Homilía del jueves de la semana XXIV del tiempo ordinario (pares).
Cuando uno se sabe perdonado, aprende a amar
Hay una frase del Evangelio de hoy que podría resumir una buena parte de la vida cristiana: «Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho».
Jesús está comiendo en casa de Simón, un fariseo. De pronto entra una mujer conocida en la ciudad como pecadora. No pronuncia ningún discurso. No intenta justificar su pasado. No explica por qué ha hecho lo que ha hecho. Sencillamente se acerca a Jesús.
Y llora.
Con sus lágrimas moja los pies del Señor. Los seca con sus cabellos. Los besa. Derrama sobre ellos perfume.
Toda la escena resulta incómoda para Simón. Él mira a aquella mujer y solo ve una cosa: su pecado.
Jesús, en cambio, mira mucho más adentro.
El pecado de los demás se ve con una facilidad asombrosa
Simón piensa para sus adentros: si Jesús fuera realmente profeta, sabría qué clase de mujer es la que le está tocando.
Ese pensamiento de Simón no nos resulta tan extraño. También nosotros podemos caer fácilmente en él.
Qué sencillo es clasificar a los demás.
Este es así.
Aquella hizo aquello.
Ese tiene tal defecto.
Aquella persona lleva una vida desordenada.
Este me decepcionó.
Aquel cometió tal pecado.
Y podemos terminar reduciendo una persona entera al peor momento de su vida.
Dios no hace eso.
Dios conoce nuestros pecados mucho mejor que nosotros mismos. No los minimiza. No llama bien al mal. Pero jamás confunde al pecador con su pecado.
Simón ve «una pecadora».
Cristo ve una mujer que está regresando a casa.
Jesús no niega su pecado
Hay algo muy hermoso en esta escena. Jesús no dice que aquella mujer no haya pecado.
Al contrario. Habla de «sus muchos pecados».
El cristianismo no consiste en fingir que el pecado no existe. La misericordia de Dios no consiste en decir que todo da igual.
Si no existe el pecado, tampoco necesitamos un Salvador.
Y san Pablo lo recuerda hoy en la primera lectura cuando transmite lo esencial del Evangelio: Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día.
Este es el corazón de nuestra fe.
Cristo no vino simplemente a enseñarnos algunas buenas ideas. No vino únicamente a ofrecernos un hermoso ejemplo moral.
Vino a salvarnos.
Murió por nuestros pecados.
Y resucitó.
Por eso, ante nuestros pecados, hay dos errores igualmente peligrosos.
El primero es pensar: «No pasa nada».
El segundo es pensar: «Ya no hay remedio».
El Evangelio rechaza ambos.
Sí, el pecado es serio.
Pero la misericordia de Cristo es todavía mayor.
Cuando uno se sabe perdonado
Jesús cuenta a Simón una pequeña parábola. Dos hombres debían dinero. Uno debía mucho; otro, bastante menos. Ninguno tenía con qué pagar.
Entonces el acreedor perdona la deuda a los dos.
Y Jesús pregunta:
«¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Simón responde correctamente:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Aquí está la clave.
La mujer ama tanto porque ha descubierto que ha sido amada primero.
Sus lágrimas no son solamente lágrimas de vergüenza. Son también lágrimas de quien ha descubierto que todavía puede volver a empezar.
Quizá esta sea una de las experiencias más profundas que puede hacer un cristiano: descubrir que, después de todo, Dios sigue queriéndome.
Conoce perfectamente mi historia.
Conoce mis pecados.
Conoce mis recaídas.
Conoce aquello que no sabe nadie.
Conoce incluso aquello que yo intento esconderme a mí mismo.
Y, sin embargo, me dice:
«Tus pecados quedan perdonados».
Por eso el sacramento de la Penitencia es uno de los grandes regalos de Cristo a su Iglesia.
No entramos en el confesionario para informar a Dios de algo que desconoce.
Entramos para dejar que Cristo pronuncie también sobre nosotros aquellas palabras.
Tus pecados quedan perdonados.
Vete en paz.
También san Pablo había descubierto esto
La primera lectura encaja maravillosamente con el Evangelio.
San Pablo recuerda las apariciones de Cristo resucitado. Pedro, los Doce, más de quinientos hermanos, Santiago, los apóstoles...
Y finalmente dice que Cristo se apareció también a él.
Pablo no olvida quién había sido.
Había perseguido a la Iglesia.
Podría haber pasado el resto de su existencia atormentándose por su pasado.
Sin embargo, dice una de las frases más hermosas de sus cartas:
«Por la gracia de Dios soy lo que soy».
No dice: «No hice nada malo».
Tampoco dice: «Como hice cosas terribles, mi vida ya no sirve para nada».
Dice:
Por la gracia de Dios soy lo que soy.
Eso es el cristianismo.
No negar nuestra historia, sino permitir que la gracia transforme nuestra historia.
El pecado confesado y perdonado ya no tiene la última palabra.
La última palabra la tiene Cristo.
La gracia no debe quedar estéril
Pero san Pablo añade inmediatamente algo más: la gracia de Dios no quedó estéril en él.
Este detalle es importante.
Ser perdonado no significa simplemente quedarse tranquilo.
Quien ha encontrado realmente la misericordia comienza a vivir de otra manera.
La mujer del Evangelio ama.
Pablo evangeliza.
Pedro, después de negar tres veces al Señor, terminará entregando la vida por Él.
Los santos no son hombres y mujeres que nunca necesitaron misericordia. Son hombres y mujeres que dejaron que la misericordia de Dios transformara su vida.
También nosotros deberíamos preguntarnos:
¿Qué está haciendo en mí la gracia recibida?
¿Me hace más humilde?
¿Más misericordioso?
¿Más paciente?
¿Me hace juzgar menos?
¿Perdonar más?
¿Servir más?
¿Amar más?
Porque puede ocurrir algo terrible: recibir muchas veces el perdón de Dios y seguir siendo implacables con los demás.
Entonces nos pareceríamos demasiado a Simón.
«¿Ves a esta mujer?»
Hay una pregunta de Jesús que casi pasa inadvertida:
«¿Ves a esta mujer?»
Simón la había visto entrar.
Pero, en realidad, no la había visto.
Había visto su fama.
Había visto su pasado.
Había visto su pecado.
Jesús le pregunta:
¿Ves a esta mujer?
Quizá el Señor podría hacernos hoy la misma pregunta respecto de muchas personas.
¿Ves realmente a esa persona?
¿O solamente ves lo que hizo?
¿Ves a tu marido, a tu mujer, a tu hijo, a tu hermano, a tu vecino, a tu compañero?
¿O ves únicamente aquello que te molestó de él?
La misericordia comienza cuando aprendemos a mirar a las personas como Dios las mira.
No significa aprobarlo todo.
Significa recordar que nadie queda reducido para siempre a sus pecados.
Mientras haya vida, la gracia de Dios puede escribir páginas nuevas.
«Vete en paz»
El Evangelio termina con unas palabras maravillosas:
«Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Aquella mujer había entrado llorando.
Sale en paz.
Esa es la obra de Cristo.
Nosotros llegamos tantas veces cargados de culpas, cansancios, heridas y pecados.
Y Él no nos humilla.
Nos perdona.
Nos levanta.
Nos devuelve la dignidad.
Y nos pone nuevamente en camino.
Tal vez hoy no necesitemos complicar demasiado nuestra oración.
Bastaría acercarnos al Señor como aquella mujer.
Sin excusas.
Sin máscaras.
Sin discursos.
Y decirle sencillamente:
Señor, Tú sabes quién soy.
Sabes lo bueno y lo malo.
Sabes mis caídas y mis deseos de comenzar de nuevo.
Perdóname.
Enséñame a recibir tu misericordia.
Y porque Tú me has amado tanto,
enséñame también a amar mucho.
@sacerdosmariae
Imagen:
Cristo en casa de Simón el fariseo, Peter Paul Rubens, c. 1618-1620. La mujer pecadora se acerca a los pies de Cristo mientras los invitados observan la escena. Frente al juicio de Simón, Jesús revela la lógica de la misericordia: quien descubre cuánto ha sido perdonado aprende también a amar mucho.
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