Las virtudes cristianas (VIII): La templanza, ser dueño de uno mismo para poder entregarse.
Las virtudes cristianas (VIII): La templanza, ser dueño de uno mismo para poder entregarse
Hay una palabra que nuestra época utiliza constantemente: libertad.
Somos libres para elegir.
Libres para consumir.
Libres para expresar nuestros deseos.
Libres para buscar aquello que nos hace sentir bien.
Y, sin embargo, quizá nunca hayamos dispuesto de tantas cosas capaces de decidir por nosotros.
Una pantalla vibra y la miramos.
Aparece una notificación y la abrimos.
Nos apetece algo y buscamos inmediatamente cómo conseguirlo.
Sentimos hambre y comemos, aunque acabemos de comer.
Algo nos enfada y respondemos antes de haber pensado si debíamos hacerlo.
Nos aburrimos durante treinta segundos y nuestra mano empieza a buscar el teléfono casi por cuenta propia.
Decimos:
«Hago lo que quiero».
Pero la pregunta verdaderamente interesante es otra:
¿soy capaz de no hacer lo que quiero cuando sé que no me conviene?
Ahí comienza la templanza.
La cuarta virtud cardinal.
Y quizá una de las virtudes más necesarias para comprender qué significa realmente ser libre.
La templanza no consiste en disfrutar menos
Durante mucho tiempo se ha caricaturizado la templanza como si fuera una especie de enemistad cristiana contra todo aquello que resulta agradable.
Comer poco.
Beber poco.
Dormir poco.
Reír poco.
Disfrutar poco.
Y, si algo nos gusta demasiado, mirarlo con sospecha.
Pero esa imagen tiene muy poco que ver con la auténtica tradición cristiana.
El Catecismo define la templanza como la virtud que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados.
La expresión decisiva es esta:
bienes creados.
Son bienes.
La comida es buena.
El descanso es bueno.
La sexualidad es buena.
Una copa de vino es buena.
La belleza es buena.
El ocio es bueno.
El dinero puede servir para cosas buenas.
La tecnología es buena.
El placer no constituye por sí mismo un enemigo de la vida cristiana.
El problema comienza cuando un bien creado ocupa un lugar que no le corresponde.
Cuando deja de servirnos y empezamos nosotros a servirle.
El cristiano no desprecia el mundo
Dios contempló la creación y vio que era buena.
El cristianismo no enseña que debamos escapar de las cosas creadas como si fueran una contaminación espiritual.
Cristo comió.
Bebió.
Participó en bodas.
Aceptó perfumes.
Compartió mesas.
Tuvo amigos.
Descansó.
Contempló los lirios del campo.
No encontramos en el Evangelio a un Salvador enemistado con la creación.
Encontramos, eso sí, a un hombre perfectamente libre ante ella.
Puede participar en un banquete.
Y puede ayunar cuarenta días.
Puede dormir en una barca.
Y puede pasar una noche entera en oración.
Puede disfrutar de la amistad.
Y puede marcharse solo al desierto.
Las cosas son buenas.
Pero ninguna cosa gobierna a Cristo.
Ahí tenemos ya una magnífica imagen de la templanza.
Tener deseos no es el problema
Somos criaturas que desean.
Tenemos hambre.
Sed.
Atracción.
Necesidad de descanso.
Deseo de seguridad.
Deseo de reconocimiento.
Ganas de disfrutar.
Nos gusta sentirnos queridos.
Nos gusta que nuestras opiniones sean valoradas.
Nos gusta la comodidad.
Nada de eso debería sorprendernos.
El problema no consiste en tener deseos.
El problema aparece cuando llegamos a esta conclusión:
«Como lo deseo, tengo que hacerlo».
Ese salto es muy importante.
Sentir una inclinación y actuar según ella son dos cosas distintas.
Puedo tener ganas de responder de mala manera y no hacerlo.
Puedo desear comer algo y decidir esperar.
Puedo querer comprar algo y concluir que no lo necesito.
Puedo sentir curiosidad por una información y decidir que no tengo derecho a conocerla.
Puedo experimentar una atracción y no convertirla en conducta.
Entre el deseo y la acción existe un espacio.
Ese espacio se llama libertad.
Y la templanza lo protege.
«No puedo evitarlo»
Hay una frase particularmente peligrosa:
«No puedo evitarlo».
Naturalmente, existen realidades psicológicas, adicciones y condicionamientos que pueden reducir seriamente nuestra libertad y que necesitan ayuda específica.
Pero utilizamos esa expresión también para cosas mucho más ordinarias.
«Como me ponen eso delante, no puedo evitar comer».
«Si me escribe, tengo que contestar».
«Cuando me enfado soy así».
«Si tengo el móvil cerca, termino mirándolo».
«No puedo acostarme pronto».
Tal vez no sea del todo cierto que no podamos.
Quizá lo que ocurre es que no hemos entrenado suficientemente nuestra capacidad de decirnos que no.
Y esa capacidad, como cualquier virtud, puede educarse.
Una prueba bastante incómoda
Hay un pequeño experimento que permite conocer nuestra libertad respecto de muchas cosas.
Elegir algo que utilizamos habitualmente y prescindir voluntariamente de ello durante un tiempo razonable.
No porque sea malo.
Precisamente porque es bueno.
Un día sin redes sociales.
Una semana sin determinada comida.
No comprar nada innecesario durante un tiempo.
Apagar el teléfono durante ciertas horas.
Renunciar voluntariamente a aquello que siempre tomamos después de comer.
Dejar alguna comodidad.
Entonces puede ocurrir algo interesante.
Descubrimos que una cosa que considerábamos completamente secundaria protesta bastante cuando intentamos dejarla.
Y pensamos:
«Qué extraño. Creía que yo tenía esto».
Quizá aquello empezaba a tenernos a nosotros.
El teléfono que solamente íbamos a mirar un minuto
Tenemos ejemplos magníficos delante de nosotros.
Cogemos el teléfono para comprobar una cosa.
Solo una.
Veinticinco minutos después hemos visto tres vídeos, leído una discusión entre personas que no conocemos, descubierto cómo está el tiempo en Nebraska y seguimos sin recordar qué habíamos ido a buscar.
El teléfono no es malo.
Sería absurdo demonizarlo.
Nos permite trabajar, comunicarnos, estudiar, orientarnos, escuchar música, rezar incluso la Liturgia de las Horas.
Pero precisamente porque es útil puede introducirse en casi todos los espacios de nuestra vida.
La templanza no pregunta:
«¿Es malo el teléfono?».
Pregunta:
«¿Qué lugar debe ocupar?»
Esa es una pregunta mucho más inteligente.
Cuando todo placer tiene que ser inmediato
Nuestra época ha reducido extraordinariamente la distancia entre deseo y satisfacción.
Tenemos hambre: pedimos comida.
Queremos ver una película: está disponible.
Queremos comprar algo: llega mañana.
Queremos hablar con alguien: enviamos un mensaje.
Queremos saber algo: lo buscamos inmediatamente.
Esto contiene enormes ventajas.
Pero tiene también un efecto educativo.
Nos acostumbramos a que entre «quiero» y «tengo» exista muy poco tiempo.
Y entonces esperar empieza a parecernos insoportable.
La templanza introduce una pedagogía diferente:
no todo deseo necesita satisfacción inmediata.
Incluso cuando la satisfacción sería legítima.
Podemos esperar.
Podemos elegir.
Podemos posponer.
Podemos renunciar.
No porque aquello sea malo.
Porque nosotros somos libres.
Poder y no hacer
Existe una forma de libertad especialmente hermosa.
Poder hacer algo y decidir no hacerlo.
Podría comerlo.
Pero no lo necesito.
Podría comprarlo.
Pero tengo suficiente.
Podría responder.
Pero no mejoraría nada.
Podría contar esa historia.
Pero prefiero guardar silencio.
Podría dedicar otra hora a esto.
Pero hay algo más importante.
La templanza introduce límites voluntarios precisamente allí donde nadie nos obliga a tenerlos.
Eso la convierte en una escuela extraordinaria de libertad.
Cualquiera puede abstenerse cuando no tiene posibilidad.
La virtud aparece cuando existe posibilidad y somos nosotros quienes gobernamos la elección.
La medida no es igual para todos
La templanza tampoco consiste en establecer una cantidad universal para absolutamente todo.
Dos personas pueden necesitar cantidades distintas de alimento.
De descanso.
De ocio.
Incluso de determinados bienes materiales.
Una familia con varios hijos no tiene las mismas necesidades que una persona que vive sola.
Una persona enferma puede necesitar un descanso que sería excesivo para otra.
Aquí vuelve a aparecer la prudencia.
La templanza busca la medida adecuada.
No necesariamente la menor cantidad posible.
Eso es importante.
Porque también podemos utilizar la renuncia para alimentar el orgullo.
«Yo no necesito nada».
«Yo puedo con todo».
«Yo duermo cuatro horas».
Quizá eso no sea templanza.
Quizá sea simplemente una mala idea.
El exceso de austeridad también puede ser desordenado
Sí.
También existe una forma desordenada de renuncia.
Podemos perjudicar nuestra salud mediante penitencias imprudentes.
Podemos privar a quienes conviven con nosotros de cosas razonables porque nosotros hemos decidido adoptar una austeridad heroica.
Podemos convertir nuestra alimentación, nuestro descanso o nuestra disciplina en una obsesión.
Podemos llegar incluso a sentirnos moralmente superiores porque necesitamos menos cosas que otros.
La templanza no busca hacernos sufrir.
Busca ordenar.
Y el orden puede exigir unas veces renuncia y otras aceptar serenamente un bien.
Hay ocasiones en que recibir también requiere humildad.
La comida: una escuela diaria
Comemos varias veces al día.
Eso significa que tenemos varias oportunidades diarias para ejercitar la templanza.
No necesitamos realizar hazañas.
Quizá baste con algo tan simple como no comer siempre exactamente aquello que más nos apetece.
Parar cuando ya es suficiente.
No convertir cada celebración en exceso.
No utilizar la comida continuamente como respuesta al aburrimiento, al enfado o a la ansiedad.
Y, al mismo tiempo, disfrutar agradecidamente de una buena comida cuando corresponde.
La templanza no obliga a mirar un buen plato con cara de Viernes Santo.
La gratitud también sabe disfrutar.
La diferencia está en que disfrutar no significa perder el gobierno de uno mismo.
Comer con agradecimiento
Hay un gesto cristiano muy sencillo que contiene mucha sabiduría:
bendecir la mesa.
Nos detenemos.
Antes de consumir, reconocemos.
Esto es un don.
No ha aparecido espontáneamente delante de nosotros.
La tierra produjo.
Alguien cultivó.
Alguien transportó.
Alguien cocinó.
Dios sostiene todo ello.
La bendición convierte el consumo en recepción.
Y quien recibe un don aprende más fácilmente a utilizarlo con medida.
La voracidad dice:
«Esto está aquí para mí».
La gratitud dice:
«He recibido esto».
Parece una pequeña diferencia.
Espiritualmente es enorme.
El alcohol y la libertad
La tradición cristiana nunca ha considerado malo el vino por sí mismo.
La Sagrada Escritura lo demuestra abundantemente.
Cristo mismo lo utilizó.
Y precisamente porque es un bien que puede disfrutarse, necesitamos templanza.
Hay una diferencia entre beber y necesitar beber.
Entre disfrutar y perder el control.
Entre celebrar y buscar deliberadamente la embriaguez.
La templanza quiere conservar aquello que el exceso destruye:
la libertad.
No todo límite es represión.
A veces un límite protege precisamente la capacidad de disfrutar correctamente.
La sexualidad necesita templanza porque es algo grande
Aquí encontramos otro ámbito fundamental.
La cultura contemporánea oscila entre dos errores.
Uno considera la sexualidad casi como algo vergonzoso.
El otro la convierte en una necesidad que debe satisfacerse siempre que exista deseo y consentimiento.
La visión cristiana es mucho más grande.
La sexualidad toca profundamente a la persona.
Precisamente por eso necesita integración.
La virtud de la castidad está íntimamente vinculada a la templanza.
No porque la Iglesia desprecie el cuerpo.
Todo lo contrario.
Porque considera que el cuerpo tiene demasiada dignidad como para reducirlo a instrumento de consumo.
El otro nunca es una cosa destinada a satisfacer mi deseo.
Es una persona.
Y el amor verdadero aprende también a dominar el deseo para poder entregarse.
El deseo sexual tampoco manda
Experimentar una atracción no constituye una decisión moral.
El deseo aparece.
La libertad responde.
Esta distinción es fundamental.
Nuestra cultura tiende a identificar autenticidad con obediencia al deseo:
«Si lo siento, debo vivirlo».
Pero podemos sentir muchas cosas contradictorias.
La madurez humana consiste precisamente en integrar lo que sentimos dentro de una verdad mayor sobre quiénes somos y hacia dónde queremos dirigir nuestra vida.
No somos menos auténticos cuando gobernamos nuestras pasiones.
Somos más libres.
La templanza de los ojos
Hay otra forma de apetito que rara vez llamamos así:
la necesidad de mirar.
Queremos verlo todo.
Saberlo todo.
Entrar en todo.
Una conversación privada.
Una fotografía.
Una polémica.
La vida ajena.
Una curiosidad.
No todo aquello que podemos mirar debemos mirarlo.
Los ojos también necesitan educación.
No solamente en materia sexual.
También existe una curiosidad desordenada.
Una necesidad constante de asomarse a la intimidad ajena.
De conocer el escándalo.
De seguir el conflicto.
De enterarnos del último detalle.
La templanza puede expresarse de una manera extraordinariamente sencilla:
«Esto no necesito verlo».
Y seguir adelante.
La dieta informativa
Cuidamos, al menos algunas veces, lo que entra por nuestra boca.
Quizá deberíamos pensar más en lo que entra por nuestros ojos y oídos.
Pasamos horas consumiendo información.
Noticias.
Opiniones.
Vídeos.
Polémicas.
Imágenes.
Comentarios.
Y todo eso va dejando algo dentro.
Si nuestra dieta física estuviera compuesta con el mismo criterio con el que muchas veces elegimos nuestra dieta digital, probablemente el médico se pondría bastante serio.
La templanza también pregunta:
¿cuánto necesito saber?
No toda información que existe merece ocupar espacio dentro de nosotros.
Hay indignaciones que producen placer
Esto merece especial atención.
Podemos llegar a disfrutar de estar enfadados.
Una noticia nos indigna.
Buscamos otra relacionada.
Después otra.
Leemos comentarios que aumentan nuestra indignación.
Compartimos.
Respondemos.
Y terminamos convencidos de que estamos realizando una importantísima obra moral.
Quizá.
Pero también es posible que estemos consumiendo indignación.
Hay algo extrañamente adictivo en sentirse continuamente escandalizado.
Nos hace sentir lúcidos.
Justos.
Superiores al desastre que contemplamos.
La templanza también debería entrar ahí.
No todo aquello que merece crítica merece tres horas de nuestra atención.
Incluso tener razón puede volverse adictivo
Hay placeres mucho más refinados que la comida.
Uno de ellos es tener razón.
Y, sobre todo, demostrarlo.
Podemos entrar en una discusión legítima y terminar ya no buscando la verdad, sino el pequeño placer de derrotar al otro.
Entonces necesitamos la templanza de la palabra.
¿Es necesario continuar?
¿Estoy explicando algo o estoy disfrutando de colocar al otro contra las cuerdas?
¿Busco que comprenda o que pierda?
Hay discusiones que se prolongan mucho después de que haya desaparecido cualquier posibilidad de conversación.
Pero seguimos.
Porque todavía queda un placer:
tener la última palabra.
A veces el verdadero dominio propio consiste en regalársela al otro.
La lengua también tiene apetitos
Tenemos ganas de contar.
De comentar.
De explicar algo sobre alguien.
De demostrar que nosotros ya lo sabíamos.
De añadir ese detalle especialmente jugoso.
La templanza no se refiere únicamente al cuerpo.
También modera nuestros impulsos.
Y la lengua puede ser extraordinariamente glotona.
Quizá por eso una pequeña mortificación muy eficaz consiste en no contar todo aquello que podríamos contar.
Guardar una confidencia.
No repetir un comentario.
No añadir un dato innecesario.
No responder inmediatamente.
No convertir cualquier pensamiento en palabra.
El silencio puede ser una forma de templanza.
El dinero permite comprar mucho más que cosas
El consumo posee una fuerza enorme porque las cosas no solamente sirven.
También significan.
Compramos comodidad.
Pero a veces compramos prestigio.
Identidad.
Sensación de novedad.
Reconocimiento.
No hay nada malo en poseer cosas buenas.
El problema aparece cuando necesitamos continuamente adquirir algo para sentir que nuestra vida se mueve.
Entonces la templanza pregunta:
«¿Lo necesito o necesito la sensación de comprarlo?»
No siempre será fácil responder.
Pero la pregunta merece la pena.
«Me lo merezco»
Esta frase ha vendido probablemente millones de productos.
«Me lo merezco».
Puede ser verdad.
Después de un trabajo intenso podemos permitirnos algo agradable.
Pero existe una lógica curiosa detrás de la expresión.
He sufrido.
Por tanto, debo consumir.
Estoy cansado.
Debo comprar.
He tenido un mal día.
Debo concederme inmediatamente algo.
Poco a poco podemos empezar a utilizar los bienes creados como analgésicos emocionales.
Entonces ya no disfrutamos simplemente.
Nos medicamos con cosas.
Y ninguna compra puede resolver aquello que quizá necesita descanso, conversación, oración, reconciliación o sencillamente aceptar un día malo.
La austeridad cristiana no odia las cosas
Ser austero significa aprender que podemos vivir bien sin necesitar continuamente más.
Es una forma de ligereza.
Cuantas más cosas necesitamos para estar bien, más condiciones ponemos a nuestra felicidad.
Necesito esta temperatura.
Esta comida.
Este dispositivo.
Este horario.
Esta comodidad.
Este reconocimiento.
Que nadie me moleste.
Que todo funcione.
Y entonces cualquier alteración se convierte en tragedia.
La templanza reduce nuestras condiciones.
Nos hace más disponibles.
También para Dios.
El que necesita poco puede dar más
Hay una relación profunda entre templanza y generosidad.
Si todo lo que poseo termina siendo necesario para mí, queda poco para los demás.
Si necesito todo mi dinero.
Todo mi tiempo.
Toda mi comodidad.
Toda mi atención.
No queda demasiado espacio para entregar.
La templanza crea un margen.
Puedo renunciar a esto.
Por tanto, puedo compartirlo.
Puedo prescindir de esta hora.
Por tanto, puedo regalársela a alguien.
Puedo vivir con algo menos.
Por tanto, alguien puede recibir algo más.
La renuncia cristiana nunca debería terminar únicamente en nosotros.
De algún modo prepara la caridad.
El ayuno tiene sentido precisamente por esto
La Iglesia conserva el ayuno no porque crea que tener hambre sea espiritualmente magnífico por sí mismo.
El ayuno educa.
Nos recuerda que podemos sentir un deseo sin satisfacerlo inmediatamente.
El cuerpo dice:
«Tengo hambre».
Y nosotros respondemos:
«Lo sé. Esperaremos».
No despreciamos el cuerpo.
Lo educamos.
Y descubrimos algo importante:
no nos morimos por esperar.
Nuestra libertad recupera espacio.
Por eso el ayuno ha acompañado siempre la oración.
No se trata de demostrar cuánto aguantamos.
Se trata de disponer el corazón.
Una penitencia que nadie sabe
Hay además algo especialmente sano en pequeñas renuncias que nadie conoce.
No producen prestigio.
No podemos exhibirlas.
Quizá precisamente por eso hacen bien.
No poner azúcar.
No mirar algo.
Esperar.
Escoger la porción más pequeña.
Renunciar a una comodidad.
Guardar silencio.
Pequeñas cosas.
No porque Dios disfrute viéndonos incómodos.
Sino porque entrenamos una libertad que después necesitaremos para cosas mucho más importantes.
Nadie empieza a levantar cien kilos el primer día en un gimnasio.
Tampoco solemos adquirir dominio propio comenzando por actos heroicos.
La Cuaresma debería enseñarnos para todo el año
Sería triste entender la templanza únicamente como una virtud de cuarenta días.
Llegar al Miércoles de Ceniza.
Renunciar al chocolate.
Llegar a Pascua.
Y recuperar exactamente la misma relación desordenada con todas las cosas.
La penitencia cuaresmal debería enseñarnos algo permanente:
podemos vivir de otra manera.
Podemos comer con más atención.
Consumir menos.
Rezar más.
Compartir.
Reducir ruido.
Recuperar tiempo.
La Cuaresma funciona como una especie de taller intensivo.
Pero la libertad que aprendemos allí sirve durante todo el año.
La templanza necesita alegría
Hay una señal importante.
Una renuncia cristiana que nos vuelve permanentemente amargados está funcionando mal.
Si dejo algo y paso el día haciendo saber a todos cuánto estoy sufriendo por haberlo dejado, quizá todavía no he entendido mucho.
La templanza busca libertad.
Y la libertad produce alegría.
No siempre placer inmediato.
Pero sí una serenidad profunda.
Descubrimos:
«No necesito esto tanto como creía».
Eso es una buena noticia.
El dominio propio no es obsesión por controlarlo todo
También conviene distinguir.
Una persona templada gobierna sus apetitos.
Pero eso no significa vivir obsesionada midiendo absolutamente cada aspecto de su existencia.
La virtud madura termina dando cierta espontaneidad.
Al principio necesitamos vigilar.
Después el bien se vuelve más natural.
El objetivo no es pasar toda nuestra vida delante de un plato calculando angustiosamente si queda medio centímetro por encima de la medida virtuosa.
Es aprender una relación ordenada con los bienes.
La virtud simplifica.
El vicio complica.
Hay días en que no podremos con todo
La templanza tampoco se ejercita perfectamente todos los días.
Habrá excesos.
Compras innecesarias.
Horas perdidas mirando una pantalla.
Palabras que deberíamos haber callado.
Propósitos que olvidamos.
Entonces hacemos lo mismo que con todas las demás virtudes.
Reconocer.
Aprender.
Y recomenzar.
La culpa inútil no fortalece la voluntad.
La humildad sí.
«Hoy no lo he hecho bien».
Muy bien.
Mañana tendremos nuevas ocasiones.
Y probablemente dentro de veinte minutos también.
La libertad se construye con pequeños «no»
Tenemos tendencia a pensar que nuestros «no» nos quitan libertad.
A veces ocurre exactamente al contrario.
No necesito mirar esto.
No necesito comprar aquello.
No tengo que responder ahora.
No voy a comer más.
No necesito que todo el mundo sepa esto.
No voy a seguir esta discusión.
No necesito comprobar otra vez el teléfono.
Cada pequeño «no» puede contener un «sí» mayor.
Sí a mi libertad.
Sí a mis obligaciones.
Sí al tiempo.
Sí a otra persona.
Sí a Dios.
La templanza no consiste fundamentalmente en negar.
Consiste en ordenar nuestros síes.
Para poder decir el gran sí
Aquí quizá encontramos el sentido más profundo de esta virtud.
¿Por qué quiere el cristiano gobernarse?
No para convertirse en una persona perfectamente autosuficiente.
No para admirar su extraordinario autocontrol.
No para demostrar que necesita menos que los demás.
Quiere ser dueño de sí mismo para poder entregarse.
Solo puedo dar aquello que de alguna manera poseo.
Si no soy dueño de mi tiempo, me costará regalarlo.
Si no gobierno mis impulsos, terminarán decidiendo cómo trato a los demás.
Si no puedo renunciar a mi comodidad, la caridad encontrará siempre un obstáculo.
Si necesito constantemente ser reconocido, incluso mis buenas obras pueden terminar buscando aplauso.
La templanza prepara el corazón para el don.
Cristo es libre porque ama
En Jesús encontramos la forma perfecta de esta libertad.
Nada lo posee.
Ni el hambre.
Ni el poder.
Ni el dinero.
Ni la opinión pública.
Ni la necesidad de ser comprendido.
Ni siquiera el deseo natural de conservar la propia vida termina separándolo de la voluntad del Padre.
Por eso puede entregarse completamente.
«Nadie me quita la vida; yo la entrego libremente».
Esa frase contiene quizá la cima de la libertad cristiana.
Cristo puede darse porque se pertenece completamente.
La templanza, en nuestra medida pequeña y cotidiana, camina hacia allí.
Un examen sobre la templanza
Podemos terminar haciéndonos algunas preguntas.
¿Hay alguna cosa buena que haya empezado a ocupar demasiado espacio en mi vida?
¿Soy capaz de prescindir voluntariamente de aquello que digo que no necesito?
¿Cojo continuamente el teléfono sin haber decidido hacerlo?
¿Como porque tengo hambre o muchas veces porque estoy aburrido, nervioso o simplemente tengo algo delante?
¿Sé disfrutar sin necesidad de excederme?
¿Utilizo compras o consumo para compensar estados de ánimo?
¿Hay alguna comodidad sin la cual me vuelvo desproporcionadamente irritable?
¿Necesito conocer cosas que realmente no me corresponde conocer?
¿Consumo demasiadas polémicas, noticias o indignación?
¿Sé terminar una discusión sin tener la última palabra?
¿Tengo dominio sobre mi lengua?
¿Mis renuncias me hacen más disponible para los demás o simplemente más orgulloso?
¿Practico alguna pequeña mortificación voluntaria?
¿Soy agradecido con los bienes que Dios me concede?
Y quizá la pregunta principal:
¿poseo las cosas o algunas cosas empiezan a poseerme a mí?
La virtud que devuelve cada cosa a su sitio
La templanza no destruye los placeres.
Los ordena.
No destruye el deseo.
Lo educa.
No desprecia el cuerpo.
Lo integra.
No convierte las cosas creadas en enemigas.
Las devuelve a su lugar.
Y cuando cada cosa ocupa su lugar ocurre algo sorprendente.
Podemos disfrutar más serenamente de aquello que tenemos.
Porque ya no necesitamos aferrarnos.
Comemos con gratitud.
Descansamos sin pereza.
Trabajamos sin convertir el éxito en dios.
Usamos las cosas sin que ellas nos utilicen.
Amamos a las personas sin consumirlas.
Renunciamos cuando es necesario.
Y agradecemos cuando podemos disfrutar.
Eso es templanza.
No vivir menos.
Vivir más libremente.
Con este artículo completamos nuestro primer recorrido por las cuatro virtudes cardinales:
prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
La prudencia nos ayuda a descubrir qué debemos hacer.
La justicia nos enseña qué debemos a Dios y a los demás.
La fortaleza nos permite permanecer en el bien cuando cuesta.
Y la templanza nos hace dueños de nosotros mismos para que nuestros deseos no decidan en nuestro lugar.
Pero el camino de las virtudes cristianas no termina aquí.
En los próximos artículos entraremos en un terreno nuevo.
Porque existen virtudes que ningún esfuerzo humano puede producir por sí solo.
No las conquistamos.
Las recibimos.
Son las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.
Y comenzaremos por la fe.
Porque antes de poder caminar hacia Dios ocurre algo extraordinario:
Dios mismo sale a nuestro encuentro y nos permite creer en Él.
@sacerdosmariae
Imagen: Giotto di Bondone, La Templanza (Temperantia), 1306, Capilla de los Scrovegni, Padua. Forma parte del ciclo de las Virtudes y los Vicios. La figura aparece serena y contenida, expresión de una libertad que no elimina los deseos, sino que los gobierna. Una imagen magnífica de la templanza cristiana: las cosas creadas siguen siendo buenas, pero ninguna de ellas debe convertirse en dueña del corazón.
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