Las virtudes cristianas (XV): El consejo, aprender a decidir cuando la vida no trae instrucciones.
Las virtudes cristianas (XV): El consejo, aprender a decidir cuando la vida no trae instrucciones.
Hay decisiones que son bastante sencillas.
Si algo es claramente malo, no debemos hacerlo. Si tenemos una obligación evidente, sabemos que debemos cumplirla. Si hemos prometido algo justo, debemos mantener nuestra palabra.
Pero una parte considerable de la vida no funciona así.
Hay momentos en los que tenemos delante dos posibilidades buenas. O dos posibilidades imperfectas. Situaciones en las que no disponemos de toda la información. Conversaciones en las que debemos decidir si hablar o guardar silencio. Personas a las que quizá debamos ayudar, pero no sabemos exactamente cómo. Puertas que se abren y no sabemos si atravesarlas. Caminos que parecen razonables y, sin embargo, algo nos invita a examinarlos con mayor profundidad.
Entonces aparece una pregunta que todos hemos hecho alguna vez:
«Señor, ¿qué quieres que haga?»
Ahí entramos en el terreno del don de consejo.
El papa Francisco lo explicó de una manera especialmente clara: mediante este don, el Espíritu Santo ilumina el corazón para ayudarnos a comprender cuál es la manera justa de hablar y comportarnos y cuál es el camino que debemos seguir.
No se trata de recibir instrucciones celestiales para cada detalle de nuestra vida.
Se trata de adquirir una docilidad cada vez mayor para que, en medio de las decisiones concretas, nuestro corazón aprenda a reconocer hacia dónde nos conduce Dios.
La vida no viene acompañada de un manual para cada situación.
Sería bastante cómodo.
Podríamos disponer de un volumen enorme titulado: Soluciones cristianas para absolutamente todo.
Página 342: qué responder exactamente cuando una persona nos hace una crítica injusta.
Página 614: cuándo debemos insistir en una relación y cuándo conviene tomar distancia.
Página 823: cómo saber si debemos aceptar ese trabajo.
Página 1.047: qué hacer cuando dos obligaciones importantes coinciden.
No existe ese libro.
Tenemos algo mucho mejor, aunque también más exigente.
Dios nos ha dado inteligencia, libertad, la enseñanza moral de la Iglesia, la Sagrada Escritura, las virtudes, la experiencia, personas que pueden aconsejarnos y la presencia del Espíritu Santo.
Y con todo eso tenemos que discernir.
La madurez cristiana no consiste en conseguir que alguien nos entregue respuestas prefabricadas para cada decisión.
Consiste en ir formando un corazón capaz de decidir delante de Dios.
El consejo no sustituye la prudencia.
Hace unos días dedicamos un artículo entero a la prudencia.
Conviene recordar la diferencia.
La prudencia es la virtud que dispone nuestra razón práctica para discernir el verdadero bien en cada circunstancia y elegir los medios adecuados para realizarlo.
Pensamos.
Valoramos.
Consultamos.
Prevemos consecuencias.
Decidimos.
El don de consejo no elimina nada de esto.
La tradición cristiana ha visto precisamente una relación muy estrecha entre el don de consejo y la virtud de la prudencia. El Espíritu Santo perfecciona nuestra capacidad de discernir y nos hace más dóciles a su acción cuando debemos decidir concretamente.
Por tanto, cuanto más pidamos el don de consejo, menos sentido tendría comportarnos de manera imprudente.
El Espíritu Santo no ha venido a evitar que pensemos.
Ha venido para enseñarnos a pensar con Él.
«He rezado, así que no necesito informarme» no es un buen método.
Podemos espiritualizar decisiones que necesitan también datos muy concretos.
Antes de aceptar un trabajo quizá necesitemos conocer las condiciones.
Antes de tomar una decisión médica, escuchar a los médicos.
Antes de asumir una deuda, hacer números.
Antes de emitir un juicio sobre una persona, saber qué ha ocurrido realmente.
Antes de adoptar una decisión que afectará a otros, considerar sus consecuencias.
Rezar no convierte la falta de información en sabiduría sobrenatural.
Podemos decir:
«Yo confío en el Espíritu Santo».
Magnífico.
Quizá el Espíritu Santo nos inspire precisamente a leer el contrato antes de firmarlo.
La gracia no está enemistada con el sentido común.
Pero tener todos los datos tampoco resuelve siempre la decisión.
Aquí aparece la otra cara.
Podemos hacer una lista de ventajas e inconvenientes.
Consultar.
Leer.
Comparar.
Y todavía no saber qué debemos hacer.
Porque las decisiones humanas no son siempre ecuaciones.
Hay valores diferentes en juego.
Responsabilidades.
Personas.
Nuestra vocación.
El momento concreto de nuestra vida.
Aquello a lo que Dios parece llamarnos.
Dos personas pueden tener delante circunstancias exteriores parecidas y necesitar decisiones diferentes.
Aquí comprendemos por qué la vida cristiana necesita algo más que un buen sistema de cálculo.
Necesitamos un corazón disponible a Dios.
El primer consejo que necesitamos puede ser no decidir todavía.
Vivimos en una cultura de respuestas rápidas.
Llega un mensaje y parece que debemos contestar inmediatamente.
Surge un problema y queremos solucionarlo antes de terminar el día.
Aparece una oportunidad y tememos perderla si no respondemos en seguida.
Pero algunas decisiones necesitan tiempo.
No porque seamos cobardes.
Porque todavía no vemos bien.
La prisa estrecha mucho nuestro campo de visión.
Una emoción intensa puede hacernos considerar evidente aquello que, dos días después, veremos de manera completamente distinta.
El don de consejo no siempre nos impulsa a actuar.
A veces puede conducirnos sencillamente a esperar.
Y esperar también puede ser una decisión.
No decidir es distinto de aplazar eternamente.
Naturalmente, existe el extremo contrario.
Podemos llamar «discernimiento» a una dificultad crónica para comprometernos.
Llevo seis meses discerniendo.
Un año.
Tres años.
Pregunto a doce personas.
Leo otro libro.
Hago otra lista.
Espero otra señal.
Y quizá el problema ya no sea la falta de luz.
Quizá sea el miedo a decidir.
Toda elección real cierra posibilidades.
Eso puede asustarnos.
Mientras no decidimos, parece que conservamos todos los caminos abiertos.
Pero hay un momento en que la prudencia y el consejo desembocan en un acto de libertad.
Elegimos.
Y después caminamos.
No podemos exigir a Dios una certeza que elimine nuestra condición humana.
Esto resulta particularmente importante.
A veces pedimos:
«Señor, quiero saber con absoluta certeza que esta es tu voluntad».
¿Qué significaría absoluta certeza?
¿Que nunca tendremos ninguna duda?
¿Que conoceremos de antemano todas las consecuencias?
¿Que no será posible equivocarnos?
Normalmente Dios no nos da ese tipo de seguridad.
Seguimos siendo criaturas que deciden dentro del tiempo, con información limitada.
El discernimiento cristiano no elimina todo riesgo.
Nos permite tomar una decisión razonable, recta y orada, y después confiar.
Hay personas que siguen examinando una decisión incluso después de haberla tomado.
«¿Y si hubiera elegido lo otro?»
No podemos vivir permanentemente en la vida que no elegimos.
Llega un momento en que tenemos que entregar también la decisión a Dios.
Hay decisiones buenas que después resultan difíciles.
Esto también puede desconcertarnos.
Pensamos:
«Si hubiera sido voluntad de Dios, todo habría ido bien».
No necesariamente.
Seguir a Cristo no fue precisamente un camino sin dificultades para los apóstoles.
Una decisión puede ser buena y conducirnos a una etapa exigente.
Podemos aceptar justamente una responsabilidad y descubrir que pesa.
Podemos iniciar una vocación verdadera y atravesar crisis.
Podemos reconciliarnos con alguien y encontrar todavía dificultades.
La aparición de una cruz no demuestra automáticamente que nos equivocamos de camino.
Si fuera así, el Calvario habría sido la prueba definitiva de que Cristo había discernido mal.
Y una decisión equivocada puede producir inicialmente mucha comodidad.
Tampoco debemos utilizar la facilidad como único criterio.
Algo puede resultarnos agradable.
Proporcionarnos éxito.
Prestigio.
Dinero.
Tranquilidad.
Y no ser necesariamente aquello que debemos elegir.
La pregunta cristiana nunca puede reducirse a:
«¿Dónde estaré más cómodo?»
Hay veces en que comodidad y voluntad de Dios coinciden.
Gracias a Dios.
Y otras veces no.
El consejo nos ayuda a mirar la decisión desde un bien más profundo que nuestra satisfacción inmediata.
«¿Qué quiere Dios?» no significa «¿qué opción es más desagradable?».
Conviene decir también esto.
Existe una extraña espiritualidad según la cual, si tenemos delante dos opciones, la voluntad de Dios debe ser necesariamente la que menos nos apetece.
¿Por qué?
Dios no tiene una afición particular a frustrarnos.
Nuestros deseos también pueden formar parte del discernimiento.
Dios ha creado nuestra personalidad.
Nuestros talentos.
Nuestra historia.
Nuestros deseos buenos.
Todo ello puede indicar algo.
La cuestión no consiste en escoger automáticamente lo agradable ni automáticamente lo desagradable.
Consiste en preguntar con libertad:
«¿Dónde está el bien que Dios me pide ahora?»
A veces sabemos perfectamente lo que debemos hacer y no necesitamos discernir más.
Esto ocurre también.
Podemos utilizar el lenguaje del discernimiento para escapar de una obligación clara.
«Estoy discerniendo si debo perdonar».
Cristo ya ha dicho bastante sobre eso.
«Estoy discerniendo si debo devolver lo que no es mío».
No hace falta convocar una comisión teológica.
«Estoy discerniendo si debo ser fiel a mi palabra».
Si la promesa era justa, sabemos la respuesta.
El don de consejo actúa dentro de la verdad que Dios ya ha revelado.
No convierte los mandamientos en cuestiones abiertas cada vez que nos resultan incómodos.
El Espíritu Santo no contradice lo que Él mismo ha enseñado.
Este criterio es fundamental.
Una supuesta inspiración nunca puede justificar el pecado.
«Siento que Dios quiere que haga esto», cuando «esto» contradice claramente la ley moral, no constituye un discernimiento especialmente complejo.
Dios no se contradice.
El mismo Espíritu que actúa en nuestro corazón es el que ha guiado a la Iglesia y ha inspirado la Escritura.
Por eso la conciencia cristiana necesita estar formada.
Cuanto mejor conocemos la verdad, más difícil resulta confundir nuestros deseos con la voluntad divina.
Nuestro mayor problema no siempre es no saber.
A veces sabemos.
Pero no queremos.
Y esa diferencia es importante.
Podemos pasar semanas pidiendo luz sobre una situación cuando, en el fondo, sospechamos bastante bien cuál es el paso necesario.
Lo que falta quizá no sea consejo.
Sea fortaleza.
«Sé que debería tener esta conversación, pero me da miedo».
«Sé que debo pedir perdón, pero me cuesta».
«Sé que tengo que cerrar esta situación».
«Sé que debo poner un límite».
No todas las dificultades espirituales se resuelven recibiendo más información.
En ocasiones necesitamos la gracia para obedecer la luz que ya hemos recibido.
Pedir consejo exige estar dispuesto a escuchar algo que no habíamos pensado.
Esto parece obvio.
Pero no lo es.
Podemos acudir a Dios con una pregunta y llevar ya preparada la respuesta.
«Señor, dime qué quieres. Hay una opción que me parece especialmente adecuada y, casualmente, coincide exactamente con lo que quiero».
La oración verdadera deja abierta una puerta.
«Señor, si estoy viendo mal, corrígeme».
Esta es una petición muy grande.
Porque significa renunciar a utilizar la oración simplemente como una confirmación religiosa de nuestras decisiones.
Quizá una de las oraciones más sinceras sea: «No permitas que me engañe».
El autoengaño es extraordinariamente hábil.
Podemos poner nombres muy nobles a motivaciones bastante corrientes.
Llamar prudencia al miedo.
Caridad a la necesidad de agradar.
Fortaleza a la obstinación.
Sinceridad a la agresividad.
Celo a la necesidad de tener razón.
Paz a la comodidad.
Libertad a la falta de compromiso.
El Espíritu Santo conoce el corazón mejor que nosotros.
Por eso pedir consejo implica permitir también que ilumine nuestras motivaciones.
No solo:
«¿Qué debo hacer?»
Sino:
«¿Por qué quiero hacer esto?»
Una misma decisión puede nacer de motivaciones muy diferentes.
Imaginemos que decidimos guardar silencio.
Puede ser prudencia.
Puede ser caridad.
Puede ser miedo.
Puede ser resentimiento.
Puede ser una manera de castigar al otro.
Exteriormente el acto parece idéntico.
Interiormente puede ser completamente distinto.
O decidimos hablar.
Puede ser fortaleza.
Puede ser responsabilidad.
Puede ser necesidad de protagonismo.
Puede ser enfado.
Por eso el discernimiento cristiano no mira únicamente la acción.
Mira también el corazón desde el que nace.
Las emociones son información, pero no son órdenes.
Esto enlaza con lo que vimos al hablar de la templanza.
Sentir paz, miedo, entusiasmo, rechazo o inquietud puede aportar información importante.
No debemos despreciarla.
Pero tampoco podemos decir:
«Siento esto, por tanto Dios quiere esto».
Las emociones son complejas.
Podemos sentir miedo precisamente ante algo bueno que exige valor.
Podemos experimentar enorme entusiasmo ante una idea malísima.
Podemos sentir alivio después de evitar una obligación difícil.
Ese alivio no convierte la huida en voluntad de Dios.
El don de consejo ayuda a integrar nuestras emociones sin entregarles el gobierno absoluto.
Tampoco toda paz interior es automáticamente «la paz de Dios».
Podemos experimentar paz porque finalmente hemos hecho lo correcto.
Magnífico.
Pero también podemos sentir tranquilidad porque hemos dejado de luchar.
O porque hemos conseguido aquello que queríamos.
O porque hemos evitado un conflicto.
Por eso la paz puede ser un signo, pero no funciona sola como prueba infalible.
La auténtica paz cristiana convive con la verdad.
Con la caridad.
Con las obligaciones reales.
Con la comunión con Dios.
Una decisión contraria al Evangelio no se vuelve buena porque subjetivamente nos deje muy tranquilos.
El miedo tampoco demuestra que un camino sea incorrecto.
Moisés tuvo miedo.
Los profetas tuvieron miedo.
Los apóstoles conocieron el miedo.
María se turbó ante el anuncio del ángel.
La valentía cristiana no consiste en no sentir temor.
Puede ocurrir que aquello que Dios nos pide toque precisamente lugares donde somos vulnerables.
Una conversación difícil.
Una responsabilidad.
Una vocación.
Un cambio.
La pregunta no es únicamente:
«¿Me da miedo?»
Sino:
«¿Qué dice este miedo y quién debe mandar?»
Necesitamos aprender a reconocer nuestras inclinaciones habituales.
Cada persona tiene sus tendencias.
Uno decide demasiado deprisa.
Otro no decide nunca.
Uno busca siempre agradar.
Otro tiende a imponerse.
Uno asume más responsabilidades de las que puede sostener.
Otro encuentra argumentos excelentes para no asumir ninguna.
Uno llama a todo «una oportunidad».
Otro ve un peligro en cualquier novedad.
Conocernos ayuda mucho.
Porque podemos sospechar cuándo una decisión coincide demasiado cómodamente con nuestro defecto habitual.
El Espíritu Santo trabaja sobre personas reales, no sobre una humanidad teórica.
Por eso el examen de conciencia ayuda también a decidir.
No sirve únicamente para preparar la confesión.
Examinar nuestra jornada va permitiéndonos reconocer patrones.
¿En qué situaciones pierdo la paz?
¿Dónde actúo impulsivamente?
¿Qué personas despiertan en mí determinadas reacciones?
¿Cuándo tiendo a justificarme?
¿Qué decisiones después producen buenos frutos?
¿Qué ocurre cuando cedo a determinadas inclinaciones?
Poco a poco vamos conociendo nuestro terreno interior.
Y cuanto mejor conocemos el terreno, más fácil resulta distinguir algunas voces.
La oración es esencial para el don de consejo.
Francisco insistió precisamente en esto al explicar el don.
La oración crea un espacio donde el Espíritu puede hacer nuestro corazón sensible a su voz.
No necesitamos oraciones extraordinarias.
Puede bastar algo muy sencillo.
«Señor, ayúdame».
«Muéstrame qué debo hacer».
«Que no busque únicamente mi interés».
«Dame luz».
«Si me estoy engañando, corrígeme».
La cuestión no está en la cantidad de palabras.
Está en la disponibilidad.
Hay decisiones que deberían pasar primero un rato delante del sagrario.
No porque esperemos escuchar una voz.
Quizá no ocurra nada extraordinario.
Precisamente.
Nos sentamos.
Ponemos la situación delante de Cristo.
Dejamos que baje un poco el ruido.
Explicamos lo que queremos.
Lo que tememos.
Las alternativas.
Después callamos.
Muchas veces el problema no es que Dios no hable.
Es que llevamos varios días escuchándonos exclusivamente a nosotros mismos.
La adoración recoloca.
No siempre entrega una solución instantánea.
Pero vuelve a colocar la decisión delante de Aquel que verdaderamente importa.
«Señor, si estuvieras Tú en mi lugar…».
La pregunta necesita teológicamente algún matiz, porque Cristo no está «en nuestro lugar» como si ignorara nuestra situación.
Pero espiritualmente puede resultar útil mirar directamente al Evangelio:
¿Cómo actúa Jesús?
Francisco explica que el Espíritu nos orienta cada vez más hacia Cristo como modelo de nuestra manera de comportarnos.
¿Cómo trata Jesús a quien se equivoca?
¿Cuándo habla?
¿Cuándo calla?
¿Cuándo se retira?
¿Cuándo se detiene?
¿Cuándo corrige con fuerza?
¿Cuándo muestra una extraordinaria paciencia?
El Evangelio forma lentamente nuestros reflejos.
Cuanto más conocemos a Cristo, menos tenemos que comenzar cada decisión desde cero.
El consejo se aprende también mirando cómo decide Jesús.
Cristo no actúa simplemente según las expectativas ajenas.
Cuando quieren hacerlo rey, se retira.
Cuando intentan disuadirlo del camino hacia Jerusalén, continúa.
Cuando todos parecen tener prisa, puede detenerse ante un ciego.
Cuando le exigen un signo, puede negarse.
Cuando una mujer acusada está rodeada de personas dispuestas a condenarla, cambia completamente la escena.
Jesús es libre.
No gobierna su vida el aplauso.
Ni el miedo.
Ni la urgencia creada por otros.
Ni siquiera la incomprensión de quienes tiene cerca.
Su criterio es la voluntad del Padre.
Ahí está el modelo último del consejo.
No todas las urgencias son realmente urgentes.
Esto merece un apartado propio.
Hay personas y situaciones que transmiten su urgencia a todo el mundo.
«Necesito que me respondas ya».
«Hay que decidir ahora».
«Esto no puede esperar».
Quizá.
O quizá sí puede esperar.
La urgencia emocional de otro no se convierte automáticamente en obligación moral nuestra.
El don de consejo nos ayuda a mantener suficiente libertad interior para preguntar:
«¿Realmente tengo que responder ahora?»
Algunas de nuestras peores decisiones nacen simplemente de no habernos concedido una noche para pensarlas.
Dormir puede formar parte del discernimiento.
No parece muy sobrenatural.
Pero lo es bastante más que algunas alternativas.
Estamos cansados.
Enfadados.
Abrumados.
Y decidimos algo importante a las doce de la noche.
Probablemente no sea nuestro momento de máxima lucidez.
Hay problemas que a las dos de la madrugada parecen el fin del mundo y a las nueve de la mañana han recuperado proporciones algo más razonables.
La naturaleza humana también forma parte del discernimiento.
Comer.
Dormir.
Descansar.
No tomar grandes decisiones en momentos de agotamiento emocional si pueden esperar.
El Espíritu Santo no se ofende porque durmamos ocho horas antes de decidir.
Consultar es una forma de humildad.
Uno de los caminos ordinarios del consejo de Dios son otras personas.
El mismo Francisco recordó, al hablar de este don, la importancia de dejar espacio también al consejo de personas de fe, que pueden ayudarnos a reconocer la voluntad del Señor.
Esto no significa que la mayoría tenga siempre razón.
Ni que nuestra vida deba decidirse mediante encuesta.
Significa reconocer que los demás pueden ver cosas que nosotros no vemos.
Especialmente cuando estamos emocionalmente implicados.
Desde fuera algunas cosas se ven con sorprendente claridad.
Pero conviene elegir bien a quién preguntamos.
Si tenemos que tomar una decisión importante, no cualquier opinión vale lo mismo.
Necesitamos personas prudentes.
Que nos conozcan.
Que conozcan la realidad.
Que deseen nuestro bien.
Que tengan libertad para contradecirnos.
Y, si se trata de una cuestión espiritual, personas con fe y criterio.
Preguntar a veinte personas no necesariamente aumenta la luz.
Puede aumentar muchísimo el ruido.
Existe además una tentación bastante común: seguir preguntando hasta encontrar a alguien que nos diga exactamente aquello que queríamos escuchar.
Eso no es buscar consejo.
Es contratar un testigo.
Una buena persona para aconsejarnos es quien puede decirnos «no» sin miedo.
Esto vale muchísimo.
Todos necesitamos a alguien ante quien no tengamos que proteger nuestra imagen.
Alguien capaz de decir:
«Creo que aquí te estás engañando».
«No estás viendo esto».
«Estás reaccionando desde el orgullo».
«No tomes esta decisión ahora».
No significa que esa persona sea infalible.
Seguimos siendo responsables de nuestra conciencia.
Pero una vida rodeada únicamente de personas que nos dan siempre la razón es espiritualmente bastante peligrosa.
Hasta los espejos necesitan una superficie que no se adapte a nuestra cara.
La dirección espiritual tiene aquí una función importante.
No consiste en que otra persona decida nuestra vida.
Un director espiritual que quiere tomar todas las decisiones por quien acompaña está realizando mal su tarea.
La dirección ayuda a discernir.
A poner nombre a movimientos.
A descubrir autoengaños.
A confrontar la propia experiencia con el Evangelio.
A reconocer patrones.
A señalar aspectos que quizá no habíamos advertido.
Después la persona tiene que decidir libremente delante de Dios.
La verdadera dirección espiritual no crea dependencia.
Ayuda a crecer en libertad y docilidad al Espíritu.
No preguntar nunca puede ser soberbia; preguntar todo puede ser inmadurez.
Necesitamos equilibrio.
Hay personas que nunca piden consejo.
«Yo sé perfectamente lo que hago».
Quizá.
Y hay otras incapaces de decidir asuntos ordinarios sin buscar inmediatamente la aprobación de alguien.
«¿Tú qué harías?»
«¿Esto está bien?»
«¿Qué debo responder?»
La madurez cristiana aprende también a asumir responsabilidad.
Dios nos ha dado inteligencia y voluntad.
El consejo de otros nos ayuda.
No nos sustituye.
La conciencia no puede externalizarse.
Al final nadie puede vivir nuestra vida en nuestro lugar.
Podemos recibir muy buenos consejos.
Incluso consejos santos.
Pero seguimos teniendo que realizar nosotros el acto moral.
Esto da dignidad a nuestra libertad.
Y también cierta responsabilidad.
No podemos decir siempre:
«Hice esto porque me dijeron que lo hiciera».
Hay ámbitos en los que existe obediencia legítima y autoridad real, naturalmente.
Pero incluso entonces la conciencia continúa siendo un elemento central de la vida moral.
El Espíritu Santo quiere formar personas libres.
No personas que hayan aprendido a delegar su alma.
El consejo tampoco consiste en adivinar el futuro.
A veces pensamos que una buena decisión es aquella que garantiza un resultado determinado.
Pero nosotros no conocemos el futuro.
Podemos actuar prudentemente y aparecer después circunstancias imprevistas.
Una buena decisión se juzga por la luz disponible en el momento, la intención, el objeto, las circunstancias y la rectitud con que buscamos el bien.
No por una omnisciencia que no poseemos.
Esto puede liberarnos de mucho remordimiento retrospectivo.
«Si hubiera sabido que después ocurriría esto…»
Pero no lo sabíamos.
La pregunta justa es:
«¿Con lo que razonablemente podía saber entonces, decidí delante de Dios con rectitud?»
No debemos juzgar nuestras decisiones antiguas con información que solo tuvimos después.
Es una injusticia bastante común contra nosotros mismos.
Hoy sabemos cosas que hace cinco años ignorábamos.
Y revisamos una decisión pasada como si aquella versión nuestra hubiera dispuesto de la información actual.
No.
Podemos reconocer errores reales.
Aprender.
Pedir perdón si corresponde.
Pero no necesitamos inventar culpas por no haber sabido lo que no podíamos saber.
El consejo de Dios actúa en nuestra historia real.
No en una vida imaginaria en la que poseemos todos los datos del futuro.
Dios puede trabajar también con nuestras decisiones imperfectas.
Esto debería darnos mucha paz.
Naturalmente queremos acertar.
Debemos discernir.
Pero nuestra salvación no depende de haber tomado siempre la decisión perfecta.
Si fuera así, estaríamos todos en una situación complicada.
Nos equivocaremos.
Elegiremos algunas veces una opción que después descubriremos que no era la mejor.
Dios no queda entonces desconcertado.
Puede trabajar también desde ahí.
La providencia es mucho mayor que nuestra capacidad para acertar.
Esto no justifica decidir de cualquier manera.
«Dios lo arreglará» no es discernimiento.
Sería presunción.
Precisamente porque Dios nos ha dado libertad debemos utilizarla responsablemente.
Hay que pensar.
Consultar.
Rezar.
Formarnos.
Examinar nuestras motivaciones.
Y después decidir.
La confianza en la providencia comienza donde termina nuestra responsabilidad razonable.
No donde empieza nuestra pereza.
Una decisión cristiana pregunta también por los demás.
Tenemos tendencia a plantear las decisiones desde nosotros.
¿Qué me conviene?
¿Qué quiero?
¿Qué me hace feliz?
¿Qué me permitirá avanzar?
Son preguntas legítimas.
Pero no suficientes.
Vivimos vinculados a otros.
Tenemos responsabilidades.
Promesas.
Comunidades.
Familias.
Personas que dependen de nosotros.
La caridad entra dentro del discernimiento.
Una posibilidad magnífica para mí puede resultar incompatible con obligaciones que libremente asumí antes.
El Espíritu Santo no nos enseña una libertad individualista.
Nos introduce en la comunión.
«Puedo hacerlo» no significa «debo hacerlo».
Otra distinción importante.
Tenemos derecho.
Podemos.
Nadie podría reprochárnoslo.
Y, sin embargo, quizá la caridad sugiera otra cosa.
San Pablo conoce muy bien esta lógica.
No todo se resuelve preguntando únicamente por lo permitido.
Existe también la pregunta por lo conveniente, lo edificante, lo que sirve verdaderamente al bien.
El don de consejo amplía nuestro horizonte moral.
No pregunta solo:
«¿Está prohibido?»
Pregunta:
«¿Qué construye aquí?»
A veces el consejo nos llevará a renunciar a un derecho.
No porque el derecho deje de existir.
Porque puede haber un bien mayor.
Puedo exigir una explicación.
Quizá sea mejor esperar.
Puedo contestar.
Quizá el silencio sea más fecundo.
Puedo defender mi posición hasta el final.
Quizá la caridad me permita ceder en algo secundario.
Esto requiere mucha libertad.
Quien necesita utilizar siempre todos sus derechos termina siendo bastante esclavo de ellos.
Cristo era libre incluso para renunciar.
Otras veces el consejo nos obligará precisamente a hablar.
El silencio no es siempre virtud.
Podemos callar por miedo.
Por comodidad.
Para evitar problemas.
Hay situaciones en las que debemos decir algo.
Defender a alguien.
Señalar una injusticia.
Corregir.
Poner un límite.
Decir que no.
La mansedumbre cristiana no equivale a incapacidad de conflicto.
Jesús supo guardar silencio ante Pilato y también supo volcar las mesas del templo.
El problema es que nosotros tenemos que discernir cuál de las dos escenas corresponde hoy.
Ahí necesitamos consejo.
Una palabra correcta en un momento equivocado puede causar mucho daño.
Podemos tener toda la razón.
Y escoger el peor momento posible para decirla.
La persona está alterada.
Cansada.
Rodeada de gente.
Y decidimos que ha llegado la gran ocasión para realizar una corrección fraterna completa.
Quizá no.
El bien tiene también un tiempo.
El don de consejo afecta no solo a qué decimos.
También a cuándo, cómo y a quién.
Francisco lo expresaba precisamente como la gracia de comprender el modo justo de hablar y comportarnos.
Aconsejar a otros es una responsabilidad delicada.
Hasta ahora hemos hablado principalmente de recibir consejo.
Pero llegará el momento en que alguien nos pregunte:
«¿Tú qué harías?»
Conviene entonces recordar que estamos entrando en una zona sagrada de la libertad ajena.
No debemos responder con ligereza.
A veces la respuesta adecuada será:
«No lo sé».
O:
«Necesito pensarlo».
O:
«Creo que deberías hablar con alguien que conozca mejor este asunto».
Dar consejo no significa tener una opinión disponible sobre todo.
El buen consejero no intenta fabricar una copia de sí mismo.
Esto es especialmente importante.
Podemos aconsejar a otro lo que nosotros haríamos.
Pero aquella persona no es nosotros.
Tiene otra historia.
Otra vocación.
Otros dones.
Otras obligaciones.
Un buen consejo intenta ayudar al otro a descubrir su respuesta delante de Dios.
No introducirlo en nuestra biografía.
«A mí me funcionó» puede ser un dato útil.
No una ley universal.
A veces aconsejamos porque nos cuesta soportar que el otro decida de manera distinta.
Eso también merece examen.
Decimos:
«Te lo digo por tu bien».
Puede ser verdad.
Pero después la persona no sigue nuestro consejo y nos enfadamos muchísimo.
Quizá había algo más.
Necesitábamos que reconociera nuestra razón.
El auténtico consejo respeta la libertad.
Podemos advertir.
Explicar.
Incluso, según nuestra responsabilidad, establecer límites.
Pero no somos el Espíritu Santo de los demás.
Es una vacante que no necesita ser cubierta.
También podemos aconsejar demasiado deprisa porque el dolor ajeno nos incomoda.
Una persona viene con un problema.
Nos duele verla sufrir.
Y queremos solucionarlo.
Entonces disparamos recomendaciones.
Haz esto.
Habla con aquel.
Déjalo.
Continúa.
Quizá todavía no hemos entendido la pregunta.
El consejo verdadero comienza muchas veces escuchando.
La persona necesita contar.
Ordenar.
Escucharse a sí misma.
A veces, después de hablar, descubre ella misma lo que debe hacer.
Y nuestro gran consejo ha consistido en haber sabido callar durante veinte minutos.
El Espíritu Santo puede aconsejarnos a través de personas muy sencillas.
Francisco contó, en su catequesis sobre este don, el ejemplo de una madre creyente cuyo consejo ayudó profundamente a su hijo. Quería mostrar precisamente que el Espíritu actúa también a través de la comunidad y de personas humildes que viven abiertas a Dios.
No debemos pensar que el buen consejo llegará siempre de alguien impresionante.
Puede venir de una madre.
Un amigo.
Un sacerdote.
Una persona mayor.
Alguien que conoce nuestra vida.
Incluso alguien que, en principio, no habíamos considerado especialmente preparado para enseñarnos nada.
Dios posee cierta libertad para escoger sus mensajeros.
La Sagrada Escritura está llena de personas que necesitaron consejo.
Moisés tuvo a Jetró.
David escuchó algunas veces buenos consejos y otras no.
Los apóstoles tuvieron que discernir juntos problemas nuevos.
San Pablo consulta, dialoga y aconseja continuamente a las comunidades.
El cristianismo nunca ha presentado la vida espiritual como un ejercicio de autosuficiencia.
Somos un pueblo.
Discernimos personalmente, pero dentro de una comunidad.
Esto corrige dos extremos: vivir sometidos a la opinión de todo el mundo y creer que nunca necesitamos escuchar a nadie.
El consejo y la comunidad eclesial pertenecen juntos.
Hay decisiones personales que nadie puede tomar por nosotros.
Pero nuestra fe no es privada.
Tenemos una Iglesia.
Una tradición.
Una enseñanza.
Pastores.
Personas con experiencia espiritual.
No estamos obligados a reinventar el cristianismo cada mañana.
Siglos de vida cristiana han acumulado una enorme sabiduría práctica.
Leer a los santos puede ser también recibir consejo.
Descubrimos que determinadas luchas que considerábamos completamente nuevas llevan acompañando a los cristianos desde hace bastante tiempo.
Y que quizá ya existen caminos probados.
No toda novedad interior exige una acción inmediata.
Este criterio puede evitar bastantes errores espirituales.
Sentimos un deseo nuevo.
Una idea.
Una posible llamada.
Muy bien.
Podemos recibirla con gratitud.
Y observarla.
¿Permanece?
¿Crece?
¿Es coherente con nuestras obligaciones?
¿Produce buenos frutos?
¿Resiste la oración y el consejo?
No necesitamos convertir cada movimiento interior en una decisión al día siguiente.
Dios sabe repetir las cosas cuando lo necesita.
La verdadera llamada no suele quedar destruida porque la sometamos prudentemente a discernimiento.
Pero tampoco debemos sofocar cada inspiración porque altera nuestros planes.
Aquí vuelve el equilibrio.
Podemos ser tan prudentes que terminemos completamente inmóviles.
«Hay que discernir».
Y a fuerza de discernir no hacemos nunca nada.
Los dones del Espíritu Santo, recuerda el Catecismo, hacen al creyente dócil para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas.
Hay un momento para examinar.
Y un momento para responder.
Cuando la luz es suficiente, quizá Dios espera que demos el paso.
«Hoy, si escucháis su voz…».
La Escritura contiene esta urgencia.
Hoy.
No algún día ideal en el que no tengamos miedo, dudas ni problemas.
Hoy.
Algunas gracias tienen un momento.
Una conversación que debemos iniciar.
Una reconciliación.
Una llamada.
Una decisión.
Si sabemos claramente qué bien debemos hacer, aplazarlo indefinidamente puede ir endureciendo el corazón.
La docilidad también contiene rapidez.
No impulsividad.
Pero sí disponibilidad.
El consejo ayuda especialmente en las situaciones pequeñas.
Podemos pensar en grandes decisiones vocacionales.
Y naturalmente resulta importantísimo allí.
Pero este don actúa también en una mañana cualquiera.
¿Respondo a este mensaje ahora o espero?
¿Sigo insistiendo o dejo espacio?
¿Hago esta corrección?
¿Pregunto cómo está esa persona?
¿Interrumpo lo que estoy haciendo para atender a alguien?
¿Me conviene entrar en esta discusión?
¿Necesito justificarme?
¿Debo pedir perdón?
La mayor parte de nuestra santidad no se decide en cinco grandes elecciones.
Se construye mediante miles de pequeñas respuestas.
Hay una forma de docilidad que va creando reflejos cristianos.
Al principio tenemos que pensar mucho determinadas cosas.
Con el tiempo, si vivimos cerca de Dios, algunas respuestas se vuelven más espontáneas.
No porque dejemos de ser libres.
Porque nuestro corazón ha sido educado.
Una persona caritativa detecta más fácilmente cuándo alguien necesita ayuda.
Una persona humilde pide perdón antes.
Una persona prudente reconoce antes una conversación inútil.
El Espíritu Santo va afinando algo dentro.
Esto quizá sea una de las formas más discretas y hermosas del don de consejo.
No necesitamos sentir que estamos utilizando un don.
La vida espiritual no consiste en ir etiquetando cada experiencia.
«Ahora estoy bajo el don de consejo».
Probablemente no haga falta.
Los dones del Espíritu pueden actuar de manera muy silenciosa.
Una decisión que tomamos con claridad.
Una palabra que nos viene oportunamente.
La intuición de que debemos callar.
La decisión de esperar.
Una llamada que hacemos.
No tiene por qué haber música de fondo ni experiencia extraordinaria.
La gracia es mucho más cotidiana de lo que imaginamos.
Los frutos ayudan a confirmar los caminos.
Jesús dice que el árbol se conoce por sus frutos.
Una decisión tomada delante de Dios puede ir produciendo verdad, libertad, caridad, humildad, fidelidad y paz profunda.
Eso no significa ausencia de dificultad.
Podemos sufrir.
Pero quizá dentro de esa dificultad exista una creciente unificación interior.
Por el contrario, una decisión que alimenta sistemáticamente mentira, aislamiento, soberbia, resentimiento o doble vida merece ser revisada.
Los frutos no siempre aparecen inmediatamente.
Pero importan.
Hay decisiones que debemos revisar.
Tomar una decisión no significa convertirla automáticamente en dogma.
Algunas son irreversibles por su propia naturaleza.
Otras no.
Podemos comenzar un camino y descubrir nuevos datos.
No es necesariamente fracaso.
La prudencia sabe revisar.
La obstinación dice:
«Como yo decidí esto, tengo que mantenerlo aunque ahora vea claramente que estaba equivocado».
Eso no es fidelidad.
Puede ser orgullo.
Una persona dócil al Espíritu también sabe corregir el rumbo.
Pero cambiar constantemente de decisión tampoco es libertad.
Hay personas que deciden hoy.
Mañana vuelven a examinarlo.
Pasado mañana cambian.
Después regresan a lo primero.
Cada nueva emoción reabre todo el proceso.
Eso agota.
A nosotros.
Y a quienes nos rodean.
Una vez realizado un discernimiento serio, llega un momento en que necesitamos cierta firmeza.
Caminar permite ver cosas que nunca veremos permaneciendo eternamente en el cruce de caminos.
La Virgen nos enseña también el consejo.
En Caná pronuncia una frase extraordinaria:
«Haced lo que Él os diga».
Probablemente no exista una síntesis más breve del don de consejo.
No dice:
«Haced lo que yo imagine que Jesús podría decir».
Ni:
«Haced lo que os resulte más cómodo».
Señala a Cristo.
Escuchadlo.
Y hacedlo.
María realiza además algo muy hermoso: percibe una necesidad antes de que el problema se convierta en una humillación pública.
Ve.
Intercede.
Después deja el asunto en manos de Jesús.
También eso es sabiduría al aconsejar.
No ocupar el lugar de Cristo.
Llevar a otros hacia Él.
El buen consejo siempre termina haciendo menos necesario al consejero.
Esto vale para padres, educadores, sacerdotes, directores espirituales y amigos.
Si aconsejamos bien, la otra persona debería crecer poco a poco en libertad, responsabilidad y capacidad de discernir.
No necesitar cada vez más nuestra opinión.
Un padre educa para que el hijo pueda caminar.
Un maestro enseña para que el alumno pueda pensar.
Un director espiritual acompaña para que la persona escuche cada vez mejor a Dios.
El mal acompañamiento crea dependencia.
El bueno crea libertad.
Pedir consejo al Espíritu Santo es pedir también libertad interior.
Porque muchas veces sabemos lo que es bueno, pero estamos demasiado atados a algo.
Al resultado.
A una persona.
Al reconocimiento.
A una imagen de nosotros mismos.
A un proyecto.
Mientras necesitemos desesperadamente que una de las opciones sea la correcta, resultará difícil discernir con libertad.
San Ignacio insistió mucho en esta disposición interior.
No desinterés.
No apatía.
Libertad.
Poder decir:
«Señor, tengo una preferencia. Pero quiero preferir finalmente aquello que más me conduzca hacia Ti».
La indiferencia ignaciana no significa que todo nos dé igual.
Significa estar suficientemente libres para elegir según Dios.
Puedo desear salud y estar dispuesto a servir a Dios también en la enfermedad.
Puedo preferir reconocimiento y aceptar que la fidelidad pase desapercibida.
Puedo querer éxito y no traicionar el bien para conseguirlo.
No somos piedras.
Tenemos deseos.
La cuestión es quién ocupa el primer lugar.
Cuando Dios puede estar realmente por encima de la opción concreta, el discernimiento respira mejor.
A veces necesitamos renunciar a imaginar continuamente la vida alternativa.
Tomamos una decisión.
Y comenzamos a pensar:
«Si hubiera elegido lo otro…»
Probablemente la otra posibilidad no habría sido tan perfecta como la imaginamos.
Las vidas no elegidas poseen una ventaja enorme: no tienen problemas reales.
Solo existen en nuestra imaginación.
El camino elegido tiene facturas, cansancio, dificultades y lunes por la mañana.
El otro tiene únicamente posibilidades.
No es una comparación justa.
La fidelidad necesita dejar de alimentar continuamente universos paralelos.
Dios está en la vida que tenemos.
Esto no significa que nunca debamos cambiar.
Puede que tengamos que hacerlo.
Pero el punto de partida de todo discernimiento es la realidad.
Esta edad.
Estas obligaciones.
Esta historia.
Estos dones.
Estas limitaciones.
Estas personas.
No la persona que habría sido si hubiera tomado otra decisión hace veinte años.
Dios actúa aquí.
El don de consejo no nos ayuda a reconstruir una vida imaginaria.
Nos ayuda a reconocer qué bien es posible hoy.
Cuando nos equivocamos, también podemos pedir consejo.
A veces el discernimiento comienza después del error.
«Señor, he hecho esto. ¿Y ahora qué?»
Qué importante es esa pregunta.
No podemos volver atrás.
Pero podemos decidir la respuesta.
Pedir perdón.
Reparar.
Aceptar consecuencias.
Aprender.
Cambiar.
Empezar otra vez.
Dios no trabaja únicamente con personas que han elegido perfectamente.
Trabaja con Pedro después de la negación.
Con Pablo después de perseguir a la Iglesia.
Con nosotros después de nuestros errores.
La gracia también sabe encontrar caminos desde lugares donde nosotros no habríamos querido estar.
El don de consejo nos libra de dos tiranías.
La primera es pensar que todo depende de nosotros.
Si me equivoco, mi vida estará definitivamente arruinada.
No.
Tenemos que decidir responsablemente.
Pero Dios es mayor que nuestros errores.
Y la segunda tiranía es pensar que nada depende de nosotros.
«Lo que Dios quiera».
Dicho a veces para no asumir responsabilidad.
Tampoco.
Dios nos ha dado libertad.
Quiere nuestra cooperación.
El consejo cristiano vive justamente entre ambas verdades.
Yo debo decidir.
Y Dios sigue siendo Dios.
Un examen sobre el don de consejo.
Podemos preguntarnos con serenidad: ¿cómo tomo normalmente mis decisiones? ¿Soy impulsivo o tiendo a aplazarlas indefinidamente? ¿Pido a Dios luz antes de decidir o solo le pido después que bendiga lo que ya he decidido? ¿Tengo libertad para aceptar una respuesta distinta de la que deseo? ¿Sé distinguir una obligación moral clara de una situación que realmente necesita discernimiento? ¿Utilizo alguna vez el «discernimiento» para aplazar algo que sé perfectamente que debo hacer?
¿Me informo suficientemente antes de decidir? ¿O espiritualizo cuestiones que necesitan también datos, experiencia y sentido común? ¿Conozco mis tendencias habituales: miedo, necesidad de agradar, precipitación, rigidez, comodidad, deseo de protagonismo? ¿Sé que mis emociones proporcionan información pero no constituyen por sí mismas la voz de Dios? ¿Confundo a veces alivio con paz espiritual? ¿Interpreto cualquier dificultad posterior como señal de que tomé una mala decisión?
¿Tengo personas prudentes a las que puedo pedir consejo? ¿Son personas capaces de contradecirme? ¿O pregunto principalmente a quienes sé que estarán de acuerdo conmigo? ¿Sigo preguntando hasta encontrar la respuesta que quiero? ¿Soy capaz también de decidir sin necesitar la aprobación permanente de otros? ¿Mi manera de pedir dirección o acompañamiento me hace más libre o más dependiente?
Cuando alguien me pide consejo, ¿escucho antes de responder? ¿Sé decir «no lo sé»? ¿Aconsejo desde lo que necesita esa persona o desde lo que yo haría? ¿Respeto su libertad? ¿Me enfado cuando no sigue mi consejo? ¿Puedo reconocer que quizá otra persona vea una situación de manera distinta y legítima?
¿Sé esperar cuando no tengo luz suficiente? ¿Y sé actuar con prontitud cuando el bien aparece claro? ¿Reviso mis decisiones cuando hay razones serias o las mantengo simplemente por orgullo? ¿Vuelvo continuamente sobre decisiones ya tomadas alimentando la fantasía de otra vida posible? ¿Soy capaz de confiar en que Dios también puede trabajar con mis errores?
Y quizá podamos resumir todo con una sola pregunta:
¿cuando tengo que decidir busco verdaderamente la voluntad de Dios o busco principalmente una manera religiosa de justificar lo que ya quería hacer?
«Señor, aconsejame».
El salmo dice:
«Bendeciré al Señor que me aconseja; hasta de noche me instruye internamente».
Es una imagen preciosa.
Dios no nos abandona delante de nuestras decisiones.
Nos ha dado su Espíritu.
Pero tampoco nos trata como criaturas incapaces de pensar y elegir.
Nos acompaña desde dentro.
Podemos pedir:
Señor, aconsejame cuando no sepa qué hacer.
Pero antes, haz mi corazón suficientemente libre para escuchar.
Que no llame inspiración a mis caprichos.
Que no llame prudencia a mi miedo.
Que no llame fidelidad a mi obstinación.
Que no llame paz a la comodidad.
Que no llame sinceridad a mi necesidad de herir.
Dame claridad para reconocer lo que ya sé.
Paciencia cuando tenga que esperar.
Fortaleza cuando llegue el momento de actuar.
Humildad para pedir consejo.
Y libertad para asumir después mi responsabilidad.
Pon a mi lado personas que sepan decirme la verdad.
Y hazme suficientemente humilde para escucharlas.
Cuando sea yo quien tenga que aconsejar a otro, líbrame del deseo de dirigir su vida.
Enséñame a escuchar.
A respetar.
A hablar cuando deba hablar.
Y a callar cuando mis palabras solo añadirían ruido.
Sobre todo, vuelve continuamente mis ojos hacia Cristo.
Que aprenda su manera de mirar.
Su libertad ante el aplauso.
Su paciencia.
Su firmeza.
Su capacidad para detenerse.
Su valentía para continuar.
Su obediencia al Padre.
Porque el don de consejo no consiste en recibir una hoja con las respuestas correctas para toda la vida.
Consiste en algo más profundo.
En que el Espíritu Santo vaya formando dentro de nosotros la sensibilidad de Cristo.
Hasta que, poco a poco, nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestras decisiones aprendan a orientarse hacia el corazón de Dios.
Entonces quizá dejaremos de preguntar únicamente:
«¿Qué me conviene?»
«¿Qué quiero?»
«¿Qué hará que todo sea más fácil?»
Y aparecerá una pregunta más sencilla y mucho más libre:
«Señor, ¿qué quieres que haga aquí y ahora?»
Después habrá que escuchar.
Y después, cuando llegue la luz suficiente, habrá que hacer algo que resulta todavía más difícil:
obedecerla.
En el próximo artículo hablaremos del cuarto don del Espíritu Santo: la fortaleza.
Ya hemos hablado de la fortaleza como virtud cardinal. Ahora veremos por qué aparece otra vez entre los dones y qué cambia cuando no se trata simplemente de entrenar nuestra capacidad humana para resistir, sino de experimentar que, allí donde nuestras fuerzas empiezan a terminarse, el Espíritu Santo puede sostener una fidelidad que nosotros solos no habríamos conseguido explicar.
@sacerdosmariae
Imagen: Michelangelo Merisi da Caravaggio, La vocación de san Mateo, 1599-1600, iglesia de San Luis de los Franceses, Roma. Cristo entra en una escena cotidiana y señala a Mateo. La llamada reclama una decisión: seguir sentado ante la mesa o levantarse y seguir a Cristo. Una imagen especialmente sugerente para el don de consejo, por el que el Espíritu Santo ilumina nuestra inteligencia práctica y hace el corazón dócil para reconocer, en las circunstancias concretas de la vida, el camino por el que Dios nos llama.
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