Las virtudes cristianas (XXI): El gozo, una alegría que el mundo no puede dar.

Las virtudes cristianas (XXI): El gozo, una alegría que el mundo no puede dar.

Hay personas que sonríen mucho y no son felices.

Y hay personas que atraviesan momentos muy duros y, sin embargo, conservan en lo profundo una serenidad luminosa que sorprende a quienes las rodean.

Esto nos permite comprender desde el principio una distinción importante.

El gozo cristiano no es simplemente estar contento.

La alegría humana depende muchas veces de lo que sucede.

Recibimos una buena noticia y nos alegramos.

Conseguimos algo que deseábamos y nos alegramos.

Estamos con personas queridas y nos alegramos.

Todo eso es bueno. El cristianismo no sospecha de la alegría humana. Al contrario, sabe recibirla agradecidamente como un regalo de Dios.

Pero el Espíritu Santo puede producir en nosotros algo todavía más profundo.

San Pablo lo llama gozo.

«El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz...» (Gal 5,22).

Después de la caridad aparece inmediatamente el gozo.

Y no es casualidad.

Porque cuando el hombre descubre verdaderamente que es amado por Dios, comienza a nacer en él una alegría que ya no depende completamente de las circunstancias.

1. La alegría de saberse amado.

Gran parte de nuestras tristezas nacen de una pregunta que quizá nunca pronunciamos:

«¿Soy verdaderamente amado?»

Necesitamos sabernos queridos.

Buscamos reconocimiento.

Nos duele profundamente la indiferencia.

Nos afecta que alguien importante para nosotros deje de contar con nosotros.

Y podemos intentar llenar ese vacío de muchas maneras.

Pero existe una experiencia capaz de alcanzar un lugar del corazón al que ningún afecto humano puede llegar completamente:

descubrir que Dios me ama.

No a la humanidad en abstracto.

A mí.

Con mi historia.

Con mis pecados.

Con mis heridas.

Con mis posibilidades y también con mis límites.

San Pablo lo comprendió de una manera tan personal que pudo escribir:

«Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20).

Por mí.

Cuando esta verdad deja de ser una frase aprendida y comienza a penetrar en el corazón, aparece el gozo.

2. «Alegraos siempre en el Señor».

San Pablo escribe a los filipenses:

«Alegraos siempre en el Señor; os lo repito: alegraos» (Flp 4,4).

La frase podría parecer ingenua.

Hasta que recordamos desde dónde escribe Pablo.

No está disfrutando tranquilamente de una vida sin dificultades.

Está prisionero.

Y desde allí dice:

«Alegraos».

Esto cambia completamente el significado de sus palabras.

Pablo no está diciendo que todo vaya bien.

Está diciendo que incluso cuando muchas cosas van mal existe una razón que permanece intacta:

el Señor está con nosotros.

Ahí está la diferencia entre el optimismo y la esperanza cristiana.

El optimismo dice:

«Seguro que todo saldrá bien».

La esperanza cristiana dice:

«Pase lo que pase, Dios no dejará de ser fiel».

Y de esa esperanza nace el gozo.

3. El cristiano también llora.

Conviene decirlo claramente.

El cristiano no tiene obligación de estar sonriendo permanentemente.

Jesús lloró.

Lloró ante la tumba de Lázaro.

Experimentó tristeza.

Sintió angustia en Getsemaní.

Y desde la Cruz pronunció aquellas palabras terribles del salmo:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46).

Por tanto, la tristeza no significa necesariamente falta de fe.

Hay acontecimientos ante los cuales llorar es profundamente humano.

La muerte.

La enfermedad.

Una traición.

Una separación.

El sufrimiento de alguien querido.

La alegría cristiana no nos convierte en seres insensibles.

Nos permite llorar sin desesperar.

Esta diferencia es fundamental.

Podemos tener lágrimas en los ojos y esperanza en el corazón.

4. El enemigo de la alegría no siempre es el sufrimiento.

Pensamos que seríamos felices si desaparecieran nuestros problemas.

Pero muchas veces comprobamos que no es así.

Solucionamos un problema y aparece inmediatamente otro motivo de preocupación.

Conseguimos aquello que deseábamos y poco después comenzamos a desear otra cosa.

Quizá porque el enemigo más profundo del gozo no sea el sufrimiento.

Muchas veces es vivir encerrados en nosotros mismos.

Pensar continuamente en lo que me falta.

En cómo me han tratado.

En lo que merecía.

En aquello que otros tienen y yo no.

En cómo deberían haber sucedido las cosas.

El yo puede convertirse en una habitación sin ventanas.

El Espíritu Santo abre esas ventanas.

Nos hace mirar hacia Dios.

Nos hace mirar hacia los demás.

Y entonces descubrimos que existen muchos motivos para agradecer que nuestra tristeza nos impedía ver.

5. La gratitud abre la puerta al gozo.

Existe una relación profunda entre gratitud y alegría.

La persona agradecida comienza a descubrir regalos por todas partes.

Un nuevo día.

Una conversación.

Una comida.

Una amistad.

Un rato de silencio.

La posibilidad de rezar.

El perdón recibido.

La Eucaristía.

Una pequeña muestra de cariño.

Nada de esto significa ignorar nuestros problemas.

Significa impedir que los problemas tengan la última palabra.

Hay personas que poseen muchísimo y viven permanentemente insatisfechas.

Y hay personas con muy poco que conservan una sorprendente capacidad de agradecer.

El corazón agradecido descubre que la vida no es principalmente algo que poseemos.

Es algo que recibimos.

Y quien descubre que recibe comienza espontáneamente a dar gracias.

6. «Nadie os quitará vuestra alegría».

Durante la Última Cena, Jesús dice a sus discípulos:

«Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría» (Jn 16,20).

Y poco después añade:

«Nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16,22).

Es una promesa extraordinaria.

Jesús no dice:

«Nunca estaréis tristes».

Dice algo mucho más profundo:

la tristeza no vencerá definitivamente.

La Cruz no será la última palabra.

Después del Viernes Santo llegará la mañana de Pascua.

Esta es la estructura más profunda de la esperanza cristiana.

No negamos el Viernes Santo.

Lo atravesamos.

Pero sabemos que existe un Domingo de Resurrección.

7. La alegría nace de la Pascua.

Aquí está finalmente el fundamento del gozo cristiano.

Cristo ha resucitado.

Si Cristo no hubiera resucitado, podríamos admirar su doctrina.

Podríamos emocionarnos con sus parábolas.

Podríamos considerarlo un extraordinario maestro moral.

Pero nuestra esperanza terminaría ante una tumba.

Sin embargo, la tumba está vacía.

La muerte ha sido vencida.

El pecado no tiene la última palabra.

Nuestra historia no termina en un cementerio.

Y por eso existe una alegría que puede convivir incluso con las lágrimas.

El cristiano sabe algo que cambia la manera de mirar toda la existencia:

la muerte ya no es el final.

8. La alegría de María.

Pocas palabras expresan tan bien el gozo cristiano como las primeras del Magníficat:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» (Lc 1,46-47).

María no canta porque su vida vaya a ser fácil.

Muy pronto conocerá la incomprensión.

Tendrá que huir a Egipto.

Escuchará la profecía de Simeón.

Y un día permanecerá al pie de la Cruz contemplando morir a su Hijo.

Sin embargo, María es la mujer del Magníficat.

Su alegría tiene una raíz más profunda que las circunstancias.

Dios ha hecho obras grandes en ella.

La alegría cristiana siempre posee algo de Magníficat.

Dejar de mirarnos continuamente a nosotros mismos y comenzar a proclamar las maravillas que Dios ha realizado.

9. Los santos y la alegría.

Resulta llamativo comprobar cuántos santos fueron personas profundamente alegres.

No porque tuvieran vidas fáciles.

Muchos conocieron enfermedades, incomprensiones, persecuciones y enormes sacrificios.

Pero habían encontrado un tesoro.

Y cuando alguien encuentra verdaderamente un tesoro, las demás cosas adquieren otra proporción.

La santidad triste y permanentemente malhumorada resulta difícil de comprender.

No porque el santo tenga que contar chistes a todas horas.

Sino porque quien vive cerca de Dios termina transparentando algo de la belleza de Dios.

La alegría también evangeliza.

Hay personas que quizá nunca abrirán un tratado de teología.

Pero pueden preguntarse:

«¿Qué tiene esta persona para vivir así?»

Y esa pregunta puede convertirse en una puerta hacia Dios.

10. No confundir alegría con ruido.

Nuestra cultura intenta muchas veces fabricar alegría.

Necesitamos música.

Pantallas.

Conversaciones.

Planes.

Experiencias.

Estímulos constantes.

Parece que si todo se detiene aparece inmediatamente el vacío.

Pero el gozo del Espíritu Santo puede convivir perfectamente con el silencio.

Más aún.

Muchas veces se descubre precisamente allí.

Una iglesia vacía.

Un rato delante del sagrario.

Una caminata.

El silencio después de comulgar.

Una habitación en la que finalmente dejamos el teléfono.

Entonces podemos descubrir algo sorprendente:

no necesitamos estar permanentemente entretenidos para ser felices.

El corazón que ha encontrado a Dios puede descansar.

11. «¿Por qué me persigues?».

Hay una escena especialmente hermosa para comprender este gozo.

Saulo camina hacia Damasco convencido de que debe perseguir a los cristianos.

De pronto una luz lo envuelve.

Cae al suelo.

Y escucha:

«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9,4).

En aquel instante todo su mundo se derrumba.

El hombre que creía ver descubre que estaba ciego.

El perseguidor descubre que estaba persiguiendo precisamente al Mesías que esperaba.

Podría parecer una tragedia.

Y, sin embargo, aquel derrumbamiento será el comienzo de una alegría completamente nueva.

Pablo perderá seguridades.

Conocerá persecuciones.

Será golpeado.

Sufrirá naufragios.

Acabará entregando su vida por Cristo.

Y, sin embargo, será precisamente él quien escriba:

«Alegraos siempre en el Señor».

Porque aquel día, en el camino de Damasco, Pablo perdió muchas certezas.

Pero encontró a Cristo.

12. Pedir el fruto del gozo.

El gozo no puede fabricarse.

Podemos divertirnos.

Podemos distraernos.

Podemos intentar mantener un estado de ánimo positivo.

Pero el gozo del Espíritu Santo es otra cosa.

Es fruto.

Crece cuando permanecemos unidos a Cristo.

Por eso podemos pedir:

Espíritu Santo, haz crecer en mí el fruto del gozo.

Enséñame a reconocer todo lo que recibo.

Líbrame de vivir encerrado en mis problemas.

Hazme agradecido.

Que pueda llorar sin perder la esperanza.

Que las dificultades no me hagan olvidar tu fidelidad.

Que mi alegría no dependa solamente de que las cosas sucedan como yo quiero.

Y cuando llegue la Cruz, recuérdame que después del Viernes Santo existe la Pascua.

Porque quizá la verdadera alegría cristiana pueda resumirse en algo muy sencillo:

Cristo está vivo.

Cristo está conmigo.

Cristo me ama.

Y si esto es verdad, nunca existe una oscuridad tan profunda que pueda apagar completamente la alegría.

El mundo puede quitarnos muchas cosas.

Pero Jesús nos ha prometido una alegría diferente:

«Nadie os quitará vuestra alegría».

@sacerdosmariae

La imagen.

La obra que acompaña este artículo es La conversión de San Pablo, de Caravaggio, pintada hacia 1600-1601.

Pablo aparece derribado.

Toda la seguridad con la que había emprendido el camino hacia Damasco se ha venido abajo en un instante.

Precisamente por eso esta imagen puede parecernos, en principio, una elección extraña para hablar del gozo.

No vemos una fiesta.

No vemos sonrisas.

Vemos a un hombre caído.

Y ahí está precisamente su fuerza.

Porque el gozo cristiano no consiste en que nunca caigamos al suelo. Consiste en descubrir que Cristo puede encontrarnos también allí.

Pablo había salido hacia Damasco convencido de que sabía perfectamente dónde estaba Dios. Necesitó caer para descubrir que Dios llevaba tiempo buscándolo a él.

La luz rompe la oscuridad de la escena.

El perseguidor queda desarmado ante una presencia que cambiará completamente su existencia.

A partir de aquel encuentro, la vida de Pablo no será más cómoda.

Será, humanamente hablando, mucho más difícil.

Conocerá persecuciones, cárceles, golpes, peligros y finalmente el martirio.

Y, sin embargo, precisamente ese hombre será capaz de escribir desde la prisión:

«Alegraos siempre en el Señor».

Ahí está el sentido de la imagen.

El gozo cristiano no nace de una existencia sin cruces.

Nace de haber encontrado a Cristo en medio de nuestra existencia.

Hay caídas que destruyen.

Pero también existen caídas en las que, cuando levantamos los ojos, descubrimos una luz que nunca habíamos visto.

Saulo cayó siendo perseguidor.

Se levantará siendo apóstol.

Creía que estaba perdiendo todas sus certezas.

En realidad estaba encontrando aquello para lo que había sido creado.

Por eso esta imagen expresa admirablemente el fruto del gozo.

La alegría cristiana comienza muchas veces cuando dejamos de intentar controlar nuestra vida y permitimos que Cristo irrumpa en ella.

Porque al final Pablo descubrió algo que vale más que todas las seguridades:

encontró a Cristo.

Y quien verdaderamente encuentra a Cristo puede perder muchas cosas.

Pero ha encontrado el tesoro.

@sacerdosmariae

Pie de foto: Caravaggio, La conversión de San Pablo, c. 1600-1601. Saulo cae al suelo y encuentra a Cristo: el gozo cristiano no nace de una vida sin pruebas, sino del encuentro con Aquel que puede iluminar incluso nuestras caídas.

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