Las virtudes cristianas (XXIV): La longanimidad, saber esperar las promesas de Dios.

Las virtudes cristianas (XXIV): La longanimidad, saber esperar las promesas de Dios.

Hay esperas que duran unos minutos.

Otras duran meses.

Y algunas pueden durar toda una vida.

Ayer hablábamos de la paciencia. De aprender a respetar los tiempos de Dios, de soportar las dificultades sin abandonar el camino y de continuar sembrando aunque todavía no veamos el fruto.

Pero la tradición cristiana añade inmediatamente otro fruto del Espíritu Santo que hoy utilizamos poco en nuestro lenguaje habitual:

la longanimidad.

El Catecismo la incluye entre los doce frutos del Espíritu Santo, después de la paciencia.

Las dos están profundamente relacionadas, pero no son exactamente lo mismo.

La paciencia nos ayuda a soportar el mal presente.

La longanimidad nos ayuda a esperar durante mucho tiempo un bien que todavía no llega.

Es la virtud del corazón que sabe esperar a largo plazo.

La del que ha rezado durante años.

La del que lleva mucho tiempo sembrando.

La del que continúa creyendo en una promesa cuando todavía no puede ver su cumplimiento.

Y quizá precisamente por eso sea un fruto especialmente necesario para nosotros.

Porque vivimos en una época que quiere todo inmediatamente.

Dios, en cambio, continúa trabajando con eternidad.

1. Una palabra que casi hemos olvidado.

Longanimidad viene de dos palabras latinas: longus y animus.

Podríamos traducirla literalmente como tener «un ánimo largo», un corazón capaz de llegar lejos.

Es una imagen preciosa.

Hay corazones que se cansan pronto.

Comienzan con entusiasmo.

Rezan durante un tiempo.

Intentan cambiar.

Se comprometen.

Esperan.

Pero cuando el resultado tarda, aparece el cansancio.

«Ya he hecho bastante».

«Llevo demasiado tiempo esperando».

«He rezado mucho por esto y nada cambia».

«Quizá no merezca la pena continuar».

La longanimidad ensancha el corazón.

Nos permite continuar esperando cuando la espera se hace larga.

No porque sepamos cuándo llegará aquello que esperamos.

Sino porque sabemos en Quién hemos puesto nuestra esperanza.

2. Dios no tiene nuestra prisa.

Una de las cosas que más desconciertan en la Sagrada Escritura es el tiempo que Dios emplea.

Dios promete a Abraham una descendencia.

Y Abraham tiene que esperar.

José recibe unos sueños que anuncian algo grande.

Y antes de verlos cumplidos conocerá la esclavitud y la cárcel.

Israel espera durante generaciones al Mesías.

David es ungido rey.

Y todavía tendrá que atravesar muchas dificultades antes de sentarse en el trono.

Dios anuncia.

Y después parece esperar.

Nosotros habríamos organizado las cosas de otra manera.

Más rápidamente.

Más eficazmente.

Con resultados visibles cuanto antes.

Pero Dios prepara las cosas en profundidad.

Y la profundidad necesita tiempo.

3. Abraham salió sin saber adónde iba.

Hay un momento extraordinario en la historia de Abraham.

Dios le dice:

«Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré» (Gn 12,1).

Abraham obedece.

Pero todavía no posee la tierra.

Después recibe otra promesa:

«Mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas. Así será tu descendencia» (Gn 15,5).

El problema es evidente.

Abraham envejece.

Sara envejece.

Y el hijo prometido no llega.

¿Qué hace Abraham mientras tanto?

Camina.

Cree.

Espera.

También duda algunas veces.

También intenta encontrar soluciones humanas.

Porque los grandes personajes bíblicos no son figuras de piedra. Son hombres reales que aprenden a confiar.

Y Dios continúa siendo fiel.

Isaac llegará.

Pero llegará en el tiempo de Dios.

4. Hay promesas que necesitan años.

Nos cuesta aceptar esto.

Queremos ver resultados.

También en la vida espiritual.

Comenzamos a rezar por alguien y esperamos que cambie.

Empezamos un camino espiritual y queremos notar inmediatamente sus frutos.

Luchamos contra un defecto y esperamos vencerlo rápidamente.

Iniciamos una obra apostólica y queremos comprobar enseguida que funciona.

Pero algunas de las obras más importantes de Dios necesitan años.

A veces generaciones.

Nosotros vemos solamente una pequeña parte de la historia.

Dios ve el conjunto.

Quizá estamos sembrando algo cuyo fruto recogerá otra persona.

San Pablo lo expresaba con enorme sencillez:

«Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer» (1 Cor 3,6).

Nuestra tarea no consiste siempre en recoger.

A veces consiste simplemente en sembrar fielmente.

5. La longanimidad nos libra del desánimo.

El desánimo aparece cuando comparamos nuestros esfuerzos con los resultados.

«He hecho tanto y he conseguido tan poco».

Esta frase puede aparecer en una familia.

En una vocación.

En una parroquia.

En un apostolado.

En nuestra propia vida espiritual.

Pero quizá Dios mide las cosas de otra manera.

Nosotros contamos resultados.

Dios mira fidelidades.

Nosotros preguntamos cuánto hemos conseguido.

Dios pregunta cuánto hemos amado.

Nosotros queremos ver la cosecha.

Dios quizá nos pide simplemente que continuemos sembrando.

La longanimidad nos permite trabajar sin necesitar constantemente comprobar que estamos triunfando.

Porque el Reino de Dios crece muchas veces silenciosamente.

6. El agricultor sabe esperar.

Santiago utiliza una imagen preciosa:

«Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. Mirad: el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía» (Sant 5,7).

El agricultor posee una sabiduría que nuestra cultura tecnológica está olvidando.

Puede preparar la tierra.

Puede sembrar.

Puede cuidar.

Puede regar.

Pero no puede tirar del tallo para obligarlo a crecer más rápidamente.

Si lo hiciera, destruiría la planta.

Hay cosas que solamente pueden crecer a su ritmo.

También las personas.

También la fe.

También las vocaciones.

También las conversiones.

También nuestra santidad.

Dios sabe esperar.

Y nosotros necesitamos aprender de Él.

7. Dios también es longánimo con nosotros.

Quizá esta sea la dimensión más consoladora.

Nosotros hablamos de nuestra paciencia con Dios.

Pero pensemos por un momento en la paciencia de Dios con nosotros.

¿Cuántos años lleva esperándonos?

¿Cuántas veces nos ha perdonado el mismo pecado?

¿Cuántas inspiraciones hemos dejado pasar?

¿Cuántas veces nos ha llamado y hemos respondido a medias?

¿Cuántas veces hemos prometido cambiar y hemos vuelto exactamente al mismo lugar?

Y Dios sigue llamando.

No se cansa.

No porque nuestros pecados sean indiferentes.

Sino porque su misericordia es mayor que nuestra miseria.

San Pedro explica incluso el aparente retraso de la venida del Señor desde esta perspectiva:

«El Señor no retrasa el cumplimiento de la promesa, como algunos lo consideran, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos accedan a la conversión» (2 Pe 3,9).

Lo que nosotros interpretamos como retraso puede ser misericordia.

8. La longanimidad en la evangelización.

Este fruto es especialmente necesario cuando queremos transmitir la fe.

Podemos caer en la tentación de pensar que una buena conversación debería producir inmediatamente una conversión.

Rara vez sucede así.

Una palabra puede quedar sembrada durante años.

Una persona puede recordar mucho tiempo después algo que escuchó casi casualmente.

Un testimonio silencioso puede trabajar dentro de un corazón sin que nosotros lleguemos nunca a saberlo.

Por eso evangelizar exige longanimidad.

Anunciar.

Proponer.

Acompañar.

Rezar.

Y respetar el misterio de la libertad y de la gracia.

Nosotros no convertimos a nadie.

Eso es obra de Dios.

Nuestra misión es ser fieles.

9. Simeón: toda una vida esperando.

El Evangelio nos presenta a un hombre que encarna admirablemente esta virtud.

Simeón.

San Lucas dice que era:

«justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel» (Lc 2,25).

Esperaba.

No sabemos cuánto tiempo.

Pero podemos imaginar una vida entera aguardando el cumplimiento de una promesa.

El Espíritu Santo le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías.

Pasarían los años.

Quizá muchas veces entraría en el Templo.

Vería llegar familias.

Niños.

Sacerdotes.

Peregrinos.

Y la promesa todavía no se cumplía.

Hasta que un día entran José y María llevando a un niño.

Nada espectacular.

Una familia pobre.

Un niño entre tantos.

Pero Simeón reconoce lo que otros no pueden ver.

Toma al Niño en brazos.

Y entonces pronuncia una de las oraciones más hermosas de toda la Escritura:

«Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc 2,29-30).

Había valido la pena esperar.

10. «Mis ojos han visto».

Qué momento.

Una vida entera concentrada en unos segundos.

Todo aquello que Simeón había esperado está ahora entre sus brazos.

Dios había cumplido.

No cuando Simeón habría querido.

No necesariamente como él habría imaginado.

Pero había cumplido.

Esta es una de las grandes certezas de la fe:

Dios cumple sus promesas.

Nosotros podemos cansarnos.

Podemos no comprender.

Podemos pensar que tarda.

Pero Dios permanece fiel.

La longanimidad vive de esta certeza.

No sabemos cuándo.

No sabemos cómo.

Pero sabemos Quién ha prometido.

11. Algunas promesas solamente las veremos en el cielo.

Hay algo todavía más profundo.

No todas nuestras esperas tendrán un desenlace visible en esta vida.

Podemos rezar durante años por una intención y morir sin saber qué ocurrió.

Podemos sembrar y no ver la cosecha.

Podemos trabajar por algo cuyos frutos aparecerán después de nosotros.

Incluso podemos terminar nuestra vida con preguntas abiertas.

La fe cristiana nos permite atravesar también esta frontera.

Nuestra esperanza no termina en el horizonte de esta vida.

Esperamos:

«la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».

La longanimidad cristiana llega hasta la eternidad.

Por eso el cristiano puede morir esperando.

Porque sabe que la última palabra de Dios no se pronuncia en este mundo.

12. Aprender a esperar sin exigir.

Hay una forma impaciente de rezar.

«Señor, quiero esto».

Y añadimos interiormente:

«Así».

«Ahora».

«De esta manera».

La oración cristiana va madurando hasta poder decir:

«Señor, esto es lo que deseo. Pero confío más en tu sabiduría que en la mía».

Eso no significa dejar de pedir con insistencia.

Jesús mismo nos invita a hacerlo.

Significa permitir que la petición termine convirtiéndose en confianza.

Podemos seguir llamando a la puerta.

Pero sin decidir nosotros cuándo tiene Dios que abrirla.

13. Cuando parece que nada sucede.

Quizá haya ahora mismo en nuestra vida alguna espera larga.

Una persona por la que rezamos.

Una decisión que no llega.

Una situación familiar.

Una enfermedad.

Una vocación que necesita aclararse.

Una herida.

Una obra apostólica cuyo fruto todavía no vemos.

Una promesa que parece lejana.

La longanimidad nos invita a no interpretar el silencio como abandono.

Dios puede estar trabajando precisamente donde nosotros no vemos nada.

Una semilla bajo tierra parece exactamente igual un día antes de brotar que meses antes.

Desde fuera no vemos nada.

Pero dentro hay vida.

14. Pedir el fruto de la longanimidad.

La longanimidad es fruto del Espíritu Santo.

Por eso debemos pedirla.

Espíritu Santo, ensancha mi corazón.

Dame un ánimo largo.

Que no me canse de hacer el bien porque tarde en ver resultados.

Que no abandone la oración porque todavía no haya recibido aquello que pido.

Que sepa sembrar aunque otro tenga que recoger.

Que confíe cuando tus tiempos no coincidan con los míos.

Dame perseverancia para las esperas largas.

Recuérdame la fidelidad de Abraham.

La esperanza de Simeón.

La paciencia de tantos santos que murieron sin contemplar todos los frutos de aquello por lo que habían trabajado.

Y cuando me parezca que tardas demasiado, recuérdame que Tú ves la historia completa mientras yo solamente veo una página.

Quizá la longanimidad pueda resumirse en una frase:

Dios todavía está escribiendo.

Nosotros queremos leer inmediatamente el final.

Él nos pide que confiemos mientras pasamos las páginas.

Llegará el momento en que comprenderemos.

Llegará el momento en que veremos.

Y quizá entonces descubramos que muchas de aquellas esperas que tanto nos costaron estaban preparando algo mucho mayor de lo que habíamos imaginado.

Simeón esperó durante años.

Hasta que un día pudo tomar entre sus brazos al Salvador.

También nosotros esperamos.

Y nuestra esperanza tiene finalmente un nombre:

Jesucristo.

@sacerdosmariae

La imagen.

La obra que acompaña este artículo es Simeón en el Templo, de Rembrandt van Rijn.

Rembrandt representa al anciano Simeón sosteniendo al Niño Jesús entre sus brazos.

Es difícil encontrar una imagen más apropiada para hablar de la longanimidad.

Estamos contemplando el final de una espera.

Simeón ha vivido aguardando el cumplimiento de una promesa. No sabía qué día llegaría. No podía acelerar su cumplimiento. Solamente podía permanecer fiel.

Y finalmente aquello que había esperado durante tanto tiempo cabe entre sus brazos.

La escena tiene una enorme delicadeza.

El anciano sostiene al Niño.

La vejez sostiene la infancia.

El Antiguo Testamento recibe al Nuevo.

La espera abraza el cumplimiento.

Y Simeón ya no necesita nada más.

Puede morir en paz.

Sus ojos han visto.

Hay una enseñanza preciosa para nuestra vida espiritual.

Nosotros solemos pensar que Dios debería cumplir sus promesas rápidamente. Simeón nos enseña que la fidelidad de Dios no se mide con nuestro reloj.

Dios llegó.

La promesa se cumplió.

Y toda aquella espera adquirió sentido.

Quizá también nosotros llevemos mucho tiempo esperando algo.

Todavía no podemos sostenerlo entre nuestros brazos.

Todavía no podemos decir: «mis ojos han visto».

Entonces Simeón nos invita a permanecer.

A rezar.

A esperar.

A seguir entrando cada día en el Templo.

Porque no sabemos cuál será el día en que una espera de años se encuentre finalmente con la fidelidad de Dios.

La longanimidad consiste precisamente en eso: continuar esperando porque conocemos a Aquel que ha prometido.

Pie de foto: Rembrandt van Rijn, Simeón en el Templo. El anciano recibe finalmente entre sus brazos al Salvador que había esperado: la longanimidad persevera durante años porque confía en la fidelidad de Dios.

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