Las virtudes cristianas (XI): La caridad, aprender a amar con el amor de Dios.
Las virtudes cristianas (XI): La caridad, aprender a amar con el amor de Dios.
Hemos llegado a la tercera de las virtudes teologales.
Después de la fe, por la que creemos en Dios y nos fiamos de Él, y de la esperanza, por la que aguardamos de Él la vida eterna y la gracia necesaria para alcanzarla, encontramos la caridad.
Y san Pablo no deja demasiadas dudas sobre su importancia: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad».
¿Por qué la mayor?
Porque la caridad nos introduce de una manera especialísima en la misma vida de Dios.
El Catecismo la define como la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.
Parece una definición sencilla.
En realidad contiene una revolución completa.
Porque la caridad cristiana no significa simplemente ser buena persona, ayudar de vez en cuando a quien lo necesita, dar una limosna o experimentar sentimientos agradables hacia los demás.
Todo eso puede formar parte de ella.
Pero la caridad llega mucho más lejos.
Nos permite amar con un amor que tiene su origen en Dios.
La palabra «amor» sirve hoy para casi todo.
Decimos que amamos a una persona.
Pero también que amamos una canción, una comida, una ciudad, una camiseta o determinada marca de café.
La palabra se ha vuelto tan amplia que puede terminar significando casi cualquier cosa que nos guste.
Y eso genera cierta confusión cuando escuchamos el mandamiento de Cristo:
«Amaos unos a otros».
Podemos entender entonces:
«Sentid simpatía unos por otros».
Pero Jesús no nos ha mandado sentir simpatía.
Sería imposible.
Los sentimientos aparecen y desaparecen con bastante independencia de nuestra voluntad.
Hay personas que nos resultan agradables casi inmediatamente. Otras nos resultan difíciles. Algunas nos producen una simpatía espontánea. Otras, sin haber hecho quizá nada grave, consiguen ponernos nerviosos a los cinco minutos.
Cristo conoce perfectamente la naturaleza humana.
Por tanto, cuando manda amar no puede estar exigiendo que experimentemos idénticos sentimientos hacia todo el mundo.
La caridad pertenece a un nivel mucho más profundo.
Amar significa querer el bien.
Santo Tomás recoge una definición sencilla y extraordinariamente útil: amar es querer el bien para alguien.
Esto cambia mucho las cosas.
Porque puedo querer verdaderamente el bien de una persona aunque en ese momento no experimente ninguna emoción agradable hacia ella.
Una madre puede enfadarse profundamente con un hijo y continuar amándolo.
Un amigo puede tener que decir a otro algo que sabe que no le gustará precisamente porque desea su bien.
Podemos rezar por alguien que nos ha tratado injustamente mientras seguimos sintiendo dolor por aquello que hizo.
La caridad no depende de que nuestro mundo emocional esté perfectamente ordenado antes de comenzar a amar.
Actúa desde la voluntad iluminada por la fe y transformada por la gracia.
No siempre podemos decidir qué sentimos.
Sí podemos decidir muchas veces qué hacemos con lo que sentimos.
Ahí empieza un espacio enorme para la caridad.
Dios nos amó primero.
Aquí está el punto de partida.
El cristianismo no comienza diciendo:
«Tienes que amar mucho a Dios para que Dios empiece a quererte».
Dice exactamente lo contrario.
San Juan lo resume de manera magnífica:
«Él nos amó primero».
Antes de que pudiéramos hacer nada por Dios, Dios ya nos amaba.
Antes de nuestras buenas obras.
Antes de nuestra conversión.
Antes de nuestra primera oración.
Antes incluso de que existiéramos.
Nuestra existencia misma nace de un acto de amor.
Dios no nos creó porque necesitara algo de nosotros.
No estaba incompleto.
No le faltaba compañía.
No necesitaba aumentar su felicidad.
Nos quiso gratuitamente.
Por eso la caridad cristiana no consiste fundamentalmente en intentar fabricar amor hacia Dios.
Consiste primero en dejarnos alcanzar por el amor con el que Dios ya nos ama.
Es difícil dar aquello que uno nunca ha aprendido a recibir.
Puede ocurrir que una persona entienda toda la vida cristiana como una lista de cosas que debe hacer por Dios.
Tengo que rezar.
Tengo que obedecer.
Tengo que sacrificarme.
Tengo que cumplir.
Tengo que portarme bien.
Todo eso puede contener cosas verdaderas.
Pero si debajo falta una experiencia fundamental, la vida espiritual puede terminar resultando agotadora.
Antes de lo que nosotros hacemos por Dios está lo que Dios ha hecho por nosotros.
Cristo no comienza la Última Cena diciendo:
«Demostradme cuánto me queréis».
Se arrodilla y lava los pies de los discípulos.
Después podrá decir:
«Como yo os he amado, amaos también unos a otros».
El orden es decisivo.
Primero recibimos.
Después podemos dar.
«Como yo os he amado».
Aquí encontramos la medida cristiana del amor.
Jesús no dice simplemente:
«Ama al otro como mejor te parezca».
Dice:
«Como yo os he amado».
Y entonces tenemos que mirar a Cristo.
¿Cómo ama Jesús?
Ama tomando la iniciativa.
Ama gratuitamente.
Ama con paciencia.
Ama diciendo la verdad.
Ama perdonando.
Ama sirviendo.
Ama acercándose a quienes otros evitaban.
Ama sin convertir al otro en una posesión.
Ama respetando la libertad.
Ama hasta entregar la vida.
La caridad cristiana no se inventa su propia medida.
Mira continuamente a Cristo.
Y por eso siempre descubre que todavía puede crecer.
La cruz nos enseña qué significa «hasta el extremo».
En la cruz desaparece cualquier visión sentimental del amor.
Cristo no entrega su vida porque aquel viernes todo resulte agradable.
Está rodeado de insultos.
Ha sido traicionado.
Abandonado.
Condenado injustamente.
Sus enemigos no le están dando motivos humanos para experimentar simpatía.
Y, sin embargo, ama.
«Padre, perdónalos».
Aquí comprendemos la fuerza sobrenatural de la caridad.
Cristo no espera que el otro sea amable para empezar a amar.
Su amor nace de quién es Él, no de lo que merece quien tiene delante.
Esto resulta decisivo para nosotros.
Si solo amamos a quien nos trata bien, nuestro amor dependerá continuamente del comportamiento ajeno.
El otro tendrá el mando.
Será amable y yo amaré.
Me decepcionará y dejaré de amar.
La caridad introduce una libertad nueva.
Puedo seguir queriendo el bien incluso cuando el otro no me lo está poniendo precisamente fácil.
Amar al enemigo no significa decir que no ocurrió nada.
Este es uno de los puntos más difíciles del Evangelio.
«Amad a vuestros enemigos».
Podemos escuchar esa frase y pensar que el cristianismo nos obliga a minimizar el mal.
No.
Amar a quien nos ha hecho daño no significa negar lo ocurrido.
No significa llamar bueno a lo malo.
No significa eliminar toda consecuencia.
No significa que tengamos que confiar inmediatamente otra vez en quien nos ha traicionado.
No significa mantener una relación peligrosa.
Ni siquiera significa que la reconciliación completa sea siempre posible.
La caridad vive en la verdad.
Podemos reconocer:
«Lo que esta persona hizo estuvo mal».
Y al mismo tiempo decidir:
«No quiero su destrucción. No quiero convertirme en esclavo del odio. Rezaré para que encuentre el bien, la verdad y la conversión».
Eso ya es mucho.
A veces muchísimo.
Perdonar tampoco significa dejar de sentir dolor.
Otra confusión frecuente.
Pensamos que solo hemos perdonado cuando al recordar una herida ya no sentimos absolutamente nada.
No necesariamente.
La memoria emocional tiene sus propios tiempos.
Hay heridas que siguen doliendo incluso después de que la voluntad haya renunciado sinceramente a la venganza.
Podemos haber perdonado y continuar necesitando sanar.
El perdón cristiano comienza con una decisión:
«No quiero devolver mal por mal. Entrego a Dios esta deuda. Quiero para esta persona aquello que Dios quiera para ella».
Los sentimientos quizá acompañen después.
O quizá necesiten tiempo.
La caridad no nos obliga a falsificar lo que sentimos.
Nos enseña a no convertirlo en señor de nuestras decisiones.
Hay personas fáciles de amar desde lejos.
Quizá todos hemos comprobado algo parecido.
Resulta relativamente sencillo sentir compasión por una persona desconocida que aparece durante treinta segundos en un reportaje.
Es más difícil tener paciencia con quien deja siempre las cosas en el sitio equivocado.
Podemos emocionarnos ante los grandes problemas de la humanidad y perder la caridad porque alguien no ha respondido un mensaje.
Hay una razón.
El prójimo abstracto no suele molestarnos.
El prójimo real sí.
Tiene horarios.
Costumbres.
Defectos.
Opiniones.
Repite historias.
Interrumpe.
Se equivoca.
No siempre agradece.
Y precisamente ese es el prójimo que aparece en el Evangelio.
La caridad cristiana no ama solamente a «la humanidad».
Ama personas concretas.
Y normalmente bastante cerca.
La primera escuela de caridad suele estar en casa.
Podemos imaginar grandes obras de amor.
Pero la mayor parte de nuestra vida transcurre en lugares muy ordinarios.
Una familia.
Una comunidad.
Una parroquia.
Un lugar de trabajo.
Un grupo de amigos.
Ahí es donde la caridad deja de ser teoría.
Escuchar una historia que ya hemos escuchado varias veces.
Contestar con paciencia.
Recoger algo que no hemos dejado nosotros.
No despertar a quien está descansando.
Preguntar cómo está alguien y escuchar realmente la respuesta.
No convertir nuestro cansancio en permiso para tratar mal a los demás.
Son cosas pequeñas.
Precisamente por eso aparecen muchas veces al día.
Y lo que aparece muchas veces al día termina construyendo una vida.
No existe una caridad doméstica de segunda categoría.
A veces pensamos que servir a Dios consiste fundamentalmente en realizar cosas extraordinarias.
Misiones.
Grandes apostolados.
Proyectos.
Sacrificios visibles.
Y puede que Dios nos llame a ellos.
Pero existe un riesgo.
Podemos estar dispuestos a salvar el mundo y resultar bastante insoportables para quienes viven con nosotros.
Algo falla.
La caridad no puede saltarse a las personas cercanas para llegar directamente a las lejanas.
San Juan lo plantea crudamente: quien no ama al hermano que ve difícilmente puede decir que ama a Dios, a quien no ve.
La primera prueba de muchas espiritualidades ocurre al cerrar la puerta de casa.
¿Qué queda de nuestra devoción cuando ya no hay público?
También se ama perdiendo tiempo.
Esta expresión necesita alguna explicación.
Naturalmente, el tiempo es valioso y debemos administrarlo prudentemente.
Pero desde el punto de vista de nuestra productividad existen momentos que parecen poco rentables.
Escuchar a alguien.
Visitar a un enfermo.
Acompañar a una persona mayor.
Sentarse junto a alguien que está triste sin poder resolverle nada.
Responder una llamada que llega en mal momento.
No hemos «producido» gran cosa.
Y, sin embargo, quizá hayamos amado mucho.
Nuestro mundo mide fácilmente el tiempo por resultados.
La caridad introduce otra medida:
presencia.
Hay personas cuyo mayor sufrimiento no puede solucionarse.
Pero puede acompañarse.
No todo problema necesita una solución inmediata.
Esto es especialmente difícil para quienes tenemos tendencia a solucionar cosas.
Alguien nos cuenta un problema y empezamos inmediatamente a fabricar respuestas.
«Lo que tienes que hacer es…»
Quizá.
Pero puede que aquella persona no haya venido buscando un plan estratégico.
Quizá necesitaba ser escuchada.
La caridad pregunta primero:
«¿Qué necesita realmente esta persona?»
A veces consejo.
A veces corrección.
A veces ayuda económica.
A veces silencio.
A veces sencillamente alguien que permanezca allí.
La prudencia vuelve a aparecer.
Porque la caridad sin prudencia puede hacer bastante daño intentando hacer el bien.
Las virtudes cristianas no funcionan como departamentos independientes.
La caridad no consiste en dar siempre la razón.
Esto merece mucha atención.
Existe una concepción del amor según la cual amar significa aprobar cualquier decisión del otro.
Pero si amar es querer su bien, habrá momentos en que el amor exija precisamente decir:
«Esto te está haciendo daño».
Un padre que nunca corrige a su hijo por miedo a disgustarlo no necesariamente lo ama más.
Un amigo que observa cómo otro destruye su vida y calla para conservar una relación cómoda tampoco está realizando el grado máximo de amistad.
La caridad y la verdad no son enemigas.
La corrección fraterna puede ser una obra de caridad.
El problema está en cómo, cuándo y por qué corregimos.
Porque también podemos utilizar «decir la verdad» como excusa para descargar nuestra irritación.
Antes de corregir conviene preguntarse para quién es la corrección.
Esta pregunta puede ahorrarnos bastantes errores.
¿Voy a decir esto porque deseo sinceramente el bien del otro?
¿O porque necesito demostrar que tenía razón?
¿Quiero ayudar?
¿O quiero que quede claro que la culpa es suya?
¿Estoy buscando un momento en que pueda escucharme?
¿O voy a aprovechar que estoy enfadado?
Una misma frase puede ser materialmente verdadera y estar pronunciada sin caridad.
La verdad cristiana nunca necesita crueldad para ser más verdadera.
Y la caridad nunca necesita mentir para parecer más amable.
El desafío consiste precisamente en unir ambas.
Hay silencios que son caridad.
No todo lo verdadero necesita ser dicho.
Al menos no por nosotros.
Al menos no ahora.
Sabemos muchas cosas sobre otras personas.
Historias.
Debilidades.
Errores.
Confidencias.
La caridad tiene una relación muy profunda con la custodia.
No utiliza la vulnerabilidad ajena como moneda social.
No cuenta una historia simplemente porque sea interesante.
No disfruta explicando las miserias de alguien.
Esto no significa encubrir aquello que legítimamente debe denunciarse o comunicarse a quien corresponda.
La justicia tiene sus exigencias.
Pero entre denunciar un mal necesario y convertir la vida ajena en entretenimiento existe una distancia enorme.
La caridad sabe guardar.
El cotilleo casi siempre necesita disfraz.
Muy pocas personas comienzan diciendo:
«Vamos a destruir un poco la fama de alguien».
Normalmente empezamos de una manera más respetable.
«Te lo cuento para que reces».
«Es que me preocupa muchísimo».
«Esto queda entre nosotros».
Y cinco minutos después conocemos detalles que no necesitábamos saber.
La caridad debería hacernos preguntar:
«¿Tiene esta persona derecho a que yo cuente esto?»
«¿La persona a quien se lo cuento necesita conocerlo?»
«¿Lo diría igual si el interesado estuviera sentado delante?»
No siempre será fácil.
Pero muchas conversaciones mejorarían bastante.
Y probablemente serían más cortas.
La fama del otro también es un bien.
A veces pensamos que robar significa únicamente llevarse dinero o cosas.
Pero una persona posee también un buen nombre.
Y podemos quitarle parte de él con una frase.
Quizá verdadera.
Pero innecesaria.
La caridad nos vuelve cuidadosos con la reputación ajena.
Especialmente en una época en la que podemos destruirla públicamente en pocos segundos y dejar la acusación circulando durante años.
Una captura de pantalla no conoce misericordia.
Internet tampoco olvida fácilmente.
El cristiano debería pensar dos veces antes de convertir el error de otra persona en contenido.
La caridad digital sigue siendo caridad.
No dejamos de ser discípulos de Cristo cuando desbloqueamos el teléfono.
Esto parece evidente.
Pero no siempre lo practicamos.
Podemos escribir en redes cosas que jamás diríamos mirando a una persona a los ojos.
Deshumanizamos.
Convertimos un perfil en una idea.
Y después atacamos la idea.
La pantalla crea distancia.
La caridad devuelve un rostro.
Detrás de esa cuenta existe una persona.
Quizá equivocada.
Quizá profundamente equivocada.
Pero persona.
Esto no impide discutir.
Ni denunciar.
Ni defender la verdad.
Significa no olvidar quién es el otro mientras lo hacemos.
Ganar una discusión puede ser una manera de perder.
Podemos construir un argumento impecable.
Dejar al otro sin respuesta.
Recibir aplausos.
Y haberlo humillado innecesariamente.
¿Ganamos?
Depende de qué buscábamos.
Si nuestro objetivo era demostrar nuestra superioridad, quizá sí.
Si queríamos acercar a aquella persona a la verdad, tal vez acabamos de alejarla.
La caridad no exige perder deliberadamente los debates.
Exige recordar que la verdad cristiana no es un trofeo que colocamos sobre el cadáver dialéctico del adversario.
La verdad busca salvar.
Cristo no vino para ganar discusiones.
Vino para ganar personas.
Amar al pecador no significa amar el pecado.
Esta distinción se ha repetido muchas veces porque sigue siendo necesaria.
Podemos querer profundamente a una persona y rechazar determinadas decisiones que ha tomado.
Es más: precisamente porque la queremos quizá no podamos llamar bueno a aquello que consideramos que la destruye.
Pero también debemos recordar la otra mitad.
Rechazar el pecado no nos autoriza a despreciar al pecador.
Resulta sencillo mantener una doctrina correcta sobre el mal y olvidarnos después de que delante tenemos una persona concreta con historia, heridas, condicionamientos, libertad y una dignidad que no ha perdido.
Jesús sabe decir:
«No peques más».
Pero antes ha impedido que la apedreen.
Verdad y misericordia.
Otra vez juntas.
La caridad empieza por mirar como Cristo mira.
En el Evangelio aparece muchas veces esa mirada.
Jesús ve a la multitud y se compadece.
Ve a Zaqueo subido en un árbol.
Ve a Pedro después de la negación.
Ve a la viuda que ofrece dos monedas.
Ve al joven rico y, dice expresamente el Evangelio, lo ama.
Nosotros miramos y clasificamos muy deprisa.
Pesado.
Difícil.
Problemático.
Ignorante.
Arrogante.
Conservador.
Progresista.
Rico.
Pobre.
De los míos.
De los otros.
Las etiquetas pueden contener alguna información.
Pero nunca contienen toda una persona.
La caridad intenta volver a mirar.
Una persona siempre es más que lo peor que ha hecho.
Esto no elimina la responsabilidad.
Hay actos gravísimos.
Crímenes.
Daños que deben ser reparados.
Consecuencias justas.
Pero el cristianismo se niega a identificar completamente a un ser humano con su pecado.
Porque si lo hiciéramos, la conversión sería conceptualmente imposible.
San Pablo persiguió cristianos.
San Pedro negó al Señor.
San Agustín tuvo una vida que él mismo tuvo después pocas dificultades en reconocer como desordenada.
La gracia no niega lo que hemos sido.
Demuestra que no estamos condenados a ser únicamente eso para siempre.
La caridad mira al otro también desde aquello que Dios puede hacer en él.
La paciencia es una de las formas más ordinarias del amor.
San Pablo comienza su gran descripción de la caridad diciendo que es paciente.
No parece casualidad.
Porque amar personas requiere tiempo.
Y las personas cambian lentamente.
También nosotros.
Queremos resultados inmediatos.
Que el otro comprenda.
Que cambie.
Que aprenda.
Que deje de repetir el mismo error.
La caridad sabe acompañar procesos.
Naturalmente, paciencia no significa permitir cualquier cosa indefinidamente.
Hay límites necesarios.
Pero existe una diferencia entre poner un límite y declarar perdida a una persona.
Dios ha tenido una paciencia impresionante con nosotros.
Quizá eso debería influir un poco en la que tenemos con los demás.
«Otra vez».
Hay una palabra peligrosa en muchas relaciones.
«Otra vez».
Otra vez ha olvidado esto.
Otra vez ha dicho aquello.
Otra vez llega tarde.
Otra vez tenemos la misma conversación.
Y probablemente sea verdad.
Pero convendría recordar cuántas veces Dios podría pronunciar exactamente esa palabra sobre nosotros.
Otra vez el mismo pecado.
La misma falta de paciencia.
La misma distracción.
La misma promesa incumplida.
Y aquí seguimos.
No porque a Dios le resulte indiferente nuestra conversión.
Sino porque su paciencia no se agota al ritmo de la nuestra.
La caridad sabe servir sin llevar contabilidad.
Existe una forma de servicio que lleva un libro de cuentas interior.
Yo hice esto por ti.
Después aquello.
Aquel día fui yo quien llamó.
La última vez también cedí yo.
Puede existir una injusticia real en una relación y debemos verla.
Pero otras veces simplemente hemos empezado a contabilizar el amor.
Y la contabilidad afectiva puede ser agotadora.
La caridad busca una cierta gratuidad.
Hace el bien porque el bien merece ser hecho.
No necesita recibir inmediatamente una devolución equivalente.
Eso no significa permitir relaciones abusivas.
Significa aprender que el amor verdadero contiene siempre algo de don.
Dios no nos ama porque seamos rentables.
Esta idea puede curarnos mucho.
Nuestro valor delante de Dios no depende de nuestra productividad.
Un niño pequeño no produce demasiado.
Un enfermo grave puede necesitar muchísimo y aportar aparentemente poco desde criterios económicos.
Una persona anciana puede depender de otros para casi todo.
Y, sin embargo, su dignidad permanece intacta.
La caridad cristiana introduce una afirmación radical:
hay personas que merecen ser amadas simplemente porque son personas.
No porque produzcan.
No porque sean útiles.
No porque puedan devolvernos algo.
Esto cambia nuestra manera de mirar a quienes nuestra sociedad corre el riesgo de considerar una carga.
Los pobres no son un problema que la caridad viene a solucionar.
Son personas.
Esta diferencia es fundamental.
Podemos hacer obras asistenciales perfectamente organizadas y terminar tratando a quienes reciben ayuda como expedientes.
Cristo no amó categorías.
Amó personas.
El pobre tiene nombre.
Historia.
Libertad.
Opiniones.
Incluso puede ser difícil.
La caridad no consiste simplemente en entregar algo.
Consiste en reconocer un hermano.
Por eso la limosna cristiana adquiere toda su dignidad cuando no es una forma elegante de quitarnos a alguien de encima.
Damos algo.
Pero intentamos también mirar.
Las obras de misericordia dan cuerpo al amor.
Dar de comer al hambriento.
Dar de beber al sediento.
Vestir al desnudo.
Visitar al enfermo y al preso.
Acoger.
Enterrar a los muertos.
Enseñar.
Aconsejar.
Consolar.
Perdonar.
Soportar con paciencia.
Rezar por vivos y difuntos.
La tradición cristiana ha tenido la sabiduría de concretar la caridad.
Porque «amar a todo el mundo» puede quedarse en una frase magnífica que no exige demasiado.
Las obras de misericordia nos preguntan:
¿A quién?
¿Cuándo?
¿De qué manera?
El amor cristiano termina teniendo manos.
Hay personas que necesitan nuestro dinero y otras nuestro tiempo.
Y no siempre preferimos dar aquello que realmente necesitan.
A veces resulta más sencillo entregar dinero que dedicar una tarde.
Otras veces damos tiempo, pero nos resistimos a compartir bienes materiales.
La caridad debe discernir.
No todos necesitan lo mismo.
Una persona puede necesitar ayuda económica.
Otra una llamada.
Otra que alguien la acompañe al médico.
Otra recibir una corrección.
Otra simplemente no pasar una comida sola.
La pregunta no es:
«¿Qué me resulta más cómodo dar?»
Sino:
«¿Qué bien puedo hacer realmente aquí?»
Tampoco somos salvadores de todo el mundo.
La caridad necesita límites.
Esto puede parecer extraño.
Pero es importante.
No podemos resolver todas las necesidades.
No podemos atender personalmente a cada persona que sufre.
No podemos decir siempre que sí.
Intentarlo terminaría destruyéndonos y probablemente nos haría incumplir obligaciones reales con quienes Dios ha puesto más directamente a nuestro cuidado.
Jesús mismo no curó durante su vida terrena a todos los enfermos del Imperio romano.
Tenía una misión concreta.
Nosotros también tenemos límites.
La caridad no pide omnipotencia.
Pide fidelidad.
No somos responsables de hacer todo el bien imaginable.
Sí del bien que realmente podemos y debemos hacer.
Decir «no» también puede ser caridad.
Hay ocasiones en que ayudar de determinada manera mantiene precisamente el problema.
Dar dinero a quien lo utilizará para alimentar una adicción puede no ser verdadera ayuda.
Resolver continuamente las consecuencias de las decisiones irresponsables de otra persona puede impedir que madure.
Aceptar todas las exigencias de alguien puede consolidar una relación profundamente desordenada.
La caridad busca el bien verdadero.
Por eso necesita prudencia.
A veces el amor abre la mano.
Y otras veces tiene que mantenerla cerrada.
No por castigo.
Para que pueda aparecer otro bien mayor.
La caridad empieza por Dios.
Hasta ahora hemos hablado mucho del prójimo, pero la definición cristiana comienza antes.
Amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo.
Esto significa que Dios no es simplemente un medio para obtener otras cosas.
Podemos acercarnos a Él porque necesitamos ayuda.
Es completamente legítimo.
Cristo nos enseña a pedir.
Pero la relación debe madurar.
En algún momento empezamos a amar a Dios no solamente por lo que nos da.
Sino por quien Él es.
Aquí aparece algo muy parecido a lo que sucede en las relaciones humanas.
Una amistad auténtica no consiste en querer al amigo únicamente mientras resulte útil.
La caridad nos introduce en una amistad con Dios.
¿Quiero a Dios o quiero las cosas de Dios?
Es una buena pregunta.
Quiero consuelo.
Paz.
Soluciones.
Ayuda.
Protección.
Una determinada gracia.
Todo eso podemos pedirlo.
Pero imaginemos que durante una temporada Dios no nos concede aquello que esperábamos.
¿Qué ocurre entonces con nuestra relación con Él?
La caridad aprende poco a poco a decir:
«Señor, te quiero a ti, también cuando no entiendo lo que haces».
Eso no nace de un día para otro.
La vida entera puede ser una escuela.
Pasamos de buscar las manos de Dios por lo que contienen a buscar su rostro.
Cumplir los mandamientos también pertenece al amor.
Jesús establece una relación muy clara:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos».
Esto puede resultar incómodo en una cultura que contrapone fácilmente amor y norma.
Pensamos que si existe amor ya no hacen falta mandamientos.
Pero precisamente porque amamos existen comportamientos incompatibles con ese amor.
Un esposo no puede decir:
«Amo muchísimo a mi mujer y por eso mi fidelidad resulta secundaria».
La fidelidad expresa el amor.
Con Dios ocurre algo semejante.
Los mandamientos no son obstáculos colocados delante del amor.
Indican caminos concretos en los que el amor puede hacerse vida.
La obediencia cambia cuando nace del amor.
El Catecismo recuerda una idea preciosa de san Basilio.
Podemos evitar el mal por miedo al castigo, como un esclavo.
Podemos hacer el bien pensando únicamente en la recompensa, como un trabajador que espera su jornal.
Pero existe una relación más profunda.
La del hijo.
El hijo comienza a querer aquello que agrada al padre porque lo ama.
La caridad transforma así nuestra relación con Dios.
Ya no preguntamos solamente:
«¿Esto es pecado mortal o venial?»
Esa pregunta puede ser necesaria.
Pero aparece otra más hermosa:
«Señor, ¿qué te agrada?»
Hemos pasado del límite mínimo a la lógica del amor.
El amor pregunta algo distinto del simple cumplimiento.
Una persona que vive únicamente pendiente del mínimo obligatorio pregunta:
«¿Hasta dónde puedo llegar sin cometer pecado?»
Es una pregunta bastante pobre.
Se parece a preguntar en un matrimonio:
«¿Cuál es la cantidad mínima de fidelidad y atención necesaria para que técnicamente sigamos casados?»
La caridad ensancha el horizonte.
No pregunta cuánto puede ahorrar de sí misma.
Pregunta cuánto puede entregar.
Eso no significa realizar continuamente actos extraordinarios.
Muchas veces significa hacer las mismas cosas ordinarias con otro corazón.
La oración cambia cuando amamos.
Al principio quizá rezamos principalmente para pedir.
Después empezamos también a agradecer.
Más adelante descubrimos la alabanza.
Y finalmente puede aparecer algo muy sencillo:
estar.
Sin demasiadas palabras.
Porque queremos a Dios.
Cuando dos personas se quieren profundamente no necesitan convertir cada minuto compartido en una reunión con orden del día.
La amistad disfruta también de la presencia.
La oración cristiana puede madurar hasta ahí.
No tengo ahora una necesidad concreta.
No vengo a conseguir nada.
Estoy aquí porque Tú estás.
Eso es caridad.
La Eucaristía es sacramento de la caridad.
No podía ser de otro modo.
Cristo se entrega.
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros».
La Eucaristía hace presente sacramentalmente el amor llevado hasta el extremo.
Recibimos a Cristo.
Y esa comunión no puede quedar encerrada entre nosotros y Él.
Quien recibe el Cuerpo de Cristo entra más profundamente en el Cuerpo que es la Iglesia.
La mesa eucarística y el amor al hermano pertenecen a una misma lógica.
Sería profundamente contradictorio adorar a Cristo en el altar y despreciarlo después en el hermano.
«Lo que hicisteis a uno de estos, a mí me lo hicisteis».
Esta palabra de Cristo debería inquietarnos un poco.
Porque establece una identificación impresionante.
El hambriento.
El sediento.
El extranjero.
El desnudo.
El enfermo.
El preso.
«A mí».
Muchas veces querríamos encontrar a Cristo en circunstancias extraordinarias.
Y Él insiste en esconderse en lugares bastante incómodos.
Quizá por eso cuesta reconocerlo.
Nos arrodillaríamos inmediatamente si Cristo apareciera visiblemente delante de nosotros.
Pero puede que nos cueste dedicar diez minutos a una persona que necesita hablar.
La caridad educa la mirada para descubrir una presencia.
La caridad también ama dentro de la Iglesia.
Puede parecer obvio.
No siempre lo es.
Podemos defender apasionadamente a la Iglesia universal y tener bastantes dificultades para soportar al católico que se sienta dos bancos más allá.
La Iglesia real contiene personas muy diferentes.
Sensibilidades.
Carismas.
Historias.
Formas de espiritualidad.
Temperamentos.
Y también pecadores.
La comunión cristiana no consiste en encontrar un grupo formado exclusivamente por personas con las que espontáneamente coincidimos en todo.
Eso sería más bien un club.
La Iglesia es familia.
Y las familias tienen una particular capacidad para reunir personas que quizá nunca se habrían elegido mutuamente.
No toda diferencia es una traición.
A veces nos cuesta distinguir entre aquello que pertenece a la fe y aquello que pertenece a nuestra sensibilidad.
Podemos terminar pensando que cualquier cristiano que no rece como nosotros, no tenga nuestras devociones, no utilice nuestro lenguaje o no comparta nuestras preferencias pastorales está en una categoría sospechosa.
Naturalmente existen errores doctrinales reales.
No todo da igual.
Pero también existe una gran variedad legítima dentro de la Iglesia.
La caridad sabe conservar la verdad sin convertir nuestras preferencias en dogmas adicionales.
Es un buen ejercicio.
Preguntarnos de vez en cuando:
«¿Esto lo exige realmente la fe o simplemente me gusta a mí?»
La unidad no significa uniformidad.
San Pablo utiliza la imagen del cuerpo.
Ojo.
Mano.
Pie.
Cada miembro es distinto.
Precisamente por eso puede existir un cuerpo.
Un cuerpo formado únicamente por ojos sería bastante inútil.
En la Iglesia ocurre algo semejante.
Necesitamos carismas distintos.
Vocaciones diferentes.
Sensibilidades complementarias.
La caridad permite alegrarnos del bien que hace otro incluso cuando no lo hace exactamente como lo haríamos nosotros.
Y esto puede exigir bastante humildad.
Especialmente cuando funciona.
Alegrarse del bien ajeno es una forma muy fina de caridad.
San Pablo dice que la caridad no es envidiosa.
La envidia sufre por el bien del otro.
La caridad se alegra.
Parece sencillo hasta que el otro consigue precisamente aquello que nosotros queríamos.
Un reconocimiento.
Un éxito.
Una oportunidad.
Un puesto.
Entonces podemos descubrir qué ocurre realmente dentro.
La caridad es capaz de decir:
«Gracias, Señor, porque le has concedido este bien».
Incluso cuando una parte de nosotros necesita unos minutos para ponerse de acuerdo.
No buscar el propio interés.
Otra expresión paulina.
La caridad no busca únicamente lo suyo.
Eso no significa olvidarnos completamente de nuestras necesidades.
Hay que cuidarse.
Descansar.
Poner límites.
La caridad no exige una autodestrucción psicológica.
Pero sí combate una tendencia profundamente humana: interpretar toda situación desde la pregunta «¿qué saco yo de aquí?».
¿Qué gano?
¿Qué reconocimiento recibo?
¿Cómo me afecta?
La caridad introduce otra perspectiva.
¿Qué necesita el otro?
¿Qué necesita la comunidad?
¿Qué sirve realmente al bien?
A veces coincidirá con nuestro interés.
Otras no.
Y ahí empezará la entrega.
La caridad no pasa.
San Pablo dice algo impresionante.
La fe, un día, dejará paso a la visión.
Ahora creemos en Dios sin verlo plenamente.
En la vida eterna lo veremos cara a cara.
La esperanza también alcanzará su cumplimiento.
Ya no esperaremos aquello que poseemos.
Pero la caridad permanecerá.
Porque en el cielo seguiremos amando.
Por eso es la mayor.
La fe nos conduce.
La esperanza nos sostiene.
La caridad es ya comienzo de aquello para lo que hemos sido creados.
Vida con Dios.
Comunión.
Amor.
Cada verdadero acto de caridad contiene, por decirlo así, una pequeña semilla de eternidad.
Lo que hacemos por amor no se pierde.
Cuántas cosas de nuestra vida desaparecerán.
Objetos.
Éxitos.
Títulos.
Preocupaciones que hoy parecen gigantescas.
Conversaciones.
Dinero.
Planes.
Pero la caridad pertenece a aquello que tiene valor eterno.
Un vaso de agua dado por amor.
Un perdón.
Una visita.
Una palabra que evitamos porque habría hecho daño.
Una hora dedicada a alguien.
Una limosna que nadie conoce.
Una oración por una persona que quizá jamás sabrá que rezamos por ella.
Nada de eso es pequeño para Dios.
El mundo puede no registrarlo.
La eternidad sí.
La santidad probablemente está hecha de muchísimo amor ordinario.
Pensamos fácilmente en los santos como personas que realizaron continuamente cosas extraordinarias.
Algunos las hicieron.
Pero incluso sus vidas estuvieron formadas por miles de momentos ordinarios.
Cómo respondían.
Cómo escuchaban.
Cómo trataban al enfermo.
Cómo soportaban una contrariedad.
Cómo servían cuando nadie los veía.
Santa Teresa del Niño Jesús comprendió de una forma maravillosa este camino.
No necesitaba hacer grandes cosas.
Podía hacer pequeñas cosas con gran amor.
Y eso está al alcance de cualquier cristiano.
No siempre podemos elegir cosas grandes.
Siempre podemos intentar amar en lo pequeño que tenemos delante.
El termómetro de la vida espiritual está muchas veces en el trato a los demás.
Podemos tener muchas devociones.
Leer magníficos libros.
Realizar penitencias.
Asistir a celebraciones.
Todo eso puede ser bueno.
Pero san Pablo resulta bastante incómodo:
si no tengo caridad, nada soy.
No dice «soy un poco menos perfecto».
Dice:
nada.
Esto debería protegernos de una espiritualidad demasiado satisfecha consigo misma.
¿Cómo trato a quienes dependen de mí?
¿Cómo hablo de quienes no están presentes?
¿Cómo reacciono cuando alguien me molesta?
¿Soy capaz de pedir perdón?
¿Me alegro del bien ajeno?
¿Tengo tiempo para alguien que no puede devolverme nada?
Estas preguntas quizá revelen más que muchas sensaciones espirituales.
La caridad puede perderse.
Hay algo más que debemos recordar.
La caridad es gracia.
Y el pecado grave la destruye en nosotros.
Podemos conservar la fe en cierto sentido y haber perdido la caridad por el pecado mortal.
Por eso la conversión y el sacramento de la Reconciliación son tan importantes.
No estamos hablando simplemente de mejorar nuestro comportamiento.
Estamos hablando de recuperar la amistad con Dios.
Y aquí vuelve a aparecer una maravilla del cristianismo.
La caridad puede perderse.
Pero Dios puede restaurarla.
El pecador que vuelve no encuentra una puerta definitivamente cerrada.
Encuentra un Padre.
El confesionario reconstruye el amor.
Nos confesamos porque hemos pecado.
Pero el objetivo último no es simplemente quedarnos con un expediente moral limpio.
Es volver a la comunión.
Recuperar la amistad.
Restablecer aquello que el pecado rompió.
La absolución no es una goma de borrar administrativa.
Es reconciliación.
Dios nos devuelve a su amistad.
Y desde ahí podemos volver a amar.
Tal vez deberíamos salir del confesionario no solamente pensando:
«Ya no tengo este pecado».
Sino también:
«He sido recibido otra vez en el amor».
Un examen sobre la caridad.
Podemos terminar preguntándonos con cierta serenidad cómo amamos realmente.
¿Mi relación con Dios está construida principalmente sobre lo que espero recibir de Él o estoy aprendiendo a amarlo por Él mismo? ¿Cumplo sus mandamientos únicamente por miedo o existe también el deseo de agradarle? ¿Sé estar con Dios sin pedirle continuamente algo? ¿Creo verdaderamente que Dios me amó primero? ¿Sé recibir su amor o vivo intentando demostrarle permanentemente que merezco ser amado?
Y respecto de los demás: ¿quiero realmente su bien o muchas veces quiero simplemente que se comporten como a mí me conviene? ¿Hay personas a las que he reducido interiormente a su peor defecto? ¿Sé distinguir perdón de sentimiento? ¿Guardo rencores que alimento voluntariamente? ¿Rezo alguna vez por quien me ha hecho daño? ¿Cómo hablo de quienes no están presentes? ¿Protejo la fama ajena? ¿Utilizo las redes sociales con la misma caridad que intentaría mantener en una conversación cara a cara? ¿Sé corregir sin humillar? ¿Sé callar cuando hablar solo serviría para herir? ¿Tengo paciencia con los procesos de otros? ¿Sé alegrarme sinceramente del bien que recibe otra persona?
¿Hay alguien cercano a quien estoy descuidando mientras imagino grandes formas de ayudar a personas lejanas? ¿Doy únicamente aquello que me sobra o existe algún verdadero sacrificio en mi manera de amar? ¿Sé poner límites cuando son necesarios para el auténtico bien? ¿Me acerco a quienes no pueden ofrecerme nada a cambio? ¿Mi vida espiritual me está haciendo realmente más misericordioso, más paciente y más disponible?
Y quizá la pregunta central sea mucho más sencilla:
¿las personas que viven más cerca de mí pueden notar que mi relación con Dios me está enseñando a amar mejor?
La mayor de todas.
Hemos recorrido las tres virtudes teologales.
Fe.
Esperanza.
Caridad.
Por la fe creemos.
Por la esperanza caminamos confiados hacia aquello que Dios ha prometido.
Por la caridad comenzamos ya a vivir la vida para la que hemos sido creados.
Por eso la caridad es la mayor.
No porque la fe sea poco importante.
Sin fe no conoceríamos a Aquel a quien amamos.
Ni porque podamos vivir sin esperanza.
La esperanza nos sostiene mientras caminamos.
Pero al final del camino ya no tendremos que creer aquello que veremos.
Ya no tendremos que esperar aquello que poseeremos.
Y seguiremos amando.
La caridad pertenece al tiempo.
Y pertenece a la eternidad.
Todo lo que hemos ido estudiando en estas semanas desemboca de algún modo aquí.
La prudencia necesita caridad para buscar verdaderamente el bien.
La justicia necesita caridad para no convertirse en una fría distribución de deudas.
La fortaleza necesita caridad para saber por qué merece la pena resistir.
La templanza necesita caridad para ordenar nuestros deseos hacia un bien mayor.
La fe actúa por la caridad.
La esperanza conduce hacia la plenitud del amor.
La caridad anima y da forma a todas las virtudes.
Y quizá por eso, cuando llegue el final de nuestra vida, muchas cosas que hoy nos preocupan enormemente habrán perdido importancia.
No se nos preguntará cuántas discusiones ganamos.
Cuántas personas reconocieron nuestra razón.
Cuántas comodidades conseguimos.
Cuántos aplausos recibimos.
El Evangelio utiliza otro criterio.
«Tuve hambre y me disteis de comer».
«Estuve enfermo y me visitasteis».
«Era forastero y me acogisteis».
Y entonces quizá descubriremos algo que ahora apenas intuimos:
cada vez que amábamos de verdad, Dios estaba mucho más cerca de lo que pensábamos.
Porque la caridad no consiste simplemente en que nosotros intentemos ser mejores personas.
Es Dios haciendo posible que su propio amor empiece a circular a través de una vida humana.
Y esa es probablemente una de las cosas más grandes que pueden ocurrirnos.
Que alguien encuentre un poco más fácil creer que Dios lo ama porque un cristiano lo ha tratado con amor.
Al terminar nuestro recorrido por las virtudes teologales queda todavía mucho camino.
En el próximo artículo comenzaremos a hablar de los dones del Espíritu Santo.
Porque la vida cristiana no consiste únicamente en formar buenos hábitos ni siquiera en poseer virtudes infundidas. Dios quiere hacernos cada vez más dóciles a la acción de su Espíritu, para que podamos movernos bajo su impulso con la libertad propia de los hijos.
Y entonces comprenderemos mejor por qué la santidad no consiste simplemente en conseguir dominar perfectamente nuestra vida.
Consiste también en aprender a dejar que Dios la conduzca.
@sacerdosmariae
Imagen: Giotto di Bondone, La Caridad (Caritas), 1306, Capilla de los Scrovegni, Padua. La alegoría forma parte del mismo ciclo de Virtudes que ha acompañado esta serie. La Caridad aparece orientada hacia lo alto y, al mismo tiempo, abierta al don: una imagen apropiada de la virtud que nace del amor recibido de Dios y se derrama después sobre el prójimo. Con ella cerramos nuestro recorrido por las tres virtudes teologales.
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