Luis de Trelles: mucho más que el «Schindler español».
Luis de Trelles: mucho más que el «Schindler español».
Hay vidas que sorprenden porque parecen contener varias vidas dentro de una sola. La del Venerable Luis de Trelles y Noguerol es una de ellas.
Abogado. Periodista. Diputado. Esposo y padre de familia. Defensor de los pobres. Mediador en una guerra civil. Escritor incansable. Fundador de la Adoración Nocturna Española. Apóstol apasionado de la Eucaristía.
Y, además, responsable de una extraordinaria labor humanitaria que permitió librar del cautiverio, del destierro y, en muchos casos, de la muerte a miles de prisioneros durante la Tercera Guerra Carlista.
Por eso se le ha llamado alguna vez el «Schindler español».
La comparación puede servir para llamar nuestra atención sobre una faceta impresionante de su vida. Pero se queda corta.
Porque Luis de Trelles hizo mucho más.
No solamente trabajó para liberar a hombres cautivos. Consagró prácticamente toda su existencia a llevar a los hombres ante Aquel que puede hacerlos verdaderamente libres: Jesucristo.
Y, especialmente, Jesucristo presente en la Eucaristía.
Un hombre en medio de una España convulsa.
Luis de Trelles y Noguerol nació en Viveiro, Lugo, el 20 de agosto de 1819.
Estudió en el Seminario de Mondoñedo y posteriormente Derecho en la Universidad de Santiago de Compostela. Ejerció como abogado, desarrolló una intensa actividad periodística y participó también en la vida política española, llegando a ser diputado en Cortes.
Fue un hombre profundamente implicado en los grandes problemas de su tiempo.
Y su tiempo no fue precisamente tranquilo.
El siglo XIX español estuvo marcado por revoluciones, cambios de régimen, fuertes enfrentamientos ideológicos, anticlericalismo y sucesivas guerras civiles.
Trelles conoció aquella realidad desde dentro.
Pero hay algo especialmente interesante en él.
No entendió nunca la fe como una excusa para apartarse del mundo.
Al contrario.
Cuanto más profundamente cristiano se hizo, más profundamente se comprometió con los hombres.
Su amor a Dios no lo encerró en sí mismo.
Lo llevó hacia el pobre.
Hacia el preso.
Hacia el necesitado.
Hacia el hombre abandonado.
Y finalmente hacia Cristo presente en la Eucaristía.
El abogado de los pobres.
Una de las facetas más hermosas de Luis de Trelles fue su dedicación profesional a quienes carecían de recursos.
No entendía el Derecho simplemente como una profesión.
Podía convertirse también en una obra de misericordia.
Defendió gratuitamente a personas pobres y necesitadas y estuvo profundamente vinculado a las Conferencias de San Vicente de Paúl, cuya implantación promovió en Viveiro.
Su manera de ejercer la abogacía nacía de una convicción profundamente cristiana.
Delante de él no había solamente expedientes.
Había personas.
No había solamente delitos, acusaciones o condenas.
Había hombres redimidos por la sangre de Cristo.
Y aquella mirada terminaría alcanzando una dimensión extraordinaria durante una de las páginas más dolorosas de nuestra historia.
Miles de prisioneros salvados.
Entre 1872 y 1876 España volvió a desgarrarse en la Tercera Guerra Carlista.
Una guerra civil posee siempre algo particularmente terrible.
El enemigo no vive necesariamente en otro país.
Puede haber nacido en el pueblo vecino.
Puede hablar nuestra misma lengua.
Puede compartir incluso nuestra misma fe.
Los prisioneros de ambos bandos sufrían durísimas condiciones. El cautiverio podía conducir al hambre, la enfermedad, el destierro e incluso la muerte.
Luis de Trelles decidió intervenir.
Trabajó intensamente en la organización del canje de prisioneros entre los dos bandos y llegó a desempeñar responsabilidades decisivas en aquella labor.
Negoció.
Escribió.
Viajó.
Atravesó zonas de guerra.
Buscó acuerdos.
Habló con unos y con otros.
Y consiguió salvar a miles de hombres.
Las investigaciones sobre su actividad sitúan en torno a veinte mil o más el número de prisioneros beneficiados por aquellos canjes y gestiones humanitarias.
Conviene detenerse un instante ante la cifra.
Veinte mil hombres.
Veinte mil nombres.
Veinte mil familias.
Miles de madres, esposas, hijos y hermanos que pudieron volver a abrazar a alguien que quizá daban ya por perdido.
Y aquí aparece algo profundamente cristiano.
Trelles no se ocupó solamente de los suyos.
Su preocupación alcanzaba también al adversario.
Porque antes que combatiente enemigo había allí un hombre.
Antes que una ideología había una persona.
Antes que una victoria militar estaba la dignidad de un hijo de Dios.
El «Schindler español».
Se comprende así que se le haya denominado alguna vez el «Schindler español».
La comparación tiene fuerza.
Oskar Schindler quedaría unido para siempre al recuerdo de los judíos que logró salvar durante la persecución nazi.
Luis de Trelles, varias décadas antes, había dedicado enormes esfuerzos a liberar prisioneros en medio de una guerra civil.
Pero hay algo que conviene recordar.
Trelles murió en 1891.
Schindler todavía no había nacido.
Y, sobre todo, reducir a Trelles a esta impresionante labor humanitaria sería quedarse solamente con una parte de su historia.
Porque mientras defendía pobres, intervenía en política, escribía y negociaba la libertad de los prisioneros, estaba creciendo en él otra pasión.
Una pasión que terminaría explicando todas las demás.
La Eucaristía.
Una noche que cambió su vida.
En 1862 viajó a París.
Allí conoció la experiencia de la Adoración Nocturna al Santísimo Sacramento.
Aquello dejó una huella profundísima en su alma.
Descubrió la belleza de permanecer durante la noche delante de Cristo.
Adorar.
Reparar.
Interceder.
Guardar silencio.
Permanecer.
Algo aparentemente inútil según los criterios del mundo.
Y, sin embargo, tremendamente fecundo.
Trelles, que había hablado tanto, escrito tanto, discutido tanto y viajado tanto, comprendió que existía una forma de actividad mucho más profunda:
estar delante de Dios.
Y nació en él el deseo de llevar aquella experiencia a España.
Fundador de la Adoración Nocturna Española.
Después de diferentes intentos y dificultades, el 3 de noviembre de 1877 tuvo lugar en Madrid la primera vigilia de la Adoración Nocturna Española.
Luis de Trelles fue su fundador.
Aquella primera noche participaron solamente siete adoradores.
Siete hombres.
Una cifra insignificante según los criterios del mundo.
Pero Dios tiene cierta predilección por comenzar las grandes obras de manera pequeña.
Belén tampoco parecía gran cosa.
Los Doce tampoco parecían suficientes para evangelizar el mundo.
Y siete hombres rezando durante la noche delante del Santísimo parecían muy poca cosa para iniciar una obra destinada a extenderse por toda España.
Pero ocurrió.
Luis de Trelles dedicó enormes energías a la extensión de la Adoración Nocturna.
Viajó.
Organizó secciones.
Formó adoradores.
Escribió.
Animó.
Sostuvo.
Visitó comunidades.
Fue verdaderamente el padre de la Adoración Nocturna Española.
Cuando murió, aquella pequeña semilla había crecido de manera impresionante.
Mientras muchas ciudades dormían, cada vez había más hombres despiertos delante de Cristo.
Velando.
Adorando.
Intercediendo.
Reparando.
Hombres que velan mientras el mundo duerme.
La intuición de Trelles sigue conservando hoy una enorme fuerza.
El adorador nocturno hace algo que el mundo difícilmente puede comprender.
Renuncia a unas horas de sueño.
Sale de su casa.
Entra en una iglesia.
Y permanece ante Jesucristo.
No produce nada.
No organiza nada.
No obtiene ningún beneficio material.
Simplemente está.
Pero precisamente ahí se descubre una de las grandes verdades de la vida espiritual.
Dios merece ser amado por Él mismo.
No solamente por lo que puede darnos.
No solamente cuando necesitamos algo.
No solamente cuando atravesamos una dificultad.
El adorador permanece porque Cristo está allí.
Y eso basta.
Quizá Trelles comprendió muy bien aquellas palabras del Señor a los Apóstoles en Getsemaní:
«¿No habéis podido velar una hora conmigo?».
La Adoración Nocturna es también una respuesta silenciosa a aquella pregunta.
Sí, Señor. Queremos velar contigo.
La Lámpara del Santuario.
La labor eucarística de Luis de Trelles no terminó con la fundación de la Adoración Nocturna.
En 1870 había fundado también la revista La Lámpara del Santuario.
Durante más de veinte años escribió incansablemente sobre la Eucaristía, la oración y la vida cristiana.
Su producción escrita alcanzó miles de páginas.
Y el título elegido para aquella publicación resulta extraordinariamente hermoso.
Una lámpara.
Eso quiso ser Trelles.
No la luz.
La luz era Cristo.
Él quería ser solamente una pequeña lámpara encendida cerca del Sagrario.
Una lámpara que señalara dónde estaba el Señor.
Y quizá no exista mejor definición del apostolado cristiano.
El apóstol no existe para que los demás lo miren a él.
Existe para señalar a Cristo.
Un laico profundamente contemplativo.
Hay además algo que conviene destacar especialmente.
Luis de Trelles no fue sacerdote.
Tampoco religioso.
Fue un fiel laico.
Esposo.
Padre.
Abogado.
Periodista.
Político.
Hombre metido de lleno en las dificultades de su época.
Y precisamente en medio de todo aquello desarrolló una extraordinaria vida interior.
Esto convierte su figura en especialmente actual.
Porque desmonta una excusa bastante frecuente.
Pensamos algunas veces que para tener vida espiritual sería necesario disponer de muchísimo tiempo libre.
Trelles demuestra lo contrario.
La santidad no consiste necesariamente en escapar de las ocupaciones.
Consiste en aprender a vivirlas delante de Dios.
Puede existir contemplación en medio del trabajo.
Puede haber santidad detrás de una mesa de despacho.
Puede haber caridad cristiana en un tribunal.
Puede haber apostolado desde un periódico.
Puede haber una profunda vida eucarística en medio de responsabilidades familiares, profesionales y sociales.
La cuestión no consiste en abandonar el mundo.
Consiste en vivir en el mundo perteneciendo enteramente a Cristo.
Del Sagrario al prisionero.
Quizá aquí se encuentre una de las enseñanzas más hermosas de toda la vida de Luis de Trelles.
El hombre que permanecía durante horas delante del Santísimo era el mismo que defendía gratuitamente a los pobres.
El hombre que adoraba a Cristo durante la noche era el mismo que recorría España intentando salvar prisioneros.
No eran dos facetas desconectadas.
Era la misma vida.
La verdadera adoración no aleja del prójimo.
Nos devuelve a él con una mirada nueva.
Quien aprende a reconocer a Jesucristo bajo las apariencias humildísimas del pan puede aprender también a reconocerlo bajo las heridas de un pobre, de un preso o de un hombre derrotado.
El Sagrario no convirtió a Trelles en alguien indiferente al mundo.
Lo hizo más sensible a su sufrimiento.
Y aquí aparece una verdad que nunca deberíamos olvidar:
cuanto más cerca está un hombre verdaderamente de Dios, más cerca termina estando de los hombres.
Murió trabajando para la Adoración Nocturna.
En 1891 Luis de Trelles continuaba viajando para visitar y fortalecer las secciones de la Adoración Nocturna.
Su salud estaba ya muy debilitada.
Durante uno de aquellos viajes enfermó gravemente en Zamora.
Murió allí el 1 de julio de 1891.
Tenía setenta y un años.
Sus restos descansan hoy en la Catedral de Zamora.
Su muerte tuvo algo profundamente coherente con toda su existencia.
Lo encontró el final trabajando todavía por aquella obra eucarística a la que había dedicado tantos esfuerzos.
Había defendido pobres.
Había participado en política.
Había escrito miles de páginas.
Había salvado prisioneros.
Había fundado la Adoración Nocturna Española.
Pero quizá todo pueda resumirse con un título mucho más sencillo:
adorador de Jesucristo.
El Venerable Luis de Trelles.
La fama de santidad permaneció viva después de su muerte.
Con el paso del tiempo comenzó oficialmente su causa de canonización.
Después de estudiar su vida y sus escritos, la Iglesia reconoció la heroicidad de sus virtudes.
El 22 de enero de 2015, el papa Francisco autorizó la promulgación del decreto correspondiente.
Desde entonces podemos llamarlo:
Venerable Luis de Trelles y Noguerol.
La Iglesia reconoce, por tanto, que vivió de manera heroica las virtudes cristianas.
El siguiente gran paso sería su beatificación, para la cual será necesario el reconocimiento de un milagro atribuido a su intercesión.
Podemos pedirlo.
Podemos encomendarle nuestras necesidades.
Y podemos pedir al Señor que, si es su voluntad, llegue el día en que este extraordinario apóstol español de la Eucaristía sea elevado a los altares.
Mucho más que el «Schindler español».
Llamarlo el «Schindler español» puede servir para despertar curiosidad.
Pero después hay que seguir contando.
Porque Luis de Trelles hizo muchísimo más.
Defendió pobres.
Salvó prisioneros.
Escribió miles de páginas.
Participó en la vida pública.
Evangelizó mediante la prensa.
Y, sobre todo, fundó la Adoración Nocturna Española.
Quiso que, mientras las ciudades dormían, hubiera siempre alguien despierto ante Jesucristo.
Alguien que adorase.
Alguien que reparase.
Alguien que intercediese.
Alguien que simplemente permaneciese junto al Señor.
Y detrás de todo ello existía una certeza:
Jesucristo está realmente presente en la Eucaristía.
Si eso es verdad —y lo es—, entonces el mundo entero cambia.
Una hora delante del Sagrario puede parecer poca cosa.
Una noche de adoración puede parecer inútil.
Siete hombres reunidos en una iglesia pueden parecer irrelevantes.
Un abogado intentando liberar a un prisionero puede parecer incapaz de cambiar una guerra.
Pero Dios acostumbra a hacer cosas inmensas con las fidelidades pequeñas.
Luis de Trelles comenzó poniéndose de rodillas delante de Cristo.
Y desde aquellas rodillas ayudó a levantar a miles de hombres.
Venerable Luis de Trelles y Noguerol, fundador de la Adoración Nocturna Española y apóstol incansable de la Eucaristía, ruega por nosotros.
Comentarios
Publicar un comentario