Las virtudes cristianas (V): La prudencia, porque no basta con querer hacer el bien

 

Las virtudes cristianas (V): La prudencia, porque no basta con querer hacer el bien

Hay personas que hacen bastante daño con magníficas intenciones.

La frase puede parecer exagerada, pero basta pensar un poco.

Decimos algo verdadero en el peor momento posible. Corregimos a alguien delante de quienes no deberían escuchar la corrección. Intentamos ayudar y terminamos resolviendo a otro aquello que debía aprender a resolver por sí mismo. Defendemos una causa justa utilizando un tono que consigue que nadie quiera escucharnos. Damos un consejo sin conocer suficientemente la situación. Actuamos deprisa porque «había que hacer algo» y, al cabo de unas horas, descubrimos que probablemente habría sido mejor esperar.

Nada de esto convierte necesariamente en mala nuestra intención.

El problema está en otra parte.

Para hacer el bien no basta con querer el bien. Hay que saber reconocer qué bien debe hacerse, cuándo debe hacerse y de qué manera.

Ahí comienza la prudencia.

Y por eso, aunque muchas veces parezca una virtud discreta, casi gris, es una de las más importantes de toda la vida moral.

Una virtud con mala fama

La palabra «prudencia» no suele despertar demasiado entusiasmo.

Si alguien nos dice:

«Sé prudente»,

normalmente entendemos:

«No te arriesgues».

O:

«No hagas nada que pueda meterte en problemas».

Y así acabamos imaginando al prudente como una persona cautelosa, quizá excesivamente calculadora, que observa la vida desde cierta distancia y procura no complicársela demasiado.

Pero esa no es la prudencia cristiana.

Un cobarde puede ser extremadamente precavido y no tener nada de prudente.

Y una persona prudente puede verse obligada precisamente a tomar una decisión arriesgada.

Hay momentos en que la prudencia dice:

«Espera».

Pero otros en que dice:

«Hazlo ahora».

A veces aconseja callar.

Otras obliga a hablar.

Puede indicarnos que cedamos.

Y puede exigirnos que no cedamos ni un centímetro.

Por eso el Catecismo insiste en que la prudencia no debe confundirse con la timidez, el miedo, la doblez o la disimulación.

La prudencia no sirve para evitar problemas.

Sirve para acertar con el bien.

El bien siempre ocurre en circunstancias concretas

Resulta relativamente fácil formular grandes principios.

Hay que decir la verdad.

Hay que ayudar al necesitado.

Hay que perdonar.

Hay que corregir cuando sea necesario.

Hay que cumplir las propias obligaciones.

Todo eso es verdad.

Pero después llega el martes por la tarde.

Y aparece una persona concreta.

Con una historia concreta.

En una situación concreta.

Y entonces el principio general tiene que convertirse en una decisión.

Ahí empieza lo difícil.

Porque no basta saber que hay que decir la verdad. Necesitamos discernir qué debemos decir, a quién, cuándo y cómo.

No basta saber que debemos ayudar. Hay ayudas que levantan a una persona y ayudas que la mantienen permanentemente dependiente.

No basta saber que debemos corregir. Una corrección puede nacer de la caridad o de las ganas de descargar nuestro enfado.

No basta saber que debemos descansar. También podemos utilizar el descanso como un nombre elegante para la pereza.

La prudencia es precisamente la virtud que lleva el bien desde el terreno de las ideas hasta la vida concreta.

La prudencia mira la realidad

Una de las cosas más difíciles para el ser humano es aceptar la realidad tal como es.

Tenemos una sorprendente capacidad para verla como nos gustaría que fuese.

Interpretamos las intenciones de otros.

Suponemos.

Imaginamos.

Completamos aquello que desconocemos.

Y después tomamos decisiones sobre una realidad que, en buena parte, hemos fabricado nosotros mismos.

La prudencia comienza con algo mucho menos espectacular:

mirar.

¿Qué ha ocurrido realmente?

¿Qué sé?

¿Qué no sé?

¿Qué estoy suponiendo?

¿Qué parte de mi juicio procede de los hechos y qué parte de mi enfado, miedo, simpatía o antipatía?

Estas preguntas pueden evitar muchas equivocaciones.

También en la vida espiritual.

No todo lo que sentimos procede directamente de Dios.

No toda dificultad significa que Dios está cerrando una puerta.

No toda facilidad significa que la está abriendo.

No toda coincidencia es una señal.

Y no toda incomodidad interior es una advertencia del Espíritu Santo.

A veces estamos simplemente cansados.

O enfadados.

O enamorados de nuestra propia idea.

La prudencia devuelve los pies al suelo.

Y los pies en el suelo son extraordinariamente útiles para caminar hacia el cielo.

El primer enemigo: la precipitación

Vivimos en una época que premia la reacción inmediata.

Llega un mensaje.

Respondemos.

Leemos un titular.

Opinamos.

Vemos una fotografía.

Juzgamos.

Escuchamos una versión de una historia.

Tomamos partido.

Y si pasan veinte minutos sin que hayamos dicho nada, parece que hemos llegado tarde a la historia de la humanidad.

La prudencia introduce una palabra revolucionaria:

espera.

No siempre.

Pero muchas veces.

Una noche de sueño ha salvado probablemente más decisiones que muchos libros de autoayuda.

Hay mensajes que es mejor no responder mientras estamos enfadados.

Decisiones que deben esperar unas horas.

Conversaciones que necesitan otro momento.

Noticias que conviene verificar.

Impresiones que requieren contraste.

La persona prudente sabe que la urgencia subjetiva no siempre corresponde a una urgencia real.

Hay cosas que parecen clarísimas a las once de la noche y bastante menos a las nueve de la mañana.

Pero pensar demasiado también puede ser imprudente

Ahora bien, la prudencia tiene una caricatura contraria.

La del hombre que nunca termina de decidir.

Analiza.

Consulta.

Vuelve a analizar.

Hace una lista.

Después otra.

Pregunta a cuatro personas.

Cuando recibe cuatro opiniones distintas, pregunta a otras seis.

Y finalmente, cuando ya ha reunido toda la información imaginable, descubre que la ocasión ha pasado.

Eso tampoco es prudencia.

La prudencia no es el arte de retrasar las decisiones.

Es el arte de decidir bien.

Y toda decisión llega a un momento en que debe dejar de ser reflexión y convertirse en acto.

Nunca tendremos todos los datos.

Nunca controlaremos todas las consecuencias.

Nunca desaparecerá por completo la posibilidad de equivocarnos.

El prudente no espera una certeza matemática sobre la vida.

Recoge los elementos necesarios, reflexiona, pide consejo cuando conviene y después decide.

Porque también existe una imprudencia de la indecisión.

Pedir consejo no significa entregar la conciencia

Una persona prudente sabe que no lo sabe todo.

Eso ya la distingue bastante.

La experiencia ajena puede ahorrarnos muchos errores.

Hay decisiones en las que conviene escuchar a alguien que conoce mejor la materia.

Un médico.

Un abogado.

Un sacerdote.

Un matrimonio experimentado.

Un profesional.

Un amigo que nos conoce suficientemente como para decirnos aquello que quizá no queremos escuchar.

Santo Tomás incluía la disposición a dejarse enseñar entre los elementos necesarios para la prudencia.

Pero pedir consejo no significa coleccionar opiniones hasta encontrar una que confirme lo que ya habíamos decidido.

Eso ocurre más de lo que nos gusta reconocer.

Preguntamos:

«¿Tú qué harías?».

Nos responden algo que no nos gusta.

Preguntamos a otro.

Tampoco.

Seguimos buscando.

Y finalmente aparece alguien que dice exactamente lo que queríamos oír.

«¡Eso es!».

Curioso discernimiento.

La prudencia pide consejo para conocer mejor el bien, no para contratar un abogado defensor de nuestros deseos.

La experiencia enseña, si la dejamos enseñar

Hay personas a quienes les ocurren muchas cosas y, sin embargo, adquieren poca experiencia.

Porque experiencia no significa simplemente acumular años.

Significa aprender de lo vivido.

Podemos cometer veinte veces el mismo error y continuar afirmando que tuvimos veinte casos de mala suerte.

O podemos preguntarnos después del segundo:

«¿Hay algo aquí que debería aprender?».

La prudencia conserva memoria.

Recuerda qué ocurrió cuando actuamos de determinada manera.

Recuerda qué palabras ayudaron y cuáles empeoraron una situación.

Recuerda que determinadas decisiones tomadas bajo el efecto del enfado suelen terminar mal.

Recuerda nuestras debilidades.

Y también las fortalezas.

No para convertirnos en prisioneros del pasado, sino para evitar empezar cada mañana desde cero.

La memoria bien utilizada es una forma de humildad.

Acepta que la realidad ya nos ha enseñado cosas y que sería bastante absurdo negarnos a aprenderlas.

Las buenas intenciones no santifican los malos medios

Aquí aparece un principio moral fundamental.

Querer conseguir algo bueno no convierte automáticamente en bueno cualquier medio utilizado para alcanzarlo.

No podemos mentir para defender la verdad.

No podemos cometer una injusticia para obtener un resultado justo.

No podemos humillar a una persona para corregir un defecto.

No podemos destruir la fama de alguien con la excusa de defender a la Iglesia.

No podemos utilizar cualquier procedimiento simplemente porque creemos que nuestra causa es buena.

La prudencia no inventa excepciones a la moral.

Todo lo contrario.

Busca el modo moralmente bueno de realizar aquello que es bueno.

Por eso es tan importante.

Una inteligencia hábil puede encontrar medios extraordinariamente eficaces para conseguir un objetivo malo.

Eso no es prudencia.

Un estafador puede organizar magníficamente una estafa.

Un manipulador puede conocer perfectamente la psicología humana.

Un mentiroso puede construir una historia impecable.

La habilidad no es todavía virtud.

Para que exista prudencia, tanto el fin como el camino hacia él deben estar ordenados al verdadero bien.

Ser listo y ser prudente no es lo mismo

Hay personas muy inteligentes que toman decisiones desastrosas.

La inteligencia puede calcular posibilidades.

Puede anticipar respuestas.

Puede diseñar estrategias.

Pero la prudencia pregunta algo anterior:

«¿Qué merece realmente la pena?»

Una persona puede ser extraordinariamente hábil para progresar profesionalmente y haber destruido su familia por el camino.

Puede administrar magníficamente su dinero y ser incapaz de regalar tiempo.

Puede ganar todas las discusiones y perder a todos sus amigos.

Puede saber perfectamente cómo conseguir lo que quiere y no haberse preguntado jamás si debería quererlo.

La prudencia no consiste simplemente en lograr objetivos.

Consiste en ordenar los objetivos al bien verdadero de la persona.

Y aquí la fe ensancha enormemente nuestra mirada.

Porque para un cristiano el criterio último no es:

«¿Me conviene?».

Ni siquiera:

«¿Funcionará?».

La pregunta llega más lejos:

«¿Esto me conduce hacia Dios y me ayuda a amar mejor?»

Prudencia y conciencia

La prudencia está profundamente relacionada con la conciencia.

La conciencia juzga sobre el bien o el mal de nuestros actos concretos.

Y la prudencia ayuda precisamente a realizar correctamente ese juicio.

Pero esto exige formar la conciencia.

Una conciencia sincera puede estar equivocada.

No basta decir:

«Yo en conciencia pienso que…».

También tenemos obligación de educar esa conciencia.

Conocer la enseñanza de la Iglesia.

Escuchar la Palabra de Dios.

Examinar nuestras motivaciones.

Buscar consejo.

Reconocer nuestros prejuicios.

El Catecismo recuerda que la formación de la conciencia es tarea de toda la vida y que, ante decisiones difíciles, la prudencia, el consejo de personas competentes y la ayuda del Espíritu Santo nos ayudan a buscar lo justo y lo bueno.

Una conciencia no se vuelve infalible simplemente por pertenecerme.

De hecho, una de las cosas que más necesita formación en mi vida es precisamente aquello que llevo siempre conmigo.

Prudencia en las palabras

Hay un campo en el que todos tenemos ocasión diaria de practicar esta virtud.

La lengua.

Una cosa puede ser cierta y no ser necesario decirla.

Puede ser necesario decirla, pero no delante de determinadas personas.

Puede haber que decirla, pero no hoy.

O precisamente hoy y no dentro de seis meses.

Puede expresarse con claridad sin añadir humillación.

La prudencia se pregunta antes de hablar:

¿Es verdad?

¿Es necesario?

¿Me corresponde decirlo?

¿Este es el momento?

¿Esta es la forma?

No se trata de convertir cada conversación en una tesis doctoral.

Pero quizá nos ahorraríamos bastantes heridas si entre lo que pensamos y lo que decimos existiera de vez en cuando una pequeña sala de espera.

Especialmente en las redes sociales.

Allí el botón «publicar» tiene una propiedad curiosa: suele encontrarse mucho más cerca de nuestro dedo que la prudencia de nuestra cabeza.

Prudencia y caridad

A veces se presenta la caridad como si consistiera en hacer siempre aquello que la otra persona desea.

Pero la caridad necesita prudencia.

Dar puede ser caritativo.

Y otras veces puede ser más caritativo no dar.

Callar puede ser caridad.

Y otras veces sería abandono.

Ayudar a alguien puede significar hacer algo por él.

Y puede significar negarnos a hacer aquello que ya debería hacer por sí mismo.

Perdonar no implica fingir que nada ha ocurrido.

Confiar no significa exponerse ingenuamente a quien ha demostrado reiteradamente que no es digno de confianza.

La caridad busca el verdadero bien del otro.

Y para encontrar ese bien necesita aprender a mirar la situación concreta.

Por eso la bondad sin prudencia puede terminar siendo ingenuidad.

No basta tener buen corazón.

También conviene utilizar la cabeza.

Dios nos dio las dos cosas por algo.

La prudencia pastoral

Esto resulta particularmente importante en la vida de la Iglesia.

Un principio doctrinal puede ser absolutamente claro y, sin embargo, su aplicación pastoral exigir mucho discernimiento.

No porque la verdad cambie según las personas.

Sino porque las personas no son situaciones abstractas.

Hay que saber cuándo acompañar.

Cuándo corregir.

Cuándo esperar.

Cuándo exigir.

Cuándo una persona está preparada para escuchar algo.

Y cuándo retrasarlo sería perjudicarla.

Jesús no trató exactamente igual a todos.

A unos les habló con extraordinaria ternura.

A otros con enorme severidad.

Al joven rico le propuso dejarlo todo.

A Zaqueo no le impuso previamente una tabla de restituciones: el encuentro con Cristo hizo brotar de él la conversión.

A Pedro le preguntó tres veces si le amaba.

A los mercaderes del templo no les ofreció una larga entrevista de acompañamiento.

La misma caridad sabe adoptar formas diferentes.

Eso es profundamente prudencial.

La prudencia tampoco es relativismo

Precisamente por hablar de circunstancias puede aparecer otro error.

Pensar que la prudencia significa que todo depende del caso.

No.

Hay actos que nunca pueden convertirse en buenos por mucho que cambien las circunstancias.

La prudencia no decide qué está bien y qué está mal según le convenga.

Parte del bien moral objetivo.

Después se pregunta cómo realizarlo en esta situación concreta.

No inventa la brújula.

La utiliza.

Por eso no existe verdadera prudencia separada de la verdad.

Una prudencia que comenzara diciendo «para mí esto es bueno» aunque contradijera el bien moral acabaría convirtiéndose simplemente en cálculo.

La prudencia no adapta la verdad a nuestras circunstancias.

Nos ayuda a ordenar nuestras circunstancias conforme a la verdad.

El miedo disfrazado de prudencia

Hay una frase que puede ocultar muchas cosas:

«Creo que lo prudente es no hacerlo».

Puede ser verdad.

Pero también puede significar:

«Tengo miedo».

«No quiero complicarme».

«Prefiero que otro se arriesgue».

«No quiero perder esta comodidad».

Hay momentos en los que lo prudente es precisamente arriesgar.

San Pedro y san Juan podrían haber considerado muy prudente dejar de predicar cuando comenzaron las amenazas.

Los mártires podrían haber descubierto que quemar un poco de incienso ante el emperador resultaba bastante conveniente.

Muchos santos podrían haber evitado innumerables problemas siendo «prudentes» según ese significado.

La prudencia cristiana no tiene como finalidad conservar nuestra tranquilidad.

Tiene como finalidad realizar el bien.

Y algunas veces el bien cuesta muy caro.

Entonces la prudencia toma de la mano a la fortaleza.

También existe una imprudencia espiritual

Podemos ser imprudentes incluso haciendo cosas piadosas.

Cargarnos de prácticas espirituales que después somos incapaces de mantener.

Hacer propósitos enormes que duran tres días.

Imponernos penitencias incompatibles con nuestras obligaciones.

Dedicar tanto tiempo a ciertas devociones que descuidamos los deberes de nuestro estado.

Confundir fervor con cantidad.

La vida espiritual también necesita medida.

Quizá alguien pueda rezar tres horas cada día.

Magnífico.

Pero si para hacerlo descuida a los hijos que Dios le ha confiado, tenemos un problema.

La voluntad de Dios no suele exigirnos cumplir una supuesta obligación religiosa destruyendo otra obligación real.

La prudencia ordena.

Y el orden forma parte de la santidad.

El Espíritu Santo no sustituye nuestra inteligencia

Hay otro modo de espiritualizar mal las decisiones.

«Me ha venido muy fuerte en la oración».

«Siento que Dios me pide esto».

«Tengo mucha paz».

Todo eso puede tener importancia.

Pero necesita discernimiento.

La paz interior puede acompañar una inspiración de Dios.

Y también puede aparecer porque finalmente hemos decidido hacer aquello que llevábamos semanas deseando.

Dios puede servirse de nuestros sentimientos.

Pero no nos pide que renunciemos a la razón.

La gracia perfecciona nuestra naturaleza.

No la inutiliza.

Por eso una decisión cristiana puede incluir oración, reflexión, consejo, conocimiento de la doctrina, atención a las circunstancias y examen de nuestras motivaciones.

El Espíritu Santo no se ofende porque pensemos.

Es Él mismo quien nos ha dado inteligencia.

El momento decisivo: actuar

Después de mirar.

Después de pensar.

Después de recordar.

Después de consultar, si hace falta.

Después de rezar.

Llega un momento en que hay que actuar.

La prudencia no termina en una conclusión mental.

Es una virtud práctica.

Existe para conducir la acción.

Y ahí encontramos quizá una de sus dimensiones más olvidadas.

Una decisión buena que nunca se ejecuta sirve de bastante poco.

Podemos saber perfectamente que debemos pedir perdón.

Pero hay que llamar.

Podemos comprender que necesitamos cambiar una costumbre.

Pero hay que comenzar.

Podemos concluir que determinada relación necesita un límite.

Pero hay que establecerlo.

Podemos tener clarísimo que necesitamos confesarnos.

Pero finalmente hay que entrar en el confesionario.

La prudencia no solamente descubre el bien.

Lo pone en marcha.

Y después acepta que puede haberse equivocado

Incluso una persona prudente puede equivocarse.

No somos omniscientes.

Podemos tomar una decisión con la información disponible, después de haber reflexionado seriamente, y descubrir más adelante que había elementos que desconocíamos.

Eso no significa necesariamente que actuáramos imprudentemente.

La prudencia humana trabaja con una realidad incompleta.

Por eso también necesita humildad.

El prudente sabe rectificar.

No convierte cada decisión propia en una cuestión de honor.

Si aparecen nuevos datos, vuelve a mirar.

Si descubre un error, lo reconoce.

Si hay que corregir el rumbo, lo corrige.

Solamente quien está demasiado preocupado por parecer infalible necesita mantener eternamente todas sus decisiones.

La persona prudente busca acertar con el bien.

No demostrar que siempre tuvo razón.

Un examen de prudencia

Podemos terminar con algunas preguntas sencillas.

Ante una decisión importante:

¿Conozco realmente los hechos o estoy reaccionando a impresiones?

¿Hay algo que estoy dando por supuesto?

¿Estoy decidiendo bajo el efecto del enfado, del miedo o del entusiasmo?

¿He aprendido algo de situaciones semejantes del pasado?

¿Necesito pedir consejo?

¿Estoy buscando consejo o simplemente aprobación?

¿El fin que busco es verdaderamente bueno?

¿También son buenos los medios que pienso utilizar?

¿Qué consecuencias razonablemente previsibles tendrá esta decisión?

¿Estoy aplazando por miedo algo que ya debería hacer?

¿O estoy precipitándome porque no soporto esperar?

Y finalmente:

¿Qué decisión me permite amar mejor a Dios y al prójimo en esta situación concreta?

No siempre obtendremos una respuesta inmediata.

Pero ya habremos comenzado a mirar como mira una persona prudente.

La santidad también consiste en acertar

A veces imaginamos al santo como una persona llena de buenas intenciones.

Es insuficiente.

La santidad va formando también una inteligencia práctica capaz de mirar la realidad, reconocer el bien y actuar de acuerdo con él.

Por eso la prudencia ha sido llamada tradicionalmente «conductora de las virtudes».

La justicia necesita saber cómo dar a cada uno lo suyo.

La fortaleza necesita saber qué merece ser defendido.

La templanza necesita reconocer qué medida corresponde a cada bien.

Y la caridad necesita encontrar continuamente la manera concreta de amar.

Todas necesitan prudencia.

Porque la vida cristiana no ocurre en un laboratorio.

Ocurre entre personas reales, con horarios, responsabilidades, heridas, límites, errores, oportunidades y decisiones que rara vez vienen acompañadas de un cartel indicando la respuesta correcta.

Dios nos ha dado principios.

Nos ha dado su Palabra.

Nos ha dado la enseñanza de la Iglesia.

Nos ha dado inteligencia.

Nos ha dado experiencia.

Nos ha dado personas capaces de aconsejarnos.

Y nos concede su gracia.

Con todo ello tenemos que caminar.

Quizá por eso la prudencia no es la virtud de quien teme vivir.

Es justamente lo contrario.

Es la virtud de quien quiere vivir de tal manera que el bien pensado termine convirtiéndose en bien realizado.

En el próximo artículo hablaremos de la segunda virtud cardinal: la justicia.

Y veremos que ser justo significa mucho más que no robar o cumplir las leyes.

Significa aprender una verdad que al egoísmo le cuesta aceptar:

hay cosas que pertenecen a los demás y que yo les debo.

@sacerdosmariae

Imagen: Giotto di Bondone, La Prudencia, comienzos del siglo XIV, Capilla de los Scrovegni, Padua. Forma parte del ciclo de Virtudes y Vicios pintado por Giotto en la parte inferior de la capilla. La Prudencia aparece como una virtud que mira, pondera y ordena antes de actuar: una buena imagen de esa inteligencia práctica que busca llevar el bien desde el pensamiento hasta la vida.

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