suspender de tal modo el paso del tiempo, ¿qué será contemplar eternamente al Creador de toda belleza?
Virila buscaba comprender el cielo mediante el razonamiento. Dios, según la tradición, se lo hizo vislumbrar mediante el asombro.
No le dio una definición.
Le dio un canto.
Y la historia resulta especialmente apropiada para Leyre.
Allí el tiempo parece transcurrir de otra manera.
La jornada no está dominada por las prisas, sino ordenada por las campanas. Los días avanzan entre la salmodia, el trabajo, el silencio, la lectio divina y la Eucaristía.
No se trata de escapar del tiempo.
Se trata de devolverlo a su dueño.
Nuestra época mide el tiempo por su utilidad. Hablamos de aprovecharlo, perderlo, ahorrarlo o administrarlo.
El monasterio introduce otra medida: consagrarlo.
San Virila recuerda así algo que resulta casi revolucionario en nuestro tiempo: el destino del hombre no consiste en producir indefinidamente.
Hemos sido creados para contemplar a Dios.
El corazón de un reino
La importancia de Leyre no procede únicamente de su antigüedad. Hay edificios muy antiguos que hace siglos dejaron de significar algo.
Leyre importa porque en él confluyen las raíces espirituales, culturales y políticas de Navarra.
Allí estuvieron los primeros monjes. Allí acudieron reyes y obispos. Allí se conservaron libros, se formaron eclesiásticos y se difundió la Regla de san Benito. Desde allí se ejerció una influencia extensa sobre monasterios, iglesias y poblaciones de distintos territorios.
La cripta sostiene físicamente la iglesia, pero Leyre ejerció también una función semejante en la historia de Navarra: sostuvo desde abajo, desde aquello que apenas se ve.
Los acontecimientos políticos suelen ocupar las primeras páginas de los libros. Guerras, tratados, coronaciones y sucesiones dinásticas parecen decidirlo todo.
Sin embargo, por debajo existe otra historia mucho más silenciosa.
Es la historia de quienes rezan.
De quienes transmiten la fe.
De quienes trabajan sin aparecer.
De quienes mantienen encendida una lámpara mientras otros hacen ruido fuera.
Sin esa historia escondida, los pueblos terminan perdiendo su alma aunque conserven sus instituciones.
Leyre recordó a Navarra que un reino no se construye únicamente delimitando fronteras. También necesita una visión del hombre, una memoria compartida y una apertura hacia Dios.
Muerte y resurrección de Leyre
En 1836, la desamortización expulsó definitivamente a la comunidad monástica.
El patrimonio quedó disperso, la biblioteca desapareció y el monasterio entró en un proceso de ruina. La iglesia llegó a ser utilizada como refugio para el ganado y hasta los restos de los antiguos reyes quedaron abandonados y desordenados.
Aquello pudo haber sido el final.
Leyre fue declarado monumento nacional en 1867 y comenzó una restauración larga y difícil.
Pero faltaba todavía lo esencial.
Porque se pueden restaurar capiteles, bóvedas y columnas. Se pueden reconstruir tejados. Se puede limpiar una cripta.
Lo que ninguna intervención arquitectónica puede fabricar es una comunidad monástica.
Finalmente, el 11 de noviembre de 1954, una comunidad benedictina procedente de Santo Domingo de Silos devolvió a Leyre aquello para lo que aquellas piedras habían sido levantadas: la vida monástica.
Un monasterio perfectamente restaurado, pero sin monjes, sería una magnífica cáscara.
Lo esencial de Leyre no es únicamente que sus piedras hayan sobrevivido.
Es que se haya recuperado la finalidad para la que fueron colocadas.
Hoy vuelve a escucharse en ellas el canto gregoriano. Se celebra la Eucaristía. Se reza la Liturgia de las Horas. Se practica la lectio divina. Se trabaja. Se guarda silencio. Se vive en comunidad bajo la Regla de san Benito.
La página oficial describe precisamente la vida de Leyre según el ora et labora, la oración litúrgica, la intimidad con Cristo, el trabajo y la vida fraterna.
La historia de Leyre es, por tanto, una pequeña historia de resurrección.
Fue despojado.
Fue abandonado.
Pareció morir.
Y reverdeció.
Pero Leyre necesita futuro
Quizá aquí se encuentre la pregunta verdaderamente importante.
¿Queremos que dentro de cien años Leyre siga siendo solamente una maravilla románica que enseñar a los turistas?
¿O queremos que continúe siendo un monasterio?
Porque las piedras pueden permanecer siglos.
Las comunidades necesitan vocaciones.
Resultaría tristemente paradójico admirar a los monjes, fotografiar sus iglesias, disfrutar de su gregoriano y lamentarnos de la desaparición de los monasterios mientras dejamos solos a quienes todavía mantienen viva esa tradición.
Los monasterios necesitan nuestra oración.
Necesitan nuestra cercanía.
También necesitan nuestro apoyo material.
Y, sobre todo, necesitan hombres que un día se hagan una pregunta muy sencilla:
¿Y si Dios me quisiera aquí?
La página vocacional de Leyre lo expresa sin rodeos: la vocación monástica es una llamada de Dios a pertenecerle y buscarle en una vida enteramente dedicada a Él. La comunidad anima a quien experimente esa inquietud a discernirla y acercarse.
Puede que Dios no te llame a ser monje.
Probablemente no.
Pero si alguna vez esa pregunta ha aparecido dentro de ti, no tengas tanta prisa por ahogarla.
Acércate.
Pregunta.
Habla con un monje.
Reza con ellos.
Escucha unas vísperas sin estar mirando el reloj.
Pasa unos días allí.
Y deja que Dios tenga la posibilidad de responder.
La vocación no se discierne mirando fotografías de monasterios desde el teléfono móvil. Se discierne rezando, escuchando, preguntando y dejándose acompañar.
El mismo monasterio mantiene una hospedería monástica destinada precisamente a quienes desean pasar unos días de silencio, oración y retiro, participando de la vida litúrgica de la comunidad.
A veces hacen falta tres días de silencio para escuchar una pregunta que llevamos diez años intentando no oír.
No vayamos solamente a mirar piedras
Y quienes no tengamos vocación monástica también podemos hacer mucho.
Vayamos a Leyre.
Entremos en la iglesia.
Recemos con los monjes.
Escuchemos el gregoriano no como quien asiste a un concierto, sino como quien se une a la oración de la Iglesia.
Visitemos la cripta y la Porta Speciosa.
Subamos hasta la fuente de san Virila.
Detengámonos ante las reliquias de Nunilo y Alodia.
Hablemos con los monjes cuando sea posible y respetemos también sus tiempos de silencio.
Pasemos unos días de retiro.
Y llevémonos algo de su tienda.
No por consumismo —sería curioso convertir el ora et labora en ora et compra—, sino porque una comunidad monástica también vive de su trabajo y necesita ser sostenida.
En la tienda de Leyre pueden encontrarse actualmente productos y recuerdos vinculados al monasterio, entre ellos su licor de hierbas artesanal, cruces y medallas de san Benito, imágenes, libros y grabaciones del canto gregoriano de la comunidad.
Comprar un producto de un monasterio, alojarse en su hospedería, encargar una Misa, hacer un donativo o sencillamente darlo a conocer son pequeñas maneras de decir: queremos que esta vida continúe.
Porque necesitamos monasterios.
Necesitamos lugares donde, mientras nosotros corremos de un sitio para otro, alguien permanezca.
Mientras discutimos, alguien rece.
Mientras llenamos el mundo de palabras, alguien guarde silencio.
Mientras pensamos únicamente en mañana, alguien recuerde la eternidad.
Una historia que todavía no ha terminado
San Virila, Nunilo y Alodia no son personajes añadidos a la historia de Leyre como una decoración piadosa.
Explican lo que Leyre significa.
Nunilo y Alodia representan la fidelidad. Recuerdan que la fe no es una opinión adaptable a las circunstancias, sino una vida recibida que merece ser custodiada incluso cuando hacerlo cuesta.
San Virila representa la contemplación. Recuerda que el hombre no ha sido creado solamente para las urgencias de este mundo, sino para la eternidad.
Los reyes enterrados en Leyre representan la historia. Recuerdan que también el poder pasa y que toda grandeza humana termina depositada ante Dios.
Y los monjes que hoy siguen rezando representan la continuidad.
Nos recuerdan que la Tradición no consiste en conservar cenizas, sino en transmitir un fuego.
Leyre es importante porque todavía tiene algo que decir a nuestra época.
En un mundo obsesionado con lo inmediato, habla de eternidad.
En una sociedad que confunde convicción con rigidez, custodia la memoria de dos jóvenes que prefirieron morir antes que negar a Cristo.
En una cultura del ruido, conserva el silencio.
En una época que mide a las personas por lo que producen, recuerda la gratuidad de una vida entregada enteramente a Dios.
Y en una Iglesia que necesita vocaciones, sigue haciendo resonar una de las preguntas más antiguas y más jóvenes del Evangelio:
«Maestro, ¿dónde vives?»
La respuesta de Cristo sigue siendo la misma:
«Venid y lo veréis» (Jn 1,38-39).
Quizá haya jóvenes que necesiten precisamente eso.
No otra conferencia sobre la vocación.
No otro vídeo.
No otro folleto.
Sino ir.
Ver.
Escuchar.
Rezar.
Hablar con un monje.
Y descubrir si, tal vez, entre la sierra, el gregoriano y aquellas piedras milenarias, Cristo lleva tiempo esperándolos.
Por eso, al abandonar Leyre, uno no tiene la impresión de haber visitado únicamente un monumento.
Se lleva más bien la sensación de haber entrado durante unas horas en una historia que aún no ha terminado.
Y sería hermoso que no terminara.
Mientras en Leyre siga elevándose la alabanza, sus piedras no hablarán solamente del pasado.
Continuarán señalando hacia el futuro.
Y quizá alguno de quienes hoy entran como visitantes regrese mañana para quedarse.
@SacerdosMariae
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