Homilía del viernes XXIV del tiempo ordinario (pares).

Cristo ha resucitado: nuestra esperanza tiene un rostro.

San Pablo nos lleva hoy directamente al centro de la fe cristiana: «Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto».

Todo parte de ahí.

La Resurrección de Cristo sostiene nuestra fe, ilumina nuestra vida y abre ante nosotros la esperanza de la vida eterna. Creemos en un Señor vivo. Creemos en Aquel que ha vencido la muerte. Creemos en Aquel que un día nos hará participar también de su victoria.

San Pablo lo expresa con una fuerza extraordinaria:

«Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido».

Y precisamente por eso termina proclamando con absoluta seguridad:

«Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos».

Ésta es la gran noticia del cristianismo.

Cristo vive.

Una esperanza que llega más allá de esta vida.

Hay una frase de san Pablo que merece ser escuchada con mucha atención:

«Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad».

Nuestra relación con Cristo atraviesa toda nuestra existencia y llega hasta la eternidad.

Le pedimos ayuda en nuestras dificultades. Le presentamos nuestras enfermedades, nuestros problemas, nuestras preocupaciones familiares, nuestros trabajos y nuestras necesidades. Él entra en todo eso porque ama nuestra vida concreta.

Y, al mismo tiempo, su promesa llega mucho más lejos.

Cristo nos conduce hacia el Padre.

Nos prepara una vida que ya no conoce la muerte.

Nos llama a contemplar un día su rostro.

Por eso el salmo de hoy tiene una belleza especial:

«Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor».

Ése es el horizonte de la vida cristiana.

Caminar hacia Dios.

Esperar el encuentro definitivo con Él.

Vivir sabiendo que nuestra historia termina en sus manos.

La muerte ya no tiene la última palabra.

La Resurrección de Cristo transforma también nuestra manera de mirar la muerte.

Seguimos sintiendo el dolor de las despedidas.

Seguimos llorando a las personas que amamos.

Seguimos experimentando la fragilidad de la vida.

Pero la fe nos permite atravesar ese dolor acompañados por una certeza: Cristo ha vencido la muerte.

San Pablo lo llama hoy «primicia».

Cristo es el primero.

Después vendrán los que son de Cristo.

La Resurrección del Señor anuncia también nuestra propia resurrección.

Cada vez que profesamos en el Credo «espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro», estamos confesando precisamente esto.

Nuestra vida está llamada a Dios.

Nuestro cuerpo está llamado a la resurrección.

Nuestra historia está llamada a la plenitud.

«Al despertar me saciaré de tu semblante».

El salmo nos ofrece hoy una imagen muy hermosa: despertar y encontrarse ante el rostro de Dios.

Quizá podamos rezar estas palabras con calma:

«Al despertar me saciaré de tu semblante».

El corazón humano lleva dentro un deseo profundo de plenitud.

Buscamos amor.

Buscamos paz.

Buscamos seguridad.

Buscamos ser reconocidos y comprendidos.

Buscamos algo que pueda llenar completamente nuestra existencia.

Dios ha puesto en nosotros un deseo que sólo Él puede colmar.

Por eso la vida espiritual va educando nuestro corazón para descubrir que nuestra verdadera patria está en Él.

Todo lo bueno que recibimos aquí es anticipo.

Todo amor verdadero nos habla de Él.

Toda belleza nos conduce hacia Él.

Toda experiencia auténtica de bondad nos permite entrever algo de su rostro.

Y llegará un día en que ya no habrá velos.

Lo veremos.

Las mujeres que seguían a Jesús.

El Evangelio nos presenta hoy a Jesús recorriendo pueblos y ciudades y anunciando el Reino de Dios.

Los Doce caminan con Él.

Y san Lucas menciona también a varias mujeres: María Magdalena, Juana, Susana y otras muchas.

Habían experimentado la acción de Cristo en sus vidas.

Algunas habían sido curadas.

Otras habían conocido de cerca su misericordia.

Y ahora caminan junto a Él.

Aquí aparece algo profundamente cristiano: la gracia recibida provoca una respuesta.

Cuando una persona descubre lo que Dios ha hecho con ella, comienza también a preguntarse qué puede hacer por Él.

Aquellas mujeres habían recibido mucho.

Y respondieron con generosidad.

«Le servían con sus bienes».

San Lucas añade un detalle muy concreto:

«Le servían con sus bienes».

Aquellas mujeres pusieron lo que tenían al servicio de Jesús y de la misión.

También nosotros tenemos bienes que podemos poner en manos de Dios.

Nuestro tiempo.

Nuestra inteligencia.

Nuestro trabajo.

Nuestra capacidad de escuchar.

Nuestra experiencia.

Nuestros recursos.

Nuestra oración.

Nuestra paciencia.

Nuestro sufrimiento ofrecido.

Nuestra disponibilidad.

Todo puede convertirse en instrumento del Reino.

La vida cristiana adquiere una profundidad nueva cuando comenzamos a preguntarnos:

Señor, ¿qué quieres hacer con lo que me has dado?

Porque hemos recibido mucho.

A veces lo olvidamos.

Recordar las gracias recibidas.

Sería bueno hacer memoria hoy de nuestra propia historia con Dios.

Recordar las veces que Él nos sostuvo.

Recordar una confesión que cambió algo dentro de nosotros.

Recordar una persona que apareció en el momento oportuno.

Recordar una oración escuchada.

Recordar un momento de oscuridad en el que, de algún modo, seguimos adelante.

Recordar una palabra del Evangelio que nos iluminó.

Recordar tantas gracias pequeñas que han ido construyendo nuestra vida.

María Magdalena caminaba con Jesús porque sabía muy bien lo que el Señor había hecho con ella.

También nosotros necesitamos conservar viva la memoria de la misericordia.

La gratitud mantiene despierto el corazón.

La gracia se convierte en entrega.

Cuando reconocemos lo que hemos recibido, nace espontáneamente el deseo de dar.

Una persona perdonada aprende a perdonar.

Una persona consolada comienza a consolar.

Una persona que ha experimentado la paciencia de Dios aprende a tener paciencia con los demás.

Una persona que se sabe amada aprende poco a poco a amar.

Así actúa la gracia.

Entra en nuestra vida, la transforma y comienza a dar fruto.

Las mujeres del Evangelio servían al Señor con lo que tenían.

Cada uno de nosotros puede hacer lo mismo.

Quizá hoy el Señor nos pida tiempo.

Quizá nos pida paciencia con alguien.

Quizá nos pida una ayuda concreta.

Quizá nos pida oración.

Quizá nos pida sencillamente permanecer fieles en medio de una situación difícil.

Todo puede ser ofrecido.

Cristo vive.

La Palabra de Dios de hoy vuelve una y otra vez a una certeza fundamental:

Cristo vive.

Y si Cristo vive, nuestra esperanza permanece.

Si Cristo vive, el pecado puede ser perdonado.

Si Cristo vive, siempre existe la posibilidad de comenzar de nuevo.

Si Cristo vive, nuestros difuntos están llamados a la resurrección.

Si Cristo vive, nuestra vida tiene un destino.

Si Cristo vive, cada acto de amor tiene un valor eterno.

Por eso podemos caminar con confianza.

Todavía queda camino.

Todavía habrá cruces.

Todavía habrá noches.

Pero delante de nosotros está Cristo resucitado.

Y Él nos conduce hacia la casa del Padre.

Pidámosle hoy que haga crecer nuestra fe en la Resurrección.

Que sepamos vivir con el corazón puesto en la eternidad.

Que recordemos con gratitud todo lo que ha hecho por nosotros.

Que pongamos nuestra vida y nuestros bienes al servicio de su Reino.

Y que podamos repetir con el salmista:

«Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor».

Porque Cristo ha resucitado.

Y en su Resurrección comienza también nuestra esperanza.

@sacerdosmariae

Pie de foto: Piero della Francesca, La Resurrección de Cristo, siglo XV. Cristo se alza victorioso del sepulcro y manifiesta el centro de la fe que hoy proclama san Pablo: «Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto» (1 Cor 15,20). Su victoria abre para nosotros la esperanza de la resurrección y de la vida eterna.

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