Las virtudes cristianas (XVII): La ciencia, aprender a amar las cosas sin convertirlas en dioses.

Las virtudes cristianas (XVII): La ciencia, aprender a amar las cosas sin convertirlas en dioses.

Cuando escuchamos la palabra «ciencia», pensamos inmediatamente en laboratorios, investigadores, telescopios, medicina, tecnología o matemáticas.

Y hacemos bien.

La ciencia humana es una de las grandes capacidades que Dios ha puesto en el hombre. Gracias a ella conocemos mejor la realidad, curamos enfermedades, comprendemos las leyes de la naturaleza y desarrollamos instrumentos que pueden mejorar enormemente nuestra vida.

Pero cuando la tradición cristiana habla del don de ciencia, se refiere a otra cosa.

No estamos hablando de saber más datos.

Ni de adquirir una inteligencia extraordinaria.

Ni de recibir conocimientos científicos de manera sobrenatural.

El don de ciencia permite contemplar las realidades creadas en su verdadera relación con Dios.

Nos enseña a descubrir que las criaturas son buenas.

Que proceden de Dios.

Que hablan de Él.

Que pueden conducirnos hacia Él.

Pero también que ninguna criatura es Dios.

Y este último punto parece sencillo hasta que empezamos a mirar con atención nuestra propia vida.

Porque probablemente una de nuestras mayores dificultades no consista en amar cosas malas.

Con mucha frecuencia consiste en pedir a cosas buenas algo que nunca podrán darnos.

El problema no está en que las criaturas sean malas.

El cristianismo comienza con una afirmación extraordinariamente positiva sobre el mundo.

Dios crea.

Y contempla su obra.

Y ve que es buena.

La materia es buena.

El cuerpo es bueno.

La comida es buena.

La amistad es buena.

El matrimonio es bueno.

La belleza es buena.

El trabajo es bueno.

La inteligencia es buena.

La sexualidad es buena.

El dinero, como instrumento, puede servir al bien.

La tecnología puede servir al bien.

La creación no es enemiga de Dios.

Ha salido de sus manos.

Por eso una espiritualidad que considere las cosas creadas como si fueran sospechosas por sí mismas no sería plenamente cristiana.

El problema aparece cuando una criatura deja de ocupar el lugar de criatura.

Y empieza a ocupar el lugar de Dios.

Podemos convertir casi cualquier cosa buena en un ídolo.

No necesitamos construir una estatua de oro.

Los ídolos modernos suelen ser bastante más discretos.

Una persona.

La salud.

El dinero.

El éxito.

La imagen.

La seguridad.

El reconocimiento.

El trabajo.

La política.

Una determinada manera de entender nuestra vocación.

Una relación.

Incluso una obra buena puede convertirse en ídolo.

¿Cómo sabemos que algo está ocupando un lugar demasiado grande?

Quizá cuando pensamos:

«Si pierdo esto, mi vida ya no tendría sentido».

Esa frase merece siempre atención.

Porque ninguna criatura debería soportar el peso de ser nuestro dios.

Las criaturas se rompen cuando les pedimos que sean eternas.

Puede ocurrir con las relaciones humanas.

Amar profundamente a otra persona es un bien enorme.

Pero si le pedimos que satisfaga completamente nuestro corazón, estamos colocando sobre ella una carga imposible.

Ningún marido puede ser Dios para su esposa.

Ninguna esposa puede ser Dios para su marido.

Ningún hijo puede llenar completamente la vida de sus padres.

Ningún amigo puede eliminar toda soledad.

Ningún sacerdote puede convertirse en salvador de las personas a las que acompaña.

Ninguna persona humana puede decirnos constantemente aquello que necesitamos escuchar, comprendernos perfectamente, estar siempre disponible y no decepcionarnos nunca.

Si exigimos todo eso, probablemente terminaremos frustrados.

No porque esa persona sea mala.

Porque le hemos pedido una tarea para la que no fue creada.

Amar correctamente es también permitir que el otro sea criatura.

Parece una idea extraña, pero resulta muy liberadora.

Te quiero.

Pero no eres Dios.

Te necesito.

Pero mi existencia no depende absolutamente de ti.

Me haces feliz.

Pero no eres el fundamento último de mi felicidad.

Puedo agradecer profundamente tu presencia sin exigir que seas eterno.

Esto no disminuye el amor.

Lo purifica.

Cuando dejamos de utilizar al otro para llenar todas nuestras necesidades, podemos empezar a quererlo verdaderamente por sí mismo.

El don de ciencia ayuda precisamente a devolver a cada realidad su verdadero lugar.

También podemos convertir nuestra propia vida en un ídolo.

Queremos controlar.

Nuestra salud.

Nuestro futuro.

Nuestra reputación.

Nuestro cuerpo.

Nuestros proyectos.

Nuestra seguridad.

Naturalmente debemos cuidar todas esas cosas.

Pero existe una línea muy fina entre cuidarlas y vivir obsesionados con ellas.

El don de ciencia nos recuerda algo que nuestro orgullo olvida fácilmente:

nosotros también somos criaturas.

No nos hemos dado la vida.

No decidimos nacer.

No controlamos completamente nuestra duración.

No fabricamos nuestro propio ser.

Existimos porque hemos recibido.

Y reconocerlo no nos humilla.

Nos coloca en la verdad.

La creación puede convertirse en una gran escuela de humildad.

Basta mirar el cielo.

No hace falta realizar cálculos complicados.

Contemplar durante un momento la inmensidad del universo puede reducir bastante algunas de nuestras pretensiones.

Somos muy importantes para Dios.

Pero no somos el centro físico del cosmos.

La paradoja cristiana es preciosa.

Somos pequeños.

Y somos amados.

No necesitamos ser enormes para tener dignidad.

Nuestra grandeza no procede de dominar el universo.

Procede de haber sido queridos por Dios.

La ciencia del Espíritu nos enseña a mirar hacia arriba sin dejar de mirar alrededor.

Francisco explicaba este don diciendo que el Espíritu Santo nos lleva a descubrir, a través de la creación, la grandeza y el amor de Dios.

Una montaña.

El mar.

Un árbol.

Un animal.

El cielo.

El cuerpo humano.

La inteligencia.

Una obra de arte.

La creatividad.

Todas esas realidades pueden despertar una pregunta:

«¿De dónde procede esta belleza?»

El creyente no se detiene únicamente en la cosa.

La cosa puede convertirse en signo.

No porque Dios sea idéntico a la creación.

Sino porque la creación lleva la huella de su Creador.

Un cristiano no adora la naturaleza.

Esto conviene aclararlo.

La creación puede hablarnos de Dios.

Pero no es Dios.

Un árbol es criatura.

El sol es criatura.

El mar es criatura.

Los animales son criaturas.

Nosotros también.

El cristianismo no confunde al Creador con lo creado.

Precisamente el don de ciencia permite mantener un equilibrio precioso.

Contemplar.

Agradecer.

Cuidar.

Disfrutar.

Sin divinizar.

Podemos maravillarnos ante una criatura precisamente porque sabemos que no se ha dado a sí misma la existencia.

San Francisco de Asís comprendió esto de una manera extraordinaria.

Quizá por eso aparece tan frecuentemente unido a la creación.

Hermano sol.

Hermana luna.

Hermano fuego.

Hermana agua.

No porque confundiera a Dios con las cosas.

Precisamente porque las contemplaba como criaturas de un mismo Padre.

Francisco podía amar profundamente la creación porque estaba libre para no adorarla.

Y aquí aparece algo paradójico.

Quien convierte una criatura en ídolo termina muchas veces utilizándola.

Quien la contempla como don aprende a respetarla.

El mundo deja de ser simplemente «material disponible».

Esta es una consecuencia importantísima.

Si las cosas existen únicamente para satisfacer nuestros deseos, terminamos preguntando:

«¿Qué puedo sacar de esto?»

Si contemplamos la creación como don, aparece otra pregunta:

«¿Cómo debo recibir esto?»

No todo lo que podemos hacer técnicamente deberíamos hacerlo moralmente.

No todo lo que podemos consumir necesitamos consumirlo.

No todo lo que podemos explotar debería ser explotado hasta agotarlo.

El hombre ha recibido la creación.

No es su propietario absoluto.

Es también custodio.

Cuidar la creación no es una moda añadida al cristianismo.

Nace de una verdad muy antigua.

El mundo pertenece a Dios.

Nosotros lo recibimos.

Y aquello que recibimos no puede ser tratado irresponsablemente.

Esto afecta a grandes cuestiones.

Pero también a cosas muy pequeñas.

No desperdiciar.

No consumir sin medida.

Cuidar.

Reparar.

Agradecer.

Utilizar responsablemente.

La espiritualidad cristiana puede descubrir a Dios también en una manera sobria de relacionarnos con las cosas.

No porque una bolsa de basura sea una cuestión mística extraordinaria.

Sino porque la relación con las pequeñas cosas revela muchas veces qué tipo de corazón estamos formando.

El consumismo promete lo que no puede cumplir.

Existe una lógica bastante sencilla.

Nos sentimos insatisfechos.

Compramos algo.

Durante un tiempo aparece entusiasmo.

Después se vuelve normal.

Necesitamos otra cosa.

Y otra.

No porque las cosas sean malas.

Sino porque ninguna cosa material puede llenar un deseo que es más profundo que la materia.

El mercado puede vendernos un teléfono.

No puede vendernos sentido.

Puede vendernos una casa.

No puede garantizarnos un hogar.

Puede vendernos un viaje.

No puede asegurarnos alegría.

Puede ofrecernos entretenimiento.

No puede fabricar paz.

Confundir esas cosas produce un cansancio enorme.

«Cuando tenga esto, entonces estaré bien».

Quizá esta frase sea una de las grandes trampas de la vida.

Cuando consiga este trabajo.

Cuando gane esta cantidad.

Cuando tenga esta casa.

Cuando adelgace.

Cuando arregle esto.

Cuando llegue aquella persona.

Cuando desaparezca este problema.

Entonces.

Naturalmente podemos desear cosas.

Tener proyectos.

Mejorar.

Pero si desplazamos constantemente nuestra posibilidad de vivir agradecidamente hacia un futuro condicionado, podemos terminar atravesando toda la vida esperando empezar a vivir.

El don de ciencia nos devuelve al presente.

Esto es lo que existe hoy.

¿Qué lugar ocupa delante de Dios?

Tener más no significa necesariamente recibir más.

Podemos poseer muchísimo y vivir con un corazón incapaz de recibir.

Porque recibir implica gratitud.

La posesión simplemente dice:

«Esto es mío».

La gratitud dice:

«Esto me ha sido dado».

La diferencia parece pequeña.

Espiritualmente es enorme.

Un vaso de agua puede ser simplemente algo que consumimos.

O puede convertirse en una ocasión para agradecer.

Una comida.

Una casa.

Una conversación.

Una cama.

Nuestra capacidad de caminar.

Una persona que nos quiere.

Cuántas cosas dejan de parecernos dones simplemente porque llevan mucho tiempo con nosotros.

La costumbre puede volver invisible el regalo.

Esto ocurre continuamente.

El primer día agradecemos muchísimo algo.

Después se vuelve normal.

Y finalmente comenzamos a quejarnos de pequeños defectos de aquello mismo que antes nos parecía extraordinario.

La salud es un ejemplo clarísimo.

Cuando estamos bien, rara vez nos levantamos pensando:

«Qué alegría poder respirar sin dificultad».

Basta perder esa facilidad durante unos días para descubrir cuánto valía.

No podemos vivir obsesionados con agradecer cada movimiento del cuerpo.

Pero sí podemos recuperar de vez en cuando una mirada capaz de maravillarse ante lo ordinario.

El don de ciencia educa esa mirada.

Hay una pobreza que consiste en no saber recibir.

Podemos poseer muchas cosas y sentir constantemente que nos falta algo.

Entonces somos pobres de una manera bastante triste.

Y puede haber una persona con mucho menos que experimenta profundamente la abundancia de haber recibido.

Esto no romantiza la pobreza material.

La miseria debe combatirse.

Una persona necesita condiciones dignas de vida.

Pero existe también una pobreza interior que ninguna cantidad de objetos resuelve.

La incapacidad de decir:

«Gracias».

La gratitud y la libertad están profundamente unidas.

Cuando considero que todo me corresponde, cualquier pérdida parece una injusticia.

Cuando descubro que muchas cosas son don, las disfruto de otra manera.

No significa que no duela perderlas.

Pero quizá puedo decir:

«Gracias por haberlo tenido».

Esta frase puede ser especialmente difícil.

Una etapa termina.

Una persona muere.

Una capacidad disminuye.

Un lugar queda atrás.

No necesitamos fingir que no duele.

Podemos llorar.

Y quizá, en medio de las lágrimas, llegar algún día a decir:

«Gracias».

Eso es una enorme libertad.

El don de ciencia nos enseña también que las criaturas pasan.

Aquí aparece un aspecto menos agradable.

Todo lo creado es limitado.

Las cosas se deterioran.

El cuerpo envejece.

Las modas cambian.

Los edificios se desgastan.

Las relaciones terrenas conocen separaciones.

La salud puede desaparecer.

Morimos.

La ciencia espiritual no pretende ocultarnos esta realidad.

Precisamente nos ayuda a verla con verdad.

No para volvernos pesimistas.

Para impedir que construyamos nuestra eternidad sobre aquello que no es eterno.

La muerte es quizá la gran maestra de la diferencia entre Creador y criatura.

Podemos evitar pensar en ella.

Pero su presencia coloca muchas cosas en su verdadera escala.

¿Cuánto importará dentro de cien años aquello por lo que hoy estamos discutiendo?

¿Dónde quedará nuestra obsesión por determinada imagen?

¿Cuánto tiempo hemos dedicado a conseguir cosas que inevitablemente dejaremos?

No se trata de vivir tristemente.

Todo lo contrario.

Precisamente porque el tiempo es limitado adquiere valor.

La ciencia del Espíritu no nos dice:

«Nada importa porque todo pasa».

Nos dice:

«Aprende a amar correctamente porque todo lo creado debe conducirte hacia Aquel que no pasa».

El cristianismo no desprecia el cuerpo porque vaya a morir.

Cree en la resurrección.

Esto resulta esencial.

Nuestro cuerpo es criatura.

Y es bueno.

Necesita cuidado.

Descanso.

Alimento.

Medicina.

Respeto.

Pero tampoco es un absoluto.

Podemos dedicar cantidades enormes de energía a intentar impedir algo que resulta inevitable: el paso del tiempo.

Cuidar el cuerpo es responsabilidad.

Convertir su apariencia en fundamento de nuestra identidad puede transformarse en esclavitud.

Nuestro valor no aumenta ni disminuye con el espejo.

Parece evidente.

Pero buena parte de la cultura contemporánea vive como si no lo fuera.

Belleza.

Juventud.

Peso.

Fuerza.

Aspecto.

Todo puede terminar convertido en medida de dignidad.

Entonces llega inevitablemente el miedo.

Porque el cuerpo cambia.

La persona cristiana puede cuidar su aspecto.

Vestirse bien.

Intentar mejorar su salud.

Nada de eso es malo.

Pero necesita recordar:

mi cuerpo es un don, no mi dios.

Y mi dignidad no depende de cumplir un determinado ideal estético.

Tampoco la salud puede convertirse en dios.

La salud es un bien enorme.

Debemos cuidarla.

Buscar tratamiento.

Seguir indicaciones prudentes.

Pero tampoco podemos vivir únicamente para conservarla.

Hay personas que están físicamente sanas y prácticamente no viven porque todo se ha convertido en evitar riesgos.

Y hay personas enfermas cuya existencia continúa siendo profundamente fecunda.

La salud sirve a la vida.

La vida no existe únicamente para conservar la salud.

Esta distinción puede ser difícil, pero libera.

El dinero es quizá uno de los ejemplos más claros.

El dinero no es malo.

Permite vivir.

Cuidar a una familia.

Ayudar.

Construir.

Crear empleo.

Sostener obras buenas.

El problema surge cuando deja de ser instrumento.

Y se convierte en medida de seguridad absoluta, identidad o poder.

Entonces nunca es suficiente.

Porque si el dinero tiene que protegernos de toda incertidumbre, necesitaremos una cantidad infinita.

Y no existe.

La persona puede terminar teniendo mucho y sintiéndose permanentemente amenazada.

La pobreza evangélica no consiste simplemente en no tener.

Consiste también en no quedar poseídos por aquello que tenemos.

Alguien puede poseer pocas cosas y estar terriblemente apegado a ellas.

Y otra persona puede administrar bienes importantes con gran libertad.

Naturalmente, la riqueza posee riesgos espirituales reales y el Evangelio habla de ellos con enorme claridad.

Pero el problema profundo es el corazón.

¿Puedo utilizar las cosas sin que ellas me utilicen?

¿Puedo compartir?

¿Puedo perder?

¿Puedo vivir sin que mi identidad dependa de lo que poseo?

Saber desprenderse es una forma de conocimiento.

Parece extraño.

Pero el don de ciencia nos permite reconocer:

«Esto no es Dios».

Y cuando descubrimos eso, podemos abrir la mano.

No siempre de manera radical.

A veces sencillamente prestando.

Regalando.

Compartiendo.

Dejando de acumular.

Renunciando a una compra innecesaria.

Ayudando a alguien.

El desprendimiento no nace necesariamente de despreciar las cosas.

Puede nacer justamente de conocer su verdadero valor.

Son buenas.

Pero no son últimas.

La limosna enseña mucho sobre la creación.

Cuando damos algo nuestro a otro reconocemos varias verdades.

Que el dinero no es absoluto.

Que el otro importa más que determinada cantidad.

Que aquello que poseemos tiene también una dimensión social.

Que Dios puede sostenernos sin necesidad de agarrarnos completamente a todo.

La limosna no es simplemente una transferencia económica.

Puede convertirse en una pequeña escuela de libertad.

El ayuno enseña algo parecido.

La comida es buena.

Precisamente por eso tiene sentido renunciar temporalmente a ella.

No ayunamos porque comer sea malo.

Ayunamos para recordar que incluso un bien legítimo no debe gobernarnos completamente.

El cuerpo dice:

«Quiero».

Y durante un momento respondemos:

«Lo sé. Pero tú no eres el único que decide».

La ascesis cristiana bien entendida no declara la guerra a la creación.

Nos enseña a recibirla sin esclavitud.

La templanza y el don de ciencia se encuentran aquí.

Ya vimos que la templanza ordena nuestros deseos.

El don de ciencia añade una mirada sobrenatural sobre las criaturas.

Comprendemos por qué no deberían convertirse en absolutos.

No solo porque el exceso pueda perjudicarnos.

Sino porque hemos sido creados para un bien mayor.

Entonces la renuncia deja de parecer una simple amputación.

Se convierte en espacio.

Dejo algo porque quiero estar libre para algo más grande.

También podemos convertir el trabajo en un ídolo.

Trabajar es bueno.

El trabajo puede santificar.

Puede ser servicio.

Responsabilidad.

Creatividad.

Pero existe el riesgo de utilizarlo para responder una pregunta que no puede responder:

«¿Cuánto valgo?»

Si nuestra dignidad depende de nuestra productividad, aparecerá un problema tarde o temprano.

Enfermamos.

Envejecemos.

Fracasamos.

Nos jubilan.

Otra persona obtiene mejores resultados.

¿Qué queda entonces?

Una persona no vale únicamente por lo que produce.

Vale porque existe y es amada por Dios.

Hay ancianos que enseñan esta verdad sin necesidad de pronunciar una palabra.

Durante años alguien trabajó.

Cuidó.

Produjo.

Organizó.

Resolvió.

Después llega una etapa en que necesita recibir ayuda.

Quizá no puede realizar prácticamente nada de aquello que hacía.

¿Ha disminuido su dignidad?

No.

Y si pensamos que sí, hemos aceptado una idea profundamente inhumana del hombre.

La dignidad precede a la productividad.

El don de ciencia nos ayuda también a contemplar a las personas como criaturas queridas por Dios y no como unidades de utilidad.

Las personas nunca son cosas.

Parece una afirmación elemental.

Pero una enorme parte del pecado humano consiste justamente en tratar personas como objetos.

Utilizarlas para placer.

Prestigio.

Dinero.

Influencia.

Seguridad emocional.

Incluso podemos utilizar a alguien para sentirnos necesarios.

El don de ciencia establece una diferencia fundamental.

Las cosas se usan correctamente.

Las personas se aman.

Cuando invertimos el orden empieza el desastre.

Amamos cosas.

Y utilizamos personas.

Quizá buena parte de la conversión consista en volver a colocarlo correctamente.

Incluso una relación aparentemente generosa puede esconder posesión.

«Quiero ayudarte».

Magnífico.

Pero ¿quiero verdaderamente que esa persona crezca y sea libre?

¿O necesito que siga necesitándome?

Esta pregunta puede ser incómoda.

El amor auténtico quiere el bien del otro.

No su dependencia.

Un padre educa para que el hijo pueda caminar.

Un acompañante espiritual ayuda para que la persona se apoye cada vez más en Dios.

Un amigo no necesita poseer a su amigo.

El conocimiento cristiano de la criatura incluye el respeto de su libertad.

El reconocimiento también puede convertirse en droga.

Nos gusta que nos valoren.

Es normal.

Una palabra buena puede alegrarnos muchísimo.

Pero si necesitamos constantemente aprobación, empezamos a entregar nuestra libertad.

Publicamos algo.

Miramos cuántas personas reaccionan.

Hacemos algo bueno.

Esperamos que alguien lo vea.

Decimos algo.

Necesitamos confirmación.

Sin darnos cuenta, los demás adquieren el poder de decidir cómo nos sentimos sobre nosotros mismos.

El reconocimiento es agradable.

No puede ser nuestro dios.

Las redes sociales hacen especialmente visible este peligro.

No porque sean malas.

Pueden servir magníficamente para evangelizar, comunicar y mantener relaciones.

Pero contienen mecanismos capaces de alimentar ciertas fragilidades.

Números.

Seguidores.

Reacciones.

Visibilidad.

Comparaciones.

Todo puede convertirse en una pequeña medida diaria de nuestra importancia.

Y entonces necesitamos volver a escuchar:

esto es una herramienta.

No un tribunal sobre mi valor.

Podemos utilizar una red social.

No deberíamos permitir que una red social nos utilice a nosotros.

El don de ciencia nos permite disfrutar sin quedar atrapados.

Ese es quizá uno de sus frutos más hermosos.

Puedo disfrutar de una comida.

Sin necesitar comer siempre.

Puedo disfrutar de un objeto.

Sin convertirlo en identidad.

Puedo agradecer una amistad.

Sin poseer a la persona.

Puedo alegrarme por un éxito.

Sin considerar que mi vida depende de repetirlo.

Puedo usar tecnología.

Sin vivir continuamente pendiente de ella.

Puedo cuidar mi cuerpo.

Sin adorarlo.

La libertad cristiana no consiste en huir del mundo.

Consiste en poder vivir dentro de él sin que el mundo ocupe el lugar de Dios.

La creación puede conducirnos a la oración.

Francisco insistía en el estupor y la gratitud.

Quizá necesitamos recuperar ambos.

Vivimos deprisa.

Vemos muchas cosas.

Pero contemplamos pocas.

Fotografiamos un paisaje y, en ocasiones, dedicamos más atención a la pantalla que al paisaje.

Quizá convenga alguna vez simplemente mirar.

Sin hacer nada.

Un cielo.

Una flor.

Un edificio hermoso.

Un rostro.

Y decir:

«Gracias, Señor».

No hace falta una oración más complicada.

El asombro puede ser profundamente religioso.

La belleza puede abrir una ventana.

Esto ocurre también con el arte.

Una pintura.

Una música.

Una iglesia.

Una escultura.

La creatividad humana puede convertirse en reflejo de algo mayor.

Francisco decía precisamente que también ante una obra de arte o ante aquello que nace del ingenio humano el Espíritu puede conducirnos a la alabanza.

La belleza no demuestra automáticamente toda la fe cristiana.

Pero puede abrir una grieta en nuestra autosuficiencia.

Nos recuerda que la realidad no se reduce a utilidad.

Hay cosas que merecen existir simplemente porque son bellas.

Y la belleza despierta deseo de algo más.

El don de ciencia no está enfrentado con las ciencias humanas.

Todo lo contrario.

La fe no necesita ignorancia para sobrevivir.

Conocer mejor cómo funciona el universo no hace innecesario a Dios.

Nos permite conocer mejor una creación que el creyente recibe precisamente de Él.

La ciencia responde a determinadas preguntas.

La filosofía a otras.

La teología a otras.

El problema aparece cuando pretendemos que una sola disciplina responda absolutamente todas las preguntas humanas.

Un telescopio puede decirnos muchísimo sobre una galaxia.

No puede decirnos por qué debemos perdonar.

Un análisis químico puede describir la composición de una lágrima.

No puede explicar por sí solo el dolor que la produjo.

Cada conocimiento tiene su ámbito.

Cuanto más conocemos la creación, más motivos podemos tener para maravillarnos.

No sabemos menos de Dios porque conozcamos más del mundo.

Podemos descubrir leyes.

Procesos.

Estructuras.

Una complejidad extraordinaria.

Y seguir preguntándonos por el sentido último.

El creyente no necesita utilizar a Dios para rellenar aquello que todavía no entiende científicamente.

Dios no es la explicación provisional de nuestros huecos de conocimiento.

Es el fundamento último de que exista algo que podamos conocer.

La creación es don, pero está herida.

Aquí también necesitamos equilibrio.

No todo lo que ocurre en la naturaleza es agradable.

Hay enfermedad.

Dolor.

Desastres.

Muerte.

El mundo creado es bueno, pero nosotros lo conocemos dentro de una creación que, según san Pablo, gime esperando la redención.

Por eso la mirada cristiana no es ingenua.

Puede maravillarse ante una puesta de sol y llorar ante un terremoto.

Puede reconocer belleza y sufrimiento.

Ambas cosas forman parte de nuestra experiencia actual.

Y el cristiano espera cielos nuevos y tierra nueva.

El don de ciencia nos ayuda también a descubrir el desorden introducido por el pecado.

No solamente contemplamos qué son las criaturas.

Vemos también cómo las utilizamos mal.

El dinero puede ayudar al pobre y puede corromper.

La sexualidad puede expresar una entrega y puede convertirse en explotación.

La inteligencia puede buscar la verdad y puede fabricar una mentira muy sofisticada.

La tecnología puede acercar personas y puede destruir intimidades.

El poder puede servir y puede dominar.

El pecado no crea las cosas.

Las desordena.

Toma bienes y los utiliza contra el propósito bueno para el que fueron recibidos.

El mal tiene una extraña incapacidad para crear.

Necesita deformar algo bueno.

La mentira necesita una inteligencia capaz de formularla.

La infidelidad utiliza una capacidad de amar desordenada.

La avaricia utiliza bienes reales convertidos en absolutos.

El orgullo utiliza cualidades verdaderas para construir una falsa superioridad.

Comprender esto resulta importante.

Nuestra conversión no siempre exige destruir algo que existe dentro de nosotros.

Con frecuencia exige ordenarlo.

La energía que hoy se utiliza para el pecado puede mañana servir al bien.

Dios no quiere una versión amputada de nosotros.

Quiere redimirnos.

Nuestra afectividad.

Nuestra inteligencia.

Nuestro cuerpo.

Nuestros talentos.

Nuestra capacidad de disfrutar.

Todo.

La santidad no consiste en convertirnos en seres menos humanos.

Consiste en que toda nuestra humanidad encuentre su orden verdadero bajo Dios.

Por eso los santos pueden ser tan profundamente humanos.

La gracia no les quita humanidad.

La libera de muchas esclavitudes.

La Eucaristía revela de una manera extraordinaria el valor de las cosas creadas.

Dios utiliza pan.

Vino.

Agua en el Bautismo.

Aceite en la Unción.

Palabras humanas.

Gestos.

Manos.

El cristianismo no huye de la materia.

Dios mismo asumió carne.

Esto debería destruir cualquier desprecio espiritualista hacia lo creado.

Pero, al mismo tiempo, los signos creados remiten más allá de sí mismos.

El pan no es adorado porque el pan sea dios.

En la Eucaristía adoramos a Cristo realmente presente por la acción sacramental de Dios.

La creación puede ser instrumento de la gracia porque pertenece al Creador.

La Encarnación es quizá la afirmación más radical sobre la bondad de la creación.

«El Verbo se hizo carne».

Dios no fingió humanidad.

No utilizó un cuerpo aparente.

Asumió nuestra naturaleza.

Nació.

Comió.

Bebió.

Durmió.

Trabajó.

Lloró.

Murió corporalmente.

Y resucitó.

El cuerpo de Cristo resucitado no es un accidente que finalmente se abandona.

Esto cambia nuestra manera de mirar el mundo material.

No es algo que deba simplemente desaparecer para que quede «lo espiritual».

Está llamado a una transformación.

Por eso la espiritualidad cristiana no puede reducirse a «salvar el alma» como si el resto no importara.

Queremos la salvación de la persona entera.

Creemos en la resurrección de la carne.

La manera en que tratamos cuerpos, enfermos, ancianos, pobres, no nacidos, moribundos y cualquier persona vulnerable posee una importancia enorme.

La criatura humana es imagen de Dios.

Nunca simple material.

Nunca mercancía.

Nunca problema que eliminar.

Nunca número.

El don de ciencia debería hacernos más reverentes ante las personas.

Si una flor puede recordarnos al Creador, cuánto más una persona creada a su imagen.

Esto debería transformar nuestro lenguaje.

Nuestra manera de mirar.

Nuestra manera de discutir.

La persona que tenemos delante puede estar equivocada.

Puede haber cometido un pecado gravísimo.

Puede resultar difícil.

Pero sigue siendo criatura de Dios.

No podemos defender la dignidad humana únicamente cuando coincide con nuestras simpatías.

Este don también cura la envidia.

La envidia mira el bien ajeno y lo interpreta como una amenaza.

El otro tiene algo.

Yo no.

Por tanto, su bien me recuerda mi falta.

La ciencia espiritual puede ayudarnos a recordar que todo bien creado procede finalmente de Dios y que los dones no se distribuyen de manera idéntica.

No necesitamos poseer todas las gracias que vemos en otros.

Podemos agradecer las nuestras.

Y alegrarnos porque Dios ha hecho algo bueno en otra persona.

El mundo de Dios no es un pastel tan pequeño que la porción de otro reduzca necesariamente la nuestra.

Compararnos continuamente nos impide recibir nuestra propia vida.

Siempre habrá alguien.

Más joven.

Más brillante.

Más guapo.

Más rico.

Más reconocido.

Más santo, probablemente.

Si necesitamos superar a todos para estar en paz, hemos elegido una misión imposible.

El don de ciencia nos devuelve a la criatura concreta que somos.

Esta historia.

Este cuerpo.

Estos talentos.

Estos límites.

No los de otro.

La santidad no consiste en convertirse en otra persona.

Consiste en entregar a Dios la persona que realmente hemos recibido.

Nuestros límites también pertenecen a nuestra condición de criaturas.

Esta idea cuesta mucho.

Nos gustaría hacerlo todo.

Estar con todos.

Resolver todos los problemas.

Aprender todo.

Aprovechar todas las oportunidades.

No podemos.

Elegir significa renunciar.

El día tiene veinticuatro horas.

El cuerpo necesita dormir.

La atención es limitada.

Aceptar esto no es mediocridad.

Es realidad.

Quizá una parte importante de la paz espiritual consista en dejar de exigirnos la omnipresencia, la omnipotencia y la omnisciencia.

Esos puestos ya están ocupados.

Podemos descansar porque no somos Dios.

Qué idea tan sencilla.

Y qué difícil vivirla.

El mundo sigue mientras dormimos.

No necesitamos resolver absolutamente todo antes de acostarnos.

Hay problemas que quedarán para mañana.

Personas a las que no podremos ayudar.

Preguntas sin responder.

El don de ciencia no solo nos enseña que los objetos son criaturas.

Nos recuerda que nosotros también lo somos.

Y quizá descansar sea algunas noches un pequeño acto de fe:

«Señor, durante estas horas dejo de intentar gobernar el universo. Se queda en tus manos».

Las pérdidas revelan nuestros apegos.

No necesitamos buscarlas.

Pero cuando llegan, muestran cosas.

Algo desaparece y descubrimos cuánto dependíamos de ello.

Eso no significa automáticamente que nuestro amor fuera desordenado.

El duelo es natural.

Pero la pérdida puede convertirse también en lugar de verdad.

«Señor, esto era muy importante para mí».

«Quizá demasiado».

O simplemente:

«Gracias por el tiempo en que pude recibirlo».

La ciencia espiritual sabe llorar una criatura sin acusarla de haber sido insuficiente.

Nunca fue creada para ser eterna.

Existe una forma profundamente cristiana de despedirse.

No siempre podemos conservar.

Hay etapas.

Objetos.

Lugares.

Relaciones en determinada forma.

Incluso capacidades.

Que terminan.

Nosotros querríamos congelar algunas cosas.

Pero la vida avanza.

Despedirse cristianamente no significa decir que no importaba.

Precisamente porque importó duele.

Significa poder entregar otra vez a Dios aquello que un día recibimos de Él.

«Era tuyo antes de ser mío».

Esta oración puede costar muchísimo.

Pero contiene una enorme verdad.

Job entendió algo de este misterio.

«El Señor dio, el Señor quitó».

La frase no puede utilizarse cruelmente para lanzarla sobre cualquier persona que sufre.

Hay palabras verdaderas que necesitan un momento adecuado.

Pero en labios de Job expresa una conciencia profunda.

Todo había sido recibido.

Su dolor es real.

Su protesta será también real.

El libro de Job no presenta una resignación simplista.

Pero debajo permanece una relación con Dios que atraviesa incluso la pérdida.

La verdadera ciencia termina muchas veces en alabanza.

Este es el movimiento que describía Francisco.

Veo.

Reconozco que es criatura.

Descubro en ella un don.

Y doy gracias al Creador.

Entonces la realidad se vuelve transparente sin dejar de ser realidad.

Una comida conduce a la bendición.

Una amistad a la gratitud.

La naturaleza a la alabanza.

El talento a la responsabilidad.

El cuerpo al cuidado.

El dinero a la administración.

La belleza al asombro.

Las cosas empiezan a apuntar más allá de sí mismas.

Y también termina en responsabilidad.

Si algo es don, no puedo tratarlo de cualquier manera.

Mi tiempo es don.

¿Cómo lo utilizo?

Mi cuerpo es don.

¿Cómo lo cuido?

Mi inteligencia es don.

¿Para qué la empleo?

Mi dinero.

Mi capacidad de hablar.

Mi influencia.

Mi trabajo.

Mi fe.

Todo recibido.

Todo llamado a convertirse también en entrega.

La gratitud cristiana no termina en «gracias».

Continúa con una pregunta:

«¿Para qué me has dado esto, Señor?»

Los dones se estropean cuando se cierran sobre nosotros.

Una capacidad que solo sirve para alimentar nuestro orgullo termina empobreciéndonos.

El dinero que nunca puede convertirse en ayuda se vuelve cadena.

El conocimiento que únicamente sirve para humillar a quien sabe menos deja de ser sabio.

La autoridad que no sirve termina dominando.

Incluso la fe que no produce caridad puede convertirse en ocasión de soberbia.

Recibir bien significa también aprender a entregar.

Quizá por eso los santos parecen tan libres.

No porque no amen nada.

Suelen amar muchísimo.

Pero poseen de otra manera.

Francisco puede llamar hermano al sol porque el sol no le pertenece.

Puede maravillarse ante los pájaros sin capturarlos.

La libertad espiritual no consiste en no tener vínculos.

Consiste en que ningún vínculo creado ocupe el lugar que pertenece únicamente a Dios.

Entonces podemos amar muchísimo.

Sin agarrar desesperadamente.

«Solo Dios basta» no significa «nada más importa».

Esta frase puede interpretarse mal.

Si solo Dios basta, ¿entonces para qué sirven las personas, la amistad, la belleza o la creación?

Precisamente porque Dios basta podemos recibir todo lo demás como don.

No necesitamos exigirles salvación.

Podemos quererlos gratuitamente.

No son inútiles.

Son preciosos.

Pero no son absolutos.

Dios no compite con sus dones.

Colocarlo en primer lugar no empobrece el mundo.

Le devuelve su verdad.

Un examen sobre el don de ciencia.

Podemos preguntarnos con serenidad: ¿qué cosas buenas de mi vida corren el peligro de ocupar un lugar que solo corresponde a Dios? ¿Existe algo sobre lo que pienso, aunque sea silenciosamente, «sin esto mi vida ya no tendría sentido»? ¿Pido a alguna persona algo que ninguna persona humana puede darme? ¿Estoy convirtiendo una relación, un trabajo, un proyecto, la salud, el dinero o el reconocimiento en fundamento de mi seguridad?

¿Sé disfrutar las cosas sin necesitar poseerlas completamente? ¿Agradezco lo que tengo o me acostumbro tan rápidamente que solo vuelvo a verlo cuando lo pierdo? ¿Vivo esperando continuamente el próximo objeto, éxito o etapa para empezar a estar bien? ¿Sé distinguir deseos legítimos de dependencias? ¿Puedo renunciar libremente alguna vez a algo bueno?

¿Cómo me relaciono con mis bienes? ¿Comparto? ¿Acumulo por miedo? ¿Compro por necesidad o algunas veces para llenar un vacío? ¿Soy responsable con la creación? ¿Desperdicio? ¿Trato las cosas recibidas como dones o como si fueran absolutamente mías?

¿Mi trabajo sirve a mi vida y a los demás o se ha convertido en medida de mi valor? ¿Mi apariencia física determina demasiado cómo me juzgo? ¿Cuánto poder tienen sobre mí la opinión ajena, los números, las reacciones o el reconocimiento? ¿Utilizo las redes y la tecnología o empiezo a sentir que ellas organizan mi atención y mi estado de ánimo?

¿Soy capaz de contemplar? ¿De mirar algo hermoso sin necesidad de consumirlo, fotografiarlo o utilizarlo inmediatamente? ¿La creación despierta en mí gratitud? ¿Sé reconocer en las cosas buenas una llamada hacia su Creador?

¿Cómo trato a las personas? ¿Las amo o, quizá sin querer, utilizo a algunas para sentirme querido, necesario, seguro o importante? ¿Respeto su libertad? ¿Sé alegrarme de sus dones sin compararme constantemente?

¿Acepto mi condición de criatura? ¿Mis límites? ¿La necesidad de dormir, descansar, pedir ayuda y no llegar a todo? ¿O vivo interiormente como si el mundo dependiera de mí?

Y quizá podamos resumir todas estas preguntas en una sola:

¿sé recibir las criaturas como dones que me conducen a Dios o termino pidiéndoles que ocupen el lugar de Dios?

«Señor, enséñame el verdadero valor de las cosas».

Espíritu Santo, dame el don de ciencia.

Enséñame a mirar la creación.

A reconocer su belleza.

A cuidarla.

A agradecerla.

Que nunca desprecie aquello que Tú has creado bueno.

Pero tampoco permitas que convierta tus dones en dioses.

Que el dinero sea instrumento.

Que el trabajo sea servicio.

Que el cuerpo sea recibido y cuidado.

Que la tecnología sea herramienta.

Que el reconocimiento sea una alegría, pero no una necesidad que gobierne mi vida.

Que las personas sean amadas, nunca utilizadas.

Que aprenda a contemplar sin poseer.

A disfrutar sin esclavizarme.

A recibir sin exigir eternidad a aquello que es temporal.

Cuando tenga, hazme agradecido.

Cuando pierda, acompaña mi duelo.

Y cuando tenga que soltar algo, enséñame a recordar que antes de ser mío fue tuyo.

Hazme capaz de mirar una criatura y descubrir una huella.

Una belleza y darte gracias.

Una capacidad y ponerla al servicio.

Una limitación y aceptar que no soy Dios.

Líbrame de la ansiedad de querer tenerlo todo.

De hacerlo todo.

De controlarlo todo.

De gustar a todos.

De ser necesario para todos.

Dame la libertad de una criatura que sabe que su Padre es Dios.

San Francisco pudo llamar hermanos a las criaturas porque primero había aprendido a llamar Padre a Dios.

Quizá ahí se encuentre el secreto.

Cuando sabemos de quién procede todo, podemos querer cada cosa sin confundirla con su origen.

Entonces el mundo deja de ser un almacén de objetos que conquistar.

Se convierte en creación recibida.

El cuerpo deja de ser un ídolo.

Se convierte en don.

El dinero deja de ser seguridad absoluta.

Se convierte en instrumento.

Las personas dejan de ser respuestas a nuestras necesidades.

Se convierten en hermanos.

Y nosotros dejamos de comportarnos como propietarios absolutos de la existencia.

Empezamos a vivir como hijos.

Quizá el don de ciencia consista, en buena parte, en aprender esta frase:

«Esto es bueno. Pero no es Dios».

Decirla frente al dinero.

Frente al éxito.

Frente al cuerpo.

Frente a la salud.

Frente al reconocimiento.

Incluso frente a las personas que más amamos.

No para quererlas menos.

Precisamente para quererlas mejor.

Porque solo cuando dejamos a Dios ser Dios podemos permitir que las criaturas sean aquello que verdaderamente son:

dones.

Y un don no termina en sí mismo.

Nos habla también de quien lo entrega.

En el próximo artículo hablaremos del sexto don del Espíritu Santo: la piedad.

Y veremos que tampoco significa simplemente tener muchas devociones, rezar muchas oraciones o emocionarse fácilmente ante las cosas religiosas. El don de piedad toca algo mucho más profundo: nos enseña a relacionarnos con Dios como hijos, y precisamente por eso nos ayuda a mirar a los demás como hermanos.

Porque una de las mayores transformaciones que el Espíritu Santo quiere realizar en nosotros consiste en pasar de vivir delante de Dios como empleados preocupados por cumplir a vivir delante de Él con la confianza de quien ha aprendido verdaderamente a decir:

«Padre».

@sacerdosmariae

Imagen: Giotto, San Francisco predicando a los pájaros, ciclo de la vida de san Francisco en la Basílica de Asís. La escena expresa de manera especialmente bella una mirada cristiana sobre la creación: Francisco no adora a las criaturas ni las desprecia. Las reconoce como obras del mismo Creador y las contempla desde Dios. Es una imagen magnífica para el don de ciencia, que nos enseña a reconocer la bondad de lo creado sin convertirlo en absoluto.

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