Impermeables a la gracia

 

Impermeables a la gracia

Cuando la religión sirve para no convertirse

En el monte Tabor, mientras el rostro de Cristo resplandece y sus vestidos se vuelven blancos como la luz, se escucha la voz del Padre: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17,5).

No dice solamente: «Admiradlo». Tampoco: «Hablad mucho de Él», «defendedlo en todas partes» o «utilizadlo para confirmar vuestras opiniones». Dice: «Escuchadlo».

Y escuchar a Cristo no consiste únicamente en oír sus palabras. Significa permitir que entren, que juzguen nuestros pensamientos, que descubran nuestras contradicciones y que transformen nuestra manera de vivir. La Carta a los Hebreos afirma que «la Palabra de Dios es viva y eficaz» y que «discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hb 4,12). No es una palabra decorativa. No ha sido pronunciada para adornar nuestras ideas, sino para atravesarlas.

Sin embargo, existe una extraña impermeabilidad espiritual. Personas que oyen la Palabra, reciben los sacramentos, leen libros religiosos, siguen a predicadores, defienden públicamente la fe y hablan constantemente de Dios, pero no dejan que Dios toque nada importante de su vida.

La gracia cae sobre ellas como la lluvia sobre un impermeable. Está cerca, resbala por la superficie, pero no penetra.

No porque la gracia carezca de poder. Tampoco porque Dios se haya cansado de llamar. El problema está en las defensas que levantamos. Podemos cerrar cuidadosamente cada rendija por la que el Espíritu Santo podría entrar y desordenar el pequeño mundo que hemos construido.

Porque Dios, cuando entra, desordena. No destruye, pero pone cada cosa en su verdadero lugar.

Un Dios fabricado a nuestra medida

La religión a medida comienza cuando dejamos de preguntar: «Señor, ¿qué quieres de mí?», y empezamos a decirle: «Señor, confirma lo que ya he decidido».

Buscamos entonces una predicación que nos dé siempre la razón. Elegimos los pasajes de la Escritura que coinciden con nuestras ideas y evitamos aquellos que podrían incomodarnos. Citamos a los santos que parecen estar de nuestra parte y silenciamos cuanto en ellos nos obligaría a rectificar. Escuchamos únicamente a quienes refuerzan nuestras preferencias políticas, morales, litúrgicas o personales.

Poco a poco ya no seguimos a Jesucristo. Seguimos nuestra propia imagen reflejada en un lenguaje religioso.

San Pablo advirtió que llegaría un tiempo en que algunos no soportarían la sana doctrina y buscarían maestros conforme a sus propios deseos (cf. 2 Tm 4,3). No buscan que alguien les enseñe la verdad, sino que les devuelva, piadosamente empaquetado, aquello que ya deseaban escuchar.

De este modo, la fe se convierte en una cámara de resonancia. Todo lo que entra repite nuestra propia voz. Dios ya no habla: le hacemos ventriloquia.

El papa Francisco ha advertido contra quien «usa la religión en beneficio propio, al servicio de sus elucubraciones psicológicas y mentales». Es una forma de querer domesticar el misterio de Dios, reducirlo a un sistema controlable y colocarlo al servicio de nuestras seguridades.

Pero el Dios verdadero no cabe en nuestros esquemas. Siempre es mayor. Siempre puede sorprendernos. Y, sobre todo, conserva el incómodo derecho de no darnos la razón.

Mucha religión y poca conversión

Es posible rodearse de prácticas religiosas y permanecer espiritualmente inmóvil. Se puede rezar mucho sin escuchar. Se puede acudir a Misa sin presentar la propia vida sobre el altar. Se puede confesar una y otra vez sin querer abandonar aquello que nos aleja de Dios. Incluso se puede defender con vehemencia la doctrina mientras se evita cuidadosamente que esa doctrina juzgue la propia conducta.

Los sacramentos son verdaderamente eficaces porque en ellos actúa Cristo. Su acción no depende de la santidad del ministro. Pero el Catecismo recuerda una verdad que conviene no olvidar: «Los frutos de los sacramentos dependen también de las disposiciones del que los recibe» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1128).

Podemos acercarnos al fuego y empeñarnos en conservar el hielo.

La cuestión no es cuánta religión hay en nuestra vida, sino cuánto espacio concedemos a Dios para transformarla. No basta con que la Palabra pase por nuestros oídos. Tiene que alcanzar la conciencia, las decisiones, los afectos, el uso del dinero, la relación con los demás, la manera de juzgar, de hablar y de perdonar.

Una religión que no convierte termina convirtiéndose en una coartada.

Nos permite sentirnos justos sin llegar a ser santos. Nos ofrece argumentos para examinar a los demás mientras evita que examinemos nuestro propio corazón. Nos da una identidad, una tribu y hasta adversarios contra los que combatir, pero nos ahorra el encuentro desnudo con Jesucristo.

Y Cristo no vino a confirmar nuestras identidades prefabricadas. Vino a hacernos criaturas nuevas.

Las zonas prohibidas para Dios

Todos podemos reservarnos alguna habitación interior en cuya puerta hemos colocado un cartel: «Señor, aquí no entres».

Puede ser una relación desordenada, un resentimiento antiguo, una ambición, una doble vida, una manera cruel de hablar, una ideología convertida en dogma, una falta de caridad que hemos bautizado como defensa de la verdad o una comodidad que presentamos como prudencia.

En otros casos es nuestro modo de pensar. Estamos dispuestos a aceptar todo cuanto enseña la Iglesia, siempre que coincida con lo que nosotros ya pensábamos. Cuando no coincide, buscamos excepciones, reinterpretaciones, culpables o maestros alternativos.

Nos declaramos obedientes, pero solo obedecemos cuando estamos de acuerdo. Nos consideramos dóciles, pero hemos entregado al Espíritu Santo una lista detallada de los asuntos en los que puede intervenir.

La gracia, sin embargo, no pretende hacer pequeños retoques en la fachada. Quiere alcanzar el corazón.

El Catecismo enseña que la acción de la gracia solicita nuestra respuesta libre. Cuando Dios toca el corazón mediante el Espíritu Santo, el hombre puede acoger esa inspiración, pero «puede también rechazarla» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1993).

Dios no nos salva contra nuestra voluntad. Llama, atrae, ilumina, corrige, consuela y vuelve a llamar. Pero no derriba la puerta como un invasor. Espera una libertad que se abra.

Dejarse interpelar

Una señal de madurez espiritual es la capacidad de preguntarse sinceramente: «¿Y si soy yo quien tiene que cambiar?».

No siempre el otro. No siempre la sociedad, el obispo, el sacerdote, el vecino, el partido contrario o esa persona insoportable que parece habernos sido enviada para ejercitar todas las virtudes a la vez.

También yo.

La verdadera escucha de la Palabra comienza cuando dejamos de aplicársela inmediatamente a los demás. Hay páginas del Evangelio que parecen escritas para una persona concreta que conocemos. Es una coincidencia frecuente y, por desgracia, casi siempre falsa.

Antes de convertir la Palabra en una piedra que lanzar, conviene permitir que sea un bisturí que nos cure.

San Pablo exhorta: «No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios» (Rm 12,2). La conversión cristiana incluye también la inteligencia. Supone renunciar a pensar según las categorías del mundo, aunque esas categorías se presenten recubiertas de símbolos religiosos.

No todo pensamiento rotundo es cristiano. No toda indignación es celo por la gloria de Dios. No toda dureza es fidelidad. No toda consigna que incluye la palabra «Dios» procede del Espíritu Santo.

Por eso necesitamos silencio, oración y examen de conciencia. Necesitamos colocarnos ante el Señor sin preparar previamente la defensa. Preguntarle qué quiere mostrarnos, qué debe morir en nosotros y qué paso concreto estamos evitando.

«En algún momento tendremos que percibir de frente la propia verdad, para dejarla invadir por el Señor», recuerda Gaudete et exsultate (29).

Dejarse invadir. No recibir a Dios como una visita educada que permanece en el salón, sino permitirle recorrer toda la casa.

La gracia todavía puede entrar

Este examen no debe conducirnos al pesimismo. Ningún corazón está definitivamente cerrado mientras vive. Ninguna coraza es demasiado gruesa para el Espíritu Santo.

El corazón puede haberse endurecido por el orgullo, el miedo, las heridas o la costumbre. Pero Dios promete: «Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (Ez 36,26).

Solo el Espíritu Santo puede romper ciertas durezas y devolvernos un corazón dócil, capaz de amar y de dejarse conducir.

La solución no consiste en redoblar el voluntarismo ni en fingir una perfección que no tenemos. Consiste en reconocer humildemente nuestras resistencias y pedir la gracia de querer lo que Dios quiere. San Agustín lo expresó con una de sus oraciones más sinceras: «Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras» (Confesiones, X, 29, 40).

Quizá esa sea la oración que necesitamos hacer ante Cristo transfigurado:

Señor, no permitas que convierta la fe en un refugio contra Ti.
No dejes que utilice tu Palabra para proteger mis ideas.
Rompe la dureza que me impide escucharte.
Entra también en aquello que no quiero entregarte.
Muéstrame lo que debo cambiar y dame la gracia de hacerlo.

Porque el verdadero creyente no es quien ha conseguido que Dios piense como él.

Es quien, después de escuchar al Hijo amado, permite que su mente, su corazón y su vida comiencen por fin a parecerse a los de Cristo.

@SacerdosMariae

La gracia cae sobre todos; otra cosa es dejarse empapar por ella.

📷 Fotografía: Nikola (@bynikolavu) / Unsplash.

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