Las virtudes cristianas (XX): La caridad, cuando el amor de Dios comienza a dar fruto.

Las virtudes cristianas (XX): La caridad, cuando el amor de Dios comienza a dar fruto.

Después de haber recorrido los siete dones del Espíritu Santo, podemos hacernos una pregunta muy sencilla:

¿Qué sucede cuando dejamos actuar verdaderamente al Espíritu Santo en nuestra vida?

La respuesta la encontramos en los frutos.

Un árbol sano termina dando fruto. No necesita colgar frutos artificiales de sus ramas para demostrar que está vivo. Si tiene buenas raíces, recibe agua y permanece unido a la tierra, llegará el momento en que aquello que lleva dentro aparecerá por fuera.

Algo parecido sucede en la vida espiritual.

Los frutos del Espíritu Santo no son simplemente una lista de comportamientos que tenemos que conseguir a fuerza de voluntad. Son, como enseña el Catecismo, «perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna».

Y el primero de esos frutos es la caridad.

No podía ser de otra manera.

Porque si Dios es amor, cuando Dios comienza a poseer verdaderamente nuestro corazón, lo primero que aparece en nuestra vida es el amor.

1. Una palabra demasiado utilizada.

Hablamos continuamente de amor.

Amor a una persona.

Amor a una afición.

Amor a una profesión.

Amor a un lugar.

Incluso utilizamos la misma palabra para expresar preferencias completamente triviales.

Precisamente por utilizarla tanto corremos el peligro de no saber ya qué significa.

Para el cristiano, la caridad no es simplemente simpatía.

No es emoción.

No es sentimentalismo.

Ni siquiera consiste únicamente en hacer cosas buenas por los demás.

La caridad tiene su origen en Dios.

San Juan lo expresa con una afirmación que constituye una de las cumbres de toda la Revelación:

«Dios es amor» (1 Jn 4,8).

No dice simplemente que Dios ama.

Dice algo mucho más grande:

Dios es amor.

Por eso el cristianismo no comienza preguntándonos cuánto amamos nosotros a Dios.

Comienza anunciándonos cuánto nos ha amado Dios a nosotros.

2. «Él nos amó primero».

Esta es una de las verdades que más cuesta aceptar en la vida espiritual.

Nosotros queremos merecer.

Queremos demostrar.

Queremos conseguir.

Y trasladamos fácilmente esta mentalidad a nuestra relación con Dios.

Pensamos, aunque nunca lo formulemos expresamente:

«Si soy bueno, Dios me querrá».

«Si rezo más, Dios estará contento conmigo».

«Si consigo vencer este pecado, entonces podré acercarme a Él».

Pero el Evangelio invierte completamente el orden.

San Juan escribe:

«Nosotros amamos porque Él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

Primero Él.

Siempre.

Antes de nuestra conversión, Él.

Antes de nuestras buenas obras, Él.

Antes de nuestras oraciones, Él.

Antes incluso de que pudiéramos pronunciar su nombre, Él.

La vida cristiana comienza cuando dejamos de intentar conquistar el amor de Dios y empezamos a vivir desde el amor que ya hemos recibido.

3. La caridad no es simplemente ser buena persona.

A veces reducimos el cristianismo a una especie de bondad general.

Ser amable.

No hacer daño.

Ayudar cuando podamos.

Procurar llevarnos bien con todo el mundo.

Naturalmente, todo eso es bueno.

Pero la caridad cristiana llega mucho más lejos.

Jesús dice:

«Como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13,34).

Aquí está la medida.

Y la medida resulta desconcertante.

Cristo no dice:

«Ama a los demás cuando se lo merezcan».

Ni:

«Ama a quienes te traten bien».

Ni siquiera:

«Ama a los demás como ellos te amen».

Dice:

«Como yo os he amado».

Y para comprender esa frase tenemos que mirar necesariamente hacia la Cruz.

4. La Cruz es la medida del amor.

El cristianismo posee una definición visible del amor.

Es un hombre clavado en una cruz.

Cristo no nos amó solamente con palabras.

Entregó su cuerpo.

Derramó su sangre.

Perdonó a quienes lo crucificaban.

Permaneció fiel cuando fue abandonado.

Y entregó su vida por hombres que todavía eran pecadores.

Por eso la caridad cristiana tiene siempre algo de cruz.

Amar cuesta.

Perdonar cuesta.

Permanecer cuesta.

Servir cuando nadie lo agradece cuesta.

Escuchar cuando estamos cansados cuesta.

Callar una palabra hiriente cuesta.

Volver a comenzar con alguien que nos ha decepcionado cuesta.

Precisamente ahí comienza muchas veces el verdadero amor.

Porque mientras amar no cuesta nada, todavía podemos confundir fácilmente la caridad con nuestra propia satisfacción.

5. Amar también cuando no sentimos.

Esta es una consecuencia importantísima.

No siempre sentiremos cariño por todas las personas a las que estamos llamados a amar.

Cristo nunca nos ha mandado experimentar simpatía universal.

Nos ha mandado amar.

Y amar pertenece profundamente a la voluntad.

Puedo encontrar desagradable a una persona y, sin embargo, desear sinceramente su bien.

Puedo estar herido y decidir perdonar.

Puedo estar cansado y continuar sirviendo.

Puedo no recibir nada a cambio y seguir haciendo el bien.

Esto nos libera de una enorme confusión.

El amor cristiano no depende exclusivamente del sentimiento.

Los sentimientos son hermosos cuando acompañan al amor.

Pero la caridad puede permanecer incluso cuando los sentimientos desaparecen.

Una madre que se levanta de madrugada para atender a su hijo no necesita sentir entusiasmo por levantarse.

Se levanta porque ama.

Un esposo que permanece junto a su esposa enferma no necesita experimentar cada día emociones extraordinarias.

Permanece porque ama.

Y Cristo permaneció en la Cruz.

Porque amaba.

6. El prójimo concreto.

Existe una forma bastante cómoda de amar a la humanidad.

La humanidad, considerada en abstracto, rara vez nos molesta.

El problema aparece cuando la humanidad tiene nombre y apellidos.

Cuando habla demasiado.

Cuando interrumpe.

Cuando llega tarde.

Cuando piensa de manera distinta.

Cuando nos decepciona.

Cuando necesita nuestro tiempo precisamente cuando teníamos otros planes.

Ahí se verifica la caridad.

San Juan lo expresa con una claridad extraordinaria:

«Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20).

Dios ha querido esconderse de algún modo en el prójimo.

Por eso no podemos separar la vida espiritual del amor concreto.

La adoración y la caridad no compiten.

La oración y el servicio no se excluyen.

Cuanto más verdaderamente encontramos a Cristo, más capaces deberíamos ser de reconocerlo en aquellos que pone en nuestro camino.

7. También al enemigo.

Aquí el Evangelio rompe definitivamente nuestros esquemas.

Jesús dice:

«Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44).

Probablemente sea uno de los mandamientos más difíciles del cristianismo.

Porque nuestro corazón posee una extraordinaria capacidad para justificar el resentimiento.

Recordamos lo que nos hicieron.

Repetimos interiormente conversaciones.

Imaginamos respuestas que nunca dimos.

Conservamos heridas durante años.

Y podemos terminar pensando que perdonar significa declarar que aquello que nos hicieron no tuvo importancia.

Pero no es así.

Perdonar no convierte el mal en bien.

Perdonar significa negar al mal el derecho a gobernar nuestro corazón.

La caridad no exige llamar bueno a lo malo.

Exige no dejar de desear la salvación incluso de aquel que nos ha hecho daño.

Eso supera nuestras fuerzas.

Por eso es fruto del Espíritu Santo.

8. La caridad comienza muy cerca.

A veces soñamos con grandes gestos.

Misiones lejanas.

Sacrificios heroicos.

Obras extraordinarias.

Y quizá el Señor nos está esperando en algo mucho más sencillo.

Escuchar.

Tener paciencia.

Visitar.

Llamar por teléfono.

Acompañar.

Servir la mesa.

Preguntar cómo está alguien y esperar realmente la respuesta.

La santidad suele esconderse en cosas pequeñas.

Porque el amor verdadero presta atención.

Quien ama comienza a darse cuenta de que el otro existe.

Y una de las grandes pobrezas de nuestro tiempo es precisamente esta: estamos permanentemente comunicados y, sin embargo, muchas personas sienten que nadie las mira verdaderamente.

La caridad cristiana devuelve al otro su rostro.

9. La Eucaristía, escuela de caridad.

Existe un lugar donde aprendemos de manera privilegiada qué significa amar.

La Eucaristía.

Allí Cristo no solamente nos habla del amor.

Se entrega.

«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros».

Cada Misa contiene esta lógica.

Tomar, bendecir, partir y entregar.

Y esa misma lógica debería comenzar a reproducirse en nuestra existencia.

No podemos recibir continuamente el Cuerpo entregado de Cristo y pretender conservar intacta nuestra vida solamente para nosotros mismos.

La Eucaristía nos transforma precisamente para que nosotros también podamos convertir nuestra existencia en don.

Por eso la caridad no es un añadido opcional a la vida eucarística.

Es uno de sus frutos más naturales.

10. Emaús: reconocer a Cristo cuando parte el pan.

Hay una escena del Evangelio que expresa maravillosamente esta realidad.

Dos discípulos caminan hacia Emaús.

Están decepcionados.

Creían que Jesús sería quien liberaría a Israel, pero han visto morir sus esperanzas en la Cruz.

Cristo resucitado camina junto a ellos y no lo reconocen.

Les explica las Escrituras.

Escucha su tristeza.

Camina a su ritmo.

Y cuando llegan al pueblo, los discípulos le dicen:

«Quédate con nosotros, porque atardece» (Lc 24,29).

Entonces se sientan a la mesa.

Jesús toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da.

Y en ese momento:

«Se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24,31).

Cristo se hace reconocible al partir el pan.

No es casualidad.

Toda su existencia ha sido un partirse y entregarse.

11. La caridad hace visible a Dios.

Aquí encontramos algo verdaderamente hermoso.

Dios es invisible.

Pero la caridad puede hacerlo visible.

Cuando alguien perdona de verdad, aparece algo de Dios.

Cuando alguien sirve sin esperar recompensa, aparece algo de Dios.

Cuando alguien permanece junto al que sufre, aparece algo de Dios.

Cuando alguien da su tiempo, sus fuerzas o sus bienes por amor, aparece algo de Dios.

Por eso Jesús pudo decir:

«En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35).

No dijo que reconocerían a sus discípulos porque hablarían mejor que los demás.

Ni porque ganarían todas las discusiones.

Ni porque serían socialmente poderosos.

«Si os amáis unos a otros».

Esta sigue siendo una de las grandes pruebas de credibilidad del cristianismo.

12. Dejarnos amar para aprender a amar.

Quizá aquí esté finalmente el secreto.

No conseguiremos amar como Cristo simplemente proponiéndonos amar más.

Necesitamos recibir su amor.

Necesitamos permanecer delante de Él.

Necesitamos dejarnos perdonar.

Necesitamos comulgar.

Necesitamos escuchar su Palabra.

Necesitamos permitir que el Espíritu Santo vaya ensanchando nuestro corazón.

Porque nadie puede dar indefinidamente aquello que no recibe.

La caridad cristiana nace de un corazón que primero se ha descubierto amado.

Por eso podemos pedir:

Espíritu Santo, haz crecer en mí el fruto de la caridad.

Enséñame a amar a Dios por encima de todas las cosas.

Enséñame a amar a quienes has puesto junto a mí.

Enséñame a perdonar.

Enséñame a servir sin buscar reconocimiento.

Enséñame a descubrir las necesidades que otros no dicen.

Enséñame a amar cuando siento y también cuando no siento.

Y, sobre todo, hazme comprender cada día que antes de cualquier amor mío existe otro infinitamente mayor:

el amor con el que Dios me ha amado primero.

Entonces comenzaremos a comprender que la caridad no consiste simplemente en hacer algunas obras buenas.

Consiste en permitir que la manera de amar de Cristo vaya convirtiéndose poco a poco en nuestra propia manera de vivir.

Y cuando eso sucede, aunque sea imperfectamente, el Espíritu Santo comienza a dar fruto.

@sacerdosmariae

La imagen.

La obra que acompaña este artículo es La cena de Emaús, pintada por Caravaggio en 1601 y conservada en la National Gallery de Londres.

Caravaggio representa precisamente el instante en que los dos discípulos reconocen a Cristo resucitado al partir el pan. La serenidad de Jesús contrasta con el asombro de quienes acaban de descubrir que aquel caminante que los había acompañado era el Señor.

Uno de los discípulos abre los brazos. El otro parece levantarse precipitadamente de la silla. Todo adquiere movimiento alrededor de Cristo, mientras Él permanece en el centro.

La escena resulta especialmente apropiada para hablar de la caridad.

Durante todo el camino, Jesús ha ejercido la caridad con aquellos dos hombres antes incluso de que ellos supieran quién era.

Se acerca a su tristeza.

Los escucha.

Camina con ellos.

Les explica las Escrituras.

Acepta su invitación.

Y finalmente parte para ellos el pan.

Cristo ama antes de ser reconocido.

Ahí encontramos una de las características más profundas de la caridad cristiana: no ama para recibir reconocimiento; ama porque el amor pertenece a su propia naturaleza.

Pero hay todavía algo más.

Los discípulos reconocen a Jesús precisamente en el gesto de tomar, bendecir, partir y entregar el pan.

Ese gesto remite inevitablemente a la Eucaristía y nos conduce al corazón mismo de la caridad: Cristo se entrega.

El amor cristiano no consiste simplemente en sentir algo por otro. Consiste en aprender a decir con la propia existencia: «esto es para ti».

Tiempo para ti.

Paciencia para ti.

Perdón para ti.

Servicio para ti.

Mi propia vida, si es necesario, para ti.

Por eso esta imagen resume admirablemente el primer fruto del Espíritu Santo.

Los discípulos reconocieron al Señor cuando partió el pan.

Quizá también hoy muchas personas solamente podrán reconocer a Cristo cuando encuentren cristianos dispuestos a partir su propia vida y entregarla por amor.

@sacerdosmariae

Pie de foto: Caravaggio, La cena de Emaús, 1601. Los discípulos reconocen a Cristo al partir el pan: el amor verdadero se hace reconocible cuando se convierte en entrega.

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