Las virtudes cristianas (XXXIII): Los que lloran, cuando Dios entra en nuestras lágrimas.
Las virtudes cristianas (XXXIII): Los que lloran, cuando Dios entra en nuestras lágrimas.
Hay palabras de Jesús que parecen imposibles de entender a primera vista.
Esta es una de ellas:
«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,5).
¿Cómo puede llamar Jesús bienaventurado al que llora?
¿Dónde está la felicidad de una madre que pierde a un hijo?
¿Dónde está la bienaventuranza de quien recibe un diagnóstico que cambia su vida?
¿Dónde está la dicha de quien ve morir a la persona con la que ha compartido tantos años?
¿Dónde está la felicidad del abandono, de la enfermedad, de la soledad o de una oración que parece no recibir respuesta?
Jesús no puede estar diciendo que llorar sea agradable.
No lo es.
Tampoco está diciendo que debamos buscar el sufrimiento.
Ni que el dolor sea bueno por sí mismo.
La clave está en la segunda parte:
«Porque ellos serán consolados».
La bienaventuranza no está en las lágrimas.
Está en que Dios no abandona a quien llora.
1. Hay lágrimas que nadie ve.
Algunas lágrimas caen delante de todos.
Otras no.
Hay personas que lloran solamente cuando cierran la puerta de su habitación.
Personas que siguen trabajando.
Sonríen.
Atienden.
Preguntan a los demás cómo están.
Cumplen con sus obligaciones.
Y nadie sospecha la batalla que llevan dentro.
Hay sufrimientos que pueden explicarse.
Y otros para los que ni siquiera encontramos palabras.
Por eso esta bienaventuranza tiene algo profundamente consolador desde el principio:
Dios conoce también las lágrimas que nadie ha visto.
2. Jesús nunca dijo: «Los cristianos no lloran».
A veces hemos confundido la fe con una especie de dureza.
«Tienes que ser fuerte».
«No llores».
«Dios lo ha querido».
«Hay que resignarse».
«Si tuvieras más fe, estarías tranquilo».
Podemos decir cosas terribles intentando consolar.
Pero el Evangelio nunca presenta a Jesús de esa manera.
Ante el sufrimiento humano, Cristo no pronuncia teorías desde lejos.
Se acerca.
Pregunta.
Toca.
Escucha.
Y hay un momento extraordinario en el Evangelio en el que sucede algo que nunca deberíamos olvidar:
Jesús llora.
3. «Jesús se echó a llorar».
Lázaro ha muerto.
Marta sale al encuentro de Jesús.
Después llega María.
Todos lloran.
Y san Juan escribe una de las frases más breves y más impresionantes de toda la Escritura:
«Jesús se echó a llorar» (Jn 11,35).
Jesús sabe que va a resucitar a Lázaro.
Sabe que la muerte no tendrá la última palabra.
Sabe perfectamente lo que va a suceder.
Y aun así llora.
Esto significa algo enorme.
La esperanza cristiana no elimina las lágrimas.
Podemos creer en la resurrección y llorar.
Podemos confiar en Dios y llorar.
Podemos saber que alguien está en sus manos y echarlo terriblemente de menos.
Una cosa no contradice la otra.
4. El llanto también puede ser una forma de amor.
¿Por qué lloramos cuando alguien muere?
Porque alguien importaba.
Las lágrimas revelan muchas veces el tamaño del vínculo.
Si nunca hubiéramos amado, algunas pérdidas no nos dolerían.
Pero tampoco habríamos conocido el amor.
Por eso no debemos avergonzarnos de llorar a quienes hemos querido.
Hay lágrimas que son simplemente amor cuando ya no puede abrazar físicamente a la persona amada.
Y Dios comprende perfectamente ese lenguaje.
5. También lloramos por lo que nunca llegó a suceder.
No todos los duelos tienen funeral.
Hay sueños que mueren.
Un matrimonio que no fue como imaginábamos.
Un hijo que no llegó.
Una vocación que tomó un camino inesperado.
Una amistad que terminó.
Una oportunidad perdida.
Un proyecto en el que pusimos años y fracasó.
Una reconciliación que nunca llegó a producirse.
Una persona que sigue viva pero que ya no forma parte de nuestra vida.
También esas pérdidas necesitan ser lloradas.
Porque el corazón humano no solamente llora muertos.
También llora futuros que había imaginado y que nunca existirán.
6. Hay lágrimas provocadas por nuestros propios pecados.
Pedro conoció otro tipo de llanto.
Después de negar tres veces a Jesús, escucha cantar al gallo.
Entonces recuerda.
Y el Evangelio dice:
«Saliendo afuera, lloró amargamente» (Mt 26,75).
Esas lágrimas son distintas.
No llora algo que le han hecho.
Llora algo que él ha hecho.
También existe este dolor.
Descubrir que hemos herido.
Que hemos fallado.
Que hemos sido injustos.
Que hemos roto algo.
Que hemos traicionado una confianza.
Estas lágrimas pueden convertirse en un gran regalo si nos conducen al arrepentimiento.
Porque existe una tristeza que encierra.
Pero existe otra que abre la puerta de regreso a casa.
7. Pedro lloró, pero Judas desesperó.
Ambos traicionaron a Jesús de distinta manera.
Ambos comprendieron la gravedad de lo sucedido.
Pero sus caminos fueron diferentes.
Pedro lloró.
Y permaneció.
Judas quedó encerrado en su desesperación.
Aquí hay una diferencia decisiva.
El arrepentimiento cristiano nunca dice:
«Lo que has hecho no importa».
Pero tampoco dice:
«Lo que has hecho es más grande que la misericordia de Dios».
Las lágrimas de Pedro terminarán delante de Cristo resucitado.
Y allí escuchará tres veces:
«¿Me amas?».
Dios sabe convertir incluso el llanto del pecador en comienzo de una vida nueva.
8. Hay lágrimas por el pecado del mundo.
También podemos llorar por algo que va más allá de nosotros.
Por las guerras.
Por los niños que sufren.
Por quienes pasan hambre.
Por los ancianos abandonados.
Por las víctimas de la violencia.
Por quienes viven sin esperanza.
Por quienes no conocen el amor de Dios.
Por una sociedad que aprende a convivir con situaciones que deberían estremecernos.
Hay una forma de endurecimiento espiritual que comienza cuando dejamos de conmovernos.
Nos acostumbramos.
Vemos una desgracia.
Deslizamos el dedo por la pantalla.
Aparece otra noticia.
Después un anuncio.
Después un vídeo divertido.
Y seguimos.
El corazón puede terminar anestesiándose.
Quizá necesitamos recuperar la capacidad de llorar.
9. Jesús lloró sobre Jerusalén.
El Evangelio cuenta otro llanto de Cristo.
Cuando Jesús contempla Jerusalén, llora sobre ella.
«¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz!» (cf. Lc 19,42).
Son lágrimas por una ciudad.
Por un pueblo.
Por quienes rechazan el camino que podría salvarlos.
Aquí descubrimos algo precioso.
Dios no contempla nuestra perdición con indiferencia.
El pecado humano hiere el corazón de Cristo.
No somos números.
No somos expedientes.
No somos problemas que Dios observa desde la distancia.
Somos hijos.
10. «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Y finalmente llegamos a la Cruz.
Jesús no solamente acompañó el sufrimiento humano.
Entró en él.
Fue traicionado.
Abandonado.
Humillado.
Golpeado.
Desnudado.
Clavado en una cruz.
Y desde allí pronunció las palabras del salmo:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46).
Hay momentos en nuestra vida en los que quizá no podemos rezar de otra manera.
No entendemos.
No sentimos a Dios.
No vemos salida.
La oración se vuelve pobre.
Entonces podemos descubrir algo sorprendente:
Cristo ya ha rezado desde ese lugar.
No existe abismo humano en el que no podamos encontrar las huellas del Crucificado.
11. La fe no siempre explica el sufrimiento.
Esta es una tentación frecuente.
Queremos encontrar inmediatamente una explicación.
¿Por qué ha ocurrido?
¿Qué quiere enseñarme Dios?
¿Por qué permitió esto?
A veces encontramos alguna respuesta.
Muchas veces no.
El libro de Job es una gran advertencia contra las explicaciones demasiado fáciles.
Sus amigos intentan explicarle su sufrimiento.
Hablan.
Razonan.
Buscan causas.
Y cuanto más hablan, menos consuelan.
A veces el verdadero amor sabe hacer algo mucho más difícil:
sentarse al lado del que sufre y permanecer.
12. No todo dolor necesita un discurso.
Cuando alguien está destrozado, quizá no necesita que resolvamos teológicamente el misterio del mal.
Necesita una presencia.
Una mano.
Una llamada.
Una visita.
Una comida preparada.
Una persona que escuche.
Un sacerdote que se siente sin mirar el reloj.
Alguien que rece.
Alguien que no tenga miedo de su silencio.
Hay ocasiones en que la mejor respuesta cristiana al dolor no es una frase.
Es:
«Estoy aquí».
13. «Llorad con los que lloran».
San Pablo escribe:
«Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran» (Rom 12,15).
No dice:
«Explicad a los que lloran por qué no deberían hacerlo».
Dice:
«Llorad con ellos».
Qué programa tan hermoso de caridad.
Entrar durante un momento en el dolor del otro.
No apropiárnoslo.
No fingir que comprendemos completamente.
Simplemente acompañar.
Quizá consolar sea muchas veces eso:
hacer que una persona descubra que no tiene que atravesar sola su noche.
14. Dios también consuela mediante nosotros.
Cuando Jesús promete:
«Ellos serán consolados»,
podemos pensar inmediatamente en el consuelo que viene de Dios.
Y es verdad.
Pero Dios tiene una costumbre sorprendente:
utiliza personas.
Una llamada que llega justo cuando hacía falta.
Alguien que se acuerda.
Una visita inesperada.
Una palabra.
Una confesión.
Una amistad.
Una comunidad.
Un abrazo.
Muchas veces pedimos:
«Señor, consuélalo».
Y quizá Dios nos responde:
«Ve tú».
15. El Espíritu Santo es el Consolador.
Jesús promete a sus discípulos otro Paráclito.
El Espíritu Santo.
La tradición cristiana lo invoca como Consolador.
Y su consuelo no consiste necesariamente en eliminar aquello que nos hace sufrir.
A veces la situación permanece.
La enfermedad sigue.
La persona querida no regresa.
El problema no desaparece.
Pero misteriosamente aparece una fuerza que no sabíamos que teníamos.
Una paz que no procede de nuestras circunstancias.
Una capacidad de continuar.
Eso también es consuelo.
No siempre cambia lo que ocurre fuera.
A veces Dios empieza cambiando el modo en que podemos atravesarlo por dentro.
16. Consolar no significa hacer olvidar.
Hay heridas que dejan cicatriz.
Y no pasa nada.
El cristianismo no promete amnesia.
Después de resucitar, Jesús conserva las llagas.
Tomás puede tocarlas.
Qué imagen tan impresionante.
El cuerpo glorioso de Cristo sigue mostrando las heridas de la Pasión.
Ya no sangran.
Ya no duelen.
Pero permanecen.
Quizá la redención no consista siempre en borrar nuestra historia.
Quizá consista en que aquello que un día fue solamente herida pueda convertirse, por la gracia, en una herida transfigurada.
17. Un día Dios enjugará todas las lágrimas.
La Escritura termina con una de las promesas más hermosas de la Biblia.
En el Apocalipsis, san Juan contempla la nueva creación y escucha:
«Enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor» (Ap 21,4).
Toda lágrima.
Las que otros vieron.
Y las que nadie vio.
Las que entendimos.
Y las que nunca llegamos a entender.
Las que nacieron del amor.
Las que nacieron del pecado.
Las que nacieron del miedo.
Las que nacieron de una ausencia.
Dios mismo las enjugará.
No un ángel.
No un intermediario.
Dios.
18. El cristianismo no termina el Viernes Santo.
Esta es nuestra esperanza.
No negamos el Calvario.
Pero sabemos que después llega la mañana de Pascua.
No decimos que la muerte sea una ilusión.
Decimos algo mucho más atrevido:
la muerte ha sido vencida.
No decimos que no sufriremos.
Decimos que el sufrimiento no tendrá la última palabra.
No decimos que no lloraremos.
Decimos que ninguna lágrima será eterna.
Por eso un cristiano puede llorar y esperar al mismo tiempo.
19. María conoció las lágrimas.
Al pie de la Cruz estaba María.
No huyó.
No podía bajar a su Hijo de la Cruz.
No podía evitar los clavos.
No podía impedir la muerte.
Solo podía permanecer.
«Junto a la cruz de Jesús estaba su madre» (Jn 19,25).
Hay momentos en que amar consiste precisamente en esto.
Estar.
Cuando no podemos solucionar.
Cuando no podemos curar.
Cuando no podemos explicar.
Cuando solamente podemos acompañar.
María nos enseña el ministerio silencioso de la presencia.
20. Señor, entra en nuestras lágrimas.
Hoy quizá no necesitemos pedir a Dios que nos explique todas nuestras heridas.
Podemos pedir algo más sencillo.
Señor, entra en ellas.
En las pérdidas que todavía duelen.
En las personas que echamos de menos.
En los nombres que seguimos recordando.
En aquello que no salió como esperábamos.
En las culpas que hemos confesado pero que todavía nos cuesta perdonarnos.
En las preocupaciones que no contamos a nadie.
En los sufrimientos de quienes amamos y que no podemos solucionar.
En nuestras noches.
En nuestros silencios.
En nuestras lágrimas.
Señor Jesús, Tú lloraste.
Por eso no tenemos que avergonzarnos de llorar.
Tú conociste el abandono.
Por eso podemos hablarte desde nuestra soledad.
Tú conociste la muerte.
Por eso podemos confiarte a nuestros muertos.
Tú resucitaste.
Por eso sabemos que ninguna tumba posee la última palabra.
Espíritu Santo, Consolador:
cuando no sepamos rezar, reza en nosotros.
Cuando no podamos más, sostennos.
Cuando encontremos a alguien llorando, enséñanos a no huir.
Que sepamos acompañar.
Escuchar.
Permanecer.
Y cuando las palabras sobren, enséñanos el lenguaje del silencio.
Hasta que llegue aquel día prometido.
El día en que Dios se incline sobre cada uno de sus hijos.
El día en que ya no haya hospitales.
Ni cementerios.
Ni despedidas.
Ni llamadas que anuncien una desgracia.
Ni habitaciones vacías.
Ni noches interminables.
El día en que Él mismo enjugará todas las lágrimas de nuestros ojos.
Entonces comprenderemos plenamente aquellas palabras que hoy todavía escuchamos desde nuestras heridas:
«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».
Hasta entonces podemos llorar.
Pero nunca lloramos solos.
@sacerdosmariae
La imagen.
Para acompañar este artículo he elegido Christus Consolator, de Carl Heinrich Bloch.
Cristo aparece en el centro, rodeado de personas heridas y necesitadas. No contemplamos un Jesús distante que explica el sufrimiento desde fuera. Está entre quienes necesitan consuelo.
Y quizá esto sea precisamente lo más importante de la obra.
Alrededor de Cristo hay distintas formas de pobreza y sufrimiento humano. Pero todas convergen en Él.
Es una imagen que nos permite comprender la promesa de la Bienaventuranza:
«Ellos serán consolados».
El consuelo cristiano tiene finalmente un rostro.
Cristo.
No siempre recibiremos una explicación para aquello que nos ha sucedido.
Pero recibimos una presencia.
El cristianismo no responde al sufrimiento con una teoría abstracta.
Responde señalando a un Dios que ha entrado en nuestra historia, ha conocido nuestras heridas y ha llevado sobre sí nuestro dolor.
Podemos mirar esta imagen y colocarnos también nosotros entre aquellas personas.
Cada uno con su historia.
Cada uno con sus pérdidas.
Cada uno con esas lágrimas que quizá solamente Dios conoce.
Y escuchar interiormente:
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».
Cristo sigue siendo el Consolador.
Y llegará un día en que su consuelo será definitivo.
Pie de foto: Carl Heinrich Bloch, Christus Consolator, siglo XIX. Cristo aparece en medio de la humanidad herida como aquel en quien encuentra cumplimiento la promesa: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».
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