Las virtudes cristianas (XVI): La fortaleza, cuando nuestras fuerzas ya no bastan.
Las virtudes cristianas (XVI): La fortaleza, cuando nuestras fuerzas ya no bastan.
Hace unos días dedicamos un artículo entero a la fortaleza. Dijimos entonces que esta virtud cardinal nos permite permanecer firmes en el bien cuando aparecen el miedo, el cansancio, la dificultad o el sufrimiento. La fortaleza no elimina el temor, sino que evita que el temor decida por nosotros.
Y ahora, al recorrer los dones del Espíritu Santo, vuelve a aparecer exactamente la misma palabra: fortaleza.
¿Por qué?
¿No habíamos hablado ya de ella?
Sí. Pero ahora entramos en otra profundidad.
La virtud de la fortaleza educa y fortalece nuestra capacidad para afrontar dificultades y perseverar en el bien. El don de fortaleza dispone esa capacidad humana y sobrenatural para ser movida con especial docilidad por el Espíritu Santo. Hay situaciones en las que nuestras fuerzas ordinarias parecen llegar hasta un determinado punto y, sin embargo, Dios sostiene una fidelidad que supera lo que nosotros mismos pensábamos que éramos capaces de soportar.
No significa que dejemos de luchar.
Significa que descubrimos que no luchamos solos.
La misma palabra, pero no exactamente la misma realidad.
La diferencia puede entenderse con un ejemplo.
Una persona aprende a nadar. Entrena. Mejora su técnica. Fortalece sus músculos. Poco a poco es capaz de recorrer distancias mayores. Todo eso exige esfuerzo y entrenamiento.
Pero imaginemos ahora que esa misma persona se encuentra un día dentro de una corriente mucho más fuerte de lo esperado. Allí descubre rápidamente que su técnica y sus fuerzas tienen un límite.
Algo semejante sucede espiritualmente.
Necesitamos formar el carácter.
Necesitamos aprender a soportar frustraciones.
Necesitamos adquirir hábitos.
Necesitamos ejercitarnos en la paciencia y la perseverancia.
Pero hay momentos en que la vida nos coloca delante de algo que parece demasiado grande para nuestras capacidades.
Una enfermedad.
Una pérdida.
Una persecución.
Una responsabilidad mantenida durante años.
Una tentación persistente.
Una situación familiar especialmente dolorosa.
Una fidelidad que empieza a costarnos mucho.
Y entonces la pregunta deja de ser únicamente:
«¿Soy suficientemente fuerte?»
Aparece otra:
«Señor, ¿puedes sostenerme Tú?»
El cristiano no está llamado a convertirse en un superhombre.
Existe una manera muy poco cristiana de entender la fortaleza.
Consistiría en pensar que ser fuerte significa no necesitar a nadie.
No llorar.
No cansarse.
No pedir ayuda.
No tener miedo.
No mostrar debilidad.
Aguantar absolutamente todo.
Eso puede impresionar exteriormente.
Pero no siempre es fortaleza.
Puede ser orgullo.
Puede ser miedo a mostrarnos vulnerables.
Puede ser incapacidad para reconocer nuestros límites.
La fortaleza cristiana no consiste en convencernos de que somos invencibles.
Consiste en descubrir que Dios permanece cuando nosotros somos débiles.
San Pablo llegó a aprender una paradoja desconcertante: precisamente en su debilidad podía manifestarse la fuerza de Cristo.
Eso cambia completamente el planteamiento.
«Yo puedo con todo» no es necesariamente una frase cristiana.
Hay una expresión de san Pablo que se cita muchísimo:
«Todo lo puedo en aquel que me fortalece».
A veces se utiliza casi como un lema de autoayuda.
Puedo conseguir cualquier objetivo.
Puedo alcanzar cualquier sueño.
Puedo superar cualquier obstáculo.
Pero Pablo no está diciendo que Cristo nos convierta en personas capaces de conseguir cualquier cosa que nos propongamos.
Está hablando de algo mucho más profundo.
Ha aprendido a vivir en abundancia y en necesidad.
A tener y a carecer.
A atravesar circunstancias diferentes permaneciendo unido a Cristo.
«Todo lo puedo» significa, en ese contexto:
con Cristo puedo atravesar aquello que me toque vivir sin dejar de pertenecerle.
Eso es muy distinto.
Quizá no consigamos cambiar una situación.
Pero podemos recibir fuerza para vivirla de otra manera.
Hay cosas que no podemos solucionar.
Esta verdad cuesta mucho aceptar.
Nos gusta arreglar.
Resolver.
Intervenir.
Encontrar la respuesta adecuada.
Pero existen realidades que no se resuelven mediante una buena organización.
No podemos devolver la vida a quien ha muerto.
No podemos obligar a cambiar a quien no quiere cambiar.
No podemos borrar el pasado.
No podemos impedir todas las enfermedades.
No podemos conseguir que absolutamente todos nos comprendan.
No podemos evitar que algunas etapas terminen.
Entonces la fortaleza adopta otra forma.
Ya no consiste en vencer una dificultad.
Consiste en permanecer fieles dentro de una dificultad que no podemos vencer de la manera que desearíamos.
Y quizá esa sea una de las formas más grandes de fortaleza.
El Espíritu Santo no siempre quita la cruz.
A veces pedimos:
«Señor, dame fuerzas».
Y suponemos que recibir fuerzas significa que desaparecerá el problema.
Pero puede ocurrir que el problema permanezca.
Lo que cambia es nuestra capacidad para llevarlo.
Cristo no prometió una vida sin cruz.
Prometió algo mucho mayor:
su presencia.
Esto no convierte el sufrimiento en algo bueno por sí mismo. El dolor duele. La enfermedad es una privación. La injusticia debe combatirse. No necesitamos idealizar las desgracias para encontrar a Dios dentro de ellas.
El cristianismo no dice que la cruz sea agradable.
Dice que Cristo ha entrado en ella.
Y desde entonces ningún sufrimiento humano tiene por qué ser un lugar vacío de Dios.
La fortaleza no consiste en buscar sufrimientos.
También aquí podemos deformar la espiritualidad.
No necesitamos fabricar cruces.
La vida suele traer suficientes sin nuestra colaboración.
La fortaleza no consiste en escoger siempre el camino más doloroso simplemente porque sea doloroso. El sufrimiento no es un bien en sí mismo.
Si podemos curar una enfermedad, debemos curarla.
Si podemos eliminar una injusticia, debemos trabajar para eliminarla.
Si una carga puede compartirse razonablemente, no tenemos obligación de llevarla solos para demostrar nuestra heroicidad.
Cristo no buscó el dolor por el dolor.
Buscó cumplir la voluntad del Padre.
Y cuando esa voluntad pasó por la cruz, permaneció fiel.
Ahí está la diferencia.
La fortaleza comienza muchas veces antes de que aparezca una gran prueba.
Francisco, al hablar de este don, utilizó la parábola del sembrador. La semilla puede caer en terreno pedregoso, crecer rápidamente y después secarse cuando llega el sol. El don de fortaleza ayuda a liberar el corazón de los obstáculos que impiden que la Palabra arraigue y produzca fruto.
Es una imagen muy importante.
Porque pensamos inmediatamente en mártires.
Y ciertamente el martirio constituye una manifestación extraordinaria de fortaleza.
Pero antes existe una fortaleza mucho más cotidiana.
La necesaria para rezar mañana.
Para cumplir una responsabilidad.
Para continuar cuando desaparece el entusiasmo inicial.
Para ser fiel cuando aquello que empezó con mucha ilusión se convierte en rutina.
Para perseverar cuando ya nadie aplaude.
La gran fidelidad se prepara muchas veces mediante pequeñas fidelidades.
Empezar suele ser más fácil que continuar.
Todos conocemos la experiencia.
Empezamos algo con entusiasmo.
Una oración.
Un propósito.
Un estudio.
Una dieta.
Un servicio.
Una obra apostólica.
Los primeros días todo funciona.
Después llega una mañana en que ya no apetece tanto.
La novedad desaparece.
La emoción inicial baja.
Y entonces empieza una fase mucho más importante.
La fidelidad.
No siempre necesitamos una nueva inspiración.
A veces necesitamos simplemente seguir haciendo aquello que sabemos que debemos hacer.
El Espíritu Santo no trabaja solo en los momentos de entusiasmo.
Quizá trabaja de una manera especialmente profunda cuando decimos:
«Hoy no tengo ganas, pero sigo».
El cansancio no significa necesariamente que estemos en el camino equivocado.
Ayer, al hablar del consejo, decíamos que una dificultad posterior no demuestra automáticamente que una decisión haya sido incorrecta.
Hoy podemos decir algo parecido sobre el cansancio.
Podemos cansarnos haciendo el bien.
Una madre se cansa cuidando a sus hijos.
Un médico se cansa trabajando.
Un sacerdote puede cansarse sirviendo.
Una persona puede cansarse acompañando durante años a un familiar enfermo.
El cansancio no invalida el amor.
A veces es precisamente una consecuencia de haberse entregado mucho.
Necesitamos aprender a descansar.
Pero no interpretar cada cansancio como una orden automática de abandonar.
Y descansar tampoco es falta de fortaleza.
Esto merece subrayarse.
Una persona fuerte conoce también sus límites.
Jesús dormía.
Se retiraba.
Buscaba lugares solitarios.
Invitó a sus discípulos a descansar después de la misión.
Hay una falsa fortaleza que termina destruyendo a la persona y después llama «entrega» a aquello que quizá era simplemente incapacidad para detenerse.
Dormir.
Comer.
Descansar.
Pedir ayuda.
Reducir una carga cuando realmente es excesiva.
Todo esto puede ser profundamente sensato.
El Espíritu Santo no necesita que destruyamos nuestra humanidad para demostrarle generosidad.
La gracia perfecciona la naturaleza.
No la trata como material desechable.
Hay una fortaleza para luchar y otra para reconocer que necesitamos ayuda.
En ocasiones pedir ayuda exige muchísimo más valor que continuar fingiendo que todo va bien.
Decir:
«No puedo con esto solo».
«Necesito consejo».
«Necesito descansar».
«Necesito que alguien me acompañe».
Puede costarnos.
Sobre todo si estamos acostumbrados a ser nosotros quienes ayudan.
La vulnerabilidad hiere nuestro orgullo.
Pero reconocer un límite verdadero no es cobardía.
Puede ser humildad.
Pedro necesitó aceptar que otro terminaría llevándolo adonde él no querría ir.
La vida cristiana no siempre consiste en ser quien sostiene.
A veces también tenemos que aprender a dejarnos sostener.
El don de fortaleza combate especialmente el desánimo.
Francisco señaló dos tentaciones muy concretas: la pereza y el desaliento.
El desaliento es peligroso porque no siempre nos hace abandonar de golpe.
Puede ir vaciándonos lentamente.
«No sirve para nada».
«Yo no cambio».
«Esta situación nunca mejorará».
«Después de tantos intentos sigo igual».
«Para qué volver a empezar».
El enemigo no necesita siempre conseguir que el cristiano reniegue de Cristo.
A veces le basta con convencerlo de que no merece la pena seguir caminando.
Por eso la fortaleza no se manifiesta únicamente en grandes actos heroicos.
También aparece cuando alguien se levanta una vez más.
Una vez más.
Quizá estas tres palabras describan buena parte de la santidad.
Volver a rezar.
Volver a pedir perdón.
Volver a confesarse.
Volver a intentarlo.
Volver a ser paciente.
Volver a trabajar.
Volver a sonreír.
Volver a confiar.
Nos gustaría una conversión tan perfecta que no necesitáramos comenzar otra vez.
Pero nuestra historia suele ser diferente.
Dios parece tener mucha paciencia con los comienzos repetidos.
Tal vez nosotros deberíamos tener también un poco más.
La fortaleza no significa no caer nunca.
Significa no convertir una caída en nuestra residencia permanente.
Pedro es un gran ejemplo.
Había prometido:
«Aunque todos te abandonen, yo no».
Parecía fuerte.
Y pocas horas después niega conocer a Jesús.
Tres veces.
Su seguridad sobre sí mismo se rompe completamente.
Pero esa no es la última escena de Pedro.
El Resucitado vuelve a buscarlo.
«¿Me amas?»
Y aquel hombre que había descubierto de la manera más dolorosa la fragilidad de sus propias fuerzas será después capaz de dar la vida por Cristo.
¿Qué ha cambiado?
Seguramente muchas cosas.
Pero una de ellas es fundamental.
Pedro ha dejado de creer ingenuamente en Pedro.
Ahora puede aprender a apoyarse en Cristo.
A veces Dios permite que descubramos que no somos tan fuertes como creíamos.
No porque disfrute humillándonos.
Porque vivir apoyados sobre una imagen falsa de nosotros mismos resulta peligroso.
«Esto a mí nunca me pasaría».
«Yo jamás haría algo así».
«No comprendo cómo puede alguien caer en esto».
Conviene prudencia.
Todos tenemos puntos débiles.
Circunstancias.
Heridas.
Cansancios.
La conciencia de nuestra fragilidad no debería conducirnos al miedo obsesivo.
Debería conducirnos a la humildad.
«Señor, no me sueltes».
Quizá sea una oración espiritualmente mucho más madura que:
«Yo controlo».
La tentación revela dónde colocamos nuestra fuerza.
Cuando una tentación persiste podemos sentirnos profundamente frustrados.
«Después de todo este tiempo sigo luchando con lo mismo».
Quizá el problema no sea que todavía exista combate.
Quizá la gracia se esté manifestando precisamente en que seguimos combatiendo.
La santidad no significa necesariamente ausencia completa de tentaciones.
Cristo mismo fue tentado.
La victoria consiste en no entregar nuestra libertad al mal.
Hay batallas que desaparecen.
Otras se debilitan.
Y otras pueden acompañarnos durante mucho tiempo.
El don de fortaleza sostiene la fidelidad también cuando la lucha resulta repetitiva.
La fortaleza necesita humildad frente a las ocasiones de pecado.
Ser fuerte no significa acercarnos innecesariamente al peligro para demostrar que podemos resistirlo.
Eso puede ser temeridad.
Si sé que una situación me conduce habitualmente al pecado, la respuesta fuerte puede ser alejarme.
Cerrar.
Cortar.
No entrar.
Cambiar un hábito.
Pedir que me ayuden.
La persona verdaderamente fuerte no necesita probar continuamente su fuerza.
Conoce sus límites y protege aquello que ama.
Decir «no» puede ser un acto enorme de fortaleza.
No solamente frente al pecado evidente.
También frente a determinadas presiones.
Todo el mundo espera algo de nosotros.
Alguien insiste.
Tememos decepcionar.
Queremos quedar bien.
Y quizá sabemos que debemos decir:
«No puedo».
«No corresponde».
«No voy a hacerlo».
Para algunas personas resulta mucho más difícil decir «no» que aceptar otra carga.
Parecen muy generosas.
Pero quizá viven prisioneras del miedo a desagradar.
La fortaleza nos ayuda también a soportar algo que resulta especialmente incómodo:
que alguien no esté contento con nosotros.
No podemos vivir intentando que todo el mundo nos comprenda.
Sería maravilloso.
Probablemente imposible.
Hay decisiones que debemos explicar.
Malentendidos que conviene aclarar.
Pero llega un momento en que nuestra paz no puede depender de conseguir que absolutamente todos aprueben lo que hacemos.
Cristo fue malinterpretado.
Acusado injustamente.
Abandonado.
Seguirlo no nos garantiza una reputación perfectamente controlada.
La fortaleza permite hacer el bien sin vivir esclavos de la mirada ajena.
Pero tampoco debemos convertir la incomprensión en una medalla.
Existe otro peligro.
«Me critican, luego tengo razón».
No.
También pueden criticarnos porque estamos equivocados.
La incomprensión no canoniza automáticamente nuestras decisiones.
Necesitamos consejo, prudencia y humildad.
El fuerte escucha una crítica y se pregunta si contiene algo verdadero.
No se derrumba porque alguien lo contradiga.
Pero tampoco se vuelve impermeable.
Fortaleza no es rigidez.
Un corazón duro no es necesariamente un corazón fuerte.
Esta distinción es fundamental.
Podemos confundir fortaleza con dureza.
El fuerte soporta.
El duro deja de sentir.
El fuerte puede llorar y permanecer.
El duro puede utilizar la frialdad como defensa.
Jesús fue infinitamente fuerte.
Y lloró ante la tumba de Lázaro.
Se conmovió ante el sufrimiento.
Tuvo compasión de la multitud.
Su fortaleza no disminuyó su sensibilidad.
La hizo más libre.
El cristiano no necesita convertirse en piedra para resistir.
La mansedumbre necesita fortaleza.
Parece contradictorio, pero no lo es.
Responder con violencia puede ser facilísimo cuando estamos enfadados.
Callar una palabra hiriente puede exigir muchísimo más dominio.
Perdonar requiere fuerza.
Escuchar una crítica sin atacar inmediatamente.
Pedir perdón.
Renunciar a la última palabra.
Todo esto puede exigir una fortaleza enorme.
La mansedumbre cristiana no nace de falta de carácter.
Nace de un carácter suficientemente fuerte como para no necesitar utilizar toda su fuerza.
También hace falta fortaleza para ser tierno.
Especialmente en un mundo que puede considerar la ternura una debilidad.
Cuidar.
Acompañar.
Permanecer junto a alguien que sufre sin poder solucionar su problema.
Seguir tratando con dignidad a una persona difícil.
No endurecerse después de una decepción.
Conservar capacidad de amar después de haber sido herido.
Todo esto requiere una fortaleza mucho más profunda que una apariencia agresiva.
A veces resulta más fácil levantar una muralla que mantener abierta una puerta con prudencia.
San Esteban estaba «lleno del Espíritu Santo».
El primer mártir cristiano ofrece una imagen extraordinaria del don de fortaleza.
Los Hechos de los Apóstoles no presentan a Esteban como un hombre que gana porque consigue escapar de sus enemigos.
No escapa.
Lo matan.
Humanamente parece una derrota.
Pero en medio de la violencia conserva algo que sus perseguidores no consiguen quitarle.
Su unión con Cristo.
Mira al cielo.
Ve la gloria de Dios.
Y sus últimas palabras reproducen de manera impresionante las palabras del mismo Jesús.
Entrega su espíritu.
Y pide perdón para quienes lo están matando.
Eso es fortaleza cristiana en plenitud.
No conseguir que el enemigo deje de lanzarnos piedras.
Sino impedir que las piedras conviertan nuestro corazón en otro corazón de piedra.
El martirio es la expresión suprema, pero no la única.
La Iglesia ha conocido hombres y mujeres que prefirieron morir antes que negar a Cristo.
Su testimonio sigue siendo incómodo para una mentalidad que considera la conservación de la vida biológica como el valor absoluto.
El mártir afirma con su sangre que existe algo por lo que merece la pena morir porque existe Alguien por quien merece la pena vivir.
Pero Francisco insistía en que el don de fortaleza no pertenece solo a situaciones excepcionales.
Existe una fortaleza escondida.
Anónima.
Cotidiana.
La de personas cuyos nombres probablemente no aparecerán en ningún libro.
Y quizá ahí esté actuando el Espíritu Santo con una intensidad enorme.
Hay mártires sin sangre de cada día.
La expresión debe utilizarse con cuidado, porque el martirio en sentido propio significa dar la vida por Cristo.
Pero podemos comprender la comparación.
Personas que se gastan durante años.
Que atienden a un familiar dependiente.
Que soportan una enfermedad sin perder la fe.
Que trabajan honradamente en condiciones difíciles.
Que educan a sus hijos en medio de innumerables problemas.
Que permanecen fieles a un compromiso cuando nadie lo celebra.
Que viven una soledad que otros no conocen.
Hay santidades que hacen muy poco ruido.
Dios sí las ve.
La fortaleza tiene mucho que ver con permanecer.
Nos atraen los momentos intensos.
Las decisiones grandes.
Los comienzos.
Pero una enorme parte de la vida consiste en permanecer.
Permanecer en una vocación.
En una responsabilidad.
Junto a una persona.
En una comunidad.
En la oración.
En la fe.
Naturalmente, existen situaciones de las que debemos salir.
Una fidelidad mal entendida no obliga a tolerar cualquier abuso ni a mantener cualquier circunstancia.
Pero una vez hechos todos los discernimientos necesarios, existe una virtud profundamente cristiana:
estar.
Cuando habría sido más cómodo desaparecer.
Cristo permaneció.
Getsemaní quizá sea uno de los lugares donde mejor contemplar este misterio.
Jesús conoce lo que viene.
Siente angustia.
Pide al Padre que, si es posible, pase el cáliz.
No hay teatro.
La humanidad de Cristo aparece con toda su verdad.
Y sin embargo permanece.
«No se haga mi voluntad, sino la tuya».
No es insensibilidad.
Es obediencia atravesando el miedo.
Cuando nosotros pedimos el don de fortaleza no pedimos convertirnos en personas incapaces de sentir angustia.
Pedimos que la angustia no tenga la última palabra.
Hay noches que deben atravesarse.
No todo se resuelve antes de dormir.
Hay etapas oscuras.
Momentos de sequedad espiritual.
Oraciones en las que no sentimos absolutamente nada.
Situaciones en las que Dios parece guardar silencio.
La fortaleza impide que identifiquemos automáticamente la ausencia de consuelo con la ausencia de Dios.
La fe puede permanecer incluso cuando la sensibilidad no recibe ninguna recompensa.
Quizá entonces la oración sea especialmente pura.
«No siento nada. Pero estoy aquí».
Esa frase puede contener muchísimo amor.
La fortaleza y la esperanza son inseparables.
¿Por qué seguir cuando el presente resulta duro?
Porque esperamos.
Una persona sin ninguna esperanza termina perdiendo razones para resistir.
El cristiano puede permanecer porque sabe que la historia no termina donde alcanzan sus ojos.
Existe resurrección.
Existe vida eterna.
Existe una promesa.
La fortaleza mira la dificultad.
La esperanza mira también más allá.
Por eso los mártires pudieron entregar la vida.
No amaban la muerte.
Creían que la muerte no tenía la última palabra.
La desesperanza exagera el presente.
«Siempre será así».
«Nunca cambiará nada».
«Todo está perdido».
Son frases que pronunciamos con una extraña facilidad sobre un futuro que desconocemos.
Puede que algunas circunstancias no cambien como desearíamos.
Pero el cristiano no tiene derecho a declarar que Dios ya no puede actuar.
Quizá no cambie aquello.
Quizá quiera cambiarnos a nosotros.
Quizá aparezca una salida que todavía no vemos.
Quizá la gracia consista en aprender a caminar dentro de aquello que no desaparece.
La fortaleza deja abierta una puerta a Dios.
Hay sufrimientos que no debemos llevar solos.
Volvemos aquí a algo importante.
Cuando una persona atraviesa una situación realmente difícil, decirle simplemente «sé fuerte» puede resultar bastante inútil.
La Iglesia es un cuerpo.
Necesitamos acompañarnos.
La fortaleza sobrenatural no elimina la comunidad.
Dios sostiene muchas veces mediante manos humanas.
Una conversación.
Un amigo.
Un profesional.
Un sacerdote.
Una familia.
Una comunidad.
Una persona que simplemente permanece al lado.
Quizá la respuesta de Dios a nuestra oración «dame fuerzas» sea alguien que llama a la puerta.
También debemos permitir que otros sean débiles delante de nosotros.
Esto requiere fortaleza.
Queremos arreglar rápidamente el sufrimiento ajeno.
Quizá porque nos cuesta contemplarlo.
«Anímate».
«No pienses así».
«Tienes que ser fuerte».
A veces sería mejor guardar silencio.
Estar.
Escuchar.
Dejar llorar.
No necesitamos convertir inmediatamente el dolor del otro en una lección espiritual.
El fuerte puede soportar también la impotencia de no tener una solución.
Y acompañar.
La fortaleza protege nuestras promesas.
Hay palabras que pronunciamos un día y que después tienen que ser vividas durante años.
«Sí».
Promesas matrimoniales.
Promesas sacerdotales.
Votos religiosos.
Compromisos.
Responsabilidades.
El día de la promesa puede estar lleno de alegría.
Después llega la vida real.
Y precisamente entonces la palabra dada empieza a revelar su peso.
La fidelidad no consiste en sentir todos los días aquello que sentimos el día en que prometimos.
Consiste en permitir que el amor sea mayor que la fluctuación de nuestros sentimientos.
Una promesa convierte parte del futuro en don.
Cuando prometemos realmente algo decimos:
«Mañana seguiré perteneciendo a esta palabra».
Eso es impresionante.
No sabemos cómo nos sentiremos.
Qué dificultades aparecerán.
Qué cambios habrá.
Y, sin embargo, entregamos libertad.
No para dejar de ser libres.
Para utilizar la libertad de una manera tan profunda que sea capaz de crear fidelidad.
El don de fortaleza sostiene especialmente este terreno.
Porque algunas promesas atraviesan momentos en los que no existe ningún entusiasmo capaz de mantenerlas por sí solo.
El Espíritu Santo no promete que todo será fácil.
Promete otra cosa.
Fuerza.
Presencia.
Gracia.
Esto resulta mucho más realista.
El cristianismo no necesita mentir sobre la dureza de la existencia.
Podemos atravesar situaciones terribles.
La cuestión cristiana no es:
«¿Cómo consigo que nunca me ocurra nada doloroso?»
Sino:
«¿Quién estará conmigo cuando llegue aquello que yo solo no puedo sostener?»
Y la respuesta tiene un nombre.
Espíritu Santo.
La fortaleza aparece también cuando tenemos que defender la verdad.
Hay momentos en que callar sería cobardía.
Debemos dar testimonio.
No agresivamente.
No buscando conflictos innecesarios.
Pero sin esconder aquello que creemos simplemente porque puede resultar impopular.
La presión social es una fuerza real.
Nadie disfruta normalmente siendo ridiculizado, rechazado o señalado.
Por eso la fidelidad pública necesita fortaleza.
No para convertirnos en provocadores profesionales.
Para no avergonzarnos de Cristo.
Pero defender la verdad no autoriza a faltar a la caridad.
Esto resulta absolutamente esencial.
Podemos decir cosas verdaderas de una manera que no procede del Espíritu de Cristo.
La fortaleza sin caridad puede degenerar en agresividad.
La claridad sin humildad puede convertirse en soberbia.
Ser valiente no significa disfrutar humillando al que piensa de otra manera.
Cristo une verdad y amor.
El mismo Espíritu que concede fortaleza concede también sabiduría, consejo, piedad y santo temor.
Los dones no compiten entre sí.
Forman una única vida espiritual.
El odio del otro nunca puede convertirse en prueba de nuestra fidelidad.
San Esteban resulta nuevamente luminoso.
Mientras lo matan, pide perdón.
No dice que las piedras sean imaginarias.
No niega la injusticia.
Pero se niega a permitir que el mal de quienes lo atacan determine la forma de su propio corazón.
Esa es una victoria enorme.
Podemos perder una discusión y conservar la caridad.
Podemos sufrir una injusticia y negarnos a odiar.
Podemos defendernos justamente sin necesitar destruir interiormente al otro.
La fortaleza cristiana protege también nuestra capacidad de amar bajo presión.
A veces la mayor victoria consiste en no parecernos a aquello que nos ha herido.
Nos hicieron daño.
Y nace una tentación comprensible:
devolverlo.
Endurecernos.
Desconfiar de todos.
Humillar.
Vengarnos.
Entonces el mal habría conseguido algo más grave que habernos herido.
Habría empezado a reproducirse dentro de nosotros.
El don de fortaleza nos permite decir:
«Esto termina aquí».
No voy a negar la herida.
Pero tampoco voy a entregarle mi corazón.
Perdonar puede ser una de las formas más exigentes de valentía.
Perdonar no significa permanecer indefensos ante todo.
Ya hablamos de ello al tratar la caridad.
Podemos perdonar y establecer límites.
Perdonar y denunciar una injusticia.
Perdonar y alejarnos de una situación dañina.
La fortaleza cristiana no exige ingenuidad.
San Pablo escapó en determinadas ocasiones.
Jesús se retiró cuando quisieron matarlo antes de la hora.
La pregunta no es siempre «¿aguanto más?».
A veces es:
«¿Qué exige aquí la verdad, la justicia y la caridad?»
Por eso necesitamos todos los dones juntos.
La fortaleza no es una competición sobre quién sufre más.
No hay premio espiritual para quien consigue soportar situaciones evitables durante más tiempo.
Debemos ser muy cuidadosos con una espiritualidad que glorifique indiscriminadamente el aguante.
Hay sufrimientos que toca aceptar.
Otros deben combatirse.
Hay cargas que corresponden a nuestra vocación.
Otras no.
Hay situaciones en las que permanecer es fidelidad.
Y otras en las que marcharse puede ser prudencia.
El don de fortaleza no actúa independientemente del consejo.
Ayer hablábamos de decidir.
Hoy hablamos de mantenernos firmes una vez reconocido el bien.
Primero discernir. Después permanecer.
Este orden ayuda mucho.
No se trata de ser tenaces con cualquier decisión solo porque sea nuestra.
Necesitamos preguntar si algo es verdaderamente bueno.
Pero cuando hemos reconocido razonablemente un deber, llega un momento en el que no podemos reabrirlo todos los días según nuestro estado de ánimo.
La fortaleza concede estabilidad.
Hay mañanas en que la fidelidad consiste sencillamente en dejar de preguntarnos otra vez si nos apetece aquello que ya sabemos que debemos hacer.
Levantarse.
Y hacerlo.
La vida ordinaria necesita muchísima más fortaleza de la que parece.
Pensamos en cárceles, persecuciones y martirios.
Pero luego llega el lunes.
Y quizá allí comienza nuestra batalla.
El despertador.
El trabajo.
Una persona difícil.
Una obligación repetitiva.
Una casa que cuidar.
Un enfermo.
Una preocupación económica.
Una oración que se ha vuelto seca.
El esfuerzo de tratar bien a alguien cuando estamos cansados.
La fortaleza cristiana no necesita siempre escenarios épicos.
La mayor parte de nosotros probablemente seremos santificados en lugares extraordinariamente ordinarios.
Dios ve fidelidades que nadie fotografía.
Esto puede consolarnos.
Hay actos que recibirán aplausos.
Otros no.
Nadie ve a una persona levantarse de madrugada por quien necesita cuidados.
Nadie ve determinada lucha interior.
Nadie conoce el esfuerzo que supone para alguien mantener una sonrisa, cumplir su trabajo o acudir a Misa en una etapa difícil.
No todo lo que tiene valor necesita público.
Quizá algunas de las acciones más grandes de nuestra vida solo tengan dos testigos:
nosotros.
Y Dios.
Es suficiente.
La fortaleza necesita memoria.
Cuando llega una prueba podemos olvidar muy rápidamente todo lo que Dios ha hecho anteriormente.
La Escritura insiste muchísimo en recordar.
Israel recuerda la salida de Egipto.
Los salmos recuerdan las maravillas del Señor.
La Eucaristía es memorial de la Pascua.
Recordar la fidelidad pasada de Dios alimenta nuestra confianza presente.
«Aquí me sostuvo».
«De aquello también salí».
«Cuando pensé que no podría, apareció una fuerza».
La memoria espiritual puede convertirse en un gran apoyo.
Quizá ya hemos sobrevivido a días que pensábamos que no podríamos soportar.
Todos tenemos alguno.
Una noticia.
Una pérdida.
Una crisis.
Una noche.
En aquel momento parecía imposible imaginar el día siguiente.
Y sin embargo llegó.
No necesariamente porque fuéramos extraordinariamente fuertes.
Quizá recibimos gracia para veinticuatro horas.
Y después para otras veinticuatro.
Muchas veces Dios no entrega fuerzas para toda la vida de una vez.
Da el pan de hoy.
«Danos hoy nuestro pan de cada día».
Esta petición puede aplicarse también a la fortaleza.
Queremos saber:
«¿Seré capaz de soportar esto durante diez años?»
No lo sabemos.
Y quizá no necesitamos saberlo hoy.
Hoy necesitamos gracia para hoy.
Mañana pediremos la de mañana.
La imaginación puede obligarnos a cargar de golpe con sufrimientos que solo existen todavía como posibilidad.
La gracia, en cambio, llega al tiempo real.
No necesitamos vivir hoy todos los jueves de los próximos cinco años.
Solo este jueves.
El futuro imaginado suele pesar más que el futuro cuando llega.
Porque en nuestra imaginación estamos solos.
Proyectamos una dificultad y pensamos:
«Yo no podría».
Quizá no.
Ahora.
Pero si ese momento llega, también llegará una gracia que hoy todavía no necesitamos.
Esto no significa que debamos ser ingenuos o evitar prepararnos.
Significa que no debemos medir las pruebas futuras únicamente con las fuerzas presentes.
Dios no nos entrega hoy necesariamente la gracia del año 2035.
Nos da la de hoy.
La fortaleza crece cuando dejamos de negociar constantemente con la dificultad.
«Haré esto si resulta fácil».
«Permaneceré mientras me compense».
«Seré fiel si los demás responden».
Entonces nuestra fidelidad depende siempre de circunstancias exteriores.
La madurez introduce otro lenguaje.
«Esto es bueno».
«Esto es verdadero».
«Esto es lo que debo hacer».
«Por tanto, permaneceré mientras siga siendo aquello que Dios me pide».
No porque seamos insensibles.
Porque nuestra vida necesita algún fundamento más sólido que el estado de ánimo de esta mañana.
Hay derrotas que no son fracasos.
San Esteban muere.
Cristo muere en la cruz.
Los mártires mueren.
Exteriormente pierden.
Y, sin embargo, precisamente allí puede manifestarse una victoria.
El cristianismo nos obliga continuamente a revisar nuestra definición de éxito.
Ser fuerte no significa conseguir siempre aquello por lo que luchamos.
Puede significar seguir siendo fiel aunque no consigamos verlo.
Esta es una libertad enorme.
Nadie puede obligarnos completamente a traicionar aquello que amamos.
Pueden quitarnos muchas cosas.
Pero existe un lugar interior donde seguimos pudiendo decir:
«Sí» a Dios.
Y hay victorias que pueden ser auténticas derrotas.
Podemos ganar una discusión perdiendo la caridad.
Conseguir un objetivo traicionando un principio.
Mantener una apariencia destruyéndonos por dentro.
Obtener reconocimiento a costa de nuestra conciencia.
La fortaleza cristiana no persigue simplemente vencer.
Persigue permanecer en el bien.
A veces eso producirá éxito visible.
Y otras veces no.
El resultado final pertenece a Dios.
Nuestra fidelidad nos pertenece a nosotros.
El Espíritu Santo nos hace capaces de una fuerza que conserva la alegría.
Esto también distingue la fortaleza cristiana de la simple obstinación.
Podemos resistir apretando los dientes y volviéndonos cada vez más amargos.
No es esa la plenitud del don.
Francisco hablaba de poner en práctica la Palabra con autenticidad y alegría, y de una fuerza que sostiene la vida cristiana ordinaria.
La fortaleza del Espíritu no elimina todo cansancio ni toda tristeza.
Pero impide que la dificultad devore completamente la esperanza.
Existe una alegría más profunda que la comodidad.
La alegría de saber que seguimos perteneciendo a Cristo.
La Eucaristía es alimento para la fortaleza.
El cristiano no recibe únicamente instrucciones.
Recibe a Cristo.
«Tomad y comed».
Dios conoce nuestra debilidad y nos da alimento.
La Eucaristía es el sacramento de una entrega llevada hasta el extremo.
Cristo nos entrega su Cuerpo roto y su Sangre derramada.
Allí aprendemos que la fuerza cristiana posee forma de donación.
No dominación.
Quien comulga recibe al que venció entregándose.
Resulta difícil imaginar una escuela más profunda de fortaleza.
La confesión también es un sacramento de los fuertes.
A veces la asociamos únicamente con debilidad.
Voy porque he caído.
Sí.
Pero para confesarnos hace falta también fortaleza.
Reconocer.
Nombrar.
Dejar de justificarnos.
Arrepentirnos.
Volver a comenzar.
La soberbia prefiere esconder.
La humildad puede ponerse de rodillas y decir:
«He pecado».
Y después levantarse.
Pocas imágenes expresan mejor la fortaleza cristiana que una persona que, después de haber caído muchas veces, sigue creyendo que la misericordia de Dios merece otro comienzo.
El fracaso no tiene derecho a definirnos para siempre.
Hemos fallado.
Muy bien.
Eso es verdad.
Pero no es toda la verdad.
Pedro negó.
No terminó siendo «Pedro el negador».
Pablo persiguió.
No terminó siendo «Pablo el perseguidor».
La gracia escribió capítulos nuevos.
El desánimo intenta convertir un pecado en identidad:
«Eres esto».
Cristo dice:
«Sígueme».
Mientras podamos responder, la historia continúa.
Necesitamos pedir este don antes de necesitarlo desesperadamente.
No esperamos a una gran persecución.
Podemos pedirlo hoy.
Para cumplir bien una jornada.
Para sostener una decisión.
Para atravesar un cansancio.
Para resistir una tentación.
Para decir una verdad con caridad.
Para aceptar una corrección.
Para pedir perdón.
Para acompañar un sufrimiento.
Para no abandonar una oración seca.
Para levantarnos una vez más.
«Ven, Espíritu Santo. Dame fortaleza».
Es una oración para los grandes momentos.
Y para esta tarde.
Un examen sobre el don de fortaleza.
Podemos preguntarnos con serenidad: ¿qué hago normalmente cuando desaparece el entusiasmo inicial? ¿Soy capaz de permanecer en el bien cuando ya no recibo gratificación inmediata? ¿Confundo fortaleza con no necesitar nunca ayuda? ¿Me cuesta reconocer mis límites? ¿Sé descansar sin sentirme culpable? ¿Y sé distinguir el descanso necesario de la comodidad que me hace abandonar mis responsabilidades?
¿Hay algo bueno que estoy dejando porque me he desanimado? ¿Una oración, un compromiso, una lucha, un servicio? ¿Estoy interpretando una caída como demostración de que nunca podré cambiar? ¿Cuántas veces utilizo expresiones como «siempre», «nunca» o «no sirve para nada» cuando en realidad estoy hablando desde el cansancio? ¿Sé volver a empezar después del pecado?
¿Tengo miedo excesivo a decepcionar a otros? ¿Soy capaz de decir «no» cuando la verdad o mis responsabilidades lo exigen? ¿Depende demasiado mi fidelidad de que los demás la comprendan o la agradezcan? ¿Cuando recibo una crítica me derrumbo, me endurezco o soy capaz de escuchar lo que pueda tener de verdadero?
¿He confundido alguna vez dureza con fortaleza? ¿El sufrimiento me está haciendo más compasivo o más frío? ¿Sé llorar sin pensar que eso me hace débil? ¿Soy capaz de estar al lado de alguien que sufre aunque no pueda solucionar su problema? ¿Pido ayuda cuando realmente la necesito?
¿Busco cruces innecesarias o, por el contrario, huyo de cualquier dificultad? ¿Sé distinguir aquello que debo aceptar de aquello que tengo obligación de cambiar? ¿Rezo por los cristianos que sufren persecución? ¿Estoy dispuesto a dar testimonio de mi fe cuando puede costarme prestigio, aprobación o comodidad?
Y quizá podamos resumir todo en una pregunta más sencilla:
¿cuando descubro mi debilidad me alejo de Dios porque me avergüenzo de no ser suficientemente fuerte, o me acerco a Él porque finalmente he comprendido de dónde viene mi verdadera fuerza?
«Señor, cuando yo no pueda, sostenme Tú».
Esta puede ser nuestra oración de hoy.
Espíritu Santo, dame fortaleza.
No me hagas insensible.
Hazme fiel.
No permitas que confunda un corazón fuerte con un corazón endurecido.
Enséñame a permanecer tierno cuando sería más fácil levantar murallas.
Dame fuerza para luchar contra aquello que debo combatir y humildad para aceptar aquello que no puedo cambiar.
Dame valentía para hablar cuando el miedo me invita a callar y prudencia para callar cuando mi orgullo quiere hablar.
Enséñame a decir «no» sin odio y «sí» sin miedo.
Cuando caiga, no permitas que convierta la caída en desesperación.
Llévame otra vez al sacramento de la misericordia.
Hazme volver a empezar.
Cuando llegue el cansancio, enséñame a descansar.
Cuando necesite ayuda, destruye mi orgullo antes de que el orgullo termine destruyéndome a mí.
Cuando tenga que sostener a otro, dame paciencia.
Y cuando sea yo quien necesite ser sostenido, dame la humildad de extender la mano.
Hazme fiel en las pequeñas cosas.
En la oración que nadie ve.
En el trabajo repetido.
En la promesa antigua.
En la obligación que hoy cuesta.
En la persona que necesita de mí.
En la tentación que vuelve.
En ese pequeño bien que parece no producir ningún resultado.
Y si algún día llega una prueba mucho mayor, no permitas que mida únicamente mis fuerzas.
Recuérdame que la gracia de aquel día llegará aquel día.
San Esteban no venció porque las piedras dejaron de caer.
Venció porque, mientras caían, su corazón seguía perteneciendo a Cristo.
Quizá esta sea una de las definiciones más hermosas del don de fortaleza:
la gracia de que, cuando las circunstancias intentan arrancarnos de Dios, el Espíritu Santo nos haga capaces de permanecer.
Permanecer en la verdad.
Permanecer en la esperanza.
Permanecer en la caridad.
Permanecer junto a la cruz.
Permanecer cuando sería más fácil huir.
Pero ya no apoyados únicamente en nuestra capacidad de resistencia.
Sino repitiendo con san Pablo:
no porque yo sea invencible, sino porque hay Alguien que me fortalece.
Y entonces descubriremos algo paradójico.
Quizá uno de los momentos en que empezamos a ser realmente fuertes sea precisamente aquel en que dejamos de necesitar demostrar que lo somos.
Porque finalmente hemos aprendido a decir:
«Señor, yo solo no puedo. Pero contigo no estoy solo».
En el próximo artículo hablaremos del quinto don del Espíritu Santo: la ciencia.
Y veremos por qué este nombre no se refiere a conocer más datos, resolver ecuaciones o dominar disciplinas académicas. El don de ciencia nos enseña algo que necesitamos desesperadamente: mirar las criaturas sin convertirlas en dioses, descubrir en ellas la huella del Creador y comprender qué lugar verdadero ocupan dentro de nuestra vida.
Porque uno de nuestros grandes problemas no consiste solamente en amar cosas malas.
Consiste muchas veces en amar cosas buenas como si fueran lo último.
Y el Espíritu Santo quiere enseñarnos a mirar el mundo sin despreciarlo, pero también sin quedar atrapados en él.
@sacerdosmariae
Imagen: Rembrandt van Rijn, La lapidación de san Esteban, 1625, Museo de Bellas Artes de Lyon. Esteban no aparece fuerte porque haya conseguido escapar del sufrimiento: permanece unido a Cristo dentro de él. Mientras sus perseguidores levantan las piedras, el primer mártir contempla el cielo abierto y entrega su vida orando. Es una imagen especialmente adecuada para el don de fortaleza: el Espíritu Santo no siempre elimina la prueba, pero puede sostener una fidelidad que supera nuestras fuerzas.

Comentarios
Publicar un comentario