Las virtudes cristianas (I): ¿Qué significa ser virtuoso?

Las virtudes cristianas (I): ¿Qué significa ser virtuoso?

Hay una pregunta que convendría hacernos de vez en cuando delante de Dios. No solamente qué hemos hecho bien o mal durante el día, sino algo que va un poco más al fondo:

¿En qué persona me estoy convirtiendo?

Porque uno no se hace paciente de repente. Tampoco se vuelve egoísta de la noche a la mañana. No amanecemos un martes siendo humildes después de acostarnos soberbios el lunes. Nuestro modo de ser se va formando poco a poco, en decisiones que muchas veces parecen pequeñas y que, sin embargo, van dejando huella.

Callar cuando estamos a punto de contestar mal.

Cumplir una obligación aunque no tengamos ninguna gana.

Decir la verdad cuando sería más cómodo arreglarla un poco.

Guardar una confidencia.

No devolver una ofensa.

Ser puntuales.

Cumplir la palabra dada.

Hacer bien un trabajo aunque nadie vaya a felicitarnos.

Apagar el teléfono para atender a quien tenemos delante.

Pedir perdón.

Volver a empezar.

La mayor parte de nuestra vida transcurre precisamente ahí. Y ahí se juega también buena parte de nuestra santidad.

San Pablo escribía a los filipenses:

«Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable [...] tenedlo en cuenta» (Flp 4,8).

El Catecismo comienza precisamente con este texto cuando trata de las virtudes. Y enseguida nos ofrece una definición que merece ser aprendida casi de memoria:

«La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien» (CEC 1803).

Cada una de esas palabras importa.

No habla de un impulso momentáneo. Habla de una disposición.

No habla de algo que hacemos una vez. Dice habitual.

No habla de algo que desaparece en cuanto llegan las dificultades. Dice firme.

Y todo está orientado hacia una finalidad muy concreta: hacer el bien.

No basta con hacer alguna cosa buena

Todos somos capaces de hacer cosas buenas.

Incluso una persona habitualmente egoísta puede tener un gesto generoso. Una persona con mucho carácter puede contenerse un día. Alguien poco dado a ayudar puede encontrarse en una ocasión en la que reaccione admirablemente.

Eso tiene valor, por supuesto.

Pero la virtud es algo más.

Francisco explicaba, al comenzar sus catequesis sobre las virtudes, que no estamos hablando de un bien ocasional o improvisado, sino de algo que va madurando en la persona hasta convertirse en una disposición estable.

Ahí está la diferencia.

No es lo mismo hacer un acto paciente que ser paciente.

No es lo mismo realizar un acto generoso que ser generoso.

No es lo mismo decir una vez la verdad que ser sincero.

No es lo mismo resistir una dificultad que haber adquirido fortaleza.

La virtud llega cuando el bien va echando raíces en nosotros.

Y eso necesita tiempo.

Nos vamos haciendo a través de nuestros actos

A veces pensamos que somos como somos y que ya está.

«Tengo este carácter».

«Yo siempre he sido así».

«A mi edad ya no voy a cambiar».

«Esto me viene de familia».

Son frases que hemos dicho o escuchado muchas veces. Y alguna parte de verdad pueden tener. Cada persona tiene su temperamento, su historia, sus heridas, sus facilidades y sus límites.

Pero el Evangelio jamás nos permite instalar cómodamente una tumbona dentro de nuestros defectos.

Dios nos ha creado libres. Su gracia puede sanar, ordenar, elevar y transformar nuestra vida. Y nosotros podemos colaborar con ella.

Cada vez que elegimos algo estamos haciendo algo más que resolver una situación concreta. Nos estamos formando a nosotros mismos.

Quien acostumbra a mentir va haciendo más fácil la siguiente mentira.

Quien acostumbra a juzgar termina viendo a los demás con una mirada torcida.

Quien alimenta continuamente el resentimiento acaba viviendo desde él.

Pero también sucede lo contrario.

Quien aprende a guardar silencio cuando debería callar termina adquiriendo dominio sobre su lengua.

Quien se acostumbra a levantarse y cumplir con su deber termina siendo una persona responsable.

Quien perdona una y otra vez va ensanchando el corazón.

Quien reza también cuando no siente nada adquiere fidelidad.

Quien procura mirar con misericordia comienza poco a poco a parecerse a Cristo.

Nuestros actos dejan poso.

El bien también necesita entrenamiento

Esto lo entendemos perfectamente en casi todos los ámbitos de la vida.

Nadie aprende piano tocando diez minutos cuando le apetece.

Nadie adquiere una buena condición física haciendo ejercicio tres veces al año.

Nadie aprende italiano por haber comprado el libro de texto.

Y nadie llega a ser paciente solamente porque un día haya decidido: «A partir de ahora voy a tener mucha paciencia».

La voluntad también necesita educación.

Los afectos necesitan ser ordenados.

Nuestra manera de reaccionar necesita ser trabajada.

El papa Francisco señalaba que el ejercicio de las virtudes supone disciplina, perseverancia e incluso ascesis.

La palabra ascesis puede sonar hoy un poco antigua, pero la realidad que expresa sigue siendo necesaria.

Significa aprender a decirnos que no.

Y también aprender a decirnos que sí cuando toca.

No solamente hay que privarse de cosas. A veces la verdadera ascesis consiste en hacer aquello que deberíamos estar haciendo y que estamos intentando aplazar desde hace tres días.

Levantarse.

Ponerse a trabajar.

Rezar.

Visitar a alguien.

Acabar una tarea.

Llamar a quien sabemos que necesita nuestra llamada.

Pedir perdón.

No mandar ese mensaje escrito en caliente.

Cerrar X antes de contestar algo de lo que después tendremos que confesarnos.

Todo eso también forma parte de la vida virtuosa.

Hacer lo que me apetece no siempre significa ser libre

Nuestra cultura utiliza constantemente la palabra libertad. Pero muchas veces la reduce a una idea bastante pobre: ser libre sería poder hacer lo que me apetezca.

Si lo pensamos bien, eso no siempre es libertad.

El que no es capaz de contener su ira depende de su ira.

El que no puede separarse del teléfono depende del teléfono.

El que necesita continuamente la aprobación de los demás depende de lo que los demás piensen.

El que no puede controlar lo que come, bebe, compra, mira o desea puede tener muchísimas posibilidades a su alcance y, sin embargo, ser muy poco libre.

Hay esclavitudes que no llevan cadenas.

Por eso el Catecismo enseña que las virtudes humanas ordenan nuestras pasiones y nuestra conducta y proporcionan «facilidad, dominio y gozo» para llevar una vida moralmente buena (CEC 1804).

Me gusta especialmente esa palabra: dominio.

La virtud va consiguiendo que seamos dueños de nosotros mismos.

No para encerrarnos dentro de nosotros, sino precisamente para poder entregarnos.

Porque solo quien se posee puede darse.

Las pasiones no son malas

Conviene aclarar esto desde el comienzo.

El cristianismo no pretende fabricar hombres y mujeres sin sentimientos, sin deseos y sin pasiones.

No se trata de convertirnos en estatuas.

Sentir ira no es lo mismo que dejarse dominar por la ira.

Tener miedo no es cobardía.

Experimentar deseo no es pecado.

Disfrutar de la comida no está mal.

Sentirse atraído por alguien no convierte a nadie en culpable.

El problema comienza cuando aquello que forma parte de nosotros deja de ocupar su lugar y empieza a gobernarnos.

Por eso la virtud no destruye las pasiones. Las ordena.

La templanza no elimina el placer; evita que el placer nos esclavice.

La fortaleza no hace desaparecer el miedo; permite hacer el bien también cuando tenemos miedo.

La castidad no destruye nuestra capacidad de amar; la educa para que el otro no se convierta en un objeto.

La mansedumbre no nos deja sin carácter; impide que el carácter se transforme en violencia.

La prudencia no nos vuelve calculadores; nos ayuda a distinguir qué conviene hacer.

Cuando la gracia y la virtud van ordenando nuestra vida, la persona no queda disminuida.

Sucede justamente lo contrario.

Empieza a ser más libre.

Más unificada.

Más dueña de sí.

Más capaz de amar.

Al principio cuesta

Todos conocemos esa experiencia.

Uno decide no contestar mal y parece que justamente ese día todo el mundo se ha puesto de acuerdo para poner a prueba su paciencia.

Se propone ser moderado y aparece delante aquello que más le cuesta dominar.

Decide no criticar a nadie y, media hora después, alguien le sirve en bandeja una conversación estupenda para despellejar al prójimo.

Decide rezar y aparecen de repente quince cosas importantísimas que llevaba semanas sin recordar.

No pasa nada raro.

Estamos aprendiendo.

Las virtudes no aparecen terminadas. Se adquieren y se consolidan mediante actos repetidos.

Al principio, hacer el bien puede costar mucho.

Después cuesta algo menos.

Y llega un momento en que ciertas cosas que antes suponían una verdadera batalla van resultando más naturales.

No porque hayamos dejado de ser débiles, sino porque el corazón ha sido educado.

Eso es precioso.

Dios no solamente quiere que hagamos el bien a regañadientes durante toda nuestra vida. Quiere ir cambiando nuestro corazón para que terminemos amando el bien.

Pero el cristianismo no es un curso de autoayuda

Podríamos llegar hasta aquí y obtener unas cuantas ideas útiles:

Hay que tener hábitos buenos.

Hay que educar la voluntad.

Hay que controlar los impulsos.

Hay que perseverar.

Todo eso es verdad.

Pero si nos quedáramos ahí todavía no habríamos llegado a lo propiamente cristiano.

Porque nosotros no creemos que el hombre pueda salvarse a sí mismo mediante disciplina y fuerza de voluntad.

No nos hacemos santos apretando los dientes.

Necesitamos la gracia.

San Pablo describe una experiencia que cualquiera de nosotros reconoce:

«No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rom 7,19).

Sabemos lo que deberíamos hacer y muchas veces hacemos otra cosa.

Queremos ser pacientes y explotamos.

Queremos perdonar y volvemos mentalmente a la ofensa.

Queremos rezar y nos distraemos.

Queremos ser humildes hasta que alguien nos lleva la contraria.

Queremos confiar en Dios, pero en cuanto perdemos el control de una situación empezamos a inquietarnos.

Esta es nuestra realidad.

Y Jesucristo no vino a decirnos: «Esforzaos un poco más».

Vino a salvarnos.

La gracia no sustituye nuestra libertad

Ahora bien, tampoco podemos irnos al extremo contrario.

Alguien podría decir: «Si todo depende de la gracia, que Dios me haga paciente».

Y esperar tranquilamente.

No funciona así.

El Catecismo enseña que las virtudes humanas, adquiridas mediante nuestros actos, son purificadas y elevadas por la gracia divina. Y añade que, heridos por el pecado, necesitamos la ayuda de Dios para perseverar en la búsqueda de las virtudes (CEC 1810-1811).

Esta es una de las bellezas de la espiritualidad católica: la gracia de Dios y nuestra libertad trabajan juntas.

Dios da la gracia.

Nosotros respondemos.

Dios nos sostiene.

Nosotros ponemos los medios.

Dios perdona.

Nosotros nos levantamos.

Dios ilumina.

Nosotros decidimos.

Dios llama.

Nosotros podemos decir sí.

Por eso la vida espiritual tiene siempre algo de don y algo de combate.

San Agustín lo comprendió muy bien: Dios nos creó sin nosotros, pero no quiere salvarnos sin nuestra respuesta.

La santidad no consiste en esperar pasivamente a que un día aparezcamos transformados.

Hay que rezar.

Hay que confesarse.

Hay que recibir la Eucaristía.

Hay que luchar.

Hay que cortar ocasiones de pecado.

Hay que corregir hábitos.

Hay que comenzar muchas veces.

Y, sobre todo, hay que dejarse ayudar por Dios.

¿Para qué queremos ser virtuosos?

Esta pregunta es decisiva.

Porque también podemos buscar la virtud por motivos equivocados.

Podemos querer ser disciplinados para admirarnos a nosotros mismos.

Podemos querer dominar nuestros defectos para sentirnos superiores.

Podemos convertir la perfección espiritual en otra forma de amor propio.

Y entonces incluso nuestras virtudes se nos pueden subir a la cabeza, que es una manera bastante eficaz de estropearlas.

El Catecismo recoge una frase de san Gregorio de Nisa que coloca todo en su sitio:

«El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios» (CEC 1803).

Ahí está la meta.

No se trata simplemente de ser una persona muy ordenada, muy educada y muy correcta.

Se trata de parecernos a Jesucristo.

Aprender a mirar como Él.

A amar como Él.

A perdonar como Él.

A obedecer al Padre como Él.

A acercarnos al pequeño como Él.

A tener compasión como Él.

A decir la verdad como Él.

A ser firmes cuando toca ser firmes.

A guardar silencio cuando toca callar.

A entregar la vida.

San Pablo lo resume de una manera difícil de superar:

«Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20).

Eso es la vida cristiana.

Que Cristo vaya viviendo en nosotros.

La santidad se juega en nuestra vida real

Cuando hablamos de santidad existe siempre el peligro de imaginar una vida distinta de la nuestra.

Pensamos en monasterios, mártires, grandes penitentes, fundadores, místicos.

Y gracias a Dios existen.

Pero el Concilio Vaticano II recordó que la llamada a la santidad pertenece a todos los bautizados. No a unos pocos especialmente dotados. Lumen gentium enseña que todos los fieles, sea cual sea su estado de vida, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y de la caridad (LG 40).

León XIV volvió sobre este mismo punto en su catequesis del 8 de abril de 2026: cada bautizado está llamado a vivir en gracia, practicar las virtudes y conformarse con Cristo.

Eso significa que no tenemos que buscar otro sitio para hacernos santos.

El lugar es este.

Nuestra casa.

Nuestro trabajo.

Nuestra parroquia.

Nuestra comunidad.

Nuestra familia.

Nuestra enfermedad.

Nuestra soledad.

Nuestras obligaciones.

Las personas concretas que Dios ha puesto a nuestro lado, incluidas esas que algunas veces nos ayudan muchísimo a crecer en paciencia sin tener la menor intención de hacerlo.

Ahí.

No en una vida imaginaria.

Las grandes virtudes se aprenden en cosas muy pequeñas

La paciencia no comienza soportando heroicamente una persecución.

Puede empezar esperando sin enfadarnos porque alguien llega tarde.

La caridad puede comenzar escuchando de verdad a una persona cuando tenemos prisa.

La templanza puede empezar diciendo: «No necesito esto».

La humildad puede empezar aceptando una corrección sin elaborar inmediatamente un alegato de defensa.

La prudencia puede comenzar esperando diez minutos antes de enviar un mensaje.

La justicia puede aparecer pagando lo que debemos.

La fortaleza puede consistir hoy en cumplir una obligación que llevamos días evitando.

La fidelidad puede ser rezar los quince minutos que habíamos prometido aunque no sintamos absolutamente nada.

Lo pequeño no es poco importante.

Es ahí donde se forma la vida.

Hay personas que sueñan con dar la vida por Cristo y no consiguen ceder el mando de la televisión.

Quizá convenga comenzar por lo segundo.

La virtud no consiste en no caer nunca

También debemos aclarar esto desde el principio, porque de lo contrario podemos convertir la vida espiritual en una fábrica de escrúpulos y frustraciones.

Ser virtuoso no significa alcanzar un estado en el que jamás volvemos a equivocarnos.

Mientras vivamos tendremos fragilidad.

Nos cansaremos.

Habrá tentaciones.

Habrá días malos.

Habrá pecados.

Y tendremos que pedir perdón.

El Concilio mismo, cuando habla de la llamada universal a la santidad, recuerda que todos caemos muchas veces y necesitamos continuamente la misericordia de Dios.

Esto es importante.

El santo no es el que nunca tuvo que levantarse.

El santo aprendió a levantarse.

Pedro negó a Cristo.

Los Apóstoles huyeron.

Tomás dudó.

La historia de los santos está llena de combates.

Dios no trabaja con material perfecto. Trabaja con nosotros.

Y tiene bastante experiencia.

Una caída puede incluso enseñarnos cosas que quizá nuestros éxitos no nos habrían enseñado nunca.

Puede hacernos humildes.

Puede enseñarnos a desconfiar de nosotros mismos.

Puede hacernos más misericordiosos con los demás.

Puede llevarnos a agarrarnos más a Dios.

Lo importante es no pactar con el pecado.

Caer no es instalarse.

Un camino que iremos haciendo despacio

A lo largo de esta serie iremos entrando, una a una, en las grandes virtudes de la vida cristiana.

Comenzaremos por las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

El Catecismo las llama cardinales porque desempeñan una función central en la vida moral y alrededor de ellas se agrupan otras virtudes humanas (CEC 1805).

Después llegaremos a las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

Estas no son simplemente hábitos que adquirimos con nuestro esfuerzo. Son infundidas por Dios y nos disponen a vivir en relación con Él (CEC 1812-1813).

Y tendremos tiempo después para hablar de humildad, mansedumbre, paciencia, castidad, obediencia, sinceridad, gratitud, generosidad, fidelidad y tantas otras.

No para coleccionar definiciones.

Para examinarnos.

Para rezar.

Para descubrir dónde estamos.

Y para dejarnos trabajar por Dios.

¿Por dónde empiezo?

Quizá alguien termine este artículo pensando: «Muy bien. Tengo que crecer en cuarenta virtudes».

No.

No empecemos haciendo una lista interminable de defectos porque terminaremos desanimados antes de empezar.

La vida espiritual suele funcionar mejor cuando uno se pone delante de Dios con sinceridad y pregunta:

Señor, ¿qué quieres trabajar ahora en mí?

Quizá sea la paciencia.

O la fortaleza.

O la pureza.

O la sinceridad.

O la perseverancia.

O la humildad.

Quizá necesitamos dejar de juzgar.

Quizá necesitamos cumplir mejor nuestros deberes.

Quizá tenemos que aprender a confiar.

Quizá necesitamos pedir perdón a alguien.

Quizá llevamos demasiado tiempo justificando algo que sabemos perfectamente que debemos cambiar.

El Espíritu Santo sabe por dónde entrar.

Nuestra tarea consiste en no cerrarle la puerta.

Algunas preguntas para la oración

Podemos terminar este primer artículo llevando todo esto a la presencia del Señor.

Sin prisas.

Sin responder lo primero que se nos ocurra.

¿Qué hábitos están formando ahora mismo mi manera de ser?

¿Qué cosas buenas hago solamente cuando me apetecen?

¿Hay algo que esté dominándome y quitándome libertad?

¿Cuál es mi reacción habitual cuando me contradicen?

¿Sé perseverar cuando desaparece el entusiasmo?

¿Qué defecto llevo demasiado tiempo justificando diciendo simplemente «yo soy así»?

¿Qué virtud creo que Dios me está pidiendo trabajar ahora?

Y una última pregunta, quizá la más importante:

¿Quiero solamente ser un poco mejor o quiero parecerme de verdad a Jesucristo?

Porque ese es el sentido de todo este camino.

No buscamos fabricar una versión impecable de nosotros mismos.

Buscamos la santidad.

Buscamos que la gracia vaya ordenando lo que está desordenado, sanando lo que está herido, fortaleciendo lo que está débil y haciendo crecer lo que Dios mismo sembró en nosotros.

Queremos que nuestra manera de pensar, elegir, hablar, trabajar, sufrir, disfrutar, perdonar y amar se vaya pareciendo cada vez más a la de Cristo.

Esto no se hace en un día.

Gracias a Dios.

Se hace durante toda una vida.

Caemos, pedimos perdón, volvemos a levantarnos, aprendemos, avanzamos unas veces más deprisa y otras más despacio.

Pero seguimos caminando.

Y al final, cuando uno comprende bien qué es una virtud, descubre que no estamos hablando de una asignatura de moral.

Estamos hablando de algo mucho más sencillo y mucho más serio:

de dejar que Jesucristo vaya tomando forma en nosotros.

@sacerdosmariae

Pie de foto: Rafael Sanzio, «Las virtudes cardinales y teologales» (1511), Stanza della Segnatura, Palacio Apostólico, Ciudad del Vaticano. Rafael representa en esta obra las grandes virtudes que ordenan la vida humana y la abren a Dios. Una imagen especialmente apropiada para comenzar este recorrido: la vida cristiana no consiste en acumular buenas intenciones, sino en permitir que la gracia vaya formando en nosotros una manera nueva de vivir.

Comentarios

  1. Muy bueno Padre, muchas gracias. Muy claro y estructurado, me hizo repensar muchas cosas. «Hay personas que sueñan con dar la vida por Cristo y no consiguen ceder el mando de la televisión. Quizá convenga comenzar por lo segundo.» Esa idea me parece muy clara, muchas veces pensamos (o pienso) el trabajo espiritual como una empresa muy definitoria y colosal (que lo es, porque en ella va la salvación de nuestra alma), pero que requiere pequeños pasos cotidianos y constancia en las cosas más simples de nuestro día a día. Gracias de nuevo.

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