Nuestra Señora de los Dolores: permanecer junto a la Cruz.
Nuestra Señora de los Dolores: permanecer junto a la Cruz.
Hoy la Iglesia dirige nuestra mirada hacia una de las escenas más silenciosas y, al mismo tiempo, más profundas del Evangelio: María al pie de la Cruz.
San Juan no necesita muchas palabras. Dice sencillamente:
«Junto a la cruz de Jesús estaba su madre».
Estaba.
Ese verbo contiene casi toda la espiritualidad de este día.
María no podía detener la Pasión. No podía arrancar los clavos. No podía hacer desaparecer el sufrimiento de su Hijo. Tampoco podía comprender humanamente todo cuanto estaba sucediendo.
Pero podía permanecer.
Y permaneció.
Una espada atravesará tu alma
Muchos años antes, cuando María y José presentaron al Niño Jesús en el templo, el anciano Simeón había pronunciado unas palabras misteriosas:
«A ti misma una espada te traspasará el alma».
Aquella profecía fue cumpliéndose a lo largo de la vida de María.
La tradición cristiana ha contemplado especialmente sus siete dolores: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, la pérdida del Niño Jesús en el templo, el encuentro con Cristo camino del Calvario, la crucifixión y muerte del Señor, el descendimiento de la Cruz y la sepultura de Jesús.
Pero todos esos dolores encuentran su culminación en el Calvario.
La Madre contempla cómo muere aquel Hijo que había llevado en sus entrañas, alimentado, cuidado y acompañado desde Belén y Nazaret.
Aquellas manos que María había acariciado estaban ahora atravesadas.
Aquellos pies que había visto dar sus primeros pasos estaban clavados en la Cruz.
Aquel rostro que tantas veces había contemplado estaba desfigurado.
Y María permanece.
No encontramos en ella rebelión contra Dios. Tampoco desesperación.
Encontramos dolor. Un dolor inmenso. Pero un dolor vivido desde la fe.
«Stabat Mater»
La antigua secuencia que la liturgia propone hoy comienza diciendo:
«La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía».
El Stabat Mater no invita a una sensibilidad enfermiza ante el sufrimiento. Nos invita a entrar en el misterio de la Pasión de Cristo acompañados por su Madre.
«Hazme contigo llorar», pide la secuencia.
No significa que el cristiano deba buscar el sufrimiento por sí mismo. Significa algo mucho más profundo: que no queremos permanecer indiferentes ante el amor con el que Cristo nos ha amado.
Cristo no murió en la Cruz de manera abstracta. Entregó su vida por nosotros.
Sus llagas hablan de nuestro pecado, pero hablan todavía más de su misericordia.
Ante ellas uno no puede permanecer indiferente.
María nos enseña a contemplar.
A veces queremos entenderlo todo inmediatamente. Queremos respuestas. Queremos explicaciones. Queremos saber por qué Dios permite determinadas cosas.
María nos muestra otro camino.
Cuando no entendamos, podemos permanecer.
Cuando no podamos solucionar una situación, podemos permanecer.
Cuando las palabras sobren, podemos permanecer.
Hay sufrimientos que no podemos solucionar
Esta enseñanza de María resulta extraordinariamente actual.
Hay momentos en los que podemos ayudar eficazmente a otra persona. Podemos darle consejo, buscar una solución, ofrecer medios concretos.
Pero existen dolores ante los cuales nuestras posibilidades se terminan.
Una enfermedad grave.
La muerte de una persona querida.
Una familia rota.
Una vocación atravesando una crisis.
Una persona que sufre y a la que no sabemos qué decir.
Entonces aparece fácilmente una sensación de impotencia: «No puedo hacer nada».
María nos enseña que eso no es completamente verdad.
Quizá no puedas solucionar su problema.
Pero puedes estar.
Puedes escuchar.
Puedes rezar.
Puedes acompañar.
Puedes permanecer.
No es poco.
Al pie del Calvario, María no pronuncia ningún discurso. Su presencia habla por ella.
El amor que permanece es ya una forma profundamente cristiana de consolar.
«Ahí tienes a tu madre»
Pero el Evangelio de hoy contiene todavía algo mayor.
En medio de su agonía Jesús mira a María y al discípulo amado:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Después dice al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».
Y san Juan añade:
«Desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio».
Precisamente en el momento de la Cruz Cristo nos entrega a su Madre.
No es un detalle sentimental añadido a la Pasión.
El Señor está formando una nueva familia.
María, que había recibido al Hijo de Dios en Nazaret, recibe ahora al discípulo como hijo. Y en aquel discípulo la tradición cristiana ha reconocido a todos los que pertenecemos a Cristo.
Por eso nuestra relación con María nace también al pie de la Cruz.
Jesús nos la ha dado por Madre.
Y el Evangelio nos indica también qué debemos hacer nosotros: recibirla.
San Juan «la recibió como algo propio».
También nosotros estamos llamados a introducir a María en nuestra vida cristiana. No como un añadido secundario, sino como Madre que nos enseña a conocer, amar y seguir a su Hijo.
Somos el Cuerpo de Cristo
La primera lectura de hoy añade una luz muy hermosa a esta fiesta.
San Pablo nos recuerda:
«Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro».
No somos cristianos aislados.
Por el Bautismo hemos sido incorporados a Cristo y formamos un solo Cuerpo.
Y si somos miembros del Cuerpo de Cristo, podemos comprender todavía mejor la maternidad de María.
Ella es Madre de Cristo y permanece maternalmente unida también a aquellos que pertenecen a su Hijo.
La devoción mariana auténtica nunca nos separa de Cristo ni de la Iglesia.
Todo lo contrario.
María nos conduce hacia su Hijo y nos ayuda a vivir con mayor profundidad nuestra pertenencia a su Cuerpo.
Aprender a permanecer
Quizá esta pueda ser nuestra oración de hoy:
Madre, enséñame a permanecer.
A permanecer cuando rezar resulte difícil.
A permanecer cuando la Cruz aparezca en mi vida.
A permanecer cuando no comprenda los caminos de Dios.
A permanecer junto a quienes sufren.
A permanecer fiel cuando sería mucho más fácil huir.
María sabe hacerlo.
Desde Nazaret hasta el Calvario, toda su vida fue una respuesta perseverante al «hágase» pronunciado ante el ángel.
El «sí» de la Anunciación llegó hasta la Cruz.
Y después de la Cruz llegó la Resurrección.
Por eso Nuestra Señora de los Dolores no nos conduce a una espiritualidad triste.
Nos enseña la esperanza cristiana.
El dolor no tiene la última palabra.
La Cruz no tiene la última palabra.
El sepulcro no tiene la última palabra.
La última palabra pertenece a Dios. Y esa palabra es Vida.
Hoy, al mirar a María junto a la Cruz, pidámosle que nos enseñe a amar a Cristo cuando todo va bien, pero también cuando llegue el Calvario.
Que sepamos recibirla como Madre.
Y que, cuando no podamos hacer otra cosa, aprendamos de ella el inmenso valor de permanecer.
Nuestra Señora de los Dolores, ruega por nosotros.
@sacerdosmariae
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