Las virtudes cristianas (XXVI): La bondad, hacer presente el bien de Dios.

Las virtudes cristianas (XXVI): La bondad, hacer presente el bien de Dios.

Hay una pregunta que atraviesa toda la vida cristiana:

¿Qué significa ser bueno?

La palabra «bueno» la utilizamos constantemente.

Decimos que alguien es buena persona.

Que tiene buen corazón.

Que ha realizado una buena acción.

Que sus intenciones son buenas.

Pero cuando san Pablo habla del fruto del Espíritu Santo introduce algo mucho más profundo.

Habla de la bondad.

El Catecismo la incluye entre los doce frutos que el Espíritu Santo va formando en nosotros.

Y la bondad cristiana no consiste solamente en evitar hacer daño.

Es mucho más.

La bondad es una disposición profunda del corazón que nos mueve a buscar, querer y realizar el bien.

El hombre bueno no se limita a pasar por la vida procurando no molestar demasiado.

Mira alrededor.

Descubre el bien que puede hacer.

Y lo hace.

Por eso la bondad siempre termina teniendo manos.

1. «Solo Dios es bueno».

Un hombre se acerca a Jesús y le dice:

«Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» (Mc 10,17).

Jesús le responde:

«¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios» (Mc 10,18).

Aquí encontramos el punto de partida.

La fuente de toda bondad es Dios.

Nosotros podemos ser buenos porque hemos sido creados por Él.

Podemos amar porque Él nos amó primero.

Podemos hacer el bien porque su gracia actúa en nosotros.

La bondad cristiana nunca consiste en contemplarnos satisfechos pensando: «Qué bueno soy».

Cuanto más cerca está una persona de Dios, más comprende que todo bien procede de Él.

Por eso la verdadera bondad siempre es humilde.

2. Dios vio que todo era bueno.

Hay una frase que se repite como un estribillo en el primer capítulo del Génesis.

Dios crea.

Y después contempla su obra:

«Y vio Dios que era bueno».

Cuando termina la creación, la expresión se intensifica:

«Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gn 1,31).

La bondad pertenece al proyecto original de Dios.

El mundo salió bueno de sus manos.

El hombre fue creado para el bien.

El pecado introdujo una herida terrible en esta creación, pero no pudo destruir completamente la huella de su Creador.

Por eso cada vez que hacemos el bien colaboramos, de alguna manera, con aquella primera voluntad de Dios sobre el mundo.

El bien reconstruye.

El bien cura.

El bien ordena.

El bien devuelve algo de la belleza que el pecado ha herido.

3. Ser bueno exige hacer el bien.

Podemos caer fácilmente en una trampa.

Pensar que somos buenos porque no hacemos determinadas cosas.

«Yo no robo».

«Yo no mato».

«Yo no hago daño a nadie».

Todo eso está muy bien.

Pero el Evangelio va más lejos.

En la parábola del juicio final, Jesús no pregunta solamente por el mal cometido.

Pregunta por el bien realizado:

«Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis» (Mt 25,35).

La vida cristiana no consiste únicamente en evitar el pecado.

Consiste en hacer el bien.

Hay pecados que cometemos haciendo algo malo.

Pero también existen ocasiones en las que pecamos porque pudiendo hacer el bien, pasamos de largo.

4. El pecado de pasar de largo.

Jesús contó una parábola que todos conocemos.

Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó.

Cayó en manos de unos ladrones.

Lo golpearon.

Lo despojaron.

Y lo dejaron medio muerto junto al camino.

Por allí pasó un sacerdote.

Lo vio.

Y pasó de largo.

Después pasó un levita.

También lo vio.

Y también continuó su camino.

Probablemente ninguno de los dos había atacado al hombre.

No le habían robado.

No le habían golpeado.

No eran responsables de sus heridas.

Pero había un bien que podían hacer.

Y no lo hicieron.

A veces el problema de nuestra vida cristiana no está en el daño que causamos.

Está en el bien que dejamos sin hacer.

5. «Pero un samaritano...».

Entonces aparece otro hombre.

Jesús dice:

«Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció» (Lc 10,33).

Todo cambia con una mirada.

Los otros también habían visto.

Pero este hombre se dejó afectar por lo que vio.

Esa es una de las características de la bondad.

La persona buena no desarrolla una coraza para protegerse del sufrimiento de los demás.

Mira.

Y permite que aquello que contempla entre en su corazón.

El samaritano podía haber encontrado muchas razones para continuar.

Tenía un viaje.

Tenía sus planes.

Probablemente tenía prisa.

Además, aquel hombre era un desconocido.

Pero se detuvo.

La bondad comienza muchas veces precisamente así:

deteniéndonos.

6. La bondad siempre se hace concreta.

El samaritano no se limita a sentir pena.

El Evangelio comienza a enumerar acciones.

Se acerca.

Venda las heridas.

Echa aceite y vino.

Lo monta en su cabalgadura.

Lo lleva a una posada.

Cuida de él.

Paga al posadero.

Promete volver.

Esto es importantísimo.

La compasión cristiana termina convirtiéndose en obras.

Podemos emocionarnos ante el sufrimiento.

Podemos lamentar las injusticias.

Podemos escribir palabras magníficas sobre la solidaridad.

Pero llega un momento en que el Evangelio pregunta:

«¿Y qué hiciste?»

La bondad tiene manos.

Tiene pies.

Tiene tiempo.

Y muchas veces también tiene un precio.

7. El bien cuesta.

El samaritano pierde tiempo.

Utiliza su aceite.

Utiliza su vino.

Cede su cabalgadura.

Paga dos denarios.

Se compromete incluso con los gastos futuros.

La bondad verdadera casi siempre cuesta algo.

Tiempo.

Dinero.

Comodidad.

Descanso.

Planes.

Atención.

Paciencia.

Por eso hacer el bien no puede depender solamente de que nos apetezca.

Habrá momentos en los que ayudar será agradable.

Y otros en los que aparecerá precisamente cuando teníamos pensado descansar.

El amor cristiano comienza a madurar cuando somos capaces de decir:

«No era mi plan, pero esta persona me necesita».

8. Hay mucha bondad escondida.

Las noticias nos muestran continuamente el mal.

Violencia.

Guerras.

Corrupción.

Engaños.

Crueldades.

Y podemos terminar pensando que todo está perdido.

Pero existe una inmensa cantidad de bien que nunca aparece en ninguna noticia.

Una madre cuidando durante años a un hijo.

Un hijo cuidando a sus padres ancianos.

Alguien acompañando a un enfermo.

Una persona que perdona.

Un sacerdote escuchando durante horas.

Una religiosa atendiendo silenciosamente a quien nadie visita.

Un vecino haciendo la compra a quien no puede salir.

Alguien que da dinero sin que nadie lo sepa.

Una persona que pasa una noche junto a una cama de hospital.

El mundo continúa en pie también gracias a una enorme cantidad de bondad escondida.

Dios la ve toda.

9. Hacer el bien cuando nadie lo ve.

Aquí aparece una prueba importante.

Nos gusta que reconozcan lo que hacemos.

Es humano.

Pero Jesús nos enseña a purificar también esto:

«Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3).

Hay obras buenas que solamente conocen dos personas:

quien las recibió y Dios.

Y algunas veces solamente Dios.

Esas obras poseen una belleza especial.

No necesitan aplausos.

No necesitan fotografías.

No necesitan agradecimientos.

Se hicieron simplemente porque había que hacer el bien.

La bondad madura cuando dejamos de necesitar espectadores.

10. También con quien no puede devolvernos nada.

Jesús insiste mucho en esto.

Es fácil hacer el bien a quien podrá corresponder.

Más difícil es hacerlo cuando sabemos que nunca recibiremos nada a cambio.

El pobre.

El enfermo.

El anciano.

El desconocido.

Quien quizá ni siquiera pueda agradecérnoslo.

Ahí el amor comienza a parecerse especialmente al amor de Dios.

Porque Dios nos amó cuando nosotros no teníamos nada que ofrecerle.

La gracia siempre es regalo.

Por eso la bondad cristiana aprende a regalarse.

11. «Haz tú lo mismo».

Después de contar la parábola, Jesús pregunta al maestro de la Ley:

«¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» (Lc 10,36).

Él responde:

«El que practicó la misericordia con él».

Entonces Jesús pronuncia unas palabras que deberían acompañarnos siempre:

«Anda y haz tú lo mismo» (Lc 10,37).

Jesús no termina la parábola diciendo:

«Compréndela».

Ni siquiera:

«Admira al samaritano».

Dice:

«Haz tú lo mismo».

El Evangelio quiere convertirse en vida.

12. Cristo es el verdadero buen samaritano.

Los Padres de la Iglesia descubrieron además una lectura preciosa de esta parábola.

El hombre herido representa a la humanidad.

El pecado nos ha dejado al borde del camino.

Y Cristo es el verdadero buen samaritano.

Él se acerca.

Él cura nuestras heridas.

Él carga con nosotros.

Él paga el precio.

Y el precio será su propia sangre.

Antes de pedirnos que seamos buenos, Cristo ha sido bueno con nosotros.

Antes de pedirnos misericordia, hemos recibido misericordia.

Antes de pedirnos que curemos heridas, Él ha comenzado curando las nuestras.

Por eso la bondad cristiana nace siempre del encuentro con Cristo.

13. La bondad empieza muy cerca.

A veces imaginamos grandes oportunidades para hacer el bien.

Pero normalmente Dios nos espera mucho más cerca.

La persona que vive con nosotros.

El anciano que necesita hablar.

El compañero que está pasando un mal momento.

La llamada que llevamos días posponiendo.

El enfermo al que podríamos visitar.

La persona a la que podríamos facilitarle un trabajo.

Alguien que necesita ser escuchado.

Una pequeña necesidad que hemos visto y que nadie nos ha pedido resolver.

Quizá no podamos cambiar el mundo.

Pero siempre existe un trozo del mundo que Dios ha puesto a nuestro alcance.

Ahí comienza nuestra responsabilidad.

14. No cansarnos de hacer el bien.

Hay momentos en los que hacer el bien cansa.

Especialmente cuando no vemos resultados.

Cuando nadie agradece.

Cuando la persona a la que ayudamos vuelve a caer.

Cuando sentimos que nuestro esfuerzo sirve de poco.

San Pablo conocía esta tentación y por eso escribe:

«No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su tiempo» (Gal 6,9).

Qué hermosa expresión:

«A su tiempo».

Quizá nosotros no veamos todos los frutos.

Pero ninguna obra realizada verdaderamente por amor se pierde.

Dios sabe recoger incluso aquello que nosotros sembramos sin llegar a contemplar la cosecha.

15. La bondad transforma el mundo.

Quizá pensemos que una pequeña obra buena cambia muy poco.

Pero el Reino de Dios funciona precisamente así.

Como una semilla.

Como un poco de levadura.

Como un vaso de agua.

Como unas monedas entregadas silenciosamente.

Como un samaritano que se detiene junto a un desconocido.

La mayoría de las cosas que verdaderamente cambian el mundo comienzan siendo pequeñas.

El mal se propaga.

Pero el bien también.

Una persona tratada con bondad puede comenzar a tratar de otra manera a los demás.

Una persona perdonada puede aprender a perdonar.

Una persona ayudada puede convertirse mañana en quien ayude.

Nunca sabemos hasta dónde puede llegar una obra buena.

16. Pedir el fruto de la bondad.

La bondad es fruto del Espíritu Santo.

Por eso tenemos que pedirla.

Espíritu Santo, hazme bueno.

No solamente correcto.

No solamente educado.

No solamente incapaz de hacer grandes males.

Hazme verdaderamente bueno.

Dame ojos para descubrir el bien que puedo hacer.

Dame un corazón capaz de conmoverse.

Dame manos dispuestas a servir.

Que no pase de largo ante quien me necesita.

Que no espere siempre a que me pidan ayuda.

Que aprenda a hacer el bien silenciosamente.

Que no necesite reconocimiento.

Que no me canse cuando los resultados tardan.

Y, sobre todo, recuérdame cada día cuánto bien has hecho Tú conmigo.

Porque solamente quien se sabe alcanzado por la bondad de Dios puede comenzar a convertirse en instrumento de esa misma bondad.

Quizá al final de nuestra vida muchas cosas que ahora nos parecen importantísimas habrán perdido todo su valor.

Los éxitos.

Los reconocimientos.

Las discusiones que ganamos.

Las cosas que acumulamos.

Pero permanecerá el amor.

Permanecerá aquel vaso de agua.

Aquella visita.

Aquella limosna.

Aquella conversación.

Aquella persona a la que ayudamos a levantarse.

Aquella ocasión en la que pudimos pasar de largo y decidimos detenernos.

Y quizá entonces comprendamos plenamente las palabras de Jesús:

«Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (cf. Mt 25,40).

La bondad consiste finalmente en permitir que el bien de Dios pase por nuestras manos.

Que allí donde estemos haya un poco menos de sufrimiento.

Un poco menos de soledad.

Un poco menos de oscuridad.

Y un poco más de Dios.

@sacerdosmariae

La imagen.

La obra elegida para acompañar este artículo es El buen samaritano, de Rembrandt van Rijn.

La escena representa el final de la parábola narrada por Jesús. El samaritano ya ha encontrado al hombre herido, lo ha recogido y lo ha llevado hasta un lugar donde puedan cuidarlo.

Y precisamente esto hace que la imagen resulte especialmente apropiada para hablar de la bondad.

El bien ya se ha convertido en acción.

El samaritano podía haber sentido lástima y continuar su camino.

Podía haber pensado que aquel problema no era suyo.

Podía haber confiado en que llegaría otra persona.

Pero decidió hacerse cargo.

Rembrandt nos ayuda además a contemplar algo profundamente cristiano: la bondad suele desarrollarse en escenarios absolutamente cotidianos.

No hay espectáculo.

Hay un hombre herido.

Otro hombre que se detiene.

Una cabalgadura.

Una posada.

Unas monedas.

Cosas sencillas.

Y, sin embargo, allí está sucediendo algo enorme.

Un hombre que podía morir ha encontrado a alguien que ha decidido que su vida importaba.

Esa es la fuerza de la bondad.

Quizá no podamos solucionar todos los sufrimientos del mundo.

El samaritano tampoco podía hacerlo.

Pero podía ayudar al hombre que estaba delante de él.

Y lo hizo.

También nosotros encontramos cada día personas junto al camino.

Algunas tienen heridas visibles.

Otras las esconden admirablemente.

Quizá nuestra tarea sea aprender a mirar.

Detenernos.

Acercarnos.

Y preguntarnos:

«¿Qué bien puedo hacer yo aquí?»

La respuesta no siempre será extraordinaria.

Muchas veces será una llamada.

Una visita.

Una conversación.

Una ayuda concreta.

Un poco de nuestro tiempo.

Pero precisamente así comienza el Reino de Dios.

El buen samaritano nos recuerda que la bondad cristiana nunca es solamente una buena intención.

La bondad se acerca.

La bondad toca las heridas.

La bondad se hace cargo.

Y detrás de cada buen samaritano cristiano está Cristo, el verdadero Samaritano, que un día nos encontró también a nosotros heridos junto al camino y decidió no pasar de largo.

Pie de foto: Rembrandt van Rijn, El buen samaritano. La bondad cristiana se hace concreta: ve al herido, se detiene, se acerca y se hace cargo. «Anda y haz tú lo mismo» (Lc 10,37).

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