Las virtudes cristianas (XXXII): Pobres de espíritu, vivir con las manos abiertas.
Las virtudes cristianas (XXXII): Pobres de espíritu, vivir con las manos abiertas.
Después de recorrer las virtudes cardinales, las teologales, los dones y los frutos del Espíritu Santo, podríamos preguntarnos:
¿Y ahora qué?
Quizá la mejor respuesta sea volver al monte.
A aquel día en que Jesús se sentó, sus discípulos se acercaron y Él comenzó a enseñarles.
Las primeras palabras que Mateo pone en boca de Cristo en aquel gran discurso no son un mandamiento.
No son una prohibición.
Ni siquiera son una amenaza.
Son una promesa de felicidad:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).
Bienaventurados.
Felices.
Dichosos.
Y la primera puerta que Jesús abre hacia esa felicidad tiene un nombre desconcertante:
pobreza.
1. Todos queremos ser felices.
Podemos querer muchas cosas diferentes.
Salud.
Amor.
Seguridad.
Una familia.
Reconocimiento.
Paz.
Dinero.
Éxito.
Pero detrás de todas esas búsquedas hay una pregunta común:
¿Dónde encontraré una vida verdaderamente feliz?
Jesús no desprecia esa pregunta.
No nos dice que dejemos de querer ser felices.
Hace algo mucho más sorprendente.
Nos enseña dónde buscar la felicidad.
Las Bienaventuranzas son la respuesta de Cristo al deseo de felicidad que Dios mismo ha puesto en nuestro corazón.
Y la primera respuesta desconcierta:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu».
2. ¿Qué significa ser pobre de espíritu?
No significa tener poca personalidad.
No significa considerarse inútil.
No significa negar los propios talentos.
No significa vivir permanentemente acomplejado.
Y tampoco consiste simplemente en no tener dinero.
Una persona puede poseer muy poco y estar completamente esclavizada por el deseo de poseer.
Y otra puede administrar muchos bienes y vivir interiormente desprendida.
La pobreza de espíritu sucede en un lugar todavía más profundo.
Consiste en presentarnos ante Dios reconociendo:
«Todo lo he recibido de Ti».
Mi vida.
Mi inteligencia.
Mis capacidades.
Mi vocación.
Las personas que amo.
Mi tiempo.
Mis oportunidades.
Incluso mi capacidad de amarte.
Todo es don.
3. Nacimos con las manos vacías.
Hay algo que iguala a todos los seres humanos.
Nadie llegó al mundo llevando nada.
No trajimos dinero.
Ni títulos.
Ni propiedades.
Ni prestigio.
Ni seguidores.
Ni méritos.
Llegamos desnudos.
Dependientes.
Necesitados de que alguien nos recibiera.
Y un día abandonaremos este mundo de una manera muy parecida.
Entre ambos momentos pasamos buena parte de nuestra vida intentando convencernos de que ciertas cosas nos pertenecen absolutamente.
Pero la pobreza de espíritu nos recuerda una verdad incómoda y liberadora:
somos administradores antes que propietarios.
4. «¿Qué tienes que no hayas recibido?».
San Pablo hace una pregunta demoledora:
«¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Cor 4,7).
Pensemos un momento.
Nuestra inteligencia.
¿La fabricamos nosotros?
Nuestro cuerpo.
¿Lo elegimos?
Nuestra familia.
¿La escogimos antes de nacer?
Nuestros talentos.
¿Los creamos de la nada?
Incluso cuando hemos trabajado muchísimo para conseguir algo, hemos trabajado con capacidades, oportunidades y tiempo que previamente recibimos.
Esto no elimina nuestro mérito.
Pero destruye una ilusión:
la ilusión de ser autosuficientes.
5. El rico necio.
Jesús cuenta la historia de un hombre al que le fue extraordinariamente bien.
Sus campos produjeron una gran cosecha.
Y el hombre pensó:
«Derribaré mis graneros y construiré otros más grandes».
Después se dijo:
«Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente».
No parece haber cometido ningún crimen.
Ha trabajado.
Ha prosperado.
Ha almacenado.
El problema aparece en una palabra que se repite constantemente en su razonamiento:
mi.
Mis cosechas.
Mis graneros.
Mis bienes.
Mi futuro.
Todo está calculado.
Excepto una cosa.
Dios le dice:
«Necio, esta noche te van a reclamar el alma» (cf. Lc 12,20).
Había organizado perfectamente sus posesiones.
Pero había olvidado que tampoco era propietario de su mañana.
6. La pobreza de espíritu dice: «Gracias».
Hay una señal sencilla para descubrir si estamos creciendo en pobreza de espíritu.
La gratitud.
Quien cree que todo le corresponde raramente agradece.
Piensa:
«Era lo mínimo».
«Me lo merecía».
«Tenían obligación».
El pobre de espíritu descubre continuamente regalos.
Un día nuevo.
Una conversación.
Una comida.
Una amistad.
Una iglesia abierta.
La posibilidad de confesarse.
La Eucaristía.
Una persona que todavía está a nuestro lado.
Y empieza a decir una palabra que transforma la vida:
gracias.
7. También las personas son un don.
Esto resulta más difícil.
Podemos comportarnos como propietarios no solamente de las cosas.
También de las personas.
«Mi marido».
«Mi mujer».
«Mis hijos».
«Mis amigos».
«Mi comunidad».
«Mi gente».
El lenguaje es normal.
El problema comienza cuando el posesivo deja de expresar relación y empieza a expresar posesión.
Ninguna persona nos pertenece.
Las personas que amamos han sido confiadas a nuestro camino durante un tiempo que desconocemos.
Podemos acompañarlas.
Amarlas.
Servirlas.
Cuidarlas.
Pero nunca poseerlas.
La pobreza de espíritu también aprende a amar con las manos abiertas.
8. Incluso nuestra vocación es prestada.
Podemos apropiarnos también de las cosas de Dios.
De una responsabilidad.
De un apostolado.
De una parroquia.
De una comunidad.
De un grupo.
De una obra.
Comenzamos sirviendo.
Y sin darnos cuenta podemos terminar pensando:
«Esto es mío».
Entonces cualquier cambio nos parece una amenaza.
Cualquier persona nueva, una invasión.
Cualquier decisión que no controlamos, una injusticia.
La pobreza de espíritu recuerda:
la Iglesia no es nuestra.
La obra es de Dios.
Nosotros pasamos.
Él permanece.
9. «Sin mí no podéis hacer nada».
Jesús dice:
«Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).
Nuestra sensibilidad moderna puede rebelarse ante una afirmación así.
Queremos poder.
Queremos controlar.
Queremos demostrar que somos capaces.
Pero Jesús no pronuncia esas palabras para humillarnos.
Las pronuncia como quien revela el secreto de una rama:
separada de la vid se seca.
La dependencia de Dios no nos disminuye.
Es nuestra verdad.
El problema no es depender de Dios.
El problema sería querer vivir separados de Aquel que es la fuente misma de nuestra vida.
10. Hay pobrezas que no elegimos.
Hasta ahora hemos hablado sobre todo de desprendimiento.
Pero la vida nos conduce también hacia otra clase de pobreza.
La que no hemos elegido.
La enfermedad.
La vejez.
Una pérdida.
Un fracaso.
Una humillación.
La muerte de alguien querido.
La sensación de no poder solucionar algo.
El momento en que descubrimos que nuestras fuerzas no bastan.
Estas pobrezas pueden resultar durísimas.
No debemos romantizarlas.
El sufrimiento duele.
Pero algunas veces, precisamente allí, cae una de nuestras últimas defensas.
Ya no podemos decir:
«Yo puedo con todo».
Y solamente podemos decir:
«Señor, ayúdame».
A veces esa oración de tres palabras es una de las oraciones más verdaderas de nuestra vida.
11. Pedro tuvo que hacerse pobre.
Pedro estaba convencido de su fortaleza.
Cuando Jesús anuncia que todos lo abandonarán, él responde:
«Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
Y después:
«Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
Pedro se creía rico.
Rico en valentía.
Rico en fidelidad.
Rico en fuerzas.
Horas después una criada le pregunta si conoce a Jesús.
Y Pedro responde:
«No conozco a ese hombre».
Tres veces.
Aquella noche Pedro perdió algo muy importante:
la imagen que tenía de sí mismo.
Y quizá allí comenzó a convertirse verdaderamente en apóstol.
12. Después de la caída, Pedro ya no presume.
Cuando Cristo resucitado le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Pedro ya no responde como antes.
No promete hazañas.
No dice:
«Más que todos».
No asegura:
«Nunca volveré a fallarte».
Dice:
«Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero» (Jn 21,17).
Qué diferencia.
Ahora Pedro es pobre.
Ya no confía principalmente en lo que él puede hacer por Cristo.
Se abandona a lo que Cristo sabe de él.
Y precisamente a ese Pedro Cristo le confía sus ovejas.
13. Dios puede trabajar con nuestra pobreza.
Nosotros solemos pensar:
«Cuando sea mejor, Dios podrá utilizarme».
«Cuando tenga más formación».
«Cuando venza este defecto».
«Cuando tenga más seguridad».
«Cuando esté preparado».
Y Dios responde muchas veces:
«Ahora».
No porque nuestras limitaciones no importen.
Sino porque Él nunca necesitó nuestra perfección previa para comenzar su obra.
Necesita nuestra disponibilidad.
San Pablo llegó a comprenderlo cuando escuchó:
«Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad» (2 Cor 12,9).
La pobreza reconocida puede convertirse en espacio para la gracia.
14. El pobre sabe pedir.
Hay personas a las que les cuesta muchísimo pedir ayuda.
Pueden ayudar a todos.
Pero no soportan necesitar a nadie.
Quizá porque recibir nos coloca en una posición incómoda.
Nos recuerda que no somos autosuficientes.
Sin embargo, la vida cristiana comienza precisamente pidiendo.
«Señor, ten piedad».
«Perdona nuestros pecados».
«Danos hoy nuestro pan de cada día».
«No nos dejes caer en la tentación».
«Líbranos del mal».
El Padrenuestro es la oración de alguien que sabe que necesita recibirlo todo.
15. La Eucaristía nos hace pobres.
Nos acercamos al altar.
Extendemos las manos o abrimos la boca.
Y recibimos.
No fabricamos la Eucaristía.
No la compramos.
No la merecemos.
Cristo se entrega.
Nosotros recibimos.
Quizá por eso la Eucaristía sea una de las grandes escuelas de pobreza espiritual.
Ante Dios llegamos siempre como mendigos.
Pero ocurre algo extraordinario:
el Mendigo recibe a Dios mismo.
¿Qué riqueza podría compararse con esta?
16. María: «Ha mirado la humildad de su esclava».
María canta:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor».
No proclama su propia grandeza.
Aunque Dios ha hecho en ella algo que jamás había sucedido.
Continúa:
«Porque ha mirado la humildad de su esclava».
Y después:
«El Poderoso ha hecho obras grandes por mí».
María no niega las maravillas que hay en ella.
Eso también sería falso.
Sabe que todas las generaciones la llamarán bienaventurada.
Pero conoce perfectamente de dónde procede su grandeza.
El Poderoso ha hecho obras grandes en ella.
Eso es pobreza de espíritu.
Reconocer el don sin apropiarse de la gloria.
17. Cristo eligió ser pobre.
Y finalmente miramos a Jesús.
San Pablo escribe:
«Siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8,9).
Belén.
Un pesebre.
Nazaret.
Una vida escondida.
Un predicador que dice:
«El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
Y finalmente la Cruz.
Cristo muere despojado incluso de sus vestidos.
Aparentemente no posee nada.
Pero precisamente desde aquella pobreza absoluta nos entrega todo.
Su Madre.
Su perdón.
Su cuerpo.
Su sangre.
Su Espíritu.
Su vida.
18. La paradoja del Evangelio.
Aquí comprendemos finalmente la primera Bienaventuranza.
El mundo dice:
«Feliz quien posee».
Jesús dice:
«Feliz quien sabe que necesita recibir».
El mundo dice:
«Acumula».
Cristo dice:
«Entrega».
El mundo dice:
«Asegúrate».
Cristo dice:
«Confía».
El mundo dice:
«No necesites a nadie».
Cristo dice:
«Sin mí no podéis hacer nada».
Y entonces descubrimos la gran paradoja:
cuando dejamos de intentar poseerlo todo, comenzamos a recibirlo todo como regalo.
19. «Porque de ellos es el Reino de los cielos».
Jesús no dice:
«Algún día quizá recibirán el Reino».
Dice:
«De ellos es el Reino de los cielos».
La promesa comienza ya.
¿Por qué?
Porque solamente unas manos vacías pueden recibir.
Si llegamos ante Dios aferrados a nuestras seguridades, nuestras pretensiones, nuestros méritos y nuestra autosuficiencia, ¿cómo podrá llenarnos?
El pobre abre las manos.
Y Dios puede poner en ellas el Reino.
20. Señor, hazme pobre de espíritu.
Hoy podemos terminar pidiendo algo que quizá nos dé un poco de miedo pedir:
Señor, hazme pobre de espíritu.
No permitas que confunda mi valor con lo que poseo.
Que no mida mi vida por mis éxitos.
Que no convierta a las personas en posesiones.
Que no me apropie de los dones que me has confiado.
Enséñame a agradecer.
Enséñame a recibir.
Enséñame a pedir ayuda.
Enséñame a perder sin desesperar.
Enséñame a reconocer mis límites sin sentirme inútil.
Enséñame a decir cada mañana:
«Todo lo que soy viene de Ti».
Y cada noche:
«Todo vuelve a tus manos».
Cuando tenga mucho, recuérdame que soy administrador.
Cuando tenga poco, recuérdame que Tú eres mi riqueza.
Cuando me sienta fuerte, recuérdame que necesito tu gracia.
Y cuando me sienta completamente pobre, hazme comprender que quizá entonces mis manos estén finalmente preparadas para recibirte.
Porque la pobreza de espíritu no consiste en no tener nada.
Consiste en descubrir que sin Dios no tenemos nada y con Dios lo tenemos todo.
Por eso Jesús comenzó así.
Antes de hablarnos de muchas otras cosas.
Antes de mostrarnos todo el camino.
Abrió la puerta del Reino y dijo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos».
Quizá toda la vida cristiana comience precisamente aquí:
con unas manos abiertas.
@sacerdosmariae
La imagen.
Para comenzar este nuevo recorrido escogemos El Sermón de la Montaña, de Carl Heinrich Bloch.
La escena nos lleva al origen mismo de las Bienaventuranzas.
Cristo está sentado entre la multitud. A su alrededor hay hombres y mujeres diferentes. Algunos escuchan atentamente. Otros parecen reflexionar. Hay jóvenes, ancianos, pobres, familias.
Y Jesús no les promete una técnica para conseguir éxito.
Les anuncia el Reino.
Es especialmente hermoso contemplar la escena pensando en la primera palabra que escucharon:
«Bienaventurados».
Aquella gente llevaba consigo preocupaciones, pobrezas, enfermedades, pecados, deseos y esperanzas.
Como nosotros.
Y Cristo les estaba diciendo que existe una felicidad que el mundo no puede fabricar.
Una felicidad que comienza cuando dejamos de construir nuestra vida exclusivamente sobre aquello que poseemos y aprendemos a recibirla de Dios.
En el cuadro, Jesús no aparece rodeado de riquezas ni sentado sobre un trono.
Está sencillamente entre la gente.
El Reino ha llegado de una manera pobre.
Y el pobre de espíritu es precisamente quien puede reconocerlo.
Quizá podamos contemplar esta imagen imaginando que también nosotros estamos sentados en aquella ladera.
Y que Cristo nos mira.
Entonces escuchamos:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu».
No está hablando solamente de otros.
Está hablando de nosotros.
Y nos está invitando a abrir las manos.
Pie de foto: Carl Heinrich Bloch, El Sermón de la Montaña, siglo XIX. Jesús proclama las Bienaventuranzas y abre el camino de la verdadera felicidad: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).
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