Las virtudes cristianas (XIX): El temor de Dios, amar tanto a Dios que temamos apartarnos de Él.

Las virtudes cristianas (XIX): El temor de Dios, amar tanto a Dios que temamos apartarnos de Él.

Cuando escuchamos hablar del «temor de Dios», podemos entender mal la expresión.

Puede parecernos que la fe cristiana invita a vivir asustados ante Dios. Como si el Señor estuviera esperando nuestro menor tropiezo para castigarnos. Como si la vida espiritual consistiera en caminar con miedo delante de un juez severo.

Pero ese no es el temor de Dios del que habla la Sagrada Escritura.

El temor de Dios es uno de los siete dones del Espíritu Santo. Y, lejos de alejarnos de Dios, nos hace acercarnos todavía más a Él.

Porque el verdadero temor de Dios no consiste principalmente en tener miedo de que Dios nos castigue.

Consiste en amar tanto a Dios que nos duela la posibilidad de apartarnos de Él.

1. «El principio de la sabiduría es el temor del Señor».

La Escritura afirma:

«El principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Prov 9,10).

Puede sorprendernos.

¿Por qué comienza la sabiduría precisamente con el temor?

Porque el hombre empieza a ser verdaderamente sabio cuando reconoce quién es Dios y quién es él.

Dios es Dios.

Y nosotros somos criaturas.

Parece una verdad elemental, pero olvidarla está en la raíz de muchos de nuestros problemas espirituales.

Queremos decidir por nosotros mismos qué está bien y qué está mal. Queremos organizar nuestra existencia sin preguntar a Dios. Queremos recibir sus dones, pero no siempre aceptar su voluntad.

El temor de Dios devuelve el corazón a su lugar.

Nos recuerda que la vida no nos pertenece absolutamente.

Que hemos sido creados.

Que hemos sido amados.

Que nuestra existencia tiene un origen y un destino.

Y que un día compareceremos ante Aquel de quien todo procede.

Ante Dios, toda soberbia termina cayendo.

2. No es miedo de Dios.

Conviene distinguir claramente dos cosas.

Existe un temor servil.

Es el temor del esclavo que obedece únicamente por miedo al castigo.

«No hago esto porque Dios podría castigarme».

Ese temor puede ser un primer freno frente al pecado, pero no constituye todavía la plenitud de la vida cristiana.

Existe otro temor mucho más profundo.

Es el temor filial.

Es el temor de quien ama.

Quien ama verdaderamente sabe lo doloroso que sería herir a la persona amada.

Un hijo que quiere profundamente a su padre no evita una determinada acción solamente porque teme una reprimenda. La evita porque no quiere entristecer a quien ama.

Así actúa el don de temor de Dios.

No nos hace huir de Dios.

Nos hace temer perder su amistad.

3. El pecado visto desde el amor.

Mientras contemplemos el pecado únicamente como la infracción de una norma, siempre existirá la tentación de calcular.

«¿Esto es pecado grave o leve?».

«¿Hasta dónde puedo llegar?».

«¿Esto está realmente prohibido?».

Son preguntas legítimas en determinados momentos. La conciencia necesita conocer con claridad la ley moral.

Pero la vida espiritual no puede reducirse a buscar continuamente dónde está el límite.

El amor pregunta de otra manera:

«¿Esto me acerca a Dios o me aleja de Él?»

«¿Esto agrada al Señor?»

«¿Corresponde esta decisión al amor que he recibido?»

Cuando actúa el don de temor de Dios, el pecado comienza a parecernos terrible no solamente porque esté prohibido, sino porque hiere nuestra comunión con Dios.

El pecado no es únicamente haber quebrantado una ley.

Es haber herido una relación de amor.

4. El temor de Dios y la humildad.

Este don produce también humildad.

Quien teme a Dios deja de considerarse el centro del universo.

Comprende que no todo depende de él.

Comprende que necesita la gracia.

Y comprende también que puede caer.

San Pablo advertía:

«El que se crea seguro, cuídese de no caer» (1 Cor 10,12).

No es pesimismo.

Es realismo espiritual.

Todos somos capaces de alejarnos de Dios si dejamos de vigilar.

Los santos desconfiaban profundamente de sus propias fuerzas y, al mismo tiempo, confiaban inmensamente en la gracia de Dios.

Esa combinación es profundamente cristiana:

desconfianza de uno mismo y confianza absoluta en Dios.

El soberbio piensa que nunca caerá.

El escrupuloso piensa que caerá inevitablemente.

El humilde sabe que puede caer, pero también sabe que Dios puede sostenerlo.

5. Cuando se pierde el sentido del pecado.

Nuestro tiempo tiene una dificultad particular para comprender este don.

Se ha debilitado enormemente el sentido del pecado.

No necesariamente porque los hombres de hoy sean peores que los de otros tiempos.

Sucede algo más profundo.

Muchas veces hemos perdido primero el sentido de Dios.

Y cuando Dios desaparece del horizonte, también desaparece poco a poco la conciencia del pecado.

Todo acaba reduciéndose a impresiones personales:

«Yo no hago daño a nadie».

«A mí me parece bien».

«Todo el mundo lo hace».

«Lo importante es sentirse bien con uno mismo».

Pero la conciencia cristiana no pregunta solamente qué piensa la mayoría.

Pregunta:

«¿Qué quiere Dios?»

El temor del Señor nos libera de la dictadura de la opinión dominante.

Nos permite permanecer fieles incluso cuando la fidelidad resulta incómoda.

6. El temor de Dios no produce tristeza.

Podría parecer que una vida marcada por el temor de Dios tendría que ser sombría.

Sucede exactamente lo contrario.

Quien teme al Señor aprende a vivir con una libertad enorme.

Ya no necesita agradar continuamente a todo el mundo.

Ya no depende tanto de la aprobación de los demás.

Ya no vive esclavizado por las modas.

Si Dios ocupa verdaderamente el primer lugar, muchas otras cosas recuperan su proporción correcta.

Por eso dice el salmo:

«Dichoso el que teme al Señor y ama de corazón sus mandatos» (Sal 111,1).

Dichoso.

No angustiado.

No aterrorizado.

Dichoso.

Porque sabe dónde está su tesoro.

7. Jesús nos enseña el santo temor.

Cristo vivió completamente orientado hacia el Padre.

Toda su existencia está atravesada por una obediencia amorosa:

«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió» (Jn 4,34).

En Getsemaní vemos esta obediencia llevada hasta el extremo.

Jesús conoce el sufrimiento que se aproxima.

Experimenta angustia.

Y reza:

«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39).

Aquí aparece el corazón de la vida cristiana.

No siempre comprenderemos la voluntad de Dios.

No siempre nos resultará agradable.

No siempre coincidirá con nuestros planes.

Pero podemos aprender a decir:

«No se haga mi voluntad, sino la tuya».

Eso es también temor de Dios: reconocer que su voluntad es más sabia que la nuestra.

8. María ante la grandeza de Dios.

La Virgen comprende perfectamente esta actitud.

En el Magníficat proclama:

«Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1,50).

María contempla al mismo tiempo la grandeza de Dios y su misericordia.

No existe contradicción.

Precisamente porque Dios es grande podemos confiar completamente en Él.

Precisamente porque Dios es santo debemos acercarnos con reverencia.

Y precisamente porque Dios es Padre podemos hacerlo con confianza.

El cristianismo mantiene juntas estas dos actitudes:

reverencia y confianza.

Nunca irreverencia.

Nunca terror.

9. La reverencia ante las cosas de Dios.

El don de temor de Dios también nos enseña a tratar santamente aquello que pertenece al Señor.

La Eucaristía.

La iglesia.

La liturgia.

La Palabra de Dios.

Los sacramentos.

El nombre santo de Dios.

Las cosas sagradas no son objetos mágicos, pero tampoco son cosas corrientes.

Hay gestos exteriores que expresan una actitud interior.

Arrodillarse.

Guardar silencio.

Hacer bien la señal de la cruz.

Prepararse dignamente para comulgar.

Entrar en una iglesia sabiendo ante Quién estamos.

Estas cosas no son formalismos vacíos cuando nacen de la fe.

El cuerpo también reza.

Y la reverencia exterior puede educar el corazón.

10. «Quítate las sandalias de los pies».

Existe una escena de la Escritura que expresa admirablemente todo esto.

Moisés se acerca a una zarza que arde sin consumirse.

Entonces Dios lo llama por su nombre:

«¡Moisés, Moisés!».

Y él responde:

«Aquí estoy» (Ex 3,4).

Pero inmediatamente escucha:

«No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado» (Ex 3,5).

Moisés se cubre el rostro.

Ha comprendido ante Quién se encuentra.

Y, sin embargo, Dios no lo rechaza.

No lo expulsa.

No lo aplasta.

Dios se acerca a él, le revela su nombre y le confía una misión.

Aquí se comprende perfectamente qué significa el temor de Dios.

Moisés reconoce la santidad de Dios y, precisamente por eso, puede escuchar su voz.

La reverencia no impide la intimidad con Dios.

La hace verdadera.

11. Temer solamente una cosa.

Al final, el cristiano debería aprender a tener miedo de una sola cosa:

alejarse voluntariamente de Dios.

Podemos perder muchas cosas.

Dinero.

Prestigio.

Salud.

Planes.

Seguridades.

Incluso personas queridas.

Todo eso puede producir un dolor inmenso.

Pero existe una pérdida todavía mayor: perder la amistad con Dios por el pecado grave.

Los santos comprendieron esta verdad con enorme claridad.

Por eso preferían perderlo todo antes que perder a Dios.

No porque despreciaran las cosas buenas de la vida.

Al contrario.

Habían aprendido a ordenar correctamente el valor de cada cosa.

Cuando alguien encuentra un tesoro, comprende cuánto vale conservarlo.

Y nuestro tesoro es Cristo.

12. Pedir el don de temor de Dios.

También este don debemos pedirlo.

No podemos fabricarlo artificialmente.

Es obra del Espíritu Santo.

Podemos rezar:

Espíritu Santo, concédeme el don de temor de Dios.

Que nunca me acostumbre al pecado.

Que no banalice las cosas santas.

Que no anteponga la opinión del mundo a la voluntad de Dios.

Que recuerde mi pequeñez sin olvidar nunca tu misericordia.

Que tenga un corazón humilde.

Que tema una sola cosa: apartarme de Ti.

Y que, cuando caiga, no huya de Ti, sino que corra nuevamente hacia tu misericordia.

Porque el verdadero temor de Dios no nos deja paralizados delante de Él.

Nos hace correr hacia Él.

Como un hijo que sabe que fuera de la casa del Padre puede encontrar muchas cosas, pero solamente en aquella casa encontrará el lugar al que verdaderamente pertenece.

El temor de Dios es, en definitiva, el temor de perder al Amor que hemos encontrado.

Y cuando comprendemos esto, dejamos de preguntar cuánto podemos alejarnos sin perderlo.

Comenzamos a preguntarnos cuánto podemos acercarnos.

@sacerdosmariae

La imagen.

La obra elegida para acompañar este artículo es Moisés ante la zarza ardiente, pintada por Nicolas Poussin en 1641 y conservada en el Statens Museum for Kunst de Copenhague. La reproducción está disponible en dominio público y bajo CC0.

La escena recoge uno de los momentos más importantes de la vocación de Moisés. Dios se manifiesta en aquella zarza que arde sin consumirse y le ordena: «Quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado» (Ex 3,5).

Moisés descubre que está ante el Dios vivo.

Por eso aparece sobrecogido ante el misterio.

Pero ese temor no significa rechazo.

Dios no se manifiesta para alejarlo, sino para llamarlo.

No se revela para aplastarlo, sino para confiarle una misión.

Esta es precisamente la paradoja del auténtico temor de Dios: cuanto más reconocemos su grandeza, más profundamente podemos entrar en su intimidad.

La reverencia no crea distancia cuando nace del amor.

Nos enseña quién es Dios y quiénes somos nosotros.

Moisés se quita las sandalias porque comprende que aquel suelo es santo.

También nosotros necesitamos aprender continuamente a «quitarnos las sandalias» ante Dios: abandonar la autosuficiencia, la irreverencia, la trivialidad y la pretensión de tratar las cosas santas como si fueran algo corriente.

El hombre moderno está tentado de acercarse a todo sin arrodillarse ante nada.

Moisés nos recuerda que existen realidades ante las cuales la postura más profundamente humana consiste precisamente en inclinarse.

Y sucede algo extraordinario.

El hombre que se inclina delante de Dios puede después permanecer de pie delante del mundo.

Porque quien teme al Señor deja de tener tanto miedo a los hombres.

Por eso esta imagen resume magníficamente el sentido del artículo.

El temor de Dios no consiste en huir de su presencia.

Consiste en comprender que estamos pisando tierra sagrada.

@sacerdosmariae

Pie de foto: Nicolas Poussin, Moisés ante la zarza ardiente, 1641. El temor de Dios nace cuando el hombre reconoce la santidad de Aquel que lo llama.

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