Las virtudes cristianas (XXXI): La castidad, aprender a amar con todo el corazón.

Las virtudes cristianas (XXXI): La castidad, aprender a amar con todo el corazón.

Hay palabras cristianas que han sufrido una reducción tan grande que casi hemos olvidado lo que significan.

Castidad es una de ellas.

Para muchas personas significa simplemente no mantener relaciones sexuales.

Para otras, pertenece a un lenguaje religioso antiguo, cargado de prohibiciones.

Y para otras parece una virtud reservada a sacerdotes, religiosos o personas consagradas.

Pero ninguna de esas definiciones basta.

La castidad es mucho más hermosa.

El Catecismo la define como la integración lograda de la sexualidad en la persona y, por ello, como la unidad interior del ser humano en su dimensión corporal y espiritual.

Esto cambia completamente la perspectiva.

La castidad no consiste en dejar de amar.

Consiste en aprender a amar bien.

No pretende arrancar el deseo.

Quiere integrarlo.

No desprecia el cuerpo.

Lo reconoce como parte de la persona.

No considera peligrosa la sexualidad.

La considera demasiado importante como para reducirla a consumo, posesión o placer.

Y por eso la castidad no pertenece solamente a algunos cristianos.

Todo bautizado está llamado a vivir castamente.

Cada uno según su estado de vida.

1. Dios creó nuestro cuerpo.

La primera página de la Biblia nos obliga a empezar aquí.

«Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó» (Gn 1,27).

Y después afirma:

«Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno» (Gn 1,31).

Nuestro cuerpo es bueno.

Nuestra condición sexuada es buena.

La capacidad de sentir atracción es buena.

La capacidad de enamorarnos es buena.

El deseo de intimidad es bueno.

La capacidad de engendrar vida es buena.

La castidad cristiana solamente puede comprenderse partiendo de esta afirmación:

Dios no se arrepiente de habernos creado con cuerpo.

2. El cristianismo no salva almas sin cuerpo.

A veces hemos hablado de la vida espiritual como si nuestro objetivo fuera escapar del cuerpo.

Pero nuestra fe afirma exactamente lo contrario.

Creemos en la resurrección de la carne.

El Verbo se hizo carne.

Jesús nació de una mujer.

Tuvo manos.

Tuvo rostro.

Tuvo voz.

Sintió hambre y cansancio.

Permitió que lo tocaran.

Murió corporalmente.

Y resucitó corporalmente.

Por eso el cuerpo humano posee una dignidad extraordinaria.

No es un envoltorio provisional.

Forma parte de la persona.

Y precisamente por eso tampoco podemos utilizar el cuerpo del otro como si fuera una cosa.

3. La castidad comienza cuando dejamos de convertir a las personas en objetos.

Podemos mirar a alguien y descubrir su belleza.

Eso es humano.

Podemos sentir atracción.

También es humano.

El problema comienza cuando dejamos de ver una persona y empezamos a ver solamente un cuerpo capaz de proporcionarnos placer.

Entonces la mirada cambia.

Ya no pregunta:

«¿Quién eres?»

Pregunta:

«¿Qué puedo obtener de ti?»

La castidad educa la mirada para que detrás del cuerpo volvamos a descubrir siempre a la persona.

Una historia.

Una conciencia.

Una libertad.

Una dignidad.

Un hijo o una hija de Dios.

4. «Bienaventurados los limpios de corazón».

Jesús proclama:

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).

Es interesante que relacione la pureza con la mirada.

El corazón limpio aprende a ver.

Ve a Dios.

Y, precisamente porque aprende a ver a Dios, comienza también a mirar de otra manera a los demás.

La impureza distorsiona la mirada.

Reduce.

Fragmenta.

Selecciona una parte de la persona y olvida el resto.

La castidad vuelve a reunir aquello que habíamos separado.

Cuerpo.

Alma.

Afectividad.

Sexualidad.

Libertad.

Vocación.

Amor.

Todo pertenece a una misma persona.

5. La castidad no consiste en no sentir.

Este error ha causado mucho sufrimiento.

Una persona casta puede sentir una fuerte atracción.

Puede enamorarse.

Puede experimentar deseo.

Puede atravesar luchas.

Puede sentirse vulnerable ante alguien.

Nada de eso significa automáticamente que haya dejado de ser casta.

La santidad no nos convierte en piedras.

Jesucristo no vino a mutilar nuestra humanidad.

Vino a redimirla.

La cuestión no es solamente qué sentimos.

La cuestión es qué hacemos con aquello que sentimos.

Ahí intervienen la inteligencia.

La voluntad.

La gracia.

La oración.

La libertad.

6. Ayer hablábamos de continencia.

Y aquí conviene distinguir.

La continencia subraya especialmente la capacidad de abstenerse, de no obedecer al impulso cuando este reclama algo contrario al bien.

La castidad va más lejos.

Busca integrar toda nuestra sexualidad dentro del amor verdadero.

Podríamos decirlo de esta manera:

La continencia puede decir:

«No».

La castidad necesita aprender por qué y para quién dice ese no.

Y sobre todo necesita descubrir el gran sí que está protegiendo.

Porque la moral cristiana no puede construirse solamente sobre prohibiciones.

Cada «no» cristiano custodia algún «sí» mucho mayor.

7. Existe una castidad matrimonial.

Esto resulta fundamental.

Los casados también están llamados a la castidad.

Porque castidad no significa ausencia de relaciones sexuales.

Los esposos viven la castidad precisamente aprendiendo a expresar corporalmente un amor verdadero, fiel, exclusivo, fecundo y respetuoso.

También dentro del matrimonio puede aparecer el egoísmo.

También un esposo puede utilizar al otro.

También puede haber exigencia.

Presión.

Falta de delicadeza.

Búsqueda del propio placer ignorando al otro.

La alianza matrimonial no convierte el cuerpo del otro en propiedad.

El lenguaje cristiano del cuerpo nunca dice:

«Tú eres mío y puedo hacer contigo lo que quiera».

Dice:

«Me entrego a ti y te recibo como un don».

8. Existe una castidad en el noviazgo.

Dos personas que se quieren desean cercanía.

Es normal.

Quieren abrazarse.

Besarse.

Estar juntas.

Y cuanto más profundo se vuelve el amor, más puede crecer también el deseo de una entrega corporal plena.

La castidad no les pide fingir que ese deseo no existe.

Les pide comprender su lenguaje.

Porque el cuerpo puede decir algo que todavía la vida no ha dicho.

La unión sexual expresa una entrega total:

soy tuyo, soy tuya.

Pero antes del matrimonio todavía falta la alianza definitiva que hace verdadera esa totalidad.

Esperar no significa amar menos.

Puede significar precisamente:

«Te quiero demasiado como para pedirle a nuestro cuerpo que diga hoy una palabra que todavía no hemos pronunciado con nuestra vida entera».

9. Existe una castidad célibe.

También están llamados a la castidad quienes han entregado a Dios el matrimonio y la expresión genital de la sexualidad por el Reino de los cielos.

Aquí enlazamos con lo que contemplábamos ayer.

Sacerdotes.

Religiosos.

Religiosas.

Consagrados.

No dejan de tener afectividad.

No dejan de ser hombres o mujeres.

No dejan de necesitar amistad.

No dejan de sentir.

Su castidad consiste en integrar toda esa capacidad de amar dentro de una vocación diferente.

No han sido llamados a no amar.

Han sido llamados a una forma particular de fecundidad.

10. La castidad necesita amistad.

Esto es especialmente importante.

Nadie madura afectivamente aislándose.

Jesús tuvo amigos.

Los Doce.

Marta.

María.

Lázaro.

Juan.

La castidad no se protege convirtiéndonos en personas distantes e incapaces de expresar cariño.

Necesitamos amistades sanas.

Necesitamos poder hablar.

Necesitamos reír.

Necesitamos compartir.

Necesitamos sentirnos queridos.

La cuestión es aprender a vivir cada relación según su verdad.

Una amistad no debe convertirse secretamente en una relación de pareja.

Una relación pastoral no debe convertirse en dependencia afectiva.

Una relación espiritual no debe transformarse en posesión.

La verdad hace libres también nuestros afectos.

11. La pornografía destruye la mirada.

Hay que decirlo con claridad.

La pornografía es exactamente lo contrario de la lógica de la castidad.

No muestra personas para que sean conocidas.

Las presenta para que sean consumidas.

El cuerpo queda separado de la historia.

Del compromiso.

De la ternura.

De la fidelidad.

De la fecundidad.

Del amor.

La otra persona queda reducida a estímulo.

Y cuanto más acostumbramos nuestra mirada a esa lógica, más difícil resulta después contemplar un cuerpo real sin convertirlo mentalmente en objeto.

La castidad necesita también sanar los ojos.

12. Pero la respuesta no puede ser la vergüenza.

Quien lucha con su sexualidad no necesita aprender a odiarse.

Quien ha caído no necesita pensar que ha perdido para siempre su dignidad.

Quien tiene una historia desordenada no queda excluido de la santidad.

El Evangelio está lleno de comienzos nuevos.

Cristo no banaliza el pecado.

Pero tampoco reduce a una persona a sus pecados.

Siempre distingue entre lo que hemos hecho y lo que somos.

Por eso la confesión es un lugar extraordinario de libertad.

No acudimos para decir:

«Soy basura».

Acudimos para decir:

«Padre, he pecado».

Y escuchar después que la misericordia de Dios es mayor.

13. La castidad se aprende.

Nadie nace con todos sus afectos perfectamente ordenados.

La castidad requiere un camino.

Conocerse.

Aceptar las propias heridas.

Descubrir qué situaciones nos debilitan.

Aprender límites.

Custodiar la imaginación.

Cuidar la mirada.

Elegir prudentemente lo que vemos.

Evitar ocasiones que sabemos que nos hacen caer.

Aprender a estar solos sin buscar inmediatamente una compensación.

Cultivar amistades verdaderas.

Rezar.

Confesarse.

Dejarse acompañar.

Volver a empezar.

No se trata de obsesionarse con uno mismo.

Se trata de permitir que la gracia vaya unificando nuestra vida.

14. La castidad necesita verdad.

Hay luchas que podemos afrontar solos.

Y hay otras que necesitan ser dichas.

A veces comenzamos a perder libertad precisamente porque ocultamos lo que está sucediendo.

Una relación que se está volviendo demasiado absorbente.

Una dependencia.

Una doble vida.

Una costumbre sexual que empieza a dominarnos.

Una relación con la pornografía.

Una situación que cada vez nos cuesta más controlar.

La vergüenza dice:

«Escóndelo».

La gracia suele decir:

«Sácalo a la luz».

Una buena dirección espiritual puede ayudarnos enormemente.

Y cuando existe una dependencia seria, también puede ser necesaria ayuda psicológica profesional.

Pedir ayuda no es una derrota.

Muchas veces es el comienzo de la libertad.

15. «¿Nadie te ha condenado?».

Hay una escena del Evangelio que resume admirablemente el modo de actuar de Cristo.

Una mujer sorprendida en adulterio es llevada ante Jesús.

Todos miran su pecado.

Cristo mira a la persona.

Pero Jesús tampoco dice que da igual lo sucedido.

Después de librarla de quienes querían apedrearla, le dice:

«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8,11).

Misericordia y verdad.

Siempre juntas.

Cristo no la destruye por su pasado.

Pero tampoco llama bueno a aquello que la destruye.

Le abre un futuro.

16. «Tu cuerpo es templo del Espíritu Santo».

San Pablo formula una de las afirmaciones más impresionantes del cristianismo:

«¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?» (1 Cor 6,19).

Templo.

No objeto.

No mercancía.

No instrumento.

Templo.

Dios ha querido habitar en nosotros.

Por eso respetamos nuestro cuerpo.

Y por eso respetamos el cuerpo del otro.

La castidad nace también de esta mirada reverencial.

Ante una persona siempre estamos ante algo sagrado.

17. María: un corazón enteramente disponible.

Miramos ahora a la Virgen.

En María encontramos una humanidad plenamente abierta a Dios.

No hay en ella desprecio del cuerpo.

Precisamente su cuerpo se convierte en lugar de la Encarnación.

«El Verbo se hizo carne».

En sus entrañas.

María muestra que pureza y fecundidad no son enemigas.

Su virginidad no es esterilidad.

Se convierte en una fecundidad incomparable.

Porque cuando toda la persona se abre a Dios, Dios puede hacer de ella algo que supera cualquier cálculo humano.

18. La castidad no empequeñece el amor.

Esta es quizá la idea que más necesitamos recuperar.

El mundo suele imaginar la castidad como una reducción:

menos libertad,

menos placer,

menos experiencias,

menos vida.

El Evangelio la presenta desde otra perspectiva.

Más unidad interior.

Más libertad.

Más respeto.

Más capacidad de entrega.

Más verdad.

Más amor.

La persona casta no es aquella que ha dejado de desear.

Es aquella que está aprendiendo a hacer que también sus deseos hablen el lenguaje del amor.

19. Nadie pertenece a nadie.

Quizá aquí se encuentre uno de los secretos más profundos de la castidad.

Las personas no son posesiones.

Ni siquiera las personas que más queremos.

El esposo no posee a la esposa.

La esposa no posee al esposo.

Los padres no poseen a los hijos.

El sacerdote no posee a las personas que acompaña.

El amigo no posee al amigo.

Todos pertenecemos primero a Dios.

Cuando comprendemos esto, el amor empieza a abrir las manos.

Ya no dice:

«Te necesito para mí».

Empieza a decir:

«Quiero para ti el bien que Dios quiere».

Y ese paso puede costarnos toda una vida.

20. «Crea en mí un corazón puro».

Podemos terminar haciendo nuestra la oración del salmista:

«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 50).

Señor Jesús:

purifica mi mirada.

Ordena mis deseos.

Sana mis recuerdos.

Integra mis afectos.

Enséñame a respetar mi cuerpo y el cuerpo de los demás.

Que nunca utilice a nadie para llenar mis vacíos.

Que nunca llame amor a la posesión.

Que nunca confunda deseo con derecho.

Dame un corazón capaz de ternura sin apropiación.

De amistad sin dependencia.

De entrega sin egoísmo.

De fidelidad cuando el deseo cambie.

De misericordia cuando caiga.

Y de humildad para levantarme.

Espíritu Santo, produce en mí este último fruto.

Castidad.

No una vida sin amor.

No una vida sin cuerpo.

No una vida sin deseo.

Sino una vida en la que cuerpo, deseo, afectividad, inteligencia, voluntad y alma puedan aprender a decir juntos una sola palabra:

amor.

Porque quizá ahí descubramos finalmente qué significa tener un corazón puro.

No un corazón que nunca ha tenido luchas.

Sino un corazón que, atravesando sus luchas y dejándose sanar por la gracia, va aprendiendo a amar cada vez más como Cristo.

Sin utilizar.

Sin poseer.

Sin mentir.

Sin dividirse.

Entregándose.

Porque la castidad cristiana, en el fondo, no consiste en amar menos.

Consiste en aprender a amar con todo el corazón.

@sacerdosmariae

La imagen.

Para cerrar nuestro recorrido por los doce frutos del Espíritu Santo, escogemos La Anunciación, de Fra Angelico.

María aparece ante el ángel en una actitud de profundo recogimiento. No hay desprecio del cuerpo ni rechazo de la maternidad. Sucede precisamente lo contrario: Dios pide a una mujer que ponga también su cuerpo al servicio del Amor.

Y María responde:

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

La virginidad de María no es una ausencia.

Es disponibilidad.

Su pureza no la cierra a la fecundidad.

La abre a una fecundidad que solamente Dios podía realizar.

Y en el centro de todo está Cristo.

El Hijo eterno va a recibir de María una verdadera humanidad.

Carne.

Sangre.

Un cuerpo humano.

Por eso esta imagen nos permite terminar nuestra reflexión sobre la castidad allí donde debemos terminarla: en el misterio de la Encarnación.

El cristianismo no desprecia el cuerpo.

Dios mismo quiso tener uno.

No desprecia la sexualidad.

La integra en la dignidad de la persona y de su vocación.

No desprecia el amor humano.

Quiere purificarlo para que llegue a convertirse verdaderamente en don.

María nos enseña que pertenecer enteramente a Dios no empobrece la humanidad.

La lleva a su plenitud.

Ante esta Anunciación podemos pedirle:

Madre, enséñanos a tener un corazón limpio. Enséñanos a mirar como tú mirabas, a querer como tú querías y a pertenecer a Dios con la libertad con la que tú pronunciaste tu fiat.

Pie de foto: Fra Angelico, La Anunciación, c. 1430–1432, Museo del Prado, Madrid. En María, virginidad, cuerpo, amor y fecundidad no se oponen: toda su persona queda disponible para Dios. La castidad cristiana no empobrece el amor; lo integra y lo convierte en don.

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