Las virtudes cristianas (III): Dios no lo hará sin ti.
Las virtudes cristianas (III): Dios no lo hará sin ti
En el artículo anterior decíamos que nadie se hace santo por casualidad. Las virtudes se forman mediante actos concretos, repetidos, deliberados. Aprendemos a ser pacientes ejercitando la paciencia; a ser generosos, dando; a ser fuertes, afrontando aquello que cuesta.
Pero esto plantea inmediatamente una cuestión.
Si para crecer en virtud necesitamos esfuerzo, disciplina, perseverancia y lucha, ¿qué lugar ocupa entonces la gracia de Dios?
¿La santidad depende de nosotros o depende de Dios?
La respuesta católica tiene la virtud de no mutilar ninguna de las dos cosas.
Todo comienza en Dios. Pero Dios no quiere salvarnos sin nuestra respuesta.
No somos autores de nuestra propia santidad. Tampoco somos espectadores.
Somos colaboradores de la gracia.
La primera iniciativa siempre es de Dios
Hay algo que conviene dejar claro desde el comienzo: nadie puede darse a sí mismo la vida sobrenatural.
Podemos educarnos.
Podemos adquirir determinadas virtudes humanas.
Podemos aprender disciplina, generosidad, fortaleza o dominio propio.
Pero ninguna cantidad de esfuerzo humano puede convertirnos por sí sola en hijos de Dios.
La gracia es don.
Es gratuita.
Es iniciativa divina.
Dios nos ama antes de que nosotros sepamos amarle. Nos busca antes de que pensemos en buscarlo. Nos llama antes de que hayamos dado un solo paso hacia Él.
El cristianismo comienza siempre con una iniciativa de Dios.
Así ocurre en toda la Sagrada Escritura.
Dios llama a Abrahán.
Dios busca a Moisés.
Dios elige a David.
Cristo llama a Pedro.
Cristo mira a Mateo sentado en su mesa de impuestos.
Cristo sale al encuentro de Pablo cuando este todavía está persiguiendo a los cristianos.
El primer movimiento no es nuestro.
Es suyo.
Pero la llamada espera una respuesta
Hay un detalle precioso en todas esas historias.
Dios llama, pero el hombre tiene que responder.
Abrahán tiene que salir.
Moisés tiene que regresar a Egipto.
Pedro tiene que dejar las redes.
Mateo tiene que levantarse de la mesa.
Pablo tiene que entrar en Damasco y comenzar una vida completamente nueva.
Dios podría haber creado seres incapaces de decirle que no.
No lo hizo.
Quiso hijos.
Y un hijo puede amar porque es libre.
La gracia de Dios no destruye nuestra libertad. La despierta. La sana. La fortalece. La hace capaz de aquello que por sí sola no podría alcanzar.
Por eso una de las expresiones más hermosas de la vida cristiana es también una de las más exigentes:
Dios llama y nosotros respondemos.
Dos errores opuestos
En este punto podemos caer fácilmente en dos extremos.
El primero consiste en pensar:
«Todo depende de mí».
Entonces la vida espiritual se convierte en un proyecto de perfeccionamiento personal. Más esfuerzo. Más disciplina. Más propósitos. Más fuerza de voluntad.
Y, si lo hacemos suficientemente bien, llegaremos a ser santos.
El problema es que el Evangelio no es un manual de autoayuda.
La santidad no consiste en fabricar nuestra mejor versión.
Consiste en dejarnos transformar por Dios.
Podemos ser personas admirablemente disciplinadas y continuar teniendo un corazón cerrado a la gracia.
Podemos dominar muchas pasiones y seguir profundamente enamorados de nosotros mismos.
Podemos incluso realizar muchas obras buenas y terminar atribuyéndonos el mérito de todas ellas.
El orgullo religioso es bastante más elegante que otros pecados, pero no por ello deja de ser orgullo.
«Que Dios me cambie»
Existe también el error contrario.
Es más cómodo.
Consiste en decir:
«Si Dios quiere que cambie, ya me cambiará».
Entonces pedimos paciencia, pero seguimos respondiendo exactamente igual a quienes nos molestan.
Pedimos fortaleza, pero evitamos sistemáticamente todo aquello que nos cuesta.
Pedimos vencer una determinada tentación, pero continuamos buscando las mismas ocasiones que nos conducen a ella.
Pedimos crecer en oración, pero nunca reservamos tiempo para rezar.
Y cuando las cosas siguen exactamente igual concluimos, con cierto aire piadoso, que «todavía no habrá llegado el momento de Dios».
Tal vez el momento de Dios llegó hace bastante rato.
Y somos nosotros los que todavía no nos hemos levantado de la silla.
«Señor, dame paciencia»
Hay una pequeña experiencia espiritual que casi todos conocemos.
Pedimos una virtud.
«Señor, dame paciencia».
Y al día siguiente aparece una persona especialmente adecuada para poner a prueba nuestra paciencia.
Entonces pensamos:
«Señor, no me refería exactamente a esto».
Pero quizá precisamente eso era la respuesta.
Normalmente Dios no introduce las virtudes en nuestra alma como quien instala una actualización automática durante la noche.
Nos concede su gracia y permite circunstancias en las que podemos ejercitarla.
Pedimos fortaleza y aparecen dificultades.
Pedimos humildad y descubrimos nuestras limitaciones.
Pedimos caridad y aparece alguien difícil de amar.
Pedimos desprendimiento y alguna seguridad nuestra comienza a tambalearse.
Pedimos confianza y Dios permite que no tengamos todo bajo control.
No significa que cada dificultad haya sido enviada directamente por Dios para examinarnos.
Significa que Dios puede servirse de todo para hacernos crecer.
La vida misma se convierte así en escuela de virtud.
La gracia no elimina el esfuerzo
A veces imaginamos que, si algo requiere esfuerzo, entonces debe de haber poca gracia.
No es así.
La gracia no vuelve innecesaria nuestra voluntad.
La libera para el bien.
San Pablo lo comprendió perfectamente. Habla continuamente de la gracia de Dios y, al mismo tiempo, utiliza imágenes de combate, carrera, disciplina y perseverancia.
No veía contradicción alguna.
Porque el esfuerzo cristiano no intenta convencer a Dios para que nos conceda su gracia.
Es precisamente al contrario.
Nos esforzamos porque la gracia ya está actuando.
El cristiano no lucha solo.
No intenta trepar hasta Dios agarrándose a sus propias fuerzas.
Dios ha descendido hasta él.
Y desde ahí comienza el camino.
Una vela no navega sin viento
Podemos imaginar nuestra vida espiritual como una embarcación de vela.
El viento no lo producimos nosotros.
No podemos soplar sobre la vela y pretender atravesar el océano.
Pero cuando llega el viento tenemos que desplegar las velas.
La gracia es absolutamente gratuita.
Pero puede encontrarnos con las velas recogidas.
Dios nos concede luces, inspiraciones, oportunidades, sacramentos, personas, circunstancias, llamadas interiores.
Y nosotros podemos responder.
O podemos aplazar.
Podemos cooperar.
O podemos resistir.
Dios respeta de una manera sorprendente nuestra libertad.
Podría doblegarnos.
Prefiere conquistarnos.
Los sacramentos no son magia
Esto ayuda también a comprender mejor la vida sacramental.
Podemos recibir los sacramentos y, sin embargo, aprovechar muy poco sus frutos si nuestra disposición interior permanece cerrada.
No porque el sacramento dependa de nuestros sentimientos.
La gracia sacramental es objetiva.
Pero nuestra cooperación importa.
Pensemos en la confesión.
Podemos acercarnos al sacramento, recibir verdaderamente el perdón de Dios y después no realizar ningún esfuerzo serio por evitar las ocasiones de pecado.
Dios nos ha perdonado.
Pero nosotros apenas hemos empezado a colaborar con esa gracia.
O pensemos en la Eucaristía.
Recibimos al mismo Cristo.
Y, sin embargo, podemos salir de Misa y continuar tratando a las personas exactamente igual que antes.
Cristo se ha entregado.
La pregunta es qué permitimos que haga en nosotros esa entrega.
Los sacramentos no son premios para personas perfectas.
Son alimento para personas en camino.
Pero el alimento hay que dejar que nos transforme.
La gracia necesita espacio
Muchas veces pedimos a Dios que transforme nuestra vida sin dejarle demasiado espacio para hacerlo.
Queremos una relación más profunda con Él, pero nuestra jornada está completamente ocupada.
Queremos escuchar su voz, pero vivimos rodeados permanentemente de ruido.
Queremos discernir su voluntad, pero hemos decidido previamente qué respuesta estamos dispuestos a aceptar.
Queremos que sane determinadas heridas, pero nos aferramos a ellas porque ya forman parte de nuestra manera de explicar nuestra vida.
Queremos libertad, pero conservamos cuidadosamente nuestras cadenas.
No siempre nos falta gracia.
A veces nos falta disponibilidad.
Una de las oraciones más importantes de la vida cristiana puede resumirse en pocas palabras:
«Señor, ¿qué quieres que haga?»
Y después hay que estar dispuesto a escuchar la respuesta.
La voluntad no es enemiga de la espiritualidad
Durante algún tiempo se ha hablado de la voluntad casi con sospecha.
Como si esforzarse perteneciera a una espiritualidad antigua, rígida o poco confiada en Dios.
Pero amar también implica voluntad.
Un matrimonio no permanece unido durante décadas únicamente porque ambos esposos sienten continuamente el mismo entusiasmo del primer día.
Un sacerdote no vive fielmente su ministerio únicamente los días en que experimenta consuelo espiritual.
Una madre no cuida a su hijo de madrugada porque a esas horas tenga una irresistible experiencia sentimental de maternidad.
Hay momentos en que amamos porque queremos amar.
Y eso no hace el amor menos verdadero.
Muchas veces lo hace más verdadero.
La virtud precisamente da estabilidad al bien cuando nuestras emociones cambian.
Por eso la vida cristiana necesita afectos, inteligencia, voluntad, cuerpo, memoria, deseos.
Dios no salva una pequeña parte espiritual de nosotros.
Quiere santificar a la persona entera.
Cuando no sentimos nada
Esto resulta especialmente importante en la oración.
Hay momentos en que rezar resulta fácil.
La presencia de Dios parece cercana. Las palabras salen espontáneamente. Existe consuelo.
Y hay temporadas en que no ocurre nada de eso.
La oración puede resultar seca.
Pesada.
Incluso aburrida.
Entonces aparece la pregunta: «¿Para qué seguir?».
Precisamente ahí puede comenzar una forma más profunda de fidelidad.
Rezamos no solo porque sentimos a Dios.
Rezamos porque Dios es Dios.
Seguimos acudiendo a Él porque creemos que está presente, aunque nuestros sentimientos no nos lo confirmen.
La perseverancia en esos momentos educa la fe.
Y, muchas veces, forma virtudes mucho más profundas que los periodos de entusiasmo.
Dios trabaja lentamente
Nos gustaría observar avances claros.
Antes era impaciente. Ahora soy paciente.
Antes tenía este defecto. Ya no lo tengo.
Antes me costaba rezar. Ahora rezo perfectamente.
La vida real suele ser menos ordenada.
Dios trabaja muchas veces de manera silenciosa.
Quizá continuemos teniendo las mismas tentaciones, pero ahora tardamos menos en rechazarlas.
Tal vez seguimos cayendo, pero nos levantamos antes.
Quizá todavía nos enfadamos, pero ya no conservamos el enfado durante tres días.
A lo mejor seguimos sintiendo rechazo hacia una persona, pero hemos aprendido a no hablar mal de ella.
Puede parecernos poco.
No siempre lo es.
La gracia suele trabajar como trabajan las raíces.
Durante mucho tiempo no vemos nada.
Pero algo está creciendo.
No medir continuamente nuestra santidad
Existe además una tentación muy sutil: observarnos espiritualmente todo el tiempo.
¿Estoy avanzando?
¿Soy mejor que hace seis meses?
¿Tengo más virtudes?
¿Estoy progresando suficientemente?
Podemos terminar tan pendientes de nuestra perfección que olvidemos mirar a Dios.
La santidad no consiste en contemplarnos continuamente para comprobar si ya somos santos.
Consiste en amar.
A Dios.
Y a los demás.
Las virtudes nos ayudan precisamente a salir de nosotros mismos.
El humilde no pasa todo el día comprobando cuánto ha crecido en humildad.
El caritativo no lleva una contabilidad espiritual de sus buenas obras.
El paciente probablemente ni siquiera advierte muchas veces que está siendo paciente.
La virtud comienza a madurar cuando dejamos de contemplarla y empezamos simplemente a vivir el bien.
Dios cuenta también con nuestras caídas
Puede parecer extraño, pero incluso nuestros fracasos pueden convertirse en lugar de gracia.
Una caída puede destruir una imagen demasiado elevada que teníamos de nosotros mismos.
Una debilidad repetida puede enseñarnos a dejar de juzgar con dureza la debilidad de otros.
Una lucha prolongada puede hacernos descubrir que necesitamos verdaderamente los sacramentos.
Una tentación puede mantenernos humildes.
Esto no convierte el pecado en algo bueno.
El mal sigue siendo mal.
Pero Dios es capaz de sacar bien incluso de aquello que nosotros hemos estropeado.
Ahí aparece una de las diferencias más hermosas entre la lógica cristiana y el perfeccionismo.
El perfeccionista dice:
«He fallado. Todo está perdido».
El cristiano dice:
«He fallado. Señor, aquí estoy otra vez».
Y vuelve a comenzar.
Nuestra parte es pequeña, pero es nuestra
Quizá Dios no nos esté pidiendo hoy una transformación heroica.
Tal vez nos pide algo mucho más sencillo.
Callar una palabra.
Cumplir una obligación.
Perdonar una deuda.
Apagar una pantalla.
Entrar cinco minutos antes en una iglesia.
Llamar a alguien.
No responder inmediatamente cuando estamos enfadados.
Terminar aquella tarea.
Hacer una genuflexión con atención.
Confesarnos.
Volver a rezar.
Lo pequeño no es insignificante cuando se entrega a Dios.
Nuestra cooperación con la gracia ocurre casi siempre ahí.
En el siguiente paso.
No necesitamos conocer todo el camino.
Necesitamos dar el paso que tenemos delante.
«Sin mí no podéis hacer nada»
Cristo lo dejó dicho con absoluta claridad.
Sin Él no podemos hacer nada.
No dijo que pudiéramos hacer bastante.
Ni casi todo.
Nada.
Pero tampoco dijo: «Yo lo haré todo mientras vosotros permanecéis inmóviles».
Nos llamó a seguirle.
Y seguir implica caminar.
Ahí se encuentra el equilibrio de la espiritualidad católica.
Ni autosuficiencia.
Ni pasividad.
Ni pensar que la santidad depende de nuestros músculos espirituales.
Ni esperar que Dios haga en nosotros aquello que continuamente nos negamos a consentir.
La gracia siempre va primero.
La gracia acompaña.
La gracia sostiene.
La gracia lleva a término.
Pero nuestra libertad importa.
Muchísimo.
Porque Dios se toma en serio nuestro sí.
Dios no lo hará sin ti
Hay una verdad que debería llenarnos de humildad y, al mismo tiempo, de esperanza.
No podemos santificarnos sin Dios.
Pero Dios ha querido que nuestra libertad forme parte de la historia de nuestra santificación.
Él proporciona la gracia.
Nosotros abrimos la puerta.
Él llama.
Nosotros respondemos.
Él sostiene.
Nosotros caminamos.
Él perdona cuando caemos.
Nosotros nos levantamos.
Y hasta nuestra capacidad para responder es ya, misteriosamente, fruto de su gracia.
La santidad comienza siempre con un don.
Continúa con una respuesta.
Y termina siendo enteramente obra de Dios sin dejar de ser, verdaderamente, nuestra historia.
Quizá por eso los santos son tan distintos entre sí.
La gracia no borra a la persona.
La lleva a su plenitud.
En el próximo artículo comenzaremos a entrar ya en las virtudes concretas. Empezaremos por las cuatro grandes virtudes humanas sobre las que, desde antiguo, se ordenan muchas de las demás: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
Las llamamos virtudes cardinales.
Y comprender por qué reciben ese nombre nos ayudará a descubrir que la santidad tiene mucho que ver con aprender a vivir bien las cosas más ordinarias.
@sacerdosmariae
Imagen: Caravaggio, La vocación de san Mateo (1599-1600), iglesia de San Luis de los Franceses, Roma. Cristo entra en la oscuridad y llama; Mateo, sorprendido, debe responder. La luz viene de fuera de él, pero la decisión tendrá que ser suya. Una magnífica imagen de la gracia de Dios, que toma siempre la iniciativa sin anular la libertad humana.
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