Las virtudes cristianas (IV): Las cuatro bisagras de una vida buena.

Las virtudes cristianas (IV): Las cuatro bisagras de una vida buena

En los artículos anteriores hemos hablado de la virtud, de cómo se forma y de la cooperación entre la gracia de Dios y nuestra libertad.

Ahora podemos empezar a entrar en las virtudes concretas.

Y la tradición cristiana comienza por cuatro:

prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Se llaman virtudes cardinales.

La palabra puede sonar un poco técnica, pero su significado es muy sencillo. Procede de cardo, que en latín significa «gozne» o «bisagra».

Una puerta gira sobre sus goznes.

Del mismo modo, buena parte de nuestra vida moral gira alrededor de estas cuatro virtudes.

No porque sean las únicas.

Hay muchas otras: paciencia, mansedumbre, generosidad, veracidad, constancia, humildad, laboriosidad…

Pero muchas de ellas encuentran su orden, su medida o su apoyo en estas cuatro grandes virtudes.

Por eso el Catecismo dice que tienen una función de «quicio» y que las demás virtudes humanas se agrupan en torno a ellas.

Sin embargo, quizá podamos comprenderlas mejor si dejamos por un momento las definiciones y nos hacemos cuatro preguntas.

Cuatro preguntas que hacemos todos los días

Aunque nunca utilicemos las palabras «virtudes cardinales», estas aparecen continuamente en nuestra vida.

Cada día tenemos que responder, de una manera u otra, a cuatro cuestiones.

¿Qué debo hacer?

Aquí aparece la prudencia.

¿Qué debo a los demás?

Aquí aparece la justicia.

¿Qué debo soportar o afrontar para hacer el bien?

Aquí aparece la fortaleza.

¿Qué debo dominar dentro de mí para no convertirme en esclavo de mis deseos?

Aquí aparece la templanza.

No son cuestiones reservadas a filósofos o teólogos.

Aparecen cuando decidimos si hablamos o callamos.

Cuando administramos nuestro dinero.

Cuando alguien nos contradice.

Cuando tenemos que cumplir una obligación que no nos apetece.

Cuando sentimos hambre, cansancio, deseo, enfado o miedo.

Cuando alguien necesita algo de nosotros.

Cuando debemos escoger entre aquello que resulta agradable y aquello que es bueno.

Las virtudes cardinales se juegan precisamente ahí.

En la vida real.

La prudencia: aprender a mirar antes de actuar

La primera de las cuatro es la prudencia.

Y quizá sea también una de las virtudes peor comprendidas.

Llamamos prudente a quien no se arriesga demasiado.

«Ten prudencia», decimos cuando en realidad queremos decir: «Ten cuidado».

Pero la prudencia cristiana es mucho más que precaución.

Una persona prudente no es necesariamente una persona tímida.

En determinadas circunstancias, la prudencia puede aconsejar precisamente hacer algo arriesgado.

Puede exigir hablar cuando sería mucho más cómodo callar.

Puede exigir marcharse cuando todos permanecen.

Puede exigir esperar cuando todos quieren precipitarse.

Puede exigir actuar inmediatamente cuando sería más cómodo posponer.

La prudencia consiste en reconocer el bien que debe hacerse aquí y ahora y encontrar el modo adecuado de realizarlo.

Parece sencillo.

No lo es.

Saber una norma no resuelve automáticamente una vida

Las normas morales son necesarias.

Pero la vida concreta no viene acompañada de un manual de instrucciones.

Dos personas pueden encontrarse ante situaciones aparentemente semejantes y necesitar respuestas distintas.

No es lo mismo corregir a un hijo que corregir a un desconocido.

No es lo mismo guardar silencio por caridad que guardar silencio por cobardía.

No es lo mismo descansar porque el cuerpo lo necesita que utilizar continuamente el cansancio como excusa.

No es lo mismo dar dinero a alguien que verdaderamente lo necesita que colaborar con una conducta que le está destruyendo.

La prudencia toma los grandes principios del bien y los aplica a la complejidad de una situación concreta.

Es, por así decirlo, la virtud que pregunta:

«Muy bien. Sé lo que es bueno. Ahora, ¿cómo debo hacerlo?»

Por eso la tradición la ha llamado muchas veces la conductora de las demás virtudes.

La fortaleza sin prudencia puede convertirse en temeridad.

La justicia sin prudencia puede volverse rígida.

La generosidad sin prudencia puede terminar haciendo daño.

Incluso una cosa buena puede hacerse mal.

Y eso lo sabemos por experiencia.

La justicia: descubrir que el mundo no empieza en mí

La segunda virtud cardinal es la justicia.

Consiste en dar a cada uno lo que le corresponde.

Puede parecer una definición fría.

En realidad contiene una verdadera revolución espiritual.

Porque la justicia comienza cuando aceptamos que los demás tienen derechos que no dependen de nuestros sentimientos hacia ellos.

El otro merece respeto aunque no me caiga bien.

Una deuda debe pagarse aunque ahora me venga mal.

Una promesa debe cumplirse aunque haya dejado de apetecerme.

La verdad debe decirse aunque resulte incómoda.

El tiempo de otra persona debe respetarse aunque yo considere que cinco minutos no tienen importancia.

La justicia nos obliga a salir de una manera infantil de mirar la realidad.

El niño pequeño tiende naturalmente a pensar desde sí mismo.

Quiero esto.

Me apetece aquello.

No me gusta esto otro.

La madurez comienza cuando descubrimos que el mundo contiene otros centros además de nosotros mismos.

Hay injusticias muy pequeñas

Cuando pensamos en injusticia solemos imaginar grandes delitos, corrupción o abusos.

Pero también existe una injusticia doméstica, minúscula y cotidiana.

Llegar siempre tarde porque damos por supuesto que los demás pueden esperarnos.

Hacer perder el tiempo a alguien.

No reconocer el trabajo ajeno.

Atribuirnos un mérito que no nos corresponde.

Hablar de una persona sin darle posibilidad de defenderse.

No devolver lo prestado.

Utilizar gratuitamente el tiempo o la disponibilidad de otros.

Exigir mucho y agradecer poco.

Incluso incumplir repetidamente pequeñas obligaciones puede convertirse en una forma de injusticia.

La santidad no puede construirse sobre una falta habitual de justicia.

Podemos rezar mucho.

Podemos emocionarnos profundamente.

Podemos tener grandes experiencias espirituales.

Pero si no aprendemos a dar a cada uno lo suyo, algo fundamental está fallando.

También Dios tiene derechos

La tradición cristiana incluye dentro de la justicia una dimensión que nuestra cultura suele olvidar.

También debemos algo a Dios.

No porque Dios necesite nuestras cosas.

No necesita nuestros bienes.

Ni nuestras palabras.

Ni nuestro tiempo.

Pero nosotros le debemos reconocimiento porque Él es Dios.

La virtud de la religión forma precisamente parte de la justicia.

Adorar.

Dar gracias.

Rezar.

Santificar el día del Señor.

Reconocer que nuestra existencia no procede de nosotros mismos.

La oración no es solamente una técnica para sentirnos mejor.

También es un acto de justicia.

Dios merece ser amado por sí mismo.

La fortaleza: permanecer cuando sería más fácil huir

La tercera virtud cardinal es la fortaleza.

Quizá pensamos inmediatamente en grandes héroes.

Mártires.

Soldados.

Personas que afrontan peligros extraordinarios.

Y ciertamente la fortaleza puede llegar hasta el heroísmo.

Pero la mayoría de nosotros necesita practicarla en escenarios mucho menos cinematográficos.

Levantarse cuando toca.

Terminar lo empezado.

Mantener una decisión buena cuando ha desaparecido el entusiasmo.

Soportar una enfermedad.

Cuidar durante años a una persona dependiente.

Continuar siendo amable en una convivencia difícil.

Decir la verdad cuando sabemos que tendrá consecuencias.

Reconocer un error.

Pedir perdón.

Volver a comenzar después de un fracaso.

La fortaleza es la virtud que nos permite no abandonar el bien simplemente porque ha comenzado a costar.

No todo lo difícil merece la pena

Pero aquí vuelve a aparecer la prudencia.

Sufrir por sufrir no es una virtud.

Aguantar cualquier cosa tampoco.

Hay personas que confunden fortaleza con obstinación.

Persisten en una decisión absurda únicamente porque ya la tomaron.

No rectifican porque creen que cambiar de opinión sería una debilidad.

Eso no es fortaleza.

A veces hace falta mucha más fortaleza para reconocer:

«Me equivoqué».

La virtud no consiste en resistir siempre.

Consiste en resistir cuando el bien exige resistencia.

Y también en retirarse cuando permanecer sería una necedad.

El miedo no desaparece por ser valiente

Otra confusión frecuente consiste en pensar que la persona fuerte no siente miedo.

No es verdad.

La fortaleza no elimina necesariamente el miedo.

Hace posible actuar correctamente a pesar de él.

Pedro caminó sobre el agua y después tuvo miedo.

Los mártires no tenían por qué experimentar una absoluta insensibilidad ante la muerte.

Cristo mismo conoció la angustia de Getsemaní.

La virtud no convierte al ser humano en piedra.

La fortaleza cristiana no consiste en no sentir.

Consiste en no permitir que el miedo decida siempre por nosotros.

Hay veces en que tendremos miedo y aun así habrá que dar un paso.

La templanza: no tener que obedecer a todo lo que deseo

Llegamos a la cuarta virtud cardinal.

La templanza.

Probablemente sea la que peor publicidad tiene.

Suena a prohibición.

A renuncia.

A gente que no se permite disfrutar de nada.

Pero la templanza no es enemiga del placer.

Es enemiga de la esclavitud.

Y hay una diferencia enorme.

Comer es bueno.

Beber es bueno.

Descansar es bueno.

La sexualidad es buena.

Disfrutar es bueno.

Las cosas creadas por Dios son buenas.

El problema comienza cuando una cosa buena deja de ocupar su lugar y empieza a gobernarnos.

La templanza pone orden en nuestros deseos para que podamos disfrutar de las cosas sin pertenecerles.

Una prueba muy sencilla

Existe una manera bastante eficaz de descubrir hasta qué punto somos libres ante algo.

Intentar prescindir de ello.

«Puedo dejarlo cuando quiera», decimos.

Perfecto.

Déjalo un tiempo.

A veces descubrimos entonces que aquello que considerábamos una pequeña preferencia tenía ya una llave bastante importante de nuestra libertad.

Puede ser la comida.

El alcohol.

Una pantalla.

Las redes sociales.

Las compras.

Una determinada comodidad.

La necesidad constante de entretenimiento.

Incluso la necesidad de recibir aprobación.

La templanza pregunta:

«¿Uso esto o esto me utiliza a mí?»

Esa pregunta puede resultar incómoda.

Pero es liberadora.

El deseo necesita educación, no exterminio

El cristianismo nunca ha enseñado que nuestros deseos sean malos simplemente por existir.

La cuestión consiste en ordenarlos.

Tenemos hambre.

Tenemos sexualidad.

Necesitamos descanso.

Buscamos reconocimiento.

Nos gusta la comodidad.

Todo eso pertenece a nuestra condición humana.

Pero ningún deseo posee derecho automático a convertirse en acción.

Sentir algo no significa que debamos obedecerlo.

Esa es una de las grandes diferencias entre libertad e impulsividad.

La persona libre puede decir:

«Quiero esto, pero no debo hacerlo».

O:

«No me apetece esto, pero debo hacerlo».

Hay una extraordinaria dignidad en esa capacidad.

El ser humano no está condenado a obedecer inmediatamente a cada movimiento interior.

Puede gobernarse.

Cuatro virtudes que se necesitan mutuamente

Llegados aquí podríamos cometer otro error: imaginar cuatro cajones independientes.

En uno ponemos la prudencia.

En otro la justicia.

En otro la fortaleza.

Y en otro la templanza.

Pero la vida moral no funciona así.

Las virtudes se ayudan mutuamente.

Imaginemos que una persona descubre que debe decir una verdad difícil.

Necesita prudencia para saber cómo y cuándo decirla.

Necesita justicia porque la otra persona tiene derecho a conocerla.

Necesita fortaleza para afrontar las consecuencias.

Y probablemente necesite templanza para dominar el deseo de decirla con ira, resentimiento o afán de quedar por encima.

Un solo acto puede necesitar las cuatro virtudes.

La vida buena tiene una profunda unidad.

Una mesa con cuatro patas

Podemos imaginarlas como las cuatro patas de una mesa.

Si una falla gravemente, todo empieza a tambalearse.

Una persona puede ser muy valiente pero profundamente injusta.

Eso no la hace virtuosa.

Puede tener mucho dominio de sí misma y utilizarlo para alcanzar objetivos egoístas.

Puede ser extremadamente prudente en asuntos económicos y completamente injusta con sus trabajadores.

Puede ser generosa pero incapaz de controlar sus impulsos.

La virtud verdadera busca integrar a la persona.

No fabricar especialistas morales.

El gran peligro: desarrollar solo nuestras virtudes favoritas

Todos tenemos virtudes que nos resultan más simpáticas.

Normalmente coinciden, curiosamente, con aquellas que ya practicamos con cierta facilidad.

El fuerte admira la fortaleza.

El ordenado habla mucho del orden.

El generoso valora extraordinariamente la generosidad.

Y corremos el riesgo de construir una moral a nuestra medida.

La vida cristiana, sin embargo, no consiste en convertir nuestro temperamento en norma universal.

Precisamente por eso necesitamos una visión completa de las virtudes.

Tal vez alguien muy fuerte necesite aprender mansedumbre.

Alguien muy generoso necesita prudencia.

Alguien muy prudente necesita aprender a arriesgar.

Alguien muy templado consigo mismo necesita crecer en misericordia hacia las debilidades ajenas.

Dios no quiere convertirnos en una versión exagerada de nuestras mejores cualidades.

Quiere ordenar a la persona entera.

La virtud no consiste en ser una persona agradable

También conviene aclarar esto.

Una persona virtuosa no es simplemente alguien educado, amable y moderado.

Puede haber momentos en que la virtud resulte incómoda.

La justicia puede obligarnos a decir no.

La prudencia puede exigir una decisión impopular.

La fortaleza puede obligarnos a mantener una posición cuando todos la abandonan.

La templanza puede llevarnos a renunciar a algo que todo el mundo considera normal.

La virtud no busca que todos estén contentos con nosotros.

Busca el bien.

Naturalmente debemos intentar hacer el bien con caridad.

Pero la caridad no convierte automáticamente todas nuestras decisiones en agradables para los demás.

Cristo, medida de toda virtud

Hasta aquí hemos hablado de virtudes que pueden ser reconocidas también por la razón humana.

Y eso es importante.

La Iglesia no inventó la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

La sabiduría antigua ya había descubierto su importancia.

La misma Sagrada Escritura las menciona expresamente en el libro de la Sabiduría.

Pero el cristiano no las contempla únicamente como un programa ético.

Las mira finalmente en Cristo.

Cristo sabe qué debe hacer y cuándo debe hacerlo.

Es prudente.

Da al Padre lo que pertenece al Padre y trata a cada persona según la verdad.

Es justo.

Permanece fiel hasta la Cruz.

Es fuerte.

No se deja dominar por el hambre en el desierto, por el deseo de poder ni por ninguna pasión desordenada.

Es templado.

Las virtudes cristianas no son únicamente cualidades que debemos adquirir.

Son también rasgos de la humanidad perfecta de Cristo que la gracia quiere reproducir en nosotros.

La santidad tiene una arquitectura

A veces hablamos de santidad de una manera demasiado vaporosa.

Como si consistiera en tener sentimientos religiosos especialmente intensos.

Pero la santidad tiene estructura.

Tiene hábitos.

Tiene decisiones.

Tiene orden.

Tiene una arquitectura.

Y las virtudes cardinales forman parte de sus grandes pilares.

Necesitamos aprender a discernir.

A dar a cada uno lo que corresponde.

A permanecer firmes ante la dificultad.

A ordenar nuestros deseos.

Después vendrán muchas otras virtudes.

Pero estas cuatro aparecen continuamente.

Un pequeño examen para terminar el día

Podríamos incluso incorporarlas al examen de conciencia.

No hace falta formular decenas de preguntas.

Bastarían algunas.

Prudencia:
¿He pensado hoy antes de actuar? ¿He elegido el modo adecuado de hacer el bien?

Justicia:
¿He dado a Dios y a los demás lo que les correspondía?

Fortaleza:
¿He abandonado algún bien simplemente porque me costaba?

Templanza:
¿He gobernado mis deseos o he permitido que ellos me gobernaran?

Cuatro preguntas.

Pero si las respondiéramos sinceramente cada noche, probablemente aprenderíamos bastante sobre nosotros mismos.

Las bisagras casi nunca llaman la atención

Hay algo curioso en una bisagra.

Cuando funciona bien, nadie la mira.

Abrimos una puerta y seguimos adelante.

Solo reparamos en ella cuando chirría o se rompe.

Algo parecido ocurre con las virtudes.

Una persona verdaderamente justa no está anunciando continuamente su justicia.

La persona templada no convierte cada renuncia en un acontecimiento público.

La persona fuerte continúa cumpliendo.

La prudente simplemente actúa bien.

Las virtudes maduras suelen hacer poco ruido.

Van dando estabilidad a una existencia.

Y un día descubrimos que esa persona sabe decidir.

Se puede confiar en ella.

No abandona fácilmente.

No está dominada por cualquier impulso.

Eso es carácter.

Y, cuando está abierto a la gracia, puede convertirse también en camino de santidad.

Las cuatro virtudes cardinales no nos ofrecen una vida espectacular.

Nos ofrecen algo bastante mejor:

una vida firme.

En los próximos artículos iremos recorriéndolas una por una.

Comenzaremos por la prudencia.

Porque antes de hacer el bien hay algo que necesitamos aprender continuamente:

ver qué bien debemos hacer.

@sacerdosmariae

Imagen: Las cuatro virtudes cardinales: Justicia, Prudencia, Fortaleza y Templanza, miniatura vinculada a Dirc van Delft, ca. 1400-1404, manuscrito W.171, Walters Art Museum, Baltimore. Las cuatro figuras representan las virtudes sobre las que gira —como una puerta sobre sus goznes— buena parte de la vida moral cristiana.

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