Las virtudes cristianas (XVIII): La piedad, aprender a vivir delante de Dios como hijos.
Las virtudes cristianas (XVIII): La piedad, aprender a vivir delante de Dios como hijos.
Hay palabras religiosas que utilizamos tanto que corren el riesgo de quedarse gastadas.
Una de ellas es «piedad».
Decimos que una persona es piadosa porque reza mucho, porque lleva una medalla, porque visita una iglesia, porque participa en determinadas devociones o porque posee una sensibilidad especial para las cosas religiosas.
Todo eso puede ser bueno.
Pero el don de piedad es algo mucho más profundo.
No consiste simplemente en realizar actos religiosos.
Consiste en que el Espíritu Santo transforme nuestra relación con Dios hasta hacernos vivir verdaderamente como hijos delante de un Padre.
Esto parece sencillo.
Sabemos que Dios es Padre.
Lo rezamos continuamente.
«Padre nuestro».
Quizá lo hemos dicho miles de veces.
Y, sin embargo, podemos pasar toda la vida pronunciando la palabra «Padre» sin llegar a vivir interiormente como hijos.
Podemos relacionarnos con Dios como empleados.
Como acusados delante de un juez.
Como estudiantes preocupados por aprobar un examen.
Como comerciantes que intentan intercambiar buenas obras por favores.
Como personas que cumplen una obligación para evitar problemas.
El don de piedad va deshaciendo lentamente todas esas deformaciones.
Y pone en nuestros labios, pero sobre todo en nuestro corazón, la palabra que san Pablo considera propia de quienes viven bajo la acción del Espíritu:
«Abbá, Padre».
No hemos recibido un espíritu de esclavos.
San Pablo escribe a los Romanos que quienes se dejan conducir por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y añade algo extraordinario: no hemos recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace clamar «Abbá, Padre».
Ahí está el centro del don de piedad.
No somos esclavos tolerados dentro de la casa.
Somos hijos.
Naturalmente, seguimos siendo criaturas.
Dios es Dios.
Nosotros no.
Existe reverencia.
Existe obediencia.
Existe adoración.
Pero todo eso empieza a vivirse desde una relación distinta.
No obedezco simplemente porque temo el castigo.
Obedezco porque amo.
No rezo únicamente porque «toca».
Rezo porque quiero permanecer junto a Aquel a quien pertenezco.
No voy a Misa simplemente para cumplir una norma externa.
Voy al encuentro del Padre por Cristo en el Espíritu, dentro de la familia que es la Iglesia.
Cuando esta verdad empieza a descender desde la cabeza hacia el corazón, toda la vida cristiana cambia de tonalidad.
Podemos cumplir mucho y vivir todavía como criados.
La parábola del hijo pródigo contiene dos hijos.
Normalmente pensamos enseguida en el menor.
El que se marcha.
Derrocha.
Cae.
Vuelve.
Pero el hijo mayor es espiritualmente muy interesante.
Nunca abandonó físicamente la casa.
Trabajó.
Cumplió.
Permaneció.
Y, sin embargo, cuando vuelve su hermano descubrimos cómo entiende su relación con el padre.
«Hace tantos años que te sirvo».
La expresión es reveladora.
Está dentro de la casa.
Pero interiormente parece sentirse empleado.
Ha cumplido.
Y espera una compensación.
Su hermano recibe una fiesta y eso le parece una injusticia.
Quizá podamos estar muy cerca de las cosas de Dios y seguir pensando de manera parecida.
«He hecho todo lo que debía».
«He rezado».
«He sido fiel».
«¿Por qué me ocurre esto?»
Sin darnos cuenta podemos convertir la vida espiritual en una contabilidad.
El hijo puede obedecer sin llevar una libreta de facturas.
No significa que a Dios le resulte indiferente nuestra fidelidad.
Al contrario.
Pero el amor no funciona como un contrato comercial.
No rezamos una novena para adquirir derechos sobre la providencia.
No ofrecemos un sacrificio para obligar a Dios a concedernos exactamente aquello que deseamos.
No acumulamos méritos como quien junta puntos para canjearlos después por una vida sin sufrimientos.
La gracia no es salario.
Es don.
Y nuestra respuesta también está llamada a convertirse en don.
El hijo puede trabajar en la casa del Padre.
Puede hacerlo mucho.
Puede cansarse.
Pero sabe que la casa es también su casa.
Ahí aparece una enorme diferencia.
La piedad comienza cuando dejamos de considerar a Dios un extraño.
Hay personas creyentes que hablan con Dios como si estuvieran constantemente solicitando audiencia ante una autoridad muy lejana.
Utilizan palabras correctas.
Respetuosas.
Pero parece faltar intimidad.
Dios siempre está al otro lado de una distancia inmensa.
Naturalmente, Dios es trascendente.
No podemos reducirlo a un amigo imaginario colocado a nuestra medida.
Pero Cristo nos ha introducido en una relación que nosotros jamás habríamos podido reclamar por derecho propio.
Nos ha hecho hijos en el Hijo.
Por eso la confianza cristiana no es falta de reverencia.
Es fruto de la gracia.
Podemos acercarnos.
Podemos hablar.
Podemos llorar.
Podemos incluso preguntar:
«¿Por qué?»
Un hijo puede hacerlo.
Hay oraciones que solo puede hacer quien sabe que está en casa.
Los salmos están llenos de ellas.
«¿Hasta cuándo, Señor?»
«¿Por qué me has olvidado?»
«Escucha mi voz».
No son palabras de una persona que ha perdido necesariamente la fe.
A veces son justamente lo contrario.
Solo protestamos así delante de alguien de quien seguimos esperando algo.
El hijo herido continúa hablando al Padre.
Puede que no comprenda.
Puede que esté enfadado.
Pero permanece dentro de la relación.
Una espiritualidad excesivamente correcta puede llegar a ocultar nuestras verdaderas preguntas.
Dios no necesita esa representación.
Ya sabe lo que tenemos dentro.
El don de piedad nos permite presentarnos ante Él con sencillez.
La sencillez es una señal importante de filiación.
Un niño pequeño no prepara un discurso diplomático antes de acercarse a su padre.
Va.
Pregunta.
Cuenta.
Pide.
Llora.
Da las gracias.
Naturalmente, nuestra relación con Dios debe madurar y no podemos convertirla en infantilismo espiritual.
Pero existe una sencillez profundamente evangélica que no deberíamos perder.
Podemos hablar con Dios sin necesidad de producir siempre pensamientos brillantes.
«Estoy cansado».
«Tengo miedo».
«Gracias».
«No entiendo».
«Perdóname».
«Ayúdame».
Cinco palabras pueden contener más verdad que una página entera pronunciada sin corazón.
La piedad no es pietismo.
Francisco insistió especialmente en esta distinción.
El don de piedad no consiste en adoptar una apariencia religiosa, poner una expresión solemne o cultivar una imagen de persona especialmente devota. Tampoco consiste en una sensibilidad superficial que se emociona mucho ante determinadas cosas pero después trata mal a los demás.
Podemos conocer todas las oraciones.
Tener muchas devociones.
Frecuentar celebraciones.
Hablar continuamente de temas religiosos.
Y no vivir realmente con corazón filial.
Las prácticas de piedad son valiosas cuando nos conducen a Dios.
Pero no son un fin en sí mismas.
Una devoción que nos vuelve soberbios ha enfermado.
Una oración que nos hace despreciar al que reza de otra manera necesita purificación.
Una práctica religiosa que no produce más caridad merece examen.
Las devociones son caminos, no trofeos.
El Rosario.
El Via Crucis.
La adoración.
Las novenas.
Las letanías.
La devoción al Sagrado Corazón.
A la Virgen.
A los santos.
Todo ello puede ser inmensamente fecundo.
La Iglesia ha vivido durante siglos alimentada por estas expresiones de fe.
Pero su finalidad no consiste en que podamos decir:
«Yo hago más prácticas que otros».
Sirven para conducirnos hacia el misterio.
El Rosario debe llevarnos a Cristo con María.
La adoración debe hacernos más conscientes de la presencia del Señor.
La devoción al Corazón de Jesús debería enseñarnos a entrar en su amor.
Las formas externas son importantes.
Pero siempre señalan hacia algo mayor.
El hijo reza porque sabe que es escuchado, no porque controle la respuesta.
Aquí aparece una de las grandes purificaciones de la oración.
Pedimos algo.
Y pedimos con insistencia.
Jesús nos ha enseñado a hacerlo.
Pero piedad filial significa también dejar al Padre ser Padre.
«Esto es lo que deseo».
«Esto es lo que necesito, según puedo comprender».
«Te lo pido».
Y después:
«Hágase tu voluntad».
No es una frase añadida para quedar bien.
Es el acto por el que reconocemos que Dios conoce una realidad mayor que la que nosotros alcanzamos.
Confiar no significa pensar que recibiremos exactamente lo que pedimos.
Significa creer que, incluso cuando no comprendamos la respuesta, seguimos estando delante de un Padre.
La oración cambia cuando dejamos de intentar convencer a Dios de que nos quiera.
Quizá hay personas que viven así sin darse cuenta.
Rezo para que Dios me quiera.
Cumplo para que no se enfade.
Hago sacrificios para merecer su atención.
Intento ser perfecto para atreverme a acercarme.
El Evangelio da la vuelta a esta lógica.
No empezamos siendo buenos para que Dios pueda amarnos.
Empezamos siendo amados.
Y porque somos amados podemos cambiar.
El hijo pródigo prepara un discurso.
«Ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros».
El padre ni siquiera le permite terminar su proyecto de convertirse en empleado.
Lo abraza.
La conversión cristiana comienza muchas veces dejándonos abrazar.
Esto puede ser más difícil de lo que parece.
Resulta relativamente sencillo admitir teóricamente que Dios es misericordioso.
Otra cosa es creer que lo es conmigo.
Con mis pecados concretos.
Mis repeticiones.
Mis vergüenzas.
Mis zonas oscuras.
Podemos confesarnos y, sin embargo, conservar interiormente la idea de que Dios nos mira todavía con cierta decepción definitiva.
La misericordia sacramental dice otra cosa.
Cuando Dios perdona, perdona.
La piedad filial aprende poco a poco a recibir ese perdón.
No para quitar importancia al pecado.
Sino para dar importancia verdadera a la gracia.
El hijo reconoce el pecado precisamente porque confía en el Padre.
Esto es importante.
La confianza filial no produce laxismo.
No significa:
«Como Dios es Padre, no pasa nada».
Al contrario.
Cuanto más amamos, más nos duele aquello que hiere el amor.
El hijo pródigo puede decir:
«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti».
No necesita justificarlo.
No dice:
«En realidad las circunstancias fueron complicadas».
Reconoce.
Porque sabe ante quién está.
El miedo servil esconde.
La confianza filial puede decir la verdad.
La confesión es profundamente filial.
Quizá deberíamos vivirla más así.
No acudimos únicamente a un tribunal.
Vamos también a casa.
Hemos pecado.
Necesitamos reconciliación.
Y el sacramento nos devuelve conscientemente a una relación que el pecado grave había herido.
El sacerdote pronuncia la absolución.
Pero detrás está Cristo que busca.
Cristo que carga la oveja.
Cristo que devuelve al hijo.
Cuando comprendemos algo de esto, la confesión deja de ser simplemente el lugar donde exponemos nuestros fracasos.
Se convierte también en lugar donde descubrimos cómo es el Padre.
«Padre nuestro» debería sorprendernos más.
Nos hemos acostumbrado tanto que quizá ya no sentimos el peso de las palabras.
Cristo no nos enseña simplemente a decir:
«Dios omnipotente».
Ni:
«Creador del universo».
Todo eso es verdad.
Nos enseña:
«Padre nuestro».
Y además «nuestro».
No «Padre mío» únicamente.
En dos palabras aparece casi todo el don de piedad.
Padre: filiación.
Nuestro: fraternidad.
No podemos entrar verdaderamente en la primera sin que la segunda empiece a transformarnos.
Si Dios es Padre, el otro deja de ser simplemente «el otro».
Se convierte en hermano.
Puede ser un hermano difícil.
Un hermano equivocado.
Un hermano que ha cometido algo grave.
Un hermano del que necesitamos alejarnos prudentemente.
Pero la mirada cambia.
Francisco insistía precisamente en esto: el don de piedad nos hace crecer en comunión con Dios como hijos y, al mismo tiempo, nos mueve a reconocer a los demás como hermanos.
La filiación nunca puede encerrarnos en una espiritualidad privada.
Cuanto más decimos verdaderamente «Padre», más difícil debería resultarnos despreciar a uno de sus hijos.
La piedad se demuestra en cómo tratamos a quien tenemos delante.
Aquí desaparecen muchas ilusiones espirituales.
Podemos salir de una hora de oración y responder con desprecio a la primera persona que nos molesta.
Algo no ha llegado todavía demasiado lejos.
Naturalmente, seguimos siendo imperfectos.
No debemos exigirnos una transformación instantánea.
Pero la dirección debería ser visible.
La verdadera piedad produce mansedumbre.
Paciencia.
Capacidad de compadecer.
Deseo de servir.
Francisco vinculaba expresamente este don con saber alegrarse con quien se alegra, llorar con quien llora, acompañar al solo, corregir al que yerra y socorrer al que necesita ayuda.
Podemos saber muchas oraciones y no saber escuchar a una persona.
Y entonces hay que revisar algo.
No porque la oración sea innecesaria.
Precisamente porque debería transformarnos.
La oración auténtica ensancha el corazón.
Si nos hace cada vez más encerrados, más duros, más impacientes y más obsesionados con nosotros mismos, quizá estamos rezando sin permitir que Dios entre demasiado profundamente.
La piedad no termina cuando cerramos el devocionario.
Empieza a demostrar su verdad cuando abrimos la puerta y encontramos a alguien.
El hermano mayor de la parábola tenía un problema con la fraternidad porque tenía un problema con la filiación.
Esto es muy interesante.
No soporta que el padre trate con misericordia al hermano pequeño.
¿Por qué?
Porque entiende la casa desde el mérito.
«Yo cumplo».
«Él no».
«Por tanto, yo merezco».
Cuando olvidamos que nosotros también vivimos de gracia, empezamos rápidamente a construir jerarquías morales.
El recuerdo de nuestra propia misericordia recibida nos hace mucho más prudentes.
«Yo también he necesitado que salieran a buscarme».
Quizá no nos marchamos físicamente.
Pero todos conocemos nuestras distancias interiores.
Hay una forma religiosa de envidia.
Puede ocurrir.
Vemos que otra persona recibe una gracia.
Una oportunidad.
Un reconocimiento.
Un ministerio.
Una experiencia.
Y pensamos:
«¿Por qué él?»
Especialmente si consideramos que nosotros hemos sido más fieles.
Ahí aparece otra vez el hermano mayor.
El Padre le dice algo maravilloso:
«Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo».
Ese debería ser suficiente premio.
Estar con el Padre.
Pero cuando la relación se ha vuelto comercial, ya no basta.
Necesitamos cobrar.
La piedad nos enseña que Dios mismo es el premio.
No solamente sus dones.
Esto cambia muchísimo.
Podemos acudir a Dios buscando consuelo.
Ayuda.
Soluciones.
Gracia.
Y todo eso es legítimo.
Pero la madurez espiritual empieza a decir:
«Te quiero a Ti».
Aunque hoy no sienta nada.
Aunque determinado problema no se resuelva.
Aunque mi oración sea pobre.
La piedad filial no ama únicamente la mano del Padre por lo que entrega.
Aprende a amar su rostro.
Adorar es reconocer que Dios merece ser amado por ser Dios.
Aquí entramos en el culto.
Francisco señalaba que el don de piedad produce gratitud y alabanza y constituye el sentido profundo de nuestra adoración.
No alabamos a Dios porque necesite recibir cumplidos.
Dios no padece inseguridad.
La alabanza nos coloca a nosotros en la verdad.
Tú eres Dios.
Eres bueno.
Eres origen.
Yo he recibido.
Y entonces el corazón respira.
Porque deja durante un momento de girar alrededor de sí mismo.
La alabanza nos libra de una oración exclusivamente centrada en problemas.
Podemos pasar toda una oración diciendo:
Necesito esto.
Soluciona aquello.
Ayuda a este.
Quítame lo otro.
Son peticiones legítimas.
Pero existe algo más.
«Gloria a Ti».
«Gracias».
«Bendito seas».
La alabanza no niega nuestros problemas.
Los coloca dentro de una realidad mayor.
Durante unos minutos dejamos de pedir a Dios que entre en nuestra agenda y permitimos que nuestra agenda entre en Dios.
Dar gracias antes de tener todo resuelto es un acto de filiación.
Cualquiera puede dar gracias cuando recibe exactamente aquello que pidió.
La gratitud se vuelve más profunda cuando podemos reconocer dones incluso dentro de una etapa imperfecta.
No significa agradecer el mal como mal.
No damos gracias por una injusticia porque sea injusticia.
Podemos dar gracias porque Dios no nos abandona dentro de ella.
Por las personas que aparecen.
Por una gracia concreta.
Por la fuerza de ese día.
La piedad encuentra al Padre incluso cuando la habitación todavía está oscura.
La piedad tampoco consiste en sentir continuamente ternura religiosa.
Importante.
Podemos rezar y no sentir nada especial.
La Misa puede resultarnos seca.
Una devoción que antes nos emocionaba deja de hacerlo.
No hemos perdido automáticamente el don de piedad.
Los sentimientos son buenos.
Pueden acompañar la oración.
Pero la relación filial es más profunda.
Un hijo no deja de ser hijo porque un día no sienta una emoción intensa al pensar en su padre.
La fidelidad puede continuar en la sequedad.
Hay una piedad sentimental que puede ser muy frágil.
Mientras sentimos consolación, todo parece fácil.
Rezamos.
Nos emocionamos.
Hacemos propósitos.
Después llega una etapa seca y parece que Dios ha desaparecido.
Quizá precisamente allí comienza una relación más madura.
«Señor, hoy no siento prácticamente nada. Pero sigo aquí».
Eso puede ser profundamente filial.
El amor no se mide únicamente por intensidad emocional.
También por permanencia.
La liturgia educa la piedad.
Porque nos saca de una religiosidad construida completamente a nuestra medida.
No inventamos cada domingo qué vamos a decir.
Entramos en una oración que hemos recibido.
Escuchamos la Palabra.
Respondemos.
Nos ponemos de pie.
Nos arrodillamos.
Guardamos silencio.
Celebramos tiempos y misterios que no dependen simplemente de nuestro estado de ánimo.
Esto educa.
La liturgia nos enseña que pertenecemos a algo mayor que nuestra experiencia privada.
Pero la liturgia no debería convertirse en teatro exterior.
Podemos realizar todos los gestos correctamente y tener el corazón a kilómetros.
La solución no consiste en abandonar los gestos.
Consiste en permitir que expresen aquello que significan.
Arrodillarse porque adoramos.
Inclinarse porque reconocemos una presencia.
Guardar silencio porque hay un misterio.
Responder porque celebramos como pueblo.
La piedad une interior y exterior.
No desprecia el cuerpo.
Pero tampoco considera suficiente una coreografía impecable.
La reverencia nace del amor.
A veces se contraponen confianza y reverencia.
Como si para tener una relación cercana con Dios tuviéramos que perder el respeto.
O como si para respetarlo necesitáramos mantenernos emocionalmente muy lejos.
La piedad une ambas cosas.
El niño puede correr hacia su padre.
Y saber al mismo tiempo que su padre merece respeto.
Con Dios la distancia ontológica es infinita.
Y, sin embargo, Él ha querido acercarnos.
La intimidad cristiana no elimina la adoración.
La hace todavía más sorprendente.
Podemos decir «Padre» precisamente porque el Hijo nos ha introducido.
Esto evita una familiaridad superficial.
No llamamos Padre a Dios porque espontáneamente hayamos descubierto que todo el universo es una gran familia sentimental.
Lo llamamos Padre en Cristo.
Somos hijos por adopción.
La filiación cristiana es gracia.
Cristo es Hijo por naturaleza.
Nosotros somos incorporados a Él.
El Espíritu nos hace participar de esa relación.
Por eso la piedad es profundamente trinitaria.
No es simplemente una emoción humana dirigida hacia arriba.
El Espíritu Santo reza dentro de nosotros.
San Pablo llega todavía más lejos.
Dice que el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos pedir como conviene.
Esto resulta consolador.
Ni siquiera nuestra oración depende enteramente de nuestra capacidad para producir buenos pensamientos.
Hay días en que no sabemos qué decir.
Quizá estamos demasiado cansados.
Dolidos.
Confundidos.
Podemos permanecer.
El Espíritu conoce.
Una oración pobre puede estar sostenida por una gracia inmensa.
«No sé rezar» no debería alejarnos de la oración.
Precisamente debería llevarnos a ella.
No vamos a rezar porque somos excelentes rezadores.
Vamos porque necesitamos a Dios.
A veces la oración consistirá en leer despacio un salmo.
O repetir:
«Jesús, en Ti confío».
O simplemente permanecer ante el sagrario.
Un hijo pequeño puede quedarse dormido en brazos de su padre sin mantener una conversación especialmente sofisticada.
No hagamos de la comparación una teoría completa sobre la oración, pero puede ayudarnos a comprender algo.
La presencia también es relación.
La Eucaristía forma hijos.
Cada Misa comienza reuniéndonos.
No somos individuos desconectados que coinciden casualmente en un edificio.
Somos convocados.
Escuchamos a un mismo Padre.
Recibimos al mismo Hijo.
Vivimos del mismo Espíritu.
Y decimos juntos:
«Padre nuestro».
No hay manera cristiana de comulgar con Cristo y despreciar tranquilamente su Cuerpo.
Por eso san Pablo tuvo palabras tan duras sobre las divisiones en la comunidad de Corinto.
La Eucaristía construye fraternidad.
Comulgar debería complicarnos un poco el desprecio.
Recibimos a Cristo.
Después encontramos a una persona difícil.
Naturalmente, la Eucaristía no elimina de manera mágica todas nuestras reacciones.
Pero hay una contradicción que debería incomodarnos.
No podemos decir:
«Amén» al Cuerpo de Cristo en el altar y después actuar como si algunos miembros de ese Cuerpo no tuvieran dignidad.
La piedad eucarística no consiste únicamente en la reverencia con la que nos acercamos a comulgar.
También se prolonga en la manera en que tratamos al hermano.
El don de piedad tiene algo profundamente eclesial.
Dios no ha querido salvarnos como individuos aislados.
Nos ha dado una familia.
La Iglesia.
Y esto también necesita purificación.
Porque una familia real tiene personas que nos gustan y otras que nos cuestan.
Hay diferencias.
Tensiones.
Errores.
Pecados.
No amamos a la Iglesia porque todos sus miembros sean impecables.
La amamos porque pertenece a Cristo y porque en ella hemos recibido la fe, los sacramentos y una maternidad espiritual.
Se puede criticar algo en la Iglesia y seguir amándola.
El amor verdadero no exige ceguera.
Precisamente porque algo nos pertenece podemos sufrir por sus heridas.
Hay errores que señalar.
Pecados que denunciar.
Abusos que corregir.
Pero existe una diferencia entre la corrección del hijo y el desprecio del extraño.
El hijo sufre por la casa.
No disfruta quemándola.
La piedad filial hacia Dios puede producir también un profundo sentido de pertenencia eclesial.
La Virgen ocupa un lugar especial en esta escuela de filiación.
No sustituye al Padre.
No ocupa el lugar de Cristo.
Precisamente porque pertenece completamente a Dios nos conduce hacia Él.
Cristo nos ha dado también una maternidad espiritual.
«Ahí tienes a tu madre».
La auténtica devoción mariana debería hacernos más hijos de Dios y más discípulos de Cristo.
Si una devoción a María terminara encerrándonos en sentimentalismo o alejándonos del centro cristológico, estaría mal comprendida.
María siempre señala:
«Haced lo que Él os diga».
El Rosario puede enseñarnos la piedad de una manera muy sencilla.
Repetimos oraciones.
Sí.
Pero no estamos pronunciando sonidos sin sentido.
Contemplamos los misterios de Cristo con María.
Hay días en que rezaremos con gran concentración.
Otros con muchas distracciones.
La fidelidad sencilla también educa.
Como un niño que aprende palabras escuchándolas muchas veces, el corazón va siendo formado por aquello que repite.
«Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros».
La repetición puede ser una escuela de confianza.
Los santos pertenecen también a la familia.
La comunión de los santos es una de las consecuencias más hermosas de la filiación.
No somos cristianos solos.
Nos precede una multitud.
Hombres y mujeres de épocas, países, temperamentos y vocaciones diferentes.
Podemos pedir su intercesión.
Aprender de ellos.
Sentirnos acompañados.
La devoción a los santos no compite con Cristo.
Si está bien vivida, manifiesta precisamente la fecundidad de la gracia de Cristo en sus miembros.
La piedad hacia Dios no puede convivir tranquilamente con el desprecio a los padres y a quienes debemos legítimo honor.
La tradición cristiana ha relacionado siempre la piedad con una actitud de reverencia hacia aquellos de quienes hemos recibido algo fundamental.
Naturalmente, las relaciones familiares pueden ser muy complejas.
Hay heridas reales.
Situaciones en las que hacen falta límites.
No se trata de idealizar a nadie.
Pero reconocer que hemos recibido la vida a través de otros introduce una dimensión de gratitud.
Podemos incluso perdonar sin negar el daño.
La piedad no exige falsificar la historia.
Nos ayuda a colocarla delante de Dios.
Honrar no significa declarar perfecto.
Esta distinción es importante.
Podemos honrar a nuestros padres y reconocer sus errores.
Amarlos y no compartir todas sus decisiones.
Cuidarlos y mantener límites necesarios.
La vida moral real necesita matices.
Pero una cultura que considera toda dependencia una humillación corre el riesgo de olvidar algo básico:
todos hemos recibido.
Nadie se ha producido a sí mismo.
La gratitud forma parte de la verdad sobre nuestra existencia.
El hijo sabe pedir.
Esto parece muy sencillo.
Pero pedir puede costarnos muchísimo.
Queremos ser autosuficientes.
También delante de Dios.
Quizá rezamos por otros con facilidad y casi nunca pedimos por nosotros.
O pensamos:
«Dios ya tiene cosas más importantes».
Como si la providencia divina tuviera problemas de agenda.
Jesús nos ha enseñado:
«Pedid».
El hijo pide.
No exige.
Pero pide.
Necesitar no es una vergüenza.
También sabe recibir sin avergonzarse.
Puede existir una humildad falsa.
«No merezco nada».
En un sentido, toda gracia es inmerecida.
Pero Dios ha decidido dar.
Rechazar siempre lo que recibimos tampoco es necesariamente humildad.
Podemos agradecer un regalo.
Aceptar ayuda.
Dejarnos querer.
Dejarnos perdonar.
A veces estamos muy acostumbrados a ofrecer y nos cuesta muchísimo recibir.
Quizá la piedad filial tenga que enseñarnos también esto.
Un hijo no tiene que ganarse cada mañana su apellido.
Esta imagen puede ayudarnos.
Naturalmente, nuestras acciones tienen consecuencias.
Podemos romper la comunión con Dios mediante el pecado grave.
Necesitamos conversión.
Pero la vida espiritual no consiste en despertarnos cada mañana preguntando si hoy conseguiremos que Dios nos tolere.
Partimos de un don.
El Bautismo ha marcado nuestra vida.
Somos llamados a permanecer y crecer en la gracia.
No empezamos cada jornada desde cero intentando merecer el derecho a existir delante de Dios.
El Bautismo es profundamente filial.
En él hemos recibido una vida nueva.
No únicamente una inscripción religiosa.
Morimos y resucitamos con Cristo.
Somos incorporados a Él.
Recibimos el Espíritu.
Somos hechos hijos adoptivos.
Si comprendiéramos más profundamente nuestro Bautismo, quizá cambiaría nuestra manera de rezar.
Antes de pedir nada podríamos recordar:
«Soy tuyo».
Esta frase puede convertirse en oración.
La piedad cura una parte importante del miedo religioso.
Hay personas que viven pendientes de si Dios estará enfadado.
Cada dificultad parece castigo.
Cada pensamiento involuntario produce angustia.
Cada imperfección parece haber destruido completamente la relación.
Naturalmente, necesitamos conciencia del pecado.
Y el próximo don que trataremos será precisamente el santo temor de Dios.
Pero el temor filial es muy diferente del terror.
El Espíritu no nos convierte en personas aterrorizadas ante un amo imprevisible.
Nos enseña a volvernos hacia un Padre.
Los escrúpulos no son una forma superior de piedad.
Pueden causar un enorme sufrimiento.
Y necesitan ser tratados con prudencia y, cuando corresponda, con acompañamiento espiritual y profesional.
Una conciencia escrupulosa puede terminar viendo pecado donde no lo hay, dudando continuamente del perdón recibido y haciendo imposible la confianza.
Eso no significa que quien sufre escrúpulos tenga poca fe.
Simplemente está atravesando una dificultad real.
Pero conviene afirmar algo importante:
Dios no juega a esconder trampas morales esperando que caigamos en ellas.
La vida filial crece también aprendiendo a confiar razonablemente en una conciencia bien formada.
La piedad produce libertad para volver.
El hijo pródigo pudo tardar mucho.
Pero volvió.
Quizá uno de los mayores engaños del pecado aparece después de haber pecado.
«Ahora ya no puedes volver».
«Después de esto sería hipócrita rezar».
«Primero arréglate y luego acércate».
El Evangelio dice exactamente lo contrario.
Volvemos para ser sanados.
No esperamos estar sanos para volver.
El Padre está en la casa.
El demonio tiene interés en que confundamos vergüenza con arrepentimiento.
El arrepentimiento dice:
«He hecho mal. Quiero volver».
La vergüenza tóxica dice:
«Soy tan despreciable que debo esconderme».
Adán se esconde.
El hijo pródigo vuelve.
La diferencia es enorme.
La piedad filial no niega la culpa.
Le impide convertirse en muro definitivo.
Podemos decir:
«Padre, he pecado».
La palabra «Padre» sigue delante de la confesión.
La piedad cambia también nuestra manera de servir.
Podemos servir para demostrar valor.
Para sentirnos imprescindibles.
Para obtener reconocimiento.
O podemos servir porque estamos en la casa del Padre.
Entonces no necesitamos aparecer siempre.
El hijo puede hacer tareas escondidas.
No está intentando conseguir una identidad mediante ellas.
Ya tiene identidad.
Esta libertad puede sanar muchísimo nuestro apostolado.
No necesitamos salvar a nadie.
Cristo ya ocupa ese lugar.
Podemos evangelizar.
Acompañar.
Servir.
Predicar.
Ayudar.
Pero nosotros no somos el Salvador.
Cuando olvidamos esto terminamos agotados o controladores.
Nos desesperamos porque alguien no responde.
Porque una obra no funciona.
Porque una persona no cambia.
La piedad filial recuerda:
«La Iglesia es de mi Padre».
Yo trabajo.
Pero no soy propietario del Reino.
La confianza filial permite descansar después de haber hecho lo que corresponde.
Este descanso puede ser muy espiritual.
Hemos trabajado.
Hemos intentado ayudar.
Hemos tomado una decisión.
Después llega un momento en que debemos entregar.
«Señor, ahora queda en tus manos».
No revisar mentalmente durante tres horas cada palabra.
No intentar controlar cada consecuencia.
No imaginar todos los escenarios posibles.
Hacer lo que podemos.
Y volver a la condición de hijos.
La piedad se nota también en la alegría.
Francisco hablaba de una amistad con Dios que llena la vida de entusiasmo y alegría.
Eso no significa que una persona piadosa tenga que estar permanentemente sonriente.
Hay duelo.
Cansancio.
Depresión.
Sufrimiento.
Temperamentos distintos.
La alegría cristiana no es una obligación de parecer feliz.
Es una raíz más profunda.
Incluso dentro de etapas difíciles puede quedar una certeza:
pertenezco a Dios.
Pertenecer es una necesidad humana profundísima.
Queremos saber dónde está nuestra casa.
Quién nos espera.
A quién pertenecemos.
Cuando esa necesidad se coloca enteramente sobre personas humanas, puede volverse muy frágil.
Porque las relaciones pueden cambiar.
Las personas mueren.
Nos decepcionan.
Nosotros decepcionamos.
El don de piedad hunde la pertenencia en algo más profundo.
«Soy de Dios».
No como un objeto poseído.
Como un hijo amado.
«Soy tuyo» puede ser una oración extraordinaria.
Especialmente cuando no sabemos qué decir.
Señor, soy tuyo.
Cuando estoy bien.
Y cuando estoy cansado.
Cuando he hecho las cosas correctamente.
Y cuando necesito volver.
Cuando los demás me comprenden.
Y cuando no.
Cuando siento tu presencia.
Y cuando no siento nada.
Soy tuyo.
La piedad crea esta estabilidad.
Hay una diferencia enorme entre obedecer a un extraño y obedecer a alguien de quien conocemos el amor.
Esto explica por qué la filiación y la obediencia no se contradicen.
La cultura contemporánea puede interpretar la obediencia únicamente como pérdida de autonomía.
Naturalmente, existen obediencias humanas abusivas que deben rechazarse.
Pero la obediencia a Dios nace de otra realidad.
Confiamos en quien nos ha creado y redimido.
No siempre comprenderemos.
Pero sabemos algo sobre Aquel que llama.
La cruz de Cristo nos ha mostrado hasta dónde llega su amor.
Jesús es el Hijo.
Por eso, para comprender la piedad cristiana, debemos mirarlo.
Toda su existencia está orientada al Padre.
Ora.
Da gracias.
Obedece.
Busca la voluntad del Padre.
Habla de su casa.
Confía incluso desde la cruz:
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».
El don de piedad no consiste principalmente en imitar exteriormente determinadas prácticas.
Consiste en que el Espíritu de Cristo vaya reproduciendo dentro de nosotros algo de esta relación filial.
Getsemaní vuelve a enseñarnos.
Jesús dice:
«Abbá, Padre».
Y después habla del cáliz.
La palabra filial no elimina el sufrimiento.
Precisamente aparece dentro de él.
«Padre, todo te es posible».
Y:
«No se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres».
Esta es una confianza inmensa.
No porque el Hijo no sienta angustia.
La siente.
Pero la angustia ocurre dentro de una relación que permanece.
Quizá la piedad alcance una de sus expresiones más profundas cuando somos capaces de seguir diciendo «Padre» precisamente en la noche.
Hay momentos en los que esta palabra cuesta.
Después de una pérdida.
Una enfermedad.
Un fracaso.
Una oración aparentemente no escuchada.
Puede resultar difícil decir:
«Padre».
No deberíamos convertirlo en una obligación sentimental.
Podemos atravesar preguntas.
Incluso oscuridad.
Pero quizá podamos pedir:
«Espíritu Santo, di Tú dentro de mí lo que ahora me cuesta decir».
San Pablo nos ha dado ese consuelo.
El Espíritu clama en nosotros.
La piedad no necesita comprender todo para confiar.
Esto conecta con los dones que ya hemos visto.
La sabiduría aprende a mirar desde Dios.
El entendimiento penetra la verdad.
El consejo discierne.
La fortaleza permanece.
La ciencia ordena las criaturas.
Y la piedad hace algo profundamente sencillo:
descansa en la relación.
No tengo todas las respuestas.
Pero sé delante de quién estoy.
A veces eso basta para dar el siguiente paso.
Un cristiano filial no debería ser una persona continuamente enfadada con el mundo.
Podemos tener razones para denunciar muchas cosas.
Hay pecado.
Injusticia.
Confusión.
Pero si toda nuestra fe termina expresándose mediante irritación constante, conviene preguntarnos qué está ocurriendo.
El hijo conoce la gravedad del mal.
Pero sabe también que el Padre continúa siendo Señor de la historia.
Esto produce una cierta serenidad.
No pasividad.
Serenidad.
Podemos luchar sin vivir desesperados.
La mansedumbre pertenece profundamente a la piedad.
Francisco insistió en esta relación.
No porque el piadoso sea incapaz de hablar con fuerza.
Cristo lo hizo.
Sino porque su identidad no depende de vencer al otro.
Puede corregir sin odio.
Defender sin despreciar.
Esperar.
Escuchar.
Servir.
La mansedumbre nace de una fuerza interior.
Quien sabe que es hijo no necesita pelear continuamente por demostrar que existe.
También podemos ser mansos con nuestra propia pobreza.
Esto no significa tolerar el pecado.
Significa no tratarnos con una violencia que Dios mismo no utiliza.
Hay personas mucho más misericordiosas con los demás que consigo mismas.
Se equivocan y se machacan durante días.
Una corrección razonable se convierte en condena.
La filiación enseña también a decir:
«He fallado. Padre, ayúdame a recomenzar».
El hijo puede corregirse sin dejar de saberse hijo.
La piedad transforma el examen de conciencia.
No entramos en él con una linterna policial buscando desesperadamente cargos contra nosotros.
Nos ponemos delante del Padre.
«Muéstrame dónde no he vivido como hijo».
¿Dónde no he confiado?
¿Dónde he tratado mal a un hermano?
¿Dónde he olvidado que todo era recibido?
¿Dónde me he escondido?
Entonces el examen no pierde seriedad.
Gana relación.
El pecado deja de ser simplemente infracción.
Se revela como herida del amor.
También transforma nuestros propósitos.
No:
«Mañana seré perfecto».
Probablemente no.
Sino:
«Mañana quiero vivir un poco más como hijo».
Hablar con Dios.
Pedir ayuda.
Dar gracias.
Tratar a una persona difícil como hermano.
Volver si caigo.
Quizá la santidad pueda construirse con pasos así de sencillos.
El Espíritu Santo tiene una gran capacidad para trabajar con lo pequeño.
Un examen sobre el don de piedad.
Podemos preguntarnos con serenidad: cuando pienso en Dios, ¿qué imagen aparece espontáneamente dentro de mí? ¿Un Padre, un juez lejano, un vigilante, un jefe al que hay que satisfacer? ¿Rezo porque deseo estar con Él o principalmente porque temo lo que ocurrirá si no cumplo? ¿Vivo mi relación con Dios como un intercambio en el que espero recibir proporcionalmente a lo que hago?
¿Sé hablar con Dios con sencillez? ¿Le cuento aquello que verdaderamente tengo dentro o represento ante Él una versión religiosa de mí mismo? ¿Sé pedir? ¿Sé recibir? ¿Me cuesta creer realmente en su perdón cuando he confesado un pecado? ¿Después de caer vuelvo con rapidez o me escondo durante días porque siento vergüenza?
¿Mis prácticas de piedad me acercan realmente a Cristo? ¿Me hacen más humilde, más agradecido y más caritativo? ¿O las convierto alguna vez en criterio para compararme con otros? ¿Juzgo a quienes tienen otras devociones legítimas? ¿Me importa más la forma exterior que el fruto interior?
¿Cómo vivo la Misa? ¿Como obligación, como costumbre o como encuentro de un hijo con el Padre en Cristo? ¿Mi adoración produce gratitud? ¿Sé alabar a Dios sin pedir continuamente algo? ¿Puedo dar gracias incluso dentro de una etapa que todavía no está resuelta?
¿La certeza de que Dios es Padre transforma mi manera de mirar a los demás? ¿Hay personas a las que he reducido a enemigo, problema o estorbo? ¿Sé alegrarme con quien se alegra y llorar con quien llora? ¿Mi piedad me hace más paciente y manso o más rígido y juzgador?
¿Amo a la Iglesia como quien pertenece a una familia o hablo de ella únicamente como observador externo? ¿Sé sufrir por sus pecados sin dejar de reconocer la gracia que he recibido dentro de ella? ¿Mi devoción a María y a los santos me conduce más profundamente a Cristo?
¿Me considero imprescindible en el servicio? ¿Sé dejar los resultados en manos de Dios? ¿Puedo descansar? ¿Sé que soy hijo también cuando no produzco, no tengo éxito o no recibo reconocimiento?
Y quizá podamos resumirlo todo en una pregunta:
¿vivo intentando conseguir que Dios me acepte o empiezo a vivir desde la certeza de que, en Cristo, he sido recibido como hijo?
«Abbá, Padre».
Quizá hoy no necesitemos terminar con muchas palabras.
Basta una.
Padre.
Espíritu Santo, enséñame a decirla.
No solamente con los labios.
Dentro.
Cuando todo vaya bien, que no me olvide de darte gracias.
Cuando tenga miedo, que sepa buscarte.
Cuando peque, que no me esconda.
Cuando no comprenda, que siga hablando contigo.
Cuando rece, líbrame de la necesidad de impresionarte.
Cuando sirva, líbrame de la necesidad de ser imprescindible.
Cuando alguien me haga daño, recuérdame que también él ha sido creado para ser hijo.
Cuando me cueste amar a la Iglesia, recuérdame cuánto he recibido dentro de ella.
Cuando mis devociones se vuelvan rutina, devuélveles corazón.
Cuando me vuelva orgulloso de mi religiosidad, hazme mirar otra vez al publicano que solo sabía decir:
«Ten compasión de mí».
Y cuando vuelva a casa después de haberme alejado, no permitas que pretenda vivir como jornalero.
Enséñame a aceptar el abrazo.
Dame la humildad necesaria para recibir el vestido nuevo.
El anillo.
La fiesta.
No porque el pecado haya sido pequeño.
Sino porque la misericordia del Padre es mayor.
Quizá el don de piedad consista finalmente en permitir que una verdad muy conocida se convierta en nuestra forma habitual de vivir:
Dios no es simplemente Aquel a quien sirvo. Es mi Padre.
Y si Él es Padre, yo no soy huérfano.
Si Él es Padre, puedo pedir.
Puedo volver.
Puedo confiar.
Puedo obedecer.
Puedo descansar.
Y si Él es Padre nuestro, entonces el hombre que tengo delante nunca es simplemente un extraño.
Es alguien llamado también a entrar en esa casa.
Esto explica por qué la verdadera piedad nunca termina encerrándonos en una capilla.
Nos lleva a la capilla.
Nos pone de rodillas.
Nos hace adorar.
Y después nos levanta para que salgamos y aprendamos a tratar a los demás como hermanos.
En el próximo artículo llegaremos al séptimo y último don: el temor de Dios.
Y tendremos que corregir otra confusión enorme.
Porque el santo temor de Dios no consiste en vivir asustados ante Él.
No es el miedo del esclavo que teme el castigo.
Es el temor del hijo que ama tanto al Padre que no quiere perder su amistad.
Quizá entonces descubramos que piedad y temor de Dios no son opuestos.
En realidad, cuando crece la verdadera filiación, comienza también a nacer un temor nuevo:
no miedo de Dios, sino miedo de vivir lejos de Él.
@sacerdosmariae
Imagen: Bartolomé Esteban Murillo, El regreso del hijo pródigo, hacia 1667-1670. El hijo vuelve preparando el discurso de un jornalero; el padre responde abrazándolo como hijo. La escena expresa de manera extraordinaria el don de piedad: el Espíritu Santo nos saca de una relación servil con Dios y nos enseña a vivir desde la filiación, la confianza, la gratitud y el regreso a la casa del Padre.
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