No podemos quedarnos en el Tabor, pero podemos vivir desde el Tabor


No podemos quedarnos en el Tabor, pero podemos vivir desde el Tabor

Hay momentos en los que desearíamos detener el tiempo. Instantes de luz en los que todo parece colocarse en su sitio, el corazón descansa y la presencia de Dios se hace especialmente cercana. Entonces comprendemos bien la reacción de Pedro en el monte de la Transfiguración:

«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas» (Mt 17,4).

Pedro no quiere marcharse. Desea prolongar aquel momento, conservar aquella luz y protegerse de todo lo que espera al pie de la montaña. Su reacción es profundamente humana. También nosotros quisiéramos, algunas veces, quedarnos en aquellos lugares interiores donde todo parece sencillo, donde la fe no encuentra resistencia y donde la oración proporciona consuelo.

Sin embargo, Jesús no permite que sus discípulos se instalen en el Tabor. Los hace bajar del monte.

La experiencia de la Transfiguración no se les concede para alejarlos de la realidad, sino para prepararlos para atravesarla. Muy pronto tendrán que contemplar otro rostro de Cristo: no ya resplandeciente como el sol, sino desfigurado por el sufrimiento; no revestido de luz, sino cubierto de sangre; no acompañado por Moisés y Elías, sino crucificado entre dos malhechores.

El Tabor prepara para el Calvario.

La luz de la Transfiguración no evita la Pasión, pero permite comprender que el Crucificado sigue siendo el Hijo amado del Padre. Quien ha contemplado la gloria de Cristo podrá reconocerlo después bajo la apariencia del fracaso. Quien ha escuchado la voz del Padre podrá permanecer fiel cuando todas las demás voces parezcan decir que Dios ha abandonado a su Hijo.

Por eso necesitamos subir al Tabor. Necesitamos momentos de silencio, de oración, de retiro interior y de escucha. No podemos vivir constantemente sometidos al ruido, a la prisa, a las obligaciones y a las preocupaciones. El alma necesita detenerse ante Dios para recordar quién es Él y quiénes somos nosotros.

Pero subir al Tabor no significa huir del mundo.

La oración cristiana no es una evasión. No consiste en encerrarnos en una experiencia agradable mientras los demás continúan enfrentándose a sus dificultades. Tampoco es una especie de anestesia espiritual destinada a evitar el dolor, los conflictos o las responsabilidades. La oración verdadera nos introduce más profundamente en la realidad, porque nos enseña a contemplarla con la mirada de Cristo.

Subimos al monte para poder bajar de otro modo.

Quizá, cuando regresemos a la vida cotidiana, las cosas sigan siendo las mismas. Los problemas no habrán desaparecido. Las personas difíciles continuarán siendo difíciles. Las heridas seguirán necesitando tiempo. Las responsabilidades permanecerán esperándonos. La oración no hace magia ni convierte la vida en un camino sin cruz.

Lo que puede cambiar es nuestra manera de mirar.

Quien ha contemplado al Señor comprende que ninguna oscuridad tiene la última palabra. Quien ha escuchado su voz aprende a no juzgar los acontecimientos solamente por su apariencia inmediata. Quien se ha dejado alcanzar por la luz de Cristo puede llevar esa luz a los lugares donde parece que Dios está ausente.

El cristiano no sube al monte para olvidar el mundo, sino para aprender a mirarlo con la luz de Cristo.

En el centro del relato de la Transfiguración no está solamente lo que los discípulos ven, sino también lo que escuchan:

«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17,5).

El Padre no invita a Pedro, Santiago y Juan a buscar experiencias extraordinarias. Les pide algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más exigente: escuchar a Jesús.

Escucharlo cuando sus palabras nos consuelan, pero también cuando nos corrigen. Escucharlo cuando confirma nuestros deseos, pero también cuando nos pide renunciar a ellos. Escucharlo cuando nos habla de vida y de resurrección, pero también cuando nos anuncia la cruz, el servicio y la entrega de nosotros mismos.

La verdadera espiritualidad no consiste en acumular emociones religiosas. Tampoco en buscar constantemente novedades, signos o experiencias llamativas. Consiste en poner a Cristo en el centro y permitir que su palabra ilumine, purifique y ordene nuestra vida.

Podemos tener momentos de gran fervor y continuar viviendo encerrados en nosotros mismos. Podemos sentir consuelo en la oración y seguir tratando mal a quienes nos rodean. Podemos hablar mucho de Dios y no permitirle que toque nuestras decisiones, nuestras heridas o nuestros egoísmos.

El Tabor auténtico conduce siempre a la obediencia y a la caridad.

Cuando termina la visión, los discípulos levantan los ojos y ya no ven a nadie, «sino solo a Jesús» (Mt 17,8). Esa expresión resume también el camino de la vida espiritual. Al principio pueden ayudarnos muchas cosas: determinadas devociones, lecturas, lugares, imágenes, sentimientos o personas. Todo ello puede ser bueno. Pero, poco a poco, Dios va simplificando el corazón para que aprendamos a buscar solamente a Jesús.

Solo Jesús cuando hay luz y cuando hay oscuridad.

Solo Jesús cuando sentimos su cercanía y cuando parece guardar silencio.

Solo Jesús en la oración y en el trabajo.

Solo Jesús en la celebración y en la enfermedad.

Solo Jesús en los momentos de entusiasmo y en la fidelidad humilde de cada día.

No podemos permanecer siempre en el Tabor. La vida cristiana se desarrolla, ordinariamente, en el llano: entre obligaciones, cansancios, encuentros, decepciones, trabajos y cruces. Allí se verifica la autenticidad de lo que hemos vivido en la oración.

Pero, aunque no podamos quedarnos en el Tabor, sí podemos vivir desde el Tabor.

Podemos conservar en el corazón la certeza de que Cristo es el Hijo amado. Podemos recordar que la luz contemplada en el monte es más verdadera que todas las oscuridades. Podemos escuchar su palabra en medio del ruido. Podemos descubrir su presencia escondida en cada persona y en cada acontecimiento.

Llegará el momento de bajar. Siempre llega.

Habrá que regresar a las tareas, a los compromisos, a los enfermos, a los problemas y a las personas que Dios ha puesto en nuestro camino. Pero no regresaremos solos. La luz de Cristo permanecerá con nosotros, quizá no como una emoción sensible, pero sí como una certeza profunda.

La Transfiguración nos enseña que la gloria de Dios no nos aparta de la cruz, sino que nos permite atravesarla con esperanza. Y que quien ha visto, aunque sea por un instante, el rostro luminoso de Cristo puede aprender a reconocerlo también en los rostros heridos de los hombres.

No podemos levantar tres tiendas y detener el tiempo. Pero podemos guardar la luz recibida y llevarla con nosotros.

Porque el mundo no necesita cristianos instalados en la montaña. Necesita discípulos que hayan contemplado a Cristo y estén dispuestos a bajar para servir.

@SacerdosMariae

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