La Cruz levantada para que tengamos vida.

La Cruz levantada para que tengamos vida.

Homilía de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. 14 de septiembre.

Hay símbolos cristianos que, de tanto verlos, corren el peligro de dejar de sorprendernos. Y probablemente ninguno como la cruz.

La tenemos en nuestras iglesias. La llevamos al cuello. Preside nuestras casas. La trazamos sobre nosotros al comenzar la oración. Está junto a nuestros difuntos. Pero la cruz no nació como un objeto religioso ni como un adorno piadoso. Era un instrumento de tortura y de muerte. Era el lugar reservado para quien debía morir públicamente, humillado y rechazado.

Y precisamente eso es lo que hoy la Iglesia exalta.

No exaltamos el sufrimiento por el sufrimiento. No celebramos el dolor. No creemos que Dios disfrute viendo sufrir al hombre. Exaltamos la Cruz porque en ella Cristo ha transformado aquello que era signo de muerte en fuente de vida.

Mirar para vivir.

La primera lectura nos lleva al desierto. Israel se cansa del camino. Protesta contra Dios y contra Moisés. El pueblo que había sido liberado de Egipto comienza a olvidar todo lo que el Señor ha hecho por él.

Entonces aparecen las serpientes y muchos israelitas mueren.

Pero Dios ofrece también el remedio. Ordena a Moisés levantar una serpiente de bronce:

«Todo el que sea mordido y la mire, vivirá».

Resulta sorprendente. Dios podría haber hecho desaparecer simplemente las serpientes. Sin embargo, propone algo distinto: mirar aquello que recuerda la herida para recibir precisamente allí la curación.

Jesús aplicará esta imagen a sí mismo:

«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre».

Cristo será levantado sobre la Cruz.

Y desde entonces el cristiano sabe dónde mirar cuando llega el sufrimiento.

No siempre podemos comprender por qué ocurren determinadas cosas. Hay enfermedades que no esperábamos. Fracasos que parecen absurdos. Personas que nos decepcionan. Pecados propios que nos avergüenzan. Pérdidas que dejan un vacío que nadie puede llenar.

La fe cristiana no ofrece una explicación fácil para cada sufrimiento.

Hace algo mucho más grande.

Nos muestra a Cristo crucificado.

Y nos dice: mira ahí.

Porque antes de preguntarnos dónde está Dios cuando sufrimos, el Evangelio nos muestra dónde está Dios: en la Cruz, sufriendo con nosotros y por nosotros.

Tanto amó Dios al mundo.

El Evangelio contiene una de las frases más hermosas de toda la Escritura:

«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único».

Aquí está el corazón del cristianismo.

Todo comienza con el amor de Dios.

No somos nosotros quienes hemos conseguido llegar hasta Dios. Es Dios quien ha descendido hasta nosotros.

Y ha descendido hasta el lugar más oscuro de la existencia humana: la muerte.

Por eso la Cruz nos dice algo decisivo sobre Dios. Nos dice que Dios no observa desde lejos nuestras heridas. Ha querido entrar en ellas.

Cristo conoce el cansancio.

Conoce el abandono.

Conoce la traición.

Conoce la injusticia.

Conoce la soledad.

Conoce el dolor.

Conoce incluso la muerte.

Por eso ningún hombre puede decir que existe un rincón de su sufrimiento donde Cristo no haya estado antes.

La Cruz ha quedado plantada precisamente allí.

No bajó de la Cruz.

Durante la Pasión algunos se burlaban de Jesús diciendo:

«Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

Pero Cristo no bajó.

Y ahí está uno de los grandes misterios de nuestra fe.

Nosotros probablemente habríamos escrito la historia de otra manera. Habríamos imaginado que la victoria de Dios consistiría en destruir a sus enemigos, bajar espectacularmente de la Cruz y demostrar quién tenía razón.

Pero Dios vence de otra manera.

Cristo vence permaneciendo.

Permanece amando.

Permanece perdonando.

Permanece entregándose.

Permanece confiando en el Padre.

Hasta el final.

El mal espera provocar más mal. El odio quiere producir odio. La violencia pretende engendrar violencia.

Y Cristo rompe esa cadena.

Clavado en la Cruz responde con amor.

Por eso la Cruz es victoria.

No porque el sufrimiento sea bueno, sino porque el amor de Cristo es más fuerte que todo el mal que puede producir el pecado.

También nosotros tenemos nuestras cruces.

Ser cristiano no significa buscar sufrimientos artificialmente. Bastantes trae ya la vida.

Pero cuando llegan, podemos vivirlos de dos maneras.

Podemos vivirlos solos, encerrados en nosotros mismos, convirtiéndolos poco a poco en amargura.

O podemos unirlos a Cristo.

La enfermedad puede convertirse en oración.

La soledad puede convertirse en intercesión.

Una humillación puede enseñarnos humildad.

Una dificultad puede purificar nuestro corazón.

Un fracaso puede devolvernos a lo esencial.

Incluso nuestras heridas pueden convertirse en lugares desde los cuales comprendamos mejor las heridas de los demás.

Eso hace Cristo con la Cruz.

No niega el dolor.

Lo redime.

Y eso mismo puede hacer con nuestra vida.

Levantar los ojos.

Hay momentos en los que pasamos demasiado tiempo mirando nuestras heridas.

Miramos lo que perdimos.

Miramos lo que salió mal.

Miramos las palabras que nos hicieron daño.

Miramos nuestro pecado.

Miramos nuestras limitaciones.

Hoy la Iglesia nos invita a levantar la mirada.

No para fingir que no pasa nada.

Sino para mirar más alto.

Mirar al Crucificado.

Porque sobre la Cruz está Aquel que puede decirnos:

Tu sufrimiento no es inútil.

Tu pecado no tiene la última palabra.

Tu muerte tampoco tendrá la última palabra.

La Cruz que parecía anunciar la derrota se ha convertido en el trono del Rey.

El instrumento de ejecución se ha convertido en árbol de vida.

El lugar de la vergüenza se ha convertido en signo de gloria.

Por eso hoy la Iglesia no esconde la Cruz.

La levanta.

La muestra.

La besa.

La proclama.

Porque allí descubrimos hasta dónde llega el amor de Dios.

Y cuando hoy hagamos la señal de la cruz quizá podamos hacerla un poco más despacio.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Es el signo que resume nuestra vida.

Fuimos creados por amor.

Fuimos redimidos por amor.

Y estamos llamados a vivir eternamente en ese amor.

Señor Jesús, cuando llegue la cruz a nuestra vida, concédenos no huir de ti. Enséñanos a levantar los ojos, a contemplarte crucificado y a descubrir que allí donde parecía vencer la muerte comenzó para nosotros la Vida.

@sacerdosmariae

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