Homilía del sábado de la XXIV semana del Tiempo Ordinario.
Guardar la Palabra y dar fruto con perseverancia.
Sábado de la XXIV semana del Tiempo Ordinario.
Hay una imagen muy hermosa que atraviesa la Palabra de Dios de hoy: la semilla.
San Pablo habla de una semilla para explicar el misterio de la resurrección. Jesús habla de una semilla para explicar el misterio de la Palabra de Dios en el corazón del hombre.
Y las dos cosas están profundamente unidas.
Una semilla es pequeña. Parece insignificante. Puede permanecer mucho tiempo escondida bajo tierra sin que nadie advierta lo que está sucediendo. Sin embargo, dentro de ella existe una fuerza extraordinaria. Cuando encuentra tierra buena, humedad y tiempo, comienza a germinar.
Así trabaja muchas veces Dios en nuestra vida.
1. «Salió el sembrador a sembrar su semilla».
Jesús comienza la parábola con una frase sencilla: «Salió el sembrador a sembrar su semilla».
El sembrador es generoso. Va sembrando por todas partes. La semilla cae en el camino, entre piedras, entre abrojos y también en tierra buena.
Dios actúa así.
Continúa sembrando su Palabra en nuestra vida.
La escuchamos en la celebración de la Eucaristía. La encontramos en la Sagrada Escritura. Nos llega mediante una conversación, una persona, una circunstancia inesperada, un consejo, una corrección, un momento de silencio o incluso una dificultad.
Dios siembra continuamente.
Y hay algo especialmente consolador en esta parábola: el sembrador nunca se cansa de sembrar.
Aunque tantas semillas parezcan perderse, vuelve a salir al campo.
También con nosotros.
Cuántas veces hemos escuchado una palabra del Evangelio sin prestarle demasiada atención. Cuántas veces hemos sentido una llamada de Dios que hemos dejado para más adelante. Cuántas veces hemos comenzado un propósito con entusiasmo y después lo hemos abandonado.
El Señor vuelve a sembrar.
Tiene paciencia con nuestra tierra.
2. El corazón también necesita ser trabajado.
Jesús describe cuatro terrenos distintos. En realidad, está describiendo cuatro situaciones que pueden encontrarse dentro de nuestro propio corazón.
Hay momentos en que nuestro corazón parece un camino endurecido. Escuchamos la Palabra, pero apenas consigue penetrar.
Otras veces somos terreno pedregoso. Recibimos algo de Dios con entusiasmo, pero faltan raíces. Aparece una dificultad, una incomprensión o una prueba, y aquello que había comenzado con tanta alegría empieza a marchitarse.
También conocemos los abrojos.
Jesús los identifica con los afanes, las riquezas y los placeres de la vida.
Quizá aquí encontramos una de las advertencias más actuales del Evangelio.
Vivimos rodeados de ruido. Tenemos demasiadas cosas reclamando continuamente nuestra atención. El teléfono, los mensajes, las noticias, las preocupaciones, el trabajo, los proyectos, los deseos, las inquietudes.
Y la Palabra de Dios puede quedar fácilmente sofocada.
La semilla estaba allí. Había comenzado incluso a crecer. Pero otras cosas fueron ocupando todo el espacio.
Por eso la vida espiritual necesita cuidar el terreno.
El silencio, la oración, el examen de conciencia, la confesión frecuente, la lectura reposada del Evangelio y la Eucaristía van removiendo poco a poco la tierra del corazón.
Dios pone la semilla. Nosotros debemos ofrecerle la tierra.
3. «La guardan».
Cuando Jesús habla de la tierra buena utiliza una expresión preciosa: son aquellos que escuchan la Palabra con corazón noble y generoso y la guardan.
Guardar la Palabra.
La Virgen María conocía muy bien este modo de vivir. El Evangelio nos dice varias veces que María guardaba las cosas de Dios y las meditaba en su corazón.
Guardar significa permitir que una palabra permanezca dentro de nosotros.
Hay palabras del Evangelio que necesitan acompañarnos durante años.
«No tengáis miedo».
«Sígueme».
«Permaneced en mí».
«Amaos unos a otros».
«Tu fe te ha salvado».
«Yo estoy con vosotros todos los días».
Quizá nuestra vida espiritual ganaría mucho si dejáramos que una sola palabra de Cristo permaneciera dentro de nosotros durante toda una jornada.
Leer el Evangelio por la mañana. Quedarnos con una frase. Repetirla durante el día. Volver a ella cuando aparezca una preocupación. Recordarla antes de acostarnos.
Poco a poco esa palabra comienza a echar raíces.
4. «Dan fruto con perseverancia».
Jesús añade finalmente algo decisivo: la tierra buena da fruto con perseverancia.
La vida cristiana necesita tiempo.
La gracia suele trabajar silenciosamente.
Queremos ver resultados rápidos. Nos gustaría comprobar inmediatamente que nuestra oración produce frutos, que hemos vencido nuestros defectos o que una dificultad se ha solucionado.
Dios trabaja con otros tiempos.
El agricultor siembra y espera.
Durante muchos días mira un campo aparentemente vacío. Bajo la tierra, sin embargo, está comenzando la vida.
También hay temporadas de nuestra vida espiritual en las que parece que nada sucede.
Rezamos y seguimos teniendo las mismas dificultades.
Luchamos y continúan apareciendo nuestras debilidades.
Pedimos por una persona y aparentemente nada cambia.
Seguimos sembrando.
Porque ninguna semilla entregada a Dios se pierde.
La perseverancia es una de las formas más hermosas de la confianza.
Continuar rezando.
Continuar amando.
Continuar perdonando.
Continuar sirviendo.
Continuar comenzando de nuevo.
5. La semilla de la resurrección.
San Pablo utiliza hoy también la imagen de la semilla para hablarnos de nuestra propia resurrección.
Una semilla entra en la tierra y desaparece de nuestra vista. Después surge una vida nueva.
Nuestra existencia cristiana está marcada por esta esperanza.
Todo aquello que vivimos unido a Cristo lleva dentro una semilla de eternidad.
Nuestros pequeños sacrificios.
El amor ofrecido silenciosamente.
El cuidado de una persona.
Una oración hecha en medio del cansancio.
Una fidelidad mantenida durante años.
Una cruz aceptada con confianza.
Quizá muchas de esas cosas permanezcan ocultas a los ojos del mundo. Dios conoce cada semilla.
Y llegará el día en que veremos todo aquello que su gracia había ido haciendo silenciosamente.
6. ¿Qué tierra encuentra hoy el Señor?
La parábola termina invitándonos a mirar nuestro corazón.
Hoy el sembrador vuelve a salir.
Cristo vuelve a sembrar su Palabra.
Podemos pedirle una gracia muy sencilla:
«Señor, haz de mi corazón tierra buena».
Remueve lo que se ha endurecido.
Quita las piedras que impiden echar raíces.
Arranca los abrojos que están sofocando tu presencia.
Dame un corazón noble y generoso.
Enséñame a guardar tu Palabra.
Y concédeme perseverar cuando todavía no vea el fruto.
Porque Dios sigue sembrando.
También hoy.
También en nosotros.
Y una sola semilla acogida de verdad puede transformar toda una vida.
Señor Jesús, haz nuestro corazón tierra buena. Que escuchemos tu Palabra, la guardemos con fidelidad y demos fruto abundante con perseverancia. Amén.
@sacerdosmariae
Imagen. El sembrador, Vincent van Gogh, 1888. La figura del sembrador avanzando sobre la tierra iluminada por el sol expresa admirablemente el Evangelio de hoy. Dios continúa esparciendo generosamente su Palabra sobre nuestra vida. La semilla parece pequeña y queda escondida durante un tiempo, pero lleva dentro una fuerza capaz de transformar la tierra y producir fruto abundante.
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