Las virtudes cristianas (XXVIII): La fidelidad, permanecer cuando sería más fácil marcharse.
Las virtudes cristianas (XXVIII): La fidelidad, permanecer cuando sería más fácil marcharse.
Hay palabras que solamente adquieren todo su significado con el paso del tiempo.
Una de ellas es:
«Siempre».
Es fácil decirla en un momento de entusiasmo.
Más difícil es mantenerla cuando pasan los años.
Cuando cambian las circunstancias.
Cuando aparece el cansancio.
Cuando una relación atraviesa dificultades.
Cuando una vocación pierde la emoción de los primeros tiempos.
Cuando rezamos y no sentimos nada.
Cuando Dios parece guardar silencio.
Precisamente ahí comienza a aparecer otro de los frutos del Espíritu Santo:
la fidelidad.
El Catecismo la incluye entre los doce frutos que el Espíritu va formando en nosotros.
Y la fidelidad cristiana no consiste simplemente en cumplir lo prometido por obligación.
Es mucho más.
Consiste en permanecer en el amor.
Porque cualquiera puede comenzar.
Lo difícil es permanecer.
1. Dios es fiel.
Como sucede con todas las virtudes cristianas, tenemos que comenzar mirando a Dios.
La Escritura repite constantemente una certeza:
Dios es fiel.
«Fiel es Dios, por quien fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo» (1 Cor 1,9).
Nuestra historia con Dios no comienza con nuestra fidelidad hacia Él.
Comienza con su fidelidad hacia nosotros.
Dios mantiene su alianza.
Cumple sus promesas.
No cambia de opinión sobre nosotros cada mañana.
No nos ama hoy y mañana deja de amarnos.
Nuestra inconstancia no vuelve inconstante a Dios.
San Pablo llega a escribir una frase extraordinaria:
«Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo» (2 Tim 2,13).
Nosotros cambiamos.
Él permanece.
Ahí descansa nuestra esperanza.
2. La fidelidad necesita tiempo.
No podemos saber si algo es verdaderamente fiel contemplándolo solamente durante unos minutos.
La fidelidad necesita historia.
Un matrimonio que acaba de pronunciar sus promesas comienza a ser fiel.
Pero aquellas palabras irán adquiriendo peso con los años.
Un sacerdote pronuncia un día unas promesas.
Un religioso emite sus votos.
Una persona asume un compromiso.
Pero después llega la vida.
Y la vida trae días luminosos y días grises.
Entusiasmo y cansancio.
Consuelos y dificultades.
La fidelidad convierte aquel «sí» pronunciado un día en miles de pequeños «síes» pronunciados después.
Ahí está su belleza.
3. No vivimos solamente de emociones.
Uno de los grandes enemigos de la fidelidad es pensar que solamente debemos hacer aquello que sentimos.
«Ya no siento lo mismo».
«Ya no me ilusiona».
«Antes rezaba con más ganas».
«Antes esta vocación me llenaba».
Pero nuestros sentimientos cambian continuamente.
Son importantes.
Debemos escucharlos.
Pero no pueden gobernar solos nuestra vida.
Si solamente amáramos cuando sentimos intensamente el amor, nuestras relaciones serían extraordinariamente frágiles.
El amor verdadero llega a decir:
«Hoy no siento lo mismo que ayer, pero sigo eligiéndote».
Eso es fidelidad.
4. Permanecer cuando desaparece el entusiasmo.
Todos conocemos los comienzos.
Comenzamos un proyecto espiritual.
Un apostolado.
Una oración.
Un propósito.
Todo parece nuevo.
Tenemos energía.
Después llega la rutina.
Y la rutina tiene mala fama.
Pero quizá sea precisamente ahí donde el amor empieza a purificarse.
Al principio hacemos muchas cosas porque nos gustan.
Después aprendemos a hacerlas porque amamos.
Una madre no atiende a su hijo únicamente cuando le apetece.
Un esposo no ama solamente cuando está emocionado.
Un sacerdote no celebra la Eucaristía únicamente cuando experimenta fervor.
La fidelidad aprende a amar también en los días ordinarios.
Quizá especialmente en ellos.
5. La fidelidad se construye con cosas pequeñas.
A veces imaginamos la fidelidad como una gran decisión heroica.
Pero normalmente se construye de otra manera.
Levantarse.
Cumplir la palabra dada.
Llegar cuando hemos dicho que llegaríamos.
Hacer aquello a lo que nos comprometimos.
Rezar aunque hoy cueste.
Volver a pedir perdón.
Atender a la persona que tenemos encomendada.
Guardar una confidencia.
No abandonar una responsabilidad porque ha dejado de resultar agradable.
Son cosas pequeñas.
Pero una vida está hecha precisamente de ellas.
Jesús dice:
«El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel» (Lc 16,10).
La fidelidad de las grandes ocasiones se prepara en la fidelidad de todos los días.
6. También podemos cansarnos de Dios.
Puede sonar extraño, pero sucede.
Hay momentos en la vida espiritual en los que rezar resulta fácil.
Sentimos la presencia de Dios.
Comprendemos.
Nos emocionamos.
Y existen otros momentos en los que todo parece seco.
La oración cuesta.
La Palabra parece no decirnos nada.
Entramos en una iglesia y no sentimos absolutamente nada.
Entonces aparece una pregunta:
«¿Para qué continuar?».
Precisamente entonces nuestra oración puede convertirse en una de las más hermosas.
Porque ya no estamos allí por lo que sentimos.
Estamos allí por Él.
Hay visitas al Sagrario llenas de consuelo.
Y hay otras en las que solamente podemos decir:
«Señor, no sé qué decirte. Pero aquí estoy».
Quizá esas tres palabras sean una extraordinaria oración de fidelidad:
«Aquí estoy».
7. Pedro también fue infiel.
La fidelidad cristiana no significa no haber caído nunca.
Pedro había hecho una promesa extraordinaria:
«Aunque tenga que morir contigo, no te negaré» (Mt 26,35).
Unas horas después lo negó tres veces.
Pedro descubrió algo doloroso:
su amor por Cristo era verdadero, pero todavía era débil.
Y entonces sucede algo maravilloso.
Después de la Resurrección, Jesús vuelve a buscarlo.
No le pregunta:
«¿Por qué me fallaste?».
Le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» (Jn 21,16).
Cristo reconstruye la fidelidad de Pedro desde el amor.
Esto debería consolarnos.
Haber sido infiel no significa estar condenado a la infidelidad.
También existe la fidelidad que vuelve a comenzar.
8. Tomás faltaba.
Hay otro apóstol cuya historia resulta profundamente humana.
Cuando Jesús resucitado se aparece a los discípulos, Tomás no está.
Los demás le dicen:
«Hemos visto al Señor» (Jn 20,25).
Y Tomás no puede creerlo.
Quiere ver.
Quiere tocar.
Quiere comprobar.
Podríamos reducirlo para siempre a aquel momento.
De hecho, todavía lo llamamos con frecuencia «el incrédulo Tomás».
Pero su historia no terminó ahí.
Ocho días después está nuevamente con los discípulos.
Esto es importantísimo.
Tomás volvió.
No comprendía.
Tenía dudas.
Pero permaneció vinculado a la comunidad.
Y allí encontró de nuevo a Cristo.
9. «Señor mío y Dios mío».
Jesús se acerca a Tomás.
No lo humilla.
Le muestra las heridas.
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20,27).
Entonces Tomás pronuncia una de las confesiones de fe más impresionantes de todo el Evangelio:
«Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28).
El hombre que había dudado termina confesando explícitamente la divinidad de Cristo.
Qué importante es no juzgar una vida por uno de sus capítulos.
Una crisis no tiene por qué ser el final.
Una caída no tiene por qué ser el final.
Una duda no tiene por qué ser el final.
Mientras continuemos buscando a Cristo, Dios todavía puede escribir la página siguiente.
10. Fidelidad no significa ausencia de crisis.
Esto es fundamental.
Podemos pensar que una persona fiel nunca duda.
Nunca se cansa.
Nunca atraviesa una crisis.
Nunca desea abandonar.
No es verdad.
La fidelidad se demuestra precisamente porque existen momentos en los que marcharse sería posible.
No tiene mérito permanecer cuando todo resulta fácil.
La fidelidad adquiere su grandeza cuando podemos irnos y decidimos quedarnos.
Cuando no comprendemos y seguimos buscando.
Cuando estamos cansados y continuamos.
Cuando hemos caído y volvemos a levantarnos.
La fidelidad no consiste en no atravesar tormentas.
Consiste en no cortar las amarras con Cristo durante la tormenta.
11. La fidelidad a una vocación.
Toda vocación cristiana necesita este fruto del Espíritu.
El matrimonio.
El sacerdocio.
La vida consagrada.
La maternidad.
La paternidad.
La amistad.
Los compromisos apostólicos.
Llega un momento en que cualquier vocación deja de ser solamente una posibilidad hermosa y se convierte en una vida concreta.
Con personas concretas.
Con dificultades concretas.
Con limitaciones concretas.
Entonces aparece la tentación de imaginar que en otro lugar todo habría sido más fácil.
Quizá.
Pero la pregunta cristiana no es solamente:
«¿Dónde estaría más cómodo?».
La pregunta es:
«¿Dónde me ha llamado Dios a amar?»
Y permanecer allí, cuando Dios continúa pidiéndolo, puede convertirse en camino de santidad.
12. María permaneció.
Hay una frase brevísima del Evangelio que contiene un mundo:
«Junto a la cruz de Jesús estaba su madre» (Jn 19,25).
Estaba.
No podía detener la crucifixión.
No podía quitar los clavos.
No podía evitar el sufrimiento de su Hijo.
Pero podía permanecer.
Y permaneció.
María había dicho muchos años antes:
«Hágase en mí según tu palabra».
En Nazaret aquel «sí» estaba lleno de misterio y esperanza.
En el Calvario aquel mismo «sí» atraviesa una espada.
Pero sigue siendo «sí».
Esta es la fidelidad.
El sí de Nazaret continúa en el Calvario.
13. Cristo es fiel hasta la muerte.
Finalmente tenemos que mirar a Jesús.
Su fidelidad al Padre llega hasta el extremo.
En Getsemaní siente angustia.
No oculta su sufrimiento.
Pide:
«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz».
Pero añade:
«Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39).
Cristo permanece fiel.
No porque no le cueste.
Precisamente sabemos cuánto le cuesta.
La fidelidad no elimina el sufrimiento de la decisión.
Lo atraviesa.
Por eso el libro del Apocalipsis llama a Cristo:
«el testigo fiel» (Ap 1,5).
Nuestra fidelidad nace de la suya.
14. Ser fieles cuando nadie mira.
Existe una fidelidad especialmente hermosa.
La que nadie ve.
Hacer lo correcto cuando podríamos hacer otra cosa sin que nadie lo supiera.
Cumplir una promesa cuando la otra persona nunca descubriría nuestra infidelidad.
Ser fieles a Dios en lo secreto.
La integridad consiste precisamente en que nuestra vida no tenga dos versiones:
una pública y otra privada.
Lo que somos cuando nadie nos mira revela mucho de quiénes somos realmente.
Pero incluso entonces hay una mirada.
La de Dios.
Y no es la mirada de un vigilante.
Es la mirada del Padre.
15. «Sé fiel hasta la muerte».
El Apocalipsis contiene una llamada impresionante:
«Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (Ap 2,10).
Hasta la muerte.
El cristianismo toma muy en serio la palabra «siempre».
Porque nuestro modelo es un Dios que no retira su alianza.
Por eso la fidelidad posee algo profundamente hermoso en una cultura acostumbrada a lo provisional.
Permanecer.
Cumplir.
Sostener la palabra.
Volver.
Perdonar.
Comenzar nuevamente cuando hemos fallado.
Quizá nunca aparezca en ninguna noticia.
Pero una vida fiel es una de las predicaciones más poderosas que existen.
16. Pedir el fruto de la fidelidad.
La fidelidad es fruto del Espíritu Santo.
No podemos fabricarla solamente con fuerza de voluntad.
Tenemos que pedirla.
Espíritu Santo, hazme fiel.
Fiel a Dios.
Fiel a mi vocación.
Fiel a la palabra dada.
Fiel a las personas que has puesto bajo mi responsabilidad.
Fiel cuando siento entusiasmo y cuando no siento nada.
Fiel en los grandes momentos y en las pequeñas obligaciones de cada día.
Cuando caiga, dame humildad para volver.
Cuando dude, que no abandone la búsqueda.
Cuando me canse, recuérdame por qué comencé.
Cuando aparezca la tentación de marcharme simplemente porque permanecer cuesta, enséñame a preguntarte qué quieres Tú.
Y, sobre todo, cuando contemple mi propia inconstancia, hazme recordar tu fidelidad.
Porque nuestra esperanza no descansa finalmente en que nosotros nunca fallemos.
Descansa en algo infinitamente más sólido:
Dios permanece fiel.
Pedro cayó y volvió.
Tomás dudó y volvió.
Los discípulos huyeron y volvieron.
Y Cristo estaba allí.
Esperándolos.
Quizá también nuestra vida cristiana pueda resumirse así:
caer y volver.
Dudar y volver.
Cansarnos y volver.
Equivocarnos y volver.
Y cada vez que volvemos descubrimos que Él no se había marchado.
La fidelidad cristiana no consiste en poder decir:
«Nunca fallé».
Consiste en llegar al final de la vida pudiendo decir:
«A pesar de todo, permanecí con Él».
Y entonces descubriremos que, mucho antes de que nosotros fuéramos fieles a Dios,
Dios había sido fiel a nosotros.
@sacerdosmariae
La imagen.
La obra que acompaña este artículo es La incredulidad de santo Tomás, de Caravaggio, pintada hacia 1601-1602.
Caravaggio concentra toda la escena en un gesto extraordinariamente intenso.
Cristo resucitado toma la mano de Tomás y la conduce hacia la herida de su costado.
Tomás mira.
Los otros discípulos se inclinan.
Todos quieren comprobar lo que tienen delante.
No encontramos un Cristo irritado porque su discípulo haya dudado.
Encontramos a Cristo mostrando sus heridas.
Esto convierte la escena en una imagen preciosa de la fidelidad.
Tomás había dudado.
Pero Cristo no había dejado de amarlo.
Tomás necesitaba volver a encontrarse con el Señor.
Y Cristo vuelve a su encuentro.
Quizá lo más hermoso sea comprender que las heridas que Tomás quiere tocar son precisamente las señales de la fidelidad de Cristo.
Aquellas manos fueron atravesadas porque Cristo permaneció fiel.
Aquel costado fue abierto porque Cristo amó hasta el extremo.
Tomás introduce su mano en la prueba de un amor que no retrocedió ante la Cruz.
Y entonces comprende.
Ya no necesita más argumentos.
Solamente puede decir:
«Señor mío y Dios mío».
También nosotros atravesamos momentos en los que nuestra fe puede hacerse débil.
Hay preguntas.
Silencios.
Cansancios.
Incluso crisis.
La historia de Tomás nos recuerda que la duda no tiene por qué convertirse en ruptura.
Podemos seguir acercándonos.
Podemos continuar buscando.
Podemos volver a la comunidad.
Podemos pedir al Señor que nos muestre nuevamente sus heridas.
Porque la fidelidad cristiana no nace de nuestra capacidad para mantenernos siempre fuertes.
Nace de descubrir que Cristo permanece fiel incluso cuando nosotros vacilamos.
Y quizá un día comprendamos que aquellas heridas que tanto nos desconcertaban eran precisamente el lugar donde Dios quería enseñarnos cuánto nos amaba.
Pie de foto: Caravaggio, La incredulidad de santo Tomás, hacia 1601-1602. Tomás duda, pero vuelve; Cristo permanece y le muestra sus heridas. La fidelidad cristiana no consiste en no vacilar nunca, sino en permanecer unidos a Aquel que nunca deja de ser fiel.
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