Las virtudes cristianas (XII): Los dones del Espíritu Santo, aprender a dejarnos conducir por Dios.
Las virtudes cristianas (XII): Los dones del Espíritu Santo, aprender a dejarnos conducir por Dios.
Durante los últimos artículos hemos hablado mucho de lo que ocurre dentro de la vida cristiana.
Hemos recorrido las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Después hemos entrado en las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.
Podría parecer que ya tenemos un programa bastante completo.
La prudencia nos ayuda a reconocer el bien concreto que debemos realizar. La justicia ordena nuestras relaciones con Dios y con los demás. La fortaleza permite mantenernos firmes cuando hacer el bien resulta difícil. La templanza gobierna nuestros deseos. La fe nos permite creer en Dios y fiarnos de Él. La esperanza nos sostiene mientras caminamos hacia aquello que Dios ha prometido. Y la caridad nos hace amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor de Dios.
¿Qué falta?
Algo fundamental.
Porque la vida cristiana no consiste únicamente en que nosotros aprendamos a hacer cada vez mejor determinadas cosas para Dios.
Consiste también en aprender a dejarnos conducir por Dios.
Y aquí aparecen los dones del Espíritu Santo.
No somos un proyecto de perfeccionamiento personal.
Hay una manera de entender la vida espiritual que puede parecer cristiana y, sin embargo, quedarse muy corta.
Consistiría en algo así: conozco mis defectos, establezco objetivos, creo buenos hábitos, corrijo comportamientos, aumento mi disciplina y poco a poco voy convirtiéndome en una versión mejor de mí mismo.
Todo eso puede contener elementos muy buenos.
Necesitamos conocernos.
Necesitamos esfuerzo.
Necesitamos disciplina.
Las virtudes se forman mediante actos.
Pero si la vida cristiana terminara ahí, se parecería demasiado a un programa de entrenamiento moral.
Cristo no vino simplemente para enseñarnos técnicas de mejora personal.
Vino para darnos una vida nueva.
Y esa vida es obra del Espíritu Santo.
No estamos llamados únicamente a convertirnos en personas correctamente organizadas.
Estamos llamados a convertirnos en hijos de Dios que viven bajo la acción de su Espíritu.
El Espíritu Santo no es un añadido a la vida cristiana.
A veces hablamos mucho de Dios Padre.
Hablamos continuamente de Jesucristo.
Y el Espíritu Santo puede quedar en una especie de tercer plano.
Sabemos que está.
Lo nombramos al hacer la señal de la cruz.
Lo invocamos en algunas oraciones.
Celebramos Pentecostés.
Y poco más.
Pero basta abrir el Nuevo Testamento para comprobar que la vida cristiana resulta incomprensible sin Él.
Es el Espíritu quien conduce a Jesús al desierto.
Es prometido a los discípulos.
Desciende en Pentecostés.
Da fuerza para anunciar el Evangelio.
Construye la Iglesia.
Distribuye dones.
Santifica.
Consuela.
Intercede.
Nos hace capaces de llamar a Dios «Abbá, Padre».
San Pablo llega a decir que nadie puede afirmar verdaderamente «Jesús es Señor» sino bajo la acción del Espíritu Santo.
No estamos hablando, por tanto, de un complemento opcional para cristianos especialmente espirituales.
Estamos hablando de Dios actuando dentro de nosotros.
El Espíritu Santo ya habita en el cristiano.
Esta es una verdad enorme que quizá hemos escuchado tantas veces que ya no nos sorprende.
Por el Bautismo hemos sido hechos templo del Espíritu Santo.
No somos simplemente personas que intentan comunicarse con un Dios lejano.
Dios ha querido habitar en nosotros.
Naturalmente, esto no significa que desaparezcan automáticamente nuestras debilidades.
Seguimos teniendo defectos.
Tentaciones.
Heridas.
Malos hábitos.
Contradicciones.
Pero dentro de esa pobre realidad humana ha comenzado algo nuevo.
La gracia.
Dios no trabaja únicamente desde fuera indicándonos qué deberíamos hacer.
Actúa también desde dentro, transformándonos.
Los dones del Espíritu Santo pertenecen precisamente a esta acción.
¿Qué son exactamente los dones del Espíritu Santo?
El Catecismo los define de manera muy precisa: son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo.
Hay dos ideas que merece la pena retener.
Primero: son disposiciones permanentes.
No son una emoción pasajera.
No son una experiencia extraordinaria que aparece durante cinco minutos en una oración.
No son una inspiración ocasional.
Forman parte de la vida de gracia.
Y segundo: nos hacen dóciles.
Quizá esta sea la palabra más importante.
El Espíritu Santo quiere actuar.
Los dones nos disponen para responder con prontitud a esa acción.
Dócil no significa pasivo.
La palabra «docilidad» puede producir cierto rechazo porque podemos imaginar una persona sin personalidad que hace todo lo que otro le manda.
No es eso.
Un instrumento musical perfectamente afinado no es inútil porque responda fielmente a quien lo toca.
Precisamente entonces puede producir música.
Un velero no deja de ser realmente velero porque sus velas se abran al viento.
Precisamente entonces empieza a moverse con una fuerza que no produce él mismo.
Algo semejante ocurre en la vida espiritual.
Dios no anula nuestra libertad.
La perfecciona.
El Espíritu Santo no sustituye nuestra inteligencia y nuestra voluntad.
Las sana, las eleva y las mueve.
La docilidad cristiana no consiste en dejar de ser nosotros.
Consiste en permitir que Dios nos haga ser plenamente aquello para lo que fuimos creados.
Existe una diferencia entre remar y dejarse llevar por el viento.
Podemos utilizar una comparación.
Una barca puede avanzar a fuerza de remos.
Hay esfuerzo.
Dirección.
Trabajo.
Y todo ello resulta necesario.
Pero si despliega las velas y aparece viento favorable, comienza a moverse de otra manera.
No deja de haber marinero.
No desaparece la responsabilidad.
Alguien tiene que orientar la embarcación.
Pero aparece una fuerza que supera la de sus brazos.
Las virtudes y los dones no deben contraponerse, pero la comparación puede ayudarnos.
La virtud nos dispone establemente para actuar bien.
Los dones perfeccionan esas virtudes y nos hacen especialmente sensibles y disponibles a la acción del Espíritu Santo.
Hay momentos en que nuestra inteligencia puede calcular razonablemente qué debemos hacer.
Y hay otros en los que Dios nos conduce con una delicadeza que supera nuestro cálculo ordinario.
El problema es que solemos llevar nosotros el volante con bastante fuerza.
Pedimos:
«Espíritu Santo, ven».
Pero quizá deberíamos añadir:
«Y dame la gracia de no pasar toda la oración explicándote exactamente lo que tienes que hacer».
Tenemos proyectos.
Opiniones.
Soluciones.
Tiempos.
Personas que deberían cambiar.
Puertas que deberían abrirse.
Puertas que deberían cerrarse.
Y presentamos todo el expediente a Dios esperando que lo firme.
Naturalmente, debemos presentar nuestros deseos.
La oración es lugar de confianza.
Pero existe un momento en el que necesitamos aprender otra oración:
«Señor, muéstrame Tú».
Eso cuesta.
Porque dejamos de controlar completamente la respuesta.
No siempre queremos ser conducidos.
Nos gusta pedir luz cuando suponemos que la luz confirmará lo que ya habíamos decidido.
La dificultad llega cuando intuimos que Dios puede conducirnos por otro camino.
Entonces descubrimos hasta qué punto somos realmente dóciles.
«Señor, dime qué quieres».
Muy bien.
Pero ¿qué ocurre si lo que quiere Dios no coincide con aquello que yo esperaba?
La docilidad empieza precisamente ahí.
No cuando la voluntad de Dios coincide cómodamente con la nuestra.
Sino cuando empezamos a preferir la voluntad de Dios simplemente porque es suya.
Esto no significa no tener deseos propios.
Cristo los tuvo.
En Getsemaní pidió que pasara el cáliz.
Pero añadió:
«No se haga mi voluntad, sino la tuya».
Esa frase resume de una manera extraordinaria la libertad de un corazón completamente abierto al Padre.
El Espíritu Santo no suele gritar.
Uno de nuestros problemas modernos es el ruido.
Tenemos estímulos continuamente.
Notificaciones.
Mensajes.
Música.
Vídeos.
Conversaciones.
Noticias.
Opiniones.
Y además nuestro propio diálogo interior, que tampoco suele ser precisamente silencioso.
Esperamos después entrar cinco minutos en oración y reconocer inmediatamente la voz del Espíritu Santo con una claridad perfecta.
No es imposible.
Pero quizá le estamos poniendo el trabajo un poco difícil.
Dios puede irrumpir cuando quiera.
Sin embargo, normalmente educa nuestro corazón mediante una relación prolongada.
La docilidad necesita silencio.
No un silencio vacío.
Un silencio atento.
No toda idea que aparece durante la oración viene del Espíritu Santo.
Esto también es muy importante.
Hablar de «inspiraciones» puede convertirse rápidamente en terreno peligroso si perdemos el sentido común y el discernimiento.
«El Espíritu me ha dicho…».
Conviene ser prudentes con esta expresión.
Dentro de nosotros aparecen muchas cosas.
Recuerdos.
Deseos.
Miedos.
Imaginaciones.
Ideas.
Reacciones emocionales.
Y algunas pueden ser buenas.
Otras no.
El hecho de que algo aparezca mientras rezamos no lo convierte automáticamente en mensaje divino.
El Espíritu Santo no nos dispensa del discernimiento.
Al contrario.
Nos enseña a discernir mejor.
Dios nunca se contradice.
Aquí tenemos un primer criterio fundamental.
Una supuesta inspiración que contradiga claramente la Revelación, los mandamientos de Dios o la auténtica enseñanza de la Iglesia no procede del Espíritu Santo.
No necesitamos organizar una semana de discernimiento para decidirlo.
El mismo Espíritu que actúa en nuestro interior es el que inspiró la Escritura y guía a la Iglesia.
No puede decir hoy en nuestra oración privada exactamente lo contrario de lo que ha revelado.
Esto nos protege de una espiritualidad profundamente subjetiva en la que «Dios me ha dicho» termina significando:
«He encontrado una justificación religiosa para hacer lo que me apetecía».
La docilidad necesita humildad.
Podemos equivocarnos.
Incluso cuando rezamos.
Incluso cuando nuestras intenciones son buenas.
Reconocerlo no disminuye nuestra vida espiritual.
La hace más segura.
Hay personas que parecen tener una línea telefónica directa con el Espíritu Santo para absolutamente todo.
Saben lo que Dios quiere de ellas.
Y curiosamente también saben con extraordinaria precisión lo que Dios quiere de todos los demás.
Quizá convenga cierta cautela.
Los santos han sido habitualmente mucho más prudentes.
Una auténtica vida en el Espíritu produce humildad.
No necesidad constante de presentar nuestras impresiones personales como decretos celestiales.
Los dones no son los carismas.
Aquí existe una confusión frecuente.
Cuando escuchamos «dones del Espíritu Santo» podemos pensar inmediatamente en profecía, lenguas, curaciones o determinados carismas extraordinarios.
Pero no hablamos ahora de eso.
Los siete dones del Espíritu Santo son:
sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
El Catecismo enseña que pertenecen en plenitud a Cristo y que completan y perfeccionan las virtudes de quienes los reciben.
Los carismas tienen otra finalidad. Son gracias particulares dadas para la edificación de la Iglesia y el bien de otros.
Los dones de los que hablamos aquí pertenecen a la santificación del cristiano.
No hace falta experimentar nada espectacular.
De hecho, es perfectamente posible que la acción más profunda del Espíritu Santo en una persona transcurra durante años sin producir absolutamente ningún fenómeno llamativo.
Tampoco son talentos naturales.
Una persona puede tener mucha inteligencia y no poseer por eso el don de inteligencia en sentido sobrenatural.
Puede ser magnífica tomando decisiones y eso no equivale automáticamente al don de consejo.
Puede tener un carácter fuerte y no estar actuando según el don de fortaleza.
Puede poseer una sensibilidad religiosa espontánea y todavía necesitar crecer mucho en el don de piedad.
Los dones no son capacidades psicológicas.
Son realidades sobrenaturales.
No nos convierten necesariamente en personas más brillantes a los ojos del mundo.
Nos hacen más disponibles para Dios.
Y eso es diferente.
Tampoco debemos confundir dones y frutos.
San Pablo habla también de los frutos del Espíritu.
Amor.
Alegría.
Paz.
Paciencia.
Afabilidad.
Bondad.
Fidelidad.
Mansedumbre.
Dominio propio.
Los frutos son, por decirlo de manera sencilla, efectos maduros de una vida que se deja transformar por el Espíritu.
Cuando el Espíritu actúa profundamente, empieza a aparecer una determinada forma de vivir.
Los dones nos hacen dóciles a su acción.
Los frutos permiten reconocer algo de aquello que esa acción está produciendo.
No siempre necesitamos preguntarnos continuamente:
«¿Qué don estoy utilizando ahora?».
Quizá sea más útil preguntarnos:
«¿Me estoy dejando transformar por Dios?».
El primero es la sabiduría.
En los próximos artículos iremos recorriendo los siete dones uno por uno.
El primero será la sabiduría.
No consiste simplemente en saber muchas cosas.
Podemos tener una biblioteca enorme y poca sabiduría.
Podemos poseer varios títulos universitarios y tomar decisiones bastante insensatas.
La sabiduría nos permite juzgar las cosas desde Dios, saborear las cosas divinas y ordenar nuestra existencia desde el bien último.
Una persona sabia empieza a mirar la realidad con los ojos de Dios.
No porque comprenda absolutamente todo.
Sino porque ha aprendido cuál es el verdadero valor de cada cosa.
Después aparece la inteligencia.
El don de inteligencia o entendimiento nos ayuda a penetrar más profundamente en las verdades de la fe.
No añade nuevas revelaciones.
No convierte a una persona en creadora de doctrinas inéditas.
Permite captar con una profundidad nueva aquello que Dios ya ha revelado.
Hay verdades de fe que conocemos durante años y, de repente, parecen abrirse interiormente.
«Dios es Padre».
Lo hemos dicho mil veces.
Pero un día empezamos a comprender algo más profundamente lo que significa.
«Cristo murió por mí».
Lo sabemos desde niños.
Pero puede llegar un momento en que esa verdad deje de ser simplemente información religiosa y atraviese nuestra existencia.
Ahí podemos reconocer algo de la obra del Espíritu.
El consejo nos ayuda cuando no basta con aplicar una fórmula.
La vida moral no funciona siempre como un manual de instrucciones.
Hay situaciones complejas.
Varias posibilidades buenas.
Circunstancias difíciles.
Personas concretas.
Entonces necesitamos discernir.
El don de consejo perfecciona especialmente la prudencia y nos hace disponibles para reconocer bajo la acción del Espíritu cuál es el camino conveniente.
No elimina la necesidad de pensar.
Nos permite pensar y decidir con una docilidad especial a Dios.
Y esto resulta importantísimo.
Porque podemos tomar una decisión técnicamente correcta y, sin embargo, no haber comprendido todavía lo que necesita realmente la persona que tenemos delante.
La fortaleza aparece otra vez, pero ahora como don.
Ya hemos dedicado un artículo entero a la fortaleza como virtud cardinal.
¿Por qué aparece también entre los dones?
Porque existe una fortaleza humana que educamos mediante hábitos y decisiones, y existe una asistencia especial del Espíritu que nos sostiene cuando nuestras fuerzas resultan insuficientes.
Los mártires ofrecen aquí el ejemplo más evidente.
Sería extraño explicar únicamente por temperamento humano la serenidad de personas capaces de entregar la vida antes que negar a Cristo.
Hay algo más.
El Espíritu fortalece.
No elimina el miedo necesariamente.
Hace posible permanecer fiel incluso dentro del miedo.
El don de ciencia no consiste en saber física o matemáticas.
El nombre puede confundir.
La ciencia, como don del Espíritu Santo, no es conocimiento científico en el sentido moderno.
Nos ayuda a contemplar correctamente las realidades creadas en relación con Dios.
El mundo es bueno.
Las criaturas son buenas.
Pero ninguna criatura es Dios.
Este don nos ayuda a reconocer su verdadero valor.
Agradecerlas sin idolatrarlas.
Utilizarlas sin quedar atrapados en ellas.
Descubrir en la creación huellas del Creador.
Y también reconocer la fragilidad de todo aquello que pasa.
En cierto sentido, nos enseña a mirar el mundo sin despreciarlo y sin adorarlo.
La piedad nos devuelve al corazón filial.
Quizá la palabra «piedad» pueda sonar a devociones concretas.
Pero el don de piedad es mucho más profundo.
Nos dispone a relacionarnos con Dios como hijos.
No simplemente como súbditos.
No como empleados que cumplen un contrato religioso.
Hijos.
Y si Dios es Padre, los demás aparecen también bajo una luz distinta.
Son hermanos.
Por eso la auténtica piedad no nos encierra en una espiritualidad individualista.
Nos abre.
A Dios.
A la Iglesia.
A los demás.
Puede haber muchísimas prácticas piadosas y poca verdadera piedad.
La prueba vuelve a estar muchas veces en la vida.
El temor de Dios no es tener miedo de Dios.
Este don suele ser el que más explicaciones necesita.
«Temor de Dios» puede sonar a un Dios del que hay que esconderse porque en cualquier momento podría castigarnos.
No es eso.
Existe un temor servil que actúa fundamentalmente por miedo al castigo.
Pero el don del temor de Dios pertenece a una relación filial.
Quien ama verdaderamente a alguien teme herir ese amor.
No porque espere un golpe.
Porque no quiere separarse.
El temor de Dios es reverencia.
Conciencia de su grandeza.
Horror al pecado precisamente porque rompe la comunión con Aquel a quien amamos.
Cuanto más crece la caridad, más entendemos este temor.
No huimos de Dios.
Tememos alejarnos de Él.
Los siete dones forman una unidad.
No debemos imaginar siete compartimentos independientes.
«Yo tengo mucho consejo, pero me falta un poco de piedad».
No funciona exactamente así.
Los dones pertenecen a la vida de gracia y crecen con ella.
Aunque en determinadas circunstancias pueda hacerse especialmente visible la acción de uno.
La tradición los contempla como un organismo.
El Espíritu Santo va formando al cristiano entero.
Su inteligencia.
Su voluntad.
Su relación con Dios.
Su manera de mirar el mundo.
Su capacidad para decidir.
Su fortaleza ante la dificultad.
Todo.
Dios no santifica solo una parte de nosotros.
Cristo posee los dones en plenitud.
Esto es importantísimo.
Los dones no son una colección inventada posteriormente para organizar la espiritualidad.
El Catecismo los vincula expresamente con la profecía de Isaías sobre el Mesías.
Reposará sobre él el Espíritu del Señor.
Espíritu de sabiduría e inteligencia.
De consejo y fortaleza.
De ciencia y temor del Señor.
La tradición cristiana contempla en Cristo la plenitud de aquello que estos dones significan.
Por eso, si queremos entender cómo vive una persona completamente conducida por el Espíritu, debemos mirar a Jesús.
Jesús no improvisa su vida independientemente del Padre.
En el Evangelio aparece constantemente esta relación.
Jesús ora.
Se retira.
Busca la voluntad del Padre.
Actúa en comunión con Él.
«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió».
Esta frase es impresionante.
La voluntad del Padre no aparece para Cristo como una carga exterior que tiene que soportar.
Es alimento.
Eso nos muestra hacia dónde conduce la docilidad al Espíritu Santo.
Al principio podemos vivir la voluntad de Dios como algo que interfiere con nuestros planes.
La madurez cristiana aspira a otra cosa.
Que la voluntad de Dios vaya convirtiéndose también en nuestra alegría.
No porque siempre sea fácil.
Porque hemos aprendido quién es el Padre.
Pentecostés muestra lo que ocurre cuando el Espíritu encuentra una Iglesia disponible.
Los apóstoles habían conocido a Cristo.
Habían escuchado su enseñanza.
Habían visto al Resucitado.
Y, sin embargo, Jesús les pide que esperen.
Todavía necesitan recibir la fuerza de lo alto.
Entonces llega Pentecostés.
Aquellos hombres que habían permanecido encerrados comienzan a anunciar públicamente a Cristo.
Pedro, que había negado conocerlo ante una criada, se levanta ahora delante de la multitud.
¿Qué ha ocurrido?
Pedro sigue siendo Pedro.
Pero ya no está solo.
El Espíritu Santo no destruye su personalidad.
La pone al servicio de una misión que lo supera.
Eso es extraordinariamente importante.
La gracia no nos sustituye.
Nos transforma.
El Espíritu puede hacer mucho con personas bastante poco impresionantes.
Esto debería consolarnos.
Cuando miramos a los apóstoles antes de Pentecostés no encontramos una selección humana particularmente perfecta.
Discuten por quién será el mayor.
No entienden algunas enseñanzas.
Huyen.
Pedro niega.
Tomás duda.
Y Cristo construye la Iglesia con ellos.
No porque sus defectos fueran irrelevantes.
Porque la gracia puede trabajar con personas reales.
También con nosotros.
A veces pensamos:
«Cuando sea más santo, Dios podrá utilizarme».
Tal vez Dios quiera comenzar precisamente ahora.
Y quizá parte de nuestra santificación ocurra mientras nos dejamos utilizar.
La Confirmación no fue simplemente una ceremonia de adolescencia.
Muchos católicos recibieron el sacramento de la Confirmación siendo jóvenes y después prácticamente dejaron de pensar en él.
Quizá recuerden la celebración.
El padrino.
Alguna fotografía.
Y poco más.
Pero la Confirmación perfecciona la gracia bautismal y nos une más firmemente a Cristo y a la Iglesia, fortaleciendo nuestra capacidad para dar testimonio.
El Espíritu Santo no fue una visita ceremonial que llegó aquel día y después se marchó.
La gracia sacramental permanece.
Conviene redescubrirla.
Podemos pedir:
«Señor, haz fecunda en mí la gracia que recibí».
Los sacramentos no son recuerdos.
Son acciones de Dios en nuestra historia.
Invocar al Espíritu Santo debería ser algo normal.
No necesitamos esperar a Pentecostés.
Podemos invocarlo antes de una decisión.
Antes de una conversación difícil.
Antes de estudiar.
Antes de predicar.
Antes de comenzar una reunión.
Cuando no sabemos qué decir.
Cuando necesitamos comprender la Escritura.
Cuando tenemos que corregir.
Cuando estamos cansados.
Cuando debemos perdonar.
Una oración muy sencilla puede bastar:
«Ven, Espíritu Santo».
No es una fórmula mágica.
Es una confesión.
«Te necesito».
Y reconocer que necesitamos a Dios es ya una excelente manera de comenzar.
Pero después hay que dejar un poco de espacio.
Podemos invocar al Espíritu y continuar inmediatamente hablando nosotros.
Quizá resulte conveniente aprender también a permanecer en silencio.
«Ven, Espíritu Santo».
Y esperar.
No necesariamente a recibir una frase.
Quizá no ocurra nada sensible.
No importa.
Nos situamos conscientemente bajo su presencia.
A veces la docilidad comienza simplemente cuando dejamos de intentar llenar todos los silencios.
Dios trabaja también cuando no tenemos nada que contar.
El Espíritu Santo no nos ahorra los medios ordinarios.
Esto debe quedar muy claro.
Invocarlo no elimina la necesidad de estudiar antes de un examen.
Ni de preparar una homilía.
Ni de consultar a un médico.
Ni de pedir consejo.
Ni de revisar las cuentas.
Ni de dormir.
Podemos rezar muchísimo para que el Espíritu Santo nos ayude en una prueba y descubrir que su primera inspiración hubiera sido bastante práctica:
«Podrías haber estudiado».
La gracia no destruye la naturaleza.
La perfecciona.
Confiar en Dios nunca ha sido una excusa elegante para la irresponsabilidad.
La vida espiritual necesita una cierta disponibilidad para cambiar de planes.
Hay quizá un signo sencillo de docilidad.
¿Qué ocurre dentro de nosotros cuando la realidad altera nuestros planes?
Nos habíamos organizado.
Aparece una persona.
Una necesidad.
Un imprevisto.
Naturalmente, no todos los imprevistos son llamadas de Dios.
Hay que discernir.
Pero una vida completamente rígida deja poco espacio para la disponibilidad.
A veces Dios entra en nuestra agenda sin haber pedido cita.
La caridad cristiana lo sabe bien.
El sacerdote que iba a hacer algo y encuentra a alguien que necesita ser escuchado.
La persona que había reservado su tiempo y aparece una necesidad familiar.
El buen samaritano tenía un viaje.
Y probablemente otros planes.
El amor cambió el itinerario.
También existe una falsa disponibilidad.
Por supuesto.
No podemos convertir cada interrupción en voluntad divina.
Hay personas incapaces de mantener una obligación porque cualquier novedad les parece más importante.
Eso tampoco es docilidad.
Puede ser dispersión.
El Espíritu Santo no es el patrón celestial de la improvisación caótica.
Por eso volvemos siempre al discernimiento.
La docilidad y la prudencia se necesitan.
A veces Dios nos pide dejar un plan.
Y otras veces nos pide precisamente mantenerlo aunque aparezcan cien distracciones.
Ser dócil no es hacer siempre lo inesperado.
Es estar disponible para lo que Dios quiera.
¿Cómo reconocer mejor la acción del Espíritu?
No existe una fórmula matemática.
Pero sí podemos señalar algunos caminos.
Conocer la Escritura.
Vivir los sacramentos.
Mantener una oración constante.
Formar correctamente la conciencia.
Conocer la enseñanza de la Iglesia.
Practicar las virtudes.
Buscar dirección o consejo espiritual cuando sea necesario.
Observar los frutos.
Crecer en humildad.
Todo esto va afinando nuestra sensibilidad espiritual.
No porque consigamos una especie de radar sobrenatural infalible.
Sino porque nos vamos familiarizando con Dios.
Igual que reconocemos más fácilmente la voz de alguien cuanto más lo conocemos.
Los frutos importan.
Cristo dice que el árbol se conoce por sus frutos.
Una supuesta inspiración que termina produciendo sistemáticamente soberbia, desprecio, división, obsesión, desobediencia, agitación o necesidad de sentirnos superiores debería hacernos prudentes.
San Pablo describe otros frutos.
Amor.
Alegría.
Paz.
Paciencia.
Bondad.
Mansedumbre.
Dominio propio.
Esto no significa que toda inspiración de Dios produzca inmediatamente una emoción agradable.
Dios puede pedir cosas difíciles.
Puede corregirnos.
Puede llevarnos a decisiones costosas.
Pero incluso dentro de la dificultad existe una orientación hacia la verdad, la humildad, la caridad y la libertad.
El Espíritu Santo nunca alimenta nuestro ego espiritual.
Hay una forma de soberbia especialmente peligrosa porque utiliza vocabulario religioso.
«Dios me ha elegido».
«Dios me ha mostrado».
«Los demás no entienden».
«Yo veo lo que otros no ven».
Podemos terminar construyendo una identidad basada en sentirnos espiritualmente especiales.
El Espíritu Santo hace algo muy diferente.
Nos configura con Cristo.
Y Cristo se humilló.
Lavó pies.
Sirvió.
Se entregó.
Cuanto más auténtica sea la acción del Espíritu, menos necesidad tendremos de demostrar que somos extraordinarios.
La santidad auténtica no necesita constantemente anunciarse a sí misma.
María es una magnífica imagen de docilidad.
«Hágase en mí según tu palabra».
Volvemos otra vez a ella.
María no es pasiva.
Pregunta.
Piensa.
Camina.
Actúa.
Va a ayudar a Isabel.
Intercede en Caná.
Permanece junto a la cruz.
Está con la Iglesia en Pentecostés.
Pero en el centro existe una disposición fundamental.
«Hágase».
Toda su vida está abierta a la acción de Dios.
Quizá no exista mejor resumen de lo que los dones del Espíritu quieren realizar en nosotros.
No convertirnos en marionetas.
Sino formar un corazón tan unido a Dios que pueda responder con libertad:
«Lo que Tú quieras».
La santidad necesita más disponibilidad que espectacularidad.
A veces imaginamos que ser santo exige realizar continuamente cosas extraordinarias.
Puede que Dios no nos pida ninguna.
Quizá la santidad de hoy consista en algo mucho menos vistoso.
Escuchar.
Callar una respuesta hiriente.
Cumplir bien una obligación.
Aceptar una contrariedad.
Pedir perdón.
Dedicar tiempo a alguien.
Renunciar a una comodidad.
Rezar cuando no apetece.
Volver a empezar.
El Espíritu Santo trabaja en ese terreno.
Lo extraordinario no es necesariamente lo espectacular.
Extraordinario puede ser que una persona normalmente impaciente responda hoy con mansedumbre porque se ha dejado tocar por la gracia.
El cielo probablemente ve muchas cosas que a nosotros nos parecen pequeñas.
El gran obstáculo puede ser querer dirigir nosotros la santidad.
Hasta nuestra santificación puede convertirse en un proyecto de control.
Quiero eliminar este defecto.
Adquirir esta virtud.
Alcanzar este nivel de oración.
Llegar a determinada experiencia.
Y podemos terminar frustrados porque Dios parece trabajar en otra zona.
Quizá estamos intentando mejorar nuestra paciencia y Él está permitiendo situaciones que revelan nuestro orgullo.
Quizá buscamos consuelo en la oración y Él está enseñándonos fidelidad en la sequedad.
Quizá queremos hacer muchas cosas por Él y nos coloca en una situación donde tenemos que aprender a recibir.
Dios sabe mejor que nosotros qué santo quiere hacer.
Nuestra tarea no consiste en entregarle un plano terminado.
Consiste en dejarle trabajar.
Esto no elimina nuestro esfuerzo.
Sería un grave error concluir:
«Entonces no tengo que hacer nada. Que lo haga el Espíritu Santo».
No.
La gracia pide cooperación.
Tenemos que luchar contra el pecado.
Formar hábitos.
Rezar.
Decidir.
Levantarnos.
Pedir perdón.
Estudiar.
Servir.
Trabajar.
Pero hacemos todo eso sabiendo que la santidad no será finalmente una estatua que nosotros esculpamos solos.
Es una obra de Dios a la que damos nuestro consentimiento.
San Pablo expresa admirablemente esta paradoja: trabajamos, pero es Dios quien obra en nosotros el querer y el actuar.
Gracia y libertad no compiten.
Se encuentran.
Quizá deberíamos rezar menos «haz esto» y un poco más «hazme disponible».
Nuestras oraciones están llenas de peticiones concretas.
Y está bien.
Cristo nos enseñó a pedir.
Pero hoy podemos añadir otra.
«Espíritu Santo, hazme disponible».
Disponible para comprender.
Disponible para cambiar.
Disponible para callar.
Disponible para hablar.
Disponible para esperar.
Disponible para comenzar.
Disponible para abandonar aquello que ya no corresponde.
Disponible para dejarme corregir.
Disponible para servir.
Disponible para la voluntad de Dios aunque no coincida exactamente con la que yo había preparado.
Es una oración un poco peligrosa.
Porque Dios puede escucharla.
Un examen sobre nuestra docilidad al Espíritu Santo.
Podemos terminar preguntándonos con sinceridad: ¿qué lugar ocupa realmente el Espíritu Santo en mi vida espiritual? ¿Lo invoco únicamente en Pentecostés o tengo conciencia de su presencia habitual en mí? ¿Vivo la vida cristiana principalmente como un esfuerzo por mejorarme o como una cooperación con la gracia de Dios? ¿Sé guardar silencio en la oración o necesito llenarlo continuamente con mis palabras? ¿Presento mis planes a Dios para discernirlos o simplemente para que los bendiga? ¿Estoy dispuesto a que la respuesta de Dios sea distinta de la que esperaba? ¿Confundo alguna vez mis deseos o emociones con inspiraciones divinas? ¿Soy prudente antes de afirmar que «Dios me ha dicho» algo? ¿Conozco suficientemente la Escritura y la enseñanza de la Iglesia como para discernir mejor? ¿Pido consejo cuando lo necesito? ¿Las supuestas inspiraciones que sigo me hacen más humilde, más caritativo y más libre? ¿O me hacen sentir superior a los demás?
¿Recuerdo la gracia que recibí en el Bautismo y la Confirmación? ¿Invoco al Espíritu Santo antes de decisiones importantes? ¿Soy capaz de modificar un plan cuando la caridad realmente lo exige? ¿Y soy capaz de mantenerlo cuando lo que aparece es simplemente una distracción? ¿Acepto que Dios pueda santificarme de una manera diferente de la que yo había imaginado? ¿Hay alguna zona de mi vida en la que, en el fondo, le digo: «Hasta aquí puedes entrar; esto prefiero dirigirlo yo»?
Y quizá podamos resumirlo en una pregunta mucho más sencilla:
¿quiero realmente que Dios me conduzca o quiero principalmente que Dios me ayude a llegar adonde yo ya había decidido ir?
«Ven, Espíritu Santo».
Quizá después de tantas palabras la mejor conclusión sea una oración que la Iglesia lleva siglos pronunciando.
Ven, Espíritu Santo.
No «ven y confirma que tengo razón».
No «ven y realiza exactamente mis planes».
No «ven y hazme sentir algo extraordinario».
Simplemente:
Ven.
Entra en mi inteligencia y enséñame a comprender.
Entra en mis decisiones y dame consejo.
Entra en mis miedos y dame fortaleza.
Entra en mi manera de mirar el mundo y dame ciencia.
Entra en mi relación con Dios y hazme vivir como hijo.
Entra en mi corazón y enséñame el santo temor de perder a Aquel que es mi bien.
Entra en toda mi vida y dame sabiduría.
Quizá la madurez cristiana consista finalmente en algo mucho más sencillo de lo que pensamos.
Al principio intentamos hacer muchas cosas para Dios.
Después descubrimos que Dios quiere hacer muchas cosas en nosotros.
Y poco a poco aprendemos a cooperar.
Sin pasividad.
Sin ingenuidad.
Sin abandonar la razón.
Pero también sin esa necesidad agotadora de tenerlo todo bajo control.
Porque el Espíritu Santo no ha sido enviado para decorar nuestra vida espiritual.
Ha sido enviado para santificarnos.
Para configurarnos con Cristo.
Para hacernos hijos en el Hijo.
Y para conducirnos hacia el Padre.
Tal vez por eso una de las oraciones más valientes que puede pronunciar un cristiano sea también una de las más breves:
«Espíritu Santo, haz en mí lo que Tú quieras».
Mañana comenzaremos a recorrer uno por uno los siete dones.
Y empezaremos por la sabiduría.
No la sabiduría de quien conoce muchas respuestas, sino la de quien empieza a mirar las cosas desde Dios y descubre que aquello que parecía enorme puede ser muy pequeño, y que aquello que el mundo considera insignificante puede tener un valor eterno.
Porque ser sabio cristianamente no consiste en saberlo todo.
Consiste en aprender qué vale realmente la pena.
@sacerdosmariae
Imagen: Giotto di Bondone, Pentecostés, hacia 1305, Capilla de los Scrovegni, Padua. Después de acompañar con Giotto nuestro recorrido por las virtudes, esta escena nos permite abrir la nueva etapa dedicada a los dones del Espíritu Santo. Los apóstoles reciben aquello que no pueden producir por sí mismos: la fuerza de lo alto. La Iglesia no nace únicamente del entusiasmo de unos hombres, sino de la acción del Espíritu que los transforma y los envía.
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