Las Hermanitas de Requena: martirio, humanidad y perdón en medio de la persecución religiosa

Las Hermanitas de Requena: martirio, humanidad y perdón en medio de la persecución religiosa

Beata Josefa de San Juan de Dios Ruano García (1854-1936), superiora de la comunidad de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Requena. Fue asesinada cerca de Buñol el 8 de septiembre de 1936 y beatificada por san Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001.

Beata María Dolores de Santa Eulalia Puig Bonany (1857-1936), Hermanita de los Ancianos Desamparados de la comunidad de Requena. Compartió el martirio de sor Josefa el 8 de septiembre de 1936 y fue beatificada junto a ella en 2001.

Vicente Furriol Ibáñez, alcalde de Buñol durante la Guerra Civil. Tras conocer que tres religiosas habían sido tiroteadas en las proximidades de Buñol, acudió al lugar, encontró con vida a sor Gregoria y dispuso su traslado al hospital. Su actuación constituye un ejemplo notable de humanidad y defensa de la vida por encima de las diferencias políticas y religiosas.

El 8 de septiembre de 1936, en plena persecución religiosa, dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados fueron asesinadas cerca de Buñol. Una tercera religiosa, mucho más joven, sobrevivió gravemente herida.

La historia reúne algunos de los aspectos más dramáticos de aquellos meses: persecución por motivos religiosos, muerte, miedo y violencia. Pero contiene también gestos de humanidad que merecen ser recordados precisamente porque se produjeron en circunstancias en las que resultaba muy fácil dejarse dominar por el odio.

Las Hermanitas de Requena

Las Hermanitas de los Ancianos Desamparados atendían en Requena una casa dedicada al cuidado de los ancianos.

Entre ellas se encontraban sor Josefa de San Juan de Dios Ruano García, superiora de la comunidad; sor María Dolores de Santa Eulalia Puig Bonany; y una religiosa bastante más joven, sor Gregoria de los Santos Inocentes Pérez Mateo.

Sor Josefa había nacido en Berja, Almería, en 1854. Sor Dolores había nacido en Berga, Barcelona, en 1857. Ambas eran ya ancianas cuando comenzó la persecución religiosa de 1936.

Sor Gregoria tenía 33 años.

Al agravarse la situación, las religiosas fueron obligadas a abandonar progresivamente su vida habitual. La comunidad terminó dispersándose. Josefa, Dolores y Gregoria permanecieron juntas durante aquellos últimos días.

La diferencia de edad era considerable. Precisamente por eso las dos religiosas mayores mostraron una particular preocupación por la joven.

No querían dejarla sola.

Alberto Peris Lacasa

En aquellos acontecimientos aparece también Alberto Peris Lacasa, vecino de Alzira, viudo y padre de familia.

Intentó ayudar a las Hermanitas a abandonar Requena y trasladarse a un lugar más seguro.

Fue detenido junto con ellas.

Alberto vestía de negro debido al luto por su esposa. Aquella circunstancia contribuyó a que algunos de sus captores sospecharan que se trataba de un sacerdote o religioso disfrazado.

Algunas tradiciones conservan incluso el recuerdo de que vestía la característica blusa negra valenciana.

Fuera cual fuera el origen concreto de la confusión, lo cierto es que fue considerado sospechoso de pertenecer al clero.

Sus explicaciones no lograron salvarlo.

Alberto Peris Lacasa fue fusilado el 8 de septiembre de 1936, el mismo día en que serían asesinadas las Hermanitas.

Había tratado de ayudarlas a escapar.

Terminó compartiendo su suerte.

Las tres juntas

También fueron a buscar a Josefa, Dolores y Gregoria.

En algún momento del traslado quisieron separar a la religiosa joven de sus dos compañeras mayores.

Las Hermanitas se opusieron.

Querían permanecer juntas.

La preocupación de las dos ancianas por Gregoria resulta fácilmente comprensible. En aquellos días, una mujer joven podía encontrarse especialmente indefensa si quedaba sola en manos de un grupo de hombres armados.

Finalmente continuaron juntas el trayecto.

Después de pasar por Buñol, los vehículos se detuvieron en la carretera.

Las religiosas fueron obligadas a bajar.

Las colocaron juntas.

Y dispararon contra ellas.

Sor Josefa y sor Dolores murieron.

Sor Gregoria cayó al suelo gravemente herida.

Había comenzado aquel 8 de septiembre pensando que las tres compartirían el mismo destino.

Pero ella seguía viva.

«Quiero morir como mis hermanas»

Cuando se tuvo noticia de que había varios cuerpos abandonados junto a la carretera, acudió al lugar el alcalde de Buñol, Vicente Furriol Ibáñez.

Furriol era comunista.

Cuando llegó al lugar descubrió que una de las religiosas todavía respiraba.

Era sor Gregoria.

La Hermanita, consciente de que sus dos compañeras habían muerto, pidió:

«Mátame, que quiero morir como mis hermanas».

Vicente Furriol se negó.

Y decidió salvarla.

La actuación del alcalde de Buñol

La conducta de Furriol merece ser destacada sin necesidad de convertirla en argumento político.

En un momento en el que la violencia se había convertido para muchos en algo cotidiano, vio a una mujer herida y decidió que había que auxiliarla.

Mandó atender sus heridas y dispuso su traslado al Hospital General de Valencia.

Sor Gregoria fue llevada hasta allí en un vehículo facilitado por el propio alcalde.

Pero la intervención de Furriol no terminó en la carretera.

Al día siguiente acudió personalmente al hospital para interesarse por el estado de la religiosa.

Descubrió entonces que todavía no había recibido la atención que requerían sus heridas.

Protestó.

Insistió.

Y consiguió que fuera atendida por los médicos.

Posteriormente regresaría en distintas ocasiones para comprobar su evolución.

Todo ello se produjo en septiembre de 1936.

Conviene recordar la fecha.

Porque precisamente en los momentos extremos es cuando determinadas decisiones adquieren su verdadero significado.

Furriol no necesitaba compartir la fe de aquella mujer para comprender que su vida debía ser respetada.

Ni necesitaba compartir sus convicciones para comportarse con humanidad.

Eso basta para reconocer la nobleza de su actuación.

Una vida marcada por aquella tarde

Sor Gregoria sobrevivió.

Las heridas dejaron, sin embargo, importantes consecuencias físicas. Uno de sus brazos quedó prácticamente inutilizado durante el resto de su vida.

Con el tiempo pudo regresar a la vida religiosa.

Sus dos compañeras, Josefa y Dolores, no habían sobrevivido.

La Iglesia reconocería posteriormente su muerte como martirio y ambas serían beatificadas por san Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001.

Sor Gregoria quedó como testigo de aquella tarde.

Ella había querido morir con sus hermanas.

Le correspondió algo distinto: seguir viviendo.

Cuando cambiaron las circunstancias

La historia tiene todavía un último episodio.

Terminada la Guerra Civil, Vicente Furriol fue detenido por las nuevas autoridades debido a sus responsabilidades políticas durante la República.

Entonces los papeles se invirtieron.

En 1936, Furriol había encontrado a sor Gregoria indefensa y había intervenido para salvarla.

Ahora era él quien se encontraba en una situación comprometida.

Sor Gregoria no olvidó lo ocurrido.

Intervino en su favor.

También otras personas a las que Furriol había protegido durante aquellos años prestaron testimonio sobre su conducta.

Entre ellas hubo igualmente personas vinculadas a la Iglesia.

Es difícil encontrar una imagen más elocuente de lo que significa negarse a convertir al otro en enemigo absoluto.

Ni simplificaciones ni silencios

La historia de aquellos años continúa siendo dolorosa.

Y precisamente por ello conviene contarla sin reducirla a consignas.

Hubo una persecución religiosa de enorme gravedad. Miles de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos fueron asesinados por causa de su fe.

Eso no debe minimizarse.

Pero tampoco es necesario borrar de la historia a quienes, encontrándose dentro del otro campo político, se negaron a participar en la violencia y protegieron a personas perseguidas.

Vicente Furriol era comunista.

Sor Gregoria era una religiosa católica.

Aquella tarde esto podía haber bastado para convertirlos en enemigos.

No ocurrió así.

Ante él no había una representante de una ideología contraria.

Había una mujer herida.

Y decidió salvarla.

Años después, cuando las circunstancias se invirtieron, sor Gregoria tampoco vio simplemente ante sí a un adversario político.

Vio al hombre que había acudido a una cuneta, había escuchado sus gemidos, se había negado a dejarla morir y había conseguido que recibiera asistencia médica.

Y habló en su favor.

Una lección que sigue siendo necesaria

La historia de las Hermanitas de Buñol contiene el testimonio supremo de quienes entregaron su vida permaneciendo fieles a Cristo.

Pero junto a su martirio aparece también otra lección.

Incluso en medio de una sociedad dividida hasta la violencia puede quedar espacio para la conciencia.

Para reconocer la dignidad del otro.

Para impedir una injusticia.

Para agradecer el bien recibido.

Y para no responder al odio con otro odio.

Sor Josefa y sor Dolores murieron aquel 8 de septiembre.

Sor Gregoria sobrevivió.

Vicente Furriol decidió salvarla.

Y cuando años después tuvo ocasión de hacerlo, aquella religiosa recordó aquel gesto y respondió con otro gesto de humanidad.

En tiempos tan propensos a juzgar toda la historia exclusivamente desde las etiquetas políticas, quizá convenga conservar escenas como esta.

Porque las ideologías explican muchas cosas.

Pero nunca explican completamente a una persona.

Y porque, cuando todo alrededor invita al odio, hacer sencillamente lo que está bien puede convertirse en un acto extraordinario.

Beatas Josefa de San Juan de Dios Ruano García y María Dolores de Santa Eulalia Puig Bonany, rogad por nosotros.

@sacerdosmariae

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las virtudes cristianas (I): ¿Qué significa ser virtuoso?

Las virtudes cristianas (II): Nadie se hace santo por casualidad

La tentación de la Iglesia de los puros.