Las virtudes cristianas (IX): La fe, aprender a fiarse de Dios.

 

Las virtudes cristianas (IX): La fe, aprender a fiarse de Dios

Durante los últimos artículos hemos hablado de prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Son las cuatro virtudes cardinales, las grandes bisagras sobre las que gira buena parte de nuestra vida moral. Nos ayudan a reconocer el bien concreto que debemos realizar, a dar a cada uno lo que le corresponde, a permanecer firmes cuando hacer el bien cuesta y a ordenar nuestros deseos para que no terminen gobernándonos.

Ahora entramos en un terreno diferente.

Vamos a hablar de fe, esperanza y caridad.

Las llamamos virtudes teologales. Y no reciben ese nombre simplemente porque sean virtudes «religiosas». Se llaman teologales porque tienen directamente a Dios como origen, motivo y objeto. Dios mismo las infunde en nosotros y, mediante ellas, nos hace capaces de vivir en relación con Él.

Esto supone un cambio importante respecto de las virtudes anteriores. Podemos aprender a ser más puntuales practicando la puntualidad, más pacientes ejercitando la paciencia o más generosos realizando actos de generosidad. Naturalmente, el cristiano sabe que también esas virtudes necesitan ser sanadas y elevadas por la gracia, pero existe un verdadero aprendizaje humano.

La fe sobrenatural, en cambio, no podemos fabricarla.

Nadie consigue creer en Dios simplemente apretando los dientes.

La fe comienza con un don.

Y, como ocurre tantas veces en la vida cristiana, el don espera una respuesta.

Vivimos creyendo muchas más cosas de las que pensamos

Hay una frase que se escucha de vez en cuando:

«Yo solo creo lo que veo».

Tiene cierta apariencia de rigor intelectual, pero resulta difícil vivir de acuerdo con ella más de cinco minutos.

No hemos contemplado personalmente la mayor parte de los acontecimientos históricos que consideramos ciertos. Subimos a un avión sin haber desmontado previamente los motores para comprobar que todo funciona. Tomamos un medicamento sin analizar su composición en nuestro laboratorio particular. Entramos en un edificio confiando en que quienes lo diseñaron hicieron correctamente sus cálculos.

Incluso en nuestras relaciones personales aceptamos constantemente cosas porque confiamos en alguien. Un amigo nos cuenta algo que le ha sucedido y normalmente no exigimos tres testigos, una grabación notarial y fotografías geolocalizadas antes de creerle.

La confianza forma parte de la estructura ordinaria de nuestra existencia.

Eso no significa, naturalmente, que creer el testimonio de un amigo sea lo mismo que realizar un acto sobrenatural de fe. Pero sí nos ayuda a desmontar una caricatura bastante extendida: creer no equivale necesariamente a cerrar los ojos y renunciar a la inteligencia.

La verdadera pregunta es otra.

¿Quién merece que nos fiemos de él?

Y aquí empezamos a acercarnos al corazón de la fe cristiana.

Porque el cristiano no cree, en primer lugar, una colección de ideas.

Cree a Dios.

Antes de nuestro «creo» existe una palabra de Dios

Esto es fundamental.

El cristianismo no comienza con el hombre intentando alcanzar a Dios mediante sus propias especulaciones. Comienza con Dios que se da a conocer.

Dios llama a Abrahán. Habla a Moisés. Forma un pueblo. Envía a los profetas. Y finalmente se nos revela de una manera incomparable en Jesucristo.

La iniciativa siempre es suya.

Antes de que nosotros busquemos a Dios, Dios ha salido a buscarnos.

Antes de nuestro «creo», existe una palabra que nos precede.

Por eso el Concilio Vaticano II habla en Dei Verbum de la «obediencia de la fe». No se refiere a una obediencia ciega o irracional. Se refiere a la respuesta del hombre que, movido por la gracia, se confía libremente a Dios que se revela.

La fe comienza, por tanto, con una escucha.

Dios habla.

Y el hombre descubre que Aquel que habla es digno de confianza.

Creer que Dios existe no es todavía toda la fe

Podemos decir:

«Creo que Dios existe».

Y esa afirmación es importante.

Pero todavía no hemos expresado todo lo que significa la fe cristiana.

Hay una diferencia entre creer que Dios existe, creer a Dios y creer en Dios.

Puedo reconocer intelectualmente la existencia de una persona sin tener ninguna relación con ella. Puedo incluso aceptar como verdaderas algunas cosas que dice y mantenerla completamente fuera de mi vida.

La fe cristiana llega más lejos.

El Catecismo enseña que mediante la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios. No se trata únicamente de considerar verdaderas determinadas proposiciones. Las verdades de la fe son importantísimas, porque no podemos confiar en un Dios del que cada cual inventa lo que quiere. Pero esas verdades nos conducen finalmente a Alguien.

La fe dice:

«Señor, te creo porque eres Tú quien habla».

Esto cambia bastante las cosas.

«Te creo»

Imaginemos una situación corriente.

Una persona que conocemos bien nos cuenta algo sorprendente. No podemos verificar en ese momento todos los detalles. Sin embargo, sabemos cómo ha vivido, conocemos su honradez y tenemos experiencia de su palabra.

Y le decimos:

«Te creo».

Esas dos palabras contienen algo más que una valoración intelectual de probabilidades. Contienen confianza en una persona.

Naturalmente, toda comparación humana tiene límites. Un amigo puede equivocarse sin querer. Dios no.

Por eso la razón última por la que creemos lo que Dios revela es precisamente que Dios es la Verdad misma y no puede engañarse ni engañarnos.

No creemos porque cada misterio nos resulte evidente.

No creemos porque cada enseñanza coincida espontáneamente con nuestros deseos.

Creemos porque sabemos quién habla.

Y entonces puede aparecer una frase profundamente cristiana:

«Señor, esto no termino de comprenderlo, pero me fío de ti».

No entenderlo todo no significa renunciar a entender

Aquí conviene evitar otro extremo.

La fe no convierte la ignorancia en virtud.

El cristiano no debería tener miedo a estudiar, preguntar, investigar y buscar razones. La Iglesia jamás ha pensado que la inteligencia sea una amenaza para la fe. Si fuera así, dos mil años de teología resultarían una actividad bastante sospechosa.

La fe quiere comprender.

San Anselmo expresó esta actitud con una fórmula clásica: la fe busca inteligencia.

Creemos, y precisamente porque creemos queremos conocer mejor aquello que hemos recibido.

Por eso estudiamos la Sagrada Escritura.

Leemos el Catecismo.

Acudimos a los Padres de la Iglesia.

Intentamos comprender la enseñanza del Magisterio.

Hacemos teología.

Preguntamos.

No porque pretendamos sustituir la fe por una demostración matemática, sino porque amamos la verdad que hemos recibido.

Cuando queremos a una persona, deseamos conocerla mejor.

Con Dios ocurre algo semejante.

El misterio no es un absurdo

También conviene aclarar qué queremos decir cuando hablamos de «misterio».

A veces parece que esta palabra se utiliza para terminar una conversación:

«Eso es un misterio».

Y asunto resuelto.

Pero en la teología cristiana misterio no significa contradicción ni disparate incomprensible. Significa una realidad divina que podemos conocer verdaderamente porque Dios nos la revela, pero cuya profundidad nuestra inteligencia no puede agotar.

La Trinidad es misterio.

La Encarnación es misterio.

La presencia real de Cristo en la Eucaristía es misterio.

No porque sean afirmaciones absurdas, sino porque nos introducen en una realidad mayor que nuestra capacidad de abarcarla completamente.

Y esto, pensándolo bien, no debería resultarnos tan extraño.

Ni siquiera agotamos completamente el misterio de una persona humana.

Podemos convivir cincuenta años con alguien, conocerlo profundamente y seguir descubriendo matices de su interioridad.

¿Cuánto más podremos decir de Dios?

Si nuestra inteligencia pudiera encerrar a Dios perfectamente dentro de sus conceptos, aquello que hubiéramos encerrado sería demasiado pequeño para ser Dios.

La razón también conduce hasta el umbral

La fe tampoco empieza necesariamente en un vacío racional.

La Iglesia siempre ha defendido que el hombre puede llegar mediante la razón a un conocimiento verdadero de Dios partiendo de la creación.

El mundo existe.

Es inteligible.

Posee un orden.

No contiene en sí mismo la explicación última de su existencia.

La razón puede formular preguntas muy serias sobre el fundamento de todo lo real.

Pero existe una diferencia entre descubrir que alguien está en casa porque vemos luz en las ventanas y que ese alguien abra la puerta y nos diga:

«Entra».

La razón puede llevarnos hasta el umbral.

La Revelación es Dios abriendo la puerta.

Entonces conocemos realidades que jamás habríamos podido descubrir únicamente mediante nuestras propias fuerzas.

No porque sean contrarias a la razón.

Porque proceden de una profundidad a la que la razón sola no podía llegar.

Preguntar no es dejar de creer

Hay creyentes que se preocupan cuando surge una dificultad intelectual.

«¿Estaré perdiendo la fe?».

No necesariamente.

Tener preguntas no significa haber perdido la fe.

La Sagrada Escritura está llena de preguntas.

Los santos preguntaron.

Los teólogos preguntaron.

Santo Tomás construye buena parte de la Summa comenzando precisamente con objeciones. Antes de responder, permite que aparezca la dificultad con toda su fuerza.

Eso es una gran muestra de confianza en la verdad.

Una fe insegura necesita impedir preguntas.

Una fe madura sabe que la verdad no se desmorona porque la examinemos.

Naturalmente, una cosa es preguntar para comprender y otra muy distinta formular una pregunta habiendo decidido previamente que ninguna respuesta podrá satisfacernos.

También aquí importa nuestra disposición interior.

No es lo mismo decir:

«Señor, no entiendo esto; ayúdame a comprender»

que decir:

«Solo aceptaré aquello que coincida previamente con lo que yo considero aceptable».

En el segundo caso ya hemos decidido quién será la medida última de la verdad.

Y no será Dios.

«Creo; ayuda mi incredulidad»

Hay una escena del Evangelio que me parece especialmente consoladora para comprender la fe.

Un padre pide a Jesús ayuda para su hijo y, en medio de aquel encuentro, pronuncia una de las oraciones más sinceras de toda la Escritura:

«Creo; ayuda mi incredulidad».

Es magnífica precisamente porque no tiene nada de triunfal.

Aquel hombre cree.

Y al mismo tiempo sabe que su fe es frágil.

No disimula.

No finge delante de Cristo una certeza que no tiene.

Le entrega incluso su dificultad para creer.

A veces nuestra oración tendrá que parecerse a esa.

«Señor, creo, pero me cuesta».

«Creo, pero estoy cansado».

«Creo, aunque ahora mismo no entiendo nada».

«Creo, aunque no siento tu presencia».

Incluso nuestra fragilidad puede convertirse en materia de oración.

La fe no consiste en presentar a Dios una confianza perfecta fabricada por nosotros.

Consiste también en pedirle que sostenga la confianza que Él mismo ha sembrado.

La fe no es sentir a Dios

Esta distinción resulta fundamental en la vida espiritual.

Hay épocas en las que la presencia de Dios parece casi tangible. Rezamos con facilidad. Una palabra del Evangelio nos toca profundamente. La Eucaristía nos llena de consuelo. Salimos de un retiro con una claridad interior extraordinaria.

Y hay otras temporadas en las que no ocurre prácticamente nada de eso.

Rezamos y no sentimos nada.

Vamos a Misa cansados.

Abrimos la Escritura y no encontramos una frase que parezca escrita especialmente para nosotros aquella mañana.

Entonces puede aparecer una conclusión peligrosa:

«Dios se ha alejado».

No necesariamente.

Lo que ha cambiado puede ser nuestra experiencia sensible.

Y experiencia sensible y presencia de Dios no son lo mismo.

Los sentimientos son reales, pero no son jueces infalibles de la realidad.

Podemos estar rodeados de personas que nos quieren y sentirnos solos.

Podemos atravesar una etapa de aridez y seguir estando profundamente sostenidos por Dios.

Dios no tiene obligación de emocionarnos

Esto puede sonar un poco fuerte, pero resulta liberador.

Dios no tiene obligación de producir continuamente en nosotros determinadas emociones para demostrar que existe y que nos ama.

Hay momentos de consuelo, y debemos agradecerlos.

Pero el amor a Dios no puede depender únicamente de ellos.

También en el amor humano sucede algo parecido.

Un matrimonio que lleva cincuenta años unido no vive permanentemente de la emoción experimentada el día de la boda. Ha aparecido algo más profundo: fidelidad, conocimiento, entrega, historia compartida.

En la relación con Dios también tenemos que crecer.

Al principio quizá buscamos mucho aquello que sentimos cuando rezamos.

Poco a poco Dios puede enseñarnos a buscarlo a Él.

Y a veces la ausencia de consuelos espirituales sirve precisamente para hacer visible la diferencia.

¿Quiero a Dios?

¿O quiero principalmente sentirme bien cuando estoy con Dios?

No siempre resulta agradable descubrir la respuesta.

Pero puede purificar muchísimo nuestra fe.

La oscuridad también puede formar creyentes

La tradición espiritual conoce bien esta experiencia.

Dios puede permitir épocas en las que las antiguas seguridades sensibles desaparecen. No necesariamente porque estemos retrocediendo.

Puede estar invitándonos a una fe más desnuda.

Una cosa es rezar porque sentimos una alegría inmediata al hacerlo.

Otra es permanecer delante de Dios cuando aparentemente no ocurre nada.

Quizá ese segundo acto contenga un amor mucho más puro.

«Señor, estoy aquí porque eres Tú, no porque esta media hora me resulte agradable».

Eso es muy grande.

La fidelidad en la oscuridad puede realizar dentro de nosotros una obra que el entusiasmo, por sí solo, nunca habría conseguido.

Abrahán tuvo que caminar

La Carta a los Hebreos presenta a Abrahán como un gran modelo de fe.

Dios le pide salir.

¿Hacia dónde?

Hacia una tierra que le mostrará.

A nosotros probablemente nos habría gustado recibir algo más de información antes de hacer las maletas.

Localización exacta.

Duración estimada del viaje.

Condiciones.

Garantías.

Plan alternativo por si la promesa no funcionaba como esperábamos.

Abrahán recibe una palabra.

Y camina.

Esto no significa que la fe cristiana consista en lanzarse irresponsablemente a decisiones absurdas. Para algo hemos hablado ya de la prudencia.

Significa que nunca tendremos bajo control todos los elementos de nuestra existencia.

Llegará un punto en que, después de pensar, rezar, consultar y discernir, tendremos que dar un paso sin poseer el futuro.

Y entonces la fe nos recuerda algo decisivo:

el futuro no está vacío.

Dios estará allí.

Queremos un mapa; muchas veces Dios nos da compañía

Nos gustaría conocer la voluntad de Dios con la precisión de un navegador.

Dentro de doscientos metros, gire a la derecha.

Dentro de seis meses ocurrirá esto.

Dentro de cinco años aquello.

No suele funcionar así.

Dios nos ha dado inteligencia, libertad, la enseñanza de la Iglesia, personas que pueden aconsejarnos, circunstancias que debemos leer, la oración y los sacramentos.

Y después muchas decisiones continúan conteniendo una parte de riesgo.

Porque seguimos siendo criaturas.

La fe no elimina esa condición.

Hace algo mejor.

Nos permite descubrir que no tenemos que conocer cada metro del camino si conocemos suficientemente a Aquel con quien caminamos.

A veces pedimos a Dios un mapa.

Y Dios nos ofrece su mano.

La fe no necesita perseguir constantemente señales

Existe una forma de inseguridad religiosa que necesita transformar continuamente cada circunstancia en una señal extraordinaria.

Una frase escuchada por casualidad.

Un número.

Una coincidencia.

Un sueño.

Una imagen.

Una persona que aparece.

Todo parece convertirse inmediatamente en mensaje cifrado de Dios.

Dios puede servirse de cualquier cosa. Naturalmente.

Pero la vida cristiana no necesita convertirse en una investigación permanente de códigos secretos.

Tenemos algo mucho más sólido.

Tenemos a Jesucristo.

Tenemos el Evangelio.

Tenemos la Tradición apostólica.

Tenemos la Iglesia.

Tenemos los sacramentos.

Tenemos la oración.

Tenemos inteligencia.

No necesitamos que Dios nos envíe un telegrama sobrenatural cada vez que tenemos que decidir dónde pasar las vacaciones.

La fe madura descansa en aquello que Dios ya ha revelado y aprende a vivir serenamente dentro de la providencia.

La fe es necesariamente eclesial

También aquí aparece una característica profundamente cristiana.

Nadie se da la fe a sí mismo.

La recibimos.

Alguien nos habló de Dios.

Alguien nos enseñó el nombre de Jesús.

Alguien nos hizo la señal de la cruz sobre la frente.

Alguien nos llevó hasta una iglesia.

Alguien nos enseñó a rezar.

Puede haber sido nuestra familia.

Un sacerdote.

Una religiosa.

Un catequista.

Un amigo.

O quizá nuestra historia fue distinta y el encuentro con la fe llegó mucho más tarde.

Pero siempre existe una comunidad que nos precede.

Cuando nosotros pronunciamos «creo», entramos en un «creemos» que empezó muchísimo antes de nuestra llegada.

El Credo es más antiguo que nosotros

Esto me parece particularmente hermoso.

Cada domingo decimos unas palabras que otros cristianos dijeron antes que nosotros.

Las pronunciaron creyentes en tiempos de paz.

Las pronunciaron mártires.

Las enseñaron padres a hijos.

Las rezaron monjes.

Las confesaron hombres y mujeres que murieron siglos antes de que nosotros naciéramos.

Y, si Dios quiere, seguirán pronunciándose cuando nosotros hayamos desaparecido.

Hay algo sanamente humilde en esto.

La fe no comienza conmigo.

La Iglesia no empezó cuando yo descubrí una determinada cuestión teológica.

El Evangelio no necesita adaptarse a cada una de mis intuiciones personales para seguir siendo verdadero.

Hemos recibido.

Y precisamente porque hemos recibido tenemos la responsabilidad de custodiar y transmitir.

«Creo en Cristo, pero no en la Iglesia»

Es una frase muy frecuente.

A veces nace de experiencias dolorosas. Pecados de miembros de la Iglesia. Escándalos. Malas experiencias pastorales. Incoherencias.

No debemos minimizar esas heridas.

Pero también debemos decir algo con claridad.

El Cristo del Evangelio no quiso formar una colección de creyentes autónomos relacionados individualmente con Él sin ninguna mediación eclesial.

Llamó discípulos.

Escogió a los Doce.

Confió una misión.

Instituyó sacramentos.

Envió el Espíritu Santo sobre una comunidad.

La Iglesia está llena de pecadores desde el principio. Pedro negó. Los apóstoles huyeron. Judas traicionó.

Y, sin embargo, Cristo quiso que la fe llegara hasta nosotros por medio de esta comunidad visible.

No porque cada cristiano sea impecable.

Porque Él permanece fiel.

La fe recibida tiene que hacerse nuestra

Ahora bien, que la fe se reciba no significa que baste con conservarla como quien conserva una costumbre familiar.

Una persona puede estar bautizada.

Haber hecho la Primera Comunión.

Conocer el Padrenuestro.

Ir ocasionalmente a Misa.

Celebrar todas las fiestas cristianas de su pueblo.

Y no haberse preguntado nunca seriamente:

«¿Yo me fío de Dios?»

La fe cultural puede ser un terreno magnífico. Nos ha transmitido palabras, símbolos, fiestas, recuerdos, lugares, devociones.

Pero llega un momento en que la fe recibida necesita convertirse también en una respuesta personal.

No significa inventar una fe distinta de la Iglesia.

Significa hacer nuestra la que hemos recibido.

Un día dejamos de decir únicamente:

«Esto es lo que siempre ha creído mi familia»

y empezamos a poder decir:

«Señor, yo también creo».

Dios no tiene nietos

La expresión puede sonar curiosa, pero contiene una verdad.

Dios tiene hijos.

No nietos.

La fe de nuestros padres puede habernos llevado hasta la puerta. Puede habernos enseñado a rezar. Puede haber creado un hogar donde Dios estuviera presente.

Todo eso es una gracia enorme.

Pero nadie puede responder definitivamente a Dios por nosotros.

También cada sacerdote.

Cada religiosa.

Cada católico que lleva toda la vida dentro de la Iglesia.

Tiene que volver de vez en cuando a esa pregunta fundamental:

«Señor, ¿me fío de ti?»

Porque incluso podemos trabajar diariamente con cosas de Dios y terminar hablando mucho de Él sin hablar apenas con Él.

Saber teología tampoco sustituye la fe

Podemos conocer muchas cosas sobre Dios.

Leer muchísimo.

Conocer la historia de los concilios.

Dominar las discusiones doctrinales.

Saber distinguir perfectamente entre naturaleza, esencia, sustancia y persona.

Y todo eso puede ser magnífico.

Pero saber cosas acerca de Dios no significa necesariamente habernos entregado a Él.

La información religiosa y la fe no son idénticas.

También podemos conocer muchísimo sobre un personaje histórico sin haberlo conocido personalmente.

En la fe ocurre algo más.

La doctrina nos protege de inventarnos un Dios a nuestra medida. Es absolutamente necesaria.

Pero la doctrina verdadera nos conduce a una relación.

El Catecismo no termina diciéndonos únicamente qué debemos saber sobre Dios.

Nos invita a entregarnos a Él.

Tampoco debemos despreciar la fe sencilla

En el extremo contrario encontramos otro peligro.

Pensar que solo posee una fe profunda quien sabe expresarla con un lenguaje muy elaborado.

No.

Una persona puede no saber explicar técnicamente la unión hipostática y tener una fe hondísima en Jesucristo.

Una anciana que reza cada tarde el rosario junto a la cama de su marido enfermo puede estar realizando actos de fe de una profundidad que ningún examen académico podría medir.

No debemos idealizar la ignorancia. La formación es buena y necesaria.

Pero tampoco debemos confundir vocabulario con santidad.

La fe tiene inteligencia.

Y también tiene rodillas.

Una fe adulta necesita formación adulta

Dicho esto, convendría preguntarnos por qué algunas personas conocen con extraordinario detalle todo aquello que les interesa y conservan una formación cristiana propia de cuando tenían nueve años.

Sabemos modelos de teléfonos.

Equipos de fútbol.

Historia política.

Recetas.

Viajes.

Series.

Y cuando aparece una pregunta elemental sobre nuestra fe respondemos:

«Eso creo que me lo explicaron en catequesis».

El cristiano adulto necesita continuar formándose.

No para obtener un título.

Porque ama la verdad.

Porque aparecerán preguntas nuevas.

Porque vivimos en una sociedad que plantea cuestiones diferentes.

Porque tenemos responsabilidad sobre la fe que transmitimos.

Una fe que no quiere aprender corre el riesgo de terminar viviendo de recuerdos.

La Palabra de Dios alimenta la fe

Si la fe nace de escuchar a Dios, necesitamos escuchar su palabra.

Y aquí la Sagrada Escritura ocupa un lugar insustituible.

No como un libro mágico que abrimos al azar esperando que la primera frase resuelva directamente si debemos cambiar de coche.

La Escritura es Palabra de Dios confiada a la Iglesia.

Hay que leerla.

Escucharla en la liturgia.

Meditarla.

Estudiarla.

Rezar con ella.

Cuando la conocemos de verdad ocurre algo muy importante: empezamos a conocer mejor el lenguaje de Dios.

Y eso ayuda muchísimo al discernimiento.

Quien desconoce completamente el Evangelio puede terminar atribuyendo fácilmente a Dios cualquier idea que se le haya ocurrido durante la oración.

La Palabra educa también nuestros oídos.

La Eucaristía nos obliga a tomar en serio la fe

Quizá uno de los actos de fe más radicales que realiza ordinariamente un católico ocurre delante del altar.

Vemos pan.

Después de la consagración seguimos percibiendo mediante nuestros sentidos las apariencias de pan.

Y nos arrodillamos.

¿Por qué?

Porque Cristo ha hablado.

«Esto es mi cuerpo».

La fe recibe esa palabra.

Cuando nos acercamos a comulgar, el ministro dice:

«El Cuerpo de Cristo».

Y nosotros respondemos:

«Amén».

No es una contraseña para recibir la comunión.

Es una profesión de fe.

Sí.

Es verdad.

Creo.

Quizá deberíamos pronunciar ese «Amén» de una forma un poco menos automática.

La genuflexión también piensa

A veces contraponemos demasiado gesto e inteligencia.

Pero el cuerpo también puede expresar la fe.

Nos arrodillamos porque creemos.

Hacemos una genuflexión porque creemos.

Guardamos silencio porque creemos.

Tratamos el sagrario de determinada manera porque creemos.

La liturgia educa también mediante el cuerpo.

Un gesto externo no garantiza por sí mismo una fe interior.

Pero tampoco da igual cómo tratamos corporalmente aquello que afirmamos creer.

Si confesamos la presencia real de Cristo, esa fe termina reclamando una forma de estar delante de Él.

Las rodillas también pueden hacer teología.

La confesión es otro extraordinario acto de fe

Pensemos en el sacramento de la Penitencia.

Entramos con pecados reales.

Los confesamos.

Un sacerdote pronuncia sobre nosotros unas palabras.

Y salimos creyendo que nuestros pecados han sido verdaderamente perdonados.

Quizá emocionalmente todavía sintamos vergüenza.

Quizá el recuerdo continúe doliendo.

Quizá no sintamos ninguna experiencia extraordinaria.

Pero la fe responde:

«Dios me ha perdonado».

No porque consigamos convencernos a nosotros mismos.

Porque Cristo ha confiado a su Iglesia el ministerio de la reconciliación.

Hay una enorme libertad en aprender a apoyarnos más en la palabra de Dios que en nuestros estados de ánimo.

Creer en la misericordia también cuesta

Curiosamente, algunas personas aceptan con relativa facilidad muchas verdades de la fe y encuentran enormes dificultades para creer una:

que Dios realmente puede perdonarlas.

Confiesan un pecado.

Reciben la absolución.

Y continúan pensando:

«Sí, pero lo mío…».

Como si hubiéramos descubierto finalmente el primer pecado de la historia demasiado grande para la Sangre de Cristo.

Esto puede disfrazarse de humildad.

No lo es.

La humildad reconoce el pecado.

Pero también reconoce la grandeza de Dios.

La fe nos pide aceptar ambas cosas.

Mi pecado es verdadero.

Y la misericordia de Dios es mayor.

A veces hace falta bastante fe para dejarse perdonar.

La fe debe bajar hasta el lunes por la mañana

Hay una tentación permanente en la vida cristiana: mantener la fe en una zona religiosa de nuestra existencia.

El domingo.

La iglesia.

Las oraciones.

Alguna celebración.

Y después vivir el resto de la semana según criterios que funcionarían exactamente igual si Dios no existiera.

Pero una fe viva termina entrando en toda la existencia.

Si creo que Dios es Padre, eso cambia mi manera de vivir la incertidumbre.

Si creo que cada ser humano está creado a imagen de Dios, cambia mi forma de tratarlo.

Si creo en la Eucaristía, cambia mi forma de asistir a Misa.

Si creo en el perdón de los pecados, cambia mi manera de afrontar mis caídas.

Si creo en la vida eterna, cambia mi relación con la muerte.

Si creo que tendré que responder ante Dios de mi vida, cambia mi manera de tomar decisiones.

La fe termina llegando a la agenda, al dinero, a la palabra, al cuerpo y al uso del tiempo.

De lo contrario corre el riesgo de convertirse en decoración religiosa.

Una pregunta incómoda

Existe un ejercicio bastante sencillo y quizá algo incómodo.

Preguntarnos:

«Si mañana descubriera que Dios no existe, ¿qué cosas concretas de mi vida cambiarían?»

Si la respuesta fuera «prácticamente ninguna», convendría examinar algo.

Porque creer no significa únicamente añadir la Misa del domingo a una existencia completamente independiente de Dios.

La fe introduce una manera distinta de mirar la realidad.

No significa que el cristiano tenga que comportarse de manera extravagante.

Tiene que trabajar.

Pagar facturas.

Descansar.

Organizarse.

Hacer la compra.

Pero todo eso empieza a situarse dentro de un horizonte diferente.

La vida viene de Dios.

Camina hacia Dios.

Y puede ser ofrecida a Dios.

La fe sin obras acaba muriendo

Santiago lo dice con una contundencia difícil de suavizar:

la fe sin obras está muerta.

No significa que adquiramos la salvación acumulando buenas acciones.

Todo comienza en la gracia.

Pero la gracia acogida produce fruto.

Si digo que creo en Cristo y esa fe nunca modifica absolutamente ninguna decisión, debemos preguntarnos qué clase de fe estamos viviendo.

El árbol no produce fruto para conseguir ser árbol.

Produce fruto porque está vivo.

Algo semejante ocurre aquí.

Las obras no compran la fe.

La muestran viva.

El sufrimiento pone a prueba nuestras frases

Resulta relativamente fácil decir:

«Confío en Dios»

cuando todo marcha razonablemente bien.

Hay salud.

Trabajo.

Personas queridas.

Planes.

Las cosas encajan.

Después llega un acontecimiento que no encaja en absoluto.

Una enfermedad.

Una muerte.

Una traición.

Un fracaso.

Una oración que llevamos años haciendo y que parece no recibir respuesta.

Entonces determinadas frases piadosas dejan de ser frases y se convierten en preguntas reales.

«¿Dónde está Dios?».

«¿Por qué ha permitido esto?».

«¿De verdad puedo seguir fiándome?».

No conviene responder demasiado rápidamente al sufrimiento.

Hay dolores que necesitan primero silencio.

Presencia.

Tiempo.

La fe cristiana no obliga a fingir que comprendemos lo incomprensible.

Dios no respondió al sufrimiento desde una butaca

Esta es una de las grandes diferencias del cristianismo.

Dios no nos dio simplemente una explicación sobre el dolor.

Entró en él.

Jesús lloró delante de la tumba de Lázaro.

Conoció el cansancio.

La incomprensión.

La traición.

La angustia de Getsemaní.

La injusticia.

La tortura.

La muerte.

Cuando el cristiano pregunta dónde está Dios en el sufrimiento, contempla una cruz.

No desaparecen automáticamente todas las preguntas.

Pero aparece una certeza.

Dios no observa nuestro dolor desde una distancia segura.

Ha tenido heridas.

Y después de resucitar las conserva glorificadas.

María creyó cuando parecía que todo se había desmentido

María es llamada bienaventurada precisamente porque creyó.

En la Anunciación recibe una promesa extraordinaria.

Pregunta cómo será posible.

Y responde:

«Hágase en mí según tu palabra».

Pero aquel «hágase» no terminó aquel día.

Tuvo que convertirse en años.

Belén.

La huida a Egipto.

Nazaret.

La incomprensión.

Y finalmente el Calvario.

Al pie de la cruz, humanamente, parecía que muchas promesas habían fracasado.

Aquel hijo anunciado como rey estaba muriendo como un condenado.

Y María permaneció.

Ahí la fe muestra una profundidad extraordinaria.

No consiste solamente en creer cuando vemos cómo todo se cumple.

También sabe permanecer cuando todavía no entendemos cómo podrá cumplirse.

Hay una fe que canta y otra que apenas susurra

No todos nuestros actos de fe tendrán la misma apariencia.

Habrá momentos de alegría en los que nuestra fe será casi canto.

Y habrá días en que solo podremos decir:

«Señor, sigo aquí».

No debemos despreciar esos segundos momentos.

Quizá sean algunos de los actos más preciosos de nuestra vida espiritual.

Una persona enferma que continúa rezando.

Alguien que atraviesa un duelo y sigue acudiendo a la Eucaristía aunque no comprenda nada.

Un cristiano que no siente consuelo desde hace meses y continúa dedicando tiempo a Dios.

No hacen mucho ruido.

Pero están creyendo.

La fe necesita memoria

Hay una orden que aparece continuamente en el Antiguo Testamento:

recuerda.

Israel tiene que recordar lo que Dios ha hecho.

Porque el olvido espiritual es peligrosísimo.

También nosotros atravesamos momentos en los que hemos visto con especial claridad la acción de Dios.

Una vocación.

Una conversión.

Una gracia recibida.

Una oración escuchada.

Una persona que apareció providencialmente.

Una etapa en la que experimentamos una ayuda que no esperábamos.

Después llegan días oscuros y podemos olvidar todo aquello.

La memoria espiritual permite decir:

«Hoy no veo con claridad, pero no voy a negar en la oscuridad aquello que conocí en la luz».

Conviene releer nuestra propia historia

De vez en cuando puede ser bueno preguntarnos cómo ha trabajado Dios en nuestra vida.

¿Quién me enseñó a rezar?

¿Qué personas fueron decisivas?

¿Cuándo empecé a vivir la fe personalmente?

¿Qué momentos cambiaron mi relación con Dios?

¿En qué situaciones recibí una ayuda que no esperaba?

¿Qué palabras del Evangelio me han acompañado durante años?

No se trata de vivir nostálgicamente mirando hacia atrás.

Se trata de descubrir un hilo.

Muchas veces comprendemos la providencia mejor cuando miramos el camino recorrido que cuando intentamos adivinar el siguiente kilómetro.

Dios llevaba escribiendo nuestra historia antes de que nosotros supiéramos leerla.

La fe también debe ser confesada

El Catecismo recuerda que el discípulo no solamente debe conservar la fe y vivir de ella. También debe profesarla y dar testimonio.

Esto requiere equilibrio.

No significa convertir cada conversación en una disputa apologética.

Tampoco consiste en ir buscando conflictos.

Pero existe el extremo contrario: esconder nuestra fe sistemáticamente para no incomodar a nadie.

Puede llegar un momento en que el silencio deje de ser prudencia y se convierta en miedo.

El cristiano tiene que aprender a decir con naturalidad:

«Soy católico».

«Creo en Cristo».

«La Iglesia enseña esto».

Sin agresividad.

Y sin pedir perdón por existir.

Confesar la fe no exige estar permanentemente enfadado

Esto también conviene recordarlo.

Hay cristianos que parecen creer que el mejor testimonio de la verdad consiste en tener cara de encontrarse siempre a cinco minutos de convocar un concilio para condenar a alguien.

No hace falta.

San Pedro pide dar razón de nuestra esperanza con mansedumbre y respeto.

Podemos ser claros y amables.

Firmes y educados.

Confesar la verdad sin despreciar a quien todavía no la comparte.

La fe cristiana no necesita nuestro mal carácter para resultar más verdadera.

Los mártires entendieron hasta dónde llega el «creo»

La forma extrema del testimonio es el martirio.

La palabra mártir significa precisamente testigo.

Hombres y mujeres que tuvieron delante una elección terrible.

Negar a Cristo o perder la vida.

No buscaron la muerte.

Amaban la vida.

Pero habían descubierto algo más grande que conservarla a cualquier precio.

Su testimonio dice:

Dios es verdaderamente Dios.

Puedes quitarme muchas cosas.

Incluso la vida.

Pero hay un lugar interior que no puedes conquistar sin que yo consienta.

La fe protege también ese núcleo de la conciencia.

Probablemente la mayoría de nosotros nunca tendrá que afrontar algo semejante.

Pero todos vivimos pequeñas ocasiones para confesar o esconder aquello que creemos.

La fe no es una medalla de superioridad

Finalmente debemos recordar algo decisivo.

La fe es gracia.

Si creemos, la primera reacción no debería ser mirar al no creyente desde arriba.

Debería ser dar gracias.

No somos cristianos porque seamos la clase intelectualmente superior que consiguió resolver un problema que otros no han sabido resolver.

Hemos recibido un don.

Y un don genera gratitud y responsabilidad, no soberbia.

Quizá una de las oraciones más importantes que podamos hacer sea muy sencilla:

«Señor, gracias por el don de la fe. Consérvalo en mí».

Y después pedir ese mismo don para otros.

Cuanto más creemos, más humildes deberíamos ser

Si nuestra fe nos acerca verdaderamente a Dios, nos acerca a la Verdad.

Y cuanto más nos acercamos a la luz, mejor vemos también aquello que necesita ser purificado dentro de nosotros.

Por eso resulta extraño un cristianismo que produce sistemáticamente arrogancia.

Podemos conocer muy bien la doctrina y utilizarla para golpear a los demás.

Podemos detectar todos los errores ajenos y permanecer completamente ciegos ante los propios.

Podemos ganar discusiones religiosas y perder la caridad.

San Pablo nos recuerda que la fe actúa por la caridad.

Las virtudes teologales no viven cada una encerrada en su habitación.

Se necesitan.

La fe nos conduce hacia Dios.

Y el Dios en quien creemos es Amor.

Un examen de nuestra fe

Quizá podamos terminar preguntándonos algunas cosas sin necesidad de responderlas todas de una vez: ¿mi fe es únicamente una herencia cultural o existe también una respuesta personal a Dios? ¿Quiero conocer mejor aquello que creo? ¿Cuándo fue la última vez que abrí la Sagrada Escritura simplemente para escuchar a Dios? ¿Me sigo formando o conservo prácticamente los mismos conocimientos religiosos que tenía al terminar la catequesis? ¿Confundo la ausencia de sentimientos con la ausencia de Dios? ¿Necesito constantemente señales extraordinarias para confiar? ¿Hay alguna enseñanza cristiana que preferiría que no fuera verdad porque me exigiría cambiar? ¿Mi manera de administrar el tiempo, el dinero, las relaciones y mis decisiones muestra de alguna forma que creo en Dios? ¿Recibo verdaderamente la Eucaristía como quien se encuentra con Cristo? ¿Creo en el perdón de Dios después de confesarme o sigo pensando que mis pecados son una excepción a su misericordia? ¿Recuerdo las obras que Dios ha realizado en mi historia? ¿Tengo miedo a reconocer públicamente que soy cristiano? ¿Mi fe me hace más humilde y caritativo?

Y quizá la pregunta que resume todas las demás sea esta:

¿Creo solamente cosas acerca de Dios o realmente me fío de Él?

«Amén»

Existe una pequeña palabra que pronunciamos continuamente y quizá encierra buena parte de todo lo que hemos dicho.

Amén.

La decimos al terminar nuestras oraciones.

La pronunciamos al profesar la fe.

La decimos cuando recibimos el Cuerpo de Cristo.

No significa simplemente «se acabó la oración».

Es una palabra de asentimiento.

Es verdad.

Me apoyo aquí.

Me fío.

Toda nuestra vida cristiana podría contemplarse como un lento aprendizaje de ese «Amén».

Al principio quizá lo pronunciamos porque nos lo enseñaron.

Después la vida empieza a ponerlo a prueba.

Amén cuando comprendemos.

Amén cuando todavía quedan preguntas.

Amén cuando Dios nos consuela.

Amén cuando parece guardar silencio.

Amén cuando aquello que ocurre coincide con nuestros planes.

Y amén cuando descubrimos que Dios no había firmado previamente nuestra agenda.

No es resignación.

No es dejar de pensar.

No es cerrar los ojos.

Es algo mucho más profundamente humano y cristiano.

Es haber conocido suficientemente a Aquel que habla como para poder caminar incluso cuando todavía no vemos todo el camino.

La fe no consiste en lanzarse ciegamente hacia un vacío.

Consiste en llegar hasta donde alcanza nuestra inteligencia, recibir la luz que Dios nos ha dado y, cuando delante aparece todavía una zona que no podemos dominar, descubrir que no estamos solos.

Entonces podemos dar el siguiente paso.

Y decir:

«Señor, no lo entiendo todo. Pero sé de quién me he fiado».

En el próximo artículo hablaremos de la segunda virtud teologal: la esperanza.

Y veremos que esperar cristianamente no consiste en convencernos de que todo terminará ocurriendo exactamente como deseamos. Hay esperanzas humanas que pueden romperse. Planes que fracasan. Puertas que se cierran. Cosas que ya no podrán recuperarse.

Y, sin embargo, puede seguir existiendo esperanza.

Porque la esperanza cristiana no descansa finalmente en la pregunta «¿saldrá todo como quiero?», sino en otra mucho más profunda:

«¿En manos de quién está mi vida?»

@sacerdosmariae

Imagen: Giotto di Bondone, La Fe (Fides), 1306, Capilla de los Scrovegni, Padua. Forma parte del gran ciclo de Virtudes y Vicios de la capilla y continúa la unidad visual de esta serie. La figura de la Fe expresa la firmeza de quien ha recibido una verdad sobre la que puede apoyarse. Una buena imagen de la virtud teologal por la que creemos a Dios y, creyéndole, aprendemos a confiarle toda nuestra existencia.

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