Las virtudes cristianas (X): La esperanza, cuando no todo tiene que salir bien

 


Las virtudes cristianas (X): La esperanza, cuando no todo tiene que salir bien

Todos esperamos cosas.

Esperamos que llegue una respuesta. Que una enfermedad mejore. Que un hijo vuelva. Que una relación se arregle. Que un proyecto salga adelante. Que encontremos trabajo. Que llegue determinada fecha. Que termine una época difícil. Que aquello que llevamos tanto tiempo pidiendo finalmente suceda.

La vida humana está llena de esperas.

Algunas duran minutos. Otras duran años.

Y buena parte de nuestra alegría o de nuestra tristeza depende de lo que ocurre con ellas.

Pero la esperanza cristiana es algo bastante más profundo que esperar que suceda aquello que deseamos.

Porque muchas veces no sucede.

Hay oraciones cuya respuesta no coincide con lo que habíamos pedido. Hay enfermedades que no se curan. Hay personas que no regresan. Hay oportunidades que desaparecen. Hay puertas que se cierran. Hay decisiones cuyas consecuencias ya no pueden borrarse. Hay pérdidas que ninguna solución humana podrá devolvernos.

Y, sin embargo, el cristiano puede seguir teniendo esperanza.

Esto solo es posible porque la esperanza cristiana no depende finalmente de que todo salga bien según nuestros planes.

Depende de Dios.

El Catecismo la define como la virtud teologal por la que deseamos el Reino de los cielos y la vida eterna como nuestra felicidad, confiando en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras propias fuerzas, sino en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo.

Cada parte de esta definición es importante.

Esperamos.

Pero esperamos algo.

Y esperamos en Alguien.

No es lo mismo esperanza que optimismo

Conviene comenzar por aquí porque confundimos ambas cosas constantemente.

El optimista piensa que probablemente las cosas saldrán bien.

La esperanza cristiana puede permanecer incluso cuando sabemos que determinadas cosas no saldrán bien.

Un enfermo puede esperar recuperarse. Eso es una esperanza humana legítima y debemos pedir su curación.

Pero puede llegar un momento en que los médicos digan que la enfermedad es irreversible.

¿Ha terminado entonces toda esperanza?

Para quien identifica esperanza con curación, sí.

Para un cristiano, no.

Ha podido desaparecer una esperanza concreta.

Pero no ha desaparecido la esperanza.

Porque nuestra esperanza última nunca fue vivir indefinidamente en esta tierra.

Nuestra esperanza es Dios.

Esta diferencia es decisiva.

Las esperanzas humanas son buenas

Tampoco debemos cometer el error contrario y despreciar nuestras esperanzas ordinarias porque «lo importante es el cielo».

Queremos cosas buenas.

Deseamos salud.

Queremos que nuestros proyectos prosperen.

Rezamos para que determinadas situaciones se resuelvan.

Esperamos poder vivir muchos años junto a las personas que queremos.

Todo eso es profundamente humano.

El Catecismo dice algo muy hermoso: la esperanza teologal asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres y las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos.

No las destruye.

Las coloca en un horizonte mayor.

Podemos esperar aprobar un examen.

Conseguir un trabajo.

Reconstruir una amistad.

Salir de una dificultad económica.

Pero ninguna de esas cosas puede convertirse en nuestra esperanza definitiva.

Porque todas son frágiles.

Incluso cuando las conseguimos.

Conseguir lo que esperábamos no resuelve definitivamente el deseo

Esto resulta curioso.

Pasamos mucho tiempo pensando:

«Cuando ocurra esto, estaré bien».

Cuando termine esta etapa.

Cuando tenga este trabajo.

Cuando pueda comprar aquello.

Cuando llegue esa persona.

Cuando desaparezca este problema.

Y llega.

Estamos contentos.

Durante un tiempo.

Después aparece otra cosa.

No porque seamos necesariamente ingratos, sino porque el corazón humano posee una capacidad de deseo que ninguna realidad temporal consigue colmar definitivamente.

Cada bien de este mundo puede darnos verdadera alegría.

Pero ninguno puede convertirse en la respuesta total.

San Agustín lo expresó de una forma que atraviesa toda la espiritualidad cristiana: nuestro corazón permanece inquieto hasta descansar en Dios.

La esperanza teologal reconoce precisamente esta desproporción.

No pide a una criatura que haga el trabajo de Dios.

El problema de convertir una esperanza en «la esperanza»

Aquí comienzan muchas decepciones profundas.

Una cosa es desear algo intensamente.

Otra convertirlo, quizá sin advertirlo, en condición necesaria para poder ser feliz.

«Si esta persona me quisiera…»

«Si consiguiera este puesto…»

«Si tuviera salud…»

«Si pudiera recuperar aquello…»

«Si mi vida hubiera sido distinta…»

El deseo puede ser legítimo.

Pero cuando añadimos interiormente:

«Sin esto mi vida ya no puede tener sentido»,

hemos concedido a una realidad creada un poder enorme.

Quizá demasiado.

La esperanza cristiana no garantiza que obtendremos todos nuestros deseos.

Nos recuerda que ninguna pérdida temporal tiene autoridad para declarar que nuestra existencia ha perdido definitivamente su sentido.

Porque nuestra vida pertenece a Dios.

La esperanza tiene un nombre: Jesucristo

El cristiano no espera una vaga energía positiva del universo.

No espera que «todo fluya».

No espera que el destino termine colocándolo todo en su sitio.

Espera en Cristo.

Esto cambia completamente la cuestión.

Jesucristo ha muerto.

Jesucristo ha resucitado.

Y ahí encuentra la esperanza cristiana su fundamento.

Si Cristo no hubiera resucitado, san Pablo lo dice sin rodeos, nuestra fe sería vana.

Pero si Cristo ha resucitado, entonces ha ocurrido algo dentro de la historia humana que modifica radicalmente el significado de todo.

La muerte sigue doliendo.

Pero ya no es la última palabra.

El pecado sigue siendo terrible.

Pero puede ser perdonado.

El sufrimiento continúa siendo sufrimiento.

Pero no puede separarnos necesariamente de Dios.

La historia sigue llena de heridas.

Pero camina hacia una consumación que no depende de nuestras fuerzas.

La esperanza cristiana nace de una tumba vacía.

El Viernes Santo parecía un fracaso completo

Pensemos por un momento en los discípulos.

Habían seguido a Jesús.

Habían escuchado sus palabras.

Habían visto milagros.

Habían dejado cosas por Él.

Y de repente lo ven detenido, condenado y crucificado.

Desde el punto de vista humano, todo parece haber terminado.

No era una pequeña dificultad dentro del plan.

Parecía el fracaso del plan entero.

El Mesías estaba muerto.

Por eso el camino de Emaús contiene una frase tan triste:

«Nosotros esperábamos…»

Esperábamos que fuera Él.

Ese verbo en pasado contiene un mundo.

Habían esperado.

Ya no.

Y entonces Cristo resucitado comienza a caminar a su lado aunque ellos todavía no sepan reconocerlo.

Hay algo profundamente consolador ahí.

A veces podemos estar diciendo:

«Yo esperaba…»

mientras Dios sigue caminando junto a nosotros de una manera que todavía no reconocemos.

Dios no siempre salva nuestros planes

Esto puede costarnos mucho aceptar.

Pedimos a Dios que bendiga lo que hemos proyectado.

Y es bueno hacerlo.

Pero en algún momento descubrimos que Dios no ha prometido salvar todos nuestros planes.

Ha prometido salvarnos a nosotros.

Y no es exactamente lo mismo.

Hay proyectos que no llegarán a realizarse.

Caminos que tendremos que abandonar.

Relaciones que quizá no puedan continuar como imaginábamos.

Puertas que nunca se abrirán.

Incluso decisiones buenas pueden terminar de una manera distinta de la que esperábamos.

La esperanza no consiste en pensar que Dios terminará haciendo nuestro plan si rezamos suficientemente.

Consiste en confiar en que ningún fracaso tiene capacidad para hacer fracasar el plan último de Dios sobre nosotros si permanecemos unidos a Él.

Eso es mucho más grande.

«Pero yo había rezado»

Pocas cosas pueden herir tanto nuestra esperanza como una oración aparentemente no escuchada.

Pedimos.

Insistimos.

Quizá durante meses.

Quizá durante años.

Y aquello no sucede.

Entonces aparece una pregunta comprensible:

«¿Para qué he rezado?»

La pregunta merece respeto.

No debemos responder demasiado deprisa con frases hechas.

La oración de petición no es una técnica para conseguir resultados.

No consiste en introducir suficientes monedas espirituales hasta que la máquina divina entregue aquello que hemos seleccionado.

Pedimos porque somos hijos.

Presentamos a Dios nuestros deseos.

Cristo mismo nos enseñó a pedir.

Pero toda oración cristiana contiene, incluso cuando no lo pronunciamos, la oración de Getsemaní:

«No se haga mi voluntad, sino la tuya».

Eso no convierte la petición en una ficción.

Cristo pidió verdaderamente que pasara el cáliz.

Y verdaderamente se entregó a la voluntad del Padre.

La esperanza aprende a pedir sin exigir

Esta es una escuela espiritual difícil.

«Señor, quiero esto».

No fingimos indiferencia.

No hace falta decir que nos da igual cuando no nos da igual.

Podemos pedir con toda el alma.

Podemos llorar.

Insistir.

Volver a pedir.

Pero poco a poco aparece una segunda oración:

«Señor, si esto no sucede, no permitas que yo piense que me has abandonado».

Quizá esta sea una de las oraciones más profundas que podamos hacer.

Porque transforma nuestra esperanza.

Ya no esperamos únicamente una cosa de Dios.

Empezamos a esperar a Dios mismo.

Esperar no significa saber cómo terminará una historia

A veces confundimos confianza con previsión.

«Si confío en Dios, seguro que esto terminará bien».

Depende de qué signifique «bien».

Los mártires confiaron en Dios.

Y los mataron.

San Pablo confió en Dios.

Y pasó por cárceles, azotes, naufragios y finalmente el martirio.

La Virgen confió en Dios.

Y estuvo al pie de la cruz de su Hijo.

No podemos convertir la fe cristiana en la promesa de que quien confía tendrá siempre desenlaces agradables.

Nuestra esperanza es más seria.

El bien definitivo no consiste en evitar cualquier cruz.

Consiste en llegar a Dios incluso atravesándola.

La cruz obliga a purificar nuestras ideas sobre la esperanza

Antes de la cruz resulta fácil imaginar que Dios nos acompaña porque las cosas van bien.

La cruz rompe esa asociación.

Jesucristo es el Hijo amado del Padre.

Y está crucificado.

Eso significa que el sufrimiento, por sí mismo, no demuestra ausencia de Dios.

Ni la dificultad demuestra que hayamos tomado necesariamente un camino equivocado.

Ni la facilidad demuestra automáticamente que estamos cumpliendo la voluntad divina.

La esperanza aprende a mirar más profundamente.

No pregunta únicamente:

«¿Me está yendo bien?»

Pregunta:

«¿Estoy con Cristo?»

Porque hay caminos difíciles en los que Dios está muy cerca.

Y caminos cómodos que pueden alejarnos de Él.

Esperanza no es ingenuidad

La persona esperanzada no necesita negar los problemas.

Puede mirar la realidad directamente.

Hay cosas que están mal.

Situaciones graves.

Enfermedades.

Crisis.

Pecados.

Fracasos.

Una esperanza cristiana madura no consiste en repetir:

«Seguro que no pasa nada».

A veces sí pasa.

Tampoco consiste en adornar una mala noticia hasta hacerla irreconocible.

La esperanza puede decir:

«Esto es muy grave».

Y después añadir:

«Pero esto no es Dios».

El problema es grande.

Pero no es absoluto.

La muerte es terrible.

Pero no es eterna.

Mi pecado es real.

Pero la misericordia de Dios es mayor.

He perdido algo muy importante.

Pero no he perdido todavía el destino para el que fui creado.

La esperanza mira el mal sin arrodillarse ante él.

El pesimismo tampoco es realismo superior

Existe una tentación intelectual curiosa.

El pesimista puede parecer más inteligente porque siempre está preparado para señalar lo que saldrá mal.

Quien espera puede parecer ingenuo.

Pero ver únicamente el mal tampoco es realismo.

Si Dios existe, excluir a Dios de nuestro análisis de la realidad es precisamente una forma de no verla entera.

El cristiano conoce el pecado original.

No tiene una visión ingenua de la naturaleza humana.

Sabe perfectamente de qué somos capaces.

Pero conoce también la Redención.

La gracia.

La acción del Espíritu Santo.

La providencia.

La resurrección.

Por eso no puede ser completamente pesimista.

El pecado es real.

La gracia también.

Y tiene la última palabra.

La desesperanza es una tentación contra Dios

Hay momentos en que no pensamos solamente:

«Esto no tiene solución».

Pensamos:

«Ni Dios puede hacer ya nada conmigo».

Ahí hemos cruzado una línea espiritual importante.

Porque quizá no estemos juzgando únicamente nuestra situación.

Estamos juzgando el poder de la gracia.

«He pecado demasiadas veces».

«Siempre vuelvo a lo mismo».

«Después de tantos años ya no cambiaré».

«Dios estará cansado de mí».

Estas frases pueden parecer humildes.

En realidad pueden esconder una afirmación bastante atrevida:

mi miseria es mayor que la misericordia de Dios.

Y eso no es humildad.

La humildad dice:

«Yo solo no puedo».

La esperanza responde:

«Precisamente por eso necesito a Dios».

Pedro tenía buenas razones para desesperar de sí mismo

Había dicho que jamás abandonaría a Cristo.

Horas después negó tres veces conocerlo.

No fue una pequeña incoherencia.

Fue una caída terrible precisamente en el momento en que Jesús estaba siendo juzgado.

Pedro podría haber concluido:

«Todo ha terminado».

Y, en cierto sentido, algo sí terminó aquella noche.

Terminó una determinada imagen que Pedro tenía de sí mismo.

El hombre que pensaba estar dispuesto a morir por Cristo descubrió que era capaz de negarlo ante una criada.

Pero aquello no fue el final de su historia.

Cristo resucitado fue a buscarlo.

Y el hombre que había negado llegaría a entregar la vida.

La esperanza no siempre devuelve lo que éramos antes.

A veces permite que Dios construya algo nuevo precisamente desde nuestras ruinas.

Judas y Pedro

La tradición cristiana ha contemplado muchas veces el contraste.

Ambos pecaron gravemente.

Pedro negó.

Judas traicionó.

No es necesario simplificar psicológicamente historias personales tan dramáticas.

Pero espiritualmente existe una diferencia que resulta luminosa.

Pedro lloró y permaneció abierto a la posibilidad del perdón.

La esperanza deja una puerta abierta para que Dios pueda entrar.

El pecado nos dice:

«Has hecho esto».

La desesperación añade:

«Y esto es ahora toda tu identidad».

El Evangelio responde:

No.

Has pecado.

Pero todavía puedes ser alcanzado por la misericordia.

Mientras existe posibilidad de volver a Dios, la última palabra no ha sido pronunciada.

El confesionario es una escuela de esperanza

Entramos muchas veces con pecados repetidos.

Incluso con la incómoda sensación de estar diciendo cosas que ya dijimos en la confesión anterior.

Y podemos pensar:

«Otra vez».

Sí.

Otra vez.

Pero quizá deberíamos prestar atención también a otra repetición.

Otra vez Dios perdona.

Otra vez la Iglesia pronuncia la absolución.

Otra vez podemos levantarnos.

Otra vez comienza un camino.

La confesión no es únicamente sacramento de misericordia.

También es sacramento de esperanza.

Nos enseña que nuestro pasado no posee derecho absoluto sobre nuestro futuro.

La gracia puede abrir una historia nueva incluso con material viejo.

Pero la esperanza no consiste en aprovecharse de la misericordia

Aquí aparece el extremo contrario.

Si la desesperación dice:

«Dios no puede perdonarme»,

la presunción dice:

«Dios me perdonará, así que tampoco importa demasiado cómo viva».

Las dos deforman la esperanza.

Una niega la misericordia.

La otra abusa de ella.

Podemos pensar:

«Ya me confesaré».

«Dios comprende».

«Total, siempre perdona».

Eso no es confianza filial.

Es utilizar la misericordia como excusa para no convertirnos.

La verdadera esperanza confía enteramente en Dios y, precisamente por eso, toma en serio su llamada.

No decimos:

«Dios me salvará haga yo lo que haga».

Decimos:

«Dios me dará la gracia necesaria para caminar hacia Él; por eso quiero corresponder».

No podemos salvarnos solos

La esperanza nos protege de otro error muy moderno: la autosuficiencia.

Pensar que, con suficiente disciplina, conocimiento, planificación y voluntad, podremos resolver completamente nuestra existencia.

Podemos hacer muchísimo.

Debemos hacerlo.

La prudencia, la fortaleza y las demás virtudes nos exigen responsabilidad.

Pero tarde o temprano chocamos con límites que no podemos atravesar mediante nuestras fuerzas.

No podemos darnos la vida.

No podemos perdonarnos sacramentalmente nuestros propios pecados.

No podemos vencer la muerte.

No podemos producir por nosotros mismos la vida eterna.

La esperanza comienza precisamente donde reconocemos:

necesito ser salvado.

Para una cultura que valora tanto la autonomía, esta confesión puede resultar incómoda.

Para un cristiano es liberadora.

Esperar es apoyarse en una fuerza que no es la nuestra

El Catecismo insiste en ello.

La esperanza se apoya no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.

Eso significa que nuestra esperanza no disminuye matemáticamente cada vez que descubrimos nuestra debilidad.

Al contrario.

A veces solo empezamos a esperar verdaderamente cuando dejamos de imaginar que todo dependía de nosotros.

Hay una diferencia enorme entre decir:

«Estoy seguro de que lo conseguiré porque soy fuerte»

y decir:

«No sé hasta dónde llegan mis fuerzas, pero sé que Dios no me negará la gracia necesaria para serle fiel».

La primera frase habla principalmente de nosotros.

La segunda habla de Dios.

No necesitamos tener hoy la fuerza de mañana

Esto ayuda muchísimo ante el miedo al futuro.

Imaginamos una posibilidad dolorosa.

«¿Y si ocurre esto?»

«¿Y si pierdo a esta persona?»

«¿Y si enfermo?»

«¿Y si algún día me piden algo para lo que ahora no me siento preparado?»

Y tratamos de responder hoy con las fuerzas que tenemos hoy a una situación que todavía no existe.

Naturalmente nos sentimos incapaces.

Pero Dios no nos concede de antemano todas las gracias de los próximos veinte años como si fueran una transferencia única.

Nos da gracia para hoy.

Mañana habrá gracia para mañana.

La esperanza no dice:

«Ahora mismo sería capaz de soportar cualquier cosa».

Dice:

«Si un día llega esa cruz, Dios estará allí antes que yo».

Eso cambia bastante la perspectiva.

«A cada día le basta su contrariedad»

Cristo conocía perfectamente nuestra tendencia a vivir en futuros imaginarios.

Un problema real puede ocupar una hora.

Nosotros podemos ampliarlo con otras cinco horas de futuros hipotéticos.

¿Y si después…?

¿Y si entonces…?

¿Y si nunca…?

La esperanza nos devuelve al presente.

Hoy, ¿qué tengo que hacer?

Hoy, ¿qué gracia necesito?

Hoy, ¿cuál es el bien posible?

No significa ignorar prudentemente el futuro.

Hay que prever.

Ahorrar.

Organizar.

Prepararse.

Pero existe una diferencia entre previsión y ansiedad anticipatoria.

No estamos obligados a vivir hoy todos los dolores que quizá nunca lleguen.

La paciencia nace muy cerca de la esperanza

Cuando esperamos algo que tarda, aparece la paciencia.

El Catecismo dice que la esperanza nos sostiene en los momentos de abandono y nos protege del desaliento.

Eso significa que posee una relación íntima con nuestra capacidad de esperar los tiempos de Dios.

Nos cuesta.

Muchísimo.

Queremos respuestas rápidas.

Cambios visibles.

Conversiones inmediatas.

Resultados.

Pero Dios trabaja muchas veces de manera lenta.

Una persona puede necesitar años.

Una situación puede madurar despacio.

Incluso nosotros podemos necesitar décadas para comprender algo que Dios llevaba mucho tiempo enseñándonos.

La esperanza acepta que Dios no trabaja siempre según nuestro calendario.

Hay oraciones que parecen enterradas

Rezamos por una persona durante años.

Nada parece cambiar.

Pedimos por una intención.

Silencio.

Quizá llegue un momento en que dejemos incluso de sentir entusiasmo al pedir.

Y, sin embargo, continuamos.

No porque sepamos exactamente cómo responderá Dios.

Sino porque creemos que ninguna oración realizada en Cristo desaparece en el vacío.

No todas reciben la respuesta que imaginamos.

Pero ninguna auténtica oración es inútil.

El mismo acto de pedir va transformando a quien pide.

Lo mantiene delante de Dios.

Ensanchando su deseo.

Purificando poco a poco aquello que espera.

A veces comenzamos pidiendo:

«Señor, haz esto».

Y después de mucho tiempo nuestra oración se convierte en:

«Señor, haz tu voluntad y no permitas que yo me aparte de ti».

Eso ya es una respuesta.

La esperanza necesita aprender a esperar

Parece una obviedad.

Pero no lo es.

Tenemos esperanza y, sin embargo, queremos resultados inmediatos.

La Escritura conoce una espiritualidad de la espera.

Israel espera.

Los profetas esperan.

María espera.

La Iglesia espera.

No vivimos todavía en la consumación.

Vivimos entre una promesa ya cumplida en Cristo y una plenitud que todavía esperamos.

Cristo ha resucitado.

Y nosotros todavía morimos.

El Reino ha comenzado.

Y todavía vemos pecado, guerra, enfermedad e injusticia.

Ese «ya, pero todavía no» pertenece profundamente a la vida cristiana.

La esperanza sabe vivir en esa tensión sin negar ninguno de los dos extremos.

No todo está bien, pero todo puede ser redimido

Esta formulación me parece importante.

El cristiano no necesita decir:

«Todo pasa por algo»

como una respuesta automática a cualquier tragedia.

Hay cosas que ocurren por pecado.

Por imprudencia.

Por injusticia.

Por enfermedad.

Por nuestra condición creada y vulnerable.

El mal no se convierte en bien porque haya ocurrido.

Pero la esperanza afirma algo diferente:

Dios puede sacar bien incluso de aquello que Él no ha querido como mal.

La cruz sigue siendo una injusticia.

Y Dios la convierte en instrumento de salvación.

Esa es nuestra lógica.

No llamamos bueno al mal.

Creemos que el mal no tiene poder para impedir a Dios obrar.

Algunas cicatrices no desaparecerán en esta vida

Hay una forma superficial de esperanza que necesita imaginar que todo terminará quedando perfectamente arreglado antes de nuestra muerte.

No siempre.

Hay heridas que acompañarán toda una vida.

Consecuencias que permanecerán.

Personas que no volveremos a ver aquí.

Preguntas que quizá no tendrán una respuesta completa.

La esperanza cristiana puede aceptar esto porque su horizonte no termina en el cementerio.

Aquí aparece algo decisivo que muchas veces olvidamos:

esperamos la vida eterna.

No simplemente una vida terrena ligeramente mejor organizada.

Si quitamos el cielo de la esperanza cristiana, hemos cambiado profundamente su significado.

El cielo no es un añadido decorativo

Puede ocurrir que hablemos de la fe durante años y apenas mencionemos la vida eterna.

Como si fuese una especie de epílogo lejano que añadimos al final del cristianismo.

No.

La esperanza cristiana aspira precisamente al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra.

Estamos hechos para Dios.

Nuestra vida camina hacia un encuentro.

Eso significa que la muerte no es sencillamente el final de todo aquello que verdaderamente importa.

Es tránsito.

Doloroso.

Misterioso.

Pero tránsito.

El cristiano puede amar profundamente esta vida precisamente porque sabe que no tiene que exigirle que sea eterna.

Pensar en el cielo no significa despreciar la tierra

También aquí hay que mantener el equilibrio.

A veces se acusa al cristianismo de poner la esperanza en el cielo para que la gente se desentienda de los problemas de la tierra.

Sería una deformación.

Precisamente porque esperamos un Reino de justicia, verdad, amor y comunión con Dios, debemos intentar vivir ya según esa lógica.

La esperanza escatológica no nos desresponsabiliza.

Nos compromete.

Si espero la resurrección, el cuerpo humano tiene dignidad.

Si espero el juicio de Dios, mis decisiones importan.

Si espero un Reino de justicia, no puedo ser indiferente ante la injusticia presente.

Si espero la comunión de los santos, mis relaciones no son material desechable.

El futuro prometido por Dios arroja luz sobre el presente.

El cielo evita que hagamos un dios de la historia

También posee otra consecuencia.

Ningún proyecto político, social o humano puede construir el Reino de Dios por sus propias fuerzas.

Podemos y debemos mejorar el mundo.

Luchar contra injusticias.

Crear instituciones mejores.

Trabajar por la paz.

Defender la dignidad humana.

Pero no podemos fabricar el paraíso mediante leyes, tecnología o ideología.

Cada vez que una sociedad ha pretendido construir una salvación absoluta dentro de la historia ha terminado exigiendo sacrificios terribles a personas concretas.

La esperanza cristiana nos hace trabajar seriamente por el mundo sin divinizar ningún proyecto humano.

Solo Dios salva.

Eso relativiza saludablemente todos los poderes.

Esperanza y compromiso pertenecen juntos

Precisamente porque el resultado último no depende de nosotros podemos trabajar sin desesperar.

Esta es una paradoja preciosa.

Si creyéramos que nosotros tenemos que arreglar definitivamente el mundo, la tarea sería insoportable.

Cada fracaso nos destruiría.

Pero nosotros sembramos.

Otros regarán.

Dios dará crecimiento.

Podemos hacer nuestra parte sin convertirnos en mesías.

Hay una enorme libertad en aceptar que no somos imprescindibles.

Somos responsables.

Pero no salvadores.

La Iglesia ya tiene uno.

Y el puesto está ocupado.

La esperanza libera de tener que verlo todo terminado

Hay trabajos cuyos frutos quizá no veremos.

Un padre educa a un hijo y no sabe completamente qué será de él.

Un sacerdote siembra palabras durante años sin conocer muchas veces dónde terminarán germinando.

Un profesor enseña y pierde de vista a sus alumnos.

Alguien comienza una obra que terminará otra generación.

La esperanza nos permite trabajar sin necesidad de recibir inmediatamente la confirmación del resultado.

Hacemos el bien porque es bueno.

Después lo confiamos a Dios.

Esto protege muchísimo de una necesidad enfermiza de éxito.

El fracaso no decide por sí solo si algo valió la pena

Podemos hacer correctamente algo y no conseguir el resultado esperado.

Una conversación sincera no arregla siempre una relación.

Una buena educación no garantiza todas las decisiones futuras de un hijo.

Una evangelización fiel no garantiza conversiones inmediatas.

Una decisión prudente puede tener consecuencias dolorosas por factores que no controlábamos.

Si medimos todo exclusivamente por resultados, terminaremos concluyendo que muchos actos buenos fueron inútiles.

La esperanza introduce otro criterio:

la fidelidad.

¿Hice aquello que debía?

¿Lo hice con amor?

¿Actué según la verdad que conocía?

Entonces el fruto último pertenece a Dios.

«Esperar contra toda esperanza»

San Pablo utiliza esta expresión al hablar de Abrahán.

Humanamente la promesa parecía imposible.

Y, sin embargo, continuó confiando en Aquel que había prometido.

Aquí aparece una diferencia importante entre esperanza y cálculo de probabilidades.

Si todas las circunstancias favorecen el resultado que deseo, no necesito una virtud teologal para considerar probable que ocurra.

La esperanza muestra especialmente su fuerza cuando nuestras seguridades humanas disminuyen.

No porque ignore la realidad.

Porque añade a la realidad un dato decisivo:

Dios es fiel.

La esperanza tiene memoria, igual que la fe

Ayer hablábamos de recordar lo que Dios ha hecho.

Esto sirve también para la esperanza.

Cuando el futuro se vuelve oscuro, conviene mirar de vez en cuando hacia atrás.

No para vivir en el pasado.

Para recordar quién nos ha sostenido hasta aquí.

Cuántas situaciones que parecían imposibles terminaron encontrando un camino.

Cuántas veces apareció una ayuda que no habíamos previsto.

Cuántas cosas que en su momento consideramos una catástrofe terminaron enseñándonos algo.

No todas las historias tendrán un final visible de ese tipo.

Pero nuestra memoria puede recordarnos al menos una verdad:

Dios ya estaba antes de este problema.

No ha comenzado a existir ahora.

María esperó también el Sábado Santo

Hay un momento de la vida de María sobre el que el Evangelio guarda un impresionante silencio.

El sábado.

Cristo está muerto.

No hay apariciones todavía.

No hay sepulcro vacío conocido.

No hay aleluya.

Solo una promesa y un cadáver depositado en una tumba.

La tradición cristiana ha contemplado a María como la que mantiene la fe y la esperanza de la Iglesia en aquella hora.

Esto puede decirnos mucho.

Nosotros queremos vivir siempre en Domingo de Resurrección.

Pero existen sábados santos.

Días en los que algo ha muerto y todavía no vemos qué hará Dios.

La esperanza sabe habitar también ese sábado.

Sin fingir que ya es domingo.

Pero sabiendo que el sábado no es eterno.

Hay tiempos en que basta permanecer

Quizá esperamos sentir una fuerza extraordinaria.

Y no llega.

Entonces la esperanza puede adoptar una forma muy humilde.

Levantarnos.

Cumplir nuestro deber.

Rezar aunque sea poco.

Comer.

Dormir.

Ir a trabajar.

No tomar decisiones definitivas durante un momento de oscuridad.

Pedir ayuda.

Volver al día siguiente.

Hay épocas de la vida en las que esperar no tiene apariencia heroica.

Consiste en no abandonar.

Ya hablamos de esto al tratar la fortaleza.

Las virtudes se entrelazan.

La fortaleza nos ayuda a permanecer.

La esperanza nos recuerda por qué merece la pena permanecer.

El desaliento nos hace interpretar el futuro como si ya lo conociéramos

Hay frases que pronunciamos con una seguridad sorprendente:

«Esto nunca cambiará».

«Siempre será así».

«Jamás podré…»

Quizá.

Pero normalmente no poseemos esa información.

El desaliento posee una extraña pretensión profética.

Toma el dolor presente y lo proyecta indefinidamente hacia delante.

Hoy estoy mal.

Por tanto, siempre estaré mal.

Hoy no encuentro salida.

Por tanto, no existe salida.

Hoy no veo a Dios.

Por tanto, Dios no actuará.

La esperanza introduce una pequeña pero decisiva palabra:

todavía.

No lo veo todavía.

No sé cómo todavía.

No ha cambiado todavía.

Ese «todavía» deja sitio a Dios.

No toda espera terminará como queremos

Ahora bien, tampoco debemos utilizar el «todavía» como una forma de negar que algunas cosas ya no sucederán.

Puede llegar el momento de aceptar.

Esta persona ha muerto.

Esta relación ha terminado.

Esta oportunidad ya pasó.

Esta decisión no puede deshacerse.

La esperanza no exige mantener indefinidamente una expectativa humana imposible.

A veces crecer en esperanza implica precisamente soltar una esperanza concreta.

Y eso puede doler muchísimo.

Pero existe una gran libertad cuando podemos decir:

«Señor, esto que deseaba ya no será. Te lo entrego. Enséñame ahora cómo caminar contigo desde aquí».

No desde la vida que imaginé.

Desde esta.

La que realmente tengo.

Dios trabaja también con lo que queda

Nosotros pensamos muchas veces en términos de:

«Si hubiera…»

Si hubiera tomado otra decisión.

Si hubiera conocido antes aquello.

Si no hubiera sucedido esto.

Quizá nuestra historia sería distinta.

Pero no vivimos en el pasado posible.

Vivimos en el presente real.

Y Dios trabaja con realidades.

Puede comenzar desde aquí.

Con esta edad.

Con estas heridas.

Con estas consecuencias.

Con estas posibilidades.

Con esto que todavía queda.

La esperanza cristiana no necesita una biografía perfecta para empezar.

Dios nunca ha necesitado materiales perfectos.

Miremos a los apóstoles.

La vejez también necesita esperanza

Nuestra cultura asocia fácilmente esperanza con juventud.

«Tiene toda la vida por delante».

Es comprensible.

Hay muchas posibilidades abiertas.

Pero desde la fe cristiana una persona de noventa años no tiene menos futuro que una de veinte.

Puede tener menos futuro terreno.

Pero está más cerca del encuentro para el que fue creada.

Esto cambia completamente nuestra mirada sobre la ancianidad.

La vida no pierde valor porque queden menos proyectos.

Una persona postrada puede seguir esperando.

Puede rezar.

Ofrecer.

Amar.

Prepararse.

Recibir.

La esperanza cristiana impide reducir la dignidad de una vida al número de cosas que todavía puede producir.

Mientras caminamos hacia Dios, hay futuro.

Aprender a morir forma parte de aprender a esperar

No solemos hablar demasiado de esto.

Pero la espiritualidad cristiana siempre enseñó a prepararse para una buena muerte.

No por obsesión.

Por realismo.

Moriremos.

Y nuestra esperanza alcanza precisamente ahí una de sus expresiones más grandes.

El cristiano no dice que morir sea irrelevante.

Cristo lloró ante la tumba de Lázaro.

La muerte separa.

Hiere.

Nos despoja.

Pero no tiene poder para destruir la comunión con Cristo.

San Pablo puede preguntar:

«¿Dónde está, muerte, tu victoria?»

No porque no exista muerte.

Porque Cristo ha pasado por ella y ha abierto una salida.

Recordar la muerte puede enseñar a vivir

Existe una paradoja.

Cuando evitamos pensar completamente en la muerte podemos terminar viviendo como si dispusiéramos de un número ilimitado de días.

Aplazamos.

Perdones.

Conversiones.

Llamadas.

Decisiones.

Oración.

«Ya habrá tiempo».

La esperanza cristiana nos permite mirar la muerte sin quedar paralizados.

Y entonces la vida adquiere un valor nuevo.

Este día importa.

Esta persona importa.

Esta oportunidad de amar quizá no se repita.

La esperanza del cielo no empequeñece la tierra.

La vuelve preciosa.

Porque sabemos que estamos de camino.

El Padre Nuestro es una oración de esperanza

El Catecismo dice que la esperanza se expresa y se alimenta especialmente en el Padre Nuestro.

Tiene muchísimo sentido.

«Venga a nosotros tu Reino».

Esperamos.

«Hágase tu voluntad».

Confiamos.

«Danos hoy nuestro pan».

Esperamos lo necesario para el camino.

«Perdona nuestras ofensas».

Esperamos misericordia.

«No nos dejes caer en la tentación».

Esperamos la gracia para perseverar.

«Líbranos del mal».

Esperamos la liberación definitiva.

Quizá hemos rezado miles de veces el Padre Nuestro sin advertir que en él está contenido casi todo aquello que esperamos.

La Eucaristía también mira hacia delante

En cada Misa hacemos memoria.

Pero no solamente memoria.

Anunciamos la muerte del Señor y proclamamos su resurrección hasta que vuelva.

La liturgia mira hacia el futuro.

Cada Eucaristía contiene una espera.

Cristo ha venido.

Cristo está sacramentalmente presente.

Y Cristo vendrá.

La Iglesia vive entre memoria y esperanza.

Celebramos una victoria ya realizada y esperamos su manifestación plena.

Por eso la liturgia cristiana nunca queda completamente cerrada sobre el presente.

Tiene horizonte.

La esperanza ensancha el corazón

El Catecismo utiliza una expresión preciosa.

Dice que la esperanza dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna.

El desaliento hace exactamente lo contrario.

Lo estrecha.

Cuando estamos desesperanzados vemos pocas posibilidades.

Todo se reduce al problema.

La dificultad ocupa todo el campo visual.

La esperanza ensancha.

No necesariamente porque elimine el problema.

Porque nos recuerda que existe un horizonte más grande que él.

Esta enfermedad no es toda mi vida.

Este fracaso no es toda mi identidad.

Este pecado no es todo lo que soy.

Esta pérdida no contiene todo mi futuro.

Dios es más grande.

La alegría cristiana nace en parte de aquí

No significa estar contentos todo el tiempo.

La alegría cristiana puede convivir con lágrimas.

San Pablo dice:

«Alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación».

No dice alegres porque no exista tribulación.

Las dos cosas aparecen juntas.

Esto es muy importante.

Podemos sufrir y conservar esperanza.

Podemos llorar y seguir creyendo que nuestra vida está en manos de Dios.

Podemos echar profundamente de menos a alguien y confiar en la resurrección.

La alegría cristiana no consiste en una emoción permanente.

Tiene raíces más profundas.

La esperanza nos saca de nosotros mismos

También existe un efecto muy interesante.

Cuando pensamos que todo depende de nosotros, tendemos a encerrarnos.

Nuestra seguridad.

Nuestro futuro.

Nuestros problemas.

Nuestros resultados.

El Catecismo dice que la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la alegría de la caridad.

Tiene sentido.

Quien sabe que está sostenido puede entregarse.

Quien cree que debe proteger desesperadamente su propia vida termina teniendo dificultades para darla.

La esperanza nos permite arriesgar amor.

Porque sabemos que no perderemos definitivamente nada entregado a Dios.

Quien espera puede sembrar árboles cuya sombra no disfrutará

Hay una imagen que expresa muy bien esta virtud.

Plantar algo que otros disfrutarán.

Educar.

Construir.

Transmitir la fe.

Conservar un patrimonio.

Fundar una obra.

Preparar el camino.

Hacer algo bien aunque sepamos que otros recogerán el fruto.

La desesperanza pregunta:

«¿Para qué, si yo no lo veré?»

La esperanza responde:

«Porque el bien no necesita terminar en mí».

Hay algo profundamente cristiano en trabajar para una historia más larga que nuestra propia biografía.

La Iglesia vive así desde hace dos mil años.

Cada generación recibe.

Custodia.

Añade su fidelidad.

Y entrega.

La esperanza y la Tradición se entienden muy bien

Recibimos una fe que otros conservaron cuando nosotros todavía no existíamos.

Iglesias construidas por personas que sabían que no verían terminadas algunas obras.

Manuscritos copiados.

Doctrina transmitida.

Liturgia celebrada.

Vocaciones entregadas.

Familias que enseñaron la fe.

Todo porque alguien creyó que había algo digno de ser entregado al futuro.

Una Iglesia sin esperanza dejaría de transmitir.

Pensaría únicamente en sobrevivir hoy.

La esperanza, en cambio, siembra para quienes todavía no han nacido.

Una pregunta para nuestros fracasos

Cuando algo no ha salido como queríamos solemos preguntarnos:

«¿Dónde me equivoqué?»

Puede ser una buena pregunta.

Pero no siempre es la única.

También podemos preguntar:

«Señor, ¿qué puedo hacer contigo ahora?»

No podemos cambiar algunas cosas.

Pero siempre queda una respuesta presente.

Tal vez reparar.

Tal vez aprender.

Tal vez esperar.

Tal vez aceptar.

Tal vez comenzar algo diferente.

Tal vez simplemente permanecer.

La esperanza no vive en un pasado alternativo.

Vive aquí.

Un examen sobre la esperanza

Podemos terminar, como hacemos con las demás virtudes, con algunas preguntas.

¿Confundo esperanza cristiana con pensar que todo terminará saliendo como deseo? ¿Hay alguna esperanza humana que haya convertido prácticamente en condición indispensable para poder ser feliz? ¿Sé presentar a Dios mis deseos con sinceridad y, al mismo tiempo, dejar espacio para su voluntad? ¿Cómo reacciono cuando una oración no recibe la respuesta que esperaba? ¿Interpreto una dificultad como prueba automática de que Dios me ha abandonado? ¿Mido la fidelidad de Dios únicamente por la facilidad de mi vida? ¿Hay alguna caída de la que he concluido que ya no puedo cambiar? ¿Creo verdaderamente que la misericordia de Dios es mayor que mi pecado? ¿Utilizo, por el contrario, la misericordia como excusa para no convertirme? ¿Estoy intentando soportar hoy sufrimientos futuros que quizá nunca lleguen? ¿Sé esperar los tiempos de Dios? ¿Hay alguna situación en la que necesito sustituir «nunca» por «todavía no»? ¿Y existe alguna esperanza concreta que tengo que soltar porque ya no corresponde a la realidad? ¿Pienso alguna vez en la vida eterna? ¿El cielo forma verdaderamente parte de mi manera de comprender la existencia? ¿La esperanza en la resurrección cambia mi manera de mirar la muerte? ¿Soy capaz de trabajar por bienes cuyos frutos quizá no llegue a ver? ¿Mi esperanza me hace más disponible para los demás?

Y quizá la pregunta central sea esta:

si aquello que más deseo no sucediera, ¿seguiría pudiendo creer que mi vida está en buenas manos?

«Fiel es el que prometió»

La esperanza cristiana no descansa finalmente en nuestra capacidad de conservar siempre el ánimo.

Habrá días en que estemos cansados.

Días en que todo parezca oscuro.

Días en que nuestra oración apenas consiga formular una frase.

No estamos obligados a producir continuamente sentimientos esperanzados.

Nuestra esperanza se apoya en algo mucho más estable que nuestros estados de ánimo.

Dios es fiel.

Eso es lo decisivo.

No sabemos todo lo que ocurrirá.

No sabemos cuánto durarán determinadas pruebas.

No sabemos cuántas veces tendremos todavía que comenzar de nuevo.

No sabemos qué proyectos saldrán adelante y cuáles tendremos que enterrar.

Ni siquiera sabemos cuánto tiempo nos queda.

Pero sabemos hacia dónde camina nuestra vida.

Cristo ha muerto.

Cristo ha resucitado.

Y nos ha prometido una vida con Él.

Por eso la esperanza cristiana puede sobrevivir incluso al fracaso de muchas esperanzas humanas.

Podemos perder cosas importantes.

Podemos atravesar noches muy largas.

Podemos llegar incluso a un Sábado Santo en el que no comprendamos qué está haciendo Dios.

Pero mientras Dios siga siendo Dios, nunca estaremos ante una historia completamente cerrada.

La esperanza no dice ingenuamente:

«Todo saldrá como yo quiero».

Dice algo mucho más fuerte:

«Pase lo que pase, Dios seguirá siendo fiel; y si permanezco en Él, nada podrá impedir que mi vida alcance finalmente el destino para el que fue creada».

Por eso el símbolo bíblico de la esperanza es tan hermoso: un ancla.

El mar puede moverse.

La barca puede ser golpeada.

No vemos necesariamente tierra.

Pero el ancla está sujeta a algo firme.

Quizá nuestra vida espiritual consista muchas veces simplemente en no cortar esa cuerda.

En seguir rezando.

Seguir confiando.

Seguir caminando.

Seguir levantándonos.

Hasta que un día aquello que ahora conocemos solamente por la fe deje de ser promesa.

Y sea presencia.

En el próximo artículo llegaremos a la tercera y mayor de las virtudes teologales:

la caridad.

No simplemente ser amable, hacer favores o sentir afecto.

La caridad es algo infinitamente mayor: participar del mismo amor con que Dios ama.

Y entonces comprenderemos por qué san Pablo, después de hablar de fe, esperanza y caridad, termina diciendo:

«La mayor de ellas es la caridad».

@sacerdosmariae

Imagen: Giotto di Bondone, La Esperanza (Spes), 1306, Capilla de los Scrovegni, Padua. Giotto representa a la Esperanza elevándose hacia lo alto para recibir una corona que desciende hacia ella. La figura no permanece encerrada en lo inmediato: está orientada hacia aquello que todavía no posee, pero que espera recibir. Una magnífica imagen de la esperanza cristiana, que atraviesa la incertidumbre del presente sostenida por la promesa de Dios.

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