Homilía del viernes de la XXV semana del Tiempo Ordinario. «¿Quién dices tú que soy yo?»

¿Quién dices tú que soy yo?

Cada cosa tiene su momento.

«Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo».

La primera lectura de hoy contiene uno de los pasajes más conocidos del libro del Eclesiastés. Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para llorar y otro para reír; un tiempo para callar y otro para hablar; un tiempo para buscar y otro para perder.

Nuestra vida está hecha de tiempos distintos. No podemos vivir siempre el mismo momento. Hay épocas de serenidad y épocas de lucha. Días en los que todo parece sencillo y otros en los que no entendemos prácticamente nada. Momentos de encuentro y momentos de despedida.

El problema aparece cuando queremos decidir nosotros cuál debería ser siempre nuestro tiempo.

Queremos que el tiempo de reír dure indefinidamente. Queremos evitar el tiempo de llorar. Queremos conservar lo que amamos y nos cuesta aceptar que también existe un tiempo para perder.

Pero la fe nos enseña algo decisivo: todos nuestros tiempos están en las manos de Dios.

No significa que Dios quiera nuestras lágrimas o nuestras heridas. Significa que ninguna etapa de nuestra vida queda fuera de su providencia. También cuando no comprendemos lo que sucede, Dios continúa obrando.

El Eclesiastés termina reconociendo algo que necesitamos recordar muchas veces: el hombre no alcanza a comprender completamente la obra que Dios realiza «desde el principio hasta el fin».

Y quizá una parte importante de la vida espiritual consiste precisamente en aceptar esto: Dios ve la historia completa; nosotros solamente vemos el momento presente.

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

En el Evangelio aparece una de las preguntas más importantes de toda la Escritura.

Jesús pregunta primero a sus discípulos:

«¿Quién dice la gente que soy yo?».

Las respuestas son variadas. Unos dicen que Juan Bautista. Otros, Elías. Otros, alguno de los antiguos profetas.

Pero Jesús no se conforma con saber qué piensa la gente.

Entonces dirige la pregunta directamente a sus discípulos:

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Y Pedro responde:

«El Mesías de Dios».

Esta pregunta atraviesa los siglos y llega hoy hasta nosotros.

Porque podemos saber muchas cosas acerca de Jesucristo. Podemos conocer el Evangelio. Podemos haber estudiado el Catecismo. Podemos participar en la Eucaristía desde hace muchos años. Podemos conocer perfectamente las respuestas correctas.

Pero llega un momento en que Jesús deja de preguntarnos qué dice la gente sobre Él y nos pregunta personalmente:

«Y tú, ¿quién dices que soy yo?»

No basta la respuesta aprendida.

La verdadera respuesta se escribe con la vida.

Si Cristo es realmente el Señor, entonces no puede ocupar simplemente una parte de nuestra existencia. No puede ser alguien al que acudimos solamente cuando necesitamos ayuda. Cristo quiere entrar en nuestro trabajo, nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestros sufrimientos, nuestras alegrías y nuestros proyectos.

Ser cristiano no consiste únicamente en creer que Jesús es el Mesías.

Consiste en reconocer que Él es mi Señor.

El Mesías que pasa por la cruz.

Pedro ha dado la respuesta correcta. Pero todavía tiene que aprender qué significa realmente aquella respuesta.

Porque inmediatamente después Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá padecer, ser rechazado, morir y resucitar.

Los discípulos esperaban al Mesías. Pero probablemente imaginaban un Mesías victorioso según los criterios humanos.

Jesús les muestra otro camino.

El camino del Mesías pasa por la cruz.

Y aquí se unen las dos lecturas de hoy.

Hay un tiempo para reír y un tiempo para llorar. Hay un tiempo para construir y un tiempo para perder. También en la vida de Cristo hubo un tiempo de predicación, un tiempo de amistad con los discípulos, un tiempo de contradicción, un tiempo de pasión y un tiempo de cruz.

Pero la última palabra no fue la cruz.

Jesús añade inmediatamente:

«Y resucitar al tercer día».

Esta es la gran esperanza cristiana.

Nuestro tiempo de sufrimiento nunca tiene la última palabra.

Nuestro tiempo de oscuridad nunca tiene la última palabra.

Nuestro tiempo de fracaso nunca tiene la última palabra.

La última palabra pertenece siempre a Dios.

Reconocer a Cristo en cada tiempo de nuestra vida.

Quizá hoy podamos unir las dos preguntas que nos ofrecen las lecturas.

La primera sería:

¿Qué tiempo estoy viviendo ahora?

Tal vez sea un tiempo de alegría. Entonces demos gracias.

Tal vez sea un tiempo de decisiones. Entonces pidamos luz.

Tal vez sea un tiempo de espera. Entonces aprendamos paciencia.

Tal vez sea un tiempo de sufrimiento. Entonces permanezcamos junto a la cruz.

Tal vez sea un tiempo de comenzar de nuevo. Entonces confiemos.

Y después viene la pregunta todavía más importante:

¿Quién es Cristo para mí precisamente en este momento de mi vida?

Porque no conocemos verdaderamente a Jesús solamente cuando todo va bien. Muchas veces lo conocemos de una manera nueva cuando nuestras seguridades desaparecen.

Entonces descubrimos que Él permanece.

Cuando cambian las circunstancias, Él permanece.

Cuando nuestros planes no salen como esperábamos, Él permanece.

Cuando llegan las lágrimas, Él permanece.

Cuando no comprendemos el camino, Él permanece.

Cristo es el mismo Señor en el tiempo de reír y en el tiempo de llorar, en el tiempo de ganar y en el tiempo de perder, en el tiempo de comenzar y en el tiempo de despedirse.

Pidamos hoy la gracia de poder responder con Pedro, no solamente con nuestros labios, sino con toda nuestra existencia:

«Tú eres el Mesías de Dios».

Y que sepamos confiarle cada tiempo de nuestra vida, seguros de que, incluso cuando nosotros no comprendemos el camino entero, Dios conoce perfectamente hacia dónde nos conduce.

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