Las virtudes cristianas (VI): La justicia, aprender que no todo me pertenece.
Las virtudes cristianas (VI): La justicia, aprender que no todo me pertenece
Hay una manera bastante sencilla de descubrir si hemos empezado a comprender la justicia.
Consiste en reconocer que no todo lo que está a nuestro alcance nos pertenece.
Puedo tener delante el tiempo de otra persona, pero ese tiempo no es mío.
Puedo conocer un defecto suyo, pero su fama no me pertenece.
Puedo tener autoridad sobre alguien, pero eso no convierte su dignidad en propiedad mía.
Puedo deber dinero y conservarlo todavía en mi cuenta, pero ese dinero ya no es verdaderamente mío.
Puedo haber recibido un favor que nadie me obliga jurídicamente a devolver, y sin embargo existe una deuda de gratitud.
Y puedo disponer de veinticuatro horas cada día, pero tampoco todas ellas me pertenecen de la misma manera, porque hay un tiempo que debo a mis obligaciones, otro a quienes me han sido confiados y, de una forma muy especial, un lugar que corresponde a Dios.
La justicia comienza cuando dejamos de mirar el mundo únicamente desde la pregunta:
«¿Qué quiero?»
y empezamos a preguntarnos:
«¿Qué debo?»
No parece una pregunta especialmente moderna.
Pero quizá precisamente por eso la necesitamos tanto.
La justicia no empieza en un juzgado
Cuando escuchamos la palabra «justicia» pensamos fácilmente en jueces, abogados, leyes, sentencias o tribunales.
Todo eso pertenece, naturalmente, al ámbito de la justicia.
Pero la virtud de la justicia empieza mucho antes.
Empieza cuando devolvemos lo que nos han prestado.
Cuando pagamos lo que debemos.
Cuando llegamos a la hora que hemos acordado.
Cuando reconocemos el mérito de otro.
Cuando cumplimos una promesa.
Cuando no utilizamos una información privada para perjudicar a alguien.
Cuando respetamos una fila.
Cuando hacemos nuestro trabajo aunque nadie esté vigilando.
Cuando no nos apropiamos del esfuerzo ajeno.
La mayor parte de nuestras oportunidades para practicar la justicia no tienen toga, martillo ni sala de vistas.
Tienen forma de vida cotidiana.
Dar a cada uno lo suyo
La definición clásica de la justicia es breve:
dar a cada uno lo que le corresponde.
El Catecismo habla de una «constante y firme voluntad» de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.
Cada palabra importa.
No habla de un gesto ocasional.
Habla de una voluntad estable.
Una persona puede realizar un acto justo una vez y no ser todavía verdaderamente justa.
La virtud aparece cuando existe en nosotros una disposición habitual a reconocer los derechos de los demás y respetarlos.
No porque nos caigan bien.
No porque nos lo agradezcan.
No porque obtengamos algo a cambio.
Sino porque es justo.
Y aquí encontramos una diferencia fundamental entre la justicia y la simpatía.
La justicia comienza precisamente cuando el otro no me cae bien
Es relativamente fácil tratar bien a las personas que queremos.
El verdadero examen llega con quienes no nos agradan.
Una persona tiene derecho a que no mintamos sobre ella aunque nos resulte insoportable.
Tiene derecho a recibir lo que le debemos aunque nos haya decepcionado.
Tiene derecho a que respetemos su buena fama aunque estemos enfadados.
Tiene derecho a una valoración justa de su trabajo aunque no compartamos prácticamente ninguna de sus opiniones.
La justicia introduce una objetividad saludable en nuestras relaciones.
Nos dice:
«El valor de esta persona no depende de lo que tú sientas por ella».
Y eso nos libera de una forma muy peligrosa de arbitrariedad.
Si solo tratáramos justamente a quienes nos agradan, la justicia se convertiría en una prolongación de nuestros gustos.
Hay cosas que dejan de ser nuestras antes de entregarlas
Imaginemos que debemos cien euros a alguien.
Los cien euros continúan físicamente en nuestra cartera o en nuestra cuenta bancaria.
Podemos gastarlos.
Pero moralmente existe ya sobre ellos una obligación.
Algo semejante ocurre con muchas realidades.
Si he prometido estar en un lugar a una hora, una parte de mi tiempo ya no me pertenece de la misma manera.
Si he aceptado un trabajo, determinadas horas de mi jornada están comprometidas.
Si una persona me ha confiado un secreto legítimo, no puedo disponer de esa información como si fuera mía.
Si he asumido libremente una responsabilidad, ya no puedo organizar todo según lo que me resulte más cómodo.
La justicia convierte muchas cosas aparentemente «mías» en realidades debidas.
Y esto supone una verdadera educación de la libertad.
Ser libre no significa poder disponer de todo.
También significa ser capaz de reconocer:
«Esto no me pertenece».
El tiempo también puede robarse
Cuando pensamos en robo imaginamos objetos.
Pero existe una forma de apropiación bastante menos visible: utilizar sistemáticamente el tiempo de los demás como si careciera de valor.
La impuntualidad habitual puede contener una pequeña injusticia.
No toda tardanza, naturalmente. Hay imprevistos.
Pero quien llega constantemente tarde porque considera normal que diez personas esperen mientras él termina tranquilamente sus cosas está haciendo una declaración implícita:
«Mi tiempo vale más que el vuestro».
También hacemos perder tiempo cuando obligamos a otros a reparar continuamente nuestra falta de organización.
Cuando no preparamos aquello que nos correspondía y trasladamos el problema al resto.
Cuando convocamos a personas innecesariamente.
Cuando prolongamos una conversación que sabemos que el otro necesita terminar.
Cuando encargamos algo con urgencia únicamente porque nosotros lo hemos dejado para el último momento.
No todas estas cosas poseen la misma gravedad.
Pero muestran que la justicia puede esconderse en lugares muy pequeños.
Y quizá por eso necesitamos encontrarla ahí.
La fama de una persona tampoco nos pertenece
Hay otra propiedad ajena que manipulamos con sorprendente facilidad:
la reputación.
Una persona posee derecho a su buena fama.
Eso no significa ocultar delitos, mentir sobre hechos graves o impedir que quienes deben conocer una conducta la conozcan.
La justicia no exige complicidad.
Pero existe una distancia enorme entre comunicar legítimamente algo a quien debe saberlo y convertir los defectos de una persona en material de conversación.
El Catecismo es particularmente serio al hablar del juicio temerario, la maledicencia y la calumnia.
Y tiene sentido.
Podemos devolver dinero.
Podemos reparar un objeto.
Pero ¿cómo devolvemos exactamente una fama destruida?
Una frase puede viajar muchísimo más lejos que nuestra posterior rectificación.
Por eso existe una pregunta de justicia muy sencilla antes de contar algo negativo:
«¿Esta persona tiene derecho a que yo calle esto?»
No solamente:
«¿Es verdad?».
Porque hay verdades que no nos pertenecen para distribuirlas.
«Pero es verdad»
Es una de las defensas favoritas de la murmuración.
«Yo no he mentido».
Puede ser cierto.
Pero la verdad no concede automáticamente derecho a divulgarla.
Si conocemos una enfermedad íntima de alguien, puede ser verdad.
Si sabemos que un matrimonio atraviesa una crisis, puede ser verdad.
Si conocemos una humillación del pasado de una persona, puede ser verdad.
La cuestión no es únicamente la verdad material de la información.
La cuestión es:
¿me corresponde comunicarla?
La justicia no solo gobierna lo que decimos.
También gobierna nuestro derecho a decirlo.
Y en una época en la que cualquier cosa puede transformarse en captura de pantalla, reenvío o publicación, esta virtud se ha vuelto especialmente urgente.
Juzgar hechos no significa poseer las intenciones
También podemos cometer una pequeña injusticia cuando convertimos nuestras interpretaciones en certezas.
Podemos conocer un hecho.
Pero no siempre conocemos el corazón.
«Ha hecho esto porque quiere llamar la atención».
«Lo ha dicho por envidia».
«Seguro que pretende aprovecharse».
Tal vez.
O quizá no.
Podemos juzgar prudentemente conductas objetivas cuando corresponde. Incluso debemos hacerlo en muchas ocasiones.
Pero atribuir intenciones ocultas sin fundamento suficiente supone apropiarnos de una información que no poseemos.
Solo Dios conoce completamente el interior de una persona.
La justicia también sabe decir:
«No lo sé».
Tres palabras extraordinariamente útiles para la vida espiritual.
La justicia en el trabajo
Pocas cosas revelan tanto una sociedad como su manera de entender el trabajo.
El trabajador debe un trabajo honrado.
El empleador debe unas condiciones y una remuneración justas.
La justicia funciona en ambas direcciones.
Cobrar por horas que deliberadamente no trabajamos puede ser injusto.
Exigir sistemáticamente un trabajo que no corresponde o aprovechar la necesidad del trabajador también.
No basta cumplir escrupulosamente una legalidad mínima cuando sabemos que estamos explotando una posición de superioridad.
Y tampoco basta exigir nuestros derechos olvidando voluntariamente nuestras obligaciones.
La Doctrina Social de la Iglesia ha insistido muchísimo en esta reciprocidad.
La persona nunca puede reducirse a instrumento de producción.
Pero precisamente por ser persona también es sujeto responsable de aquello que libremente ha asumido.
La justicia no divide el mundo entre quienes tienen derechos y quienes tienen deberes.
Todos tenemos ambas cosas.
Lo que hacemos cuando nadie mira
Una de las pruebas más interesantes de la justicia aparece cuando sería muy fácil incumplir.
Nadie comprobará si he dedicado realmente el tiempo por el que me pagan.
Nadie sabrá que esa factura contiene algo que no corresponde.
Nadie descubrirá que me he llevado un objeto pequeño.
La cantidad es insignificante.
La empresa es enorme.
«No le hace daño a nadie».
Es curioso lo fácilmente que nuestra conciencia aprende matemáticas cuando queremos justificar una pequeña apropiación.
La justicia no depende de la probabilidad de que nos descubran.
Hay actos que dejan de ser injustos cuando nadie los ve.
Exactamente ninguno.
La deuda tiene memoria
Vivimos en una cultura donde reclamar un derecho resulta natural y recordar una deuda bastante menos agradable.
Pero la persona justa posee memoria.
Recuerda lo recibido.
Recuerda lo prometido.
Recuerda a quienes la ayudaron.
Recuerda que hay favores que quizá nunca puedan devolverse exactamente, pero sí agradecerse.
La gratitud no pertenece estrictamente en todos sus aspectos a la misma clase de deuda que un préstamo económico, pero revela una forma hermosa de justicia.
Hay personas que avanzan por la vida como si todo lo conseguido hubiera nacido espontáneamente alrededor de ellas.
No recuerdan maestros.
No recuerdan padres.
No recuerdan amigos.
No recuerdan oportunidades.
No recuerdan a quien abrió una puerta.
El ingrato contempla su historia y solo ve su propio esfuerzo.
La persona agradecida ve también las manos que Dios puso en el camino.
Los padres reciben una deuda que nunca se salda con dinero
La justicia alcanza de manera especial nuestras relaciones familiares.
Honrar al padre y a la madre no significa declarar perfecta toda conducta paterna ni negar situaciones familiares dolorosas o incluso gravemente injustas.
Pero expresa una verdad profunda.
Hemos recibido la vida.
Ninguno de nosotros se la dio a sí mismo.
Y, normalmente, hemos recibido además años de cuidado que jamás podremos calcular en términos económicos.
No devolvemos literalmente aquello que recibimos.
Pero la gratitud, la atención, el acompañamiento en la ancianidad y el respeto pertenecen a una respuesta profundamente humana y cristiana.
También aquí la justicia nos saca de una lógica puramente contractual.
Hay deudas que no caben en una factura.
También debemos algo a quienes vendrán después
La justicia no mira solamente a las personas que tenemos delante.
Existe una responsabilidad hacia las generaciones futuras.
Lo que hacemos hoy con los bienes, las instituciones, la cultura, el patrimonio, la naturaleza o la vida social condiciona a personas que todavía no han nacido.
No somos propietarios absolutos del mundo.
Somos también administradores.
Esta mirada resulta profundamente cristiana.
Hemos recibido.
Custodiamos.
Transmitimos.
La Tradición misma funciona de algún modo según esta lógica.
Recibimos un tesoro que no hemos fabricado y tenemos responsabilidad de entregarlo sin mutilarlo a quienes vienen detrás.
No todo legado debe conservarse simplemente por antiguo.
Pero tampoco tenemos derecho a devastarlo todo como si el mundo hubiera comenzado con nosotros.
La justicia sabe recibir una herencia.
Y sabe entregarla.
Una de las injusticias más discretas: apropiarnos del mérito
Hay personas que roban cosas.
Y otras que roban frases.
Ideas.
Trabajos.
Méritos.
Una aportación ajena desaparece misteriosamente cuando llega el momento de contar quién consiguió un resultado.
La justicia sabe decir:
«Esto lo hizo él».
«Esta idea fue suya».
«Yo no habría podido hacerlo sin ella».
Reconocer el mérito ajeno no nos empequeñece.
Solo nos parece una amenaza cuando necesitamos que todos los éxitos tengan siempre nuestra firma.
La humildad y la justicia se llevan bastante bien.
Las dos aceptan la verdad.
Y saber reconocer una culpa
La misma justicia que atribuye correctamente los méritos debe atribuir también las responsabilidades.
Hay un mecanismo humano muy antiguo.
Cuando algo sale bien:
«Lo hemos conseguido».
Cuando sale mal:
«Me han fallado».
Siempre aparece una explicación externa.
El carácter del otro.
La falta de tiempo.
Las circunstancias.
La información que no recibimos.
Quizá todo eso haya influido.
Pero la justicia pregunta también:
«¿Qué parte me corresponde?»
Aceptar una responsabilidad no significa asumir culpas que no son nuestras.
Eso tampoco sería justo.
Significa no descargar en otros aquello que sí nos pertenece.
Pedir perdón puede no ser suficiente
Aquí entramos en una cuestión importante.
Cuando una injusticia ha producido un daño, el arrepentimiento exige, en la medida de lo posible, reparación.
Si he robado, no basta sentirme profundamente arrepentido mientras conservo tranquilamente lo robado.
Si he difamado, tendré que intentar reparar la fama perjudicada.
Si he provocado una pérdida por una conducta culpable, puede existir obligación de compensarla.
Si he engañado, quizá haya consecuencias que deba asumir.
El perdón sacramental es verdadero.
La misericordia de Dios es inmensa.
Pero el perdón no transforma mágicamente una injusticia en inexistente.
Zaqueo lo entendió perfectamente cuando el encuentro con Cristo produjo en él inmediatamente el deseo de restituir.
La conversión toca también nuestros bolsillos.
Y a veces eso demuestra que ha llegado bastante profundo.
Restituir cuesta porque convierte el arrepentimiento en realidad
Resulta relativamente sencillo lamentar un error pasado.
Más difícil es aceptar que repararlo puede costarnos algo hoy.
Dinero.
Prestigio.
Tiempo.
Una conversación incómoda.
Reconocer públicamente que nos equivocamos.
Devolver algo.
Rectificar una acusación.
La reparación tiene una propiedad espiritual muy saludable:
impide que el arrepentimiento se quede únicamente en sentimiento.
Lo convierte en acción.
No siempre podemos reparar completamente.
Hay daños irreversibles.
Entonces hacemos aquello que razonablemente está en nuestra mano y confiamos lo demás a la misericordia de Dios.
Pero la imposibilidad de reparar todo no nos dispensa de reparar lo posible.
La justicia y la misericordia no son enemigas
A veces hablamos como si hubiera que elegir.
Justicia o misericordia.
Como si la persona justa fuese fría y la misericordiosa simplemente ignorara lo ocurrido.
Desde una perspectiva cristiana, la oposición es falsa.
La misericordia no llama bueno al mal.
Cristo perdona el pecado precisamente porque el pecado existe.
La cruz muestra simultáneamente la gravedad del mal y la inmensidad del amor de Dios.
La misericordia va más allá de una justicia estrictamente entendida, pero no convierte la injusticia en virtud.
Perdonar una deuda propia puede ser misericordia.
Perdonar alegremente una deuda que pertenece a otra persona es bastante más problemático.
Es muy fácil ser generoso con lo ajeno.
Por eso incluso la misericordia necesita justicia.
No podemos regalar lo que pertenece a otro
Imaginemos que alguien nos debe cien euros y decidimos perdonarle la deuda.
Puede ser un acto generoso.
Ahora imaginemos que esos cien euros no son nuestros.
Pertenecen a otra persona.
No podemos alcanzar la santidad regalando su dinero.
Parece evidente.
Pero este principio tiene muchas aplicaciones.
No podemos quedar como personas comprensivas haciendo cargar a un tercero con las consecuencias de nuestra comprensión.
No podemos tolerar una conducta injusta hacia alguien y llamarlo misericordia porque a nosotros no nos afecta.
No podemos exigir siempre a la víctima que renuncie a todo para que nosotros podamos sentir que hemos solucionado pacíficamente el problema.
La paz verdadera necesita verdad y justicia.
De lo contrario, muchas veces solo hemos conseguido silencio.
Antes de la caridad está la justicia
Hay una frase clásica en la Doctrina Social de la Iglesia que conviene recordar en su sentido profundo:
no podemos ofrecer como caridad aquello que ya debemos por justicia.
Dar una limosna puede ser magnífico.
Pero pagar un salario justo no es limosna.
Es obligación.
Tratar dignamente a una persona no es una extraordinaria obra de generosidad.
Es justicia.
Cumplir una promesa tampoco.
Devolver lo prestado tampoco.
Hay personas que quieren practicar virtudes heroicas mientras dejan sin resolver pequeñas deudas ordinarias.
Resulta espiritualmente más vistoso financiar una gran causa que devolver veinte euros pendientes desde hace seis meses.
Pero Dios no se deja impresionar fácilmente por nuestra contabilidad creativa.
A veces el camino hacia una gran caridad empieza simplemente pagando lo que debemos.
La justicia también pone límites
La persona justa no solamente entrega.
También sabe no permitir determinadas cosas.
Tenemos deberes hacia nosotros mismos y hacia quienes dependen de nosotros.
No estamos obligados a satisfacer cualquier exigencia que otro formule.
Decir «no» puede ser perfectamente justo.
Un padre que nunca pone límites a un hijo no necesariamente lo ama mejor.
Un superior que tolera sistemáticamente una conducta que perjudica a todos puede estar faltando a la justicia hacia el resto.
Una persona que permite indefinidamente que alguien abuse de ella quizá necesite aprender que la caridad cristiana no exige convertirse voluntariamente en instrumento de la injusticia ajena.
La mansedumbre no es servilismo.
El perdón no elimina necesariamente las consecuencias.
Y poner un límite puede ser una forma de caridad.
La justicia comienza por la verdad
No puede haber justicia sólida cuando manipulamos los hechos.
Por eso la mentira posee tanta capacidad destructiva.
Si ocultamos información relevante, alteramos pruebas, deformamos palabras o presentamos solo la parte que nos favorece, hacemos imposible un juicio justo.
Esto tiene una aplicación muy concreta en nuestras discusiones.
Especialmente en internet.
Es sorprendentemente fácil recortar una frase de alguien hasta conseguir que diga prácticamente lo contrario de lo que pretendía.
O mostrar una captura sin contexto.
O presentar la excepción como si fuera la norma.
O utilizar un error verdadero para construir una caricatura falsa de toda una persona.
Podemos ganar una discusión.
Pero la justicia no pregunta solamente quién ganó.
Pregunta si hemos tratado justamente al adversario.
El adversario también tiene derecho a ser citado correctamente
Esta debería ser una pequeña norma moral para cualquier debate.
No atribuir al otro aquello que no ha dicho.
No escoger deliberadamente la interpretación más absurda cuando existe una lectura razonable.
No esconder un dato que sabemos que cambia sustancialmente la cuestión.
No fingir ignorancia de una rectificación.
No mantener una acusación después de saber que era falsa.
La justicia intelectual existe.
Y resulta especialmente necesaria cuando estamos convencidos de defender una causa verdadera.
Porque aparece una tentación peligrosa:
«Como yo defiendo el bien, cualquier arma contra el adversario queda santificada».
No.
La verdad no necesita mentira para defenderse.
Dios también recibe lo suyo
Hasta ahora hemos hablado principalmente de la justicia hacia el prójimo.
Pero el Catecismo comienza de una manera que puede sorprender a nuestra mentalidad moderna:
la justicia consiste en dar a Dios y al prójimo lo que les es debido.
¿Qué podemos deber a Dios?
Él no necesita nada.
No aumentamos su gloria esencial con nuestras oraciones.
No le hacemos un favor asistiendo a Misa.
No alimentamos una carencia divina mediante nuestra adoración.
Y, sin embargo, precisamente porque Dios es Dios, le corresponde nuestro reconocimiento.
Adorar es justicia.
Dar gracias es justicia.
Reconocer nuestra dependencia radical de Él pertenece al orden verdadero de las cosas.
La tradición llama religión a la virtud vinculada a esta justicia hacia Dios.
La oración no es solamente para cuando la necesitamos
Aquí encontramos una consecuencia importante.
Si rezamos únicamente cuando necesitamos algo, quizá todavía comprendemos la oración principalmente desde nosotros mismos.
Tengo un problema.
Pido.
Tengo miedo.
Rezo.
Necesito consuelo.
Busco a Dios.
Todo eso es legítimo.
Pero existe una oración más profunda.
La que dice:
«Señor, aunque hoy no necesite pedirte nada concreto, Tú sigues siendo Dios».
Adorar.
Alabar.
Dar gracias.
Reconocer.
La liturgia educa precisamente esta dimensión.
No acudimos a la Eucaristía únicamente para recibir algo que nos haga sentir mejor.
Vamos también porque Dios merece culto.
La obligación dominical no nace de una arbitrariedad eclesiástica semejante a pasar lista.
Protege una verdad antropológica y teológica:
el hombre necesita reconocer que no es Dios.
El domingo pone las cosas en su sitio
Durante seis días hacemos.
Producimos.
Compramos.
Organizamos.
Decidimos.
Trabajamos.
Y llega un día que nos recuerda:
el mundo continúa existiendo aunque tú pares.
Es una lección magnífica de humildad.
Santificar el domingo reconoce la primacía de Dios.
Y reconoce también la dignidad humana.
No somos máquinas de producción.
Necesitamos culto.
Descanso.
Familia.
Comunidad.
Tiempo que no se mida únicamente por rentabilidad.
La justicia hacia Dios termina protegiendo también al hombre.
No es extraño.
Cuando Dios ocupa su lugar, las criaturas recuperan mejor el suyo.
La idolatría es siempre una injusticia
Si solo Dios merece adoración, convertir cualquier realidad creada en absoluta altera el orden.
Dinero.
Poder.
Éxito.
Ideología.
Placer.
Incluso una persona.
Todo ídolo exige finalmente más de lo que puede dar.
La justicia hacia Dios nos libera precisamente porque pone límite a todas las cosas creadas.
Ningún gobernante es Dios.
Ningún partido es Dios.
Ninguna nación es Dios.
Ningún proyecto profesional es Dios.
Ninguna relación humana es Dios.
Y tampoco nosotros.
Quizá una de las mayores obras de justicia que podemos realizar cada mañana sea recordar quién es Dios y quién no lo es.
Una sociedad también puede ser injusta
La justicia no es solamente individual.
Las estructuras, leyes e instituciones pueden favorecer o perjudicar el reconocimiento de lo que corresponde a cada persona.
Por eso la Iglesia habla también de justicia social.
Una sociedad justa debe crear condiciones que permitan a las personas y grupos recibir aquello que corresponde a su dignidad y vocación.
Aquí entran cuestiones enormes:
trabajo.
vivienda.
educación.
familia.
protección de los vulnerables.
libertad religiosa.
acceso a bienes esenciales.
bien común.
No todo problema social tiene una solución sencilla.
Y los católicos pueden discrepar legítimamente sobre muchas medidas concretas.
La prudencia política existe precisamente porque los principios deben convertirse en decisiones.
Pero la existencia de desacuerdos prudenciales no elimina los principios.
La dignidad humana no depende de encuestas.
La justicia empieza especialmente por el débil
Hay una razón sencilla.
Quien tiene poder suele poseer instrumentos para defender sus derechos.
El débil, muchas veces, no.
Por eso la Escritura insiste continuamente en la viuda, el huérfano, el extranjero, el pobre.
No porque las demás personas carezcan de derechos.
Sino porque existe una especial facilidad para ignorar los derechos de quien no puede hacernos pagar el precio de haberlos ignorado.
Podemos medir bastante bien nuestra justicia observando cómo tratamos a quienes no pueden ofrecernos nada.
Quien tiene poder sobre nosotros recibe fácilmente cortesía.
Quien no puede favorecer nuestra carrera revela mejor quiénes somos.
La justicia necesita ojos antes que balanza
Las representaciones tradicionales de la justicia suelen incluir una balanza.
Tiene sentido.
Hay que ponderar.
Pero antes de pesar hay que ver.
Ver al otro.
Ver sus derechos.
Ver aquello que hemos recibido.
Ver la deuda.
Ver las consecuencias de nuestras acciones.
Muchísimas injusticias comienzan con una forma de ceguera voluntaria.
«No es para tanto».
«Todo el mundo lo hace».
«Ya se apañará».
«La empresa puede asumirlo».
«Seguro que no le importa».
Son maneras de conseguir que desaparezca de nuestra vista aquel a quien debemos algo.
La virtud devuelve rostro a las obligaciones.
El examen de conciencia de la justicia
Podemos terminar con algunas preguntas.
No para contestarlas todas de una vez, sino para dejar que alguna nos acompañe.
¿Debo algo que llevo demasiado tiempo retrasando?
¿Tengo algo prestado que debería devolver?
¿Hago perder habitualmente el tiempo a otras personas por falta de orden?
¿Cumplo razonablemente las obligaciones por las que recibo una remuneración?
¿He utilizado información privada que no me correspondía divulgar?
¿He perjudicado la fama de alguien?
¿He atribuido intenciones sin fundamento?
¿Reconozco el trabajo y los méritos ajenos?
¿Hay algún error por el que debería asumir mi parte de responsabilidad?
¿He pedido perdón sin reparar un daño que sí podría reparar?
¿Estoy exigiendo a otra persona que renuncie a algo que legítimamente le corresponde para evitarme a mí un problema?
¿Doy a Dios el lugar que le corresponde?
¿La oración y la Eucaristía son para mí solamente cosas que hago cuando «me vienen bien»?
¿Existe alguna realidad creada que haya ido ocupando prácticamente el lugar de Dios?
Son preguntas concretas.
La justicia también lo es.
Una virtud que ordena el mundo alrededor de nosotros
La justicia tiene algo profundamente hermoso.
Hace que las personas puedan confiar unas en otras.
Sé que cumplirás tu palabra.
Sé que no utilizarás contra mí aquello que te he confiado.
Sé que harás tu parte.
Sé que devolverás lo prestado.
Sé que, aunque discutamos, no inventarás cosas sobre mí.
Sé que reconocerás un error.
Sé que no necesitas perjudicarme para quedar por encima.
Una persona justa genera alrededor de sí una pequeña zona de seguridad moral.
Se puede vivir cerca de ella.
No porque nunca se equivoque.
Sino porque intenta dar a cada uno lo que corresponde.
Y cuando falla, repara.
La justicia nos saca del centro
Quizá aquí encontramos el corazón de esta virtud.
El egoísmo mira la realidad y pregunta:
«¿Qué puedo sacar de aquí?».
La justicia mira y pregunta:
«¿Qué me corresponde dar?»
Eso cambia muchas cosas.
Ya no soy el único centro de derechos alrededor del cual giran los deberes de los demás.
El otro también existe.
Tiene dignidad.
Tiene bienes.
Tiene tiempo.
Tiene una historia.
Tiene fama.
Tiene derechos.
Y Dios existe.
Y también Él tiene derecho a ocupar en mi vida el lugar de Dios.
La justicia comienza cuando aceptamos que la realidad no nació para servirnos.
Y precisamente entonces empezamos a vivir de una manera mucho más humana.
Ser justo no consiste únicamente en no robar.
Es aprender a caminar por el mundo sin apropiarnos de lo que pertenece a los demás.
Ni sus cosas.
Ni su tiempo.
Ni su fama.
Ni su libertad.
Ni sus méritos.
Ni su dignidad.
Y tampoco apropiarnos del lugar que solo corresponde a Dios.
Eso exige atención.
Constancia.
Conversión.
Y, como todas las virtudes, gracia.
En el próximo artículo hablaremos de la tercera virtud cardinal:
la fortaleza.
Porque descubrir lo que es justo no garantiza que vayamos a hacerlo.
A veces sabemos perfectamente cuál es el bien.
El problema es que cuesta.
Y entonces necesitamos aprender algo decisivo:
permanecer en el bien cuando el bien empieza a doler.
@sacerdosmariae
Imagen: Giotto di Bondone, La Justicia (1306), Capilla de los Scrovegni, Padua. La figura forma parte del célebre ciclo de Virtudes y Vicios pintado por Giotto. Sentada con serenidad y asociada al equilibrio y al buen orden de la convivencia, recuerda que la justicia no consiste simplemente en castigar el mal, sino en establecer relaciones en las que cada uno recibe aquello que legítimamente le corresponde.

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