Las virtudes cristianas (XXVII): La mansedumbre, la fuerza de quien no necesita herir.
Las virtudes cristianas (XXVII): La mansedumbre, la fuerza de quien no necesita herir.
Vivimos en un mundo que confunde con facilidad la fuerza con la agresividad.
Parece fuerte quien grita más.
Quien responde inmediatamente.
Quien no deja pasar una.
Quien tiene siempre preparada una réplica.
Quien consigue imponerse.
Y, sin embargo, Jesucristo pronunció una de las bienaventuranzas más sorprendentes:
«Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra» (Mt 5,5).
Los mansos.
Precisamente ellos.
No los violentos.
No los que consiguen imponerse.
No los que dominan a los demás.
Los mansos heredarán la tierra.
Entre los frutos que el Espíritu Santo va formando en el corazón del cristiano, el Catecismo enumera también la mansedumbre.
Una palabra que puede parecernos antigua y que, sin embargo, necesitamos urgentemente.
Porque la mansedumbre no es debilidad.
Es fuerza gobernada por el amor.
1. «Aprended de mí».
Hay pocas virtudes que Jesús se atribuya expresamente a sí mismo.
Por eso resulta especialmente importante escuchar estas palabras:
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).
Jesús no dice solamente que aprendamos sus enseñanzas.
Nos invita a aprender su corazón.
«Soy manso».
Por tanto, para comprender la mansedumbre tenemos que mirar a Cristo.
Y cuando lo hacemos descubrimos inmediatamente que mansedumbre y debilidad son cosas completamente distintas.
Jesús podía hablar con enorme firmeza.
Expulsó a los vendedores del Templo.
Denunció la hipocresía.
Corrigió a los discípulos.
Se enfrentó a quienes utilizaban la religión para oprimir.
Pero nunca actuó movido por el odio.
La mansedumbre cristiana no elimina la fuerza.
La purifica.
2. La fuerza que sabe dominarse.
Una persona puede ser físicamente fuerte y, sin embargo, incapaz de dominar una palabra.
Puede controlar muchas cosas y no controlar su ira.
Puede vencer a otros y ser incapaz de vencerse a sí misma.
La verdadera fortaleza comienza dentro.
El libro de los Proverbios lo expresa admirablemente:
«Más vale el paciente que el héroe, el dueño de sí que el conquistador de ciudades» (Prov 16,32).
Conquistar una ciudad puede ser impresionante.
Pero existe una conquista mucho más difícil:
conquistarse a uno mismo.
Dominar el impulso de responder.
No pronunciar aquella palabra que sabemos que hará daño.
No devolver inmediatamente la ofensa.
No permitir que otro decida, con su provocación, cómo vamos a comportarnos.
Eso requiere una enorme fortaleza.
3. El primer impulso.
Todos conocemos ese instante.
Alguien dice algo.
Nos molesta.
Nos sentimos atacados.
Y la respuesta aparece inmediatamente dentro de nosotros.
Sabemos exactamente qué podríamos decir.
Incluso sabemos dónde herir.
Porque cuanto mejor conocemos a una persona, mejor conocemos también sus puntos débiles.
Entonces aparece una pequeña distancia entre lo que sentimos y lo que hacemos.
Ahí puede actuar la gracia.
La mansedumbre introduce un espacio entre la herida y la respuesta.
Unos segundos.
Un silencio.
Una oración interior.
Y en ese pequeño espacio recuperamos nuestra libertad.
Ya no respondemos simplemente porque nos han provocado.
Elegimos cómo responder.
4. No todo merece una respuesta.
Esta es una de las grandes libertades que necesitamos aprender.
No tenemos obligación de responder a todo.
No tenemos que corregir cada error que escuchamos.
No tenemos que defendernos de cada crítica.
No tenemos que contestar cada provocación.
No tenemos que ganar todas las discusiones.
Jesús permaneció en silencio en momentos decisivos de su Pasión.
Hay silencios que nacen del miedo.
Pero existen otros que nacen de una enorme libertad interior.
Quien sabe quién es delante de Dios no necesita defender continuamente su imagen delante de los hombres.
A veces la respuesta más fuerte es simplemente:
callar.
5. Jesús ante sus acusadores.
Durante la Pasión aparece con toda claridad la mansedumbre de Cristo.
Lo acusan falsamente.
Lo insultan.
Se burlan.
Lo golpean.
Intentan provocarlo.
Y Jesús no entra en el juego de la violencia.
San Pedro, que contempló aquellos acontecimientos, lo recordará después:
«Cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente» (1 Pe 2,23).
Qué difícil resulta esto.
Cuando nos hieren queremos defendernos.
Cuando nos insultan queremos responder.
Cuando alguien nos hace daño aparece espontáneamente el deseo de que experimente algo semejante.
Cristo rompe esa cadena.
Recibe violencia.
Y no devuelve violencia.
La violencia llega hasta Él.
Y allí termina.
6. Romper la cadena.
Esta es una de las obras más hermosas de la mansedumbre.
Alguien nos trata mal.
Nosotros podemos tratar mal a otra persona.
Esa persona llegará herida a casa y quizá descargará su malestar sobre alguien más.
Así funciona muchas veces el mal.
Se transmite.
Una herida produce otra herida.
Una humillación produce otra humillación.
Una palabra provoca otra palabra.
Hasta que alguien decide detener la cadena.
«Esto que he recibido no va a pasar a través de mí».
Eso es mansedumbre.
No significa que el mal no duela.
Significa que decidimos no convertir nuestro dolor en una nueva fuente de dolor.
7. La ira puede contener algo verdadero.
La mansedumbre tampoco significa que nunca sintamos ira.
La ira forma parte de nuestra afectividad.
Puede aparecer ante una injusticia.
Ante el sufrimiento de alguien inocente.
Ante algo que sabemos que está mal.
El propio Jesús experimentó indignación.
El problema comienza cuando la ira deja de estar gobernada por la razón y por la caridad.
Entonces ya no buscamos corregir el mal.
Queremos destruir al que consideramos culpable.
La mansedumbre permite conservar aquello que puede haber de justo en nuestra indignación y eliminar el veneno.
Podemos decir:
«Esto está mal».
Podemos actuar.
Podemos denunciar.
Podemos corregir.
Pero sin permitir que el odio tome posesión del corazón.
8. Mansedumbre no significa permitir abusos.
Esto también es importante.
Ser manso no significa dejar que los demás hagan con nosotros lo que quieran.
Jesús, cuando recibe una bofetada ante el sumo sacerdote, responde:
«Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,23).
Qué extraordinario equilibrio.
Jesús no devuelve el golpe.
Pero tampoco llama bueno al golpe recibido.
Pregunta:
«¿Por qué me pegas?»
La mansedumbre puede establecer límites.
Puede exigir respeto.
Puede recurrir a la justicia.
Puede alejarse de una situación destructiva.
Puede proteger al débil.
La diferencia está en el corazón desde el que actúa.
Busca justicia.
No venganza.
9. La mansedumbre en casa.
Las grandes virtudes se prueban en lugares muy pequeños.
Es fácil hablar de mansedumbre en abstracto.
Más difícil resulta practicarla cuando estamos cansados.
Cuando alguien vuelve a preguntarnos lo mismo.
Cuando nos interrumpen.
Cuando tenemos prisa.
Cuando otra persona hace las cosas de una manera distinta a la nuestra.
Cuando llevamos un mal día.
Quizá nunca tengamos que demostrar nuestra mansedumbre ante un tribunal.
Pero tendremos centenares de oportunidades para hacerlo en una cocina, en un despacho, conduciendo, contestando un teléfono o escuchando a alguien cuando preferiríamos estar haciendo otra cosa.
La santidad suele vestirse de cotidiano.
10. Y también en internet.
Las redes sociales pueden convertirse fácilmente en una escuela de agresividad.
La distancia de la pantalla facilita palabras que probablemente nunca pronunciaríamos cara a cara.
Además, la respuesta más dura suele llamar más la atención.
La indignación produce interacción.
La ironía humillante consigue aplausos.
Y podemos terminar justificando cualquier tono porque creemos defender algo verdadero.
Pero la verdad cristiana nunca necesita el pecado para defenderse.
Podemos ser claros.
Podemos ser firmes.
Podemos refutar un error.
Pero quien está al otro lado continúa siendo una persona por la que Cristo murió.
San Pablo aconseja:
«Que vuestra amabilidad sea conocida de todo el mundo» (Flp 4,5).
También cuando escribimos.
También cuando discutimos.
También cuando tenemos razón.
11. La mansedumbre con quien se equivoca.
San Pablo ofrece una recomendación preciosa:
«Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidlo con espíritu de mansedumbre» (Gal 6,1).
Corregir.
Pero con mansedumbre.
Porque podemos corregir un error y, al mismo tiempo, destruir a una persona.
La corrección cristiana busca recuperar al hermano.
No exhibir su derrota.
Quien corrige con mansedumbre recuerda además algo fundamental:
él también puede caer.
Por eso continúa san Pablo:
«y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado».
La humildad hace posible la mansedumbre.
12. María, la fortaleza silenciosa.
También podemos contemplar esta virtud en la Virgen.
María permanece al pie de la Cruz.
No encontramos grandes discursos.
No encontramos gestos espectaculares.
Permanece.
Contempla cómo crucifican a su Hijo.
Escucha las burlas.
Ve la injusticia.
Y sigue allí.
Aquello no es debilidad.
Hace falta una fortaleza inmensa para permanecer al pie de una cruz sin permitir que el dolor destruya el amor.
La mansedumbre cristiana tiene mucho de esa fortaleza silenciosa.
No necesita demostrar continuamente que es fuerte.
Simplemente permanece.
13. «Padre, perdónalos».
Y llegamos al momento culminante.
Cristo está crucificado.
Lo han golpeado.
Humillado.
Desnudado.
Clavado en una cruz.
Podría pedir justicia.
Podría pedir castigo.
Podría hacer descender fuego del cielo.
Y pronuncia:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
Aquí contemplamos la mansedumbre llevada hasta el extremo.
El mundo descarga sobre Cristo toda su violencia.
Y del corazón de Cristo sale misericordia.
Los hombres le dan odio.
Él devuelve amor.
Le dan heridas.
Él ofrece perdón.
Le quitan la vida.
Él entrega la vida.
Así vence Dios.
14. Los mansos heredarán la tierra.
Humanamente parece lo contrario.
Pensamos que la tierra pertenece a quienes saben imponerse.
A los poderosos.
A quienes gritan.
A quienes vencen.
Pero Jesús promete:
«Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra».
Dos mil años después conocemos los nombres de muchos emperadores solamente porque aparecen en los libros de historia.
Y millones de personas continúan arrodillándose ante aquel Hombre manso que murió aparentemente derrotado en una cruz.
La mansedumbre de Cristo ha conquistado más corazones que todos los ejércitos de la historia.
Porque existe una fuerza que puede obligar.
Y existe otra mucho mayor:
la fuerza capaz de transformar un corazón.
15. Pedir el fruto de la mansedumbre.
La mansedumbre es fruto del Espíritu Santo.
Por eso tenemos que pedirla.
Espíritu Santo, haz mi corazón semejante al corazón de Cristo, manso y humilde.
Enséñame a dominar mis impulsos.
A no responder inmediatamente cuando estoy herido.
A saber guardar silencio.
A decir la verdad sin convertirla en un arma.
A corregir sin humillar.
A defender la justicia sin odiar.
A establecer límites sin buscar venganza.
Que las heridas que reciba no se conviertan en heridas que yo provoque a otros.
Dame la fortaleza de Cristo ante quienes lo acusaban.
La serenidad de Cristo ante Pilato.
La misericordia de Cristo en la Cruz.
Y cuando sienta que debo responder con dureza para demostrar que soy fuerte, recuérdame:
el verdaderamente fuerte es quien puede herir y decide no hacerlo.
Quizá aquí encontremos el secreto de la mansedumbre.
Cristo tenía todo el poder.
Y eligió amar.
Podía destruir a sus enemigos.
Y murió por ellos.
Podía bajar de la Cruz.
Y permaneció.
Por eso la mansedumbre nunca será cobardía.
Es una de las formas más altas de la fortaleza cristiana.
Consiste en poseer nuestro corazón de tal manera que nadie pueda obligarnos a odiar.
Que nadie pueda decidir por nosotros cómo vamos a responder.
Que el mal pueda llegar hasta nosotros y encuentre allí una frontera.
Hasta aquí.
No continuará a través de mí.
Porque mi corazón pertenece a Cristo.
Y Cristo es:
«manso y humilde de corazón».
@sacerdosmariae
La imagen.
Para acompañar este artículo contemplamos Cristo ante Pilato, una de las escenas más impresionantes de la Pasión.
Jesús está ante el representante del poder romano.
Pilato posee soldados.
Posee autoridad.
Puede dictar una sentencia.
Exteriormente, parece evidente quién es el fuerte y quién es el débil.
Cristo está preso.
Ha sido acusado.
Sus enemigos esperan su condena.
Y, sin embargo, el Evangelio va mostrando lentamente una realidad completamente distinta.
Pilato está inquieto.
Pregunta.
Entra y sale.
Busca una solución.
Tiene miedo de la multitud.
Cristo, en cambio, permanece dueño de sí mismo.
Cuando Pilato le recuerda:
«¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?» (Jn 19,10),
Jesús responde:
«No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto» (Jn 19,11).
No hay arrogancia.
No hay miedo.
No hay violencia.
Hay una serenidad impresionante.
Aquí comprendemos visualmente qué significa la mansedumbre.
Pilato tiene poder exterior. Cristo posee libertad interior.
Y la verdadera fuerza está en Cristo.
La escena nos obliga también a preguntarnos dónde buscamos nosotros nuestra fortaleza.
Quizá pensamos que somos fuertes cuando conseguimos imponernos.
Cristo muestra otro camino.
La verdadera fortaleza consiste en que nadie pueda arrebatarnos la libertad de amar.
Pueden acusarnos.
Pueden malinterpretarnos.
Pueden herirnos.
Incluso pueden cometer una injusticia contra nosotros.
Pero existe un lugar al que nadie puede entrar sin nuestro permiso:
el corazón.
Ahí se libra la batalla de la mansedumbre.
Cristo ante Pilato parece derrotado.
Pero es el único verdaderamente libre de toda la escena.
Y unas horas después, desde la Cruz, demostrará hasta dónde llega esa libertad:
«Padre, perdónalos».
Esta imagen nos recuerda que el manso no es quien carece de fuerza.
Es quien posee una fuerza tan profundamente gobernada por el amor que ni siquiera el mal recibido consigue convertirlo en aquello que combate.
@sacerdosmariae
Pie de foto: Cristo ante Pilato. Frente al poder, la acusación y la injusticia, Jesús permanece dueño de sí mismo. La mansedumbre cristiana no es debilidad, sino la fortaleza de un corazón que se niega a responder al mal con el mal.
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