Las virtudes cristianas (XXII): La paz, cuando Cristo permanece en la barca.
Las virtudes cristianas (XXII): La paz, cuando Cristo permanece en la barca.
Todos queremos vivir en paz.
Lo decimos muchas veces.
«Necesito que me dejen en paz».
«Cuando termine esto estaré más tranquilo».
«Cuando solucione aquel problema podré descansar».
«Cuando pase esta temporada recuperaré la paz».
Y así podemos pasar buena parte de nuestra vida esperando que llegue finalmente ese momento en el que todo esté en orden.
Pero casi nunca llega.
Solucionamos un problema y aparece otro.
Termina una preocupación y comienza la siguiente.
Hay épocas más tranquilas y otras más complicadas, pero la vida nunca permanece completamente bajo nuestro control.
Por eso, si nuestra paz depende de que todo esté bien, probablemente nunca tendremos verdadera paz.
El Espíritu Santo quiere regalarnos algo diferente.
San Pablo escribe:
«El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz...» (Gal 5,22).
Después de la caridad y del gozo aparece la paz.
No una vida sin tormentas.
Una paz capaz de permanecer en medio de la tormenta.
1. «Mi paz os doy».
Durante la Última Cena, Jesús pronuncia unas palabras extraordinarias:
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo» (Jn 14,27).
Hay, por tanto, dos maneras de entender la paz.
Existe una paz que puede dar el mundo.
Y existe la paz que da Cristo.
La primera depende muchas veces de las circunstancias.
Estoy en paz porque no tengo problemas.
Estoy en paz porque nadie me molesta.
Estoy en paz porque las cosas están saliendo como había previsto.
Pero basta una llamada telefónica.
Un diagnóstico.
Una discusión.
Una decepción.
Una dificultad económica.
Una noticia inesperada.
Y aquella paz desaparece.
Cristo ofrece algo diferente:
«Mi paz os doy».
Una paz que no depende completamente de lo que ocurre fuera, porque nace de una presencia que habita dentro.
2. La paz no consiste en tenerlo todo controlado.
Una de las grandes enemigas de la paz es nuestra necesidad de control.
Queremos saber qué sucederá.
Queremos anticiparnos.
Queremos tener preparadas todas las respuestas.
Queremos asegurarnos de que nada salga mal.
Y cuando aparece algo que no habíamos previsto, inmediatamente surge la inquietud.
Pero la realidad es bastante sencilla:
no podemos controlarlo todo.
Ni siquiera podemos controlar completamente lo que sucederá mañana.
Podemos ser prudentes.
Podemos planificar.
Podemos trabajar.
Podemos prever razonablemente las dificultades.
Todo eso forma parte de nuestra responsabilidad.
Pero existe un momento en el que tenemos que aceptar que la vida está en manos de Otro.
La paz comienza muchas veces precisamente allí donde termina nuestra pretensión de controlarlo todo.
3. «No se turbe vuestro corazón».
Jesús conoce perfectamente el corazón humano.
Por eso dice:
«No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27).
El corazón puede turbarse.
Todos lo sabemos.
Hay pensamientos que comienzan siendo pequeños y terminan ocupándolo todo.
«¿Y si sucede esto?».
«¿Y si aquello sale mal?».
«¿Y si no puedo?».
«¿Y si pierdo esto?».
«¿Y si ocurre aquello que tanto temo?».
Nuestra imaginación posee una extraordinaria capacidad para fabricar sufrimientos que todavía no existen.
A veces sufrimos más por lo que podría suceder que por lo que realmente está sucediendo.
Cristo no nos promete conocer anticipadamente todas las respuestas.
Nos pide algo distinto:
confiar.
4. La paz nace de saberse en manos de Dios.
El cristiano no cree en un destino ciego.
Cree en la Providencia.
Eso no significa pensar que todo lo que sucede es bueno.
Existen el pecado.
La injusticia.
La enfermedad.
La muerte.
La libertad humana puede producir muchísimo sufrimiento.
Pero la fe cristiana afirma algo extraordinario:
ninguna circunstancia puede impedir definitivamente a Dios conducir nuestra historia hacia Él.
San Pablo lo expresa así:
«A los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rom 8,28).
No dice que todo sea bueno.
Dice que Dios puede servirse incluso de aquello que nosotros nunca habríamos elegido.
Cuántas veces, mirando hacia atrás, descubrimos que determinados acontecimientos que entonces no comprendíamos terminaron abriendo caminos que jamás habríamos imaginado.
La Providencia suele comprenderse mejor mirando hacia atrás que intentando adivinar el futuro.
5. Hacer lo que podemos y entregar lo que no podemos.
Hay una forma muy sencilla de recuperar la paz.
Preguntarnos:
«¿Esto depende de mí?»
Si depende de mí, debo actuar.
Quizá tengo que pedir perdón.
Quizá debo tomar una decisión.
Quizá necesito trabajar más.
Quizá debo hablar con alguien.
Quizá tengo que cambiar algo en mi vida.
Entonces no sirve decir simplemente: «Dios proveerá».
La confianza cristiana nunca es irresponsabilidad.
Pero hay otras cosas que no dependen de nosotros.
Lo que otra persona piensa.
Lo que alguien decidirá mañana.
Una enfermedad que no podemos controlar.
El resultado final de un proyecto después de haber hecho todo lo posible.
El futuro.
Entonces llega el momento de decir:
«Señor, esto ya no está en mis manos. Lo pongo en las tuyas».
Hay una enorme paz en aprender esta diferencia.
6. La paz con Dios.
Pero existe una paz todavía más profunda.
La paz de la conciencia.
Podemos tener todas las circunstancias exteriores perfectamente ordenadas y, sin embargo, llevar una guerra dentro.
El pecado divide el corazón.
Por eso una de las experiencias más hermosas de la vida cristiana es escuchar después de haber confesado sinceramente nuestros pecados:
«Yo te absuelvo de tus pecados...»
Cuántas personas han entrado alguna vez en un confesionario cargando un peso y han salido experimentando una libertad difícil de explicar.
La reconciliación con Dios produce paz.
Porque hemos sido creados para vivir en amistad con Él.
San Pablo dice:
«Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom 5,1).
La paz cristiana comienza ahí.
No haciendo las paces con nuestras mediocridades.
Sino dejándonos reconciliar con Dios.
7. La paz también exige perdonar.
Podemos pedir muchas veces al Señor que nos conceda paz mientras seguimos alimentando resentimientos.
Pero ambas cosas difícilmente pueden convivir.
El rencor ocupa muchísimo espacio.
Nos hace repetir conversaciones antiguas.
Nos hace imaginar respuestas.
Nos hace volver una y otra vez sobre heridas que quizá ocurrieron hace años.
Perdonar no significa negar lo sucedido.
Ni significa que tengamos necesariamente que recuperar una relación que puede ser dañina.
Significa algo más profundo:
dejar de exigir interiormente que el pasado sea distinto de lo que fue.
El pasado ya no puede cambiar.
Pero podemos decidir qué lugar ocupará dentro de nosotros.
El perdón devuelve a Dios el juicio.
Y cuando dejamos de ejercer continuamente de jueces, comienza a regresar la paz.
8. Ser también instrumentos de paz.
La paz que recibimos no puede quedarse solamente dentro de nosotros.
Jesús proclama:
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).
Hay personas que, cuando llegan a un lugar, aumentan inmediatamente la tensión.
Llevan rumores.
Enfrentan.
Interpretan siempre las palabras del peor modo posible.
Necesitan tener razón.
Hay otras personas cuya presencia produce el efecto contrario.
Escuchan.
Calman.
No alimentan conflictos innecesarios.
Saben callar.
Saben poner una palabra buena.
Saben acercar a quienes se habían distanciado.
El cristiano está llamado a pertenecer a este segundo grupo.
No solamente necesitamos paz.
Estamos llamados a llevar paz.
9. La Eucaristía y la paz.
Hay un momento de la Misa que quizá repetimos con tanta frecuencia que podemos dejar de advertir su profundidad.
Poco antes de la comunión, el sacerdote recuerda las palabras de Jesús:
«La paz os dejo, mi paz os doy».
Y después pide:
«No tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia».
La paz aparece unida a la misericordia.
Después escuchamos:
«La paz del Señor esté siempre con vosotros».
Y poco después nos acercamos a recibir a Cristo.
No es casualidad.
Nuestra paz no es simplemente una técnica psicológica.
Nuestra paz es una Persona.
Cristo es nuestra paz.
Por eso la paz cristiana crece cuando crece nuestra comunión con Él.
10. Una barca en medio de la tormenta.
Hay una escena del Evangelio que expresa todo esto de una manera extraordinaria.
Jesús y sus discípulos atraviesan el lago.
De repente se levanta una fuerte tempestad.
Las olas entran en la barca.
Los discípulos son hombres acostumbrados al mar, pero esta vez tienen miedo.
Mientras tanto, Jesús duerme.
Lo despiertan:
«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38).
Esta pregunta sigue siendo tremendamente actual.
También nosotros podemos pensar algunas veces:
«Señor, ¿no ves lo que está pasando?».
«¿No ves mi problema?».
«¿No ves mi sufrimiento?».
«¿Por qué no haces nada?».
Jesús se levanta.
Increpa al viento.
Dice al mar:
«¡Silencio, enmudece!» (Mc 4,39).
Y llega una gran calma.
Pero después hace una pregunta todavía más importante:
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (Mc 4,40).
11. Cristo estaba en la barca antes de calmar la tormenta.
Aquí está quizá la clave de todo.
Los discípulos pensaban que estarían seguros cuando terminara la tormenta.
Pero ya estaban con Cristo antes de que terminara.
Cristo estaba en la barca mientras las olas entraban.
Cristo estaba en la barca mientras ellos tenían miedo.
Cristo estaba en la barca cuando parecía dormir.
Esta es una de las grandes lecciones de la vida espiritual.
Nosotros pedimos:
«Señor, quita esta tormenta y entonces tendré paz».
Y quizá Cristo quiere enseñarnos:
«Descubre primero que estoy contigo en la barca».
A veces Dios calma la tormenta.
Otras veces permite que continúe.
Pero nunca abandona la barca.
La verdadera paz comienza cuando dejamos de medir la presencia de Dios por la ausencia de dificultades.
12. Pedir el fruto de la paz.
La paz es fruto del Espíritu Santo.
Por eso no podemos producirla solamente mediante nuestras fuerzas.
Podemos aprender técnicas de relajación.
Podemos organizar mejor nuestro tiempo.
Podemos descansar.
Todo eso puede ayudarnos.
Pero existe una paz más profunda que solamente Dios puede dar.
Por eso podemos pedir:
Espíritu Santo, haz crecer en mí el fruto de la paz.
Pon orden en aquello que está desordenado dentro de mí.
Reconcíliame con Dios.
Enséñame a perdonar.
Líbrame de querer controlarlo todo.
Dame sabiduría para actuar en aquello que depende de mí.
Y confianza para entregarte aquello que ya no puedo controlar.
Cuando llegue la tormenta, no permitas que olvide quién viaja conmigo.
Cuando las olas entren en la barca, recuérdame que Cristo sigue estando dentro.
Y cuando parezca que duermes, dame la fe necesaria para continuar confiando.
Porque quizá la paz cristiana pueda resumirse finalmente en una certeza muy sencilla:
Cristo está en la barca.
Puede haber viento.
Puede haber olas.
Puede haber oscuridad.
Incluso podemos sentir miedo.
Pero si Cristo permanece con nosotros, la tormenta nunca tiene la última palabra.
La paz no consiste en vivir sin tempestades.
Consiste en saber con Quién las atravesamos.
@sacerdosmariae
La imagen.
La obra que acompaña este artículo es Cristo en la tormenta del mar de Galilea, pintada por Rembrandt en 1633.
Pocas pinturas expresan con tanta fuerza el contraste entre la agitación exterior y la presencia serena de Cristo.
La barca parece estar a punto de volcar.
El viento golpea violentamente las velas.
Las olas entran por un costado.
Los discípulos reaccionan de maneras distintas. Unos intentan controlar desesperadamente la embarcación. Otros se aferran a aquello que encuentran. Algunos buscan a Jesús.
Y Cristo está allí.
Esta es precisamente la razón por la que la imagen resulta tan adecuada para hablar del fruto de la paz.
La escena no representa un mar tranquilo.
Representa una tormenta.
Porque la paz que ofrece Cristo no consiste necesariamente en eliminar inmediatamente aquello que nos amenaza.
La paz comienza cuando descubrimos quién está con nosotros en medio de aquello que nos amenaza.
Los discípulos miran las olas y piensan que van a morir.
Jesús conoce la tormenta, pero conoce también algo que ellos todavía no han aprendido: el Padre continúa sosteniendo la historia.
Hay además un detalle particularmente hermoso en la composición.
Rembrandt dirige nuestra mirada hacia Cristo precisamente mediante el caos que lo rodea. Todo el movimiento de la escena termina obligándonos a buscar dónde está Jesús.
Eso sucede también muchas veces en nuestra vida.
Hay tormentas que, paradójicamente, terminan haciéndonos buscar a Cristo con una intensidad que nunca habríamos tenido durante la calma.
No deseamos la tormenta.
Pero cuando llega podemos descubrir dentro de ella una presencia.
Por eso esta imagen resume admirablemente el sentido del artículo.
Quizá nuestra oración habitual sea:
«Señor, calma el mar».
Y es una oración perfectamente legítima.
Pero existe otra oración todavía más profunda:
«Señor, mientras dure la tormenta, no permitas que olvide que estás en mi barca».
Porque la paz cristiana no consiste en contemplar un mar eternamente tranquilo.
Consiste en atravesar incluso el mar embravecido sabiendo que Cristo viaja con nosotros.
Pie de foto: Rembrandt, Cristo en la tormenta del mar de Galilea, 1633. La paz cristiana no significa ausencia de tormentas, sino la certeza de que Cristo permanece con nosotros en la barca.
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