Las virtudes cristianas (XIV): El entendimiento, cuando la fe empieza a abrirse por dentro.

 


Las virtudes cristianas (XIV): El entendimiento, cuando la fe empieza a abrirse por dentro.

Ayer hablábamos del don de sabiduría y decíamos que no consiste en saber muchas cosas, sino en aprender a mirar la realidad desde Dios, dando a cada cosa su verdadero valor.

Hoy llegamos al segundo de los dones del Espíritu Santo: el entendimiento, llamado también don de inteligencia.

Y quizá aquí el nombre pueda confundirnos todavía más.

Porque cuando decimos que alguien es muy inteligente pensamos normalmente en una persona que comprende deprisa, resuelve problemas complicados, posee facilidad para estudiar o tiene una gran capacidad intelectual.

Nada de eso es malo.

Pero el don de entendimiento no consiste en aumentar nuestro cociente intelectual.

El Espíritu Santo no convierte automáticamente a quien recibe este don en matemático, filósofo o especialista en lenguas antiguas.

Puede existir una persona extraordinariamente brillante desde el punto de vista intelectual y bastante cerrada a las cosas de Dios.

Y puede existir otra con una formación muy sencilla que, sin embargo, posea una comprensión profundísima del Evangelio.

Estamos hablando de otro tipo de inteligencia.

Una inteligencia iluminada por el Espíritu Santo para penetrar más profundamente en las verdades de la fe.

No para inventar nuevas verdades.

Sino para entrar dentro de aquellas que ya hemos recibido.

Leer por dentro.

Hay una explicación tradicional que resulta especialmente bonita.

La palabra inteligencia se ha relacionado con la expresión latina intus legere: leer dentro.

Más allá de la etimología exacta, la imagen explica magníficamente este don.

Podemos mirar algo desde fuera.

Y podemos entrar.

No es lo mismo contemplar la fachada de una catedral que atravesar la puerta y descubrir su interior.

Desde fuera vemos piedra.

Desde dentro aparecen las proporciones, las bóvedas, las capillas, la luz que atraviesa las vidrieras y la relación entre todos los elementos.

El edificio era el mismo.

Lo que ha cambiado es nuestra posición.

Algo parecido puede ocurrir con las verdades de la fe.

Las conocemos.

Las hemos oído cientos de veces.

Quizá incluso sabemos explicarlas.

Pero un día el Espíritu Santo permite que comprendamos algo de ellas desde dentro.

Y aquello que parecía una fórmula comienza a convertirse en luz.

«Eso ya lo sabía».

Hay experiencias espirituales bastante curiosas.

Escuchamos una homilía.

Leemos un pasaje del Evangelio.

Rezamos delante del Santísimo.

Y algo que conocemos desde hace treinta años adquiere de repente una profundidad nueva.

Nuestra reacción puede ser:

«Pero si esto ya lo sabía».

Sí.

Lo sabíamos.

Y al mismo tiempo no lo habíamos comprendido todavía de esa manera.

No hemos recibido una revelación nueva.

No ha cambiado el Evangelio.

No hemos descubierto un artículo secreto de la fe.

Ha ocurrido algo más sencillo y más profundo.

Una verdad que estaba delante de nosotros ha comenzado a abrirse.

El don de entendimiento actúa precisamente en este terreno.

Podemos conocer una frase durante toda la vida y un día descubrirla.

Pensemos en algunas expresiones cristianas que repetimos continuamente.

«Dios es Padre».

«Cristo murió por nosotros».

«Tus pecados quedan perdonados».

«El Verbo se hizo carne».

«Esto es mi cuerpo».

«Creo en la resurrección de la carne».

«La vida eterna».

Podemos pronunciarlas correctamente y tener una comprensión verdadera de ellas.

Pero ninguna queda agotada.

Un día, quizá durante una enfermedad, comprendemos de otra manera qué significa que Dios sea Padre.

Después de haber experimentado nuestra propia debilidad, entendemos de otra forma qué significa misericordia.

Ante la muerte de alguien querido, la expresión «resurrección de la carne» deja de parecer una frase colocada al final del Credo y se convierte en una promesa de una importancia inmensa.

La verdad era la misma.

Nuestra inteligencia de esa verdad ha crecido.

La fe quiere comprender.

Esto pertenece profundamente al cristianismo.

El Catecismo recuerda una antigua fórmula de san Anselmo: la fe busca comprender.

No creemos para dejar de pensar.

Creemos y, precisamente porque creemos, queremos penetrar más profundamente en aquello que Dios ha revelado.

Si alguien nos dijera:

«No intentes comprender tu fe. Basta con repetir lo que te han enseñado»,

nos estaría ofreciendo una visión bastante pobre del cristianismo.

Naturalmente, nunca comprenderemos completamente los misterios divinos.

Dios siempre nos supera.

Pero una cosa es no poder agotar un misterio y otra negarnos a entrar en él.

Podemos pasar toda la vida avanzando.

Cada respuesta abre nuevas profundidades.

Eso no debilita la fe.

La enriquece.

Un misterio no es una puerta cerrada.

A veces utilizamos la palabra «misterio» como si significara:

«No se puede entender nada, así que dejemos de hablar del asunto».

Pero un misterio cristiano no es una habitación completamente oscura con la puerta cerrada.

Se parece mucho más a una habitación iluminada cuya profundidad no conseguimos abarcar de una sola mirada.

Podemos entrar.

Podemos avanzar.

Podemos descubrir.

Pero no llegamos a decir:

«Ya está. Aquí no queda nada más que comprender».

La Trinidad es misterio.

La Encarnación es misterio.

La Eucaristía es misterio.

La gracia es misterio.

Y precisamente por eso han alimentado durante siglos la oración y la inteligencia de los santos y los teólogos.

Un misterio no es una ausencia de verdad.

Es una verdad demasiado grande para caber completamente dentro de nosotros.

El don de entendimiento perfecciona especialmente la fe.

Aquí aparece la relación con lo que vimos hace unos días.

La fe nos hace creer en Dios y aceptar como verdadero lo que Él ha revelado.

El entendimiento permite penetrar más profundamente en ese contenido recibido.

Podríamos utilizar una comparación sencilla.

La fe abre la puerta.

El entendimiento nos permite entrar y comenzar a recorrer la casa.

No son dos cosas separadas.

El Espíritu Santo perfecciona nuestra misma fe haciendo que comprendamos cada vez más profundamente el designio de Dios y la conexión de los misterios entre sí.

Por eso una fe verdaderamente adulta no debería limitarse a acumular afirmaciones independientes.

Empieza a descubrir cómo encajan.

El cristianismo no es una caja llena de piezas sueltas.

Dios Padre.

La creación.

El pecado.

La Encarnación.

La cruz.

La resurrección.

El Espíritu Santo.

La Iglesia.

Los sacramentos.

La gracia.

La moral.

La vida eterna.

Podemos aprender todas estas cosas como temas diferentes de un manual.

Pero poco a poco comenzamos a descubrir que forman una única historia.

El Padre crea al hombre por amor.

El hombre se aleja.

Dios no lo abandona.

Prepara una historia de salvación.

El Hijo entra en nuestra carne.

Muere.

Resucita.

Envía al Espíritu.

Nos incorpora a su Cuerpo mediante el Bautismo.

Nos alimenta con la Eucaristía.

Nos perdona.

Nos transforma.

Nos conduce hacia la comunión eterna con la Trinidad.

Cuando empezamos a percibir esta unidad ocurre algo importante.

La fe deja de parecer un almacén de doctrinas.

Empieza a aparecer como una historia de amor y salvación.

Hay verdades que se iluminan mutuamente.

Esto es particularmente hermoso.

Comprendemos mejor la Eucaristía cuando comprendemos la Encarnación.

Comprendemos mejor la Iglesia cuando comprendemos que Cristo ha querido formar un Cuerpo.

Comprendemos mejor la moral cuando comprendemos la dignidad del hombre creado y redimido por Dios.

Comprendemos mejor la confesión cuando comprendemos qué significa la Pascua.

Comprendemos mejor la esperanza cuando comprendemos la resurrección.

Las verdades cristianas no están aisladas.

Una arroja luz sobre otra.

El don de entendimiento nos ayuda precisamente a reconocer esa armonía.

A veces una dificultad desaparece cuando vemos el cuadro completo.

Esto ocurre también en otras realidades humanas.

Si observamos una sola pieza de un rompecabezas, quizá no entendamos qué representa.

Cuando vemos dónde encaja, todo cambia.

En la fe puede ocurrir algo parecido.

Una enseñanza concreta de la Iglesia, considerada aisladamente, puede parecernos extraña.

Cuando la colocamos dentro de la visión cristiana de Dios, de la persona, del cuerpo, de la libertad, del amor y de la vida eterna, empezamos a comprender su lógica.

No significa que todas las dificultades desaparezcan inmediatamente.

Pero dejamos de mirar una pieza separada.

Empezamos a ver el dibujo.

«¿Por qué dice la Iglesia esto?».

Es una excelente pregunta cuando se formula sinceramente.

No deberíamos tener miedo a ella.

¿Por qué enseña la Iglesia esto sobre el matrimonio?

¿Por qué sobre la vida humana?

¿Por qué sobre la sexualidad?

¿Por qué sobre el perdón?

¿Por qué sobre la justicia?

¿Por qué sobre la Eucaristía?

Una respuesta pobre sería:

«Porque sí».

Una respuesta algo más correcta, pero todavía insuficiente, sería:

«Porque está mandado».

El entendimiento busca algo más.

Quiere descubrir la verdad sobre Dios y sobre el hombre que hay debajo del mandamiento.

Entonces la moral cristiana deja de aparecer como un catálogo de prohibiciones arbitrarias.

Empieza a mostrar una antropología.

Una visión del hombre.

Una idea de libertad.

Un destino.

Los mandamientos también pueden comprenderse desde dentro.

Por ejemplo, «no cometerás adulterio».

Podemos entenderlo únicamente como un límite.

Dios ha puesto una raya y no debemos cruzarla.

Eso ya obliga.

Pero podemos penetrar más profundamente.

¿Qué clase de realidad es el matrimonio?

¿Qué significa entregar el cuerpo?

¿Qué significa una alianza?

¿Qué dignidad posee la otra persona?

¿Qué relación existe entre sexualidad, amor, fidelidad y fecundidad?

Cuando profundizamos, el mandamiento deja de parecer un obstáculo arbitrario.

Empieza a aparecer como protección de una verdad sobre el amor.

Podemos hacer algo semejante con todos los mandamientos.

El entendimiento no los elimina.

Nos permite percibir mejor su sabiduría interior.

Lo mismo ocurre con la liturgia.

Podemos participar en la Misa conociendo perfectamente cuándo tenemos que levantarnos, sentarnos o arrodillarnos.

Y, sin embargo, no haber entrado todavía mucho en lo que está sucediendo.

La liturgia contiene palabras, gestos, silencios y signos.

El altar.

El ambón.

El agua.

El aceite.

El incienso.

La imposición de manos.

El pan.

El vino.

La luz.

La postura del cuerpo.

Todo dice algo.

El entendimiento espiritual aprende poco a poco a leer esos signos desde dentro.

Entonces la liturgia deja de parecernos una sucesión de ceremonias.

Descubrimos que estamos entrando sacramentalmente en el misterio de Cristo.

Una genuflexión puede contener una teología entera.

Pensemos en algo tan sencillo.

Entramos en una iglesia.

Reconocemos la presencia de Cristo en el sagrario.

Y doblamos la rodilla.

El gesto dura unos segundos.

Pero contiene una afirmación enorme.

Tú eres Dios.

Yo no.

Estás aquí.

Te adoro.

Mi cuerpo confiesa aquello que mi boca dice creer.

Podemos hacer una genuflexión durante años por costumbre.

Y un día comprender desde dentro lo que significa.

El gesto no ha cambiado.

Hemos cambiado nosotros.

Eso es exactamente el tipo de transformación de la que estamos hablando.

«Esto es mi cuerpo».

Quizá pocas palabras cristianas necesiten más el don de entendimiento.

Las hemos escuchado innumerables veces.

Podemos conocer perfectamente la doctrina sobre la presencia real.

Sustancia.

Especies.

Transubstanciación.

Todo ello es importantísimo.

Pero podemos seguir profundizando.

El mismo Cristo que nació de María.

El que caminó por Galilea.

El que tocó al leproso.

El que murió en la cruz.

El Resucitado.

Está verdaderamente presente.

No simbólicamente en el sentido de una ausencia recordada.

Presente.

Cuanto más entra esta verdad dentro de nosotros, más difícil resulta que nuestra manera de vivir la Eucaristía permanezca exactamente igual.

El entendimiento termina teniendo consecuencias.

Comprender más lleva a vivir de otra manera.

Esta es una prueba importante.

Una auténtica luz del Espíritu Santo no se limita a producir satisfacción intelectual.

Tiende a transformar la vida.

Si comprendo más profundamente que Dios es Padre, crecerá mi confianza.

Si comprendo la dignidad del prójimo, cambiará mi modo de tratarlo.

Si comprendo mejor la Eucaristía, cambiará mi actitud delante del sagrario y durante la Misa.

Si comprendo la gravedad del pecado, crecerá mi deseo de conversión.

Si comprendo la misericordia, aprenderé a levantarme.

La inteligencia espiritual no es curiosidad religiosa.

Está ordenada a la vida.

El camino de Emaús es una magnífica imagen de este don.

El papa Francisco utilizó precisamente este episodio al explicar el don de entendimiento.

Dos discípulos abandonan Jerusalén.

Jesús ha muerto.

Ellos están decepcionados.

Conocen los acontecimientos.

Saben que Jesús fue crucificado.

Han oído incluso el anuncio de las mujeres sobre el sepulcro vacío.

Tienen datos.

Y, sin embargo, no entienden.

Ese detalle es importantísimo.

Se puede disponer de bastante información y no comprender todavía lo que está ocurriendo.

Cristo se acerca.

Camina con ellos.

Y comienza a explicarles las Escrituras.

Lo que parecía una colección de acontecimientos sin sentido empieza a encajar dentro del designio de Dios.

«¿No era necesario que el Mesías padeciera esto?».

Cristo no cambia los hechos.

La cruz sigue habiendo ocurrido.

La muerte sigue siendo real.

La decepción de aquellos hombres no era imaginaria.

Lo que cambia es la inteligencia de los hechos.

Empiezan a ver la cruz de otra manera.

Aquello que interpretaban únicamente como fracaso comienza a aparecer dentro de la Pascua.

No se les entrega una versión distinta de la realidad.

Se les concede una profundidad nueva para leerla.

Eso es muy importante.

El don de entendimiento no nos saca de la realidad.

Nos permite entrar más profundamente en ella desde Dios.

Podemos conocer todos los hechos y estar interpretándolos mal.

Esto no ocurre únicamente en Emaús.

Nos ocurre continuamente.

Sabemos lo que pasó.

Fulano dijo esto.

Ocurrió aquello.

Perdimos tal cosa.

No salió aquel proyecto.

Esa persona se marchó.

Tenemos los hechos.

Y construimos rápidamente una interpretación.

«Esto demuestra que Dios me ha abandonado».

«Todo fue un fracaso».

«Nada tuvo sentido».

«Mi vida habría sido mejor si aquello no hubiera ocurrido».

Quizá.

Pero convendría cierta humildad.

Los discípulos de Emaús conocían el Viernes Santo.

Todavía no habían comprendido la Pascua.

Hay momentos en nuestra propia historia cuyo significado quizá no podemos interpretar correctamente desde el mismo día en que suceden.

El entendimiento necesita tiempo.

Nos gustaría comprender inmediatamente.

Ocurre algo.

Queremos una explicación.

¿Por qué?

Para qué.

Qué significa.

Qué tengo que aprender.

Pero algunas cosas solo comienzan a entenderse con distancia.

Quizá años después.

Una decisión que parecía un desastre abre otro camino.

Una limitación que odiábamos nos obliga a crecer.

Una persona que apareció brevemente dejó algo que descubrimos mucho después.

No significa que todo acontecimiento doloroso esconda una explicación sencilla.

Muchos misterios permanecerán.

Pero la vida cristiana aprende a conceder tiempo a Dios.

No todo debe quedar interpretado antes de acostarnos.

Hay cosas que conviene guardar antes de explicarlas.

María aparece otra vez como maestra.

El Evangelio repite que guardaba las cosas y las meditaba en su corazón.

No siempre entendió inmediatamente todo lo relacionado con Jesús.

Cuando lo encuentra en el templo, san Lucas dice expresamente que María y José no comprendieron la respuesta.

Y María guarda.

No desecha aquello que todavía no entiende.

Tampoco inventa una explicación rápida.

Lo conserva delante de Dios.

Qué distinto de nuestra manera habitual de reaccionar.

Nosotros podemos necesitar una teoría completa cinco minutos después de un acontecimiento.

María sabe esperar.

El entendimiento necesita también esta paciencia.

«Guardar» no es lo mismo que reprimir.

No hablamos de esconder preguntas incómodas y fingir que no existen.

Guardarlas significa mantenerlas abiertas delante de Dios.

«Señor, esto no lo entiendo».

Y no pasa nada.

La pregunta puede quedarse.

Rezamos con ella.

Leemos.

Preguntamos.

Pedimos consejo.

Esperamos.

Hay preguntas que maduran.

Y hay respuestas que solo se reconocen cuando quien pregunta también ha madurado.

El Espíritu Santo abre las Escrituras.

Esto es fundamental.

Podemos leer la Biblia como un documento histórico.

Estudiar lenguas.

Géneros literarios.

Contexto.

Fuentes.

Todo ello es necesario y valioso.

Pero la Escritura es además Palabra de Dios dirigida a la Iglesia.

El Espíritu que la inspiró sigue actuando para introducirnos en su comprensión.

Por eso la lectura cristiana de la Escritura necesita estudio y oración.

No una cosa contra la otra.

La inteligencia humana pregunta qué significa el texto.

La fe pregunta además qué nos revela Dios a través de él dentro de la totalidad de su Palabra.

La Biblia no es un horóscopo cristiano.

Conviene decirlo porque podemos deformar esta idea.

Abrir la Biblia al azar y considerar que el primer versículo que vemos contiene necesariamente una instrucción directa sobre la decisión que tenemos que tomar no es la forma normal de leer la Escritura.

La Palabra de Dios merece algo mejor.

Necesita contexto.

Lectura.

Interpretación dentro de la Iglesia.

Oración.

El Espíritu Santo puede utilizar un texto concreto para iluminarnos profundamente.

Por supuesto.

Pero no convierte la Biblia en una máquina de respuestas aleatorias.

El don de entendimiento no elimina la exégesis.

La presupone y la eleva.

«Se les abrieron los ojos».

En Emaús ocurre después otro momento.

Jesús toma el pan.

Lo bendice.

Lo parte.

Y entonces los discípulos lo reconocen.

La Escritura y la fracción del pan.

Palabra y Eucaristía.

No resulta difícil reconocer ahí una estructura profundamente eclesial.

Cristo abre el sentido de las Escrituras y se da a conocer al partir el pan.

El entendimiento cristiano no nace únicamente del estudio privado.

Crece dentro de una vida sacramental y eclesial.

Hay cosas que comprendemos de rodillas de una manera distinta a como las comprendemos sentados ante un escritorio.

Necesitamos ambas posiciones.

El estudio y la adoración no compiten.

Este punto me parece especialmente importante.

A veces encontramos dos caricaturas.

Una espiritualidad que desconfía de la teología:

«No hace falta estudiar. Lo importante es sentir a Dios».

Y una intelectualidad religiosa que puede mirar con cierto recelo cualquier dimensión contemplativa:

«Lo importante es conocer correctamente los conceptos».

El cristianismo necesita inteligencia y adoración.

Santo Tomás estudió muchísimo.

Y rezó muchísimo.

La teología no tiene que apagar la oración.

La verdadera teología debería conducirnos más profundamente al misterio que contempla.

Y la oración no debería tener miedo a aprender.

Saber explicar una doctrina no garantiza haberla comprendido existencialmente.

Podemos aprobar un examen sobre la misericordia de Dios y tener grandes dificultades para dejarnos perdonar.

Podemos explicar perfectamente la providencia y vivir aterrados porque no controlamos el futuro.

Podemos desarrollar una magnífica teología de la caridad y tratar mal a quien vive con nosotros.

No significa que el conocimiento doctrinal carezca de valor.

Significa que existe una profundidad a la que la verdad todavía debe llegar.

De la cabeza.

Al corazón.

Y del corazón.

A la vida.

El don de entendimiento ayuda a realizar ese descenso.

Hay verdades que comprendemos especialmente cuando las vivimos.

El matrimonio permite comprender ciertas dimensiones del don y de la fidelidad.

La maternidad y la paternidad pueden iluminar algo del amor gratuito.

La enfermedad puede abrir preguntas sobre la fragilidad y la providencia.

La experiencia del perdón puede enseñarnos misericordia.

El servicio a los pobres puede cambiar nuestra lectura del Evangelio.

El sacerdocio, la vida consagrada o cualquier vocación concreta permite descubrir palabras de Cristo desde lugares nuevos.

La vida se convierte también en lugar de inteligencia espiritual.

No sustituye la doctrina.

Nos ayuda a verla encarnada.

Una misma parábola puede crecer con nosotros.

Leemos al hijo pródigo siendo niños.

Nos impresiona el hijo que se marcha.

La volvemos a escuchar en otra etapa y empezamos a entender al hermano mayor.

Más adelante quizá nos impresione sobre todo el Padre que sale a buscar a ambos.

La parábola era la misma.

Nosotros hemos recorrido años.

Las palabras de Cristo tienen una profundidad que permite que volvamos a ellas una y otra vez.

Por eso resulta un error pensar:

«El Evangelio ya me lo sé».

Conocemos el argumento.

No necesariamente hemos agotado la Palabra.

Nadie ha terminado de leer el Evangelio.

Podemos haberlo leído veinte veces.

Precisamente por eso sabemos que necesitamos leerlo veintiuna.

No porque haya cambiado el texto.

Porque Dios sigue trabajando en nosotros.

Hay frases que antes pasábamos de largo y de repente se vuelven centrales.

Personajes secundarios que empiezan a hablarnos.

Preguntas de Jesús que descubrimos dirigidas a nosotros.

El don de entendimiento mantiene fresca la Escritura.

Impide que la Palabra se convierta simplemente en material conocido.

Pero debemos evitar apropiarnos arbitrariamente del texto.

También aquí hace falta equilibrio.

«Esta frase habla de mí» puede expresar una verdadera experiencia espiritual.

Pero no significa que podamos cambiar el sentido objetivo de la Escritura para acomodarlo a nuestras circunstancias.

Primero debemos escuchar lo que el texto dice.

Después podremos descubrir cómo ilumina nuestra vida.

Si invertimos el orden, terminaremos utilizando la Biblia para confirmar aquello que ya pensábamos.

El Espíritu Santo no utiliza la Escritura para encerrarnos en nosotros.

Nos abre al pensamiento de Dios.

El entendimiento también ilumina los sacramentos.

Ya hemos hablado de la Eucaristía.

Pensemos en el Bautismo.

Podemos considerarlo una ceremonia que ocurrió cuando éramos pequeños.

Una fotografía.

Un vestido.

Una vela.

Y quizá no vivir jamás desde su profundidad.

Por el Bautismo hemos sido incorporados a Cristo.

Hemos recibido una vida nueva.

Somos hijos en el Hijo.

Templos del Espíritu Santo.

Miembros de la Iglesia.

¿Qué ocurriría si comprendiéramos cada vez más profundamente todo esto?

Nuestro Bautismo dejaría de ser únicamente algo que nos sucedió.

Se convertiría en una identidad desde la que vivimos.

Lo mismo ocurre con la Confirmación.

Ayer hablábamos de ella al tratar los dones del Espíritu.

Muchos cristianos prácticamente recuerdan la Confirmación como la última ceremonia de una etapa de catequesis.

Pero el sacramento significa mucho más.

El entendimiento permite redescubrir la gracia recibida.

No podemos volver atrás y hacer que una celebración vivida superficialmente deje de haber sido superficial.

Pero podemos hoy comenzar a comprender mejor aquello que Dios hizo entonces.

La gracia de los sacramentos es mayor que nuestra capacidad de percibirla en el momento en que los recibimos.

Eso debería consolarnos.

Y la confesión puede cambiar completamente cuando comprendemos quién actúa.

Si la vivimos solamente como una obligación, puede resultar pesada.

Si la concebimos como una especie de tribunal humano, puede producir miedo.

Pero cuando profundizamos en lo que Cristo ha hecho, aparece otra realidad.

Es Cristo quien perdona.

La Iglesia presta un rostro, una voz y un signo sacramental.

El pecador no acude a demostrar que merece misericordia.

Precisamente acude porque la necesita.

Comprender esto no hace irrelevante el pecado.

Lo hace más serio y, al mismo tiempo, coloca delante una misericordia mucho mayor.

El don de entendimiento no hace desaparecer todos los problemas de fe.

Conviene subrayarlo.

Podemos recibir luces profundas y continuar teniendo cuestiones abiertas.

Podemos entender mejor un misterio sin comprenderlo totalmente.

Podemos pasar por momentos de oscuridad.

El entendimiento no convierte al creyente en una enciclopedia teológica infalible.

Seguimos pudiendo equivocarnos.

Necesitamos Iglesia.

Magisterio.

Estudio.

Humildad.

El don no nos hace independientes.

Nos hace más capaces de entrar en la verdad recibida.

Una supuesta iluminación que nos hace pensar que ya no necesitamos a nadie debería preocuparnos.

«Ahora lo he entendido todo».

«La Iglesia no lo comprende, pero yo sí».

«Los teólogos se complican; a mí el Espíritu me lo ha enseñado directamente».

Cuidado.

El Espíritu Santo no construye soberbia espiritual.

Es el Espíritu de Cristo.

Y Cristo se hizo obediente.

La verdadera inteligencia espiritual produce admiración y humildad.

Cuanto más entramos en el misterio, más comprendemos cuánto nos supera.

El que ha visto un poco de mar no suele pensar que cabe en su bolsillo.

El entendimiento no sustituye al Magisterio.

La Revelación ha sido confiada a la Iglesia.

El Espíritu Santo asiste a la Iglesia en su transmisión e interpretación auténtica.

Nuestro crecimiento personal en comprensión ocurre dentro de esa comunión.

Podemos tener intuiciones.

Descubrir conexiones.

Recibir luz en la oración.

Pero esas luces no crean una revelación paralela.

El mismo Espíritu que actúa dentro de nosotros es el que sostiene a la Iglesia.

La docilidad personal y la comunión eclesial no deberían enfrentarse.

Hay una diferencia enorme entre «no lo entiendo» y «no puede ser verdad».

A veces tropezamos con una enseñanza difícil.

No la comprendemos.

Y damos inmediatamente el siguiente paso:

«Por tanto, esto no tiene sentido».

Quizá sea demasiado rápido.

Podemos permanecer durante un tiempo en una posición más humilde.

«No lo entiendo todavía».

Ese «todavía» deja abierta una puerta.

Podemos estudiar.

Preguntar.

Rezar.

Leer a quienes han pensado esa cuestión con más profundidad que nosotros.

Quizá la dificultad permanezca.

Pero no hemos convertido nuestros límites actuales de comprensión en medida absoluta de la verdad.

También hay un entendimiento que ilumina las situaciones humanas.

Aunque este don está especialmente relacionado con la penetración de las verdades de fe, su luz termina alcanzando nuestra manera de comprender la vida.

Francisco explicaba que el Espíritu nos permite ir más allá de la superficie y penetrar en profundidad las cosas y el designio de Dios.

Podemos mirar una situación únicamente desde lo inmediato.

O intentar leerla desde una mirada más profunda.

Una discusión puede no tratar realmente de aquello por lo que se está discutiendo.

Una persona agresiva puede estar profundamente herida.

Una reacción nuestra aparentemente justa puede esconder orgullo.

Una dificultad puede revelar un apego que desconocíamos.

El Espíritu Santo nos ayuda a no quedarnos siempre en la superficie.

Entender a una persona tampoco significa justificarlo todo.

Esto es importante.

Podemos comprender por qué alguien actúa de determinada manera y seguir considerando que su conducta es incorrecta.

Comprender no significa absolver automáticamente.

Pero cambia nuestra manera de juzgar.

Sabemos que una historia humana suele ser más compleja que el acto que tenemos delante.

Esto nos vuelve más prudentes.

Más compasivos.

Quizá también más eficaces a la hora de ayudar.

La verdad no necesita simplificar a las personas.

A veces nosotros mismos somos la realidad que necesitamos aprender a leer por dentro.

Podemos conocer nuestros comportamientos.

«Siempre reacciono así».

«Esto me enfada».

«Aquello me da miedo».

Pero no saber todavía por qué.

La oración, el examen, la dirección espiritual y una buena ayuda humana cuando es necesaria pueden ir permitiéndonos comprender movimientos más profundos.

Detrás de una irritación puede haber miedo.

Detrás de una necesidad excesiva de reconocimiento puede haber inseguridad.

Detrás de determinada rigidez puede haber una forma de protección.

Conocernos más profundamente no significa justificar nuestros defectos.

Permite trabajar en su verdadera raíz.

La vida interior también necesita inteligencia.

No basta observar lo que hacemos.

Conviene aprender a reconocer deseos.

Intenciones.

Afectos.

Resistencias.

Movimientos que se repiten.

San Ignacio de Loyola insistió muchísimo en esta atención interior.

No para vivir obsesionados con nosotros mismos.

Precisamente para ganar libertad.

Cuanto mejor reconocemos lo que se mueve dentro, menos fácilmente nos gobierna sin que lo sepamos.

El Espíritu Santo puede iluminar también esas zonas.

Hay autoengaños que solo descubrimos cuando la luz entra un poco más.

Podemos decir:

«Lo hago por el bien de los demás».

Y existir también una necesidad importante de ser reconocidos.

«Lo digo porque defiendo la verdad».

Y quizá una parte de nosotros disfrute demasiado de la pelea.

«Es prudencia».

Y quizá sea miedo.

«Es paciencia».

Y quizá estemos evitando una conversación necesaria.

«Es celo apostólico».

Y quizá exista bastante ego.

Normalmente nuestras motivaciones no son puras o impuras al cien por cien.

Somos bastante más mezclados.

El entendimiento ayuda a mirar sin terror esa mezcla.

Dios ya la conoce.

Podemos permitir que la ilumine.

La luz de Dios no humilla.

Esto es esencial.

Cuando el Espíritu Santo nos permite comprender algo incómodo sobre nosotros mismos, no lo hace para aplastarnos.

La verdad de Dios conduce a la libertad.

Podemos descubrir un pecado.

Una motivación torcida.

Una herida.

Algo que debemos cambiar.

Pero la luz viene de un Dios que quiere salvar.

Existe una diferencia entre la acusación que encierra y la luz que llama a la conversión.

El Espíritu muestra una herida para curarla.

No para disfrutar contemplándola.

Entender mejor nuestro pecado permite comprender mejor la gracia.

Quizá por eso algunos santos llegaron a hablar tan fuertemente de su propia miseria sin caer en desesperación.

Cuanto más conocían su pobreza, más comprendían que la santidad no era una obra fabricada por ellos.

Era gracia.

La persona superficial puede pensar que necesita poco perdón porque apenas ve su pecado.

Cuando la luz entra un poco más, descubrimos cosas.

Y entonces podemos elegir dos caminos.

Desanimarnos.

O maravillarnos mucho más de la misericordia.

El verdadero entendimiento cristiano debería llevarnos al segundo.

«Yo no soy tan malo» es una base bastante pobre para la vida espiritual.

Nuestra esperanza no consiste en demostrar que al final el expediente no era tan grave.

Consiste en Cristo.

Esto da una enorme libertad para conocernos con verdad.

No necesitamos proteger continuamente una imagen perfecta de nosotros mismos.

Podemos admitir:

«Aquí me he equivocado».

«Esto que creía generosidad tenía bastante vanidad».

«He hecho daño».

«Necesito cambiar».

¿Por qué podemos reconocerlo?

Porque nuestra salvación no depende de conservar una excelente opinión sobre nosotros.

Depende de la misericordia de Dios.

El entendimiento puede cambiar también nuestra manera de leer la cruz.

Este es uno de sus lugares más profundos.

La cruz parece fracaso.

Violencia.

Debilidad.

Y ciertamente contiene un acto terrible de injusticia humana.

Pero la fe nos enseña que allí está obrando también la Redención.

El Espíritu nos permite penetrar poco a poco en esta paradoja.

No para convertir el dolor en algo agradable.

Sino para comprender que el amor de Dios ha entrado precisamente donde parecía que el mal había vencido.

Emaús vuelve a aparecer.

Sin Pascua, el Viernes Santo parece absurdo.

A la luz de la Pascua, la cruz sigue doliendo, pero adquiere otro sentido.

Esto no significa que podamos explicar todas nuestras cruces.

Sería peligroso.

No sabemos por qué Dios permite cada acontecimiento.

No deberíamos inventar explicaciones espirituales demasiado rápidas.

Pero podemos comprender algo fundamental:

ningún sufrimiento tiene capacidad automática para separarnos de Cristo.

Él ya ha entrado en el dolor.

Y desde dentro puede transformarlo en lugar de comunión, entrega y fecundidad.

Quizá no comprendamos el «por qué».

El entendimiento puede ayudarnos a descubrir un «con quién».

Y eso, en determinados momentos, es mucho más importante.

La Pascua enseña a releer.

Esta palabra me parece importante.

Releer.

Los discípulos de Emaús tuvieron que releer los acontecimientos a la luz de Cristo resucitado.

También nosotros necesitamos releer nuestra vida.

No obsesivamente.

Pero sí de vez en cuando.

Cosas que hace diez años interpretábamos de una manera pueden aparecer hoy de otra.

Una puerta cerrada.

Una persona.

Un fracaso.

Una elección.

Una etapa.

La providencia se comprende muchas veces mejor mirando hacia atrás.

No porque de repente todo resulte fácil de explicar.

Sino porque empezamos a descubrir conexiones.

Dios estaba haciendo cosas que nosotros no veíamos.

Probablemente todos podríamos encontrar alguna situación semejante.

En aquel momento solo veíamos una dificultad.

Después comprendimos que nos había llevado a otro lugar.

O nos obligó a madurar.

O nos puso delante de alguien.

O destruyó una seguridad falsa.

No significa que todo tenga una explicación de este tipo.

Pero estas experiencias nos enseñan humildad respecto al presente.

Quizá ahora mismo también haya cosas que todavía no sabemos leer.

El entendimiento nos enseña a no declarar terminado un libro cuando estamos a mitad del capítulo.

La Iglesia también necesita ser contemplada desde dentro del misterio.

Desde fuera podemos verla exclusivamente como una organización.

Instituciones.

Edificios.

Normas.

Cargos.

Problemas.

Historia.

Todo eso existe.

Y debe estudiarse con seriedad.

Pero la fe afirma algo más.

La Iglesia es Cuerpo de Cristo.

Pueblo de Dios.

Templo del Espíritu Santo.

Es una realidad visible y espiritual.

Humana y divina.

Santa y formada por pecadores necesitados continuamente de conversión.

El don de entendimiento nos permite penetrar poco a poco en esa profundidad.

Sin negar las miserias humanas.

Sin reducir la Iglesia a ellas.

Quedarse únicamente en la superficie puede producir juicios muy incompletos.

Una iglesia puede estar llena o vacía.

Eso es un dato.

Una institución puede funcionar bien o mal.

Otro dato.

Un sacerdote puede ser santo o mediocre.

Otro dato.

Pero la verdad de la Iglesia no depende únicamente de la suma de esos datos.

Cristo sigue siendo su Cabeza.

El Espíritu Santo habita en ella.

Los sacramentos siguen actuando.

La Palabra sigue siendo proclamada.

La gracia sigue produciendo santos que probablemente nunca aparecerán en las noticias.

El entendimiento nos permite ver la dimensión invisible que sostiene lo visible.

Eso tampoco sirve para esconder los problemas.

Una visión sobrenatural de la Iglesia no debe utilizarse para negar pecados, abusos o errores.

Precisamente porque la Iglesia pertenece a Cristo debemos desear su purificación.

Pero corregir desde dentro del misterio es distinto de mirar únicamente desde la lógica de una institución humana.

Podemos sufrir por los pecados de miembros de la Iglesia y seguir amándola.

Podemos pedir reformas y saber que su vida más profunda no depende de nuestra capacidad organizativa.

Podemos trabajar y confiar al mismo tiempo.

Eso requiere bastante entendimiento espiritual.

Los santos leen la realidad de otra manera.

Si repasamos sus vidas descubrimos algo curioso.

Muchos atravesaron circunstancias que nosotros habríamos interpretado inmediatamente como un desastre.

Enfermedades.

Fracaso.

Persecución.

Incomprensión.

Planes que no salieron.

Y, sin embargo, descubrieron ahí una llamada.

No porque fueran ingenuos.

Porque habían aprendido a leer desde otro lugar.

No deberíamos imitar mecánicamente cada decisión de un santo.

Pero podemos aprender su actitud.

Preguntar:

«¿Dónde está Dios aquí?»

No solamente:

«¿Cómo salgo cuanto antes de esto?»

El entendimiento hace que las palabras cristianas recuperen peso.

Uno de los peligros de estar mucho tiempo dentro de la Iglesia es acostumbrarnos al vocabulario.

Gracia.

Redención.

Salvación.

Comunión.

Providencia.

Misericordia.

Encarnación.

Resurrección.

Las palabras pueden volverse familiares y, precisamente por eso, perder capacidad de sorprendernos.

El don de entendimiento las abre otra vez.

Descubrimos que «Encarnación» significa que Dios ha asumido verdaderamente nuestra carne.

Que «gracia» significa participación en la vida divina.

Que «comunión» significa recibir realmente a Cristo.

Que «resurrección» significa que nuestros cuerpos están llamados a levantarse de la muerte.

De repente las palabras recuperan vértigo.

Acostumbrarse a lo sagrado es uno de los riesgos de la vida cristiana.

Especialmente para quien vive rodeado de cosas religiosas.

Podemos entrar continuamente en una iglesia y dejar de verla.

Escuchar Evangelios y anticipar mentalmente el final.

Celebrar sacramentos y movernos dentro de ellos con una familiaridad casi profesional.

La costumbre es buena.

Crea estabilidad.

Pero puede crear también una capa de polvo.

Necesitamos pedir de vez en cuando:

«Señor, devuélveme la capacidad de asombro».

El entendimiento levanta un poco ese polvo y permite volver a ver lo que estaba delante.

Una Misa nunca es «otra Misa más».

Aunque nosotros podamos vivirla así.

La realidad sacramental no depende de nuestra emoción.

Cristo se hace presente.

El sacrificio pascual se actualiza sacramentalmente.

La Iglesia se une a su Señor.

Recibimos el Pan de vida.

Podemos acostumbrarnos.

Pero aquello que sucede no se ha vuelto menos extraordinario porque nosotros hayamos dejado de sorprendernos.

Necesitamos que la inteligencia de la fe vuelva a despertar.

El silencio ayuda mucho a comprender.

No todo se comprende hablando.

Ni leyendo otra página.

Ni escuchando otro vídeo.

A veces tenemos información suficiente.

Lo que falta es dejar que descienda.

Guardar.

Meditar.

Volver sobre una palabra.

El Evangelio utiliza la imagen de una semilla.

Una semilla no produce fruto porque la desenterremos cada veinte minutos para comprobar si está creciendo.

Necesita permanecer.

Algunas verdades también.

Las recibimos.

Las dejamos dentro.

Y un día descubrimos que han echado raíces.

La lectio divina pertenece especialmente a esta escuela.

Leer.

Meditar.

Orar.

Contemplar.

No buscar únicamente terminar un número de páginas.

Detenerse donde una palabra reclama atención.

Preguntar qué dice el texto.

Qué revela de Dios.

Qué revela del hombre.

Qué llama a convertir.

Y responder mediante la oración.

La Escritura deja entonces de ser únicamente algo que estudiamos.

Se convierte en un lugar donde somos nosotros quienes empezamos a ser leídos.

Eso puede resultar bastante incómodo.

Y tremendamente fecundo.

Hay textos bíblicos que no entendemos porque no queremos que nos entiendan a nosotros.

Puede ocurrir.

«Perdonad».

Lo comprendemos gramaticalmente.

La dificultad quizá no es intelectual.

«Vended lo que tenéis y dad limosna».

También se entiende.

«Amad a vuestros enemigos».

Bastante claro.

A veces llamamos «dificultad de interpretación» a lo que en realidad es resistencia a las consecuencias.

El entendimiento no se limita a iluminarnos la cabeza.

Puede desenmascarar también esas resistencias.

La obediencia ayuda a comprender algunas cosas.

No en el sentido de obedecer irracionalmente.

Pero existe una verdad espiritual interesante.

A veces comprendemos mejor un mandamiento después de haber comenzado a vivirlo.

Quien practica el perdón descubre cosas que no comprendía mientras hablaba teóricamente sobre él.

Quien se entrega al servicio entiende dimensiones de la caridad que no aparecen desde fuera.

Quien es fiel a la oración durante años comprende la oración de otra manera.

Hay verdades que se abren caminando.

Los discípulos de Emaús estaban en camino.

Dios enseña también mientras caminamos.

La inteligencia cristiana necesita un corazón limpio.

Las pasiones desordenadas pueden alterar nuestra manera de juzgar.

Esto es muy humano.

Cuando queremos muchísimo algo encontramos argumentos extraordinariamente convincentes para demostrar que es bueno.

Cuando odiamos a una persona vemos con particular claridad todos sus defectos.

Por eso la purificación moral y la inteligencia de la fe están relacionadas.

No basta tener argumentos.

Necesitamos un corazón que quiera sinceramente la verdad.

Aunque esa verdad nos contradiga.

«Enséñame lo que es verdad, aunque no sea lo que quiero».

Esta puede ser una oración magnífica.

Y bastante exigente.

Porque muchas veces pedimos luz, pero con condiciones.

«Señor, ilumíname para comprender por qué tengo razón».

Quizá Dios prefiera mostrarnos otra cosa.

El verdadero entendimiento requiere disponibilidad.

La verdad no tiene obligación de coincidir con nuestras preferencias.

El Espíritu Santo es Espíritu de verdad.

No Espíritu de confirmación de nuestras opiniones.

El entendimiento y la humildad crecen juntos.

Cuanto más comprendemos la fe, más advertimos su profundidad.

Y más conscientes somos de lo mucho que no sabemos.

Esta es una paradoja interesante.

La ignorancia puede sentirse muy segura.

El conocimiento profundo descubre matices.

Una persona que ha estudiado seriamente un asunto sabe también dónde terminan sus certezas.

En la vida espiritual ocurre algo semejante.

La verdadera inteligencia del misterio no nos vuelve arrogantes.

Nos hace contemplativos.

No necesitamos entender todo para confiar.

Esto conecta con la fe de la que hablamos hace unos días.

Dios nos concede entendimiento.

Nos invita a profundizar.

Pero seguirán existiendo misterios.

Preguntas.

Etapas oscuras.

La fe no queda suspendida hasta que hayamos aprobado un examen completo sobre el universo.

Podemos comprender algo.

Seguir preguntando.

Y confiar.

«Señor, esto es lo que alcanzo a ver ahora».

Y también:

«Sé que Tú ves más».

No es derrota intelectual.

Es reconocimiento de nuestra condición de criaturas.

Pedir el don de entendimiento es pedir una mente abierta por Dios.

No simplemente una mente rápida.

Una mente capaz de penetrar.

De relacionar.

De maravillarse.

De reconocer el misterio.

De escuchar.

De corregirse.

De releer.

De descubrir la presencia de Dios dentro de una realidad que quizá al principio parecía opaca.

Podemos pedirlo antes de leer la Escritura.

Antes de estudiar una cuestión de fe.

Antes de preparar una catequesis.

Antes de enfrentarnos a una enseñanza que nos cuesta.

Antes de intentar comprender una etapa de nuestra vida.

«Ven, Espíritu Santo. Abre mi inteligencia».

Un examen sobre el don de entendimiento.

Podemos terminar preguntándonos con serenidad: ¿me conformo con saber fórmulas de fe o intento entrar verdaderamente en lo que significan? ¿Cuándo fue la última vez que una verdad cristiana que conocía desde hacía años me sorprendió de nuevo? ¿Leo la Escritura con deseo de comprender o solamente para encontrar rápidamente una frase que me guste? ¿Conozco el contexto de aquello que leo? ¿Estoy dispuesto a estudiar las cuestiones de fe que no entiendo? ¿Confundo alguna vez una dificultad personal con una demostración de que la enseñanza cristiana es falsa?

¿Percibo la relación entre los distintos misterios de la fe o los vivo como temas aislados? ¿Comprendo cada vez mejor cómo la moral cristiana nace de una determinada visión de Dios y del hombre? ¿Vivo los sacramentos desde dentro de su significado o se están convirtiendo en rutina? ¿Mi comprensión de la Eucaristía se refleja en mi manera de estar delante de Cristo? ¿Mi fe en el perdón se refleja en mi manera de confesarme y recomenzar?

¿Sé guardar preguntas delante de Dios sin exigir una respuesta inmediata? ¿Soy capaz de releer mi historia y descubrir que quizá hoy comprendo de otro modo acontecimientos del pasado? ¿Tengo humildad para reconocer que puedo interpretar mal una situación? ¿Busco consejo? ¿Dejo que la Palabra de Dios me cuestione o la utilizo principalmente para confirmar lo que ya pienso? ¿Estoy dispuesto a comprender la verdad aunque eso me obligue a cambiar?

¿Mi conocimiento religioso me está haciendo más humilde, más contemplativo y más caritativo? ¿O me sirve principalmente para sentirme más informado que otros?

Y quizá la pregunta que resume todas sea esta:

¿quiero simplemente saber más cosas acerca de Dios o quiero permitir que el Espíritu Santo me introduzca cada vez más dentro del misterio de Dios?

«Ábreles el entendimiento».

San Lucas cuenta que después de la Resurrección Cristo abrió el entendimiento de los discípulos para que comprendieran las Escrituras.

Podemos terminar hoy pidiendo exactamente lo mismo.

Señor, abre nuestro entendimiento.

Porque podemos mirar y no ver.

Escuchar y no comprender.

Repetir palabras durante años sin haber penetrado todavía en su profundidad.

Abre nuestra inteligencia para comprender tu Palabra.

Para reconocer la unidad de tu designio.

Para descubrir a Cristo en el centro de la Escritura.

Para entrar más profundamente en los sacramentos.

Para comprender que la moral cristiana no es una colección arbitraria de límites, sino un camino hacia la vida para la que nos has creado.

Abre nuestro entendimiento cuando releemos nuestra historia.

Especialmente aquellas páginas que todavía no comprendemos.

Que no fabriquemos explicaciones apresuradas.

Que sepamos esperar.

Que aprendamos, como María, a guardar ciertas cosas en el corazón hasta que llegue una luz mayor.

Abre nuestro entendimiento también sobre nosotros mismos.

Para reconocer sin miedo aquello que necesita conversión.

Para descubrir nuestros autoengaños.

Para no confundir deseos con voluntad de Dios.

Para dejarnos mirar por Ti.

Y, sobre todo, no permitas que el conocimiento nos vuelva soberbios.

Cuanto más entremos en el misterio, más capaces seamos de arrodillarnos.

Porque la meta del don de entendimiento no consiste en poder decir:

«Ya lo sé todo».

Consiste en poder decir cada vez con mayor verdad:

«Señor, ahora comprendo un poco mejor quién eres, lo que has hecho por mí y por qué merece la pena entregarte la vida».

Quizá entonces nos ocurra algo parecido a los discípulos de Emaús.

La realidad exterior no habrá cambiado necesariamente.

El camino puede seguir siendo largo.

Jerusalén seguirá detrás.

Pero el corazón habrá comenzado a arder.

Y lo que antes parecía una historia rota empezará a mostrarnos una presencia.

Cristo estaba caminando con ellos antes de que pudieran reconocerlo.

También puede estar caminando con nosotros dentro de muchas cosas que todavía no sabemos comprender.

El don de entendimiento nos enseña poco a poco a abrir los ojos.

En el próximo artículo hablaremos del tercer don del Espíritu Santo: el consejo.

Y veremos por qué no basta con conocer el bien en general. Hay momentos concretos en los que debemos decidir qué hacer, qué decir, cuándo actuar, cuándo esperar y por qué camino avanzar.

El don de consejo no nos convierte en personas incapaces de equivocarse.

Hace algo mucho más importante.

Nos vuelve especialmente disponibles para que el Espíritu Santo pueda orientarnos cuando la vida no viene acompañada de un manual de instrucciones.

@sacerdosmariae

Imagen: Caravaggio, La cena de Emaús, 1601, National Gallery, Londres. Los discípulos habían conocido los acontecimientos de la Pasión, pero todavía no habían comprendido su sentido. Cristo les abrió las Escrituras durante el camino y finalmente sus ojos se abrieron al reconocerlo en la fracción del pan. La escena es una magnífica imagen del don de entendimiento: la realidad sigue siendo la misma, pero bajo la luz de Cristo empieza a mostrar una profundidad que antes permanecía escondida.

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