¿Por qué tantos Venerables no llegan nunca a Beatos?
¿Por qué tantos Venerables no llegan nunca a Beatos?
Hay algo que desde hace tiempo me preocupa.
De vez en cuando asistimos a una conferencia sobre una causa de canonización. Nos hablan de un sacerdote, una religiosa, un laico, una madre de familia o un joven cuya vida fue extraordinariamente santa. Nos explican que la Iglesia ha estudiado su vida durante años y que ha reconocido que practicó heroicamente las virtudes cristianas.
Es Venerable.
Y allí se queda.
Pasan diez años. Veinte. Cincuenta. A veces un siglo.
Y uno termina preguntándose: ¿qué falta?
Muchas veces, entre otras cosas, falta precisamente aquello que los cristianos de otras generaciones entendían con bastante naturalidad: invocar su intercesión.
La Iglesia no fabrica santos.
Conviene comenzar por aquí.
Un proceso de canonización no convierte a una persona en santa.
Si alguien murió unido a Dios y participa ya de su gloria, es santo aunque nunca exista sobre él un expediente en Roma.
La Iglesia no abre las puertas del cielo mediante un decreto.
Lo que hace es otra cosa: investiga y, cuando alcanza la certeza moral necesaria, reconoce solemnemente que aquella persona vivió en fidelidad extraordinaria al Evangelio y puede ser propuesta a los fieles como modelo e intercesor.
Por eso podríamos decirlo así:
La canonización no aumenta el censo del cielo. Aumenta la luz que desde el cielo puede alumbrar públicamente a la Iglesia en la tierra.
¿Cómo llega alguien a los altares?
Simplificando mucho, en una causa ordinaria basada en el ejercicio heroico de las virtudes encontramos varias etapas.
Cuando comienza oficialmente la causa, hablamos de Siervo de Dios.
La Iglesia estudia su vida, sus escritos, sus testimonios, las posibles dificultades y también aquello que pudiera hablar en contra de la causa. No se trata de escribir una biografía piadosa, sino de buscar la verdad.
Cuando el Papa autoriza el decreto por el que se reconoce que aquella persona vivió las virtudes cristianas en grado heroico, pasa a ser llamada Venerable.
Y aquí comienza precisamente el problema que quiero señalar.
Para la beatificación de un Venerable se requiere ordinariamente el reconocimiento de un milagro atribuido a su intercesión. El propio Reglamento de la Consulta Médica del Dicasterio habla expresamente del milagro requerido para la beatificación de los Venerables y para la canonización de los Beatos.
En las causas de martirio no se exige milagro para la beatificación. Para la posterior canonización sí se requiere normalmente uno.
Y desde 2017 existe además otra vía introducida por el Papa Francisco: el ofrecimiento de la vida, para quienes, movidos por la caridad, ofrecen libremente su vida aceptando una muerte cierta y próxima por amor. También en este caso se requiere un milagro para la beatificación.
Y aquí entramos nosotros.
Porque un milagro atribuido a la intercesión de un Venerable difícilmente podrá estudiarse si nadie le pide nada.
Parece elemental.
Pero creo que lo hemos olvidado.
Durante generaciones era relativamente frecuente encontrar estampas de Siervos de Dios o Venerables con una oración pidiendo a Dios una gracia por su intercesión.
La gente las llevaba en el misal. Las guardaba en un cajón. Se las daba a un enfermo. Una madre rezaba por un hijo. Una religiosa pedía por una vocación. Una familia encomendaba una enfermedad grave.
No había ninguna superstición en ello.
Era sencillamente la fe católica funcionando con naturalidad.
Y no es una costumbre irrelevante para las causas. La normativa de la Iglesia habla expresamente de la fama de gracias y favores, es decir, de la convicción extendida entre los fieles de que han recibido gracias de Dios mediante la intercesión de aquel Siervo de Dios.
Más aún. El Reglamento de los Postuladores aprobado durante el pontificado de Francisco establece entre las tareas del postulador divulgar el conocimiento del Siervo de Dios y fomentar su intercesión.
Por tanto, pedir la intercesión de quienes están camino de los altares no es una rareza marginal.
Forma parte de la vida misma de una causa.
Pero ¿no está prohibido darles culto?
Aquí hay que distinguir.
El Derecho Canónico establece que sólo pueden recibir culto público quienes han sido inscritos por la autoridad de la Iglesia entre los Beatos o los Santos.
Y Sanctorum Mater insiste expresamente en que un Siervo de Dios no debe recibir culto público eclesiástico antes de la correspondiente autorización de la Santa Sede. Pero añade inmediatamente algo muy importante: esto no impide en modo alguno la devoción privada ni la difusión espontánea de su fama de santidad y de las gracias recibidas por su intercesión.
Ahora bien: «devoción privada» no quiere decir «devoción secreta».
Ni significa necesariamente rezar a solas.
Lo que no puede hacerse es anticipar el juicio de la Iglesia y tributarle el culto litúrgico que corresponde a los Beatos y Santos.
No podemos establecer por nuestra cuenta su fiesta litúrgica. Ni celebrar una Misa en su honor como si ya fuera Beato. Ni introducirlo en la liturgia como alguien cuyo culto hubiera sido aprobado por la Iglesia.
Pero sí podemos conocer su vida.
Podemos divulgarla.
Podemos tener su estampa.
Podemos utilizar una oración aprobada para pedir su beatificación.
Podemos decir:
«Señor, si es para tu gloria, concédeme esta gracia por intercesión del Venerable N.»
Y podemos rezarlo juntos.
No rezamos al Venerable como si fuera Dios.
Otra precisión necesaria.
El milagro siempre lo hace Dios.
La gracia siempre procede de Dios.
Cuando pedimos la intercesión de la Virgen, de San José, de un Santo o de alguien cuya causa está abierta, no estamos colocando otra fuente de poder junto a Dios.
Estamos pidiendo a un miembro glorificado —esperamos que lo esté, cuando todavía no existe el juicio definitivo de la Iglesia— que interceda ante el único Señor.
Es exactamente la lógica de la comunión de los santos.
Por eso la formulación correcta es muy hermosa:
pedimos a Dios una gracia por intercesión de alguien.
¿Y si ocurre algo extraordinario?
Aquí también hemos perdido quizá cierta cultura católica práctica.
Supongamos que una persona pide específicamente una gracia por intercesión de un Venerable.
Existe una enfermedad grave.
Se conserva la estampa. Se hace la oración. Se pide expresamente su intercesión.
Y ocurre una curación que los médicos no saben explicar.
Pues no basta con decir:
«¡Qué alegría! Gracias a Dios».
Hay que dar gracias a Dios, naturalmente.
Pero después conviene ponerse en contacto con la postulación de la causa.
Y hacerlo pronto.
Hay que conservar los informes médicos, pruebas, diagnósticos, tratamientos, resultados, fechas y nombres de quienes participaron en la oración.
Porque la Iglesia investiga estas cosas con enorme seriedad.
En la fase diocesana de un supuesto milagro deben recogerse las pruebas médicas y documentales, los testimonios de los médicos y también los de quienes invocaron al Siervo de Dios o al Beato.
Después, en Roma, intervienen especialistas.
La Consulta Médica está formada normalmente por siete peritos. Para que el caso pueda seguir adelante se requiere una mayoría cualificada de al menos cinco de los siete —o cuatro de seis, si sólo seis participan—. Los médicos juzgan la explicación científica del hecho; después corresponde a los teólogos estudiar la relación entre la oración y la intercesión invocada.
La Iglesia no canoniza porque alguien diga: «A mí me parece un milagro».
Investiga.
Pregunta.
Contrasta.
Y espera.
¿Qué cambió el Papa Francisco?
El Papa Francisco no inventó el procedimiento actual. La estructura fundamental procede de la gran reforma realizada por San Juan Pablo II en 1983 mediante Divinus perfectionis Magister.
Francisco introdujo, sin embargo, cambios importantes.
En 2016 aprobó nuevas normas para la administración económica de las causas, buscando mayor transparencia, control de los gastos y mecanismos que impidieran que la falta de recursos económicos paralizase una causa.
Ese mismo año fue renovado el Reglamento de la Consulta Médica. Se reforzaron las garantías de independencia de los médicos, se establecieron las mayorías necesarias para considerar positivamente un caso y se determinó incluso que un supuesto milagro que haya sido estudiado tres veces con resultado negativo o suspensivo no pueda presentarse indefinidamente.
En 2017, mediante el motu proprio Maiorem hac dilectionem, Francisco creó la ya mencionada vía del ofrecimiento de la vida, distinta del martirio y del ejercicio heroico de las virtudes.
Y en 2021 entró en vigor un nuevo Reglamento de los Postuladores, que ordena de manera mucho más sistemática sus responsabilidades en las fases diocesana y romana de las causas.
Todo ello pretende una cosa fundamental: que las causas sean rigurosas, serias y transparentes, pero que el procedimiento esté al servicio de la santidad y no se convierta en una inmensa maquinaria burocrática.
Y entonces, ¿qué podemos hacer nosotros?
Mucho más de lo que pensamos.
Busca un Venerable cuya vida te conmueva.
Conócelo.
Lee una buena biografía.
Consigue su estampa.
Y empieza a pedir.
No hace falta buscar fenómenos extraordinarios. Podemos pedir por una conversión. Por un matrimonio en dificultades. Por una vocación. Por un hijo alejado de Dios. Por una necesidad económica. Por un enfermo.
Y, cuando haya una enfermedad especialmente seria, pidamos también con fe una curación.
No porque queramos «fabricar un milagro».
Los milagros no se fabrican.
Los concede Dios cuando quiere, como quiere y para lo que quiere.
Pero hay que pedir.
Cristo mismo nos enseñó a hacerlo.
«Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá» (Mt 7,7).
Quizá haya hombres y mujeres cuya santidad la Iglesia ya ha reconocido en grado heroico y que llevan décadas esperando un milagro para poder ser propuestos públicamente al pueblo cristiano como Beatos.
Y quizá nosotros conozcamos sus vidas, admiremos sus fotografías, escuchemos conferencias sobre ellos…
pero nunca les hayamos pedido nada.
Sería paradójico.
Tenemos grandes amigos de Dios ante nosotros y los dejamos, por así decirlo, con el teléfono sin sonar.
Recuperemos aquella sencilla costumbre de nuestros mayores.
Las estampas.
Las novenas.
Las oraciones por las causas.
La petición concreta.
La confianza en la comunión de los santos.
Y después dejemos a Dios ser Dios.
Porque las causas de canonización se tramitan en Roma.
Pero muchas veces comienzan a moverse mucho antes, silenciosamente, cuando una persona sencilla toma una estampa entre sus manos y dice:
«Señor, te pido esta gracia por su intercesión».
@SacerdosMariae
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