Homilía del miércoles de la XXIV semana del Tiempo Ordinario. Memoria de los santos Cornelio, Papa, y Cipriano, obispo, mártires.
Miércoles de la XXIV semana del Tiempo Ordinario. Memoria de los santos Cornelio, Papa, y Cipriano, obispo, mártires.
1 Cor 12,31—13,13; Sal 32; Lc 7,31-35
Hay frases de la Palabra de Dios que no permiten escapatoria. Hoy san Pablo nos deja una de ellas:
«Si no tengo amor, no soy nada».
No dice: «si no tengo amor, soy un cristiano un poco peor». Ni siquiera dice que nuestras obras pierdan parte de su valor.
Dice sencillamente:
«No soy nada».
Y la Iglesia pone hoy delante de nosotros dos hombres que comprendieron esta verdad hasta entregar la vida: San Cornelio, Papa, y San Cipriano, obispo de Cartago.
Dos pastores. Dos amigos. Dos mártires.
Y dos hombres que tuvieron que aprender a defender al mismo tiempo la verdad del Evangelio y la misericordia de Dios.
«Os voy a mostrar un camino más excelente».
La comunidad de Corinto estaba fascinada por los dones extraordinarios.
Unos hablaban en lenguas. Otros profetizaban. Otros presumían de conocimientos.
Y san Pablo les recuerda que existe algo mucho más importante:
amar.
Podemos conocer mucho.
Podemos hablar maravillosamente.
Podemos hacer grandes sacrificios.
Podemos incluso aparentar una vida religiosa admirable.
Pero san Pablo llega a decir:
«Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría».
Es impresionante.
Incluso un gran sacrificio puede estar vacío si no nace de la caridad.
Por eso el cristianismo no consiste simplemente en hacer cosas para Dios.
Consiste en permitir que Dios transforme nuestro corazón para que aprendamos a amar como Él ama.
Cornelio y Cipriano tuvieron que enfrentarse precisamente a esta cuestión.
Durante la persecución del emperador Decio muchos cristianos permanecieron fieles y algunos entregaron la vida.
Pero otros tuvieron miedo.
Renegaron de la fe.
Ofrecieron sacrificios a los dioses.
Cuando terminó la persecución, muchos de aquellos cristianos quisieron regresar a la Iglesia.
Y apareció una pregunta terrible:
¿qué hacemos con los que han caído?
Algunos sostenían que determinados pecados eran tan graves que aquellos cristianos ya no podían ser reconciliados con la Iglesia.
Frente a ese rigorismo, San Cornelio y San Cipriano defendieron otro camino.
No dijeron que el pecado fuera insignificante.
No dijeron que daba lo mismo haber renegado de Cristo.
Pidieron conversión.
Pidieron penitencia.
Pero defendieron también algo profundamente evangélico:
el pecador verdaderamente arrepentido puede volver a casa.
Esto es la caridad cristiana.
San Pablo dice hoy:
«El amor es paciente, es benigno… no lleva cuentas del mal… todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta».
Eso no significa llamar bueno al mal.
Cornelio y Cipriano jamás hicieron eso.
La misericordia cristiana no consiste en decirle a una persona que no ha sucedido nada.
Consiste en poder decirle:
has pecado, pero todavía puedes volver.
Has caído, pero Cristo puede levantarte.
Has sido infiel, pero la misericordia de Dios es mayor que tu pecado.
Quizá nosotros necesitamos escuchar hoy precisamente esto.
Porque podemos caer en dos extremos.
Uno es banalizarlo todo:
«No pasa nada».
El otro es pensar:
«Para este ya no hay remedio».
El Evangelio rechaza ambos.
El pecado importa.
Pero la gracia importa todavía más.
«¿A quién compararé esta generación?».
Jesús habla hoy en el Evangelio de unos niños que están continuamente descontentos.
«Hemos tocado la flauta y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado».
Vino Juan Bautista, austero, y dijeron:
«Tiene un demonio».
Llegó Jesús, que comía con publicanos y pecadores, y dijeron:
«Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores».
Nada les parecía bien.
¿Por qué?
Porque el problema no estaba en Juan ni en Jesús.
El problema estaba en un corazón que no quería convertirse.
Y esto sigue ocurriendo.
Cuando no queremos cambiar, siempre encontramos una excusa.
Si alguien nos habla con dureza, decimos que le falta misericordia.
Si alguien nos habla con misericordia, decimos que le falta firmeza.
Si nos corrigen, nos molestamos.
Si no nos corrigen, decimos que nadie se preocupa por nosotros.
Al final podemos convertirnos en aquellos niños de la plaza:
nada nos parece suficiente.
Cornelio y Cipriano encontraron ese equilibrio difícil.
Firmeza en la verdad.
Misericordia con el pecador.
Y comunión con la Iglesia.
San Cipriano dejó una frase que atraviesa los siglos:
«No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por madre».
No concebía el cristianismo como una aventura individual.
Amar a Cristo significaba amar también su Cuerpo.
Por eso luchó por la unidad de la Iglesia.
Por eso apoyó al Papa Cornelio frente al cisma de Novaciano.
Y por eso ambos terminaron dando la vida por aquella Iglesia que habían servido.
Sus nombres siguen junto al altar.
Hay algo especialmente hermoso en la celebración de hoy.
San Cornelio y San Cipriano no son solamente personajes de un antiguo libro de historia.
Los sacerdotes continuamos pronunciando sus nombres cuando celebramos el Canon Romano:
«Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano, Lorenzo…»
Durante siglos la Iglesia ha repetido esos nombres junto al altar.
Personas reales.
Pastores reales.
Pecadores salvados por Cristo que terminaron derramando su sangre por Él.
Cuando escuchamos «Cornelio, Cipriano», podemos recordar que nuestra fe no empezó con nosotros.
Otros la recibieron.
Otros la custodiaron.
Otros murieron por ella.
Y nosotros la hemos recibido de sus manos.
«La más grande es el amor».
San Pablo termina diciendo:
«Quedan la fe, la esperanza y el amor, estas tres. La más grande es el amor».
Todo lo demás pasará.
Pasarán nuestros cargos.
Pasarán nuestras discusiones.
Pasarán nuestros éxitos.
Pasará la imagen que otros tienen de nosotros.
Incluso muchas cosas que hoy nos parecen importantísimas terminarán olvidadas.
Pero permanecerá aquello que hayamos amado.
Cornelio murió después de sufrir el destierro.
Cipriano fue conducido al martirio y, al escuchar su sentencia de muerte, respondió:
«Deo gratias».
«Gracias a Dios».
Eso no se improvisa.
Solo puede llegar a decirlo quien ha aprendido durante toda su vida que Cristo vale más que la propia vida.
Hoy podríamos hacernos un examen muy sencillo.
¿Mi fe me está haciendo amar más?
¿Soy más paciente?
¿Perdono más fácilmente?
¿Llevo cuentas del mal que otros me han hecho?
¿Hay personas a las que prácticamente he condenado dentro de mi corazón?
¿Sé decir la verdad sin herir innecesariamente?
¿Sé practicar la misericordia sin convertirla en indiferencia ante el pecado?
Porque podemos defender muchas cosas buenas y hacerlo sin caridad.
Podemos incluso defender la fe y terminar comportándonos de una manera que contradice al Dios al que queremos defender.
San Pablo hoy no deja lugar a dudas:
«Si no tengo amor, no soy nada».
Pidamos por intercesión de San Cornelio y San Cipriano un corazón verdaderamente católico.
Un corazón que no negocie la verdad.
Pero que tampoco cierre nunca la puerta al pecador arrepentido.
Un corazón que ame profundamente a la Iglesia.
Un corazón dispuesto a permanecer fiel cuando llegue la dificultad.
Y que, cuando pronunciemos sus nombres en el Canon Romano, recordemos que estamos celebrando la misma Eucaristía que sostuvo a aquellos cristianos capaces de entregar su sangre por Cristo.
Santos Cornelio y Cipriano, pastores, amigos y mártires, enseñadnos aquel «camino más excelente» del que hoy habla san Pablo: el camino de la caridad.
Que sepamos amar a Cristo, amar a su Iglesia y amar a nuestros hermanos hasta que un día permanezcan solamente aquellas tres cosas que nunca pasan:
la fe, la esperanza y el amor.
Y que la más grande de todas sea verdaderamente el amor.
Amén.
@sacerdosmariae
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