Las virtudes cristianas (II): Nadie se hace santo por casualidad

Las virtudes cristianas (II): Nadie se hace santo por casualidad

En el artículo anterior comenzábamos preguntándonos qué significa realmente ser virtuoso. Decíamos que la virtud no consiste simplemente en realizar alguna acción buena de vez en cuando. Es algo más profundo: una disposición estable de la persona hacia el bien. El hombre virtuoso no solo hace el bien cuando las circunstancias acompañan, sino que va aprendiendo a reconocerlo, elegirlo y realizarlo.

Pero inmediatamente aparece otra pregunta: ¿cómo llega uno a ser así?

La respuesta puede parecer demasiado sencilla: aprendemos a hacer el bien haciéndolo.

Y quizá aquí se encuentre una de las enseñanzas más olvidadas de la vida cristiana. Nadie se hace paciente sin ejercitar la paciencia. Nadie aprende a perdonar sin perdonar. Nadie se vuelve generoso esperando a que un día aparezca espontáneamente en su corazón una generosidad perfecta. Nadie aprende a dominar su carácter sin librar unas cuantas batallas consigo mismo.

La santidad no se improvisa.

Somos también lo que vamos haciendo

Cada acto que realizamos deja algo en nosotros.

Cuando repetimos una conducta, esta va creando una determinada disposición. Lo comprobamos en muchas cosas de la vida diaria. Quien aprende a tocar un instrumento repite una y otra vez los mismos movimientos hasta adquirir una soltura que al principio parecía imposible. Quien aprende un idioma comienza pensando cada palabra y termina utilizándola casi espontáneamente.

Algo parecido sucede en la vida moral.

Cada vez que elegimos el bien educamos nuestra libertad. Cada vez que cedemos conscientemente al mal también la estamos educando, pero en dirección contraria.

Por eso nuestras decisiones nunca son completamente insignificantes.

Puede parecer poca cosa levantarse cuando uno debe levantarse, terminar un trabajo que apetece abandonar, cumplir la palabra dada, no contestar de mala manera, escuchar cuando preferiríamos hablar, guardar silencio cuando una palabra solo serviría para herir, ordenar nuestros deseos o dedicar tiempo a una persona que lo necesita.

Son cosas pequeñas.

Pero con esas cosas pequeñas se construye una vida.

El hábito no elimina la libertad

A veces la palabra «hábito» produce cierta desconfianza. Parece que hacer algo habitualmente significara hacerlo automáticamente, sin libertad o sin autenticidad.

En realidad sucede lo contrario.

Una virtud es un hábito bueno precisamente porque hace más libre a la persona para realizar el bien.

Pensemos en alguien que ha aprendido a ser puntual. Al principio quizá tenga que vigilar continuamente el reloj, calcular los tiempos y luchar contra su tendencia a retrasarse. Después de años viviendo así, la puntualidad forma parte de su manera ordinaria de comportarse.

No ha perdido libertad.

Ha adquirido una libertad que antes no tenía.

Algo semejante sucede con la sinceridad, la templanza, la responsabilidad, la justicia o la paciencia.

La virtud va haciendo que aquello que al principio requería un esfuerzo enorme termine formando parte de nosotros. Por eso el Catecismo explica que las virtudes humanas, mediante actos deliberados y una perseverancia mantenida en el esfuerzo, van formando el carácter y facilitan la práctica del bien.

No significa que desaparezca la lucha. Significa que la libertad ha sido educada.

También podemos acostumbrarnos al mal

Esto tiene, evidentemente, otra cara.

Del mismo modo que los actos buenos generan disposiciones buenas, repetir voluntariamente determinadas acciones malas puede ir formando vicios.

Y los vicios también terminan creando facilidad.

La primera mentira puede costar. La vigésima bastante menos.

La primera vez que dejamos de cumplir una obligación sentimos cierta incomodidad. Si lo hacemos constantemente, terminamos encontrando argumentos magníficos para justificarlo.

La primera respuesta airada quizá nos avergüence. Después podemos llegar incluso a convencernos de que simplemente tenemos «mucho carácter».

El corazón humano posee una habilidad considerable para poner nombres respetables a sus defectos.

Por eso la vida espiritual requiere vigilancia.

No para vivir obsesionados con nosotros mismos, sino porque nuestras elecciones nos van configurando.

Cada decisión responde a una situación concreta, pero al mismo tiempo está diciendo algo sobre la persona que queremos llegar a ser.

La libertad también necesita educación

Nuestra cultura habla muchísimo de libertad, pero no siempre explica para qué sirve.

A veces se identifica ser libre con poder elegir entre muchas posibilidades. Desde una perspectiva cristiana, eso es insuficiente.

La verdadera libertad no consiste simplemente en poder elegir cualquier cosa. Consiste en ser cada vez más capaces de elegir el bien.

Una persona dominada por la ira no es más libre porque pueda gritar cuando quiera.

Quien no puede controlar sus deseos tampoco es más libre porque tenga muchas oportunidades de satisfacerlos.

Quien es incapaz de perdonar puede decir que «nadie le obliga a hacerlo», pero continúa siendo prisionero de una herida.

La virtud educa nuestra libertad precisamente porque nos ayuda a gobernarnos a nosotros mismos.

Y este dominio propio no empobrece la existencia. Al contrario. Hace posible entregarla.

Solo quien empieza a ser dueño de sí mismo puede darse verdaderamente a los demás.

Los santos tampoco nacieron santos

Hay una manera bastante cómoda de contemplar a los santos: imaginarlos como personas extraordinarias que ya venían prácticamente terminadas de fábrica.

Así podemos admirarlos sin sentirnos demasiado interpelados.

Pero no fue así.

Los santos también tuvieron carácter, limitaciones, tentaciones, cansancios y defectos. También tuvieron que aprender. También tuvieron que corregirse. También necesitaron tiempo.

La santidad no consiste en haber recibido una naturaleza humana diferente de la nuestra.

Consiste en haber permitido que la gracia de Dios transformara profundamente esa naturaleza mediante una respuesta libre, cotidiana y perseverante.

Por eso, cuando conocemos de verdad la vida de los santos, descubrimos algo muy consolador: detrás de los grandes gestos suelen existir miles de pequeñas fidelidades que nadie vio.

Antes del martirio hubo innumerables renuncias.

Antes de una entrega heroica hubo pequeñas entregas.

Antes de una caridad extraordinaria hubo muchas ocasiones en las que aquella persona decidió no pensar únicamente en sí misma.

Los grandes árboles también comenzaron siendo pequeños.

La santidad se juega muchas veces en lo cotidiano

Quizá imaginemos que para ser santos tendrían que ocurrirnos cosas extraordinarias.

Normalmente ocurre exactamente lo contrario.

El escenario habitual de nuestra santificación es bastante corriente: nuestra casa, nuestro trabajo, nuestra comunidad, nuestras relaciones, nuestros horarios, nuestros cansancios y nuestras obligaciones.

Ahí aparecen continuamente las oportunidades.

Cuando suena el despertador.

Cuando alguien nos interrumpe.

Cuando una persona vuelve a repetirnos por quinta vez la misma historia.

Cuando tenemos delante una tarea que no nos apetece.

Cuando podríamos quedar bien diciendo una pequeña mentira.

Cuando nadie comprobaría si hemos cumplido o no nuestra obligación.

Cuando podemos hablar de alguien que no está presente.

Cuando una persona necesita nuestro tiempo justo el día en que menos ganas tenemos de regalarlo.

Ahí se va escribiendo buena parte de nuestra biografía espiritual.

No solemos decidir de una vez toda nuestra vida. La vamos decidiendo poco a poco.

Pero el cristianismo no es una gimnasia moral

Llegados a este punto hay que hacer una aclaración fundamental.

Podría parecer que la vida cristiana consiste simplemente en esforzarse mucho, repetir actos buenos y construir mediante nuestra voluntad una personalidad moralmente admirable.

Eso sería reducir el cristianismo a una especie de entrenamiento del carácter.

Y el cristianismo es muchísimo más.

El hombre está herido por el pecado. Experimentamos dentro de nosotros una división que conocemos demasiado bien: sabemos lo que deberíamos hacer y, sin embargo, muchas veces hacemos otra cosa.

Por eso necesitamos la gracia.

El Catecismo recuerda que las virtudes humanas adquiridas mediante nuestros actos son purificadas y elevadas por la gracia divina. Y añade algo todavía más importante: Cristo nos concede la gracia necesaria para perseverar en la búsqueda de las virtudes.

Aquí aparece el equilibrio profundamente católico de la vida espiritual.

Dios actúa, pero nosotros debemos responder.

La gracia no sustituye nuestra libertad. La sana, la sostiene y la eleva.

No podemos decir: «Como todo depende de Dios, yo no tengo que hacer nada».

Pero tampoco: «Todo depende de mi esfuerzo».

Ambas cosas serían falsas.

La vida cristiana es cooperación.

Dios nos precede con su gracia, nos acompaña con su gracia y lleva a término su obra en nosotros. Pero espera nuestra respuesta libre.

«Yo soy así»

Una de las frases que más pueden impedir nuestro crecimiento espiritual es también una de las más corrientes:

«Yo soy así».

Puede utilizarse casi como una absolución anticipada.

Tengo mal carácter: yo soy así.

Soy desordenado: yo soy así.

No tengo paciencia: yo soy así.

Siempre digo lo que pienso aunque moleste: yo soy así.

Me cuesta cumplir determinadas cosas: yo soy así.

Naturalmente tenemos temperamentos diferentes. Hay rasgos de nuestra personalidad que nos acompañarán toda la vida y que no tenemos por qué eliminar.

Pero una cosa es aceptar humildemente quiénes somos y otra convertir nuestros defectos en una identidad intocable.

El Evangelio nunca dice: «Quédate exactamente como eres».

Cristo nos ama como somos, pero precisamente porque nos ama nos llama a convertirnos.

Pedro era Pedro. Con su ímpetu, su generosidad y también sus enormes debilidades. La gracia no destruyó su personalidad. La transformó.

Lo mismo ocurre con nosotros.

Volver a empezar también forma parte de la virtud

La formación de una virtud no es una línea recta.

Habrá avances y retrocesos.

Un día tendremos paciencia y al siguiente perderemos los nervios por una tontería. Quizá hayamos conseguido dominar durante semanas una determinada inclinación y de repente volvamos a caer.

Entonces aparece una tentación muy frecuente: pensar que todo el esfuerzo anterior no ha servido para nada.

No es verdad.

La vida espiritual incluye también el arte de comenzar otra vez.

La perseverancia no significa no caer nunca. Significa no convertir una caída en residencia permanente.

Un cristiano puede caer muchas veces. Lo que no puede hacer es instalarse tranquilamente en el suelo.

Reconocer la propia debilidad, pedir perdón, acudir al sacramento de la Penitencia cuando sea necesario y recomenzar forma también parte del crecimiento espiritual.

Incluso nuestras caídas, cuando son acogidas con humildad, pueden enseñarnos algo importantísimo: que necesitamos a Dios.

Pequeños actos, grandes transformaciones

Tal vez queramos cambiar demasiadas cosas al mismo tiempo.

Normalmente funciona mejor algo más sencillo.

Elegir una virtud concreta.

Reconocer dónde necesitamos crecer.

Y comenzar.

Si necesito paciencia, tendré hoy oportunidades para practicarla.

Si necesito orden, puedo empezar ordenando algo.

Si necesito generosidad, seguramente antes de que termine el día alguien me pedirá algo de mi tiempo.

Si necesito prudencia, probablemente aparecerá alguna ocasión en la que convenga pensar antes de hablar.

Si necesito fortaleza, tendré que hacer alguna cosa que preferiría aplazar.

La vida proporciona abundante material para el ejercicio de las virtudes. No hace falta buscar situaciones extraordinarias.

Dios suele trabajar con la materia prima de cada día.

¿Qué estamos llegando a ser?

Hay una pregunta que puede ayudarnos mucho en el examen de conciencia.

No preguntarnos únicamente:

¿Qué he hecho hoy?

Sino también:

¿En qué clase de persona me están convirtiendo mis decisiones?

Porque cada acto va dejando una pequeña huella.

Estamos formando constantemente nuestro corazón.

Y eso explica por qué la Iglesia ha dado siempre tanta importancia a las virtudes. No busca simplemente que realicemos una colección de acciones correctas. Quiere que, por la gracia de Dios, vayamos convirtiéndonos en personas capaces de amar el bien.

Personas para quienes la verdad resulte cada vez más natural.

La justicia, más espontánea.

La generosidad, más sencilla.

La templanza, más estable.

El perdón, más posible.

La oración, más necesaria.

Y la caridad, cada vez más nuestra manera de vivir.

Nadie llega a eso de repente.

Nadie se acuesta egoísta y se despierta santo.

La santidad es obra de Dios, pero Dios normalmente la va realizando en nosotros a través de una historia de gracia correspondida, decisiones concretas, pequeñas fidelidades, caídas, sacramentos, esfuerzo y muchos nuevos comienzos.

Por eso nadie se hace santo por casualidad.

Y también por eso cada día importa.

En el próximo artículo daremos un paso más: ¿qué relación existe entre la gracia de Dios y nuestro esfuerzo? Porque la santidad no es una hazaña de nuestra voluntad, pero tampoco puede crecer sin nuestra cooperación.

@sacerdosmariae

Imagen: Annibale Carracci, La elección de Hércules (1596), Museo e Real Bosco di Capodimonte, Nápoles. Hércules aparece ante dos caminos: el de la virtud, estrecho y ascendente, y el del placer fácil. Una antigua alegoría que expresa bien una verdad permanente: nuestras elecciones van determinando el camino que recorremos.

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