Homilía del sábado de la XXV semana del Tiempo Ordinario.

Homilía del sábado de la XXV semana del Tiempo Ordinario. Acuérdate de tu Creador.

Sábado, 26 de septiembre de 2026.

Ecl 11,9—12,8; Sal 89; Lc 9,43b-45.

Acuérdate de tu Creador.

La primera lectura de hoy nos ofrece uno de los textos más hermosos y también más realistas del libro del Eclesiastés: «Acuérdate de tu Creador en los años mozos».

Es una invitación que sirve para el joven, pero también para quien ya ha recorrido buena parte del camino. En realidad, sirve para todos. Porque el gran peligro de nuestra vida no consiste solamente en olvidarnos de Dios cuando las cosas van mal. Muchas veces nos olvidamos de Él precisamente cuando todo marcha bien.

Cuando tenemos fuerzas, proyectos, salud, posibilidades, amigos, trabajo, ilusiones… podemos vivir como si todo aquello nos perteneciera para siempre.

Y la Palabra de Dios nos recuerda algo elemental: la vida es un don.

No nos hemos dado a nosotros mismos la existencia. No hemos decidido venir al mundo. Y tampoco podemos detener indefinidamente el paso de los años.

Todo lo hemos recibido.

Por eso, acordarse del Creador significa aprender a vivir agradecidos.

Aprender a contar nuestros días.

El salmo de hoy pone en nuestros labios una petición muy sabia:

«Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato».

No pide vivir muchos años. Pide aprender a vivirlos bien.

Podemos pasar por la vida acumulando días y, sin embargo, no haber aprendido verdaderamente a vivir.

Un corazón sensato comprende que cada jornada tiene un valor inmenso. Comprende que hay palabras que conviene pronunciar hoy, perdones que no deberían aplazarse, personas a las que debemos querer mientras las tenemos cerca, obras buenas que no pueden esperar indefinidamente.

El tiempo que Dios nos concede es tiempo de salvación.

Cada mañana vuelve a ponerse ante nosotros la posibilidad de amar.

Y llegará un momento en que muchas de las oportunidades que hoy tenemos habrán pasado.

Por eso la espiritualidad cristiana siempre ha considerado tan saludable el recuerdo de la muerte. No para vivir angustiados, sino precisamente para aprender a vivir de verdad.

Quien sabe que su vida tiene término aprende a distinguir lo importante de lo secundario.

Muchas discusiones pierden entonces su importancia.

Muchas ambiciones se hacen pequeñas.

Muchos resentimientos resultan absurdos.

Y vuelve a aparecer ante nosotros lo esencial: Dios, la salvación, el amor, la familia, el bien que podemos hacer, las personas que el Señor ha puesto a nuestro lado.

Cristo habla de la cruz.

El Evangelio cambia aparentemente de asunto, pero en realidad continúa llevándonos al mismo lugar.

Todos están admirados por las obras de Jesús. La gente contempla sus milagros, sus palabras, su autoridad. Parece un momento perfecto de éxito.

Y precisamente entonces Cristo dice a sus discípulos que el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres.

Mientras todos contemplan la gloria, Jesús habla de la cruz.

Los discípulos no entienden.

Y san Lucas añade un detalle muy humano: tenían miedo de preguntarle.

También a nosotros nos sucede.

Nos gusta seguir a Cristo cuando comprendemos lo que hace. Cuando sentimos su presencia. Cuando una oración nos consuela. Cuando nuestras decisiones parecen conducir por caminos tranquilos.

Pero hay momentos en los que tampoco entendemos.

Llega una enfermedad.

Muere alguien querido.

Fracasa un proyecto.

Una persona nos decepciona.

Aparece una cruz que jamás habíamos imaginado.

Y entonces puede nacer dentro de nosotros la misma pregunta que aquellos discípulos no se atrevían a formular.

¿Por qué, Señor?

La fe cristiana permite hacer esa pregunta.

Los salmos están llenos de ella.

Los santos también la hicieron.

Lo decisivo es hacerla delante de Dios y permanecer junto a Él incluso cuando todavía no tenemos respuesta.

La cruz no es el final.

Los discípulos comprenderán aquellas palabras mucho más tarde.

Comprenderán cuando vean a Cristo crucificado.

Y terminarán de comprender cuando lo encuentren vivo después de la Resurrección.

Eso cambia completamente nuestra manera de contemplar la vida.

Para un cristiano, la última palabra sobre nuestra existencia no la tiene la muerte.

La tiene Cristo resucitado.

Nuestro cuerpo volverá al polvo, como recuerda hoy el Eclesiastés, pero nuestra vida está llamada a Dios.

Por eso podemos mirar con serenidad el paso del tiempo.

Cada día que pasa no nos acerca simplemente a la vejez. Nos acerca al encuentro con el Señor.

Y esa perspectiva transforma la vida.

El cristiano puede disfrutar de las cosas buenas que Dios le concede. Puede reír, celebrar, trabajar, descansar, enamorarse de la belleza de este mundo y agradecer cada pequeño regalo.

Pero sabe que todo ello apunta hacia algo mayor.

Fuimos creados para Dios.

Vivir hoy delante de Dios.

Tal vez la Palabra de este sábado pueda resumirse en una pregunta muy sencilla:

Si supiera que mi vida es realmente breve, ¿qué cambiaría hoy?

Quizá llamaríamos a alguien.

Quizá pediríamos perdón.

Quizá dejaríamos de alimentar un resentimiento.

Quizá volveríamos a confesarnos después de mucho tiempo.

Quizá dedicaríamos unos minutos más a la oración.

Quizá agradeceríamos cosas que hemos terminado considerando normales.

No sabemos cuánto tiempo nos queda.

Pero sabemos algo mucho más importante: este día sí nos ha sido concedido.

Tenemos este sábado.

Tenemos estas horas.

Tenemos este instante.

Y podemos ofrecérselo a Dios.

Que María nos enseñe a guardar cada día como un regalo recibido del Padre. Que no desperdiciemos nuestra vida viviendo distraídos de lo eterno. Y que, cuando llegue la hora de devolver a Dios el espíritu que Él mismo nos dio, podamos hacerlo con la confianza de quien sabe que vuelve a casa.

Señor, enséñanos a contar nuestros días y danos un corazón sensato. Haz que nos acordemos de Ti en la juventud y en la vejez, en la alegría y en la cruz, en los días luminosos y en aquellos que no comprendemos. Y que toda nuestra vida nos prepare para el encuentro definitivo contigo. Amén.

@sacerdosmariae

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