Carta abierta a San Pío de Pietrelcina
Querido Padre Pío:
Hoy he pensado hacer lo que hicieron tantos durante su vida: escribirle.
No sé muy bien cómo se escribe a un santo. Supongo que como se escribe a alguien en quien uno confía: sin demasiadas explicaciones.
Usted sabe que soy sacerdote.
Y sabe también que estos últimos tiempos no siempre han sido sencillos.
Hay cansancios que no se cuentan. Preocupaciones que uno lleva por dentro mientras sigue celebrando, predicando, atendiendo a la gente y procurando que nadie note demasiado el peso.
Hay momentos en que uno se siente comprendido y otros en que parece que todo se interpreta al revés.
También hay heridas.
Algunas vienen de lejos. Otras son recientes.
Y hay días en los que cuesta más de lo habitual seguir adelante con serenidad.
Por eso hoy le escribo.
Pida por mí.
Pida para que nunca me endurezca.
Para que las decepciones no me vuelvan desconfiado.
Para que las injusticias no me hagan injusto.
Para que las críticas no me conviertan en alguien preocupado por defender continuamente su imagen.
Para que no termine viviendo pendiente de lo que otros piensan de mí.
Pida, sobre todo, para que sea sacerdote.
Nada más.
Sacerdote cuando celebro.
Sacerdote cuando confieso.
Sacerdote cuando alguien necesita ser escuchado.
Sacerdote cuando estoy cansado.
Sacerdote cuando estoy solo.
Sacerdote también cuando nadie ve nada.
Usted sabe cuánto deseo celebrar bien la Eucaristía.
Ayúdeme a no acostumbrarme nunca al altar.
Que no convierta lo santo en rutina.
Que no busque protagonismo.
Que no celebre para agradar a nadie, sino para servir a Dios y a su Iglesia.
Que cada Misa me recuerde que mi vida ya no me pertenece completamente.
También quiero pedirle por mi oración.
A veces uno habla mucho de Dios y corre el peligro de hablar poco con Dios.
No permita que me suceda.
Enséñeme a permanecer.
A rezar cuando hay consuelo y cuando no lo hay.
A seguir tomando el rosario entre las manos aunque la cabeza esté llena de otras cosas.
A confiar en la Virgen como confió usted.
Hay también personas que llevo dentro.
Personas que sufren.
Personas por las que me preocupo.
Personas que me han pedido oración.
Personas a las que quiero y a las que no siempre sé cómo ayudar.
Usted sabe quiénes son.
Rece por ellas.
Y hay cosas mías que tampoco voy a escribir aquí.
Usted las conoce.
Mis temores.
Mis defectos.
Mis pecados.
Mis deseos.
Aquello que espero.
Aquello que me duele.
Aquello que todavía no comprendo.
Solo le pido una cosa: ayúdeme a llegar al final siendo fiel.
No brillante.
No admirado.
No importante.
Fiel.
Que cuando llegue la hora pueda mirar atrás y descubrir, incluso entre mis torpezas, que intenté querer a Jesucristo y servir a su Iglesia.
Tantas cartas recibió durante su vida, Padre Pío.
Añada esta a todas aquellas.
Y haga conmigo lo que hacía con quienes le escribían:
rece por mí.
San Pío de Pietrelcina, ruegue por nosotros.
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