Las virtudes cristianas (XIII): La sabiduría, aprender a mirar las cosas con los ojos de Dios.

 


Las virtudes cristianas (XIII): La sabiduría, aprender a mirar las cosas con los ojos de Dios.

Ayer comenzamos a hablar de los dones del Espíritu Santo y dijimos que no son talentos extraordinarios reservados a unos pocos cristianos, ni fenómenos llamativos, ni una especie de complemento espiritual para quienes desean llegar un poco más lejos.

Son disposiciones permanentes que nos hacen dóciles a la acción del Espíritu Santo.

Y el primero de esos siete dones es la sabiduría.

La palabra puede engañarnos.

Cuando decimos que una persona es sabia solemos imaginar a alguien que sabe muchísimo, que ha leído muchos libros, que posee una larga experiencia o que es capaz de resolver cuestiones difíciles.

Todo eso puede ser excelente.

Pero no es exactamente de lo que hablamos aquí.

Una persona puede tener una inteligencia extraordinaria y carecer de sabiduría espiritual. Puede conocer idiomas, ciencias, filosofía, historia y teología y, al mismo tiempo, no saber colocar correctamente las cosas fundamentales de su propia vida.

Y también puede ocurrir lo contrario.

Alguien con muy poca formación académica puede poseer una mirada profundamente sabia.

Sabe qué merece la pena.

Sabe qué cosas pasan.

Sabe cuándo hay que hablar y cuándo callar.

Sabe que determinadas pérdidas, aunque duelan mucho, no son el final de todo.

Sabe mirar a las personas con misericordia.

Y, sobre todo, ha aprendido a mirar su vida desde Dios.

Ahí empezamos a acercarnos al don de sabiduría.

La sabiduría no consiste en saberlo todo.

Hay personas que necesitan tener una opinión sobre absolutamente cualquier asunto.

Apenas ha ocurrido algo y ya saben quién tiene la culpa, qué habría que hacer, qué deberían haber hecho los demás y cómo terminará todo.

La verdadera sabiduría suele ser bastante menos apresurada.

Sabe que no conocemos todas las circunstancias.

Que nuestra primera impresión puede ser equivocada.

Que hay asuntos complejos.

Que algunas respuestas necesitan tiempo.

Y que una de las frases más inteligentes que una persona puede pronunciar es:

«No lo sé».

No hay ninguna obligación cristiana de disponer de una respuesta inmediata para todo.

Dios sí conoce completamente la realidad.

Nosotros no.

Reconocer esa diferencia constituye ya un comienzo bastante saludable.

La sabiduría no nos hace omniscientes.

Nos enseña a colocar nuestra inteligencia delante de una Inteligencia mayor.

Salomón pidió una cosa bastante extraña para un rey.

El Antiguo Testamento nos ofrece una de las grandes escenas bíblicas sobre la sabiduría.

Dios se aparece a Salomón y le permite pedir.

Podría haber pedido una vida larga.

Riquezas.

La derrota de sus enemigos.

Poder.

Y pide otra cosa.

Un corazón capaz de escuchar y discernir entre el bien y el mal para gobernar al pueblo.

La petición agrada a Dios.

Es significativo.

Salomón no empieza pidiendo que el mundo se adapte a él.

Pide ser capaz de comprender correctamente el mundo que Dios ha puesto delante de él.

Hay una enorme diferencia.

Nosotros pedimos muchas veces:

«Señor, cambia esto».

«Haz que esta persona actúe de otra manera».

«Resuelve este problema».

«Abre esta puerta».

Son peticiones legítimas.

Pero quizá deberíamos añadir más frecuentemente:

«Señor, dame sabiduría para vivir bien lo que tengo delante».

Puede que la circunstancia no cambie inmediatamente.

Quizá tengamos que cambiar nuestra manera de mirarla.

Ver con los ojos de Dios.

El papa Francisco utilizó una expresión muy sencilla al explicar este don: la sabiduría nos permite ver las cosas con los ojos de Dios.

Naturalmente, no significa que lleguemos a conocer todo como Dios lo conoce.

Seguimos siendo criaturas.

Significa que el Espíritu Santo va transformando nuestra manera de valorar la realidad.

Hay acontecimientos que contemplados únicamente desde nuestros criterios parecen enormes y que, mirados desde la eternidad, quizá no lo sean tanto.

Y ocurre también al contrario.

Cosas que el mundo considera insignificantes poseen a los ojos de Dios un valor inmenso.

Una oración silenciosa.

Una persona anciana que ofrece su sufrimiento.

Alguien que perdona sin que nadie se entere.

Una madre que pasa la noche junto a un hijo enfermo.

Una persona que podría humillar a otra y decide callar.

Un acto de fidelidad que no aparecerá en ningún periódico.

La sabiduría empieza a cambiar nuestra escala de valores.

Muchas cosas son importantes, pero no todas son igualmente importantes.

Uno de nuestros grandes problemas consiste en vivir como si todas las cosas tuvieran el mismo peso.

Un mensaje sin responder.

Un problema económico.

Una crítica.

Una enfermedad grave.

Una discusión.

El Evangelio.

Una cita.

La muerte.

Una noticia.

La Eucaristía.

Una avería.

Todo puede terminar entrando en nuestra cabeza con el mismo volumen.

Y entonces perdemos la perspectiva.

La sabiduría introduce jerarquía.

Esto importa.

Aquello importa más.

Esto duele, pero pasará.

Aquello merece que luche.

Esto puede esperar.

Aquello no.

Esta persona me ha decepcionado, pero sigue siendo una persona amada por Dios.

Esta pérdida es real, pero no puede quitarme la vida eterna.

La sabiduría no elimina los problemas.

Les devuelve su tamaño.

Hay cosas pequeñas que consiguen ocupar una habitación entera.

Todos hemos tenido esta experiencia.

Ocurre algo relativamente pequeño.

Una frase.

Un comentario.

Una contrariedad.

Y durante horas pensamos en ello.

Reconstruimos la conversación.

Imaginamos lo que deberíamos haber respondido.

Ensayamos una discusión que quizá nunca ocurrirá.

El acontecimiento dura treinta segundos.

Nuestra cabeza le concede una jornada completa.

La sabiduría puede ayudarnos a preguntar:

«¿Qué tamaño tiene esto a los ojos de Dios?»

No se trata de negar lo que sentimos.

Quizá estamos realmente molestos.

Pero no todo lo que nos molesta merece instalarse gratuitamente dentro de nosotros.

Hay cosas a las que les damos un piso entero cuando solo merecían pasar cinco minutos por el recibidor.

La sabiduría sabe decir: «Esto pasará».

No como una frase superficial dirigida a quien sufre.

Hay dolores enormes.

No debemos trivializarlos.

Pero hay una verdad que puede ayudarnos a poner algunas realidades en perspectiva:

esto pasará.

Pasarán muchos éxitos que ahora parecen importantísimos.

Pasarán también muchas humillaciones.

Pasarán los aplausos.

Las modas.

Las discusiones.

La fuerza física.

La juventud.

El dinero.

Las preocupaciones que nos quitaron tantas noches de sueño.

Incluso nuestras propias vidas terrenas pasarán.

La sabiduría no nos vuelve indiferentes.

Nos enseña a amar lo temporal sin exigirle que sea eterno.

Y eso constituye una enorme libertad.

El sabio no desprecia las cosas creadas.

Sería un error pensar que mirar todo desde la eternidad significa caminar por el mundo pensando que nada importa.

La creación es buena.

La familia importa.

La amistad importa.

El trabajo importa.

La salud importa.

La belleza importa.

Comer, descansar, celebrar y disfrutar son bienes.

Precisamente al hablar de la templanza ya vimos que el cristianismo no está enemistado con la creación.

La sabiduría hace algo más hermoso que despreciarla.

La contempla en relación con Dios.

Disfruta de una criatura sin convertirla en dios.

Sufre cuando la pierde sin concluir que ha perdido todo.

Agradece.

Y sabe soltar.

La sabiduría enseña a disfrutar sin poseer desesperadamente.

Puede parecer paradójico, pero quizá quien sabe que las cosas pasan es capaz de disfrutarlas mejor.

Una comida.

Un paisaje.

Una conversación.

Una tarde tranquila.

La presencia de alguien querido.

No necesitamos retenerlos para siempre.

Los recibimos.

Damos gracias.

Y dejamos que pasen.

Cuando exigimos a los bienes creados que permanezcan para siempre aparece el miedo.

Miedo a perder.

Miedo a envejecer.

Miedo a que cambien las cosas.

Miedo a que termine una etapa.

La sabiduría nos recuerda que todo bien auténtico procede finalmente de Dios.

Las criaturas son dones.

El Dador permanece.

«Sabiduría» y «sabor» están muy cerca.

La tradición espiritual ha relacionado frecuentemente la sabiduría con la capacidad de saborear las cosas de Dios.

No basta saber intelectualmente que Dios es bueno.

Puede llegar un momento en que algo dentro de nosotros comienza a gustar de esa bondad.

No en el sentido de experimentar continuamente emociones agradables.

Hablamos de una afinidad interior.

Santo Tomás explica el don de sabiduría de una manera muy profunda: existe un conocimiento de las cosas divinas que no procede únicamente del estudio, sino de cierta connaturalidad con ellas, producida por la caridad.

La expresión puede sonar técnica.

La experiencia es bastante sencilla.

Una madre puede conocer cosas de su hijo que una persona que haya estudiado cientos de páginas sobre psicología infantil no conoce.

No porque posea más ciencia teórica.

Porque lo ama.

El amor proporciona una forma peculiar de conocimiento.

Con Dios ocurre algo semejante.

Hay cosas que solo terminamos comprendiendo cuando empezamos a amar.

Podemos estudiar el perdón.

Definirlo.

Analizarlo.

Pero cuando hemos recibido un perdón inmerecido comprendemos algo más.

Podemos estudiar la misericordia.

Pero cuando descubrimos seriamente nuestra pobreza y nos sabemos perdonados, la palabra adquiere otro sabor.

Podemos estudiar la Eucaristía.

Y debemos hacerlo.

Pero existe una comprensión que nace también de horas de adoración, de comuniones recibidas con fe, de una relación prolongada con Cristo.

No son conocimientos enemigos.

El estudio ilumina.

El amor profundiza.

La sabiduría pertenece especialmente a ese conocimiento que nace de la intimidad con Dios.

Por eso el don de sabiduría está profundamente unido a la caridad.

Ayer decíamos que la caridad nos hace amar a Dios por Él mismo.

Ahora comprendemos por qué la sabiduría encuentra ahí un terreno privilegiado.

Cuanto más amamos a Dios, más aprendemos a juzgar las cosas desde Él.

Una persona enamorada empieza espontáneamente a mirar determinadas realidades teniendo presente a quien ama.

«Esto le gustaría».

«Esto le haría daño».

«Esto sería bueno para nosotros».

El amor introduce al otro dentro de nuestras decisiones.

Cuando crece la caridad, Dios deja de ser un tema religioso que visitamos algunas veces durante el día.

Empieza a convertirse en el centro desde el que interpretamos todo.

Eso es profundamente sapiencial.

La sabiduría pregunta: «¿Qué piensa Dios de esto?».

No simplemente:

«¿Qué me apetece?»

Ni:

«¿Qué dirá la gente?»

Ni siquiera:

«¿Qué me resulta más ventajoso?»

La pregunta cambia.

¿Qué quiere Dios?

¿Qué valor tiene esto delante de Él?

¿Qué forma de actuar refleja mejor el Evangelio?

No siempre recibiremos una respuesta inmediata y evidente.

Seguimos necesitando prudencia, consejo, formación y discernimiento.

Pero la dirección ha cambiado.

Dios ya no está en la periferia de la decisión.

Está en el centro.

Hay una sabiduría del mundo que puede resultar extraordinariamente eficaz.

Jesús mismo habla de hijos de este mundo que son sagaces para sus asuntos.

Podemos ser muy hábiles.

Saber posicionarnos.

Elegir cuidadosamente nuestras relaciones.

Evitar riesgos.

Conseguir influencia.

Mantener una imagen.

Decir siempre aquello que conviene.

Y obtener magníficos resultados.

Desde un punto de vista humano puede parecer sabiduría.

Pero el Evangelio introduce criterios extraños.

Perder la vida para encontrarla.

Servir para ser grande.

Perdonar setenta veces siete.

Amar al enemigo.

Elegir el último puesto.

Dar sin esperar recibir.

Humanamente no parece siempre la estrategia más rentable.

Pero aquí entra la sabiduría de la cruz.

La cruz parece locura cuando se mira únicamente desde abajo.

San Pablo lo comprendió muy bien.

Cristo crucificado parece debilidad.

Fracaso.

Derrota.

Un Mesías colgado de una cruz.

Y, sin embargo, el cristiano contempla ahí la sabiduría y la fuerza de Dios.

Esto debería hacernos prudentes cuando identificamos demasiado rápidamente éxito con bendición y fracaso con abandono divino.

Dios salvó al mundo mediante algo que parecía un fracaso absoluto.

Eso cambia nuestra manera de mirar muchas cosas.

Una vida escondida puede ser fecundísima.

Un sufrimiento ofrecido puede tener un valor que no conseguimos medir.

Una obra aparentemente pequeña puede entrar dentro de un plan de Dios mucho mayor.

La sabiduría no juzga solo por apariencias.

No todo lo que triunfa es bueno.

Esto parece evidente.

Pero vivimos muchas veces como si no lo fuera.

Si algo tiene éxito, pensamos que funciona.

Si congrega a mucha gente, es bueno.

Si obtiene resultados, debe estar bien hecho.

Si recibe aplausos, algo tendrá.

No necesariamente.

El éxito es un dato.

No un criterio moral definitivo.

Hay mentiras que triunfan.

Injusticias muy eficaces.

Personas perversas extraordinariamente populares.

Y también hay fidelidades que terminan humanamente en derrota.

Los profetas podrían contar unas cuantas historias al respecto.

La sabiduría aprende a preguntar antes por la verdad que por el éxito.

Tampoco todo fracaso demuestra que hayamos actuado mal.

Podemos hacer las cosas correctamente y no conseguir lo que deseábamos.

Ya hablamos de ello al tratar la esperanza.

La sabiduría nos ayuda a integrar esta realidad.

Una persona puede hablar con caridad y no ser escuchada.

Puede sembrar durante años sin ver frutos.

Puede tomar una decisión prudente cuyas consecuencias resultan dolorosas.

Puede ser fiel y recibir ingratitud.

Si nuestro único criterio son los resultados, terminaremos modificando nuestras convicciones según la respuesta del público.

Cristo no vivió así.

La sabiduría permite permanecer anclados en un bien que no depende completamente de sus efectos inmediatos.

Una persona sabia no necesita ganar todas las discusiones.

Esto es más importante de lo que parece.

Podemos tener razón y no necesitar demostrarla inmediatamente.

Quizá el otro no está preparado para escuchar.

Quizá la conversación ha dejado de ser útil.

Quizá lo mejor sea esperar.

O quizá el asunto ni siquiera tenga suficiente importancia.

La sabiduría sabe distinguir entre una verdad que debe defenderse y una batalla que podemos dejar pasar.

No todo error necesita que nos convirtamos personalmente en el tribunal supremo encargado de corregirlo.

A veces la sabiduría habla.

Otras calla.

Y saber cuál de las dos cosas corresponde puede ser bastante más difícil que preparar un buen argumento.

La sabiduría tiene una relación estrecha con el silencio.

No porque el sabio sea necesariamente una persona callada.

Hay personas muy sabias y muy habladoras.

La cuestión es otra.

La sabiduría no necesita llenar todos los espacios.

Sabe escuchar.

A Dios.

A las personas.

A la realidad.

La persona que ya tiene preparada su respuesta mientras el otro todavía está hablando quizá esté oyendo, pero no escuchando.

El silencio crea un espacio en el que la realidad puede decir algo que todavía no sabíamos.

Y eso requiere humildad.

Algunas personas nos enseñan precisamente porque no se parecen a nosotros.

Es relativamente fácil considerar sabio aquello que confirma lo que ya pensamos.

Pero Dios puede enseñarnos también a través de personas muy distintas.

Alguien más joven.

Alguien con otra sensibilidad.

Una persona sin nuestros estudios.

Incluso alguien que nos cae mal.

La verdad no necesita enseñarnos siempre desde el lugar que nosotros habríamos elegido.

Una persona sapiencial está disponible para aprender.

No piensa:

«¿Qué puede enseñarme este?»

Pregunta:

«¿Hay algo verdadero aquí que debería escuchar?»

La humildad abre muchas puertas a la sabiduría.

La sabiduría no crece automáticamente con la edad.

Existe una sabiduría propia de los años.

La experiencia puede enseñarnos muchísimo.

Con el tiempo descubrimos que algunas tragedias no eran tan grandes.

Que ciertos entusiasmos fueron pasajeros.

Que deberíamos haber escuchado más.

Que perdimos energía en asuntos que no la merecían.

Pero cumplir años no garantiza nada.

También podemos envejecer acumulando prejuicios, resentimientos y rigidez.

La experiencia solo se convierte en sabiduría cuando es acogida, examinada e iluminada.

No basta que las cosas nos pasen.

Hay que aprender de aquello que nos ha pasado.

Una mala experiencia no contiene por sí sola una buena lección.

Dos personas pueden atravesar la misma herida.

Una sale más compasiva.

La otra más amarga.

La herida era parecida.

La forma de integrarla fue diferente.

Por eso necesitamos al Espíritu Santo.

No todo sufrimiento santifica automáticamente.

El sufrimiento también puede cerrarnos.

La sabiduría permite que incluso una herida termine convirtiéndose en lugar de comprensión.

«Ahora entiendo mejor al que sufre esto».

«Ahora juzgo menos».

«Ahora sé que necesito a Dios».

La misma dificultad que podía habernos endurecido empieza a ensanchar el corazón.

La sabiduría no explica fácilmente el sufrimiento ajeno.

Esto merece especial cuidado.

Cuando nosotros sufrimos podemos intentar encontrar sentido.

Cuando sufre otro, la sabiduría suele ser más prudente.

No conoce todos los caminos de Dios.

No necesita decir inmediatamente:

«Esto te ha ocurrido para que…»

Quizá no tenemos ni idea.

Hay frases teológicamente verdaderas pronunciadas en momentos completamente inoportunos.

La persona que acaba de perder a alguien puede necesitar primero nuestro abrazo, nuestro silencio, nuestra oración.

La sabiduría no consiste solo en saber qué es verdad.

También sabe cómo y cuándo servir esa verdad.

Una medicina buena administrada de manera imprudente puede hacer daño.

«Dios sabrá sacar bien» no significa «esto es bueno».

Aquí encontramos otro equilibrio.

El mal sigue siendo mal.

Una enfermedad no se convierte en algo bueno porque pueda producir determinados frutos.

Una injusticia no deja de ser injusticia.

Un pecado no se vuelve voluntad positiva de Dios.

La sabiduría cristiana puede sostener dos verdades al mismo tiempo.

Esto es malo.

Y Dios es suficientemente grande como para actuar también aquí.

No necesitamos santificar el desastre.

Necesitamos creer que el desastre no es más fuerte que Dios.

La cruz vuelve a enseñárnoslo.

La sabiduría cambia nuestra manera de mirar a las personas.

Quizá este sea uno de sus frutos más hermosos.

Nosotros tendemos a mirar desde lo que vemos.

Una persona antipática.

Difícil.

Orgullosa.

Problemática.

Pecadora.

Dios ve todo eso y ve mucho más.

Ve su historia.

Sus heridas.

Las gracias recibidas.

Las rechazadas.

Aquello que todavía puede llegar a ser.

Ve una criatura por la que Cristo murió.

La sabiduría no nos hace ingenuos.

Podemos reconocer perfectamente los defectos de alguien.

Pero evita reducirlo a ellos.

Nos permite pensar:

«Dios ve en esta persona algo que yo todavía no consigo ver».

Esto resulta particularmente necesario con quienes nos han decepcionado.

Cuando alguien nos hace daño podemos terminar reinterpretando retrospectivamente toda su persona desde aquel acto.

«Siempre fue así».

«Todo era mentira».

A veces puede haber elementos verdaderos.

Pero otras estamos permitiendo que una herida actual reescriba toda la historia.

La sabiduría busca una mirada más amplia.

No niega el mal.

No elimina límites necesarios.

Pero tampoco necesita convertir al otro en un monstruo para justificar nuestro dolor.

Podemos decir:

«Esto que hizo estuvo mal».

Sin añadir:

«Y, por tanto, todo en él es malo».

Dios juzga con verdad perfecta.

Nosotros haríamos bien en mantener cierta modestia.

La sabiduría ayuda mucho dentro de la Iglesia.

Porque también podemos perder la perspectiva en la vida eclesial.

Una polémica parece el fin de la Iglesia.

Un error concreto parece explicar toda la realidad.

Una moda litúrgica.

Una decisión pastoral.

Una persona.

Un grupo.

Y podemos pasar días viviendo como si dos mil años de historia de salvación dependieran de una discusión de esta semana.

La sabiduría recuerda quién conduce finalmente la Iglesia.

Cristo.

Esto no significa indiferencia.

Hay cosas que deben corregirse.

Errores que importan.

Abusos que deben denunciarse.

Pero existe una diferencia entre trabajar por la verdad y comportarnos como si el Espíritu Santo hubiera abandonado su puesto y nosotros hubiéramos tenido que sustituirlo urgentemente.

La sabiduría produce una cierta serenidad.

No necesariamente una personalidad tranquila.

Hay santos de todos los temperamentos.

Pero sí una serenidad profunda.

No necesitamos controlar todo.

No necesitamos resolver todo hoy.

No necesitamos tener razón siempre.

No necesitamos que todo dependa de nosotros.

Hay un Dios.

Y, afortunadamente, no somos nosotros.

Esta verdad puede ser una de las mayores fuentes de paz espiritual.

Nos permite trabajar mucho sin comportarnos como salvadores del mundo.

Nos permite preocuparnos sin desesperar.

Nos permite corregir sin creer que la Iglesia desaparecerá si nuestra corrección no es escuchada inmediatamente.

La sabiduría relativiza nuestro ego sin relativizar la verdad.

Una señal de sabiduría consiste en saber qué no merece nuestra energía.

La energía humana es limitada.

También el tiempo.

Podemos gastarlos en cuestiones importantes.

O podemos dedicar cantidades impresionantes a asuntos que dentro de un mes nadie recordará.

Una crítica anónima.

Una pequeña rivalidad.

Una discusión interminable en internet.

La necesidad de responder a cada provocación.

La sabiduría pregunta:

«¿Merece esto el tiempo que estoy entregándole?»

El tiempo es vida.

Aquello a lo que damos tiempo recibe una parte de nuestra existencia.

No está mal revisar de vez en cuando dónde la estamos dejando.

Internet nos ofrece información; no necesariamente sabiduría.

Nunca habíamos tenido acceso a tantos conocimientos.

Podemos consultar casi cualquier dato en segundos.

Y, sin embargo, poseer información no equivale a saber vivir.

Podemos pasar una hora leyendo sobre un conflicto y terminar con más datos y menos paz.

Podemos conocer todos los detalles de una polémica y no haber aprendido nada que nos haga mejores.

El don de sabiduría introduce otra pregunta:

«¿Qué hace esto dentro de mí?»

¿Me ayuda a comprender?

¿Me mueve hacia la caridad?

¿Me hace más justo?

¿O simplemente alimenta indignación, curiosidad o ansiedad?

No todo aquello que podemos saber merece ser sabido por nosotros.

Ya hablábamos de ello al tratar la templanza.

Las virtudes y los dones vuelven a encontrarse.

La sabiduría sabe que la realidad es más grande que las noticias.

Esto puede parecer evidente, pero necesitamos recordarlo.

Las noticias seleccionan normalmente lo extraordinario.

Una guerra.

Un crimen.

Un escándalo.

Una crisis.

Mientras tanto, millones de personas cuidan a sus hijos, trabajan honradamente, atienden enfermos, rezan, se reconcilian, ayudan a otros y realizan actos buenos que jamás serán noticia.

Si nuestra única ventana hacia la humanidad fuera la actualidad informativa, podríamos concluir que el mundo está compuesto exclusivamente por desastres.

No.

Hay pecado.

Muchísimo.

Pero también hay gracia trabajando silenciosamente.

La sabiduría sabe mirar ambas cosas.

El sabio cristiano sabe maravillarse.

Aquí aparece otra característica.

Quien cree conocerlo todo deja de sorprenderse.

La sabiduría devuelve capacidad de asombro.

Un amanecer.

La belleza de una iglesia.

Una música.

Una amistad.

Un anciano que ha permanecido fiel durante décadas.

Un niño.

La Eucaristía.

La posibilidad misma de que Dios nos ame.

Quizá el pecado no consiste solamente en utilizar mal las cosas.

También podemos pecar de una especie de ceguera agradecida: acostumbrarnos tanto a los dones que dejamos de verlos.

La sabiduría recupera una mirada capaz de decir:

«Esto es un regalo».

La gratitud es profundamente sapiencial.

El necio considera todo debido.

El sabio sabe que recibe.

La vida.

El tiempo.

Las personas.

La fe.

Los sacramentos.

La posibilidad de recomenzar.

Nada de eso nos lo hemos dado a nosotros mismos.

La gratitud cambia la relación con la existencia.

No significa negar aquello que nos falta.

Podemos desear algo y agradecer otra cosa al mismo tiempo.

La persona agradecida no vive pensando que todo es perfecto.

Ha aprendido a reconocer el bien que existe dentro de una realidad imperfecta.

La Eucaristía es una escuela extraordinaria de sabiduría.

La palabra «Eucaristía» significa precisamente acción de gracias.

En ella aprendemos otra vez la lógica de Dios.

El mundo valora lo grande, visible y espectacular.

Dios se entrega bajo la apariencia humilde del pan.

Parece pequeño.

Y contiene a Cristo.

Es una inversión completa de nuestras escalas.

Quien aprende a arrodillarse ante una Hostia consagrada empieza a comprender que la realidad más importante no siempre es la más llamativa.

Puede que aquí se encuentre una de las grandes escuelas del don de sabiduría.

Aprender a reconocer lo infinito escondido en lo pequeño.

También aprendemos sabiduría en la Palabra de Dios.

No porque la Biblia sea un manual de respuestas rápidas.

La Escritura va formando nuestra manera de mirar.

Nos enseña durante años.

Leemos una parábola cuando tenemos veinte años.

La volvemos a leer a los cincuenta y descubrimos algo que no vimos entonces.

El texto no había cambiado.

Nosotros sí.

La Palabra entra en nuestra experiencia y poco a poco empieza a interpretarla.

Por eso resulta tan importante la lectura continua.

No utilizamos la Biblia únicamente para resolver preguntas.

Dejamos que vaya formando las preguntas que consideramos importantes.

Los salmos enseñan una sabiduría extraordinariamente humana.

En ellos encontramos alegría.

Miedo.

Ira.

Confianza.

Desolación.

Arrepentimiento.

Deseo de justicia.

Acción de gracias.

El orante bíblico no necesita ocultar aquello que siente.

Lo lleva delante de Dios.

Eso es profundamente sabio.

No fingir.

No convertir la oración en representación.

«Esto es lo que tengo dentro, Señor».

Y dejar que Dios trabaje con ello.

La sabiduría no pide una humanidad artificial.

Dios santifica la humanidad real.

El sabio sabe pedir consejo.

Puede parecer paradójico.

Imaginamos que cuanto más sabia es una persona menos necesita consultar.

Normalmente ocurre al contrario.

Quien posee verdadera experiencia sabe también cuántas cosas ignora.

Pedir consejo no disminuye nuestra libertad.

Puede protegerla.

Una persona sabia distingue además a quién pregunta.

No consulta únicamente a quienes sabe que le darán la razón.

Busca a quien pueda mostrarle algo que no está viendo.

Esto exige humildad.

Pero puede evitar muchos errores.

La dirección espiritual puede ser también una escuela de sabiduría.

No porque el director espiritual sustituya nuestra conciencia ni tome decisiones en nuestro lugar.

Su función no consiste en organizar nuestra vida como si fuéramos incapaces de pensar.

Puede ayudarnos a descubrir movimientos interiores, autoengaños, repeticiones y puntos ciegos que nosotros solos no advertimos.

Necesitamos siempre discernimiento.

Pero resulta difícil adquirir sabiduría si nuestra única voz de referencia somos nosotros mismos.

Hay espejos que muestran ángulos que no conseguimos ver directamente.

La sabiduría y la prudencia no son lo mismo.

Conviene distinguirlas.

La prudencia es la virtud que nos ayuda a discernir el verdadero bien en una situación concreta y elegir los medios adecuados para realizarlo.

La sabiduría como don tiene un alcance más alto.

Nos hace juzgar las cosas desde Dios.

Podríamos decir, simplificando mucho, que la sabiduría nos ayuda a reconocer el sabor y el orden último de las cosas, mientras la prudencia nos ayuda a decidir correctamente cómo actuar aquí y ahora.

Se necesitan mutuamente.

Una visión espiritual muy elevada sin prudencia concreta puede terminar haciendo estupideces.

Y una prudencia exclusivamente calculadora, sin horizonte sapiencial, podría convertirse simplemente en habilidad para desenvolvernos.

El cristiano necesita ambas.

La sabiduría tampoco consiste en adivinar la voluntad de Dios.

No nos convierte en oráculos.

Seguiremos teniendo incertidumbres.

Seguiremos tomando decisiones en las que varias opciones sean legítimas.

Podemos equivocarnos.

El don de sabiduría no elimina nuestra condición humana.

Nos dispone para que nuestra manera de juzgar sea cada vez más concorde con Dios.

Esto es mucho más profundo que recibir respuestas extraordinarias.

La santidad normalmente no consiste en saber misteriosamente lo que ocurrirá mañana.

Consiste en aprender a vivir hoy delante de Dios.

Una persona sabia sabe aceptar que algunas preguntas quedarán abiertas.

¿Por qué ocurrió exactamente aquello?

¿Por qué Dios permitió esta historia de una manera y no de otra?

¿Qué habría pasado si hubiera tomado otra decisión?

Podemos hacernos muchas preguntas.

Algunas encontrarán respuesta.

Otras quizá no en esta vida.

La sabiduría aprende a convivir con cierto misterio sin que eso destruya la confianza.

No todo necesita quedar perfectamente explicado para poder continuar caminando.

Hay momentos en que la respuesta cristiana más profunda no es una explicación.

Es una presencia.

«No sé por qué, Señor. Pero sigo contigo».

María es llamada Sede de la Sabiduría.

La tradición cristiana aplica a María el título Sedes Sapientiae, Sede de la Sabiduría.

Tiene un sentido precioso.

María lleva en su seno a Cristo, Sabiduría eterna del Padre.

Pero además toda su vida posee una profunda actitud sapiencial.

Escucha.

Guarda.

Medita las cosas en su corazón.

No comprende inmediatamente todo lo que ocurre alrededor de Jesús.

Pero conserva.

Espera.

Relaciona.

Permanece.

Cuánto necesitamos aprender esto.

No reaccionar inmediatamente ante todo.

Guardar algunas cosas.

Dejarlas reposar delante de Dios.

Quizá comprenderemos más tarde.

María no intenta dominar el misterio.

En la Anunciación pregunta.

Pero después dice:

«Hágase».

Cuando encuentra a Jesús en el templo tampoco comprende completamente su respuesta.

El Evangelio dice que conservaba aquellas cosas en su corazón.

Esto es profundamente distinto de nuestra necesidad de resolverlo todo inmediatamente.

Hay realidades que deben ser meditadas durante años.

La sabiduría tiene paciencia con el misterio.

No lo manipula.

Lo recibe.

Cristo es nuestra verdadera sabiduría.

Al final no estamos hablando simplemente de adquirir una cualidad espiritual interesante.

San Pablo llama a Cristo sabiduría de Dios.

Queremos ser sabios porque queremos parecernos a Él.

Mirar como Cristo.

Juzgar como Cristo.

Amar como Cristo.

Descubrir qué consideró importante.

Y el Evangelio nos sorprende continuamente.

Cristo tiene tiempo para personas que otros consideran irrelevantes.

No se deja seducir por el poder.

No necesita defender constantemente su prestigio.

Puede callar delante de Herodes.

Puede detenerse ante un ciego que grita al borde del camino.

Puede valorar dos pequeñas monedas de una viuda más que grandes cantidades entregadas por otros.

Tiene otra escala.

Eso es sabiduría.

El Evangelio nos enseña continuamente a cambiar nuestra escala.

«Los últimos serán primeros».

«Quien se humilla será enaltecido».

«Quien pierda su vida la encontrará».

«Bienaventurados los pobres de espíritu».

«Lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis».

Si escuchamos estas palabras demasiado deprisa podemos no advertir lo radicales que son.

Cristo está enseñándonos a mirar el mundo desde otro lugar.

Lo que nosotros llamamos éxito puede no serlo.

Lo que llamamos pérdida puede convertirse en ganancia.

El pequeño puede ser grande.

El oculto puede ser decisivo.

El que sirve puede ocupar el primer lugar.

El don de sabiduría hace que estas palabras dejen poco a poco de parecernos extrañas y empiecen a parecernos verdaderas.

La sabiduría comienza a notarse en las decisiones pequeñas.

No hace falta esperar a una gran crisis espiritual.

Se manifiesta hoy.

¿Merece la pena responder a este comentario?

¿Necesito comprar esto?

¿Debo continuar esta discusión?

¿A qué estoy dedicando mi tiempo?

¿Estoy tratando como absoluto algo que pasará?

¿Estoy ignorando algo pequeño que para Dios puede ser enorme?

¿Estoy juzgando a esta persona únicamente por lo que me molesta de ella?

¿Necesito ganar?

¿Necesito ser visto?

¿Necesito explicar que tenía razón?

La mirada de Dios aterriza en pequeñas decisiones.

La sabiduría sobrenatural no vive flotando por encima de la vida ordinaria.

Entra en ella.

Puede haber mucha sabiduría en una cocina, en un hospital o junto a una cama.

No necesitamos buscarla siempre en lugares intelectualmente sofisticados.

Una persona que cuida durante años a alguien dependiente puede aprender cosas esenciales sobre la paciencia, la fragilidad y el valor de una vida.

Un anciano que ha enterrado a personas queridas y sigue dando gracias a Dios puede poseer una profunda sabiduría.

Una madre puede descubrir inmediatamente que el problema real de un hijo no es aquello por lo que está protestando.

Un sacerdote puede aprender con los años que muchas veces una persona necesita ser escuchada antes de recibir una respuesta.

Dios enseña en la vida.

La cuestión es si tenemos un corazón capaz de aprender.

El cinismo no es sabiduría.

A veces confundimos experiencia con cinismo.

«Ya sé cómo funciona la gente».

«Todos hacen lo mismo».

«Nadie cambia».

«No te fíes de nadie».

Puede parecer una postura experimentada.

Pero quizá sea simplemente una herida convertida en filosofía.

La sabiduría cristiana conoce el pecado y no es ingenua.

Pero conoce también la gracia.

Sabe que las personas pueden caer.

Y sabe que pueden convertirse.

Sabe que existe traición.

Y fidelidad.

Egoísmo.

Y santidad.

Una mirada que solo reconoce el mal tampoco está viendo la realidad completa.

El sabio cristiano conserva esperanza.

Precisamente porque mira desde Dios.

Puede contemplar una situación humanamente muy difícil sin declarar que Dios no tiene ya nada que hacer allí.

Puede mirar a un pecador y no identificarlo definitivamente con su pecado.

Puede mirar su propia vida, con sus errores, y pensar:

«Dios todavía puede trabajar con esto».

La esperanza y la sabiduría se alimentan mutuamente.

El sabio sabe hasta qué punto el hombre es limitado.

Y sabe también hasta qué punto Dios no lo es.

El humor puede ser una pequeña señal de sabiduría.

No hablamos de reírse de todo ni de utilizar la broma para evitar cuestiones serias.

Pero una cierta capacidad para reírnos de nosotros mismos puede ser espiritualmente muy sana.

Nos recuerda que no somos el centro del universo.

Que podemos equivocarnos.

Que algunas de nuestras tragedias privadas, vistas unos años después, resultarán bastante menos solemnes.

La soberbia suele tener poco sentido del humor sobre sí misma.

La humildad puede sonreír.

Quizá porque ya no necesita defender continuamente una imagen perfecta.

Pedir sabiduría es pedir que Dios cambie nuestros criterios.

Y eso hace que esta oración sea más exigente de lo que parece.

Podemos pedir:

«Dame sabiduría».

Pero Dios podría empezar mostrándonos que estamos concediendo demasiado valor a algo.

Que estamos obsesionados con nuestra imagen.

Que no sabemos perder.

Que juzgamos con dureza.

Que una ambición aparentemente noble contiene bastante vanidad.

Que estamos ocupando tiempo en cosas secundarias.

La sabiduría no consiste únicamente en recibir luces agradables.

A veces empieza desmontando errores de perspectiva.

Y eso puede doler.

Necesitamos pedirla todos los días.

Salomón la pidió.

También nosotros podemos hacerlo.

Antes de comenzar la jornada.

Antes de una conversación.

Ante un conflicto.

Cuando tenemos que tomar una decisión.

Cuando una emoción amenaza con ocuparlo todo.

Una oración sencilla:

«Espíritu Santo, dame sabiduría. Enséñame a mirar esto como lo mira Dios».

Quizá no recibamos una respuesta inmediata.

Pero ya hemos realizado algo importante.

Hemos dejado de considerar nuestra primera impresión como criterio supremo.

Hemos abierto una ventana.

Un examen sobre el don de sabiduría.

Podemos preguntarnos con serenidad: ¿qué cosas ocupan actualmente demasiado espacio en mi vida? ¿Estoy dando valor absoluto a algo que en realidad es temporal? ¿Qué pérdidas temo tanto que casi parece que sin ellas Dios ya no pudiera sostenerme? ¿Sé disfrutar agradecidamente de los bienes creados sin intentar poseerlos desesperadamente? ¿Necesito tener una opinión inmediata sobre todo? ¿Soy capaz de decir «no lo sé»? ¿Escucho verdaderamente antes de responder? ¿Sé pedir consejo a personas que pueden contradecirme? ¿Dedico demasiada energía a pequeñas polémicas, críticas o heridas? ¿Tengo capacidad de distinguir lo urgente de lo importante?

¿Mido demasiado la bondad de una obra por su éxito visible? ¿Pienso que si algo ha fracasado necesariamente estaba mal? ¿Soy capaz de reconocer el valor de cosas escondidas que nadie aplaude? ¿Miro a las personas únicamente desde sus defectos o intento recordar cómo puede mirarlas Dios? ¿El sufrimiento me ha hecho más comprensivo o más duro? ¿Soy capaz de convivir con preguntas que todavía no tienen respuesta? ¿Mi relación con Dios me está dando una mirada más serena sobre la vida? ¿Conservo capacidad de asombro y gratitud? ¿La Eucaristía, la Escritura y la oración están transformando realmente mi manera de valorar las cosas?

Y quizá la pregunta principal sea esta:

¿estoy aprendiendo a mirar mi vida desde Dios o sigo intentando que Dios mire todas las cosas exclusivamente desde mi punto de vista?

«Enséñame a ver como Tú ves».

Podríamos terminar con esta petición.

Señor, muchas veces veo únicamente lo inmediato.

Lo que me gusta.

Lo que me molesta.

Lo que gano.

Lo que pierdo.

Lo que los demás piensan de mí.

Dame una mirada más grande.

Enséñame el verdadero tamaño de las cosas.

Que no convierta en absoluto lo que mañana habrá pasado.

Que no desprecie como pequeño aquello que para Ti tiene un valor eterno.

Que sepa agradecer sin poseer.

Perder sin desesperar.

Corregir sin despreciar.

Callar sin cobardía.

Hablar sin soberbia.

Trabajar sin creerme imprescindible.

Descansar sin sentir que el mundo dejará de girar.

Amar sin exigir que el otro sea perfecto.

Enséñame a descubrir tu presencia en las cosas ordinarias.

A reconocerte en la Eucaristía.

En tu Palabra.

En el hermano.

En el silencio.

En aquello que comprendo y también en aquello que todavía permanece oscuro.

El don de sabiduría no hará que sepamos todas las respuestas.

Puede hacer algo mucho más importante.

Que sepamos dónde está la respuesta última.

No nos evitará todos los errores.

Pero puede enseñarnos desde dónde debemos mirar.

No eliminará el dolor.

Pero impedirá que el dolor tenga autoridad para definir toda nuestra realidad.

No convertirá nuestra vida en algo sencillo.

Pero irá colocando cada cosa en su verdadero lugar.

Y quizá un día descubramos que ser sabios no consistía en haber llegado a entenderlo todo.

Consistía en haber aprendido algo mucho más humilde y mucho más grande:

que Dios es Dios, que nosotros somos suyos y que solamente desde Él cada cosa termina encontrando su verdadero valor.

En el próximo artículo hablaremos del segundo don del Espíritu Santo: el entendimiento o inteligencia.

Veremos que tampoco consiste simplemente en ser intelectualmente brillante. Es el don que permite penetrar más profundamente en las verdades reveladas, descubrir conexiones que antes no veíamos y comenzar a comprender desde dentro aquello que quizá llevamos toda la vida confesando con los labios.

Porque podemos conocer una verdad cristiana durante muchos años.

Y un día, por gracia de Dios, esa misma verdad puede abrirse ante nosotros de una manera completamente nueva.

@sacerdosmariae

Imagen: Govert Flinck, Salomón pide sabiduría a Dios, 1658. La escena representa uno de los textos bíblicos fundamentales para comprender este don: Salomón, pudiendo pedir riqueza, larga vida o victoria sobre sus enemigos, pide un corazón capaz de discernir. Una magnífica imagen de la verdadera sabiduría, que no comienza pensando que ya conoce todas las respuestas, sino reconociendo humildemente que necesita recibir de Dios una mirada nueva.

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